Cuando Godfrey Cass volvió de la fiesta de la señora Osgood, a media
noche, no lo sorprendió mucho el saber que Dunsey no había vuelto a la
casa. Quizá no habría vendido a _Relámpago_ esperando otra ocasión;
quizá, a causa de la niebla de la tarde, había preferido refugiarse en
la posada del _León Rojo_ de Batterley, para pasar allí la noche, si la
cacería lo había retenido en las cercanías, porque no era muy probable
que se sintiera muy contrariado por dejar a su hermano en la
incertidumbre. El espíritu de Godfrey estaba muy absorbido por los
atractivos y maneras de Nancy para con él, demasiado lleno de
exasperación contra sí mismo y contra su suerte--exasperación que no
dejaba nunca de producirse en él, a la vista de aquella joven--, para
que pensara mucho en _Relámpago_ y en la conducta probable de Dunstan.
A la mañana siguiente toda la aldea fue sorprendida por la historia del
robo.
Godfrey, como todos los demás, pasó el tiempo en recoger y discutir las
noticias y en ir a visitar las canteras. La lluvia había hecho
desaparecer toda probabilidad de distinguir los pasos; pero un examen
minucioso del sitio había hecho descubrir, en dirección opuesta a la
aldea, una caja de yesca medio enterrada en el lodo y que contenía un
eslabón y un pedernal.
No era la caja de yesca de Silas, porque la única que hubiera poseído
nunca estaba aún, sobre un estante, en su casa. La opinión generalmente
aceptada, fue que la caja encontrada en el foso tenía alguna relación
con el robo. Una pequeña minoría sacudía la cabeza y daba a entender que
aquél no era un robo respecto del cual pudieran arrojar mucha luz las
cajas de yesca.
En cuanto al de maese Marner parecía singular, y se habían conocido
casos en que un hombre, después de haberse causado a sí mismo algún
daño, había después requerido al juez para buscar al autor. Pero cuando
se asediaba a esas gentes preguntándoles los motivos de su opinión y el
provecho que tales falsos pretextos podían proporcionarle a maese
Marner, se contentaban con menear la cabeza como antes y hacían observar
que no siempre se estaba en aptitud de saber qué es lo que algunas
personas consideran un beneficio; además, todo el mundo tenía el derecho
de tener su opinión motivada o no, y el tejedor, como nadie lo
ignoraba, no tenía el cerebro muy sano.
El señor Macey, bien que tomara la defensa de Marner contra toda
sospecha de superchería, ponía también en ridículo la idea de la caja de
yesca. En verdad, la reputaba como una sugestión bastante impía,
tendiente a insinuar que todo debía de ser obra de manos humanas y que
no había ningún poder sobrenatural capaz de hacer desaparecer las
guineas sin tocar los ladrillos. Sin embargo, se volvió contra el señor
Tookey con bastante violencia cuando aquel suplente adicto, viendo que
aquella interpretación de los hechos sentaba particularmente a un
chantre de parroquia la llevó más lejos aún, preguntándose si era
razonable hacer una encuesta sobre un robo cuyas circunstancias eran tan
misteriosas.
--Como si no hubiera nada más--terminó diciendo el señor Tookey--que
aquellas cosas que los jueces y los constables están en aptitud de
descubrir.
--No vayáis ahora, Tookey, más allá de donde se debe--repuso el señor
Macey, inclinando la cabeza hacia un costado, en señal de reprobación.
Así es cómo procedéis siempre: si yo arrojo una piedra y doy en el
blanco, pensáis que hay algo mejor que hacer y tratáis de tirar otra vez
más allá de la mía. Lo que he dicho iba contra la caja de yesca; no he
dicho nada contra los jueces y los constables; porque han sido nombrados
por el rey Jorge y le sentaría mal a un funcionario parroquial estallar
en invectivas contra el soberano.
