VI

La conversación, que era en extremo animada cuando Silas llegó al _Arco

Iris_, había sido como de costumbre lánguida e intermitente al empezar a

formarse la reunión.

Los clientes habituales habían comenzado por ponerse a fumar sus pipas

en un silencio rayano en la gravedad. Los más importantes de ellos, los

que bebían alcoholes y estaban sentados más cerca del fuego, se miraban

los unos a los otros, como si hubieran apostado al que primero cerraría

los ojos.

En cuanto a los bebedores de cerveza, gentes vestidas en su mayor parte

con sacos de fustán o blancos, permanecían con los párpado cerrados y se

pasaban la mano por la boca. Se hubiera dicho que absorber sus tragos de

cerveza constituía para ellos un deber fúnebre, que desempeñaban con

afligente tristeza.

Por fin, el señor Snell, el tabernero, hombre dispuesto a ser neutral y

acostumbrado a permanecer alejado de las desinteligencias humanas, como

inherentes a seres que tenían todos a igual título necesidad de beber,

rompió el silencio diciéndole con tono indeciso a su primo el carnicero:

--¿Hay gentes que dirían que es un lindo animal el que trajisteis ayer,

Bob?

El carnicero, hombre alegre, sonriente, de cabellos rojos, no era capaz

de responder inconsiderablemente. Lanzó algunas bocanadas antes de

escupir y dijo:

--No se engañarían en mucho, Juan.

Después de esta débil e ilusoria tentativa de romper el hielo, el

silencio volvió a ser tan riguroso como antes.

--¿Era una vaca colorada de Durham?--dijo el herrador, reanudando el

hilo del discurso después de varios minutos.

El herrador miró al tabernero y el tabernero miró al carnicero, como que

era la persona que debía asumir la responsabilidad de la respuesta.

--¿Era colorada--dijo el carnicero, con una voz de falsete alegre, pero

ronca--y era sin duda una vaca de Durham?

--Entonces no tenéis para qué decirme a mí a quién la habéis

comprado--dijo el herrador mirando a su rededor con cierto aire de

triunfo--, conozco a las personas que tienen vacas coloradas de Durham

en las inmediaciones. ¿Apostaría dos peniques que tenía una estrella

blanca en la frente?

El herrador se inclinó hacia adelante, con las manos en las rodillas, al

hacer aquella pregunta, y sus ojos parpadearon con viveza.

--Pues bien, sí, es posible--dijo el carnicero con lentitud,

considerando que hacía resueltamente una respuesta afirmativa--. No digo

lo contrario.

--Estaba seguro--dijo el herrador con tono provocativo, echándose para

atrás--, si yo no conociera las vacas del señor Lammeter, quisiera saber

quién las conocería, nada más. Y en cuanto a la vaca que habéis

comprado, barata o no, yo estaba allí cuando la purgaron; que me

contradiga el que quiera.

El herrador tenía un aire amenazador, y el calor apacible que el

carnicero ponía en la conversación, se animó un poco.

--Yo no soy hombre que contradiga a nadie, estoy por la paz y la

tranquilidad. Hay personas que prefieren cortar las costillas largas.

Por mi parte, soy de los que las cortan cortas; pero yo no me disputo

con esas personas. Todo lo que digo es que es un lindo animal, y sólo al

verlo a cualquier persona razonable se le llenan los ojos de lágrimas.

--Pues es la vaca que yo purgué, sea como sea--prosiguió el herrador

colérico--, y era la del señor Lammeter; si no es así, habéis mentido al

decir que era una vaca colorada de Durham.

--No miento--dijo el carnicero con la misma voz apacible y ronca de

antes--, y no contradigo a nadie. Ni aunque un hombre se pusiera azul de

cólera, no lo contradeciría; no le compro carne; no hago negocios con

él. Todo lo que digo es que es un lindo animal, y mantengo mi palabra;

pero no quiero pelear con nadie.

