I
En los tiempos en que las ruecas zumbaban activamente en las granjas, en
que las mismas grandes damas, vestidas de sedas y encajes, tenían sus
pequeñas ruecas de encina lustrada, a veces se veía, ya sea en los
caminos de los distritos apartados, ya sea en el seno profundo de las
colinas, a ciertos hombres pálidos y enclenques que, comparados con las
gentes vigorosas de los campos, parecían ser los últimos vestigios de
una raza desheredada.
El perro del pastor ladraba furioso cuando uno de esos hombres de
fisonomía extraña aparecía en las alturas, y su fisonomía extraña se
destacaba negra sobre el cielo, en el ocaso breve del sol de invierno;
porque, ¿a qué perro no incomoda una persona encorvada bajo el peso de
un fardo? Y aquellos hombres pálidos rara vez salían de su aldea sin
aquella carga misteriosa.
El propio pastor, bien que tuviera buenas razones para creer que la
bolsa sólo contenía hilo de lino, si no largas piezas de lienzo tejidas
con ese hilo, no estaba muy seguro de que aquel oficio de tejedor, por
indispensable que fuera, pudiera ejercerse sin el auxilio del espíritu
maligno.
En aquella época remota, la superstición acompañaba a todo individuo o a
todo hecho un tanto extraño. Y para que una cosa pareciera tal, bastaba
que se repitiera periódica o accidentalmente, como las visitas del
buhonero o del afilador.
Nadie sabía dónde vivían aquellos hombres errantes, ni de quién
descendían; y, ¿cómo podría decirse quiénes eran, a menos de conocer a
alguien que supiera quiénes eran su padre y su madre?
Para los campesinos de antaño, el mundo, más allá del horizonte de su
experiencia personal, era una región vaga y misteriosa. Para su
pensamiento, que se había quedado estacionario, una vida nómada era una
concepción tan obscura como la existencia, durante el invierno, de las
golondrinas que volvían en primavera. Pero el extranjero que se
establecía definitivamente entre ellos, si procedía de una región
lejana, no dejaba nunca de ser mirado con un resto de desconfianza. Esta
circunstancia hubiera hecho que las gentes no se sorprendieran
absolutamente, en el caso de que cometiera un crimen después de largos
años de conducta inofensiva, particularmente si tenía cierta reputación
de instruido, o si demostraba cierta habilidad en un oficio.
Todo talento, ya sea en el uso rápido de este instrumento de difícil
manejo, la lengua, ya sea en algún otro arte poco familiar a los
campesinos, era en sí mismo sospechoso; las gentes honradas, nacidas y
criadas bajo la vista de todos, no eran, por lo general, ni muy
instruidas ni muy hábiles--por lo menos su ciencia no se extendía más
allá de los signos del cambio del tiempo--, y los medios de adquirir
rapidez o habilidad en un arte cualquiera eran tan desconocidos, que
esos talentos parecían tener algo de sortilegio. De ahí que esos
tejedores dispersos--emigrados de la ciudad al campo--, eran
considerados durante toda su vida como extranjeros por sus vecinos
campesinos, y contraían generalmente los hábitos excéntricos, inherentes
a una existencia solitaria.
En los primeros años del siglo pasado, uno de esos tejedores, llamado
Silas Marner, ejercía su profesión en una choza construida de piedra,
situada en medio de cercos de avellanos, cerca de la aldea de Raveloe, y
no lejos de los bordes de una cantera abandonada. El ruido vago de su
telar, tan diferente del trote natural y alegre de la máquina de cerner
o del ritmo más simple del trillo de mano, ejercía un encanto casi
terrible sobre los chicos de Raveloe, que con frecuencia dejaban de ir a
recoger avellanas o buscar nidos, para ir a mirar por la ventana de la
choza. El movimiento misterioso del telar les inspiraba cierto temor
respetuoso; sin embargo, ese temor era compensado por un sentimiento
agradable de superioridad desdeñosa que sentían, burlándose de los
ruidos alternados de la máquina, así como del tejedor, cuya actitud se
parecía a la del preso empleado en el molino de la disciplina.
