Dunstan Cass, al ponerse en marcha una mañana fría y húmeda, al paso
tranquilo y mesurado de un cazador que tiene que ir a caballo al punto
de reunión de una cacería, tenía que seguir el camino que, en su parte
terminal, pasaba por el terreno sin cercar llamado la Cantera, en que se
encontraba la casita--antes la cabaña de un picapedrero--que Silas
Marner habitaba hacía quince años.
El sitio parecía muy triste en aquella estación, con la greda mojada y
barrosa que lo rodeaba y con el agua turbia y rojiza que había alcanzado
un alto nivel en la cantera abandonada. Tal fue la primera impresión de
Dunstan al acercarse a aquel sitio. Recordó después que el viejo tonto
del tejedor, el ruido de cuyo telar ya oía, tenía mucho dinero oculto en
alguna parte. ¿Cómo era posible que a él, Dunstan Cass, que había oído
hablar muchas veces de la avaricia de Marner, no se le hubiese ocurrido
sugerirle a Godfrey que consiguiera del vejete, ya fuera asustándole, ya
fuera captándoselo hábilmente, que le prestara su dinero con la
excelente garantía de las esperanzas del squire? Este recurso se le
presentaba ahora como muy fácil y agradable de realizar. Pensaba que,
según todas las probabilidades, el tesoro de Marner debía ser bastante
grande como para dejarle a Godfrey, después que éste hubiera atendido a
las necesidades más urgentes, un buen excedente que lo pondría en
condiciones de servir a su abnegado hermano. Así es que tuvo tentaciones
de volver bridas hacia la casa. Godfrey estaría bastante bien dispuesto
para aceptar la idea. Adoptaría ávidamente un plan que quizá le evitaría
separarse de _Relámpago_. Pero cuando la reflexión de Dunstan llegó a
este punto, el deseo de proseguir la marcha se fortificó y prevaleció.
No quería proporcionarle aquella satisfacción a Godfrey; prefería que
maese Godfrey estuviera mortificado.
Además, a Dunstan lo regocijaba la idea tan importante ante sus ojos de
tener que vender su caballo, y además la ocasión de cerrar un trato, de
hacer el fanfarrón y probablemente de engañar a alguien. Podía gozar por
entero de todo el placer que resultaría de la venta del caballo de su
hermano, sin privarse del gran placer de conseguir que Godfrey le
tomara dinero prestado a Marner. Siguió, pues, cabalgando hacia el
lugar de la cita.
Bryce y Keating estaban allí, como Dunstan estaba seguro de ello; ¡tenía
tanta suerte!
--Hola--dijo Bryce, que desde hacía tiempo codiciaba a _Relámpago_--,
venís montando el caballo de vuestro hermano; ¿por qué ha sido eso?
--Nada, le he hecho un cambio--dijo Dunstan, cuyo placer en mentir, casi
independiente de la idea de utilidad, no iba a disminuir en mucho la
probabilidad de que su interlocutor lo creyera--. _Relámpago_ es ahora
mío.
--¡Cómo! ¿Os lo ha cambiado contra vuestro viejo rocín de huesos
grandes?--dijo Bryce con la entera certidumbre de que obtendría en
respuesta otra mentira.
--No, teníamos que arreglar una pequeña cuenta--respondió Dunstan con
indiferencia--, y _Relámpago_ ha saldado la diferencia. Le he hecho un
servicio a Godfrey tomándole el caballo. Lo hice contra mi gusto, porque
tenía un capricho por una yegua de Jortin, animal de la sangre más rara
que jamás hayáis montado. Pero ahora conservaré a _Relámpago_, aunque el
otro día me ofreció por él ciento cincuenta libras un hombre allá, en
Flitt; ese que compra para lord Cromleck, ese individuo que bizquea y
usa un chaleco verde. Pero no pienso deshacerme de _Relámpago_; no
encontraré fácilmente mejor animal para saltar cercos. La yegua de
Jortin tiene más sangre, pero tiene las patas un poco menos fuertes.
