No tardó en esparcirse por todo el lugar la voz de que la hija del
pescador había sido asesinada.
Así pues, el egoísta, torpe y díscolo Momo, que ayudado de su espíritu
hostil e instintos egoístas creyó realidad lo que vio en el teatro, no
sólo había hecho un viaje inútil, por no haber cumplido su comisión,
sino que indujo en el terror, en que su torpeza indócil le hizo caer, a
todas aquellas buenas gentes.
La cara de don Modesto se le alargó dos pulgadas.
El cura dijo una misa por el alma de María.
Ramón Pérez ató un lazo negro a su guitarra.
_Rosa Mística_ dijo a don Modesto:
--¡Dios la haya perdonado! Bien dije yo que acabaría mal. Usted
recordará que por más que procuraba yo guiarla a la derecha, ella
siempre tiraba a la izquierda.
La tía María, calculando que en vista de la catástrofe no le sería
posible a don Federico venir por entonces, se decidió a confiar la cura
del tío Pedro a un médico joven que había reemplazado a Stein en
Villamar.
--No fío de su ciencia--le decía a don Modesto, que se le recomendaba--;
no sabe recetar más que aguas cocidas, y no hay cosa que debilite más el
estómago. Por alimento manda caldo de pollo; ahora ¿me querrá usted
decir las fuerzas que podrá reponer semejante bebistrajo? Todo está
trastornado, mi comandante; pero deje usted que pase un poco de tiempo
y, desengañados, se volverán a lo que la experiencia de muchos siglos ha
acreditado de bueno; que al cabo de los años mil, vuelven las aguas por
donde solían ir. Lo que atrevidas manos echaron abajo, el tiempo lo
levantará; pero después de haber echado algunas almas a su perdición y
enviado muchos cuerpos al hoyo.
El médico halló al tío Pedro tan grave, que declaró ser necesario el
prepararlo.
_Prepararse a la muerte_ es, en el lenguaje católico, ponerse en estado
de gracia, esto es, zanjar sus cuentas en la tierra, haciendo el bien y
deshaciendo el mal, en cuanto a nuestro alcance esté, tanto en el orden
de las cosas eternas, como en el de las temporales, y granjear así, con
la oración y el arrepentimiento, la clemencia de Dios en favor de
nuestras almas.
Si damos esta definición de una cosa tan sabida y cotidiana, es no sólo
porque es factible que caiga esta relación en manos de algunos que no
pertenezcan al gremio de nuestra santa religión católica, sino porque
hemos visto muchos que no consideran esta santa práctica bajo todas sus
grandes y magníficas fases.
La tía María se echó a llorar amargamente al oír aquel fallo; llamó a
Manuel y le encargó que fuese a notificárselo al enfermo, con todas las
precauciones debidas, pues ella no se sentía con ánimo para hacerlo.
Manuel entró en el cuarto del paciente.
--¡Hola, tío Pedro!--le dijo--, ¿cómo vamos?
--Vamos para abajo, Manuel--contestó el enfermo--; ¿quieres algo para el
otro mundo?, dilo pronto, que estoy levando el ancla, hijo.
--¡Qué!, tío Pedro, no está usted en ese caso. Ha de vivir. Usted más
que yo. Pero... como dice el refrán que hacienda hecha no estorba...,
quiere decir...
--No digas más, Manuel--repuso el tío Pedro sin alterarse. Dile a tu
madre que dispuesto estoy. Ya ha tiempo que veo venir este trance y no
pienso más que en eso--añadió en voz baja y fatigada--¡y en ella!
Manuel salió conmovido enjugándose los ojos, a pesar de haber visto
tanta sangre y tantas agonías en su carrera militar; ¡tan cierto es, que
el alma más estoica se ablanda a vista de la muerte, cuando no se fuerza
al hombre a considerarla como un átomo lanzado en el insondable abismo,
que abren a tantos miles el orgullo y la ambición de los que sin
autoridad, sin derecho ni razón, han querido imponer al mundo su
personalidad o sus ideas!
Al día siguiente reinaba uno de aquellos violentos, ruidosos y animados
temporales que consigo trae el equinoccio. Oíase el viento soplar en
diferentes tonos, como una hidra cuyas siete cabezas estuviesen silbando
a un tiempo.
Estrellábase contra la cabaña, que crujía siniestramente: oíase este
invisible elemento, lúgubre entre las bóvedas sonoras de las altas
ruinas del fuerte; violento entre las agitadas ramas de los pinos;
plañidero entre las atormentadas cañas del navazo; y se desvanecía
gimiendo en la dehesa, como se disipa la sombra gradualmente en un
paisaje.
La mar agitaba las olas de su seno, con la ira y violencia con que
sacude una furia las sierpes de su cabellera. Las nubes, cual las
Danaides, se relevaban sin cesar, vertiendo cada cual su contingente,
que caía a raudales sobre las ramas, que se tronchaban, abriendo sus
corrientes hondos surcos en la tierra. Todo se estremecía, temblaba o se
quejaba. El sol había huido y el triste color del día era uniforme y
sombrío como el de una mortaja.