A veces sucedía que Marner, al detenerse para arreglar algún hilo
irregular, notaba la presencia de los chicuelos. Aunque fuera avaro de
su tiempo, le desagradaba tanto que lo importunaran aquellos intrusos,
que bajaba de su telar, abría la puerta y fijaba en ellos una mirada que
bastaba siempre para nacerlos huir asustados. Porque, ¿cómo podrían
creer que aquellos ojos negros y saltones del pálido rostro de Silas
Marner no vieran en realidad claramente más que los objetos muy
próximos? ¿Cómo no creer más probable, que su mirada fija y espantosa
pudiera darle un calambre, el raquitismo a todo niño que se quedara
atrasado?
Quizá les habían oído decir a sus padres, a medias palabras, que Silas
Marner podía curar el reumatismo si quería, y agregar, más
misteriosamente aún, que, si se sabía captarse a aquel diablo, podía
evitar los gastos de médico.
Tales ecos extraños y retardados del antiguo culto del demonio podrían
ser notados todavía en nuestros días por quien escuchara hablar a los
campesinos de cabellos blancos; porque el espíritu inculto asocia
difícilmente la idea de poder con la bondad.
La concepción obscura de un poder del que se puede conseguir, mediante
mucha persuasión, que se abstenga de hacer daño, es la forma que el
sentimiento de lo invisible crea más fácilmente en el espíritu de los
hombres que han estado siempre más urgidos por las primeras necesidades,
y cuya vida de duro trabajo no ha sido nunca iluminada por el entusiasmo
de ninguna fe religiosa.
El dolor y el infortunio ofrecen a esas gentes un dominio de
posibilidades mucho más vasto que el de la alegría y el placer; el campo
de su imaginación es casi estéril en imágenes que alimenten los deseos y
las esperanzas, mientras que está cubierto de recuerdos que son el
eterno pasto del temor. «¿No existe alguna cosa que os agradaría
comer?», le preguntaron a un viejo campesino que estaba muy enfermo y
que había rechazado todos los alimentos que su mujer le había ofrecido.
«No--contestó--, nunca he estado acostumbrado más que al alimento
ordinario; y ya no lo puedo comer.» Su género de vida no había
despertado en él ningún deseo de evocar el fantasma del apetito.
Y Raveloe era un lugar en que muchos antiguos ecos se habían retrasado,
sin que los ahogaran las voces nuevas. No es que fuera una de esas
parroquias estériles, relegadas en los confines de la civilización, en
las que vivían los flacos carneros y escasos pastores. Por el contrario,
era una aldea situada en la rica llanura central del país que nos
complacemos en llamar la Alegre Inglaterra, en la que había granjas que,
consideradas del punto de vista espiritual, pagaban al clero diezmos muy
deseables. Pero estaba situado en una hondonada tranquila y poblada de
bosques, a una buena hora de todo camino para jinetes, en un sitio a que
no podían llegar ni los toques del cuerno de la diligencia, ni los ecos
de la opinión pública.
Era Raveloe una aldea de aspecto importante, en el corazón de la cual se
alzaban una bella y antigua iglesia, con un vasto cementerio, así como
dos o tres grandes edificios construidos de piedra y ladrillo, cuyos
techos estaban adornados con veletas y los huertos bien cercados de
paredes. Esas habitaciones estaban situadas junto al camino, y sus
fachadas se erguían con más majestad que el presbiterio, cuya cima
emergía en medio de los árboles, del otro lado del cementerio. Raveloe
era una parroquia que indicaba en seguida la categoría de sus
principales habitantes. Informaba al ojo experimentado que no había gran
parque ni castillo en el vecindario, pero que contaba con varios jefes
de familia que podían, a su capricho, malbaratar sus tierras, sacando,
sin embargo, en aquellos tiempos de guerra, bastante dinero de su mala
explotación, como para llevar vida holgada y celebrar alegremente las
fiestas de Navidad, de la de Pentecostés y de Pascuas. Hacía ya quince
años que Silas Marner vivía en Raveloe. No era, cuando allí llegó, más
que un joven pálido, de ojos negros, salientes y miopes, cuya fisonomía
no hubiera tenido nada de extraño para gentes de cultura y experiencia
comunes; pero para los campesinos, entre los que había ido a
establecerse, tenía algo de particular y misterioso que respondía a la
naturaleza excepcional de su profesión, y a su llegada de una región
desconocida, llamada «el norte».