Bryce, naturalmente, adivinó que Dunstan quería vender el caballo, y
Dunstan se dio cuenta de que él lo adivinaba; el chalaneo sólo es una de
las numerosas transacciones humanas conducidas de esta manera ingeniosa.
Ambos consideraban que el trato estaba en su primera faz, cuando Bryce
respondió con ironía:
--Pues estoy sorprendido, y me sorprende que penséis conservar el
caballo, porque nunca he oído que un hombre se niegue a vender un animal
cuando le ofrecen la mitad más de lo que vale. Tendréis suerte si
conseguís por él cien libras.
Entonces, habiéndose adelantado Keating, el trato se complicó. Quedó por
último concertado, comprándolo Bryce por ciento veinte libras, pagaderas
a la entrega de _Relámpago_, sano y salvo, en las caballerizas públicas
de Batterley.
A Dunsey se le ocurrió que sería prudente que renunciase a la cacería,
se dirigiera inmediatamente a Batterley, y, después de esperar el
regreso de Bryce, alquilar un caballo que lo llevara a su casa con el
dinero en el bolsillo.
Sin embargo, el deseo de hacer una partida de caza, estimulado por su
confianza y su buena estrella, así como por un trago de aguardiente
tomado a su frasco de bolsillo cuando cerraron el trato, no era fácil de
vencer, considerando, sobre todo, que montaba un animal que excitaría la
admiración de los cazadores al verle saltar los cercos.
Pero Dunstan saltó uno de más y empaló su caballo en un poste. Su
persona inelegante y completamente invendible escapó ilesa, mientras que
el pobre _Relámpago_, inconsciente de su calor, rodó de costado y exhaló
dolorosamente el último suspiro.
Había sucedido que, pocos minutos antes, Dunstan se había visto obligado
a apearse para arreglar uno de los estribos. Lanzó muchas imprecaciones
contra aquel retardo que lo relegaba a la cola de la cacería en el
momento del triunfo. Enceguecido por la desesperación, saltó
temerariamente los cercos, y estaba a punto de reunirse a la traílla
cuando ocurrió el accidente fatal. De modo, pues, que se encontraba
entre los cazadores ardientes que iban adelante, que se preocupaban poco
de lo que sucedía detrás de ellos y los retrasados, que lo mismo podían
pasar muy lejos y muy cerca del sitio en que había caído _Relámpago_.
Dunstan, que se preocupaba siempre más de las contrariedades del momento
presente que de sus consecuencias lejanas, no bien se vio de pie y
reconoció que _Relámpago_ estaba perdido, sintió cierto placer al pensar
que no había sido visto en una situación que ninguna fanfarronada
hubiera podido hacer envidiable.
Después de haberse reconfortado de la sacudida con un poco de
aguardiente y muchos juramentos, se dirigió lo más pronto posible a un
zarzal que estaba a su derecha. Se le ocurrió que atravesando por allí
encontraría medio de dirigirse a Batterley sin correr el riesgo de
encontrar a ninguno de los cazadores. Su primera intención era alquilar
allí un caballo que lo llevaría inmediatamente a su casa; porque lo que
era hacer cierto número de millas a pie, sin un fusil en la mano, y a lo
largo de un camino público, no había que esperarlo de su parte como de
la de ningún otro joven fogoso de su especie. Le era casi indiferente
llevar la noticia a Godfrey, puesto que al mismo tiempo le iba a ofrecer
el recurso de dinero de Marner, si Godfrey chillaba, como sucedía
siempre que se le hablaba de contraer una nueva deuda, de lo que él sólo
sacaba la menor parte; pues bien, no rezongaría mucho rato. Dunstan
estaba seguro de que mortificando a Godfrey siempre le haría hacer lo
que quisiese. La idea del dinero se volvía cada vez más distinta en su
espíritu, ahora que la necesidad se había vuelto urgente. Pero la
perspectiva de tener que presentarse en Batterley con las botas
embarradas y de afrontar las preguntas burlonas de los mozos de cuadra,
contrariaba mucho su deseo impaciente de estar de regreso en Raveloe y
poner en ejecución su feliz proyecto.