Mientras estas discusiones tenían lugar en el grupo que se encontraba
frente a la taberna del _Arco Iris_, una deliberación más importante
tenía lugar en el interior bajo la presidencia del señor Crackenthorp,
el pastor, asistido por el squire Cass y otras personalidades de la
parroquia. Se le acababa de ocurrir al señor Snell--que era, como lo
hizo observar, un hombre habituado a coordinar los hechos--el relacionar
con la caja de yesca, que en calidad de suplente del constable había
tenido él mismo la honrosa distinción de encontrar, con ciertos
recuerdos de un buhonero. Este había entrado en su taberna para beber
algo haría cosa de un mes, y había declarado positivamente que llevaba
una caja de yesca que le servía para encender su pipa. Había en aquello,
sin duda, una pista para seguir. Y como la memoria, cuando está
debidamente impregnada en los hechos comprobados, es algunas veces de
una fecundidad sorprendente, el señor Snell recobró gradualmente la viva
impresión del efecto que la fisonomía y la conversación del buhonero
habían producido en él. La mirada de aquel hombre estaba llena de una
cierta expresión que había chocado de un modo desagradable al sensible
organismo del señor Snell. Seguramente que nada de particular había
salido de su boca--no, nada, excepto la frase relativa a la caja de
yesca--; pero lo que un hombre dice, no es lo que vale, lo importante es
cómo lo dice. Además tenía un color moreno exótico que anunciaba su poca
honradez.
--¿Llevaba aros en las orejas?--preguntó el señor Crackenthorp, que
tenia algún conocimiento de las costumbres extranjeras.
--Bueno... esperad... veremos--respondió el señor Snell como un
somnámbulo dócil que quisiera realmente no equivocarse, si fuera
posible.
Después de haber distendido los ángulos de su boca y contraído los
ojos--se hubiera dicho que trataba de ver los aros--, pareció renunciar
al esfuerzo y dijo:
--Recuerdo que llevaba en su caja aros para vender; es, pues, natural
suponer que también los usara. Pero como recorrió casi todas las casas
de la aldea, quizá alguna persona se los haya visto en las orejas, bien
que yo no pueda afirmar eso.
El señor Snell tenía razón al suponer que alguna otra persona se
acordaría de los aros en las orejas; porque, prosiguiendo la pesquisa en
la parroquia, se hizo saber, con una energía cada vez más viva, que el
pastor deseaba ser informado si el buhonero usaba aros, y se estableció
una corriente de opinión de que era muy importante que el hecho fuera
dilucidado. Naturalmente que todos los que oyeron la pregunta y que no
se habían formado ninguna imagen exacta del buhonero «sin aros», se lo
representaron inmediatamente «con aros» en las orejas, más o menos
grandes, según el caso. La imagen fue muy pronto tomada por un recuerdo
vivo. En consecuencia, la esposa del vidriero, mujer de buenas
intenciones y que no era aficionada a mentir y cuya casa era una de las
más ordenadas de la aldea, se mostró dispuesta a declarar que, tan
cierto como que había de comulgar para la próxima Navidad, que había
visto unos grandes aros, de la forma del creciente de la luna nueva, en
las dos orejas del buhonero. Al mismo tiempo Juana Oates, la hija del
zapatero--niña dotada de una imaginación muy viva--, afirmaba no sólo
que los había visto, sino que se había estremecido de horror, como se
estremecía todavía al hablar de eso.
Por otra parte, a fin de arrojar más luz sobre esta pista de la caja de
yesca, se recogió en las diferentes casas todos los artículos comprados
al buhonero y se los llevó a la taberna del _Arco Iris_ para ser
expuestos allí públicamente. En fin, la convicción general en la aldea
fue que, a fin de poner en claro la cuestión del robo, era preciso hacer
muchas cosas en el _Arco Iris_. Además, ningún marido tenía necesidad
de excusarse con su esposa para ir a aquella taberna, a tal punto se
había convertido aquel sitio en la escena de rigurosos deberes públicos.
Qué decepción--y quizás también qué indignación--se manifestó al saber
que Silas Marner, interrogado por el squire y el pastor, había
respondido que no había conservado ningún recuerdo del buhonero, salvo
que éste se había allegado a su choza, pero sin entrar en ella. Se había
alejado inmediatamente, cuando Silas, entreabriendo la puerta, le dijo
que no necesitaba nada. Tal había sido la declaración del tejedor.
Sin embargo, Silas se aferraba fuertemente a la idea de que el buhonero
era el culpable probablemente por la única razón que ésta le presentaba
la imagen clara de un sitio en que podía estar su oro, después de haber
sido quitado del escondite: le parecía verlo ahora en la caja del
buhonero.
