El personaje más importante de Raveloe era el squire Cass, que vivía en
una gran casa roja que tenía un bonito atrio al frente y altas
caballerizas al fondo, casi en frente de la iglesia.
Había otros terratenientes en la parroquia, pero él era el único honrado
con el título de squire; porque bien que la familia del señor Osgood
fuera considerada también como de origen inmemorial--no habiéndose
atrevido nunca los habitantes de Raveloe a remontarse hasta el vacío
espantoso en que los Osgood no existían--, sin embargo, no hacía más que
poseer la granja que ocupaba, mientras que el squire Cass tenía uno o
dos arrendatarios que se quejaban a él de los perjuicios que les
causaban las liebres como si hubiese sido un señor.
Se estaba todavía en ese período glorioso de la guerra, considerada como
un favor especial acordado por la Providencia a los propietarios
territoriales. Entonces, los precios de los frutos no habían bajado
tanto como para precipitar a la raza de los pequeños squires y de los
arrendatarios en el camino de la ruina, hacia el cual sus hábitos de
prodigalidad y la mala explotación de sus tierras los arrastraban
rápidamente.
Al decir esto aludo a la aldea de Raveloe y a las parroquias que se le
parecían, porque la vida de nuestros antiguos campesinos presentaba
aspectos diferentes. Así ocurre con toda existencia que se ha esparcido
sobre una superficie variada, en la que soplan en direcciones diversas
una multitud de corrientes--desde los vientos del cielo hasta los
pensamientos de los hombres--que se mueven y se cruzan eternamente,
produciendo resultados incalculables.
Raveloe estaba situado en una hondonada, en medio de los árboles espesos
y de caminos surcados por huellas, lejos de las corrientes de la
actividad industrial y del fervor puritano; los ricos comían y bebían a
sus anchas, aceptando la gota y la apoplejía como cosas que se
trasmitían misteriosamente en las familias honorables, y los pobres
pensaban que los ricos estaban en su pleno derecho de llevar alegre
vida.
Por otra parte, los festines de éstos daban por resultado multiplicar
las sobras, que eran la herencia de los primeros. Betti Jay sentía el
olor de la cocción de los jamones del squire, pero el fuerte deseo que
sentía de comerlos era calmado por el jugo untuoso en que se los hacía
hervir; y cuando las estaciones traían la época de las grandes reuniones
alegres, todo el mundo las consideraba como un excelente regalo para los
pobres.
En efecto, las fiestas de Raveloe estaban en relación con las postas de
buey y los barriles de cerveza: se hacían con prodigalidad y duraban
mucho tiempo, principalmente en invierno.
Las damas que, habiendo empaquetado sus mejores vestidos y tocados en
cartones, se arriesgaban a vadear los arroyos en tiempos de lluvia y
nieve, sentadas a la turca sobre cojines y llevando su preciosa
carga--cuando no se sabía hasta dónde llegaría el agua--, no es de
suponer que contaran con que les esperaba un placer efímero.
Es por esta razón qué se tomaban disposiciones para que en la mala
estación--época en que había poco trabajo y las horas parecían
largas--varios vecinos tuvieran sucesivamente mesa abierta. Así que los
platos del squire Cass no eran tan frescos ni tan abundantes, sus
convidados no podían hacer mejor cosa que trasladarse a la casa del
señor Osgood, en los Huertos. Allí encontraban lomos y jamones intactos,
pasteles de cerdo que acababan de salir del horno y manteca fresca
recién hilada; en fin, todo lo que el apetito de gentes ociosas podía
desear, y de mejor calidad, quizá, que en casa del squire Cass, aunque
la abundancia no fuera mayor. Porque la mujer del squire había muerto
hacía tiempo, y la Casa Koja se veía privada de la esposa y de la madre,
cuya presencia es la fuente saludable del amor y del temor que deben
reinar en la familia y entre los servidores.
Esto contribuía no sólo a explicar por qué, en los días de fiesta, la
profusión de provisiones superaba a la calidad, sino también por qué el
orgulloso squire condescendía con tanta frecuencia a presidir en el
gabinete particular de la taberna del _Arco Iris_, antes que a la sombra
de los negros artesonados de su salón; así como quizá que sus hijos se
condujeran bastante mal.