Al mismo tiempo, un registro que hizo en el bolsillo de su chaleco,
mientras iba reflexionando, le recordó que las dos o tres monedas
pequeñas que encontró en su índice, eran de un color demasiado pálido
para pagar una pequeña deuda, en defecto de cuyo pago, el caballerizo de
Batterley había declarado que no haría más negocios con Dunsey Cass. Al
fin y al cabo, considerando la dirección en que lo había llevado la
cacería, no estaba mucho más lejos de su casa que de Batterley. Sin
embargo, Dunsey no brillaba por su lucidez de espíritu. No llegó a esa
conclusión sino al darse cuenta de que estaba obligado por otras razones
a tomar la resolución sin precedente de volver a la casa a pie.
En ese momento eran cerca de las cuatro y empezaba a formarse la niebla;
cuanto antes saliera del camino sería tanto mejor. Recordó que lo había
atravesado y que había visto el poste indicador momentos antes que
_Relámpago_ se abatiera. Entonces, después de abotonar su abrigo y atar
sólidamente la zotera de su látigo de caza al mango, golpeó las vueltas
de sus botas con el aire de un hombre dueño de sí mismo, como para
persuadirse de que estaba preparado para lo que iba a sucederle. Partió
en seguida, con la idea de que emprendía una notable proeza de actividad
física, que algún día no dejaría de embellecer de un modo o de otro, en
medio de la admiración de una sociedad selecta, en la taberna del _Arco
Iris_.
Cuando un joven señor como Dunsey se veía reducido a un medio de
locomoción tan excepcional como el de andar a pie, el látigo llevado en
la mano es el paliativo deseable de un sentimiento demasiado
confuso--demasiado parecido a un sueño--que le hace experimentar su
situación inusitada; y Dunstan, a medida que avanzaba a través de la
niebla creciente, golpeaba siempre algo con su látigo. Era el látigo de
Godfrey. Le había gustado tomarlo sin permiso, porque el mango tenía
puño de oro. Naturalmente que no era posible notar, cuando Dunsey lo
llevaba en la mano, que el nombre de Godfrey Cass estaba grabado en el
puño: sólo se veía que aquel látigo era muy hermoso.
Dunsey no dejaba de temer que le ocurriese tropezar con algún conocido
ante los ojos del cual haría triste figura, porque la niebla no es un
velo bastante espeso cuando las personas se acercan. Pero, cuando al fin
se encontró en las calles de Raveloe que le eran bien conocidas, pensó
que aquello era parte de su buena suerte habitual. Entretanto, la
niebla, ayudada por la obscuridad de la tarde, se había vuelto un velo
más espeso de lo que deseaba. Le ocultaba los baches en que sus pies
estaban expuestos a tropezar, le ocultaba todo, de modo que tuvo que
guiar sus pasos arrastrando el látigo contra las hierbas que crecían al
pie de los cercos. Pensaba que pronto llegaría al punto que daba acceso
a las canteras. Lo encontraría por medio de un portillo que había en
aquella cerca. Pero fue debido a una circunstancia con la que no contaba
que se lo hizo descubrir; es decir, ciertos rayos de luz que
inmediatamente adivinó que procedían de la choza de Silas Marner.
Durante el camino, aquella choza y el dinero que estaba oculto en ella
habían asediado continuamente su espíritu, y había imaginado distintas
maneras de halagar y seducir al tejedor, para que éste, seducido por el
cebo de los intereses, se separara sin demora del dinero que poseía.
