Es algunas veces difícil, aun a las personas cuya existencia ha sido
amplificada por la instrucción, el mantener con firmeza sus opiniones
sobre la vida, su fe en lo invisible, y el sentimiento que realmente les
causaran las alegrías y los pesares del pasado, cuando son bruscamente
trasladados a otro país.
Porque allí, las gentes que los rodean no saben nada a su respecto y no
comparten ninguna de sus ideas; allí, además, la madre tierra, presenta
otro seno, y la vida humana reviste otras formas que aquellas que
alimentaron sus corazones.
Las almas arrancadas a su antigua fe y a sus antiguos afectos, han
buscado quizá esa influencia del destierro, que, como el agua de Leteo,
borra el pasado. Ella lo torna confuso, porque aquellos símbolos se han
desvanecido, y también torna vago el presente, porque no lo sostiene
ningún recuerdo. Pero, ni aun la experiencia de esas almas les permite
figurarse claramente lo que sintió un simple tejedor como Silas Marner,
cuando abandonó su pueblo y sus amigos para irse a establecer a Raveloe.
Nada más distinto de su ciudad natal, situada en una de las faldas de
las colinas que se extendían a lo lejos, como aquella región baja y
boscosa, en que los cercos y los árboles de follaje espeso la ocultaban
a la vista del cielo.
Cuando se levantaba, en la tranquilidad profunda de la mañana, miraba
afuera las zarzas cubiertas de rocío, y las matas vigorosas de hierbas;
no veía nada que pudiese tener relación con aquella vida concentrada en
el Patio de la Linterna, aquella vida que antes era el santuario de las
altas dispensaciones en su favor. Los muros blanqueados; los pequeños
bancos, en que las personas que se tenía costumbre de ver entraban
evitando el roce de sus vestidos, y donde una primera vez bien conocida,
y luego otra y otra, hacían su pequeña oración, cada una en su tono
particular, pronunciando frases ocultas y familiares, como el amuleto
llevado sobre el corazón; el púlpito en que se postran, inclinándose
hacia un lado y otro, hojeando la Biblia según su costumbre, dispersaba
una doctrina incontestada; hasta las pausas entre las estrofas del
himno, mientras que se lo leía, y la elevación intermitente de la voz
durante el canto; todo eso había sido para Marner el camino de las
influencias divinas; era el alimento y el refugio de sus emociones
religiosas, el cristianismo y el reino de Dios en la tierra.
Un tejedor que encuentra frases difíciles de comprender en su libro de
himnos, no sabe nada de las abstracciones: es como el niño que nada sabe
del amor maternal, y no conoce más que un rostro y un seno hacia los
cuales tiende los brazos para buscar en ellos un refugio y alimento.
¿Y qué cosa podrá haber más distinta en aquel mundo del Patio de la
Linterna que aquel mundo de Raveloe? Pastores que parecían vivir la
ociosidad en medio de una abundancia descuidada; la gran iglesia
rodeada de un vasto cementerio, y que los aldeanos miraban vagando
delante de sus puertas durante los oficios; los cortijeros de rostro
rubicundo, los unos caminando lentamente por las calles; los otros
entrando a la taberna del _Arco Iris_, habitaciones en que los hombres
cenaban copiosamente y dormían de noche a la luz del hogar, y donde, las
mujeres parecían acopiar una provisión de ropa para la vida futura.
No había labios en Raveloe que pudieran dejar caer una palabra capaz de
despertar la fe adormecida de Marner, y hacer experimentar una sensación
de dolor.
En las primeras edades del mundo, como es sabido, se creía que cada
territorio estaba habitado y gobernado por sus propias divinidades. Así
es que un hombre que atravesara las alturas limítrofes, podía
encontrarse fuera del alcance de los dioses de su país, cuya presencia
estaba confinada en las corrientes de agua, en las colinas y en el seno
de los sotos, en cuyo seno había vivido desde su nacimiento. Y el pobre
Silas sentía algo que no carecía de parecido con los sentimientos de
esos hombres primitivos, cuando, impulsado por el miedo o por su humor
sombrío, huían de ese modo las miradas de una divinidad enemiga.
