IX

Godfrey se levantó y se desayunó más temprano que de costumbre, pero se

quedó en el pequeño salón artesonado hasta que sus hermanos menores

acabaran de desayunarse y salieran. Esperaba a su padre, quien siempre

hacía un paseo con el mayordomo antes de almorzar. Nadie comía a la

misma hora por la mañana en la Casa Roja. Era siempre el último, a fin

de dar a un apetito bastante débil mayores probabilidades, antes de

ponerlo a prueba. Hacía casi dos horas que la mesa estaba guarnecida con

platos suculentos esperando su llegada.

El squire Cass era un sexagenario alto y corpulento. Sus cejas crespas y

la mirada bastante dura de sus ojos parecían no estar en armonía con su

boca caída y su energía. Su persona tenía las trazas de una negligencia

habitual y su traje estaba mal cuidado. Sin embargo, había en el aire

del viejo squire algo que lo distinguía de los agricultores de la

parroquia. Estos eran quizá, bajo todo respecto, tan refinados como él,

pero se habían arrastrado penosamente por el camino de la vida con la

conciencia de estar en la vecindad de hombres que les eran superiores.

Les faltaba, por lo tanto, esa posesión de sí mismos, esa autoridad de

la palabra y ese empaque que distinguen al hombre que considera a las

personas que les son inferiores como tan apartadas de sí, que no tienen

que hacer con ellas menos que con el Gran Turco.

El squire había estado acostumbrado toda su vida, a recibir el homenaje

de todas las gentes de la parroquia y a pensar que su familia, sus copas

de plata y todo lo que le pertenecía era lo más antiguo y lo mejor; y

como no frecuentaba nunca a la burguesía de esfera más elevada que la

suya, su opinión no admitía cotejo.

Al entrar en la pieza, echó una mirada sobre su hijo y le dijo:

--¡Cómo es eso, señor! ¿Tampoco vos habéis almorzado?

No cambiaron ninguno de esos saludos amables de la mañana, no porque

hubiera entre ellos alguna enemistad, sino porque la flor suave de la

cortesía no prosperaba en residencias como la Casa Roja.

--Sí, mi padre, he almorzado; pero os esperaba para hablaros.

--¡Ah! bueno--repuso el squire, dejándose caer pesadamente en su sillón

y hablando con una voz pesada y catarrienta, lo que era considerado en

Raveloe como una especie de privilegio de su rango, mientras cortaba un

trozo del buey y se lo daba al perro corredor que había entrado con

él--. Llamad para que me traigan mi cerveza, ¿queréis? Los negocios de

vosotros los jóvenes son generalmente vuestros placeres personales;

pero, si vosotros tenéis prisa por realizarlos, a los demás no les pasa

otro tanto.

La vida del squire era tan ociosa como la de sus hijos; sin embargo, era

una ficción mantenida por él y su contemporáneos en Raveloe que la

juventud era exclusivamente el período de la locura y que su vieja

cordura era un espacio continuo de sufrimiento que el sarcasmo

dulcificaba. Antes de volver a hablar, Godfrey esperó que la cerveza

fuera servida y la puerta vuelta a cerrar. Durante este tiempo, rápido

el perro corredor consumió tajadas del buey en cantidad suficiente como

para formar la comida de un pobre en día de fiesta.

--Ha ocurrido un maldito accidente con _Relámpago_--comenzó diciendo--;

sucedió anteayer.

--¡Cómo! ¿Se ha mancado?--dijo el squire, después de beber un trago de

cerveza--. Pensaba que sabíais montar mejor, señor. Jamás he estropeado

un caballo en mi vida. Si lo hubiese hecho, en balde hubiera pedido

otro, porque mi padre no estaba tan dispuesto para desatar los cordones

de su bolsa como otros padres que yo conozco. Pero es preciso que éstos

cambien de tono, es imprescindible. A causa de las hipotecas y de los

pagos retrasados, estoy tan falto de dinero como un mendigo. Y ese tonto

de Kimble dice que los diarios hablan de pago. Si eso sucediera, el país

no podría sostenerse: los precios se vienen abajo como las pesas de un

asador, y jamás conseguiré que se me paguen los atrasos, ni aunque haga

vender todo lo que esos individuos poseen. Y ese maldito Fowler... no

quiero tolerar más tiempo su morosidad; le he dicho a Winthrop que vaya

hoy mismo a verlo a Cosc. Ese bribón mentiroso me prometió entregarme

sin falta el mes pasado cien libras esterlinas. Se aprovecha de que

ocupa una granja apartada y piensa que lo voy a perder de vista.

El squire acabó de despachar su discurso tosiendo e interrumpiéndose;

pero, sin embargo, sin hacer pausas bastante largas que pudiesen

servirle de pretexto a Godfrey para volver a hablar. Este vio que su

padre tenía la intención de eludir todo pedido pecuniario motivado por

la desgracia ocurrida a _Relámpago_. Además adivinó que el tono de

insistencia empleado por el squire al hablar del poco dinero de que

disponía y de los deudores morosos debía de producir en su espíritu la

disposición menos favorable para escuchar las confesiones de su hijo.

Sin embargo, era preciso que prosiguiera ahora que había comenzado.

--Es algo más grave; el caballo se ensartó en un poste y se mató--dijo

en seguida que su padre se detuvo y comenzó a comer--. Pero no tenía la

intención de pediros que me comprarais otro; sólo pensaba en que no me

sería posible reembolsaros con el precio de _Relámpago_ como me

proponía. Dunsey lo llevó a una cacería para venderlo, y después de

haber cerrado el trato con Bryce por ciento veinte libras esterlinas,

siguió la traílla y dio algunos saltos insensatos, uno de los cuales

despachó al caballo. Sin esa circunstancia, os hubiera entregado cien

libras esterlinas esta mañana.

El squire había dejado el cuchillo y el tenedor y miraba a su hijo

fijamente y con estupefacción. Su espíritu no era bastante sutil como

para adivinar qué causa había podido causar aquella extraña inversión

de las relaciones entre el padre y el hijo que importaba aquella

intención de Godfrey de darle cien libras esterlinas.

--La verdad es, mi padre... lo siento mucho... que hice muy mal. Fowler

pagó como dijo las cien libras esterlinas. Me las entregó cuando fui

allá, el mes pasado. Pero Dunsey me atormentó tanto para que le diera

ese dinero que se lo facilité porque esperaba entregároslo en seguida...

El squire, que se había puesto rojo de cólera antes de que su hijo

hubiese acabado de hablar, consiguió más que expresar con dificultades:

--¿Vos le dejasteis el dinero a Dunsey, señor? ¿Y desde cuándo sois tan

íntimo con vuestro hermano que os veáis obligado a asociaros con él para

disponer de mi dinero? Estáis en camino de volveros un pícaro. Os digo

que no toleraré esto. Echaré a la calle toda vuestra secuela y me

volveré a casar. Quisiera, señor, que os acordarais de que mi propiedad

no es un bien inalienable. Desde la época de mis bisabuelos, los Cass

pueden disponer de sus tierras como mejor les parece. No olvidéis eso,

señor. ¿Le entregasteis el dinero a Dunsey? ¿Y por qué se lo

entregasteis? Tiene que haber en esto una mentira.