A Dunstan le parecía que no sería malo agregar algunas amenazas a las
proposiciones halagadoras, porque sus nociones de aritmética no eran
bastante sólidas como para darle una demostración probatoria de los
provechos que darían los intereses. En cuanto a la garantía, la
consideraba vagamente como un medio de engañar a un hombre, haciéndole
creer que va a ser reembolsado. En fin, la operación que había que
intentar sobre el espíritu del avaro, era una tarea que Godfrey
confiaría a su hermano, más audaz y más vivo que él. Dunstan estaba ya
decidido a este respecto, y en el momento en que vio brillar la luz a
través de las rendijas de los postigos de Marner, la idea de tener una
conversación con el tejedor se le había vuelto tan familiar, que le
pareció lo más natural abordarlo en seguida. Podía tener varias ventajas
el proceder así: entre otras, quizás el tejedor tuviera un farol de
mano, y Dunstan ya estaba cansado de buscar su camino a tientas.
Todavía estaba a cerca de tres cuartos de milla de su casa y el suelo se
volvía desagradablemente resbaladizo, porque la niebla se iba
convirtiendo en llovizna. Dobló, pues, hacia la casa, pero no sin cierto
temor de errar el buen camino, puesto que no sabía exactamente si la luz
se veía al frente o en el costado de la choza. Sin embargo, ayudándose
con el mango de su látigo para explorar el terreno, llegó al fin sano y
salvo a la puerta de la casa. Golpeó con fuerza, sugiriéndole cierto
placer la idea del susto que le daría al vejete aquel estrépito
inesperado. Ninguna voz ni movimiento se dejó oír como respuesta: todo
era silencio en la choza. ¿Se había ido a acostar el tejedor? ¿Para qué
habría dejado la luz encendida entonces? ¡Extraño olvido de un avaro!
Dunstan volvió a golpear con más fuerza, y luego, sin esperar que le
respondieran pasó los dedos por el agujero de la puerta con la intención
de sacudirla y, al mismo tiempo correr el pestillo por medio del cordel
y volverlo a dejar cerrar, no dudando de que la puerta debía estar
atrancada.
Con gran sorpresa vio que aquel doble movimiento la hizo abrir, y se
encontró frente a un fuego vivo que iluminaba todos los rincones de la
choza--el lecho, el telar, las tres sillas y la mesa--, y le permitía
ver que Silas no estaba allí.
Nada podía ser más atrayente para Dunstan en aquel momento que el fuego
brillante sobre el fogón de ladrillos. Entró inmediatamente y se sentó.
Delante del fuego también había algo que, si la cocción hubiera estado
algo más adelantada, no hubiera carecido de interés para un hombre cuyo
estómago estaba vacío. Era un pedazo de carne de cerdo suspendido del
gancho de la chimenea por medio de un cordel pasado por el anillo de una
gran llave de puerta, según un método conocido por los viejos dueños de
casa en que no hay asador. Desgraciadamente el asado había sido colocado
en la extremidad del gancho, como para impedir que se fuera a quemar
durante la ausencia del dueño. «¿De modo que este viejo tonto de ojos
saltones se permite cenar carne?--pensó Dunstan--. Siempre se había
dicho que vivía de pan duro, para ponerle freno a su apetito. Pero,
¿dónde podía estar a aquella hora, con semejante tiempo y para qué había
salido dejando su cena a medio cocer y sin trancar la puerta?» La
dificultad con que el propio Dunstan acababa de encontrar su camino, le
sugirió la idea de que el tejedor había salido quizás para buscar
combustible, o para cualquier otro menester análogo y de corta
duración, y que se había resbalado dentro de la cantera. Esa era una
idea que interesaba a Dunstan y que implicaba consecuencias
completamente nuevas. Si el tejedor había muerto, ¿quién tenía derecho a
su dinero?, ¿quién sabía que alguien había entrado a tomarlo? No se
detuvo más tiempo en las sutilezas de las pruebas; la cuestión urgente,
¿dónde está el dinero? se apoderó de tal modo de su espíritu que le hizo
olvidar por completo que la muerte de Marner no era una certidumbre. Un
espíritu pesado, cuando llega a una conclusión que lo halaga, no
conserva la conciencia de que la idea de qué ha sacado aquella
conclusión era puramente problemática. Y el espíritu de Dunstan era tan
pesado como lo es generalmente el de un futuro criminal. Sólo conocía
tres escondites, en que hubiera oído decir que los campesinos escondían
sus tesoros: el techo de paja, la cama y un agujero hecho en el suelo.