Aunque la cabaña estaba resguardada por la peña, la tempestad había
arrebatado parte de su techo durante la noche. Para impedir su total
destrucción, Manuel, ayudado por Momo, lo había sujetado con el peso de
algunos cantos traídos de las ruinas. «Ya que no quieras albergar más a
tu dueño--le decía Manuel--, aguarda al menos a que muera, para
hundirte.»
Si alguna otra mirada que la de Dios hubiera podido llegar a aquel
desierto, cruzando la tempestad que lo azotaba, habría descubierto una
cuadrilla de hombres que caminaba en dirección paralela al mar,
arrostrando los furores del temporal, envueltos en sus capas, en actitud
recogida y silenciosa, los cuerpos inclinados hacia adelante y las
cabezas bajas. Seguíalos grave y mesuradamente un anciano, cruzados los
brazos sobre el pecho a la manera de los orientales, precedido por un
muchacho que agitaba de cuando en cuando una campanilla. Se oía por
intervalos, y a pesar de las ráfagas del huracán, la voz tranquila y
sonora del anciano, que decía: _Miserere mei Deus, secundum magnam
misericordian tuam._ El coro de hombres respondía: _Et secundum
multitudinent miserationum tuarum, de iniquitatem meam._
Penetrábalos la lluvia, azotábalos el viento y ellos seguían impávidos
en su marcha grave y uniforme.
Esta comitiva se componía del cura y de algunos católicos piadosos,
hermanos de la cofradía del Santísimo Sacramento, que presididos por
Manuel, iban a llevar a un cristiano moribundo, con los últimos
Sacramentos, los últimos consuelos del cristiano.
Nada podía, como lo que acabamos de describir, dar realce y vida a esta
verdad moral: que en medio del tumulto y de las borrascas de las malas
pasiones, la voz de la religión se deja oír por intervalos, grave y
poderosa, suave y firme, aun a aquellos mismos que la olvidan y la
reniegan.
El cura entró en el cuarto del enfermo.
Los niños que habían acudido, recitaban estos versos, que aprendieron
al mismo tiempo que aprendieron a hablar.
Jesucristo va a salir,
yo por Dios quiero morir,
porque Dios murió por mí.
Los ángeles cantan,
todo el mundo adora
al Dios tan piadoso
que sale a estas horas.
Jesucristo va a salir, etc.
Aquella pobre morada se había aseado y dispuesto con esmero y decencia,
gracias a los cuidados de la tía María y del hermano Gabriel. Sobre una
mesa se había colocado un crucifijo con luces y flores, porque las luces
y los perfumes son los homenajes externos que se tributan a Dios. La
cama estaba limpia y primorosa.
Concluida la ceremonia, nadie quedó con el enfermo, sino el cura, la
buena tía María y fray Gabriel. Tío Pedro yacía tranquilo. Al cabo de
algún tiempo abrió los ojos, y dijo:
--¿No ha venido?
--Tío Pedro--respondió la tía María, mientras corrían por sus arrugadas
mejillas dos lágrimas que no alcanzaba a ver el enfermo--, hay mucho
trecho de aquí a Madrid. Ha escrito que iba a ponerse en camino y pronto
la veremos llegar.
Santaló volvió a caer en su letargo. Una hora después recobró el
sentido, y fijando sus miradas en la tía María, le dijo:
--Tía María, he pedido a mi divino Salvador, que se ha dignado venir a
mí, que me perdone, que la haga feliz y que le pague a usted cuanto por
nosotros ha hecho.
Después se desmayó; volvió en sí, abrió los ojos que ya cristalizaba la
muerte y pronunció con acento ininteligible estas palabras:
--¡No ha venido!
En seguida dejó caer la cabeza en la almohada y exclamó en voz alta y
firme:
--Misericordia, Señor.
--Rezad el credo--dijo el cura tomando entre sus manos las del moribundo
y acercándose a su oído para hacer llegar a su inteligencia algunas
palabras de fe, esperanza y caridad, en medio del entorpecimiento
creciente de sus sentidos.
La tía María y el hermano Gabriel se postraron.
Los católicos conservan a la muerte todo el respeto solemne que Dios le
ha dado, adoptándola él mismo como sacrificio de expiación.
Reinaban un silencio y una calma llena de majestad, en aquel humilde
recinto donde acababa de penetrar la muerte.
Fuera, seguía desencadenada y rugiente la tempestad.
Adentro todo era reposo y paz. Porque Dios despoja a la muerte de sus
horrores y de sus inquietudes cuando el alma se exhala hacia el cielo al
grito de ¡misericordia!, rodeada de corazones fervorosos, que repiten en
la tierra: «¡Misericordia, misericordia!»