--No hay ninguna mentira, mi padre--prosiguió Godfrey--. Yo no hubiera

gastado el dinero para mí; pero Dunsey me presionó tanto que hice la

tontería de entregárselo. Pero yo tenía la intención de entregároslo,

que él me lo devolviese o no. Eso es todo. Nunca pensé en apropiarme ese

dinero. Jamás me habéis sorprendido haciéndole una mala partida a mi

padre.

--¿Dónde está Dunsey, entonces? Por qué os estáis aquí hablando. Id a

buscar a Dunsey, os digo, y que explique por qué necesitó ese dinero y

qué hizo de él. Se arrepentirá. Lo arrojaré a la calle. He dicho que

quería hacerlo y lo haré. No me volverá a faltar. Id a buscarle.

--Dunsey no ha vuelto, mi padre.

--¿El qué? ¿Se ha roto el pescuezo entonces?--dijo el squire mostrándose

algo descontento con la idea de que, si así era, no podría poner en

práctica sus amenazas.

--No, no se ha hecho daño, creo, porque el caballo fue encontrado

muerto, y Dunsey debió poder marcharse a pie. Supongo que pronto lo

volveremos a ver. No sé dónde está.

--¿Y por qué tuvisteis que darle mi dinero? Respondedme a esto--continuó

el padre, atacando de nuevo a Godfrey, puesto que no tenía a Dunsey a su

alcance.

--La verdad, mi padre, es que no sé--respondió Godfrey con vacilación.

Era aquél un débil subterfugio, pero a Godfrey no le gustaba mentir, y

como sabía que ninguna duplicidad puede prosperar mucho tiempo sin la

ayuda de palabras falsas, no tenía a su disposición ningún efugio

imaginado de antemano.

--¿Que no lo sabéis? Yo voy a deciros por qué ha sido, señor. Habéis

hecho de la vuestra, y para eso comprasteis su silencio--dijo el squire

con una penetración brusca.

Godfrey se estremeció. Sintió que su corazón palpitaba con violencia al

ver que su padre casi había adivinado. Esta alarma repentina le impulsó

a hacer un paso más, una impulsión muy ligera basta para eso cuando se

está en un plano inclinado.

--Pues bien, sí, mi padre--prosiguió; y trataba de hablar en tono fácil

y despreocupado--; había un pequeño asunto entre Dunsey y yo; no tiene

ninguna importancia más que para él y para mí. No vale la pena de

mezclarse en las locuras de los jóvenes... eso no os hubiera perjudicado

en nada, mi padre, y yo no hubiese tenido la mala suerte de perder a

_Relámpago_. Hoy os hubiera entregado el dinero.

--¡Locuras! ¡Bah! Sería tiempo que acabaran las vuestras. Quisiera

convenceros, señor, de que es preciso realmente ponerles término--dijo

el squire frunciendo las cejas y lanzándole a su hijo una mirada

irritada--. Vuestras proezas no son tales que me permiten conseguir

dinero. Mirad, mi abuelo tenía sus caballerizas llenas de caballos; su

mesa era también una buena mesa--y en tiempos peores que el nuestro--, a

lo que yo sé al menos. Yo podría hacer otro tanto si no tuviera cuatro

ganapanes que se me prenden como sanguijuelas. Yo he sido un padre

demasiado bueno para con todos vosotros, eso es lo que hay. Pero en

adelante voy a tener las riendas cortas.

Godfrey permaneció silencioso. No es probable que fuera muy penetrante

en sus juicios; sin embargo, siempre había comprendido que la

indulgencia de su padre no era bondad, y había suspirado vagamente por

alguna disciplina que dominara su debilidad vagabunda y secundar sus

mejores intenciones. El squire comió el pan y la carne rápidamente,

bebió un buen sorbo de cerveza, y luego, volviendo la espalda a la mesa,

prosiguió:

--Será tanto peor para vos, sabedlo; más os valiera que tratarais de

ayudarme y conservar lo que tenemos.

--Pues bien, mi padre, a menudo me he ofrecido para tomar la gestión de

los negocios, pero vos sabéis que siempre interpretasteis mal esto, y

que parecisteis creer que deseaba suplantaros.

--No me acuerdo de vuestros ofrecimientos ni de haberlos interpretado

mal--dijo el squire, cuyos recuerdos consistían en ciertas impresiones

vivas que los detalles no habían modificado--; lo que yo sé es que en

cierta época pareció que pensabais en casaros, y yo no traté de cerraros

el camino como algunos padres lo habrían hecho. No me agradaría más

veros casar con la hija de Lammeter que con cualquier otra. Supongo que

si os hubiera dicho no, hubierais persistido en vuestra intención; a

falta de contradicción habéis cambiado de parecer. Sois como una veleta;

heredasteis de vuestra pobre madre. Jamás tuvo carácter. Es verdad que

eso no le hace falta a una mujer si su marido es un hombre como debe

ser, pero esa cualidad le sería muy necesaria a la vuestra, porque

apenas tenéis la voluntad necesaria para hacer caminar a las dos piernas

en la misma dirección. Esa joven no ha dicho definitivamente que no os

aceptaba, ¿verdad?

--No--dijo Godfrey, sintiendo que un vivo sonrojo le subía a la cara y

sintiéndose molesto--; pero no creo que guste de mí.

--¡Qué no creéis! ¿Por qué no habéis tenido el valor de preguntárselo?

¿Siempre deseáis vos casaros con ella? Esta es la cuestión.

--No deseo casarme con otra--respondió Godfrey, de un modo evasivo.

--Pues bien, entonces, dejadme hacer el pedido en vuestro lugar, si no

tenéis valor para hacerlo vos mismo, y asunto concluido. No es probable

que Lammeter vea con malos ojos que su hija se case en mi familia, me

parece. En cuanto a la linda muchacha, no ha querido aceptar a su primo

y no veo que otro pretendiente hubiera podido soplaros la dama.

--Preferiría dejar las cosas tranquilas, si así os place, mi

padre--prosiguió Godfrey asustado--. Creo que está un poco enojada

conmigo en este momento y desearía hablarle yo mismo. De estas cosas es

necesario ocuparse personalmente.

--Pues entonces hablad y ocuparos, y tratad de cambiar de conducta. Eso

es lo que necesita hacer un hombre cuando piensa en casarse.

--No veo cómo me sería posible hacerlo ahora, mi padre. No querréis

establecerme en una de vuestras granjas, supongo, y no creo que ella

consintiera en venir a vivir en esta casa junto con todos mis hermanos.

Aquí se lleva una vida muy distinta de aquella a que está acostumbrada.

--¿Que no consentiría en venir a vivir en esta casa? No me digáis eso.

Preguntádselo y veremos--repuso el squire con una risa breve e irónica.

