II

Es algunas veces difícil, aun a las personas cuya existencia ha sido

amplificada por la instrucción, el mantener con firmeza sus opiniones

sobre la vida, su fe en lo invisible, y el sentimiento que realmente les

causaran las alegrías y los pesares del pasado, cuando son bruscamente

trasladados a otro país.

Porque allí, las gentes que los rodean no saben nada a su respecto y no

comparten ninguna de sus ideas; allí, además, la madre tierra, presenta

otro seno, y la vida humana reviste otras formas que aquellas que

alimentaron sus corazones.

Las almas arrancadas a su antigua fe y a sus antiguos afectos, han

buscado quizá esa influencia del destierro, que, como el agua de Leteo,

borra el pasado. Ella lo torna confuso, porque aquellos símbolos se han

desvanecido, y también torna vago el presente, porque no lo sostiene

ningún recuerdo. Pero, ni aun la experiencia de esas almas les permite

figurarse claramente lo que sintió un simple tejedor como Silas Marner,

cuando abandonó su pueblo y sus amigos para irse a establecer a Raveloe.

Nada más distinto de su ciudad natal, situada en una de las faldas de

las colinas que se extendían a lo lejos, como aquella región baja y

boscosa, en que los cercos y los árboles de follaje espeso la ocultaban

a la vista del cielo.

Cuando se levantaba, en la tranquilidad profunda de la mañana, miraba

afuera las zarzas cubiertas de rocío, y las matas vigorosas de hierbas;

no veía nada que pudiese tener relación con aquella vida concentrada en

el Patio de la Linterna, aquella vida que antes era el santuario de las

altas dispensaciones en su favor. Los muros blanqueados; los pequeños

bancos, en que las personas que se tenía costumbre de ver entraban

evitando el roce de sus vestidos, y donde una primera vez bien conocida,

y luego otra y otra, hacían su pequeña oración, cada una en su tono

particular, pronunciando frases ocultas y familiares, como el amuleto

llevado sobre el corazón; el púlpito en que se postran, inclinándose

hacia un lado y otro, hojeando la Biblia según su costumbre, dispersaba

una doctrina incontestada; hasta las pausas entre las estrofas del

himno, mientras que se lo leía, y la elevación intermitente de la voz

durante el canto; todo eso había sido para Marner el camino de las

influencias divinas; era el alimento y el refugio de sus emociones

religiosas, el cristianismo y el reino de Dios en la tierra.

Un tejedor que encuentra frases difíciles de comprender en su libro de

himnos, no sabe nada de las abstracciones: es como el niño que nada sabe

del amor maternal, y no conoce más que un rostro y un seno hacia los

cuales tiende los brazos para buscar en ellos un refugio y alimento.

¿Y qué cosa podrá haber más distinta en aquel mundo del Patio de la

Linterna que aquel mundo de Raveloe? Pastores que parecían vivir la

ociosidad en medio de una abundancia descuidada; la gran iglesia

rodeada de un vasto cementerio, y que los aldeanos miraban vagando

delante de sus puertas durante los oficios; los cortijeros de rostro

rubicundo, los unos caminando lentamente por las calles; los otros

entrando a la taberna del _Arco Iris_, habitaciones en que los hombres

cenaban copiosamente y dormían de noche a la luz del hogar, y donde, las

mujeres parecían acopiar una provisión de ropa para la vida futura.

No había labios en Raveloe que pudieran dejar caer una palabra capaz de

despertar la fe adormecida de Marner, y hacer experimentar una sensación

de dolor.

En las primeras edades del mundo, como es sabido, se creía que cada

territorio estaba habitado y gobernado por sus propias divinidades. Así

es que un hombre que atravesara las alturas limítrofes, podía

encontrarse fuera del alcance de los dioses de su país, cuya presencia

estaba confinada en las corrientes de agua, en las colinas y en el seno

de los sotos, en cuyo seno había vivido desde su nacimiento. Y el pobre

Silas sentía algo que no carecía de parecido con los sentimientos de

esos hombres primitivos, cuando, impulsado por el miedo o por su humor

sombrío, huían de ese modo las miradas de una divinidad enemiga.

