Un momento después, sin embargo, pareció que los fantasmas fueran de
naturaleza más condescendiente que lo que pretendía el señor Macey,
porque de pronto se vio la figura pálida y flaca de Silas Marner. De pie
entre la luz cálida de la pieza, no profería palabra, pero giraba por la
asamblea la mirada de sus ojos extraños y sobrenaturales. Las largas
pipas hicieron un movimiento simultáneo, como el de las arterias de
insectos asustados. Todos los presentes, sin exceptuar al escéptico
herrador, tuvieron la impresión de que veían a un aparecido y no a Silas
Marner en carne y hueso. En efecto, la puerta por que había entrado
Silas estaba oculta por los bancos de alto respaldar, y nadie había
advertido su llegada.
Se podría suponer que el señor Macey, sentado muy lejos del aparecido,
gozaba con el triunfo de sus argumentos, triunfos que debían tender a
neutralizar su parte en la alarma general. ¿No había dicho siempre que
cada vez que Silas Marner tenía un extraño éxtasis, su alma se libraba
de su cuerpo? La prueba estaba allí. Sin embargo, todo bien considerado,
no hubiera estado menos satisfecho sin la aparición. Durante algunos
instantes reinó un silencio de muerte: el cansancio y el jadeo no le
dejaban hablar a Marner. El tabernero, impulsado por el sentimiento que
constantemente le animaba, que era su deber de tener casa abierta para
todos y confiando en la protección de su inconmovible neutralidad, tomó
al fin sobre sí la tarea de conjurar el espíritu.
--Maese Marner--dijo con tono conciliador--, ¿qué queréis? ¿qué venís a
traer aquí?
--¡Robado!--respondió Silas, jadeante--. ¡He sido robado! Busco al
constable... y al juez... y al squire Cass... y al señor Crackenthorp.
--Sujetadlo, Jacobo Rodney--prosiguió el tabernero, en quien se disipaba
la idea del fantasma--. Me parece que ha perdido la cabeza; está
empapado hasta los huesos.
Jacobo Rodney, sentado muy cerca de la entrada de la pieza, estaba al
alcance del sitio en que Marner seguía de pie; pero negó sus servicios.
--Venid a sujetarlo vos mismo, señor Snell, si se os ocurre--respondió
Jacobo con bastante mal humor--. Ha sido robado y asesinado también a lo
que parece--agregó en voz baja.
--¡Jacobo Rodney!--dijo Silas, volviéndose hacia él y clavando sus ojos
extraños en el hombre que sospechaba.
--¿Qué hay, maese Marner, qué me queréis?--replicó Jacobo, temblando un
poco y asiendo su jarro a manera de arma defensiva.
--Si sois vos quien me ha robado mi dinero--dijo juntando sus manos
suplicantes, y alzando la voz hasta gritar--, devolvédmelo y os... daré
una guinea.
--¡Yo... robado su dinero!--replicó Jacobo, colérico--; os voy a tirar
este jarro a las narices si decís que soy... yo, el que ha robado
vuestro dinero.
--Vamos, vamos, maese Marner--dijo el tabernero, poniéndose de pie
entonces con aire resuelto y tomando a Marner por un hombro--; si tenéis
que hacer alguna denuncia, hacedla de un modo razonable y demostrad que
estáis en vuestro buen sentido; de otro modo nadie os escuchará. Estáis
empapado como una rata ahogada. Sentaos, secad vuestra ropa y hablad
con franqueza.
--¿Habéis oído, viejo?--continuó el herrador, que comenzó a darse cuenta
de que no se había portado de una manera digna de él y a la altura de la
situación--. No sigáis mirando fijamente a las personas y no gritéis
más, porque, si no, vamos a haceros maniatar como a un insensato. Por
eso fue que no hablé en seguida, diciéndome: este buen hombre está loco.
--Sí, sí, hacedlo sentar--dijeron en coro varios de los asistentes, muy
contentos con que la existencia de los aparecidos quedara sin resolver.
El tabernero le obligó a Marner a quitarse el saco, y después a sentarse
en una silla en medio de un círculo de modo que, apartado de las
personas, recibiera directamente el calor de la chimenea.
El tejedor, demasiado abatido para tener más propósito claro que el de
conseguir auxilio, a fin de recuperar su dinero, se sometió sin
resistencias. Los temores pasajeros de la reunión habían desaparecido,
sucediéndoles un vivo sentimiento de curiosidad, y todas las fisonomías
estaban hacia Silas, cuando el tabernero, después de volverse a sentar,
habló de nuevo.