La choza de Marner no estaba techada con paja. Lo primero que hizo
Dunstan, después de una sucesión de pensamientos acelerados por el
aguijón de la codicia, fue dirigirse al lecho, pero a la vez que
caminaba sus miradas recorrieron ávidamente el suelo, cuyos ladrillos,
iluminados por el fuego, se veían a través de la arena esparcida encima
de ellos. Sin embargo, no eran visibles en todas partes. Había un sitio,
en efecto, uno sólo que estaba por completo recubierto. Se distinguían
las huellas de los dedos, que, aparentemente, se habían cuidado de
cubrir de arena aquel espacio determinado. Ese sitio quedaba junto a los
pedales del telar. Dunstan corrió hacia aquel sitio y escarbó la arena
con el mango de su látigo. Al introducir la punta del collado entre los
ladrillos, vio que éstos estaban sueltos. Se apresuró a quitar uno, y
vio que allí estaba sin duda lo que buscaba, porque, ¿qué podía haber
sino dinero en aquellas dos bolsas de cuero? Y a juzgar por su peso
debían de estar llenas de guineas.
Dunstan registró bien en el agujero para convencerse de que no contenía
nada más, y luego, volviendo a colocar en su sitio los ladrillos, los
recubrió de arena. No hacía ni cinco minutos que había entrado a la
choza, pero aquel espacio de tiempo le pareció muy largo, y bien que no
sabía que Silas podía estar vivo y volver de un momento a otro, se
sintió presa de un temor indefinible al ponerse de pie con los sacos en
las manos. Se apresuró a salir, a guarecerse en la obscuridad y pensar
en seguida qué haría con las bolsas. Cerró inmediatamente tras de él la
puerta, para interceptar la salida de la luz: algunos pasos iban a
bastar para llevarlo más allá del peligro de ser traicionado por los
rayos que se filtraban a través de las rendijas de los postigos y el
agujero de la alcoba. La lluvia y la obscuridad se habían vuelto más
intensas; se regocijó de esto, bien que fuera incómodo caminar con las
dos manos tan llenas, porque era a lo sumo si podía llevar el látigo con
uno de los sacos. Pero así que hubiera dado dos pasos podría proceder
con toda calma. Se adelantó, pues, resueltamente, en la obscuridad.
V
Cuando Dunstan Cass le volvía la espalda a la choza, Silas Marner no
estaba ni a cien pasos de allí. Volvía penosamente de la aldea. Una
bolsa cargada al hombro le servía de sobretodo, y llevaba una linterna
de cuerno en la mano. Sus piernas estaban cansadas, pero su espíritu,
que no presentía ningún cambio, se sentía ágil. El sentimiento de la
seguridad procede más frecuentemente del hábito que de la convicción;
por eso es que subsiste a menudo, cuando las condiciones se han
modificado de tal modo, que más bien debieran dar lugar a esperar que se
volvieran una causa de alarma. El lapso de tiempo durante el cual cierto
acontecimiento no se ha producido, es, según la lógica del hábito,
constantemente opuesto como la razón por la cual ese acontecimiento no
debe ocurrir nunca, aun mismo cuando ese lapso de tiempo es la condición
nueva que lo hace inminente. Ese hombre os alega que ha trabajado
cuarenta años en el interior de una mina, sin ser herido en un solo
accidente, como el motivo por el que no debe temer ningún peligro, bien
que el techo de la mina comience a ceder; y se observa a menudo que
cuanto más vive un hombre, más difícil le es conservar una firme
creencia en la idea de su muerte.