Todas las gentes de la aldea hicieron notar con cierta irritación que
todo el mundo, salvo una criatura ciega como Marner, hubiera visto al
hombre merodeando por allí. En efecto, ¿cómo explicaría que hubiese
dejado su caja de yesca en el foso, al lado de la choza, si no hubiese
andado vagando por allí? Sin duda alguna, había hecho sus observaciones
al ver a Marner en la puerta. Todo el mundo podía darse cuenta--con sólo
verlo--que el tejedor era un avaro medio loco. Era sorprendente que el
buhonero no lo hubiese asesinado. Muchas y muchas veces se había
descubierto que la gente de esa especie, con aros en las orejas, eran
asesinas. No hacía tanto tiempo que uno de esos individuos había sido
juzgado, para que no hubiera gentes que lo recordaran.
Es cierto que habiendo entrado Godfrey Cass en la taberna del _Arco
Iris_ durante una de las frecuentes repeticiones que daba el señor Snell
de su deposición, hizo poco caso del testimonio del tabernero. Declaró
que él mismo le había confiado un cortaplumas al buhonero, y que éste le
había parecido ser un tipo alegre, a quien le gustaba chancear. Según
él, todo lo que decían de la mirada atravesada de aquel hombre no tenía
sentido. Pero en la aldea aquellas palabras fueron consideradas como el
habladero irreflexivo de un joven, pues no era sólo el señor Snell quien
había encontrado que había algo de raro en la persona del buhonero. Por
el contrario, había por lo menos media docena de testigos que estaban
prontos para dirigirse al juez Malam para llevarle pruebas mucho más
convincentes que ninguna de las que el tabernero podía dar. Era de
desear que el señor Godfrey no fuera a Tarley a fin de echar agua fría
sobre lo que el señor Snell había dicho delante del juez de esa aldea, e
impedir de ese modo que el magistrado librara una orden de arresto. Se
le sospechaba que tenía esta intención cuando se le vio partir por la
tarde a caballo y en la dirección de Tarley.
Pero en aquel momento el interés que a Godfrey le inspiraba el robo se
había desvanecido en presencia de su ansiedad creciente respecto de
Dunstan y de _Relámpago_. No se iba a Tarley sino a Batterley, porque se
sentía incapaz de permanecer más tiempo en esta incertidumbre a ese
respecto. La posibilidad de que Dunstan le hubiese hecho la mala pasada
de marcharse con _Relámpago_, para volver al cabo de un mes, después de
haber perdido su precio en el juego o de haberlo disipado, de otra
manera, era un temor que lo importunaba todavía más que la idea de un
accidente desgraciado. Ahora que el baile de la señora Osgood había
pasado; estaba furioso por haberle confiado su caballo a Dunstan. En
lugar de tratar de calmar sus temores, los alentaba con esta idea
supersticiosa e inherente a cada uno de nosotros de que cuando más se
espera el mal resueltamente, menos probable es que suceda; así fue que
cuando oyó que se acercaba un caballo al trote y vio que un sombrero
sobrepasaba la cerca más allá del codo del sendero, le pareció que su
conjuro había tenido éxito. Sin embargo, no bien estuvo el animal a la
vista, su corazón se oprimió de nuevo, porque no era _Relámpago_. Y
momentos después se dio cuenta de que el caballero no era Dunstan, sino
Bryce, que detuvo su montura para conversar con él. La fisonomía de
aquél no anunciaba nada de nuevo.
--¿Qué trae, señor Godfrey, qué suerte la de su hermano, maese Duncey,
verdad?
--¿Qué queréis decir?--replicó vivamente Godfrey.
--¿Cómo? ¿No ha vuelto todavía a su casa?--dijo Bryce sorprendido.
--¿A casa? no. ¿Qué ha sucedido? Hablad pronto. ¿Qué hizo de mi caballo?
--¡Ah! bien pensaba yo que era siempre vuestro, bien que él dijera que
se lo habíais cedido.
--¿Lo hizo rodar y lo mancó?--dijo Godfrey, rojo de cólera.
--Peor todavía--dijo Bryce--. Imaginaos que yo me había comprometido a
comprarle el caballo por ciento veinte libras esterlinas, un precio
loco, pero siempre me había gustado ese caballo. ¡Y no va y lo ensarta!