--Preferiría dejar las cosas quietas por el momento, mi padre--dijo

Godfrey--. Espero que no trataréis de precipitar las cosas diciendo cosa

alguna.

--Haré lo que me plazca--replicó el squire--, y os haré ver que yo soy

quien manda; de otro modo podéis marcharos de esta casa e ir a buscar

morada en otra parte. Id a ver a Winthrop y decidle que no vaya a lo de

Cass y que me espere... ordenad que me ensillen mi caballo. ¡Ah!

esperad; tratad de vender la vieja jaca de Dunsey y de entregarme ese

dinero; ¿habéis oído? Ya no mantendrá más caballos a mi costa. Y si

sabéis dónde se ha metido--vos lo sabéis sin duda--, podéis decirle que

no se dé el trabajo de volver a la casa. Que se haga mozo de cuadra y

gane con qué vivir. Ya no me pesará más encima.

--No sé, padre, dónde está, y si lo supiera no me correspondería a mí

decirle que no vuelva más--dijo Godfrey dirigiéndose hacia la puerta.

--Que el diablo os confunda, señor; no os quedéis ahí perdiendo tiempo

e id a decir que me ensillen mi caballo--prosiguió el squire, tomando

una pipa.

Godfrey salió, dándose apenas cuenta si estaba más tranquilo por haber

terminado la entrevista sin haber modificado su posición, o más inquieto

al pensar que se había enredado aún más en los subterfugios y los

artificios. Lo que había pasado con motivo del pedido de la mano de

Nancy le había causado al joven una mera alarma: el temor de que el

squire fuera a deslizarle al señor Lammeter, de sobremesa, algunas

palabras que fueran capaces de ponerlo a él, Godfrey, en la necesidad

absoluta de renunciar a Nancy en el momento mismo que parecía estar a su

alcance. Recurrió entonces a su refugio ordinario, a la esperanza de

algún golpe imprevisto de la fortuna, de alguna coyuntura favorable que

le ahorraría consecuencias penosas y hasta perjudicaría su falta de

sinceridad, convirtiéndola en prudencia.

En lo que concierne a contar con algún tiro de dados de la fortuna,

apenas puede decirse que Godfrey fuera de la vieja escuela. La

casualidad favorable es el Dios de todos los hombres que siguen sus

propias impulsiones, en lugar de obedecer una ley en la cual no creen.

Si un hombre distinguido de nuestra época consigue una posición que

tiene vergüenza de hacer conocer, su espíritu buscará todas las salidas

imaginables capaz de librarlo de los resultados que esa posición deja

prever. Si gasta más de lo que tiene, si evita el trabajo honesto y

resuelto que proporciona su salario, en seguida se pone a soñar en la

posibilidad de encontrar un bienhechor, un tonto a quien sabrá halagar,

a fin de poder usar su influencia en su favor, en imaginarse un estado

de espíritu posible en alguna persona probable que todavía no ha dado

señales de aparecer. Si descuida las obligaciones de su empleo, echa

inevitablemente su ancla al azar, con la esperanza de que aquello que no

ha hecho no tendrá la importancia supuesta. Si traiciona la confianza de

un amigo, adora esa misma complejidad sutil que llama al azar, que le da

esperanza de que ese amigo no lo sabrá jamás. Si abandona un honrado

oficio para buscar las distinciones de una profesión a la que nunca ha

sido llamado por la naturaleza, su religión es infaliblemente el culto

de una casualidad favorable, en la que cree como en un poderoso, creador

del éxito. El mal principio rechazado por esta religión es el orden

natural de la sucesión de las cosas, de acuerdo con el cual las semillas

producen una cosecha de su especie.

X

El juez Malam era considerado, naturalmente, en Tarley y en Raveloe,

como un personaje de vasta inteligencia, visto que era capaz de sacar

sin pruebas conclusiones mucho más profundas que las que se podían

esperar de sus vecinos que no eran magistrados.

No era posible que semejante hombre descuidara el indicio de la caja de

yesca.

Así, pues, se dio comienzo a una pesquisa que tenía por objeto un

buhonero: nombre desconocido, cabellos negros y crespos, color moreno de

un extranjero, mercader de cuchillería y bisutería que llevaba en un

cajoncito, y grandes aros en las orejas.

Pero, ya sea que las diligencias de las pesquisas se hicieron con

demasiada lentitud, ya sea que aquella filiación conviniera a tan grande

número de buhoneros que no fuera posible hacer una elección entre

ellos, lo cierto es que transcurrieron las semanas y no se obtuvo más

resultado concerniente al robo, que el cese gradual de la agitación que

había causado en Raveloe.

La ausencia de Dunstan Cass fue apenas objeto de una observación: ya

antes, a causa de un disgusto con su padre, se había marchado, quién

sabe a dónde. Al cabo de seis semanas había vuelto a su antiguos

cuarteles sin encontrar oposición, y tan fanfarrón como antes. Su propia

familia, que esperaba aquel desenlace con la única diferencia que esta

vez el squire estaba resuelto a prohibirle la vuelta a los mencionados

cuarteles, no aludía nunca a su ausencia, y, cuando su tío Kimble y el

señor Osgood la notaron, el hecho de que había matado a _Relámpago_ y

cometido ofensa contra su padre, bastó para impedir que causara

sorpresa.

Relacionar el hecho de la desaparición de Dunsey con el robo ocurrido el

mismo día era cosa que estaba muy lejos del curso ordinario de los

pensamientos de todos, aún de los de Godfrey, que tenía mejores razones

que nadie para saber de qué cosas era capaz su hermano. No recordaba que

Dunsey y él hubieran hablado nunca del tejedor desde hacía doce años,

época de su infancia, en que se divertían burlándose de él.

Además, su imaginación encontraba siempre una coartada para Dunstan; se

lo imaginaba siempre en algún escondrijo en armonía con los gustos que

le conocía, y hacia el cual debía haberse dirigido después de haber

abandonado a _Relámpago_. Lo veía viviendo a expensas de las relaciones

fortuitas y pensando en volver a la casa para divertirse en mortificar a

su hermano mayor como antes.

Aun cuando una persona de Raveloe hubiera sido capaz de relacionar los

dos hechos antedichos, dudo que una combinación tan injuriosa para la

honorabilidad hereditaria que tenía un monumento mural en la iglesia y

copas de plata tan venerables, no hubiera permanecido secreta a causa de

su tendencia malsana. Pero los _puddings_ de Navidad, la carne de cerdo

cocida y especiada y la abundancia de licores espirituosos precipitan la

originalidad del espíritu en el camino de la pesadilla y son grandes

preservativos contra la peligrosa espontaneidad del espíritu.

Cuando se habló del robo en la taberna del _Arco Iris_ y fuera de allí,

en la buena sociedad la balanza siguió oscilando entre la explicación

racional basada en la caja de yesca y en la teoría de un misterio

impenetrable que ponía las pesquisas en ridículo. Los partidarios de la

creencia en la caja de yesca y de un buhonero consideraban a sus

adversarios como una colección de gentes crédulas de cerebro

desequilibrado que teniendo la vista perturbada, se imaginaban que todos

veían como ellos; y los que estaban por lo inexplicable, se limitaban a

dar a entender que sus antagonistas eran unos volátiles dispuestos a

cantar antes de encontrar grano; verdaderas espumaderas en cuanto a

capacidad y cuya clarividencia consistía en suponer que no había nada

tras de la puerta de una granja porque no podían ver a través de ellas.