--¡No, realmente--dijo el herrador con amargo sarcasmo, echando una

mirada general sobre los circunstantes--, y puede que no seáis testarudo

como una mula, y puede que no hayáis dicho que la vaca no era una Durham

colorada, y puede que no hayáis dicho que tenía una estrella blanca en

la frente! Sostened ahora eso, ya que estáis bien dispuesto.

--¡Vamos! ¡vamos!--dijo el tabernero--, dejad a esa vaca tranquila. Los

dos tenéis razón y los dos estáis equivocados, esto es lo que sostengo

siempre. Y en cuanto a que la vaca fuera del señor Lammeter, no digo

nada; pero lo que sostengo, y que es preciso se recuerde, es que el

_Arco Iris_ es el _Arco Iris_. Y para volver al asunto, si la

conversación ha de referirse a los Lammeter, vos, señor Macey, sois el

que mejor conocéis ese capítulo, ¿no es cierto? ¿Recordáis la época en

que el señor Lammeter vino a este paraje y arrendó las Gazaperas?

El señor Macey era sastre y chantre de la parroquia. Sus reumatismos lo

habían obligado hacía poco a compartir esta última función con un joven

de facciones delicadas que estaba sentado frente a él. Inclinando su

cabeza blanca hacia un costado y haciendo girar sus pulgares con un aire

de satisfacción ligeramente acentuada con una pizca de crítica, sonrió

con compasión en respuesta a la interpelación del tabernero y dijo:

--Sí, sí; es cierto, es cierto; pero dejo hablar a los demás. Ahora

estoy retirado de los negocios y he cedido el puesto a los jóvenes.

Dirigid vuestras preguntas a los que han ido a la escuela de Tarley: han

aprendido la buena pronunciación: eso se ha puesto de moda hace poco

tiempo.

--Si es a mí a quien aludís, señor Macey--dijo el chantre suplente con

expresión de meticulosa urbanidad--, responderé que no soy hombre que

hable cuando no debo. Como dice el salmo:

Yo sé lo que es justo; eso no basta,

Practico también lo que sé.

--Pues bien, entonces, me gustaría que no os salierais del tono cuando

se os lo apunta. Si sois de los que practican, me gustaría veros

practicar eso--dijo un hombre gordo y jovial, excelente carretonero de

oficio toda la semana, pero director del coro de la iglesia los

domingos.

Al mismo tiempo que hablaba hizo señas con los ojos a dos personas de la

reunión, que eran conocidos oficialmente con los nombres de «trombón» y

«clarinete», con la seguridad de que expresaban la opinión del cuerpo

musical de Raveloe.

El señor Tookey, el chantre suplente, que compartía la impopularidad

común a los suplentes, se enrojeció mucho, pero repitió con moderación

discreta:

--Señor Winthrop, si queréis decirme que lo hago mal, no soy hombre

capaz de decir que no cambiaré. Pero hay personas que creen tener orejas

infalibles, y que esperan que el coro entero tome a sus personas por

modelo. Me parece que puede haber dos opiniones.

--Sí, sí--dijo el señor Macey, muy contento con aquel ataque a la

juventud presuntuosa--, estáis en lo cierto, Tookey; siempre hay dos

opiniones: hay la opinión que un hombre tiene de sí mismo y la opinión

que los demás tienen de él. Habría dos opiniones sobre una campana

rajada si ésta pudiera oírse a sí misma.

--Pero, señor Macey--dijo el pobre Tookey, que había permanecido serio

en medio de la hilaridad general--, yo me he comprometido a llenar en

parte las funciones del chantre de la parroquia a pedido del señor

Crackenthorp, toda vez que vuestras molestias os incapaciten, y uno de

los privilegios de esas funciones es cantar en el coro; y, si no, ¿por

qué no hicisteis vos otro tanto?