Raveloe no era un sitio en que la censura de las costumbres fuera
severa; sin embargo, se miraba como una debilidad del squire que hubiera
conservado a todos sus hijos ociosos en la casa; y, bien que debe
concederse cierta licencia a los hijos de los padres que tienen medios,
las gentes meneaban la cabeza al ver la vida que llevaba el menor,
Dunstan, generalmente llamado Dunsey Cass, cuyas aficiones por la copa y
las apuestas podían volverse algo más serio que un pasatiempo juvenil.
Poco importaba, ciertamente, decían los vecinos, lo que le sucediera a
Dunsey--un individuo pendenciero y burlón, que parecía complacerse tanto
más en beber cuanto más sufrían los otros de sed--, con tal, sin
embargo, que sus hechos no le acarreasen algún disgusto a una familia
como la del squire Cass, que tenía un monumento en la iglesia, y copas
de plata más antiguas que el rey Jorge III.
En cambio sería una gran lástima que el señor Godfrey, el mayor, guapo
mozo de fisonomía franca y de buen carácter, que un día heredaría las
propiedades, se pusiera a seguir el mismo camino que el hermano, como
había parecido hacía poco. Si seguía de aquel modo, la señorita Nancy
Lammeter acabaría por romper con él; porque se sabía muy bien que ella
le trataba con mucha reserva desde la pascua de Pentecostés del año
precedente, época en que había hablado mucho, porque Godfrey había
pasado varios días sin volver a su casa.
Pasaba algo que no estaba bien, algo que no era común, era evidente,
porque el señor Godfrey estaba lejos de tener el color fresco y la
fisonomía abierta de antes.
En cierto momento todo el mundo decía: «¡Qué hermosa pareja harían él y
la señorita Nancy!», y si ella llegara a ser la señora de la Casa Roja,
iba a haber un buen cambio, porque los Lammeter estaban criados de modo
que no podían soportar que se malgastara una pizca de sal. Sin embargo,
todas las gentes de su casa obtenían lo que había de mejor, cada cual
según su rango. Con una nuera así, el viejo squire realizaría economías,
aun cuando no aportara un penique de dote; porque era de temer que, a
pesar de sus rentas, el squire Cass tuviera más agujeros en el bolsillo
que aquel por donde metía la mano. Pero si el señor Godfrey no cambiaba
de conducta, podía decirle «adiós» a la señorita Nancy Lammeter.
Era ese Godfrey, que antes daba tantas esperanzas, el que estaba con las
manos en los bolsillos de su saco y la espalda vuelta al juego, en el
salón de obscuro artesonado, un día de noviembre de este decimoquinto
año de la residencia de Silas Marner en Raveloe. La luz gris y mortecina
iluminaba débilmente las paredes adornadas de fusiles, de látigos y de
colas de zorro; los abrigos y los sombreros arrojados sobre las sillas;
los jarros de plata que exhalaban un olor de cerveza aventada; el fuego
medio apagado, y las pipas colocadas en los ángulos de las chimeneas;
signos de una vida doméstica desprovista de todo encanto superior, con
que la expresión de sombrío fastidio del rostro rubio de Godfrey estaba
en triste armonía. Parecía escuchar como si esperara a alguien. Muy
luego el ruido de pasos pesados, acompañados de silbidos, se hizo oír a
través del gran vacío de la entrada del vestíbulo.
La puerta se abrió y entró un joven fornido y vulgar; tenía la cara
encendida y el aire gratuitamente vencedor que caracteriza la primera
faz de la embriaguez. Era Dunsey. Al verlo, el rostro de Godfrey perdió
parte de su aspecto sombrío para tomar la expresión más activa del odio.
El hermoso galgo negro que estaba acostado frente a la chimenea se
retiró a un rincón, bajo una silla.
--¿Qué tal, maese Godfrey, qué me queréis?--dijo Dunsey en tono
burlón--. Sois mi hermano mayor y mi superior; tenía, pues, que venir,
puesto que me habéis hecho llamar.