Le parecía que el poder en que había puesto en vano su confianza, en las

calles de su ciudad y en las reuniones piadosas, se encontraba muy lejos

de aquella tierra en que se había refugiado, en que los hombres vivían

despreocupados, en la abundancia, sin saber nada y sin sentir la

necesidad de aquella confianza que para él se había convertido en

amargura. Las pocas luces que poseía esparcían sus rayos tan débilmente,

que su creencia perdida formaba una niebla bastante espesa como para

formar en su alma las tinieblas de la noche.

Su primer movimiento, después del choque, fue ponerse a trabajar.

Después continuó en la labor sin remisión. Ahora ya no se preguntaba

para qué había ido a Raveloe; tejía hasta altas horas de la noche para

acabar la pieza de lienzo de mesa que le encargara la señora Osgood

antes de la fecha prometida, sin pensar en el dinero que se le daría por

su trabajo.

Parecía tejer como la araña, por instinto, sin reflexión. El trabajo que

todo hombre prosigue con asiduidad, tiende, de ese modo, a volverse un

fin por sí mismo, haciéndole salvar de este modo los vacíos sin

atractivos de su existencia. La mano de Silas se complacía en manejar la

lanzadera, y sus ojos se distraían al ver los pequeños cuadros del

tejido completarse bajo sus esfuerzos.

Además, había que satisfacer las exigencias del hambre, y Silas, en su

soledad, tenía que proporcionarse su desayuno, su almuerzo, y su comida,

ir a buscar agua al pozo y poner la olla sobre el fuego. Todas esas

necesidades imperiosas, junto con el trabajo en el telar, contribuían a

reducir su vida a la actividad ciega de un insecto tejedor. Odiaba la

idea del pasado, nada lo impulsaba a amar a los extraños en medio de los

cuales vivía, o asociarse con ellos; y el porvenir sólo era tinieblas,

porque ningún amor invisible pesaba en él. Sus pensamientos estaban

detenidos por una perplejidad completa, ahora que su camino estrecho de

antaño estaba cerrado, y sus efectos parecían haber sido aniquilados por

el golpe que había lacerado sus fibras más sensibles.

Por fin, el lienzo de mesa de la señora Osgood fue terminado, y Silas

recibió oro en pago. Su ganancia, en su ciudad natal, donde trabajaba

para un mayorista, era menos que en Raveloe; se le pagaba por semana, y

una gran parte de aquel salario hebdomadario se iba en obras de piedad y

de caridad. Ahora, por primera vez en su vida, le habían puesto cinco

hermosas guineas en la mano; nadie se proponía compartirlas con él, y él

no quería lo bastante a ningún hombre para ofrecerle una parte. Pero,

¿qué valor tenían las guineas ante los ojos de Marner, que no veía más

perspectiva que la de innumerables días de trabajo en su telar?

Era inútil que se hiciera esta pregunta, porque le era agradable

recibirlas en el hueco de su mano y mirar sus efigies brillantes. Eran

suyas por completo: constituían otro elemento de su existencia, análogo

al trabajo y a la satisfacción del hombre, un elemento de naturaleza

completamente extraño a la vida de creencia y de amor de que estaba

privado.

El tejedor había conocido el contacto del dinero penosamente ganado, aun

antes de que la palma de su mano se hubiera desarrollado por completo.

Durante años, el dinero misterioso había sido para él un símbolo de los

bienes terrenales y el objeto inmediato del trabajo.

Marner parecía estimarlo poco en los días en que cada penique tenía para

él su destino; porque ese destino, lo amaba entonces. Pero ahora que

todo objeto había desaparecido, aquel hábito de esperar el dinero y de

recibirle con el sentimiento del esfuerzo cumplido, formaba un suelo

bastante profundo para recibir las semillas del deseo; así fue que

Silas, al volver a su casa a través de los campos, durante el

crepúsculo, sacó el dinero de su bolsillo y le pareció que brillaba más

en la obscuridad creciente.

Por esta época se produjo un incidente que pareció hacer posibles las

relaciones amistosas entre él y sus vecinos. Un día que llevaba a

remendar un par de zapatos, vio a la mujer del zapatero sentada junto al

fuego, presa de los síntomas terribles de una enfermedad al corazón y de

la hidropesía, síntomas que Silas había observado en su propia madre, y

que habían sido los anunciadores de su muerte.

