VIII

Cuando Godfrey Cass volvió de la fiesta de la señora Osgood, a media

noche, no lo sorprendió mucho el saber que Dunsey no había vuelto a la

casa. Quizá no habría vendido a _Relámpago_ esperando otra ocasión;

quizá, a causa de la niebla de la tarde, había preferido refugiarse en

la posada del _León Rojo_ de Batterley, para pasar allí la noche, si la

cacería lo había retenido en las cercanías, porque no era muy probable

que se sintiera muy contrariado por dejar a su hermano en la

incertidumbre. El espíritu de Godfrey estaba muy absorbido por los

atractivos y maneras de Nancy para con él, demasiado lleno de

exasperación contra sí mismo y contra su suerte--exasperación que no

dejaba nunca de producirse en él, a la vista de aquella joven--, para

que pensara mucho en _Relámpago_ y en la conducta probable de Dunstan.

A la mañana siguiente toda la aldea fue sorprendida por la historia del

robo.

Godfrey, como todos los demás, pasó el tiempo en recoger y discutir las

noticias y en ir a visitar las canteras. La lluvia había hecho

desaparecer toda probabilidad de distinguir los pasos; pero un examen

minucioso del sitio había hecho descubrir, en dirección opuesta a la

aldea, una caja de yesca medio enterrada en el lodo y que contenía un

eslabón y un pedernal.

No era la caja de yesca de Silas, porque la única que hubiera poseído

nunca estaba aún, sobre un estante, en su casa. La opinión generalmente

aceptada, fue que la caja encontrada en el foso tenía alguna relación

con el robo. Una pequeña minoría sacudía la cabeza y daba a entender que

aquél no era un robo respecto del cual pudieran arrojar mucha luz las

cajas de yesca.

En cuanto al de maese Marner parecía singular, y se habían conocido

casos en que un hombre, después de haberse causado a sí mismo algún

daño, había después requerido al juez para buscar al autor. Pero cuando

se asediaba a esas gentes preguntándoles los motivos de su opinión y el

provecho que tales falsos pretextos podían proporcionarle a maese

Marner, se contentaban con menear la cabeza como antes y hacían observar

que no siempre se estaba en aptitud de saber qué es lo que algunas

personas consideran un beneficio; además, todo el mundo tenía el derecho

de tener su opinión motivada o no, y el tejedor, como nadie lo

ignoraba, no tenía el cerebro muy sano.

El señor Macey, bien que tomara la defensa de Marner contra toda

sospecha de superchería, ponía también en ridículo la idea de la caja de

yesca. En verdad, la reputaba como una sugestión bastante impía,

tendiente a insinuar que todo debía de ser obra de manos humanas y que

no había ningún poder sobrenatural capaz de hacer desaparecer las

guineas sin tocar los ladrillos. Sin embargo, se volvió contra el señor

Tookey con bastante violencia cuando aquel suplente adicto, viendo que

aquella interpretación de los hechos sentaba particularmente a un

chantre de parroquia la llevó más lejos aún, preguntándose si era

razonable hacer una encuesta sobre un robo cuyas circunstancias eran tan

misteriosas.

--Como si no hubiera nada más--terminó diciendo el señor Tookey--que

aquellas cosas que los jueces y los constables están en aptitud de

descubrir.

--No vayáis ahora, Tookey, más allá de donde se debe--repuso el señor

Macey, inclinando la cabeza hacia un costado, en señal de reprobación.

Así es cómo procedéis siempre: si yo arrojo una piedra y doy en el

blanco, pensáis que hay algo mejor que hacer y tratáis de tirar otra vez

más allá de la mía. Lo que he dicho iba contra la caja de yesca; no he

dicho nada contra los jueces y los constables; porque han sido nombrados

por el rey Jorge y le sentaría mal a un funcionario parroquial estallar

en invectivas contra el soberano.