--Pues bien; voy a deciros lo que quiero, pero antes sacudíos la
borrachera, y escuchad, si os place--dijo Godfrey con acento furioso;
el mismo había bebido más de la cuenta, a fin de convertir su tristeza
en cólera ciega--. Quiero deciros que es preciso que le entregue al
squire ese arriendo de Fowler, o que le advierta que os lo he dado;
porque amenaza con el embargo, y todo se descubrirá, que yo lo informe o
no. Acaba de declarar que le iba a encargar a Cox que procediera si
Fowler no venía a pagar lo atrasado esta semana. El squire está sin
dinero y está de un humor como para no soportar tonterías. Ya sabéis con
qué os ha amenazado si os sorprendía otra vez despilfarrando su dinero.
De modo que tratad de buscar esa suma, y lo más pronto posible, ¿habéis
oído?
--¡Oh!--dijo Dunsey, riendo sardónicamente, mientras se acercaba a su
hermano mirándole a la cara--, supongamos que vos mismo os
proporcionarais el dinero, para evitarme esa molestia, ¿qué os parece?
Puesto que fuisteis lo bastante bueno para entregármelo, no me neguéis
la amabilidad de devolverlo en mi lugar; ya sabéis que fue por amor
fraternal que procedisteis así.
Godfrey se mordió los labios y apretó los puños.
--No os acerquéis mirándome de ese modo, porque os aplasto.
--¡Oh! no, seríais incapaz de hacer eso--dijo Dunsey, girando sin
embargo sobre los talones para alejarse--; bien sabéis que soy muy buen
hermano. Podría haceros arrojar de casa y de la familia, y haceros
desheredar cuando quisiera. Sí, yo le contaré al squire cómo se casó su
hijo mayor con la linda Molly Tarren, y cuán desgraciada ha sido, pero
que no ha podido vivir con esa esposa borracha; me deslizaría en vuestro
lugar lo más cómodamente posible. Pero ya lo veis, me callo; soy tan
conciliador y tan bueno. Estoy seguro de que lo haréis todo por mí.
Estoy seguro de que os proporcionaréis por mí esas cien libras
esterlinas.
--¿Cómo puedo proporcionarme ese dinero?--dijo Godfrey, trémulo de
rabia--. No tengo oficio ni beneficio. Y vos mentís al decir que os
deslizaríais en mi lugar; os haríais echar vos también, nada más. Porque
si vos os ponéis a llevar chismes, yo haré otro tanto. Bob es el hijo
favorito, lo sabéis perfectamente. Mi padre se daría por muy satisfecho
con no volveros a ver.
--Poco importa--dijo Dunsey inclinando la cabeza hacia un costado,
mientras que miraba por la ventana--. Me sería muy agradable partir en
vuestra compañía; sois un hermano tan guapo, y siempre nos ha agradado
tanto disputarnos; no sabría qué hacer sin vos. Pero preferís que los
dos nos quedemos en casa, ya lo sé. De manera que os arreglaréis de modo
de conseguir esa pequeña suma de dinero, y voy a deciros hasta la vista,
bien que deplore dejaros.
Dunstan se marchaba, pero Godfrey se precipitó tras él y lo tomó del
brazo, diciendo con un juramento:
--Os digo que no tengo dinero... que no puedo procurarme dinero.
--Pedidle prestado al viejo Kimble.
--Os digo que no quiere prestarme más y que no lo pediré.
--Bueno, entonces vended a _Relámpago_.
--Sí, eso es fácil decirlo. Necesito el dinero inmediatamente.
--Pues bien, no tenéis más que montarlo en la cacería de mañana. Bryce y
Keating estarán seguramente. Os harán más de una oferta.
--Eso es, y volveré a casa a las ocho de la noche, salpicado de barro
hasta las narices. Voy al baile que da la señora de Osgood celebrando su
día.
--¡Ah! ¡ah!--dijo Dunsey, volviendo la cabeza de lado y tratando de
hablar con una vocecita aflautada--. Y la linda señorita Nancy estará
allí, y bailaremos con ella, y le prometeremos no ser malo, y volveremos
a entrar en favor y...
--Tened la lengua al hablar de la señorita Nancy, pedazo de tonto--dijo
Godfrey rojo de cólera--, u os estrangulo.