Le parecía que el poder en que había puesto en vano su confianza, en las
calles de su ciudad y en las reuniones piadosas, se encontraba muy lejos
de aquella tierra en que se había refugiado, en que los hombres vivían
despreocupados, en la abundancia, sin saber nada y sin sentir la
necesidad de aquella confianza que para él se había convertido en
amargura. Las pocas luces que poseía esparcían sus rayos tan débilmente,
que su creencia perdida formaba una niebla bastante espesa como para
formar en su alma las tinieblas de la noche.
Su primer movimiento, después del choque, fue ponerse a trabajar.
Después continuó en la labor sin remisión. Ahora ya no se preguntaba
para qué había ido a Raveloe; tejía hasta altas horas de la noche para
acabar la pieza de lienzo de mesa que le encargara la señora Osgood
antes de la fecha prometida, sin pensar en el dinero que se le daría por
su trabajo.
Parecía tejer como la araña, por instinto, sin reflexión. El trabajo que
todo hombre prosigue con asiduidad, tiende, de ese modo, a volverse un
fin por sí mismo, haciéndole salvar de este modo los vacíos sin
atractivos de su existencia. La mano de Silas se complacía en manejar la
lanzadera, y sus ojos se distraían al ver los pequeños cuadros del
tejido completarse bajo sus esfuerzos.
Además, había que satisfacer las exigencias del hambre, y Silas, en su
soledad, tenía que proporcionarse su desayuno, su almuerzo, y su comida,
ir a buscar agua al pozo y poner la olla sobre el fuego. Todas esas
necesidades imperiosas, junto con el trabajo en el telar, contribuían a
reducir su vida a la actividad ciega de un insecto tejedor. Odiaba la
idea del pasado, nada lo impulsaba a amar a los extraños en medio de los
cuales vivía, o asociarse con ellos; y el porvenir sólo era tinieblas,
porque ningún amor invisible pesaba en él. Sus pensamientos estaban
detenidos por una perplejidad completa, ahora que su camino estrecho de
antaño estaba cerrado, y sus efectos parecían haber sido aniquilados por
el golpe que había lacerado sus fibras más sensibles.
Por fin, el lienzo de mesa de la señora Osgood fue terminado, y Silas
recibió oro en pago. Su ganancia, en su ciudad natal, donde trabajaba
para un mayorista, era menos que en Raveloe; se le pagaba por semana, y
una gran parte de aquel salario hebdomadario se iba en obras de piedad y
de caridad. Ahora, por primera vez en su vida, le habían puesto cinco
hermosas guineas en la mano; nadie se proponía compartirlas con él, y él
no quería lo bastante a ningún hombre para ofrecerle una parte. Pero,
¿qué valor tenían las guineas ante los ojos de Marner, que no veía más
perspectiva que la de innumerables días de trabajo en su telar?
Era inútil que se hiciera esta pregunta, porque le era agradable
recibirlas en el hueco de su mano y mirar sus efigies brillantes. Eran
suyas por completo: constituían otro elemento de su existencia, análogo
al trabajo y a la satisfacción del hombre, un elemento de naturaleza
completamente extraño a la vida de creencia y de amor de que estaba
privado.
El tejedor había conocido el contacto del dinero penosamente ganado, aun
antes de que la palma de su mano se hubiera desarrollado por completo.
Durante años, el dinero misterioso había sido para él un símbolo de los
bienes terrenales y el objeto inmediato del trabajo.
Marner parecía estimarlo poco en los días en que cada penique tenía para
él su destino; porque ese destino, lo amaba entonces. Pero ahora que
todo objeto había desaparecido, aquel hábito de esperar el dinero y de
recibirle con el sentimiento del esfuerzo cumplido, formaba un suelo
bastante profundo para recibir las semillas del deseo; así fue que
Silas, al volver a su casa a través de los campos, durante el
crepúsculo, sacó el dinero de su bolsillo y le pareció que brillaba más
en la obscuridad creciente.
Por esta época se produjo un incidente que pareció hacer posibles las
relaciones amistosas entre él y sus vecinos. Un día que llevaba a
remendar un par de zapatos, vio a la mujer del zapatero sentada junto al
fuego, presa de los síntomas terribles de una enfermedad al corazón y de
la hidropesía, síntomas que Silas había observado en su propia madre, y
que habían sido los anunciadores de su muerte.