La influencia del hábito tenía que ser necesariamente poderosa en un
hombre cuya vida era tan monótona como la de Marner. No viendo a nuevas
gentes, y no oyendo hablar de ningún acontecimiento, no había nada que
mantuviera despierto en él la idea de lo inesperado y del cambio. Eso
explica también de una manera bastante sencilla por qué su espíritu
podía estar tranquilo, aunque hubiera dejado su casa y su tesoro más
expuestos que de costumbre.
Silas pensaba en su cena con doble satisfacción: en primer lugar sería
caliente y sabrosa; en segundo lugar, no le costaba nada. En efecto, el
pequeño trozo de cerdo era un regalo de la excelente dueña de casa, la
señorita Priscila Lammeter, a quien había ido a llevar aquella tarde una
linda pieza de hilo, y era sólo en tales circunstancias que Marner se
permitía comer carne asada. La cena era su comida favorita, porque
coincidía con la hora deliciosa para él en que le alegraba su
contemplado tesoro.
Toda vez que llegaba a tener carne que asar, la reservaba para la
comida. Pero esa tarde, apenas hubo terminado la operación consistente
en anudar fuertemente una cuerda alrededor del trozo de puerco, arrollar
a aquélla, según las reglas, en la llave de la puerta, pasarla a través
del anillo y atarla al gancho de la chimenea, cuando se acordó de que le
era indispensable un ovillo de cordoné muy fino para comenzar una pieza
en el telar, al día siguiente muy temprano. Se había olvidado de eso
porque al volver de casa del señor Lammeter no había tenido que
atravesar la aldea; en cuanto a salir a hacer compras por la mañana no
había que pensar. La niebla estaba muy fea para salir; pero había cosas
que Silas prefería a sus comodidades. Subió, pues, el trozo de puerco a
la extremidad del gancho, y luego, armándose de una linterna y de una
bolsa vieja, se marchó a hacer aquella compra olvidada, que, con buen
tiempo, sólo le hubiera tomado un cuarto de hora. No hubiera podido
cerrar la puerta sin desatar la cuerda bien anudada y retrasar de ese
modo la cena; no había para qué hacer ese sacrificio. ¿Qué ladrón
tomaría el camino de las canteras con semejante noche, y por qué había
de hacerlo precisamente esa noche, cuando no le había sucedido eso nunca
en los quince años precedentes? Estas preguntas no se presentaban
claramente al espíritu de Marner. Sólo sirven para indicar que vagamente
se daba cuenta de las razones que tenía para estar exento de inquietud.
Muy contento con haber hecho la diligencia de la compra, llegó a su
puerta y la abrió. Para sus ojos miopes todo estaba en el estado en que
lo había dejado, a no ser que el fuego despedía una mayor y bien venida
cantidad de calor. Caminaba hacia una parte y otra del suelo, a la vez
que se iba desprendiendo de la linterna, del sombrero y de la bolsa
vieja; así es que sus zapatos herrados borraron las huellas que los pies
de Dunstan habían dejado en la arena. En seguida bajó el trozo de cerdo
cerca del fuego, y se sentó para proceder a la ocupación agradable de
cuidar el asado y a la vez calentarse. Cualquiera que lo hubiese
observado mientras que la luz rojiza brillaba en su rostro pálido, en
sus ojos extraños y dilatados y sobre su cuerpo flaco, hubiera quizá
comprendido la mezcla de piedad desdeñosa, de temor y de sospecha con
que era mirado por sus vecinos de Raveloe. Sin embargo, pocos hombres
podía haber más inofensivos que el padre Marner. En su alma ingenua y
sincera, ni aun la avaricia creciente y el culto de oro eran capaces de
engendrar un solo vicio capaz de perjudicar directamente a nadie.