--¿Para qué?--dijo Dunsey, siempre con tono afectado, pero tomando un
látigo de sobre la mesa y golpeándose con el cabo en la palma de la
mano--. Se os presenta una buena ocasión. Os aconsejo que entréis en sus
gracias; eso ahorraría tiempo, si Molly llegara a beber una gota de
láudano de más, y os dejara viudo. Poco le importaría a la señorita
Nancy ser la segunda, si lo ignorara. Y vos tenéis un excelente hermano
que guardará bien vuestro secreto, y vos seréis muy amable con él.
--Voy a deciros lo que pasa--dijo Godfrey trémulo y vuelto a ponerse
pálido--. Mi paciencia está casi agotada. Si fuerais algo más vivo,
sabríais que es posible llevar a un hombre demasiado lejos y hacerle tan
fácil franquear este o aquel obstáculo. No estoy seguro de no
encontrarme ya en este punto; yo puedo también revelarle todo al squire.
Por lo menos, no me seguiréis molestando, si no consigo otra cosa. Y, al
fin y al cabo, tendrá que saber la verdad. Ella me ha amenazado con
venir a decírselo todo en persona. Por consiguiente, no os jactéis de
que vuestro silencio valga el precio que se os ocurra asignarle. Me
arrancáis mi dinero de tal modo que no me queda ninguno para apaciguar a
esa mujer y un día cumplirá sus amenazas. Le diré todo a mi padre. En
cuanto a vos, idos al diablo.
Dunsey se dio cuenta de que había ido más allá de lo que debía, y que
había llegado a un extremo en que el propio Godfrey, el hombre
irresoluto, era capaz de tomar una resolución. Sin embargo, dijo con
indiferencia:
--Como queráis; pero ante todo, voy a beber un trago de cerveza.
Y después de haber llamado, se recostó en dos sillas y se puso a golpear
la repisa de la ventana con el mango del látigo.
Godfrey había permanecido de pie, con la espalda vuelta al fuego,
agitando los dedos con inquietud en medio del contenido de los bolsillos
de su saco, y con la mirada fija en el suelo. Su alto cuerpo musculoso
estaba lleno de coraje físico; sin embargo, no le sugería ninguna
decisión cuando los peligros que había que afrontar no consistían en
acogotar a alguien. Su irresolución natural y su cobardía moral eran
exageradas por una situación cuyas consecuencias temibles parecían hacer
presión de todos lados con la misma fuerza.
Su irritación lo hubiera llevado en seguida a desafiar a Dunstan, y a
anticiparse a todas las denuncias, si las miserias que le acarrearía el
proceder así no le hubieran parecido más insoportables que el mal
actual. Los resultados de una confesión no eran dudosos, eran seguros,
mientras que la denuncia permanecía incierta.
De aquella incertidumbre, considerada de cerca, cayó en la duda y en la
irresolución con un sentimiento de reposo. El hijo desheredado de un
pequeño squire, igualmente poco dispuesto a trabajar la tierra y a
mendigar, se sentía casi tan impotente como un árbol desarraigado que,
favorecido por el suelo y la atmósfera, se habría desarrollado
considerablemente en el propio sitio en que antes sólo era un retoño.
Quizá hubiera llegado a considerar con cierta alegría el tener que
labrar la tierra, si le fuera dable obtener a Nancy Lammeter a ese
precio. Pero, puesto que tenía que perderla sin remedio, hiciera lo que
hiciera, y la herencia también, puesto que tenía que romper todo
vínculo, menos el que lo desagradaba y le quitaba todo motivo para
reformarse, no podía imaginar que le quedara, después de la confesión de
su falta, otro porvenir más que enrolarse como voluntario. Esa era la
determinación más desesperada, después del suicidio, ante los ojos de
las familias honorables.
¡No! Más valía para él fiarse al azar que a su propia resolución; más
valía seguir sentado al festín, bebiendo el vino que le agradaba, aun
con la espada suspendida sobre la cabeza y el terror en el corazón,
antes que precipitarse en las tinieblas en que todo placer quedaría
perdido para siempre. La última concesión que pudo hacerle a Dunstan a
propósito del caballo, comenzó a parecerle fácil al lado del
cumplimiento de la amenaza de su hermano. Sin embargo, su orgullo no le
consintió que reanudara la conversación sin continuar la disputa.
Dunstan lo esperaba y bebía la cerveza a sorbos más pequeños que de
costumbre.