¡Precipitarse por encima de una cerca en que había postes de hierro, en
la cima de su talud que tenía un foso delante! Hacía mucho tiempo que el
caballo estaba muerto cuando se lo descubrió. Desde entonces Dunsey no
ha vuelto a la casa, ¿verdad?
--¿A casa? no--replicó Godfrey--, y haría bien en no volver. ¡Qué
imbécil soy, me lleve el diablo! Debiera de haber sabido que las cosas
iban a concluir así.
--Pues bien, para deciros la verdad--continuó Bryce--, después de
cerrado el trato se me ocurrió la idea de que vuestro hermano había
podido montar el caballo para venderlo sin que vos lo supierais, porque
no creí que fuera suyo. Yo sabía que maese Dunsey hacía de las suyas
algunas veces. Pero, ¿adónde puede haber ido? No se lo ha vuelto a ver
en Batterley. No se debe haber hecho daño, porque no tenía más remedio
que marcharse a pie.
--¿Daño?--dijo Godfrey amargamente.--Jamás se hará daño; ha nacido para
hacerlo a los demás.
--¿Y vos lo habíais autorizado realmente para vender el
caballo?--preguntó Bryce.
--Sí, quería deshacerme de él; siempre tuvo la boca algo dura para
mí--respondió Godfrey, cuyo orgullo se sobresaltaba al pensar que Bryce
adivinaba que la necesidad lo había obligado a separarse de su
montura--. Iba a ver qué ha sido de _Relámpago_; me imaginaba que había
sucedido alguna desgracia. Ahora voy a retroceder--agregó, haciendo
volver la cabeza al caballo, con el deseo de poder librarse de Bryce,
porque comprendía que la gran crisis de su vida, crisis tanto tiempo
tornada, estaba próxima--. Venís a Raveloe, ¿verdad?
--No, ahora no--dijo Bryce--. Dirigiéndome a Flitton hice esta vuelta
con la idea de que no sería malo que entrara de paso en vuestra casa,
para deciros todo lo que sabía respecto al caballo. Supongo que maese
Dunsey no ha querido mostrarse antes de que la mala noticia se hubiera
disipado un poco. Quizá haya ido a hacerle una visita a la posada de
las _Tres Coronas_, cerca de Whithbridge; sé que le gusta esa casa.
--Es muy posible--dijo Godfrey distraídamente.
Después, sacudiendo su preocupación, agregó, esforzándose por mostrarse
indiferente:
--Hemos de oír hablar de él muy luego, podéis estar seguro.
--Bueno, éste es mi camino--dijo Bryce, sin que lo sorprendiera ver que
Godfrey estaba bastante abatido--. Bueno, me despido haciendo votos
porque pueda traeros mejores noticias otra vez.
Godfrey puso su caballo al paso. Se imaginaba la escena en que tendría
que confesárselo todo a su padre, escena que comprendía era ya
inevitable. Tenía que hacer la revelación relativa al dinero al otro día
por la mañana. Suponiendo que ocultara el resto, como Dunstan no
tardaría en volver, si éste se veía obligado a soportar la violencia de
la cólera del padre, lo contaría todo por despecho, aunque no sacara de
eso ningún provecho.
Existía todavía otro medio para conseguir el silencio de Dunstan y
aplazar el mal día: Godfrey podía decirle a su padre que él mismo había
gastado el dinero que le había entregado Fowler. Como nunca había
cometido semejante falta, el asunto se disiparía después de un poco de
tormenta. Pero era incapaz de resolverse a eso. Comprendía que al darle
el dinero a Dunstan había cometido un abuso de confianza apenas menos
culpable que el de haber gastado él mismo el dinero en su provecho...
Sin embargo, había entre esos dos actos una diferencia que le hacía ver
al segundo como tan odioso, que la idea de acusarse de él era
insoportable.
--No pretendo ser irreprochable--se decía--; pero, sin embargo, no soy
un pillo; por lo menos estoy resuelto a contenerme. Prefiero soportar
las consecuencias de mi propia conducta y no hacer creer que soy el
autor de un acto que nunca habría cometido. Jamás se me hubiera ocurrido
gastar ese dinero para divertirme... sólo cedí a una tortura.