Habiéndose apagado la luz de su fe, y habiendo agotado sus afectos, se
había apegado con todas las fuerzas de su naturaleza a su trabajo y a su
dinero; y, como todos los objetos a que el hombre se consagra, esas
cosas lo habían plasmado para adaptarlo a ellas. Su telar, en el que
trabajaba sin reposo, había reaccionado sobre él, fortificando a su
corazón el deseo de oír la repuesta de su ruido monótono. Y su tesoro,
mientras estaba inclinado sobre él y lo veía crecer, conjuraría en su
alma la facultad de amar, la endurecía y la aislaba como las monedas de
metal que lo componían.
Así que sintió calor, se puso a pensar que sería muy largo esperar el
fin de la comida para sacar sus guineas, y que le agradaría verlas en la
mesa mientras que se diera aquel regalo insólito; porque la alegría es
el mejor de los vinos, y las guineas de Marner eran un vino de esa
especie.
Se levantó y colocó la vela en el suelo, cerca del telar, no sospechando
nada; después quitó la arena sin advertir ningún cambio, y sacó los
ladrillos.
La vista del agujero vacío hizo latir su corazón con violencia; pero la
convicción de que su oro ya no estaba allí, no la tuvo de inmediato;
sólo sintió terror. Pasó la mano trémula por el escondite, tratando de
imaginarse que era posible que sus ojos lo hubiesen engañado; después
metió la vela en el agujero e hizo una inspección minuciosa, temblando
cada vez más. Por fin su agitación fue tan violenta que dejó caer la
vela y se llevó las manos a la cabeza, tratando de sostenerla, con el
fin de poder pensar. ¿Acaso, por una determinación brusca, había puesto
su tesoro en otra parte la noche precedente y, después lo había
olvidado?
El hombre que cae en aguas tenebrosas, trata momentáneamente de hacer
pie hasta sobre las piedras resbaladizas, y Silas, procediendo como si
creyera en falsas esperanzas, aplazaba el momento de la desaparición.
Buscó por todos los rincones, deshizo su cama, la sacudió y la palpó
toda, después miró en el horno de ladrillo donde ponía a secar la leña.
Cuando no quedó ningún otro sitio que visitar, se arrodilló de nuevo y
registró otra vez el agujero. No le quedaba ya ningún refugio
inexplorado que lo protegiera un momento más contra la terrible verdad.
Sí, le quedaba una especie de refugio que se presenta siempre cuando el
pensamiento sucumbe bajo una pasión que lo abisma: era esa espera de las
imposibilidades, esa creencia en las imágenes contradictorias que es,
sin embargo, distinta de la locura, porque la realidad del hecho
exterior puede hacerla desaparecer. Silas se irguió trémulo sobre las
rodillas y miró alrededor de la mesa; ¿no estaría allí su oro, al fin y
al cabo? La mesa estaba vacía. Entonces miró atrás suyo, recorrió con la
vista toda la pieza, pareciendo dilatar sus pupilas negras para ver si,
por casualidad, las bolsas, no aparecían en los sitios en que las había
buscado en vano. Podía distinguir todos los objetos de su choza, pero su
oro no estaba allí.
Se llevó de nuevo las manos trémulas a la cabeza y lanzó un grito
salvaje y estrepitoso, el grito de la desesperación. Después, durante
algunos momentos, permaneció inmóvil; pero aquel grito lo había librado
de la primera opresión de la verdad, opresión que lo sofocaba, se
volvió, adelantó vacilante hasta su telar y se sentó en el banco en que
trabajaba habitualmente, buscando instintivamente aquel sitio, porque
era para él la más grande certidumbre de la realidad.