Por lo tanto, bien que esta controversia no sirviera para poner en claro

el robo, descubrían ciertas opiniones verdaderas o importantes, pero que

no tenían nada que ver con el asunto.

Entretanto, mientras que la pérdida que así había sufrido servía para

activar la débil corriente de la conversación de Raveloe, al pobre Silas

lo consumía la desesperación que le causaba aquella privación de que sus

vecinos hablaban a sus anchas. Cualquiera que lo hubiese observado

antes de la desaparición del oro, hubiera podido figurarse que un ser

tan desgastado y marchito tendría apenas la fuerza de soportar alguna

magulladura o que no sería capaz de sufrir algún debilitamiento sin

sucumbir en seguida.

En realidad, su vida había sido una vida ardiente, ocupada por un fin

inmediato que lo separaba de la inmensidad desconocida y triste; su vida

había sido tenaz y, bien que el objeto alrededor del cual las fibras de

su vida se habían entrelazado, fuese una cosa aislada e inerte, ese

objeto daba satisfacción a la necesidad de Marner de tener una afección

cualquiera. Pero ahora la separación protectora estaba destruida,

suprimido el sostén. Los pensamientos de Silas no podían seguir girando

en el antiguo círculo. Se encontraba desorientado por un vacío parecido

al que la hormiga laboriosa encuentra cuando se ha desmoronado la tierra

en el sendero que conduce a su nido. El telar estaba allí, y el tejido y

el dibujo creciente de la tela; pero el brillante tesoro del escondite

ya no estaba bajo sus pies; la perspectiva de palparlo y de contarlo no

existía ya; la noche no tenía ya sus visiones de delicias para calmar

los deseos ardientes de aquella pobre alma. La idea del dinero que

ganaría con el trabajo del momento no le proporcionaba ninguna

satisfacción, porque aquella imagen mezquina no hacía más que recordarle

de nuevo su infortunio; y esas esperanzas habían sido aplastadas con

demasiada violencia por el brusco golpe para que su imaginación se

detuviera en la idea de ver acumularse su nuevo tesoro con aquel pequeño

comienzo.

Aquel vacío estaba colmado por su dolor. Mientras estaba ocupado en

tejer, gemía con frecuencia, muy quedo, como un alma en pena: era seña

de que su pensamiento había vuelto al abismo abrupto, a las horas

inertes de la noche. Y durante esas horas, sentado junto a la soledad de

su triste fuego, apoyaba los codos en las rodillas, se apretaba la

cabeza entre las manos, y gemía aún más despacio, como si tratara de no

ser oído.

Sin embargo, no estaba tan completamente abandonado en su desgracia. La

aversión que había inspirado siempre a los vecinos se había disipado en

parte, gracias al huevo aspecto en que su infortunio lo había

presentado. En lugar de un hombre dotado con más habilidades de las que

las gentes honestas pueden poseer, y, lo que es más grave, nada

dispuesto a usarlas como buen vecino, ahora era evidente que Silas no

tenía siquiera bastante habilidad para conservar lo que le pertenecía.

Se hablaba generalmente de él como de una pobre criatura bien

quebrantada, y ese alejamiento para con su prójimo, que se había

atribuido en un principio a su mala voluntad y a la peor de las

relaciones, era actualmente considerado como una simple locura.

Esa vuelta a mejores sentimientos se manifestaba de distintas maneras.

El aire estaba impregnado con el olor de la cocina de Navidad, y era la

estación en que las sobras del cerdo y de la morcilla sugieren la

caridad a las familias acomodadas. Las desgracias que le habían sucedido

a Silas lo colocaban en primera fila en los espíritus de las dueñas de

casas tales como la señora Osgood. También el señor Crackenthorp, al

mismo tiempo que advertía a Silas que probablemente su dinero le había

sido quitado porque pensaba demasiado en él y no iba nunca a la iglesia,

reforzaba su doctrina regalándole unos pies de cerdo; medio excelente de

disipar los prejuicios mal fundados que existen sobre la reputación del

clero. Los vecinos que sólo podían dar consuelos, se mostraban

inclinados no sólo a saludar a Silas y discutir con bastante detención

su infortunio cuando lo encontraban en la aldea, sino que iban también a

verlo en su choza y le hacían repetir todos los detalles del robo en el

sitio en que había sido cometido. Después trataban de alentarlo,

diciéndolo: «Qué tal, maese Marner, no sois más desgraciado que los

otros pobres, al fin y al cabo; y si llegarais a quedar imposibilitado,

la parroquia os daría socorro».

Supongo que una de las razones porque somos incapaces de consolar al

prójimo con palabras, es que nuestras intenciones se corrompen a pesar

nuestro antes de pasar por nuestros labios. Podemos mandar morcillas y

patas de cerdo sin darles el sabor de nuestro egoísmo; pero el lenguaje

es una corriente que casi siempre tiene el gusto del cauce impuro por

que corre. Había una porción razonable de bondad en el corazón de las

gentes de Raveloe, pero ejercían esa bondad con la franqueza torpe de la

embriaguez, empleando las formas en que menos se revelan la amabilidad y

el disimulo.

El señor Macey, por ejemplo, fue una noche expresamente para decirle a

Silas que los acontecimientos recientes le habían dado la ventaja de que

se lo considerara con más fervor un hombre cuya opinión no se había

formado a la ligera. Con este fin, así que hubo unido sus pulgares,

comenzó la conversación diciendo:

--¡Vamos! Maese Marner, vamos, no tenéis para qué permanecer ahí sentado

y gimiendo. Es mejor para vos que hayáis perdido vuestro dinero que el

que lo hubieseis conservado valiéndoos de viles medios. Yo pensé en un

principio, cuando vinisteis acá, que no erais mejor de lo preciso. Erais

mucho más joven de lo que sois ahora; pero siempre habéis sido una

criatura pálida y azorada, pareciéndoos en cierto modo a un ternero de

cabeza blanca, si me es lícito expresarme así. Sin embargo, uno puede

equivocarse. No es solamente el demonio el que ha hecho todos los seres

de aspecto raro. Quiero referirme a los sapos y otras alimañas

parecidas, porque con frecuencia son inofensivas; y hasta son útiles

para destruir los insectos. Algo parecido acontece con vos, al menos por

lo que puedo apreciar, bien que lo que concierne a vuestro conocimiento

de la plantas y las drogas apropiadas para restablecer la respiración,

si las habéis traído de un país apartado, hubierais podido mostraros un

poco más generoso. Y si esos conocimientos habían sido adquiridos donde

no se debía hacerlo, nada os impedía que compensarais esto yendo a la

iglesia regularmente. En efecto, los niños que la bruja de Tarley

hechizaba, los vi bautizar más de una vez y recibir el agua bendita tan

bien como los demás. Y así tiene que ser, considerando que si el demonio

desea hacer un poco de bien para poder descansar, si me es lícito

expresarme así, ¿quién tiene que poner reparos a esto? Tal es mi

opinión. Hace cuarenta años que soy chantre de esta parroquia, y yo sé

que cuando el pastor y yo denunciamos la cólera celeste el miércoles de

ceniza, no se pronuncia ningún anatema contra aquellos que desean ser

curados sin médico, diga lo que quiera el doctor Kimble. Por

consiguiente, maese Marner, como os lo decía hace un momento, las cosas

tienen tantas vueltas, que os ocurren, como acaba de sucederme, que sois

arrastrado hasta el último capítulo del libro de oraciones antes de

volver al asunto; mi opinión es que no debéis desalentaros. En cuanto a

imaginarse que sois un personaje maligno y que hay más ciencia en

vuestra cabeza de la que podríais revelar, no soy absolutamente de ese

parecer, y eso es lo que les repito a los vecinos. Vosotros

pretendéis--les digo--que maese Marner habría forjado un cuento; pues

bien, eso es absurdo, en verdad. Se requeriría realmente un hombre

inteligente para inventar una historia como ésa; y, además, la noche que

vino a la taberna parecía más asustado que una liebre.

Durante este discurso sin dilación, Silas había permanecido inmóvil en

su primera actitud, apoyando los codos en las rodillas y oprimiéndose la

cabeza entre las manos. El señor Macey se detuvo, no dudando que había

sido escuchado. Esperaba alguna apreciación como respuesta; pero Marner

permaneció silencioso. Tenía la impresión de que el anciano quería serle

agradable, y tenía a su respecto intenciones de buen vecino;

desgraciadamente aquella bondad caía sobre Silas como los rayos del sol

sobre el hombre miserable; sintiendo que estaba muy lejos de él, no

tenía ánimo para gozarla.

--Vamos, maese Marner, ¿no tenéis qué responder, a esto?--dijo al fin el

señor Macey con un tono lentamente impasible.

--¡Ah!--respondió Marner con lentitud, sacudiendo la cabeza entre las

manos--, os doy las gracias, os doy las gracias con todo corazón.

--Sí, sí, ciertamente, estaba seguro de que me daríais las gracias--dijo

el señor Macey--, y soy de opinión que... A propósito, ¿tenéis ropa que

vestir los domingos?

--No--dijo Marner.

--Eso pensaba--dijo el señor Macey--. Ahora dejadme aconsejaros que os

proporcione un traje. Tookey es un hombre diablo, pero se ha hecho cargo

de mi sastrería, y lo he habilitado con algún dinero. Os hará un traje

completo, barato y fiado. Entonces podréis venir a la iglesia y ser algo

sociable con vuestros vecinos. ¡Cómo! ¿ No me habéis oído decir amén

desde vuestra llegada a este pueblo? Os recomiendo que no perdáis

tiempo, porque será algo deplorable cuando Tookey me reemplace por

completo. Puede muy bien que pasado otro invierno no tenga más fuerzas

para estar de pie junto al órgano.

Dicho esto, el señor Macey hizo una pausa, esperando quizás algún signo

de emoción por parte de su interlocutor. Viendo que Marner no decía

nada, prosiguió:

--Y en cuanto al dinero para el traje completo, debéis ganar con vuestro

telar una libra esterlina por semana, maese Marner, y todavía sois

joven, me parece, aunque parezcáis muy agobiado. Pero no debíais, tener

veinticinco años cuando vinisteis a estableceros aquí, ¿verdad?

Silas se estremeció ligeramente cuando el señor Macey tomó aquel tono de

interrogación, y respondió con suavidad:

--No lo sé, no lo podría decir con exactitud; ¡hace de eso tanto tiempo!

Después de recibir semejante respuesta, no es de extrañar que el señor

Macey hiciera notar más tarde, en la velada del _Arco Iris_, que Marner

tenía la cabeza perdida, y que no sabía probablemente cuándo era

domingo, lo que demostraba que era más pagano que muchos perros.

Además del señor Macey, otra persona que consolaba a Silas fue a verlo

con el corazón lleno de los mismos pensamientos. Era la señora Winthrop,

la mujer del carretero.

Los habitantes de Raveloe no iban a los oficios con regularidad

escrupulosa. Quizá hubiera sido difícil encontrar a alguien en la

parroquia que no pensara que los fieles que frecuentaban la iglesia

todos los domingos del calendario, manifestaban un deseo ávido de estar

bien con el Cielo, y de obtener indebidamente una ventaja sobre sus

vecinos, un deseo de ser mejores que el común de los mortales,

implicando éste una cierta censura para las gentes que, habiendo tenido

como ellos padrinos y madrinas, poseían derecho igual al servicio

fúnebre. Al mismo tiempo era cosa entendida que todos, excepto los

sirvientes y los jóvenes, debían recibir el sacramento de la eucaristía

en una de las grandes fiestas. El propio squire Cass comulgaba en

Navidad; mientras que los que eran considerados buenos cristianos, iban

a la iglesia más a menudo, pero con moderación, sin embargo.

La señora Winthrop se contaba entre estas últimas. Era de todo punto una

mujer concienzuda y escrupulosa. Ponía tal ardor en cumplir sus deberes,

que la vida parecía no presentárselos con tanta frecuencia, cuando no se

levantaba a las cuatro y media de la mañana. Eso disminuía, es cierto,

las tareas de las horas que seguían, y este inconveniente representaba

para ella un problema que constantemente trataba de resolver.

Sin embargo, no tenía el carácter atrabiliario que se supone va

necesariamente asociado con tales costumbres. Era una mujer muy suave y

bondadosa que buscaba por temperamento todos los elementos más tristes y

más serios de la vida para nutrir su espíritu, era la persona en quien

se pensaba en Raveloe cada vez que había un enfermo o un muerto en una

familia, cuando había que aplicar sanguijuelas y que no se podía

conseguir una enfermera.

Mujer servicial, de buen semblante, cutis fresco, tenía los labios

siempre ligeramente apretados como si creyera estar en el cuarto de un

enfermo en presencia del médico o del pastor. Pero no lloriqueaba nunca;

nadie la había visto nunca derramar lágrimas. No se observaba en ella

más que una gravedad y una disposición a menear la cabeza y a suspirar

de un modo casi imperceptible, como una plañidera que no es parienta del

difunto. Parecía sorprendente que Ben Winthrop, que gustaba del jarro de

cerveza y de decir chistes, viviera tan de acuerdo con Dolly; pero es

que ella aceptaba las ocurrencias y la jovialidad de su marido con tanta

paciencia como las demás cosas. Se decía que los hombres son siempre

así, hágase lo que se haga, y ante sus ojos las personas del sexo fuerte

eran criaturas que al cielo le había placido hacerlas naturalmente

fastidiosas, como los gansos y los pavos.