Lo propio pasaba con su modo de vivir; no invitaba nunca a nadie a que
salvara su umbral, y no salía nunca a vagar por la aldea para beber un
jarro de cerveza en la taberna del _Arco Iris_ o charlar en casa del
carretonero.
No buscaba nunca a hombre ni a mujer como no fuera para las necesidades
de su profesión, o a fin de proporcionarse lo que necesitaba, y las
mozas de Raveloe pronto se persuadieron de que jamás obligaría a ninguna
a casarse con él contra su voluntad, tal cual si las hubiera oído
declarar que no se casarían nunca con un muerto resucitado.
Esta manera de considerar la persona de Marner no era otro motivo que la
palidez de su rostro y sus ojos singulares, porque Jacobo Rodney, el
matador de topos, afirmaba lo que sigue: Una tarde, al volver a su casa,
había visto a Silas apoyado contra una cerca, con el pesado fardo al
hombro, en lugar de colocarlo sobre la cerca, como hubiera hecho un
hombre que estuviera en su juicio; después, al acercarse, vio que los
ojos del tejedor estaban inmóviles como los de un muerto; en seguida le
habló, lo sacudió y notó que sus miembros estaban rígidos, y que las
manos apretaban el saco como si fuesen de hierro; pero, precisamente en
el momento en que acababa de convencerse de que Marner estaba muerto,
éste recobró sus sentidos, le dio las buenas noches y se marchó.
Rodney juraba que había sido testigo de todo esto; y era tanto más
creíble cuanto que agregaba que la cosa había sucedido el mismo día en
que había ido a cazar topos en la sierra del squire Gass, allá cerca del
viejo foso de los aserradores.
Algunas personas decían que Marner debía haber tenido un «ataque»,
palabra que parecía explicar cosas de otro modo increíbles; pero el
señor Macey, gran argumentador y chantre de la parroquia, sacudía la
cabeza con incredulidad, y preguntaba si se había visto nunca a nadie
perder sus facultades sin que rodara al suelo. Un ataque era una
parálisis, no cabía duda, y era propio de la parálisis privar en parte a
un individuo del uso de sus miembros, quedando a cargo de la parroquia,
si no tenía hijos para ir en su ayuda.
No, no; una parálisis no deja a un hombre firme sobre las piernas, como
un caballo entre las varas de un carro, ni le dejaría luego marcharse,
así que se le pudiera decir «¡arre!» Pero quizá hubiera algo así como
que el alma del hombre, que se librara del cuerpo, saliera y entrara, lo
mismo que un pájaro que sale y vuelve a su nido. Así era como las gentes
se volvían muy instruidas, porque libres entonces de su envoltura
corporal iban a la escuela de los que podían enseñarles más cosas de las
que sus vecinos podían aprender con ayuda de sus cinco sentidos y del
pastor. Y, ¿dónde había adquirido maese Marner su conocimiento de las
plantas y también el de los hechizos, cuando se le ocurría darlos? No
había nada en lo que contaba Jacobo Rodney capaz de sorprender a los que
habían visto cómo Marner había curado a Sally Oates, y la había hecho
dormir como un niño, cuando el corazón de aquella mujer latía como para
partirle el pecho desde hacía dos meses y más que la asistía el doctor.
Marner era capaz de curar otras personas si quería; en todo caso era
bueno hablarle, con suavidad, siquiera para evitar que hiciera daño.
A ese temor vago debía Marner en parte el estar al abrigo de las
persecuciones que su singularidad hubiera podido atraerle; pero más aún
lo debía a una circunstancia particular. El viejo tejedor de Tarley,
parroquia próxima a Raveloe, había muerto; por lo tanto, la profesión de
Silas, cuando se estableció, hizo que fuera el bien venido para las más
ricas señoras de los alrededores, y aun para las campesinas más
previsoras, que tenían, al fin del año, su pequeña provisión de hilo.