Aquella vista y aquel recuerdo le inspiraron un arranque de piedad.
Recordó el alivio que la enferma había sentido tomando una preparación
sencilla de digital, le prometió a Sally Oates que le llevaría algo que
le haría bien, puesto que las medicinas del doctor no la mejoraban. Al
hacer aquel acto de caridad, Silas sintió por primera vez, desde su
llegada a Raveloe, un sentimiento que, al unir su vida presente a su
vida pasada, hubiera podido comenzar a librarlo de aquella especie de
existencia de insecto, en que su naturaleza había degenerado.
Entretanto, la enfermedad de Sally Oates lo había elevado al rango de un
personaje muy interesante, muy importante en el vecindario, y el hecho
de que había mejorado bebiendo la droga de Silas, se volvió un tema
general de conversación. Cuando el doctor Kimble recetaba una medicina,
era natural que produjera su efecto; pero cuando un tejedor, que venía
no se sabe de dónde, hacía maravillas con un frasco de agua parda, el
carácter oculto del procedimiento se volvía evidente. No se había visto
nada parecido desde la muerte de la bruja de Tarley, y ésta lo mismo se
servía de drogas que de hechizos. Todos iban a verla cuando los niños
tenían convulsiones. Silas Marner debía ser una persona como ella;
porque, ¿cómo sabía lo que le devolvería la respiración a Sally Oates,
si no poseía algo más que eso? La bruja conocía palabras que murmuraba
muy despacio, de modo que no se le podía oír nada. Si al mismo tiempo
ataba un hilo encarnado alrededor del dedo gordo del pie del niño, éste
quedaba libre de la hidropesía del cerebro. Había además en Raveloe unas
mujeres que habían usado unas almohadillas de la bruja, atadas al
cuello, lo que dio por resultado que nunca tuvieran un hijo idiota como
el de Ana Coulter. Silas Marner era probablemente capaz de hacer otro
tanto, y aun más; ahora se veía muy bien por qué había venido de un país
desconocido, y por qué tenía una fisonomía tan rara. Pero era preciso
que Sally Oates no se lo fuera a decir al señor Kimble, porque el doctor
no tomaría a bien lo que había hecho Marner. Siempre estaba irritado
contra la bruja, y amenazaba a los que iban a consultarle con no
volverlos a asistir.
Silas se vio entonces bruscamente asaltado en su choza, ya sea por
madres que deseaban que, por medio de sortilegios, les curara la tos
convulsa a sus hijos, o que a ellas mismas les hiciera bajar la leche;
ya sea por hombres que necesitaban drogas contra los reumatismos o los
nudos en los dedos.
Para evitar una negativa, los solicitantes llevaban dinero en el hueco
de la mano.
Silas hubiera podido hacer un proficuo comercio con sus hechizos
supuestos y su pequeña lista de drogas; pero el dinero ganado de ese
modo no le tentaba.
Nunca había tenido malas inclinaciones, y con irritación creciente,
despedía a las gentes unas tras otras, porque la noticia de que era
brujo se había esparcido hasta Tarley; así es que transcurrió mucho
tiempo antes de que se dejara de hacer largos trayectos con el objeto de
pedirle ayuda.
Entonces, la esperanza en su poder oculto se convirtió en temor. No se
le creía absolutamente cuando afirmaba que no conocía hechizos, y que
no podía hacer curas, y toda persona, hombre o mujer, que tenía un
ataque o le ocurría un accidente después de haberse dirigido a él,
atribuía aquella desgracia a las miradas irritadas de maese Marner. De
modo que aquel movimiento de piedad por Sally Oates, que le había
inspirado un sentimiento efímero de fraternidad, aumentó la repulsión
que existía entre él y sus vecinos, volviendo más completo su
aislamiento.