--¡Ah! pero el señor Macey y vos son dos cosas muy distintas--dijo Ben

Winthrop--. El señor tiene un don natural. Mirad, el squire tenía la

costumbre de invitarlo a tomar una copa solamente para oírle cantar el

«Corsario rojo»; ¿no es cierto, señor Macey? Es un don natural. Si su

amiguito Aarón tiene también un don natural, puede cantaros un aire

cualquiera sin vacilar, como una alondra. Pero en cuanto a vos, maese

Tookey, haríais bien en limitaros a vuestro amén. Vuestra voz no es mala

cuando la guardáis en la nariz. Es vuestro interior el que está mal

dispuesto para la música: no vale más que el hueco de un zueco.

Esta especie de franqueza inflexible era la forma de broma más picante

ante los ojos de la sociedad del _Arco Iris_, y el insulto de Ben

Winthrop fue considerado por todos como superior al epigrama del señor

Macey.

--Ya veo claramente de qué se trata--dijo el señor Tookey, incapaz de

permanecer tranquilo durante más tiempo--. Hay una conspiración para

echarme del coro, a fin de que no perciba mi parte del dinero de

Navidad. Eso es. Pero le hablaré al señor Crackenthorp; no permitiré que

nadie se burle de mí.

--No, no, Tookey--dijo Ben Winthrop--. Os daremos vuestra parte para que

os retiréis, eso es lo que haremos. Hay otras cosas que la mugre, que la

gente pagaría de buena gana para verse libre de ellas.

--¡Vamos! ¡vamos!--dijo el tabernero, que comprendía que pagar a la

gente por su ausencia era un principio social peligroso--; una broma es

una broma. Todos los que estamos aquí somos buenos amigos, me parece.

Debemos dar para recibir. Los dos tenéis razón y los dos estáis

equivocados; eso es lo que sostengo siempre. Yo opino como el señor

Macey que hay dos opiniones, y si me pidieran la mía, yo diría que él y

Winthrop los dos tienen razón. Tookey tiene razón y Winthrop también; no

tienen más que cortar la pera en dos para estar de acuerdo.

El herrador fumaba su pipa con aire bastante hosco, con un cierto desdén

por aquella discusión trivial. El tampoco tenía oído para la música, y

no iba nunca a la iglesia porque pertenecía al cuerpo médico, y podía

ser requerido para las vacas en estado delicado. Pero el carnicero, que

era músico en el alma, había escuchado la discusión haciendo a la vez

votos por la derrota de Tookey y la conservación de la paz.

--Seguramente--dijo, entrando en las vistas conciliadoras del

tabernero--que queremos a nuestro viejo chantre. Cantaba antes muy bien

y tiene un hermano que goza fama de ser el mejor menestral de los

alrededores. ¡Ah! es muy sensible que Salomón no viva en nuestro pueblo,

y que no pueda tocar alguna pieza cuando lo deseamos, ¿no es cierto,

señor Macey? Le daría hígado y bofes de ternera gratis, palabra de

honor.

--Sí, sí--dijo el señor Macey, en el colmo de la satisfacción--. En

nuestra familia tenemos fama de músicos desde la época más remota. Pero

estas cosas se van, como yo le digo a Salomón todas las veces que

aparece por aquí; ya no hay voces como antaño, y nadie se acuerda de lo

que nosotros nos acordamos, excepto de los viejos cuervos.

--Sí, os acordáis del tiempo en que el padre del señor Lammeter vino a

establecerse aquí, ¿verdad, señor Macey?--dijo el tabernero.