--Es muy propio de vos--exclamó Godfrey con acento amargo--el hablar con
tanta indiferencia de la venta de _Relámpago_, la última cosa que me sea
lícito llamar mía, y el más lindo animal que he tenido en mi vida. Si
tuvieseis un asomo de orgullo, os daría vergüenza ver vacías nuestras
caballerizas y que todo el mundo se burle de ello. Pero tengo la
convicción de que venderíais vuestra propia persona aunque sólo fuera
por tener el placer de hacerle sentir a alguien que ha hecho un mal
negocio.
--Sí--dijo Dunstan con mucha calma--, me estáis haciendo justicia, a lo
que veo. Vos sabéis que soy una perla cuando se trata de engatusar a las
gentes para realizar un negocio. Es por esta razón que os aconsejo que
me dejéis a mí el encargo de vender a _Relámpago_. Lo montaré mañana en
la cacería, reemplazándoos, con mucho gusto. No tendré tanta apostura
como vos en la silla, pero se admirará más al caballo que al jinete.
--Sí, eso es... ¡Confiaros mi caballo!
--Como gustéis--dijo Dunstan poniéndose a golpear otra vez el antepecho
de la ventana, con aire del todo indiferente--. Sois vos mismo quien
debe devolver el dinero a Fowler; eso no es cuenta mía. Vos recibisteis
ese dinero cuando fuisteis a Bramcote, y fuisteis vos mismo quien le
dijo al squire que no os habían pagado esa suma. Yo no tengo nada que
ver con eso; vos tuvisteis la bondad de darme ese dinero, dejad eso
quieto, a mí me es indiferente. Yo sólo trataba de serviros vendiendo el
caballo, sabía que mañana no es cómodo ir tan lejos.
Godfrey permaneció en silencio durante un rato. Quería arrojarse sobre
Dunstan, arrancarle el látigo de la mano, darle de azotes hasta ponerlo
a dos dedos de la muerte, y ningún temor corporal lo hubiera detenido,
si otra suerte de miedo, alimentado por sentimientos que podían más que
su ira, no hubieran dominado su voluntad. Cuando volvió a hablar fue en
tono casi conciliador.
--Bueno, no tenéis en la cabeza ninguna locura respecto del caballo,
¿eh? ¿Lo venderéis bien lealmente y me entregaréis el precio? De otro
modo, ya lo sabéis, todo se lo llevará el diablo, porque no tengo otra
tabla de salvación. Os agradará menos el desplomarme la casa encima,
sabiendo que también os apretará a vos.
--Sí, sí, muy bien--dijo Dunstan, poniéndose de pie--.Estaba cierto de
que acabaríais por mostraros razonable. Yo soy hombre capaz de hacerle
tragar el anzuelo al viejo Bryce. Voy a conseguiros ciento veinte libras
esterlinas por vuestro caballo, tan fácilmente como conseguiría un
penique.
--Pero quizás lluevan chispas como llovió ayer; en tal caso no podréis
ir a la cacería--dijo Godfrey, sin darse cuenta de si deseaba o no que
surgiera ese impedimento.
--¡Llover!--exclamó Dunstan--, nada de eso, siempre he tenido suerte con
el tiempo. Llovería, sin duda, si pensarais ir vos. Jamás tenéis
triunfos en vuestros juegos, bien lo sabéis, porque yo los tengo todos.
Vos ponéis la belleza y yo la muerte, de manera que tenéis que guardarme
a vuestro lado como «porte-bonheur». ¡Bah! jamás haréis nada bueno sin
mí.
--¡Que el diablo os confunda! Tened la lengua--dijo Godfrey
impetuosamente--. No vayáis a emborracharos mañana; de otro modo
podríais salir por las orejas al volver a casa y estropear a
_Relámpago_.
--Tranquilizad vuestro corazón sensible--dijo Dunstan--. Jamás me habéis
sorprendido bebiendo doble cuando tengo que hacer un trato; eso me
echaría a perder la diversión. Por otra parte, cada vez que caigo, estoy
seguro de caer parado.
Dicho esto, Dunstan salió haciendo golpear la puerta.