Poco a poco las guineas, las coronas y las medias coronas se fueron
amontonando, y Marner fue sacando cada vez menos para sus necesidades,
tratando de resolver el problema de conservar bastantes fuerzas para
trabajar diez y seis horas diarias, gastando lo menos posible. ¿No hay
hombres que, encerrados en la soledad de una cárcel, han encontrado
alguna distracción en marcar el curso del tiempo en las paredes,
trazando líneas rectas de cierto largo, hasta que el aumento de esas
líneas, formando triángulos, se volviera en ellas un objeto
predominante? ¿No engañamos las horas de ocio o las impaciencias de la
espera repitiendo algún movimiento o algún sonido insignificante hasta
que esa repetición crea en nosotros una necesidad, que es el origen de
un hábito?
Eso nos ayudará a comprender cómo la costumbre de juntar dinero se
vuelve una pasión absorbente en aquellos hombres, cuya imaginación no
les muestra más objetivo que su tesoro cuando empiezan a aglomerarlo.
Marner deseaba ver las pilas de a diez formar un cuadrado, luego un
cuadrado más grande; y cada guinea agregada, siendo en sí misma una
satisfacción creaba un nuevo deseo. En este extraño mundo, que se había
vuelto para él un enigma indescifrable, hubiera podido, si hubiera
tenido una naturaleza menos ardiente, sentarse frente a su bastidor y
trabajar sin tregua, pensando en la realización de su propósito y de su
tela, hasta olvidar el enigma y todo lo demás, excepto, las sensaciones
del momento; pero el dinero había venido a dividir su trabajo en
períodos, y no solamente aquel dinero aumentaba, sino que se quedaba con
él. Comenzó a creer que el metal, lo mismo que el telar, tenía
conciencia de su poseedor, y por nada hubiera querido cambiar esas
monedas, que se habían vuelto sus íntimas, por otras de efigies
desconocidas.
Las apilaba, las contaba, hasta que su forma y su color produjeran en él
efecto agradable del aplacamiento de la sed. Sin embargo, sólo era por
la noche, cuando había concluido su trabajo, que las sacaba para gozar
de su compañía.
Había sacado unos ladrillos del suelo, debajo del telar, y había hecho
un agujero en el que colocó la olla de hierro que contenía las guineas y
las monedas de plata. Cubría los ladrillos con arena siempre que los
volvía a colocar en su sitio.
No era que la idea del robo se presentara a menudo o claramente a su
espíritu. En esa época, no era raro que en los distritos de provincia se
procediera como lo hacía Marner; era cosa sabida que había campesinos en
la parroquia de Raveloe, que guardaban sus economías en sus casas,
probablemente escondidas en sus colchones de lana; pero sus místicos
vecinos, bien que no fueran todos tan honrados como sus antecesores de
los tiempos del rey Alfredo, no tenían imaginación bastante atrevida
como para premeditar un robo con efracción. Y, ¿cómo hubiera podido
gastar el dinero en su aldea sin traicionarse? Se hubieran visto
obligados a fugarse, resolución tan ciega y tan temeraria como la de
viajar en globo.
Así, año tras año, Silas Marner había vivido en aquella soledad. Las
guineas habían ido aumentando en la olla de hierro, y su existencia se
había limitado y endurecido de más en más, hasta no ser más que una
simple pulsación del deseo y de la satisfacción, pulsación que no tenía
ninguna atinencia con ninguna otra criatura humana.
Su vida se había limitado a la acción de tejer y de atesorar, sin tener
ningún fin a que tendiera su acción. Este mismo género de transformación
lo han sufrido quizá hombres más instruidos, cuando han visto
desvanecerse su fe o su amor; sólo que en vez de concretarse a un oficio
y a un montón de guineas, han proseguido alguna investigación erudita,
algún plan ingenioso, o alguna teoría bien ingeniada.
El rostro y la estatura de Marner se contrajeron y se encorvaron de un
modo extraño y constante, para adaptarse mecánicamente a los objetos que
lo rodeaban, de modo que producía la misma impresión que una manija o un
tubo encorvado, accesorios que no significan nada cuando están separados
del objeto de que forman parte. Los ojos prominentes, que antes parecían
confiados y soñadores, se hubiese dicho ahora que no le habían sido dado
más que para ver una sola especie de cosa muy pequeña, como grano muy
menudo, que buscaban por todas partes; en fin, Marner estaba ajado y tan
amarillo, que, bien que no tuviera aún cuarenta años, los niños lo
llamaban siempre el «viejo Marner».
