VII

Un momento después, sin embargo, pareció que los fantasmas fueran de

naturaleza más condescendiente que lo que pretendía el señor Macey,

porque de pronto se vio la figura pálida y flaca de Silas Marner. De pie

entre la luz cálida de la pieza, no profería palabra, pero giraba por la

asamblea la mirada de sus ojos extraños y sobrenaturales. Las largas

pipas hicieron un movimiento simultáneo, como el de las arterias de

insectos asustados. Todos los presentes, sin exceptuar al escéptico

herrador, tuvieron la impresión de que veían a un aparecido y no a Silas

Marner en carne y hueso. En efecto, la puerta por que había entrado

Silas estaba oculta por los bancos de alto respaldar, y nadie había

advertido su llegada.

Se podría suponer que el señor Macey, sentado muy lejos del aparecido,

gozaba con el triunfo de sus argumentos, triunfos que debían tender a

neutralizar su parte en la alarma general. ¿No había dicho siempre que

cada vez que Silas Marner tenía un extraño éxtasis, su alma se libraba

de su cuerpo? La prueba estaba allí. Sin embargo, todo bien considerado,

no hubiera estado menos satisfecho sin la aparición. Durante algunos

instantes reinó un silencio de muerte: el cansancio y el jadeo no le

dejaban hablar a Marner. El tabernero, impulsado por el sentimiento que

constantemente le animaba, que era su deber de tener casa abierta para

todos y confiando en la protección de su inconmovible neutralidad, tomó

al fin sobre sí la tarea de conjurar el espíritu.

--Maese Marner--dijo con tono conciliador--, ¿qué queréis? ¿qué venís a

traer aquí?

--¡Robado!--respondió Silas, jadeante--. ¡He sido robado! Busco al

constable... y al juez... y al squire Cass... y al señor Crackenthorp.

--Sujetadlo, Jacobo Rodney--prosiguió el tabernero, en quien se disipaba

la idea del fantasma--. Me parece que ha perdido la cabeza; está

empapado hasta los huesos.

Jacobo Rodney, sentado muy cerca de la entrada de la pieza, estaba al

alcance del sitio en que Marner seguía de pie; pero negó sus servicios.

--Venid a sujetarlo vos mismo, señor Snell, si se os ocurre--respondió

Jacobo con bastante mal humor--. Ha sido robado y asesinado también a lo

que parece--agregó en voz baja.

--¡Jacobo Rodney!--dijo Silas, volviéndose hacia él y clavando sus ojos

extraños en el hombre que sospechaba.

--¿Qué hay, maese Marner, qué me queréis?--replicó Jacobo, temblando un

poco y asiendo su jarro a manera de arma defensiva.

--Si sois vos quien me ha robado mi dinero--dijo juntando sus manos

suplicantes, y alzando la voz hasta gritar--, devolvédmelo y os... daré

una guinea.

--¡Yo... robado su dinero!--replicó Jacobo, colérico--; os voy a tirar

este jarro a las narices si decís que soy... yo, el que ha robado

vuestro dinero.

--Vamos, vamos, maese Marner--dijo el tabernero, poniéndose de pie

entonces con aire resuelto y tomando a Marner por un hombro--; si tenéis

que hacer alguna denuncia, hacedla de un modo razonable y demostrad que

estáis en vuestro buen sentido; de otro modo nadie os escuchará. Estáis

empapado como una rata ahogada. Sentaos, secad vuestra ropa y hablad

con franqueza.

--¿Habéis oído, viejo?--continuó el herrador, que comenzó a darse cuenta

de que no se había portado de una manera digna de él y a la altura de la

situación--. No sigáis mirando fijamente a las personas y no gritéis

más, porque, si no, vamos a haceros maniatar como a un insensato. Por

eso fue que no hablé en seguida, diciéndome: este buen hombre está loco.

--Sí, sí, hacedlo sentar--dijeron en coro varios de los asistentes, muy

contentos con que la existencia de los aparecidos quedara sin resolver.

El tabernero le obligó a Marner a quitarse el saco, y después a sentarse

en una silla en medio de un círculo de modo que, apartado de las

personas, recibiera directamente el calor de la chimenea.

El tejedor, demasiado abatido para tener más propósito claro que el de

conseguir auxilio, a fin de recuperar su dinero, se sometió sin

resistencias. Los temores pasajeros de la reunión habían desaparecido,

sucediéndoles un vivo sentimiento de curiosidad, y todas las fisonomías

estaban hacia Silas, cuando el tabernero, después de volverse a sentar,

habló de nuevo.