Aquella mujer buena y caritativa no podía dejar de sentirse fuertemente

atraída por Silas Marner, ahora que lo veía bajo un aspecto de una

persona que sufre. Un domingo por la tarde tomó a su pequeño Aarón

consigo y se dirigió a casa de Silas. Llevaba en la mano algunos

bizcochos, hechos de pasta liviana y que eran muy estimados en Raveloe.

Aarón, un niño de siete años, cuyas mejillas semejaban manzanas y cuyo

cuello limpio y almidonado parecía ser el plato que contenía aquellas

frutas, tuvo que recurrir a toda audacia de su curiosidad para vencer el

temor de que el tejedor de ojos saltones no le fuera a dar algún daño

físico. Su aprensión creció mucho cuando, al llegar a las canteras, él y

su madre oyeron el ruido misterioso del telar.

--¡Ah! ¡Era como yo lo pensaba!--dijo tristemente la señora de Winthrop.

Tuvieron que golpear con fuerza antes de que Silas los oyera; sin

embargo, cuando se asomó a la puerta no demostró ninguna impaciencia

como hubiera hecho antes al recibir una visita que no era ni esperada ni

solicitada. Antes su corazón era como un cofrecillo cerrado con llave y

que contenía un tesoro; pero ahora el cofrecillo estaba vacío, y la

cerradura rota. Abandonado en las tinieblas y buscando en ellas sus

caminos a tientas, falto por completo de su apoyo, Silas tenía

inevitablemente el sentimiento--sentimiento triste, en verdad, y que

casi rayaba en la desesperación--de que si algún socorro le llegaba no

podía ser sino de afuera. Así es que sentía una ligera emoción de

esperanza a la vista de sus semejantes. Tenía una vaga idea de que debía

contar con la benevolencia de ellos.

Abrió la puerta enteramente para dejar pasar a Dolly; sin embargo, no le

devolvió su saludo más que haciendo adelantar la silla algunas pulgadas

para indicarle que podía sentarse. Así que Dolly se sentó, quitó la

servilleta que cubría los bizcochos y dijo con la mayor gravedad:

--Maese Marner, ayer hice cocer en el horno estos bizcochos, y están

mejores que de costumbre. Venía a pediros que aceptéis algunos si lo

tenéis a bien. A mí no me agradan estas cosas, porque lo que prefiero de

un extremo del año al otro es un pedazo de pan; pero los hombres tienen

un estómago tan caprichoso que necesitan cambiar; sí, necesitan, lo sé;

que Dios los ayude.

Dolly suspiró suavemente ofreciéndole los bizcochos a Silas. Este le dio

las gracias con bondad y miró el presente muy cerca, distraídamente,

porque estaba acostumbrado a examinar así todo lo que tomaba en las

manos. Entretanto, los ojos redondos, brillantes y sorprendidos del

pequeño Aarón estaban fijos en él; el niño se había parapetado tras de

la silla de su madre y desde allí lanzaba sus miradas furtivas.

--Tienen encima impresas unas letras--dijo Dolly--. Yo no sé leerlas y

nadie, ni aun el señor Macey sabe exactamente lo que quieren decir; pero

tienen un buen significado, puesto que son las mismas que se ven en el

tapiz del púlpito, en la iglesia. ¿Qué letras son, Aarón, hijo mío?

Aarón se escondió completamente detrás de su trinchera.

--¡Oh, vamos, no seas malo!--le dijo su madre con suavidad--. Bueno,

sean cuáles fueran esas letras, tienen un buen significado. Ben dice que

es una marca que se ha usado siempre en su familia desde cuando era

niño. Su madre tenía la costumbre de ponerla en los bizcochos, y yo

también siempre la he puesto; porque si hay algún bien en ello nos hace

falta en el mundo.

--Es I.H.S. (In hoc salus)--dijo Silas.

Ante aquella prueba de saber, Aarón lanzó una nueva mirada furtiva por

detrás de la silla.

--Sí, la verdad es que las habéis podido leer fácilmente--dijo Dolly--.

Ben me la ha leído muchas veces, pero se me van de la cabeza. Es tanto

más sensible cuanto que son buenas letras; de otro modo no estarían en

la iglesia. Por eso las pongo en todos los panes y en todos los

bizcochos, bien que a veces se borran porque la masa crece, porque, como

decía, si podemos conseguir algún bien lo necesitamos en este mundo, os

lo aseguro. Espero que os lo proporcionarán, maese Marner. Es con esa

intención que os he traído los bizcochos, y ya veis que las letras han

salido mejor que de costumbre.

Silas era tan incapaz de interpretar las letras como Dolly; sin embargo,

no era posible, al oír las dulces palabras de la señora Winthrop,

equivocarse sobre el deseo que tenía de hacer un bien. Respondió, pues,

con más sentimiento que antes:

--Gracias, gracias de todo corazón.

Sin embargo, puso a un lado los bizcochos y se sentó distraídamente

triste e inconsciente del bien que pudieran hacerle los bizcochos, las

letras y hasta la bondad de Dolly.

--¡Ah! Si hay un bien en algo, lo necesitamos--repitió Dolly, que no

abandonaba fácilmente una frase útil.

Y continuó hablando mientras miraba a Silas con compasión:

--¿Pero no oísteis las campanas de la iglesia esta mañana, maese Marner?

¿Conque ignorabais que hoy es domingo? Viviendo aquí tan solitario os

olvidáis del día que es, me parece; además, con el ruido del telar, no

oís las campanas, que, por otra parte, ahora sofoca el aire frío y

húmedo que reina.

--Sí, sí, las he oído--respondió Silas, para quien el sonido de las

campanas era un simple incidente que no tenía ninguna relación con la

santidad del día. No había campanas en el Patio de la Linterna.

--¡Dios mío!--dijo Dolly, deteniéndose antes de seguir hablando--. Es

lástima que trabajéis el domingo y que no cuidéis vuestro traje, aunque

no vayáis a la iglesia. Si tuvieseis un asado al fuego se comprendería

que no pudierais salir, viviendo solo. Pero el horno está ahí cerca. No

tendríais más que resolveros a gastar de cuando en cuando una moneda de

cuatro peniques para que os asaran la carne, no todas las semanas, por

supuesto; a mí mismo no me agradaría eso. Podríais vos mismo llevar

vuestra pequeña cena a cocer, porque es razonable tener algún trozo de

algo caliente el domingo. Deberíais de tratar que la comida de ese día

no fuera igual a la del sábado. Pero ahora se acerca la Navidad, el

santo día de Navidad, y si llevarais a asar vuestra cena y si fuéseis a

la iglesia para verla adornada con muérdago y follaje, oír el oficio y

comulgar en seguida, os sentiríais mucho mejor. Sabríais a qué ateneros

y podríais poner vuestra confianza en Aquel que sabe más que nosotros,

puesto que habríais cumplido con lo que es el deber de todos.