--Ya lo creo--repuso el viejo chantre, que ahora había pasado por la

serie de halagos necesarios para llevarle a comenzar su narración--. Era

un lindo viejo, tan guapo, o quizás más, que el señor Lammeter existente

actualmente. Venía de un punto cercano, del lado del norte, según pude

saber. Pero nadie conoce nada positivo acerca de esa región; pero su

pueblo no debía estar muy al norte, y no debía sin duda ser muy distinto

de éste, porque el señor Lammeter trajo consigo una linda raza de

carneros, de modo que en aquella región había ciertamente apriscos y

todo lo que es razonable encontrar. Hemos oído decir que había vendido

sus propias tierras para venir a arrendar las Gazaperas. Eso parecía

raro por parte de un hombre que tenía propiedades suyas, que viniese a

alquilar una granja en un país que no conocía. Pero se dijo que era a

causa de la muerte de su mujer, bien que haya en las cosas razones que

nadie conoce. Eso es más o menos lo que pude saber. Pero hay personas

tan instruidas que encontrarían en el acto cincuenta motivos

imaginarios. Mientras tanto, la verdadera razón está ahí rompiéndoles

los ojos, y, sin embargo, no la ven. En fin, pronto nos dimos cuenta de

que había un nuevo vecino que estaba al cabo de las cosas, tenía una

casa bien puesta y era muy estimado de todos. Y el joven--es decir, el

señor Lammeter, existente actualmente, y que nunca tuvo hermana--se puso

en seguida a festejar a la señorita Osgood, es decir, la hermana del

señor Osgood actualmente existente. Era una joven tan bonita como no

podríais formaros idea. Pretenden que su joven hija se le parece; pero

de ese modo piensan las personas que no saben las cosas que pasaron

antes de que ellos nacieran. En cuanto a mí, debo saberlo bien, porque

ayudé al viejo pastor señor Drumlow.

Dicho esto, el señor Macey hizo una pausa. Despachaba su relato por

entregas, haciendo pausas para ser interrogado, según la costumbre.

--Sí, y ocurrió una cosa particular. ¿No es cierto? De modo que vos,

señor Macey, es probable que os acordéis de ese matrimonio--dijo el

tabernero en tono halagador.

--Ya lo creo, como que fue una cosa muy particular--respondió el señor

Macey inclinando la cabeza hacia un costado--. El señor Drumlow... yo lo

quería mucho al pobre viejo señor, a pesar de que tenía la cabeza algo

confusa, tanto a causa de su edad como a que tomaba un trago de algo

caliente cuando el oficio de la mañana tenía lugar haciendo tiempo

frío... y el joven señor Lammeter quiso a todo trance casarse en enero,

mes que es, sin duda, poco razonable escoger, porque el casamiento no es

como un bautismo o un entierro que no se puede aplazar. Ahora bien,

cuando el señor Drumlow... el pobre viejo señor, yo lo quería... cuando

el viejo señor Drumlow llegó a las preguntas, las hizo en sentido

contrario, por así decirlo. Dijo: «¿Queréis tomar a este hombre por

vuestra mujer legítima?» En seguida preguntó: «¿Queréis tomar esta mujer

por vuestro legítimo marido?» Pero, lo mejor del caso, es que sólo yo me

di cuenta de aquello, y que los novios contestaron en seguida «sí» como

si yo mismo hubiera dicho amén cuando debía, sin haber escuchado lo que

precedía.

--Pero vos sabíais bien lo que estaba pasando, ¿verdad, señor Macey?

¿Vos no hacíais oídos sordos, no es cierto?--dijo el carnicero.