Mientras estas discusiones tenían lugar en el grupo que se encontraba

frente a la taberna del _Arco Iris_, una deliberación más importante

tenía lugar en el interior bajo la presidencia del señor Crackenthorp,

el pastor, asistido por el squire Cass y otras personalidades de la

parroquia. Se le acababa de ocurrir al señor Snell--que era, como lo

hizo observar, un hombre habituado a coordinar los hechos--el relacionar

con la caja de yesca, que en calidad de suplente del constable había

tenido él mismo la honrosa distinción de encontrar, con ciertos

recuerdos de un buhonero. Este había entrado en su taberna para beber

algo haría cosa de un mes, y había declarado positivamente que llevaba

una caja de yesca que le servía para encender su pipa. Había en aquello,

sin duda, una pista para seguir. Y como la memoria, cuando está

debidamente impregnada en los hechos comprobados, es algunas veces de

una fecundidad sorprendente, el señor Snell recobró gradualmente la viva

impresión del efecto que la fisonomía y la conversación del buhonero

habían producido en él. La mirada de aquel hombre estaba llena de una

cierta expresión que había chocado de un modo desagradable al sensible

organismo del señor Snell. Seguramente que nada de particular había

salido de su boca--no, nada, excepto la frase relativa a la caja de

yesca--; pero lo que un hombre dice, no es lo que vale, lo importante es

cómo lo dice. Además tenía un color moreno exótico que anunciaba su poca

honradez.

--¿Llevaba aros en las orejas?--preguntó el señor Crackenthorp, que

tenia algún conocimiento de las costumbres extranjeras.

--Bueno... esperad... veremos--respondió el señor Snell como un

somnámbulo dócil que quisiera realmente no equivocarse, si fuera

posible.

Después de haber distendido los ángulos de su boca y contraído los

ojos--se hubiera dicho que trataba de ver los aros--, pareció renunciar

al esfuerzo y dijo:

--Recuerdo que llevaba en su caja aros para vender; es, pues, natural

suponer que también los usara. Pero como recorrió casi todas las casas

de la aldea, quizá alguna persona se los haya visto en las orejas, bien

que yo no pueda afirmar eso.

El señor Snell tenía razón al suponer que alguna otra persona se

acordaría de los aros en las orejas; porque, prosiguiendo la pesquisa en

la parroquia, se hizo saber, con una energía cada vez más viva, que el

pastor deseaba ser informado si el buhonero usaba aros, y se estableció

una corriente de opinión de que era muy importante que el hecho fuera

dilucidado. Naturalmente que todos los que oyeron la pregunta y que no

se habían formado ninguna imagen exacta del buhonero «sin aros», se lo

representaron inmediatamente «con aros» en las orejas, más o menos

grandes, según el caso. La imagen fue muy pronto tomada por un recuerdo

vivo. En consecuencia, la esposa del vidriero, mujer de buenas

intenciones y que no era aficionada a mentir y cuya casa era una de las

más ordenadas de la aldea, se mostró dispuesta a declarar que, tan

cierto como que había de comulgar para la próxima Navidad, que había

visto unos grandes aros, de la forma del creciente de la luna nueva, en

las dos orejas del buhonero. Al mismo tiempo Juana Oates, la hija del

zapatero--niña dotada de una imaginación muy viva--, afirmaba no sólo

que los había visto, sino que se había estremecido de horror, como se

estremecía todavía al hablar de eso.

Por otra parte, a fin de arrojar más luz sobre esta pista de la caja de

yesca, se recogió en las diferentes casas todos los artículos comprados

al buhonero y se los llevó a la taberna del _Arco Iris_ para ser

expuestos allí públicamente. En fin, la convicción general en la aldea

fue que, a fin de poner en claro la cuestión del robo, era preciso hacer

muchas cosas en el _Arco Iris_. Además, ningún marido tenía necesidad

de excusarse con su esposa para ir a aquella taberna, a tal punto se

había convertido aquel sitio en la escena de rigurosos deberes públicos.

Qué decepción--y quizás también qué indignación--se manifestó al saber

que Silas Marner, interrogado por el squire y el pastor, había

respondido que no había conservado ningún recuerdo del buhonero, salvo

que éste se había allegado a su choza, pero sin entrar en ella. Se había

alejado inmediatamente, cuando Silas, entreabriendo la puerta, le dijo

que no necesitaba nada. Tal había sido la declaración del tejedor.

Sin embargo, Silas se aferraba fuertemente a la idea de que el buhonero

era el culpable probablemente por la única razón que ésta le presentaba

la imagen clara de un sitio en que podía estar su oro, después de haber

sido quitado del escondite: le parecía verlo ahora en la caja del

buhonero.