Durante todo el resto del día, Godfrey, salvo algunas fluctuaciones
accidentales, permaneció firmemente resuelto a confesárselo todo al
padre y aplazó la historia de la pérdida de _Relámpago_ hasta el día
siguiente, a fin de que sirviera de introducción a un asunto más
importante. El viejo squire estaba acostumbrado a ver qué Dunstan se
ausentara con frecuencia de la casa; así es que no pensó que valiera la
pena de hacer una observación respecto de la desaparición de su hijo y
de la del caballo.
Godfrey se repitió muchas veces que si dejaba escapar aquella ocasión
favorable para confesarlo todo, jamás se le presentaría otra; y hasta la
revelación podría producirse de una manera más odiosa que por la
perversidad de Dunstan, si la otra se presentaba ella misma, como ya lo
había amenazado con hacerlo Godfrey.
Entonces, para prepararse para la escena que iba a tener lugar, trató de
imaginarla; resolvió mentalmente cómo pasaría la confesión de la
debilidad en que había incurrido dándole el dinero a Dunstan al hecho
que éste lo tenía tan agarrado, que había tenido que renunciar a
hacérselo largar, como además tendría que proceder con su padre para que
éste se preparara para algo muy grave antes de revelarle el hecho mismo.
El viejo squire era un hombre implacable; tomaba resoluciones durante
una cólera violenta y no había medio de hacérselas abandonar, ni aun
cuando esa cólera se hubiera disipado. Así son las lavas ardientes de
los volcanes que se endurecen y forman una roca cuando se enfrían. Como
muchos hombres inflexibles y violentos dejaba que el mal creciera al
favor de su propia negligencia, hasta que se accediera con una fuerza
que lo exasperaba. Entonces se volvía de un rigor feroz, y su dureza se
tornaba inexorable. Ese era su sistema con los arrendatarios; los dejaba
atrasarse en sus pagos, descuidar las cercas, reducir su material y su
ganado, vender la paja y hacer todo lo que no debían; después, cuando
estaba escaso de dinero a causa de su indulgencia, tomaba contra ellos
las medidas más severas y se volvía sordo ante sus súplicas. Godfrey
sabía todo eso y lo comprendía tanto más cuanto que había tenido el
fastidio de ser testigo de los accesos de cólera brusca e implacable de
su padre, accesos ante los cuales su irresolución habitual lo privaba de
toda simpatía. Pero no criticaba la indulgencia culpable que los
precedía; esa indulgencia le parecía bastante natural. Sin embargo, como
Godfrey lo pensaba, apenas había una probabilidad de que el orgullo de
su padre consideraba aquel casamiento desde un punto de vista que lo
inclinara a mantenerlo secreto, antes que echar a su hijo y hacer hablar
de la familia en el país, a diez leguas a la redonda.
Tal fue el aspecto bajo el cual Godfrey consiguió encarar las cosas
hasta media noche. En seguida se durmió, pensando que ya había
deliberado bastante consigo mismo. Pero, cuando despertó en la
obscuridad de la mañana apacible, encontró que le era imposible recordar
sus ideas de la noche precedente. Se hubiera dicho que estaban en exceso
fatigadas y no podían volver a ser reanimadas para un nuevo trabajo. En
lugar de argumentos en favor de una confesión, era incapaz ahora de
representarse otra cosa que las deplorables consecuencias que aquella
acarrearía. Entonces volvió el antiguo temor del deshonor--el antiguo
horror de pensar en levantar una valla infranqueable entre él y Nancy--,
su antigua inclinación a contar con las probabilidades capaces de serle
favorables y evitarle una denuncia.
Porque, al fin y al cabo, ¿impediría con sus actos personales las
esperanzas que da el ayer? Se había puesto a considerar la víspera su
situación desde un falso punto de vista. Estaba furioso contra Dunstan,
y no había pensado más que en una ruptura completa de su convenio mutuo.
Lo más cuerdo que podía hacer era tratar de atenuar la cólera de su
padre contra Dunsey, y conservar lo más posible las cosas en su antiguo
estado. Si Dunstan no volvía hasta dentro de algunos días--y Godfrey
suponía que aquel pícaro tenía bastante dinero en el bolsillo como para
poder prolongar su ausencia bastante tiempo--, todo podría disiparse.