--¡Dios mío!--prosiguió el señor Macey, haciendo una pausa y sonriendo

al ver la pobre imaginación de su auditorio--; yo estaba tembloroso; yo

estaba, por así decirlo, como una levita tirada por los dos faldones,

porque no podía detener al pastor, no podía echarme encima esa

responsabilidad. Sin embargo, pensaba, ¿y si no estuvieran bien casados,

porque las palabras han sido dichas al revés? Después mi cabeza se puso

a trabajar como un molino, porque siempre ha sido extraordinaria para

volver y revolver las cosas, y encaminarlas por todos sus costados. En

seguida me dije: «¿No será más bien el espíritu que las palabras lo que

hace el matrimonio indisoluble?» En efecto, el pastor procedía de buena

fe, y el novio y la novia también. Y entonces, cuando me puse a

reflexionar, vi que el espíritu significaba bien poca cosa en la mayor

parte de los hechos, puesto que vos queréis poder pegar varios objetos

juntos y la cola ser mala, y en ese caso, ¿qué resulta? Entonces llegué

a esta conclusión: «No es el espíritu lo que vale, es la cola». Y me

sentía tan atormentado como si tuviera tres campanas echadas a vuelo en

mi cabeza cuando pasamos a la sacristía, y se comenzó a firmar. ¿Pero

para qué sirven tantas palabras? Vosotros no podéis imaginaros lo que

pasa en el espíritu de un hombre inteligente.

--Sin embargo, ¿os contuvisteis a pesar de todo?, señor Macey, ¿no es

cierto?--dijo el tabernero.

--Sí, me contuve por completo, hasta que me encontré solo con el señor

Drumlow. Entonces se lo dije todo, respetuosamente, sin embargo, como

siempre. El pastor tomó la cosa ligeramente, y dijo: «¡Bah! ¡bah! Macey,

tranquilizaos; no es el espíritu ni la letra lo que vale: es el registro

del casamiento lo que resuelve el caso; ésa es la cola.» De modo que ya

veis que resolvió el caso fácilmente. Los pastores y los doctores lo

saben todo, por decirlo así, de memoria, y no los mortifica la

preocupación de distinguir los lados buenos y malos de las cosas, como a

mí me ha sucedido tantas veces. Y de lo que no cabe duda es que el

casamiento resultó feliz. Lo malo es que la pobre señora Lammeter, antes

señorita Osgood, murió antes de que sus hijos fueran grandes. Sea como

fuera, en lo que concierne a la prosperidad de todo lo que es honorable,

no hay familia que sea más considerada que ésa.

Todo el auditorio del señor Macey había oído aquella historia repetidas

veces. Sin embargo, la oyeron como quien escucha un aire favorito, y en

ciertos pasajes dejaron un momento de fumar las pipas, a fin de

consagrar toda su atención a las palabras que esperaban. Pero no había

concluido aún aquello, porque el señor Snell hizo a tiempo la pregunta

que debía motivar la continuación del relato.

--A propósito, ¿no se ha dicho que el viejo señor Lammeter poseía una

bonita fortuna cuando vino a este país?

--Sí, es exacto--repuso el señor Macey--; pero el señor Lammeter,

actualmente existente, no ha podido hacer otra cosa que conservarla

intacta, según creo. Siempre se ha dicho que nadie podía enriquecerse en

las Gazaperas. Y, sin embargo, arrienda la propiedad barata, porque es

lo que se llama un bien de fundación.

--Sí; hay pocas personas que sepan tan exactamente como vos cómo se

volvió esa tierra un bien de fundación, ¿no es cierto, señor

Macey?--dijo el carnicero.

--¿Y cómo lo sabrían?--replicó el viejo chantre con cierto desprecio--.

Pero mi abuelo hizo la librea de los _grooms_ de ese señor Cliff que

vino a edificar las caballerizas de las Gazaperas. Son caballerizas

cuatro veces más grandes que las del squire Cass, porque Cliff sólo

pensaba en caballos y en cacerías. Era un sastre de Londres que, según

decían algunas personas, se había vuelto loco a fuerza de engañar a la

gente. No podía montar a caballo. Pretenden que no podía apretar el

caballo, como si sus piernas fueran tenacillas. Mi abuelo le oyó contar

eso al viejo squire Cass repetidas veces. Sin embargo, quería andar a

caballo a todo trance, como si lo impulsara el demonio. Tenía un hijo,

un mozo de diez y seis años, y su padre no quería que hiciera otra cosa

más que entregarse continuamente a la equitación, bien que, según

refieren, a ese joven lo asustara la equitación.