Todas las gentes de la aldea hicieron notar con cierta irritación que

todo el mundo, salvo una criatura ciega como Marner, hubiera visto al

hombre merodeando por allí. En efecto, ¿cómo explicaría que hubiese

dejado su caja de yesca en el foso, al lado de la choza, si no hubiese

andado vagando por allí? Sin duda alguna, había hecho sus observaciones

al ver a Marner en la puerta. Todo el mundo podía darse cuenta--con sólo

verlo--que el tejedor era un avaro medio loco. Era sorprendente que el

buhonero no lo hubiese asesinado. Muchas y muchas veces se había

descubierto que la gente de esa especie, con aros en las orejas, eran

asesinas. No hacía tanto tiempo que uno de esos individuos había sido

juzgado, para que no hubiera gentes que lo recordaran.

Es cierto que habiendo entrado Godfrey Cass en la taberna del _Arco

Iris_ durante una de las frecuentes repeticiones que daba el señor Snell

de su deposición, hizo poco caso del testimonio del tabernero. Declaró

que él mismo le había confiado un cortaplumas al buhonero, y que éste le

había parecido ser un tipo alegre, a quien le gustaba chancear. Según

él, todo lo que decían de la mirada atravesada de aquel hombre no tenía

sentido. Pero en la aldea aquellas palabras fueron consideradas como el

habladero irreflexivo de un joven, pues no era sólo el señor Snell quien

había encontrado que había algo de raro en la persona del buhonero. Por

el contrario, había por lo menos media docena de testigos que estaban

prontos para dirigirse al juez Malam para llevarle pruebas mucho más

convincentes que ninguna de las que el tabernero podía dar. Era de

desear que el señor Godfrey no fuera a Tarley a fin de echar agua fría

sobre lo que el señor Snell había dicho delante del juez de esa aldea, e

impedir de ese modo que el magistrado librara una orden de arresto. Se

le sospechaba que tenía esta intención cuando se le vio partir por la

tarde a caballo y en la dirección de Tarley.

Pero en aquel momento el interés que a Godfrey le inspiraba el robo se

había desvanecido en presencia de su ansiedad creciente respecto de

Dunstan y de _Relámpago_. No se iba a Tarley sino a Batterley, porque se

sentía incapaz de permanecer más tiempo en esta incertidumbre a ese

respecto. La posibilidad de que Dunstan le hubiese hecho la mala pasada

de marcharse con _Relámpago_, para volver al cabo de un mes, después de

haber perdido su precio en el juego o de haberlo disipado, de otra

manera, era un temor que lo importunaba todavía más que la idea de un

accidente desgraciado. Ahora que el baile de la señora Osgood había

pasado; estaba furioso por haberle confiado su caballo a Dunstan. En

lugar de tratar de calmar sus temores, los alentaba con esta idea

supersticiosa e inherente a cada uno de nosotros de que cuando más se

espera el mal resueltamente, menos probable es que suceda; así fue que

cuando oyó que se acercaba un caballo al trote y vio que un sombrero

sobrepasaba la cerca más allá del codo del sendero, le pareció que su

conjuro había tenido éxito. Sin embargo, no bien estuvo el animal a la

vista, su corazón se oprimió de nuevo, porque no era _Relámpago_. Y

momentos después se dio cuenta de que el caballero no era Dunstan, sino

Bryce, que detuvo su montura para conversar con él. La fisonomía de

aquél no anunciaba nada de nuevo.

--¿Qué trae, señor Godfrey, qué suerte la de su hermano, maese Duncey,

verdad?

--¿Qué queréis decir?--replicó vivamente Godfrey.

--¿Cómo? ¿No ha vuelto todavía a su casa?--dijo Bryce sorprendido.

--¿A casa? no. ¿Qué ha sucedido? Hablad pronto. ¿Qué hizo de mi caballo?

--¡Ah! bien pensaba yo que era siempre vuestro, bien que él dijera que

se lo habíais cedido.

--¿Lo hizo rodar y lo mancó?--dijo Godfrey, rojo de cólera.

--Peor todavía--dijo Bryce--. Imaginaos que yo me había comprometido a

comprarle el caballo por ciento veinte libras esterlinas, un precio

loco, pero siempre me había gustado ese caballo. ¡Y no va y lo ensarta!