Esta larga exhortación de todos, que le había costado un extraordinario

esfuerzo de palabras, fue pronunciada con el tono dulce y persuasivo con

que se trata de conseguir que un enfermo tome su medicina o una taza de

caldo que le inspirara repugnancia. Hasta entonces Silas no había

sufrido presión tan directamente a propósito de su ausencia de la

iglesia. El hecho había sido considerado simplemente como un rasgo del

carácter general de su naturaleza extraña, y Marner era demasiado franco

y sencillo para eludir el llamamiento de Dolly.

--No, no--dijo--. Yo no sé nada de la iglesia. Nunca he ido a la

iglesia.

--¡Nunca!--repuso Dolly, con el tono quedo de la sorpresa.

Entonces, recordando que Silas procedía de un país desconocido, agregó:

--¿Será porque no había iglesia en el país en que nacisteis?

--¡Oh, sí!--dijo Silas con aire meditativo, sentado, según su costumbre,

con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos--.

Había iglesia, había costumbres. Era una gran ciudad, pero yo no las

conozco; siempre iba a la capilla.

Dolly, muy perpleja al oír aquella expresión nueva, no se atrevió a

llevar más lejos sus preguntas por temor de que la palabra capilla

significara algún antro de maldad. Después de un instante de reflexión,

dijo:

--Pues bien, maese Marner, nunca es demasiado tarde para cambiar de

conducta. Si nunca habéis frecuentado la iglesia, no os imagináis el

inmenso bien que os haría el ir a ella. Yo me siento más a mi gusto y

más feliz que nunca cuando voy a oír las oraciones y los cánticos en

homenaje y gloria de Dios, que el señor Macey entona, y las buenas

palabras que pronuncia el señor Crackenthorp, principalmente los días de

comunión. Si me ocurre alguna contrariedad siento que la puedo soportar,

porque he ido a buscar ayuda donde debía. Yo me he abandonado a Aquel a

quien debemos todos abandonarnos en fin, y si hemos hecho nuestro deber,

no hay que creer que Aquel que está allá arriba vale menos que nosotros

y no hará el suyo.

La exposición que hizo la pobre Dolly de la sencilla teología de Raveloe

hirió los oídos de Silas sin que entendiera palabra; en efecto, ninguna

de aquellas frases podía evocar un recuerdo de la religión que había

practicado, y su espíritu quedaba del todo desconcertado. Marner

permaneció silencioso. No se sentía dispuesto a dar su asentimiento a la

parte del discurso que comprendía por completo: la recomendación de ir a

la iglesia. En verdad, Silas estaba tan poco acostumbrado a hablar,

excepto para hacer preguntas y dar las respuestas breves indispensables

para la negociación de sus pequeños negocios, que las palabras no se le

ocurrían con facilidad si no eran solicitadas por un objeto determinado.

Pero ahora el pequeño Aarón, que se había acostumbrado a la presencia

del terrible tejedor, se había colocado junto a su madre, y Silas,

pareciendo verlo por primera vez, trató de rehuír las muestras de

bondad de Dolly ofreciéndole al niño una parte de los bizcochos. Aarón

retrocedió un poco y se frotó la cabeza contra el hombro de su madre.

Sin embargo, pensó que el bizcocho valía la pena que se extendiera la

mano para obtenerlo.

--¡Ah! ¡Aarón!--dijo Dolly tomándolo sobre las rodillas--; no necesitáis

comer bizcochos por ahora. Tiene un apetito maravilloso--agregó con un

ligero suspiro--, maravilloso, Dios lo sabe. Es el menor y lo mimamos de

un modo deplorable; porque ya sea yo, ya sea su padre, es preciso

absolutamente que uno de los dos lo tenga bajo sus ojos, absolutamente.

Acarició la cabeza de Aarón, pensando que la vista de aquel amor de niño

debía de hacerle bien a maese Marner; pero éste, sentado al otro lado

del hogar, no veía el rostro rosado, de rasgos bien acusados, más que

como la bola obscura de dos pequeños puntos negros en la superficie.

--Y tiene una voz como la de un pájaro--prosiguió Dolly--; sabe cantar

un canto de Navidad que su padre le ha enseñado. Para mí es un signo de

que será bueno el que haya podido aprender tan ligero un aire religioso.

Vamos, Aarón, paraos y cantadle vuestra canción a maese Marner, vamos.

Aarón, por toda respuesta, se frotó la frente contra el hombro de su

madre.

--¡Oh! eso está mal--dijo Dolly con suavidad--. Hay que levantarse

cuando mamá lo manda, y dadme un bizcocho para que os lo tenga, hasta

que hayáis concluido.

No le repugnaba a Aarón lucir sus talentos, aun delante de un ogro,

siempre que se sintiera en seguridad. Por lo tanto, después de algunos

ademanes de falsa vergüenza, consistentes principalmente en restregarse

los ojos con las manos y en mirar a Marner por entre los dedos para ver

si éste deseaba ardientemente oírlo cantar, se dejó al fin poner erguida

la cabeza. Entonces se paró detrás de la mesa, de la que sólo sobresalía

a partir del cuello. Parecía así una cabeza de querubín libre de la

traba del cuerpo. Por fin, con la voz clara de un pájaro comenzó la

siguiente melodía, cuyo ritmo era martillado y laborioso:

Que Dios os de paz, alegres gentileshombres,

Que nada os espante,

Porque Jesucristo, vuestro Salvador,

Vino al mundo para Navidad.

Dolly escuchaba con aire piadoso, dirigiéndole miradas a Marner con

cierta confianza de que aquellos acentos contribuirían a atraerlo a la

iglesia.

--Esto es lo que se llama música de Navidad--dijo cuando Aarón hubo

acabado y volvió a entrar en posesión de su bizcocho--. No hay música

que esté a la altura de la música de Navidad... Y ya podéis imaginaros

lo que debe ser eso en la iglesia, maese Marner, con el acompañamiento

del órgano y el coro. No se puede dejar de creer que ya se está en un

mundo mejor. No quisiera hablar mal de éste, visto que Aquel que nos ha

puesto en él sabe algo más que nosotros; pero cuando se piensa en la

embriaguez y en las riñas, así como en las enfermedades y en las

angustias de los moribundos--cosas que he visto tantas y tantas veces--,

complace oír hablar de una mansión más feliz. El niño canta bien, ¿no es

verdad, maese Marner?

--Sí, muy bien--respondió Silas distraídamente.

El canto, con su ritmo martillado, había resonado en sus oídos como una

música extraña, completamente distinta de la del himno, y no podía de

ningún modo producir el efecto que Dolly esperaba. Pero Silas quería

demostrarle que estaba agradecido y lo único que se le ocurrió fue

ofrecerle otro bizcocho a Aarón.