--Bueno, veamos, maese Marner, qué es lo que tenéis que decir... decís

que os han robado. Explicaos claramente.

--¡Haría bien en no volver a decir que soy yo quien lo ha

robado!--exclamó Jacobo Rodney con energía--. ¿Qué habría hecho con su

dinero? También hubiera podido robar la sobrepelliz del pastor y ponerla

encima.

--Contened vuestra legua, Jacobo, y escuchemos lo que tiene que

decir--prosiguió el tabernero--. Vamos, hablad, maese Marner.

Entonces Silas contó lo que le pasaba, y fue frecuentemente

interrumpido por las preguntas a medida que el carácter misterioso del

robo se volvía evidente.

Aquella situación extraña y nueva para él de tener que exponer sus

cuitas a los vecinos de Raveloe, de estar sentado al calor de un hogar

que no era el suyo, y de sentirse en presencia de fisonomías y de voces

que hacían nacer en él las primeras esperanzas de socorro, ejerció sin

duda alguna cierta influencia sobre Marner, a pesar de la viva

preocupación que le causaba el infortunio. Nuestra conciencia no percibe

el principio de un desarrollo moral, como no percibe un desarrollo de la

naturaleza; la savia ha circulado ya muchas veces antes de que

descubramos el menor signo de un brote.

La ligera sospecha con que sus oyentes le habían escuchado al principio,

se disipó gradualmente ante la sencillez convincente de su desgracia.

Les era imposible a aquellos vecinos dudar de la veracidad de Marner. No

podían, a decir verdad, basándose en la naturaleza de los hechos

relatados por él, afirmar inmediatamente que no tenía motivos para

exponerlos con fealdad; pero, como lo hizo observar el señor Macey, no

es probable que personas que tienen al diablo en su favor, se abatieran

tanto como el pobre Silas. Más bien, dada la circunstancia extraña de

que el ladrón no había dejado rastro y había sabido el momento oportuno

en que Silas había salido sin cerrar la puerta, momentos que un oyente

mortal no hubiera podido calcular de ningún modo, la conclusión más

natural que podía sacar parecía ser que la intimidad poco honorable del

tejedor con el diablo, si es que había existido nunca, debía estar

destruida. Por lo tanto, aquel mal golpe le había sido hecho a Marner

por alguien a quien en balde perseguiría el constable. Qué motivo

habría tenido el ladrón sobrenatural para verse obligado necesariamente

a esperar que Silas se olvidara de cerrar la puerta con llave, no se le

ocurrió a nadie.

--No ha sido Jacobo Rodney quien ha hecho eso, maese Marner--dijo el

tabernero--. No hay por qué sospechar del pobre Jacobo. Quizá hubiera

que arreglar una cuentecita con él a propósito de una lucha o dos, si

uno hubiera de estar siempre con los ojos bien abiertos y no cerrarlos

nunca. Pero Jacobo ha estado toda la tarde bebiendo aquí su jarro de

cerveza, como la persona más honorable de la parroquia. Ya estaba aquí

antes de la hora en que, según vuestra declaración, salisteis de vuestra

casa, maese Marner.

--Sí, sí--prosiguió el señor Macey--; no acusemos al inocente. Eso es

contrario a la ley. Es preciso que haya personas que juren que un hombre

es culpable, antes que pueda ser detenido. No acusemos al inocente,

maese Marner.

La memoria de Silas no estaba tan dormida, que no fuera capaz de

despertar al oír aquellas palabras. Bajo la influencia de un movimiento

de arrepentimiento, tan nuevo y extraño para él como lo hubiera sido

cualquiera otra cosa en la hora en que acababa de transcurrir, se alzó

de su silla y se acercó a Jacobo para ver claramente la expresión de su

fisonomía.

--He hecho mal--le dijo--, sí, sí... debí reflexionar. No hay ninguna

prueba contra vos, Jacobo. Pero vos sois la persona que más ha entrado

en mi casa. Por eso fue que os recordé. No os acuso. No quiero acusar a

nadie. Solamente--agregó con su ofuscación desesperada, tomándose la

cabeza entre las manos y volviéndose a mirar a los presentes--me

esfuerzo... me esfuerzo por imaginar dónde están mis guineas.