Dejó a Godfrey entregado a hacer amargas reflexiones sobre su situación
personal, que se sucedían entonces de un día para el otro, cuando no
estaba excitado por el sport, la bebida, los naipes, o por el placer
más raro, pero menos susceptible de ser olvidado, de ver a la señorita
Nancy Lammeter.
Los sufrimientos sutiles y variados, que nacen de la sensibilidad más
delicada que acompaña a una cultura elevada, son quizás menos dignos de
lástima que esa hosca privación de alegrías y de consuelos
intelectuales, que obliga a los espíritus más groseros a permanecer
constantemente frente a frente con su pesar y su descontento.
La vida de aquellos rústicos antepasados, que nos sentimos inclinados a
considerar personajes prosaicos--de esos hombres cuya sola ocupación era
cabalgar alrededor de sus propiedades, que se iban volviendo cada vez
más pesados sobre sus monturas y pasaban el resto de sus días
satisfaciendo de un modo despreocupado sus sentidos embotados por la
monotonía--, su vida, digo, tenía, sin embargo, algo de patética.
Las calamidades los herían a ellos también y sus primeros errores les
acarreaban duras consecuencias. Quizás un amor por una dulce joven,
imagen de pureza, de orden y de tranquilidad, había abierto sus miradas
ante la visión de una existencia en que los días no hubieran parecido
demasiado largos, aun sin los excesos de la intemperancia. Pero la
doncella había desaparecido y la visión se había disipado. Entonces,
¿qué les restaba, sobre todo si se habían vuelto demasiado pesados para
la caza, a caballo, o para cargar un fusil a través de los surcos? Nada,
si no es beber y alegrarse, o beber e irritarse, con tal de que no
fueran esclavos de la vanidad, y pudieran repetir largamente, con
caluroso énfasis, las cosas que ya habían contado muchas veces durante
el año.
Seguramente que entre esos hombres, de tez rubicunda y mirada hosca
había algunos que, gracias a su bondad natural, no se sentían siempre
impulsados a la brutalidad, aún en medio de sus extravíos. Esos, en la
época en que sus mejillas estaban frescas, habían sentido la punta
acerada del pesar y del remordimiento. Habían sido heridos por las cañas
en que se apoyaban, o bien, sin reflexionar, habían metido sus miembros
en cepos de los que nadie podía libertarles.
En esas tristes circunstancias, comunes a todos nosotros, era imposible
que el pensamiento de esos hombres no encontrara algún sitio de reposo,
fuera del círculo continuamente trillado de su historia insignificante.
Tal era, por lo menos, la condición de Godfrey Cass, al cumplir los
veintiséis años. Un movimiento de remordimientos, secundado por esas
pequeñas influencias indefinibles que todas las relaciones personales
ejercen sobre una naturaleza flexible, lo había impulsado a contraer un
matrimonio secreto, que era un estigma en su existencia. Era una fea
historia de pasión vulgar, de ilusión y de desilusión, que no hay para
qué sacar de la celda secreta de los recuerdos amargos de Godfrey.
Este sabía desde hacía tiempo que le había sido debida en parte a un
lazo que le tendió Dunstan, quien había visto en aquel casamiento
degradante de su hermano el medio de satisfacer a su vez su odio celoso
y su codicia. Y si Godfrey hubiera podido considerarse simplemente como
una víctima, la irritación que le causaba el freno de hierro que el
destino le había puesto en la boca, le hubiera sido menos insoportable.
Si las maldiciones que pronunciaba a media voz, cuando estaba sólo, no
hubiesen tenido otro objeto que la treta diabólica de Dunstan, le
hubiera sido posible tener menos espanto a las consencuecias de su
confesión. Pero le restaba otra cosa que maldecir: su locura y sus
vicios personales, que ahora le parecían insensatos y tan inexplicables
como lo son casi todas nuestras locuras y nuestros vicios, cuando la
causa que los ha provocado ha desaparecido desde hace largo tiempo.
Durante cuatro años había pensado en Nancy Lammeter, y la había buscado,
con un culto secreto y paciente, como a una mujer que lo hacía soñar
alegremente en el porvenir. Ella sería su esposa, y que su hogar fuera
encantador, más encantador que el del squire en sus mejores días, y le
sería fácil, cuando ella estuviera siempre junto a él, hacer a un lado
aquellas estúpidas costumbres que no eran placeres, sino sólo una manera
febricitante de engañar la ociocidad.