Aquella vista y aquel recuerdo le inspiraron un arranque de piedad.

Recordó el alivio que la enferma había sentido tomando una preparación

sencilla de digital, le prometió a Sally Oates que le llevaría algo que

le haría bien, puesto que las medicinas del doctor no la mejoraban. Al

hacer aquel acto de caridad, Silas sintió por primera vez, desde su

llegada a Raveloe, un sentimiento que, al unir su vida presente a su

vida pasada, hubiera podido comenzar a librarlo de aquella especie de

existencia de insecto, en que su naturaleza había degenerado.

Entretanto, la enfermedad de Sally Oates lo había elevado al rango de un

personaje muy interesante, muy importante en el vecindario, y el hecho

de que había mejorado bebiendo la droga de Silas, se volvió un tema

general de conversación. Cuando el doctor Kimble recetaba una medicina,

era natural que produjera su efecto; pero cuando un tejedor, que venía

no se sabe de dónde, hacía maravillas con un frasco de agua parda, el

carácter oculto del procedimiento se volvía evidente. No se había visto

nada parecido desde la muerte de la bruja de Tarley, y ésta lo mismo se

servía de drogas que de hechizos. Todos iban a verla cuando los niños

tenían convulsiones. Silas Marner debía ser una persona como ella;

porque, ¿cómo sabía lo que le devolvería la respiración a Sally Oates,

si no poseía algo más que eso? La bruja conocía palabras que murmuraba

muy despacio, de modo que no se le podía oír nada. Si al mismo tiempo

ataba un hilo encarnado alrededor del dedo gordo del pie del niño, éste

quedaba libre de la hidropesía del cerebro. Había además en Raveloe unas

mujeres que habían usado unas almohadillas de la bruja, atadas al

cuello, lo que dio por resultado que nunca tuvieran un hijo idiota como

el de Ana Coulter. Silas Marner era probablemente capaz de hacer otro

tanto, y aun más; ahora se veía muy bien por qué había venido de un país

desconocido, y por qué tenía una fisonomía tan rara. Pero era preciso

que Sally Oates no se lo fuera a decir al señor Kimble, porque el doctor

no tomaría a bien lo que había hecho Marner. Siempre estaba irritado

contra la bruja, y amenazaba a los que iban a consultarle con no

volverlos a asistir.

Silas se vio entonces bruscamente asaltado en su choza, ya sea por

madres que deseaban que, por medio de sortilegios, les curara la tos

convulsa a sus hijos, o que a ellas mismas les hiciera bajar la leche;

ya sea por hombres que necesitaban drogas contra los reumatismos o los

nudos en los dedos.

Para evitar una negativa, los solicitantes llevaban dinero en el hueco

de la mano.

Silas hubiera podido hacer un proficuo comercio con sus hechizos

supuestos y su pequeña lista de drogas; pero el dinero ganado de ese

modo no le tentaba.

Nunca había tenido malas inclinaciones, y con irritación creciente,

despedía a las gentes unas tras otras, porque la noticia de que era

brujo se había esparcido hasta Tarley; así es que transcurrió mucho

tiempo antes de que se dejara de hacer largos trayectos con el objeto de

pedirle ayuda.

Entonces, la esperanza en su poder oculto se convirtió en temor. No se

le creía absolutamente cuando afirmaba que no conocía hechizos, y que

no podía hacer curas, y toda persona, hombre o mujer, que tenía un

ataque o le ocurría un accidente después de haberse dirigido a él,

atribuía aquella desgracia a las miradas irritadas de maese Marner. De

modo que aquel movimiento de piedad por Sally Oates, que le había

inspirado un sentimiento efímero de fraternidad, aumentó la repulsión

que existía entre él y sus vecinos, volviendo más completo su

aislamiento.