La utilidad que le reconocían, hubiera neutralizado toda repugnancia o
toda sospecha a su respecto, que no fuera conformada por falta en la
calidad o cantidad del tejido que les hacía.
Transcurrieron los años sin producir ningún cambio en la impresión que
causara en los vecinos, a no ser el paso de la novedad a la costumbre.
Al cabo de quince años, las gentes de Raveloe decían de Marner
exactamente las mismas cosas que al principio; no las decían tan a
menudo, pero creían tan firmemente en ellas cuando les acontecía
decirlas. Los años sólo habían agregado un hecho importante, a saber:
que maese Marner había juntado en algunas partes una bonita suma de
dinero, y que si quisiera podría comprar los bienes de los que se daban
más importancia que él.
Pero, mientras que la opinión pública había permanecido casi
estacionaria a su respecto, y que los hábitos cotidianos no habían
presentado cambios apreciables, la vida interior del tejedor había
tenido su historia o su metamorfosis, como la vida interior de toda
naturaleza ardiente, que ha buscado la soledad o que ha sido condenada a
ella, debe tener necesariamente la suya. Su existencia, antes de su
llegada a Raveloe, había estado llena por el movimiento, la actividad
del espíritu y las relaciones íntimas que en ese tiempo, como en
nuestros días, distinguían la existencia de un artesano incorporado
desde temprano en una secta religiosa, de miras estrechas, en que el
laico más pobre tiene probabilidades de hacerse notar por el talento o
la palabra, y en la que por lo menos influye su voto silencioso en el
gobierno de la comunidad.
Marner era muy estimado por aquel pequeño mundo que, para sus miembros,
constituía el Patio de la Linterna. Se le consideraba como un joven de
vida ejemplar y de una fe ardiente; y un interés popular se había
concentrado siempre en él, después que en una reunión piadosa había
caído en un estado misterioso de rigidez y de insensibilidad, estado en
que había permanecido una hora o más, y que había creído fuera la
muerte.
Si se hubiera tratado de darle a aquel fenómeno una explicación médica,
aquello hubiera sido considerado por el mismo Silas, por el pastor y los
demás miembros de la congregación, como un abandono voluntario del
significado espiritual, que podía explicar el hecho. Silas era
evidentemente un hermano elegido para un ministerio particular, y bien
que los esfuerzos para interpretar su naturaleza fueran desalentados por
la ausencia de toda visión espiritual durante su éxtasis exterior, sin
embargo, creía como los demás que el resultado se manifestaba en su alma
por un aumento de luz y de fervor.
Un hombre menos sincero que Marner se hubiera sentido tentado a crear
en seguida una visión que tuviera apariencias de remembranza, y un
espíritu menos sano hubiera podido creer en semejante creación. Pero
Silas era a la vez sano de espíritu y honrado; sólo que en él, como en
muchos hombres fervientes y sinceros, la cultura intelectual no había
trazado un curso particular al sentimiento religioso, de manera que éste
se esparcía por la vía reservada a la investigación y a la ciencia.
Había heredado de su madre un cierto conocimiento de las plantas
medicinales y de su preparación, pequeño caudal de sabiduría que ella le
había transmitido como un legado solemne. Sin embargo, desde hacía
algunos años tenía dudas respecto al derecho de usar de aquella ciencia,
creyendo que las plantas no podían hacer ningún efecto sin el rezo y que
el rezo debía bastar sin las plantas; así es que sus delicias
hereditarias de vagar por los campos para recoger la digital, el acónito
y el mastuerzo, comenzaron a revestir ante sus ojos las formas de la
tentación.
Entre los miembros de su iglesia se encontraba un joven algo mayor que
él, con el que vivía desde hacía tiempo en una amistad tan íntima, que
los hermanos del Patio de la Linterna tenían la costumbre de llamarlos
David y Jonatás. El verdadero nombre de ese amigo era William Dane. El
era considerado igualmente como un modelo de piedad juvenil, bien que
estuviera dispuesto a mostrarse un tanto severo con los hermanos más
jóvenes que él, y a deslumbrarse tanto con sus propias luces, que se
creía más sabio que sus maestros.