Godfrey, cuyos gustos eran esencialmente domésticos, había sido criado
en una casa cuyo hogar no tenía sonrisas, y en la que los hábitos
cotidianos no eran rígidos por la presencia del orden interior. Su
carácter fácil le había hecho adoptar sin resistencia el género de vida
de su familia, pero el deseo de algún afecto tierno y duradero, el deseo
ardiente de soportar alguna influencia que le facilitara la procura del
bienestar que prefería, hacían ante sus ojos que la limpieza, la pureza,
el buen orden y la liberalidad de la casa Lammeter--iluminada por la
sonrisa de Nancy--fuesen iguales a esas horas frescas y brillantes de la
mañana, en que las tentaciones dormitan, y sólo se oye la voz del ángel
bueno que invita al trabajo, a la sobriedad y a la paz.
Y, sin embargo, la esperanza de ese paraíso no había bastado para
salvarlo de los extravíos que lo excluían siempre. En vez de apretar con
mano firme el sólido cordón de seda, por medio del cual Nancy lo hubiera
llevado sano y salvo a las rientes riberas en que la marcha es fácil y
segura, se había dejado llevar hacia atrás en medio del fango y del
lodo, y allí, era inútil debatirse. Se había creado vínculos que le
vedaban todo móvil saludable de reacción y que lo exasperaban sin cesar.
Sin embargo, había una situación peor aún; la que le esperaba cuando el
vil secreto se descubriera; así es que el deseo que siempre triunfaba en
él de todos los demás, era alejar al desgraciado día en que tendría que
soportar las consecuencias del resentimiento violento de su padre por la
herida causada al orgullo de su familia, en la que tendría que renunciar
quizás a aquel bienestar y a aquella dignidad hereditaria que, al fin y
al cabo, era una razón para vivir, llevando consigo la incertidumbre de
que estaba proscripto para siempre de la vista y de la estima de Nancy
Lammeter.
Cuanto más se prolongara el plazo, mayor era la probabilidad de verse
libre, por lo menos, de algunas de las consecuencias odiosas a que había
librado su ser--más ocasiones le quedaban de gozar el extraño placer de
ver a Nancy y de recoger las débiles muestras de un resto de afecto por
él. Era impulsado hacia ese placer por accesos, y frecuentemente,
después de haber pasado semanas enteras evitando a la joven; cuando la
veía a lo lejos como un ángel de alas brillantes--premio radioso cuya
vista lo excitaba a precipitarse hacia adelante--, sentía más que nunca
el peso de sus crueles cadenas.
Uno de esos accesos lo poseía en aquel momento, y el ardor de su pasión
hubiera bastado para que confiara _Relámpago_ a Dunstan antes que
defraudar aquel deseo, si otra razón más no hubiera para que tomara
parte en la cacería del día siguiente. Esa razón dependía de la
circunstancia de que la cita debía tener lugar cerca de Batterley, aldea
en que vivía su desgraciada esposa, cuya imagen se le hacía cada vez
más odiosa. Para la imaginación de Godfrey aquella mujer vagaba por
todos los alrededores. El yugo que un hombre se crea con sus malas
acciones, engendra el odio en las mayores naturalezas, y el alegre y
afectuoso Godfrey Cass se agriaba rápidamente. Crueles tentaciones lo
asediaban, pareciendo entrar y salir en su corazón como demonios que
habían encontrado en él alojamiento preparado.
¿Qué iba a hacer aquella tarde para pasar el tiempo? Al fin y al cabo,
¿por qué no iría a la taberna del _Arco Iris_ para ver qué se decía de
la riña de gallos? Todo el mundo iba allí, y, ¿en qué otra cosa podía
pasar el rato, bien que a él no le preocuparía nada aquella diversión?
La pequeña galga negra, que se había parado frente a él y lo había
mirado fijamente durante un buen rato, se impacientó y saltó a las
rodillas de su amo para recibir la caricia acostumbrada. Pero Godfrey la
rechazó sin mirarla y salió de la pieza. La perra lo siguió humildemente
y sin rencor, quizá porque no tenía otra cosa en perspectiva.