--¡Oh, no! muchas gracias, maese Marner--dijo Dolly, conteniendo las

manos prontas a Aarón--. Ahora es preciso que nos volvamos a casa. Por

consiguiente le digo hasta la vista, maese Marner. Si alguna vez os

sentís con algún mal interior, que no os permita trabajar, yo vendré a

hacer un poco de limpieza y os buscaré un poco de alimento, con toda

buena voluntad. Pero os pido y os ruego que dejéis de tejer el domingo;

eso es malo para el alma y para el cuerpo. El dinero que se consigue así

es un mal lecho de reposo en los últimos momentos, si no se disipa como

la escarcha quién sabe dónde. Disculpad que me haya tomado esta libertad

con vos, maese Marner, porque os quiero bien en verdad. Aarón, haced

vuestra reverencia.

Silas le dijo hasta la vista a Dolly, y le dio las gracias cordialmente

abriendo la puerta. Sin embargo, a pesar suyo se sintió aliviado cuando

ella se hubo marchado, satisfecho de poder volver a tejer y gemir a su

gusto. Aquella manera simple de comprender la vida y el bienestar por

medio del cual Dolly había tratado de alentar a Silas, no era para él

más que un ruido lejano de objetos desconocidos que su imaginación era

incapaz de representarle. Las fuentes del amor al prójimo y de la fe en

el amor divino no se habían abierto todavía, y su alma era como un

pequeño arroyo desecado. No había más que una débil diferencia, y es que

el débil surco trazado en la arena estaba bloqueado, y el agua corría al

azar hacia tenebrosos obstáculos.

Y así es que, a pesar de las palabras honradas y persuasivas del señor

Macey y de Dolly Winthrop, Silas pasó el día de Navidad en la sociedad

comiendo su cena con el corazón entristecido, bien que le hubiera sido

ofrecida por una buena vecina. Por la mañana miró la helada negra que

parecía oprimir cruelmente cada rama de hierba, mientras que el viento

hacía rizar la charca roja, helada a medias. Pero al llegar la noche la

nieve se puso a caer y le veló hasta aquella lúgubre perspectiva,

encerrándolo estrechamente con su pena concentrada. Y durante toda la

velada permaneció sentado en su choza despojada de su tesoro, no

preocupándose de cerrar los postigos ni la puerta, oprimiéndose la

cabeza entre las manos y gimiendo, hasta que lo tomó el frío y le

advirtió que su fuego no era más que una ceniza gris.

Nadie en este mundo, excepto él, sabía que Silas era el mismo hombre que

habiendo amado antes a su prójimo con tierno afecto había tenido

confianza en una bondad invisible. Aun para sus ojos, aquella

experiencia de la vida pasada se había vuelto algo obscura.

Entretanto, en la aldea de Raveloe las campanas repicaban alegremente y

la iglesia estaba más llena que durante el resto del año por fieles

cuyos rostros bermejos aparecían en medio de las profusas ramas de un

verde obscuro--fieles preparados para un oficio más largo que el de

costumbre, gracias a un almuerzo perfumado de tostadas y cerveza.

Aquellas verdes ramas, el humo y la plegaria que no se oían más que en

Navidad, y hasta el Credo de San Anastasio--que sólo se distinguía de

los otros en que era más largo y tenía virtud excepcional, puesto que no

se le leía más que en ciertas ocasiones--producían un vago sentimiento

de que algo grande y misterioso se había realizado para ellos allá en el

cielo, y aquí abajo en la tierra, algo que se apropiaba con su

presencia. Después los fieles de rostros bermejos se volvieron a su casa

a través del frío negro y picante, sintiéndose libres, durante el resto

del día, de comer, de beber y de regocijarse, usando sin temor de

aquella libertad cristiana.

En la reunión de familia en casa del squire Cass celebrada ese día,

nadie habló de Dunstan--nadie sentía la ausencia, y temía que fuera a

ser larga. El doctor y su mujer, el tío y la tía Kimble, estaban

presentes.

La conversación anual de la fiesta de Navidad tuvo lugar sin ninguna

omisión. Alcanzó su punto culminante cuando el señor Kimble contó lo que

había visto y oído en la época en que estudiaba medicina en los

hospitales de Londres, treinta años atrás, no omitiendo las anécdotas

notables concernientes a su profesión, que había recogido entonces. En

seguida vinieron las partidas de los naipes con la mala suerte

tradicional de la tía Kimble para hacer parejas; después la

irascibilidad del tío Kimble a propósito del «trick» en el «whist».

Cuando no estaba de su parte, no se lo explicaba sin hacer una

inspección general de todas las bazas para asegurarse de que habían sido

hechas de acuerdo con los verdaderos principios. El todo estaba

acompañado por el fuerte olor de los grogs humeantes.

Pero la reunión del día de Navidad era puramente una reunión familiar

que no representaba la fiesta brillante por excelencia de la estación de

la Casa Roja. Esta era el gran baile de la víspera del día del Año Nuevo

que hacía la gloria de la hospitalidad del squire, como había hecho la

de la hospitalidad de los antepasados del squire desde tiempo

inmemorial. Esa era la ocasión en que todos los miembros de la sociedad

de Raveloe y de Tarley--ya fueran antiguas relaciones separadas por

largos caminos llenos de zanjas, ya fueran relaciones enfriadas por

disidencias relativas a la posesión de terneras escapadas, o ya las

relaciones establecidas por una condescendencia intermitente--, contaban

encontrarse y conducirse según las conveniencias recíprocas. Esa era la

ocasión en que las bellas damas que iban a caballo mandaban de antemano

cajas que contenían algo más que sus trajes del baile. La fiesta, en

efecto, no debía durar sólo una noche, como las mezquinas diversiones de

la ciudad, en que todas las provisiones de boca son puestas de una sola

vez en la mesa, y en que la lencería es insuficiente. La Casa Roja

estaba aprovisionada como para resistir un sitio. En cuanto a los

colchones de pluma disponibles, prontos para ser tendidos en el suelo,

eran tan numerosos como podía esperárselo en una familia que había

matado gansos durante muchas generaciones.

Godfrey Cass suspiraba por esa víspera del día de Año Nuevo con la

impaciencia loca e irreflexiva que lo volvía medio sordo a las

importunidades de su compañera, la ansiedad.

--¡Oh! no volverá quizá a casa antes de la víspera de Año

Nuevo--respondía Godfrey--. Entonces estaré sentado al lado de Nancy,

bailaré con ella y he de obtener, quiéralo ella o no, alguna dulce

mirada.

--Pero hay alguien que necesita dinero--decía la ansiedad con voz más

fuerte--; ¿cómo vas a conseguirlo sin vender el alfiler de diamantes de

tu madre? ¿Y si no puedes obtenerlo?

--Puede que ocurra algún acontecimiento que facilite las cosas. De todos

modos, hay para mí un placer que está próximo: Nancy viene al baile.

--Es cierto, pero suponte que tu padre lleve las cosas a tal punto que

te veas obligado a comprometerte con ella y tener que dar las razones.

--Corta tu lengua y no me mortifiques. Puedo ver los ojos de Nancy tales

como me mirarán y ya siento su mano en la mía.

Sin embargo, la ansiedad siguió hablando, bien que fuera en medio de la

ruidosa reunión de Navidad; se negó a callar por completo, ni aun con

mucha bebida.

Silas Marner(#24823) · 第 13 / 26 题