Pero, sea cuales fueran las imperfecciones que otros descubrieran en
William, en el espíritu de su amigo era perfecto, porque Marner era una
de esas naturalezas impresionables y que dudan de sí mismas que, en la
edad de corta experiencia, admiran la autoridad y se forman un apoyo en
la contradicción.
La expresión de sencillez confiada de la fisonomía de Marner--expresión
realzada por la ausencia de observación propia, por la mirada sin
defensa, mirada de ciervo, que pertenece a los grandes ojos
prominentes--formaba un contraste chocante con la represión voluntaria
de la satisfacción interior, que se disimulaba apenas en los pequeños
ojos oblicuos y en los labios contraídos de William Dane. Uno de los
temas de la conversación más frecuente entre los dos amigos, era la
certidumbre de esa salvación: Silas confesaba que no podía llegar nunca
más que una mezcla de esperanza y de temor, y escuchaba a William con
una admiración llena de deseo, cuando éste declaraba que había tenido
siempre la convicción inquebrantable de su salvación, desde que en la
época de su conversación, había soñado que las palabras «llamado y sin
duda elegido» se presentaban ante sus ojos sobre una página blanca de la
Biblia abierta. Diálogos así han ocupado a más de una pareja de
tejedores, de rostro pálido, cuyas almas incultas parecían pequeñas
criaturas recientemente aladas, revoloteando abandonadas en el
crepúsculo.
Habíale parecido al confiado Silas que su amistad no se había enfriado,
aun después que un nuevo afecto, de naturaleza más íntima, había brotado
en su corazón.
Desde hacía algunos meses estaba comprometido con una joven sirvienta y
los dos no esperaban para casarse más que el momento en que sus
economías fueran bastante grandes. Silas tenía vivo placer en que Sara
no hiciera ninguna objeción a la presencia accidental de William durante
sus entrevistas de los domingos. Fue en esa época de su vida que tuvo
lugar el ataque de catalepsia durante la reunión piadosa. Entre las
preguntas y las muestras de interés que los miembros de la congregación
le dirigieron o le expresaron, sólo la opinión sugerida por William
estuvo en desacuerdo con la simpatía general, demostrada a un hermano
así elegido para un ministerio particular. Hizo observar que, a su
entender, aquel éxtasis más bien se parecía a una manifestación de
Satanás, que a una prueba del favor divino, y exhortó a su amigo a que
buscara si no ocultaba nada maldito en su corazón.
Silas, sintiéndose obligado a aceptar la censura y la advertencia como
un servicio fraternal, no tuvo ningún resentimiento. Sólo sintió al ver
las dudas que William alimentaba a su respecto. A esto vino a agregarse
una cierta inquietud, cuando descubrió que la conducta de Sara para con
él comenzaba a traicionar una extraña fluctuación: ora hacía esfuerzos
para demostrarle mayor afecto, ora dejaba notar signos involuntarios de
repulsión y de hastío. Silas le preguntó si deseaba romper su
compromiso; pero ella dijo que no; el compromiso era conocido en la
iglesia y había sido confirmado en las reuniones piadosas. Para romperlo
hubiera sido necesario hacer una encuesta severa, y Sara no tenía
ninguna razón que dar, que pudiera ser sancionada por el sentimiento de
la comunidad.
Por esa época, el decano de los diáconos cayó gravemente enfermo. Como
era viudo y sin hijos fue cuidado noche y día por los hermanos y
hermanas más jóvenes de la comunidad. Silas y William iban con
frecuencia a velar durante la noche, reemplazando el uno al otro a las
dos de la mañana. El anciano, contra lo que todos creían, parecía estar
en vías de salvarse, cuando una noche Silas, sentado a la cabecera del
enfermo, notó que la respiración de éste, que era generalmente
perceptible, había cesado. La vela estaba casi consumida; tuvo que
incorporarse para ver claramente el rostro del diácono. Aquel examen lo
persuadió de que el anciano estaba muerto, muerto desde hacía algún
rato, porque sus miembros estaban rígidos.
Silas se preguntó si no se habría dormido y miró el reloj; eran ya las
cuatro de la mañana. ¿Cómo era que William no había ido? Lleno de
inquietud fue a buscar socorro.