Poco a poco las guineas, las coronas y las medias coronas se fueron

amontonando, y Marner fue sacando cada vez menos para sus necesidades,

tratando de resolver el problema de conservar bastantes fuerzas para

trabajar diez y seis horas diarias, gastando lo menos posible. ¿No hay

hombres que, encerrados en la soledad de una cárcel, han encontrado

alguna distracción en marcar el curso del tiempo en las paredes,

trazando líneas rectas de cierto largo, hasta que el aumento de esas

líneas, formando triángulos, se volviera en ellas un objeto

predominante? ¿No engañamos las horas de ocio o las impaciencias de la

espera repitiendo algún movimiento o algún sonido insignificante hasta

que esa repetición crea en nosotros una necesidad, que es el origen de

un hábito?

Eso nos ayudará a comprender cómo la costumbre de juntar dinero se

vuelve una pasión absorbente en aquellos hombres, cuya imaginación no

les muestra más objetivo que su tesoro cuando empiezan a aglomerarlo.

Marner deseaba ver las pilas de a diez formar un cuadrado, luego un

cuadrado más grande; y cada guinea agregada, siendo en sí misma una

satisfacción creaba un nuevo deseo. En este extraño mundo, que se había

vuelto para él un enigma indescifrable, hubiera podido, si hubiera

tenido una naturaleza menos ardiente, sentarse frente a su bastidor y

trabajar sin tregua, pensando en la realización de su propósito y de su

tela, hasta olvidar el enigma y todo lo demás, excepto, las sensaciones

del momento; pero el dinero había venido a dividir su trabajo en

períodos, y no solamente aquel dinero aumentaba, sino que se quedaba con

él. Comenzó a creer que el metal, lo mismo que el telar, tenía

conciencia de su poseedor, y por nada hubiera querido cambiar esas

monedas, que se habían vuelto sus íntimas, por otras de efigies

desconocidas.

Las apilaba, las contaba, hasta que su forma y su color produjeran en él

efecto agradable del aplacamiento de la sed. Sin embargo, sólo era por

la noche, cuando había concluido su trabajo, que las sacaba para gozar

de su compañía.

Había sacado unos ladrillos del suelo, debajo del telar, y había hecho

un agujero en el que colocó la olla de hierro que contenía las guineas y

las monedas de plata. Cubría los ladrillos con arena siempre que los

volvía a colocar en su sitio.

No era que la idea del robo se presentara a menudo o claramente a su

espíritu. En esa época, no era raro que en los distritos de provincia se

procediera como lo hacía Marner; era cosa sabida que había campesinos en

la parroquia de Raveloe, que guardaban sus economías en sus casas,

probablemente escondidas en sus colchones de lana; pero sus místicos

vecinos, bien que no fueran todos tan honrados como sus antecesores de

los tiempos del rey Alfredo, no tenían imaginación bastante atrevida

como para premeditar un robo con efracción. Y, ¿cómo hubiera podido

gastar el dinero en su aldea sin traicionarse? Se hubieran visto

obligados a fugarse, resolución tan ciega y tan temeraria como la de

viajar en globo.

Así, año tras año, Silas Marner había vivido en aquella soledad. Las

guineas habían ido aumentando en la olla de hierro, y su existencia se

había limitado y endurecido de más en más, hasta no ser más que una

simple pulsación del deseo y de la satisfacción, pulsación que no tenía

ninguna atinencia con ninguna otra criatura humana.

Su vida se había limitado a la acción de tejer y de atesorar, sin tener

ningún fin a que tendiera su acción. Este mismo género de transformación

lo han sufrido quizá hombres más instruidos, cuando han visto

desvanecerse su fe o su amor; sólo que en vez de concretarse a un oficio

y a un montón de guineas, han proseguido alguna investigación erudita,

algún plan ingenioso, o alguna teoría bien ingeniada.

El rostro y la estatura de Marner se contrajeron y se encorvaron de un

modo extraño y constante, para adaptarse mecánicamente a los objetos que

lo rodeaban, de modo que producía la misma impresión que una manija o un

tubo encorvado, accesorios que no significan nada cuando están separados

del objeto de que forman parte. Los ojos prominentes, que antes parecían

confiados y soñadores, se hubiese dicho ahora que no le habían sido dado

más que para ver una sola especie de cosa muy pequeña, como grano muy

menudo, que buscaban por todas partes; en fin, Marner estaba ajado y tan

amarillo, que, bien que no tuviera aún cuarenta años, los niños lo

llamaban siempre el «viejo Marner».