--¡Ah, ah! han ido a donde hace bastante calor para fundirlas,

creo--dijo el señor Macey.

--¡Vamos!--repuso el herrador.

Y preguntó entonces con el aire de un juez que le hace al testigo

preguntas capciosas:

--¿Cuánto dinero podía haber en los talegos, maese Marner?

--Doscientas setenta y dos libras esterlinas, doce chelines y medio

chelín, había ayer noche cuando las conté--dijo Silas exhalando un

suspiro y volviéndose a sentar.

--¡Bah! No era tan pesado de cargar. Entró el vagabundo, y se las llevó.

En cuanto a la ausencia de pasos, y a los ladrillos y la arena que no

habían sido removidos, vuestros ojos son bastante parecidos a los de un

insecto, maese Marner; estáis obligado a mirar de tan cerca, que no

podéis ver muchas cosas a la vez. Me parece que si hubiese estado en

vuestro lugar, o vos en el mío--pues viene a ser lo mismo--, no os

habríais imaginado que todo estaba como lo habíais dejado. He aquí lo

que propongo: que dos hombres de los más sensatos aquí presentes vayan

con vos a casa del señor Kench, el constable--está enfermo en cama,

según he oído--, para pedirle que nombre a uno de nosotros su suplente;

porque esa es la ley, y no creo que nadie piense en contradecirme sobre

este punto. No queda muy lejos de aquí lo del señor Kench. Entonces, si

soy yo el nombrado suplente, iré con vos, maese Marner, y examinaré el

sitio. En caso de que alguien quiera contradecir esto, le agradeceré que

se ponga de pie y lo diga con franqueza.

Con este discurso importante, el herrador había recuperado su propia

estima, y esperaba que se le designara como uno de los hombres más

sensatos.

--Veamos, entretanto, qué tiempo hace--dijo el tabernero, que se

consideraba como personalmente interesado en aquella proposición--.

¡Pero si, sigue lloviendo a cántaros!--agregó en seguida de abrir la

puerta.

--Pues bien, yo no soy hombre que le tenga miedo a la lluvia--dijo el

herrador--. Hará mal efecto cuando el juez Malam sepa que se nos ha

hecho una denuncia a gentes honorables como nosotros, y que no hicimos

nada para atenderla.

El tabernero fue de la misma opinión, y después de haber pedido el

asentimiento de los presentes y de haber repetido debidamente una

pequeña ceremonia conocida en el alto clero con el nombre de «Nolo

episcopari» (no quiero ser obispo), consintió en aceptar el refrigerante

honor de ir a casa del señor Kench. Pero, con gran espanto del herrador,

la proposición que él hiciera de ser suplente de constable levantó una

objeción de parte del señor Macey. Aquel viejo oráculo, que pretendía

conocer la ley, declaró que ningún médico podía ser constable, que ese

hecho le había sido transmitido por su padre.

--Y usted es médico, me parece, aunque no sea usted más que médico

veterinario; porque una mosca es una mosca, aun cuando sea un

tábano--dijo para terminar el señor Macey, algo maravillado por su

sagacidad.

Un violento debate se produjo con este motivo. El herrador, por

supuesto, no quería renunciar a su título de médico, pero sostenía que

un médico podía ser constable si quería, que el sentido de la ley era

sencillamente que no se le podía obligar a ser constable si no lo

deseaba. El señor Macey consideró esta interpretación como un absurdo,

visto que la ley no podía tener más diferencias con los médicos que con

las demás personas. Agregó que si estaba en la naturaleza de los

médicos el desear menos que los demás mortales el ser constable, ¿cómo

era que el señor Dowlas deseaba tanto proceder en aquella calidad?

--Yo no deseo desempeñar el papel de constable--replicó el herrador,

dominado por aquel razonamiento implacable--. Nadie puede decir que eso

me importa, si se ha de hablar sinceramente. Pero si ha de haber celosos

y envidiosos a propósito de esta diligencia acerca del señor Kench con

un tiempo semejante, que vaya el que quiera, no me haréis ir a mí, yo os

lo aseguro.

Sin embargo, mediante la intervención del tabernero, todo se arregló.

Así es que el pobre Silas, escoltado por sus dos compañeros y provisto

con unas ropas viejas, salió de nuevo bajo la lluvia, pensando en las

largas noches que aun faltaban por transcurrir, no como aquellos que

ansían descansar, sino como los que veían esperando la mañana.

Silas Marner(#24823) · 第 11 / 26 题