Muy luego, varios amigos, y entre ellos el pastor, se encontraron
reunidos en la casa. Por su parte, Silas volvió a su casa, sintiendo no
haber encontrado a William para saber el motivo de su ausencia. Pero a
eso de las seis de la mañana, cuando pensaba en ir a buscar a su amigo,
llegó William, y el pastor junto con él.
Iban a invitar a Marner para que fuera al Patio de la Linterna, a la
asamblea de los miembros de la congregación.
Como preguntara la causa de aquella convocatoria, se le dijo
simplemente: «Ahora lo sabréis».
No se pronunció una palabra más, antes de que Silas estuviera sentado en
la sacristía, frente al pastor y bajo las miradas fijas y solemnes de
aquellos que, ante sus ojos, representaban al pueblo de Dios.
Entonces el pastor, sacando un cuchillo del bolsillo, se lo mostró a
Silas, preguntándole si recordaba dónde había dejado aquel cuchillo.
Silas respondió que no recordaba haberlo dejado en otra parte más que en
su bolsillo; sin embargo, aquella extraña interrogación lo hizo
estremecer.
Se le exhortó a que no ocultara su pecado, y que lo confesara y
arrepintiera. El cuchillo había sido encontrado cerca del difunto
diácono, en el sitio en que había depositado la bolsa que contenía el
dinero de la iglesia, y que el propio pastor había visto el día
precedente. Alguien se había llevado la bolsa, y, ¿quién podía ser, sino
aquél a quien pertenecía el cuchillo? Durante un rato Silas permaneció
mudo de sorpresa. Después dijo:
--Dios me justificará; nada sé respecto de la presencia de mi cuchillo
en ese sitio, ni de la desaparición del dinero. Registradme, registrad
mi casa: no encontraréis más que tres libras esterlinas y cinco
chelines, fruto de mis economías, suma que poseo desde hace seis meses,
como William lo sabe.
Al oír estas palabras, William produjo un murmullo de desaprobación;
pero el pastor le dijo a Silas:
--Las pruebas para vos son aplastadoras, mi hermano Marner. El dinero ha
sido sacado esta noche, y no había más persona que vos junto a nuestro
hermano difunto; porque William Dane nos ha declarado que una
indisposición repentina le impidió ir a reemplazaros, como de costumbre.
Vos mismo declarasteis que no había ido, y además, abandonasteis el
cuerpo del difunto.
--Es forzoso que me haya dormido--dijo Silas--, o bien que haya estado
bajo la influencia de una manifestación espiritual parecida a aquella de
que fui objeto ante los ojos de todos vosotros, de modo que el ladrón
debe haber entrado y salido mientras yo no estaba en mi cuerpo; pero sí
mi cuerpo. Sin embargo, lo repito otra vez; buscad en mi casa, porque no
he ido a otra parte.
Se hizo el registro, el cual terminó con el descubrimiento que hizo
Silas de la bolsa vacía y escondida tras de la cómoda, en el cuarto de
Silas. Después de esto, William exhortó a su hermano a confesar su
falta, y a no ocultarla más largo tiempo. Silas dirigió a su amigo una
mirada de vivo reproche, diciéndole:
--William, desde hace nueve años que vivimos juntos, ¿me habéis oído
nunca decir una mentira? Pero Dios me justificará.
--Mi hermano--le dijo William--, ¿cómo hubiera podido saber lo que
habéis hecho en las celdas secretas de nuestro corazón, para darle a
Satanás ventajas sobre vos?
Silas miraba a su amigo. De pronto un vivo sonrojo se esparció por su
rostro, e iba a hablar con impetuosidad, cuando una conmoción interior,
que disipó aquel sonrojo y le hizo temblar, pareció detenerle de nuevo.
En fin, dijo con voz débil, mirando fijamente a William:
--Ahora me acuerdo, el cuchillo no estaba en mi bolsillo.
William respondió:
--No sé lo que queréis decir.
Entretanto, las otras personas presentes se pusieron a preguntar a Silas
Marner dónde, según él, se encontraba el cuchillo; pero no quiso dar
otra explicación. Agregó solamente:
--Estoy cruelmente herido, no puedo decir nada. Dios me justificará.