Sin embargo, aun en esta faz de decrepitud, ocurrió un incidente que

demostró que la savia del afecto no se había agotado por completo en su

corazón. Una de sus tareas cotidianas era ir a buscar agua a un pozo que

estaba algo apartado de su casa. Con ese objeto, desde su llegada a

Raveloe tenía un gran cántaro de barro pardo, que conservaba como el

utensilio más precioso que poseyera entre las comodidades muy escasas

que se había concedido. Ese cántaro había sido su compañero durante doce

años. Siempre había estado parado en el mismo sitio, y siempre le había

extendido el asa desde el amanecer, de suerte que la forma de aquel vaso

revestía a los ojos de Silas la expresión de una amabilidad solícita.

Además, el contacto del asa en la palma de la mano, le proporcionaba un

placer inseparable del de tener agua fresca y limpia.

Un día, al volver del pozo, tropezó contra la traviesa de una cerca, y

el cántaro de barro, al caer con fuerza sobre las piedras de la bóveda

de un foso, se rompió en tres pedazos. Silas los recogió y los llevó a

su casa muy apesadumbrado. El cántaro ya no podía servir; sin embargo,

armó los pedazos, y, como recuerdo, colocó aquella ruina en su sitio

acostumbrado.

Tal era la historia de Silas Marner hasta el decimoquinto año de su

estancia en Raveloe. Todo el día se lo pasaba sentado frente al

bastidor, con los oídos llenos de su ruido monótono, y los ojos pegados

al lento progreso del lienzo uniforme y plomizo. El movimiento de sus

músculos se repetía a intervalos tan iguales, que sus pausas parecían

ser una molestia casi tan grande como la detención de la respiración.

Pero por la noche venían sus delicias; por la noche cerraba los

postigos, trancaba las puertas y sacaba su oro. Desde hacía mucho tiempo

el montón se había vuelto demasiado grande para caber en la olla de

hierro, y había fabricado, para guardar las monedas, dos gruesas bolsas

de cuero, que no perdían sitio en su lugar de reposo, porque lo dúctil

de la envoltura las hacía adaptarse a todos los rincones.

¡Qué brillantes eran las guineas cuando corrían la abertura negra del

cuero! La plata no entraba más que en pequeña proporción, en el total de

la suma, comparada con el oro, porque las grandes piezas de tela que

formaban el trabajo principal de Silas, eran siempre pagadas en parte

con oro, y la plata la dedicaba a sus necesidades materiales, escogiendo

siempre los chelines, y los medios chelines para los gastos de esta

naturaleza.

Las guineas eran las que más le gustaban; pero no quería cambiar las

monedas grandes de plata; las coronas y las medias coronas que había

ganado él mismo, y que eran el fruto de su labor, también le agradaban.

Hacía montones con las monedas y hundía en ellos las manos; después las

contaba y formaba pilas regulares; apretaba la redondez de su contorno

entre el pulgar y los otros dedos, y pensaba con cariño en las guineas

que todavía estaban ganadas a medias con el tejido, como si fueran

criaturas que estuvieran por nacer; pensaba en las guineas que vendrían

lentamente en los años futuros, que vendrían durante su existencia, cuyo

curso se extendía muy lejos frente a él y cuyo fin estaba completamente

velado por innumerables días de trabajo.

¿Habría de qué sorprenderse de que su pensamiento estuviera siempre

absorto por su telar y su tesoro, cuando tenía que recorrer los campos y

los caminos para ir a llevar y traer trabajo, y que sus pasos ya no

vagaran por las orillas de los cercos, en busca de las plantas

familiares? Ellas también pertenecían a aquel pasado a que su vida se

había substraído. Así las aguas de un arroyo descienden mucho más abajo

de los bordes herbosos que limitan el antiguo ancho de su lecho, para

volverse el trémulo hilo de agua que se traga un surco en la arena

estéril.

Pero por el día de Navidad de ese decimoquinto año, otro grande

acontecimiento se produjo en la existencia de Marner, y su historia se

confundió de un modo singular con la vida de sus vecinos.

Silas Marner(#24823) · 第 7 / 26 题