Todos decían que el padre quería quitarle al hijo todo lo que tenía éste

de sastre, para convertirlo en un gentilhombre a fuerza de hacerlo

montar a caballo. «No es porque sea sastre; pero, considerando que Dios

me ha colocado en esta condición, estoy orgulloso de ello, porque las

palabras «Macey, sastre», fueron inscriptas encima de nuestra puerta,

antes de que la efigie de la reina Ana desapareciera de los chelines. En

cuanto a Cliff, tenía vergüenza de que lo llamaran sastre. Además, lo

mortificaba cruelmente que se burlaran de su manera de montar, y ninguna

persona de distinción de la vecindad lo podía soportar. Entretanto, su

pobre hijo cayó enfermo y murió. El padre no le sobrevivió mucho. Se

había puesto más extravagante que nunca. Cuentan que iba a sus

caballerizas a altas horas de la noche, provisto con una linterna y que

colocaba en ellas muchas velas encendidas. Había llegado a no poder

dormir, y se lo pasaba allí, haciendo chasquear el látigo y mirando los

caballos. También se ha dicho que es un milagro que las caballerizas no

quedaran reducidas a escombros, con los pobres animales encerrados en

ellas. Pero, por fin, murió delirando, y se encontró que había dejado

sus propiedades--las Gazaperas y el resto--a una fundación de Londres.

Así fue cómo las Gazaperas se volvieron un bien de fundación. Sin

embargo, por lo que concierne a las caballerizas, el señor Lammeter no

las ha usado nunca porque son de proporciones exorbitantes. ¡Dios mío!

Si hiciera golpear las puertas habría en la mitad de la parroquia un

estruendo igual al del trueno.

--Sí; pero en esas caballerizas pasan más cosas que las que pasan en

pleno día, ¿no es cierto, señor Macey?--dijo el tabernero.

--Sí, sí, pasad por allí una noche obscura--dijo el señor Macey

parpadeando misteriosamente los ojos--, y después haced creer, si

queréis, que no habéis visto luces en las caballerizas y que no habéis

oído el piafar de los caballos ni el chasquear del látigo, ni aullidos,

cuando empieza a clarear el día. Desde mi infancia, siempre oí decir

que eso era la «licencia de Cliff», pues ciertas personas pretendían

que, por decirlo así, ése era el momento en que el demonio dejaba de

asarlo. Eso es lo que me contó mi padre, que era un hombre de buen

sentido, bien que ahora haya personas que sepan lo que pasó antes que

ellas nacieran mejor de lo que entienden sus negocios.

--¿Qué decís de esto, eh, Dowlas?--dijo el tabernero, volviéndose hacia

el herrador que ardía de impaciencia por tomar la palabra--. Ahí tenéis

un buen problema para vos.

El señor Dowlas era el espíritu escéptico de la reunión, y estaba

orgulloso de ese título.

--¿Lo que digo? Digo lo que diría un hombre de buen sentido que no

cerrara los ojos para mirar un poste indicador, si tuviera necesidad de

averiguar su camino; digo que estoy dispuesto a apostar diez libras

esterlinas con toda persona que quiera ir junto conmigo, durante

cualquier noche que haga buen tiempo, a los terrenos que quedan frente a

las caballerizas de las Gazaperas, y digo que no veremos luces y que no

oiremos más ruidos que el soplar de nuestras narices. Eso es lo que

digo, y he dicho muchas veces. Pero no hay nadie que quiera arriesgar un

billete de diez libras por esos fantasmas de que se habla con tanta

seguridad.

--Pero, Dowlas, no es muy ingenioso en verdad hacer una apuesta en tales

condiciones--dijo Ben Winthrop--. Lo mismo podríais apostar con un

hombre que no atrapará un romadizo, si pasa la noche metido en el

charco, con el agua hasta el pescuezo, durante un tiempo glacial.

Tendría gracia que alguien se expusiera a morir por ganar una apuesta.