--Bueno, veamos, maese Marner, qué es lo que tenéis que decir... decís
que os han robado. Explicaos claramente.
--¡Haría bien en no volver a decir que soy yo quien lo ha
robado!--exclamó Jacobo Rodney con energía--. ¿Qué habría hecho con su
dinero? También hubiera podido robar la sobrepelliz del pastor y ponerla
encima.
--Contened vuestra legua, Jacobo, y escuchemos lo que tiene que
decir--prosiguió el tabernero--. Vamos, hablad, maese Marner.
Entonces Silas contó lo que le pasaba, y fue frecuentemente
interrumpido por las preguntas a medida que el carácter misterioso del
robo se volvía evidente.
Aquella situación extraña y nueva para él de tener que exponer sus
cuitas a los vecinos de Raveloe, de estar sentado al calor de un hogar
que no era el suyo, y de sentirse en presencia de fisonomías y de voces
que hacían nacer en él las primeras esperanzas de socorro, ejerció sin
duda alguna cierta influencia sobre Marner, a pesar de la viva
preocupación que le causaba el infortunio. Nuestra conciencia no percibe
el principio de un desarrollo moral, como no percibe un desarrollo de la
naturaleza; la savia ha circulado ya muchas veces antes de que
descubramos el menor signo de un brote.
La ligera sospecha con que sus oyentes le habían escuchado al principio,
se disipó gradualmente ante la sencillez convincente de su desgracia.
Les era imposible a aquellos vecinos dudar de la veracidad de Marner. No
podían, a decir verdad, basándose en la naturaleza de los hechos
relatados por él, afirmar inmediatamente que no tenía motivos para
exponerlos con fealdad; pero, como lo hizo observar el señor Macey, no
es probable que personas que tienen al diablo en su favor, se abatieran
tanto como el pobre Silas. Más bien, dada la circunstancia extraña de
que el ladrón no había dejado rastro y había sabido el momento oportuno
en que Silas había salido sin cerrar la puerta, momentos que un oyente
mortal no hubiera podido calcular de ningún modo, la conclusión más
natural que podía sacar parecía ser que la intimidad poco honorable del
tejedor con el diablo, si es que había existido nunca, debía estar
destruida. Por lo tanto, aquel mal golpe le había sido hecho a Marner
por alguien a quien en balde perseguiría el constable. Qué motivo
habría tenido el ladrón sobrenatural para verse obligado necesariamente
a esperar que Silas se olvidara de cerrar la puerta con llave, no se le
ocurrió a nadie.
--No ha sido Jacobo Rodney quien ha hecho eso, maese Marner--dijo el
tabernero--. No hay por qué sospechar del pobre Jacobo. Quizá hubiera
que arreglar una cuentecita con él a propósito de una lucha o dos, si
uno hubiera de estar siempre con los ojos bien abiertos y no cerrarlos
nunca. Pero Jacobo ha estado toda la tarde bebiendo aquí su jarro de
cerveza, como la persona más honorable de la parroquia. Ya estaba aquí
antes de la hora en que, según vuestra declaración, salisteis de vuestra
casa, maese Marner.
--Sí, sí--prosiguió el señor Macey--; no acusemos al inocente. Eso es
contrario a la ley. Es preciso que haya personas que juren que un hombre
es culpable, antes que pueda ser detenido. No acusemos al inocente,
maese Marner.
La memoria de Silas no estaba tan dormida, que no fuera capaz de
despertar al oír aquellas palabras. Bajo la influencia de un movimiento
de arrepentimiento, tan nuevo y extraño para él como lo hubiera sido
cualquiera otra cosa en la hora en que acababa de transcurrir, se alzó
de su silla y se acercó a Jacobo para ver claramente la expresión de su
fisonomía.
--He hecho mal--le dijo--, sí, sí... debí reflexionar. No hay ninguna
prueba contra vos, Jacobo. Pero vos sois la persona que más ha entrado
en mi casa. Por eso fue que os recordé. No os acuso. No quiero acusar a
nadie. Solamente--agregó con su ofuscación desesperada, tomándose la
cabeza entre las manos y volviéndose a mirar a los presentes--me
esfuerzo... me esfuerzo por imaginar dónde están mis guineas.