Sin embargo, aun en esta faz de decrepitud, ocurrió un incidente que
demostró que la savia del afecto no se había agotado por completo en su
corazón. Una de sus tareas cotidianas era ir a buscar agua a un pozo que
estaba algo apartado de su casa. Con ese objeto, desde su llegada a
Raveloe tenía un gran cántaro de barro pardo, que conservaba como el
utensilio más precioso que poseyera entre las comodidades muy escasas
que se había concedido. Ese cántaro había sido su compañero durante doce
años. Siempre había estado parado en el mismo sitio, y siempre le había
extendido el asa desde el amanecer, de suerte que la forma de aquel vaso
revestía a los ojos de Silas la expresión de una amabilidad solícita.
Además, el contacto del asa en la palma de la mano, le proporcionaba un
placer inseparable del de tener agua fresca y limpia.
Un día, al volver del pozo, tropezó contra la traviesa de una cerca, y
el cántaro de barro, al caer con fuerza sobre las piedras de la bóveda
de un foso, se rompió en tres pedazos. Silas los recogió y los llevó a
su casa muy apesadumbrado. El cántaro ya no podía servir; sin embargo,
armó los pedazos, y, como recuerdo, colocó aquella ruina en su sitio
acostumbrado.
Tal era la historia de Silas Marner hasta el decimoquinto año de su
estancia en Raveloe. Todo el día se lo pasaba sentado frente al
bastidor, con los oídos llenos de su ruido monótono, y los ojos pegados
al lento progreso del lienzo uniforme y plomizo. El movimiento de sus
músculos se repetía a intervalos tan iguales, que sus pausas parecían
ser una molestia casi tan grande como la detención de la respiración.
Pero por la noche venían sus delicias; por la noche cerraba los
postigos, trancaba las puertas y sacaba su oro. Desde hacía mucho tiempo
el montón se había vuelto demasiado grande para caber en la olla de
hierro, y había fabricado, para guardar las monedas, dos gruesas bolsas
de cuero, que no perdían sitio en su lugar de reposo, porque lo dúctil
de la envoltura las hacía adaptarse a todos los rincones.
¡Qué brillantes eran las guineas cuando corrían la abertura negra del
cuero! La plata no entraba más que en pequeña proporción, en el total de
la suma, comparada con el oro, porque las grandes piezas de tela que
formaban el trabajo principal de Silas, eran siempre pagadas en parte
con oro, y la plata la dedicaba a sus necesidades materiales, escogiendo
siempre los chelines, y los medios chelines para los gastos de esta
naturaleza.
Las guineas eran las que más le gustaban; pero no quería cambiar las
monedas grandes de plata; las coronas y las medias coronas que había
ganado él mismo, y que eran el fruto de su labor, también le agradaban.
Hacía montones con las monedas y hundía en ellos las manos; después las
contaba y formaba pilas regulares; apretaba la redondez de su contorno
entre el pulgar y los otros dedos, y pensaba con cariño en las guineas
que todavía estaban ganadas a medias con el tejido, como si fueran
criaturas que estuvieran por nacer; pensaba en las guineas que vendrían
lentamente en los años futuros, que vendrían durante su existencia, cuyo
curso se extendía muy lejos frente a él y cuyo fin estaba completamente
velado por innumerables días de trabajo.
¿Habría de qué sorprenderse de que su pensamiento estuviera siempre
absorto por su telar y su tesoro, cuando tenía que recorrer los campos y
los caminos para ir a llevar y traer trabajo, y que sus pasos ya no
vagaran por las orillas de los cercos, en busca de las plantas
familiares? Ellas también pertenecían a aquel pasado a que su vida se
había substraído. Así las aguas de un arroyo descienden mucho más abajo
de los bordes herbosos que limitan el antiguo ancho de su lecho, para
volverse el trémulo hilo de agua que se traga un surco en la arena
estéril.
Pero por el día de Navidad de ese decimoquinto año, otro grande
acontecimiento se produjo en la existencia de Marner, y su historia se
confundió de un modo singular con la vida de sus vecinos.