¡Precipitarse por encima de una cerca en que había postes de hierro, en

la cima de su talud que tenía un foso delante! Hacía mucho tiempo que el

caballo estaba muerto cuando se lo descubrió. Desde entonces Dunsey no

ha vuelto a la casa, ¿verdad?

--¿A casa? no--replicó Godfrey--, y haría bien en no volver. ¡Qué

imbécil soy, me lleve el diablo! Debiera de haber sabido que las cosas

iban a concluir así.

--Pues bien, para deciros la verdad--continuó Bryce--, después de

cerrado el trato se me ocurrió la idea de que vuestro hermano había

podido montar el caballo para venderlo sin que vos lo supierais, porque

no creí que fuera suyo. Yo sabía que maese Dunsey hacía de las suyas

algunas veces. Pero, ¿adónde puede haber ido? No se lo ha vuelto a ver

en Batterley. No se debe haber hecho daño, porque no tenía más remedio

que marcharse a pie.

--¿Daño?--dijo Godfrey amargamente.--Jamás se hará daño; ha nacido para

hacerlo a los demás.

--¿Y vos lo habíais autorizado realmente para vender el

caballo?--preguntó Bryce.

--Sí, quería deshacerme de él; siempre tuvo la boca algo dura para

mí--respondió Godfrey, cuyo orgullo se sobresaltaba al pensar que Bryce

adivinaba que la necesidad lo había obligado a separarse de su

montura--. Iba a ver qué ha sido de _Relámpago_; me imaginaba que había

sucedido alguna desgracia. Ahora voy a retroceder--agregó, haciendo

volver la cabeza al caballo, con el deseo de poder librarse de Bryce,

porque comprendía que la gran crisis de su vida, crisis tanto tiempo

tornada, estaba próxima--. Venís a Raveloe, ¿verdad?

--No, ahora no--dijo Bryce--. Dirigiéndome a Flitton hice esta vuelta

con la idea de que no sería malo que entrara de paso en vuestra casa,

para deciros todo lo que sabía respecto al caballo. Supongo que maese

Dunsey no ha querido mostrarse antes de que la mala noticia se hubiera

disipado un poco. Quizá haya ido a hacerle una visita a la posada de

las _Tres Coronas_, cerca de Whithbridge; sé que le gusta esa casa.

--Es muy posible--dijo Godfrey distraídamente.

Después, sacudiendo su preocupación, agregó, esforzándose por mostrarse

indiferente:

--Hemos de oír hablar de él muy luego, podéis estar seguro.

--Bueno, éste es mi camino--dijo Bryce, sin que lo sorprendiera ver que

Godfrey estaba bastante abatido--. Bueno, me despido haciendo votos

porque pueda traeros mejores noticias otra vez.

Godfrey puso su caballo al paso. Se imaginaba la escena en que tendría

que confesárselo todo a su padre, escena que comprendía era ya

inevitable. Tenía que hacer la revelación relativa al dinero al otro día

por la mañana. Suponiendo que ocultara el resto, como Dunstan no

tardaría en volver, si éste se veía obligado a soportar la violencia de

la cólera del padre, lo contaría todo por despecho, aunque no sacara de

eso ningún provecho.

Existía todavía otro medio para conseguir el silencio de Dunstan y

aplazar el mal día: Godfrey podía decirle a su padre que él mismo había

gastado el dinero que le había entregado Fowler. Como nunca había

cometido semejante falta, el asunto se disiparía después de un poco de

tormenta. Pero era incapaz de resolverse a eso. Comprendía que al darle

el dinero a Dunstan había cometido un abuso de confianza apenas menos

culpable que el de haber gastado él mismo el dinero en su provecho...

Sin embargo, había entre esos dos actos una diferencia que le hacía ver

al segundo como tan odioso, que la idea de acusarse de él era

insoportable.

--No pretendo ser irreprochable--se decía--; pero, sin embargo, no soy

un pillo; por lo menos estoy resuelto a contenerme. Prefiero soportar

las consecuencias de mi propia conducta y no hacer creer que soy el

autor de un acto que nunca habría cometido. Jamás se me hubiera ocurrido

gastar ese dinero para divertirme... sólo cedí a una tortura.