Ahora que todas aquellas falsas esperanzas se habían desvanecido, y que
la primera certidumbre había pasado, la idea de un ladrón comenzó a
presentarse a su espíritu. La acogió rápidamente, puesto que era posible
atrapar al ladrón y hacerle devolver el dinero. Aquel pensamiento le dio
nuevas fuerzas. Se precipitó de su telar a la puerta. Al abrirla lo
azotó una lluvia violenta, porque estaba lloviendo con fuerza cada vez
mayor. No había que pensar en seguir la huella de los pasos con
semejante noche. ¡Huellas de pasos! Pero, ¿cuándo había estado allí el
ladrón? Durante la ausencia de Silas, en el día, la puerta había
permanecido cerrada con llave, y, cuando volvió antes de la noche, no
había señales de fracción. También todo estaba como lo había dejado
cuando regresó de comprar el cordoné. La arena y los ladrillos no
parecían haber sido movidos. ¿Era realmente un ladrón el que había
sacado los talegos? ¿o era una potencia cruel, que ninguna mano podría
alcanzar, que se había deleitado en sumirle por segunda vez en la
desesperación? Retrocedió ante este terror más vago, e hizo un violento
esfuerzo para confirmarse en la idea de que era un ladrón con manos, y
que las manos pueden agarrar.
En un relámpago, el pensamiento de Marner recorrió a todos los vecinos
que le habían hecho observaciones o preguntas que pudieran ser ahora
interpretadas como motivos de sospecha.
Allí estaba Jacobo Rodney, cazador furtivo bien conocido, y que no
gozaba de buena reputación, bajo otros respectos; se había encontrado a
menudo con Marner, cuando éste tenía que hacer algunas diligencias
atravesando campos y le había hecho algunas bromas respecto del dinero.
Además, había irritado a Marner un día, que habiendo entrado a su choza
para encender la pipa, se había demorado cerca del fuego, en vez de ir a
sus tareas. Jacobo Rodney era el ladrón; aquella idea le daba algún
alivio. Se podía encontrar a Jacobo y hacerle devolver el dinero. Marner
no quería castigarle, pero sí sólo recuperar el oro que se había llevado
consigo, dejando su alma en un aislamiento parecido al del viajero
extraviado en un desierto desconocido. Había que poner la mano sobre el
ladrón. Las ideas de Marner eran confusas; sin embargo, comprendía que
debía ir a denunciar el robo, y los grandes personajes de la aldea--el
pastor, el condestable y el squire Cass--le harían devolver a Jacobo
Rodney o a cualquiera otra persona el dinero robado.
Estimulado por la esperanza salió afuera, olvidando de cubrirse la
cabeza y sin preocuparse de cerrar la puerta, pues le parecía que ya no
tenía nada que perder. Corrió rápidamente hasta que la falta de
respiración lo obligó a acortar el paso al entrar en la aldea, en la
vuelta del camino, cerca de la taberna del _Arco Iris_.
El _Arco Iris_, para los ojos de Marner, era un sitio suntuoso de
reunión para los maridos opulentos y corpulentos, cuyas esposas tenían
superfluas provisiones de lencería. Era el sitio en que tenía que
encontrar probablemente a las autoridades y a los dignatarios de
Raveloe; donde podría anunciar con mayor rapidez el robo de que había
sido objeto.
Llegó a la puerta, abrió el pestillo y entró a la derecha en una
taberna, especie de cocina brillantemente iluminada, en que los clientes
menos considerados de la casa tenían la costumbre de reunirse. La pieza
particular de la izquierda estaba reservada a la sociedad escogida, y
allí el squire Cass gozaba con frecuencia el doble placer de la buena
compañía y de la condescendencia. Pero aquella pieza estaba a obscuras
porque los principales personajes que constituían el ornamento del
círculo asistían todos--como Godfrey Cass--al baile dado por la señora
Osgood.
De ahí resultaba que el grupo sentado en los bancos de alto respaldar de
la taberna era más numeroso que de costumbre. Varios notables que, a no
ser aquella circunstancia, hubiesen sido admitidos a los honores del
gabinete particular y hubieran proporcionado la mejor ocasión a los que
eran de un rango más elevado de echárselas de señores y tomar aires
protectores, se contentaban con variar de placer tomando grogs, allí
donde ellos mismos podían darse importancia y mostrarse afables, en la
sociedad de simples bebedores de cerveza.