La asamblea, de regreso en la sacristía, deliberó nuevamente. Toda
apelación a las medidas legales, con el fin de establecer la
culpabilidad de Silas, era contraria a los principios de la iglesia del
Patio de la Linterna. Según esos principios, era prohibido recurrir a la
justicia contra los cristianos, aun cuando el hecho resultara menos
escandaloso para la comunidad. Sin embargo, era obligación de sus
miembros el tomar otras medidas a fin de descubrir la verdad, y
resolvieron orar y «echar la suerte».
Esta resolución sólo sorprenderá a las personas extrañas a esa obscura
vida religiosa que se desarrolla en las callejuelas de nuestras
ciudades. Silas se arrodilló junto con sus hermanos, contando con la
intervención directa de la divinidad para probar su inocencia; pero
sintiendo que, a pesar de todo, tendría que sufrir aflicciones y
dolores, y que su confianza en la humanidad acababa de ser cruelmente
herida. La suerte declaró que Silas Marner era culpable. Fue solamente
excluido de la secta, y se le compelió a devolver el dinero robado; sólo
cuando confesara su falta, en señal de arrepentimiento, podría ser
recibido de nuevo en el seno de la Iglesia. Marner escuchó en silencio.
Por último, cuando todos se levantaron para marcharse, Silas se adelantó
hacia William Dane, y, con voz que la agitación hacía temblar, dijo:
--La última vez que me serví de mi cuchillo, lo recuerdo bien, fue para
cortaros una tira de lienzo. No recuerdo haberlo vuelto a mi bolsillo.
Sois vos quien habéis robado el dinero y urdido un complot para
atribuirme ese pecado. Pero a pesar de eso podréis prosperar; no existe
un Dios de justicia que gobierne la tierra con equidad; sólo existe un
Dios de mentira, que da falsos testimonios contra el inocente.
Aquella blasfemia produjo una impresión de horror general.
William dijo con humildad:
--Dejo a mis hermanos la tarea de que juzguen si ésta es o no la voz de
Satanás. Sólo puedo rogar por vos, Silas.
El pobre Marner salió con esta desesperación en el alma; con este
desengaño en la confianza puesta en Dios y en la humanidad, que casi
raya en la locura de una naturaleza afectuosa. Con el corazón
amargamente herido, se dijo: «Ella también me rechazará». Y pensó que si
Sara no creía en el testimonio dado contra él, toda la fe de aquella
joven tenía que subvertirse como la suya.
Para las personas acostumbradas a razonar respecto de las formas que sus
sentimientos religiosos han revestido, es difícil darse cuenta de ese
estado simple y natural en que la forma y el sentimiento no han sido
separados nunca por un acto de reflexión. Nos sentimos inevitablemente
inclinados a creer que un hombre, en la situación de Marner, hubiera
comenzado por poner en duda la validez de un llamamiento hecho a la
justicia divina tirando a la suerte. Pero no hubiera sido para él un
esfuerzo de libre pensamiento tal como jamás lo había intentado; y
hubiera tenido que hacer ese esfuerzo en un momento en que toda su
energía se hallaba absorbida por las angustias de su fe perdida. Si hay
un ángel que registre los dolores y los pecados de los hombres, tiene
que saber cuán numerosos e intensos son los pesares que causan las ideas
falsas, de que nadie es culpable.
Marner se volvió a su casa. Durante un día entero permaneció sentado,
solo, aturdido por la desesperación, sin sentir ningún deseo de ir a ver
a Sara para tratar de hacerle creer en su inocencia.
El segundo día, buscó un refugio contra la incredulidad que lo
amodorraba, sentándose en su telar y poniéndose a trabajar sin reposo,
como de costumbre.
Pocas horas después, el pastor, acompañado por uno de los diáconos, iba
a llevarle un mensaje de Sara, informándole que ella consideraba roto su
compromiso con él. Silas recibió el mensaje en silencio. Apartando en
seguida la mirada que había fijado en los mensajeros, volvió a ponerse
al trabajo.
Al cabo de un mes Sara casó con William Dane, y muy luego, los hermanos
del Patio de la Linterna supieron que Silas Marner había abandonado la
ciudad.