--¡Ah, ah! han ido a donde hace bastante calor para fundirlas,
creo--dijo el señor Macey.
--¡Vamos!--repuso el herrador.
Y preguntó entonces con el aire de un juez que le hace al testigo
preguntas capciosas:
--¿Cuánto dinero podía haber en los talegos, maese Marner?
--Doscientas setenta y dos libras esterlinas, doce chelines y medio
chelín, había ayer noche cuando las conté--dijo Silas exhalando un
suspiro y volviéndose a sentar.
--¡Bah! No era tan pesado de cargar. Entró el vagabundo, y se las llevó.
En cuanto a la ausencia de pasos, y a los ladrillos y la arena que no
habían sido removidos, vuestros ojos son bastante parecidos a los de un
insecto, maese Marner; estáis obligado a mirar de tan cerca, que no
podéis ver muchas cosas a la vez. Me parece que si hubiese estado en
vuestro lugar, o vos en el mío--pues viene a ser lo mismo--, no os
habríais imaginado que todo estaba como lo habíais dejado. He aquí lo
que propongo: que dos hombres de los más sensatos aquí presentes vayan
con vos a casa del señor Kench, el constable--está enfermo en cama,
según he oído--, para pedirle que nombre a uno de nosotros su suplente;
porque esa es la ley, y no creo que nadie piense en contradecirme sobre
este punto. No queda muy lejos de aquí lo del señor Kench. Entonces, si
soy yo el nombrado suplente, iré con vos, maese Marner, y examinaré el
sitio. En caso de que alguien quiera contradecir esto, le agradeceré que
se ponga de pie y lo diga con franqueza.
Con este discurso importante, el herrador había recuperado su propia
estima, y esperaba que se le designara como uno de los hombres más
sensatos.
--Veamos, entretanto, qué tiempo hace--dijo el tabernero, que se
consideraba como personalmente interesado en aquella proposición--.
¡Pero si, sigue lloviendo a cántaros!--agregó en seguida de abrir la
puerta.
--Pues bien, yo no soy hombre que le tenga miedo a la lluvia--dijo el
herrador--. Hará mal efecto cuando el juez Malam sepa que se nos ha
hecho una denuncia a gentes honorables como nosotros, y que no hicimos
nada para atenderla.
El tabernero fue de la misma opinión, y después de haber pedido el
asentimiento de los presentes y de haber repetido debidamente una
pequeña ceremonia conocida en el alto clero con el nombre de «Nolo
episcopari» (no quiero ser obispo), consintió en aceptar el refrigerante
honor de ir a casa del señor Kench. Pero, con gran espanto del herrador,
la proposición que él hiciera de ser suplente de constable levantó una
objeción de parte del señor Macey. Aquel viejo oráculo, que pretendía
conocer la ley, declaró que ningún médico podía ser constable, que ese
hecho le había sido transmitido por su padre.
--Y usted es médico, me parece, aunque no sea usted más que médico
veterinario; porque una mosca es una mosca, aun cuando sea un
tábano--dijo para terminar el señor Macey, algo maravillado por su
sagacidad.
Un violento debate se produjo con este motivo. El herrador, por
supuesto, no quería renunciar a su título de médico, pero sostenía que
un médico podía ser constable si quería, que el sentido de la ley era
sencillamente que no se le podía obligar a ser constable si no lo
deseaba. El señor Macey consideró esta interpretación como un absurdo,
visto que la ley no podía tener más diferencias con los médicos que con
las demás personas. Agregó que si estaba en la naturaleza de los
médicos el desear menos que los demás mortales el ser constable, ¿cómo
era que el señor Dowlas deseaba tanto proceder en aquella calidad?
--Yo no deseo desempeñar el papel de constable--replicó el herrador,
dominado por aquel razonamiento implacable--. Nadie puede decir que eso
me importa, si se ha de hablar sinceramente. Pero si ha de haber celosos
y envidiosos a propósito de esta diligencia acerca del señor Kench con
un tiempo semejante, que vaya el que quiera, no me haréis ir a mí, yo os
lo aseguro.
Sin embargo, mediante la intervención del tabernero, todo se arregló.
Así es que el pobre Silas, escoltado por sus dos compañeros y provisto
con unas ropas viejas, salió de nuevo bajo la lluvia, pensando en las
largas noches que aun faltaban por transcurrir, no como aquellos que
ansían descansar, sino como los que veían esperando la mañana.