Durante todo el resto del día, Godfrey, salvo algunas fluctuaciones

accidentales, permaneció firmemente resuelto a confesárselo todo al

padre y aplazó la historia de la pérdida de _Relámpago_ hasta el día

siguiente, a fin de que sirviera de introducción a un asunto más

importante. El viejo squire estaba acostumbrado a ver qué Dunstan se

ausentara con frecuencia de la casa; así es que no pensó que valiera la

pena de hacer una observación respecto de la desaparición de su hijo y

de la del caballo.

Godfrey se repitió muchas veces que si dejaba escapar aquella ocasión

favorable para confesarlo todo, jamás se le presentaría otra; y hasta la

revelación podría producirse de una manera más odiosa que por la

perversidad de Dunstan, si la otra se presentaba ella misma, como ya lo

había amenazado con hacerlo Godfrey.

Entonces, para prepararse para la escena que iba a tener lugar, trató de

imaginarla; resolvió mentalmente cómo pasaría la confesión de la

debilidad en que había incurrido dándole el dinero a Dunstan al hecho

que éste lo tenía tan agarrado, que había tenido que renunciar a

hacérselo largar, como además tendría que proceder con su padre para que

éste se preparara para algo muy grave antes de revelarle el hecho mismo.

El viejo squire era un hombre implacable; tomaba resoluciones durante

una cólera violenta y no había medio de hacérselas abandonar, ni aun

cuando esa cólera se hubiera disipado. Así son las lavas ardientes de

los volcanes que se endurecen y forman una roca cuando se enfrían. Como

muchos hombres inflexibles y violentos dejaba que el mal creciera al

favor de su propia negligencia, hasta que se accediera con una fuerza

que lo exasperaba. Entonces se volvía de un rigor feroz, y su dureza se

tornaba inexorable. Ese era su sistema con los arrendatarios; los dejaba

atrasarse en sus pagos, descuidar las cercas, reducir su material y su

ganado, vender la paja y hacer todo lo que no debían; después, cuando

estaba escaso de dinero a causa de su indulgencia, tomaba contra ellos

las medidas más severas y se volvía sordo ante sus súplicas. Godfrey

sabía todo eso y lo comprendía tanto más cuanto que había tenido el

fastidio de ser testigo de los accesos de cólera brusca e implacable de

su padre, accesos ante los cuales su irresolución habitual lo privaba de

toda simpatía. Pero no criticaba la indulgencia culpable que los

precedía; esa indulgencia le parecía bastante natural. Sin embargo, como

Godfrey lo pensaba, apenas había una probabilidad de que el orgullo de

su padre consideraba aquel casamiento desde un punto de vista que lo

inclinara a mantenerlo secreto, antes que echar a su hijo y hacer hablar

de la familia en el país, a diez leguas a la redonda.

Tal fue el aspecto bajo el cual Godfrey consiguió encarar las cosas

hasta media noche. En seguida se durmió, pensando que ya había

deliberado bastante consigo mismo. Pero, cuando despertó en la

obscuridad de la mañana apacible, encontró que le era imposible recordar

sus ideas de la noche precedente. Se hubiera dicho que estaban en exceso

fatigadas y no podían volver a ser reanimadas para un nuevo trabajo. En

lugar de argumentos en favor de una confesión, era incapaz ahora de

representarse otra cosa que las deplorables consecuencias que aquella

acarrearía. Entonces volvió el antiguo temor del deshonor--el antiguo

horror de pensar en levantar una valla infranqueable entre él y Nancy--,

su antigua inclinación a contar con las probabilidades capaces de serle

favorables y evitarle una denuncia.

Porque, al fin y al cabo, ¿impediría con sus actos personales las

esperanzas que da el ayer? Se había puesto a considerar la víspera su

situación desde un falso punto de vista. Estaba furioso contra Dunstan,

y no había pensado más que en una ruptura completa de su convenio mutuo.

Lo más cuerdo que podía hacer era tratar de atenuar la cólera de su

padre contra Dunsey, y conservar lo más posible las cosas en su antiguo

estado. Si Dunstan no volvía hasta dentro de algunos días--y Godfrey

suponía que aquel pícaro tenía bastante dinero en el bolsillo como para

poder prolongar su ausencia bastante tiempo--, todo podría disiparse.

Silas Marner(#24823) · 第 12 / 26 题