Las gentes que creen en la licencia de Cliff, no se atreverán jamás a

acercarse a aquel lugar por diez libras esterlinas.

--Si el señor Dowlas quiere conocer la verdad sobre este asunto--dijo el

señor Macey con sonrisa sarcástica, golpeándose los pulgares el uno

contra el otro--, no tiene para qué hacer apuestas; que vaya allá solo,

nadie se lo impedirá. Entonces podrá decirles a los vecinos de la

parroquia que están equivocados.

--¡Gracias! le quedo agradecido--dijo el herrador con un gruñido de

desprecio--. Si las gentes son tontas, no es cosa mía. Yo no tengo

necesidad de averiguar la verdad sobre los aparecidos; ya lo sé. Pero no

me opongo a una apuesta, con tal de que todo sea leal y sincero. Que

apuesten conmigo diez libras esterlinas a si voy a ver la licencia de

Cliff, e iré a estar allá solo. No necesito compañía. Y lo haría con

tanta facilidad como cargo mi pipa.

--¿Pero quién os vigilará, Dowlas, para confirmar que estáis allá? La

apuesta no sería leal.

--¿La apuesta no sería leal?--replicó el señor Dowlas con cólera--.

Quisiera, que se presentara alguien que dijese que quiero apostar

deslealmente. Vamos, vamos, maese Lundy, quisiera oíros decir eso.

--Muy probablemente lo querríais--dijo el carnicero--. Eso no es cuenta

mía. No tengo que hacer tratos con vos, y no voy a tratar de que me

hagáis una rebaja. Si alguien desea haceros una oferta igual a vuestra

estimación, que lo haga. Yo estoy por la paz y la tranquilidad, eso es.

--Sí, eso es lo que desea todo, perro que ladra así que se le amenaza

con el palo--dijo el herrador--. Pero yo no tengo miedo ni de un hombre

ni de un fantasma, y estoy pronto a apostar lealmente. Yo no soy un

gozquijo que dispara.

--Sí, pero ved lo que sucede, Dowlas--dijo el tabernero con una voz

llena de candor y de tolerancia--. Hay gentes, a mi entender, que no

pueden ver un fantasma, aunque éstos se los pongan por delante como un

poste. Y esto tiene su razón de ser. Por ejemplo, ahí tenéis a mi mujer

que no huele nada, aunque le pongáis bajo las narices el queso más

fuerte. Yo nunca he visto fantasmas; pero entonces me digo: «Muy

probablemente tú no tienes el olfato necesario.» Es decir, que pongo el

fantasma en lugar de un olor y viceversa. Por eso es que estoy por las

dos opiniones. Como siempre digo, la verdad está entre los dos. Si

Dowlas fuese a pasar la noche delante de las caballerizas y viniese a

decirnos que no ha visto el menor rastro de la licencia de Cliff, yo

estaría con él; pero si alguien me dijese que, a pesar de ello, la

licencia de Cliff existe realmente, yo también estaría con él, porque el

olfato es lo que me guía.

El argumento analógico del tabernero no fue bien aceptado por el

herrador, que era un hombre fundamentalmente opuesto a los términos

medios.

--¡Bah! ¡bah! ¡bah!--dijo con nueva irritación, dejando el vaso--, ¿qué

tiene que ver aquí el olfato? ¿Un fantasma le ha puesto nunca a nadie

negro el ojo? Eso es lo que desearía saber. Si los fantasmas quieren que

crea en ellos, que se dejen de deslizarse furtivamente en los sitios

obscuros y solitarios; que vengan a donde hay gente y luz.

--¡Como si a los aparecidos les importara que crea en ellos un hombre

tan ignorante como vos!--dijo el señor Macey, profundamente desalentado

de ver en el herrador aquella grosera incapacidad para comprender la

naturaleza de los fenómenos concercientes a los fantasmas.

Silas Marner(#24823) · 第 10 / 26 题