La llegada a Madrid del célebre cantor Tenorini puso cima a la gloria de
María, por la admiración con que la encomiaba aquel coloso y por el
empeño que manifestó en cantar acompañado de una voz digna de unirse a
la suya. Tonino Tenorini, alias el _Magno_, había salido no se sabe de
dónde; algunos decían que había venido al mundo, como Castor y Pollux,
dentro de un huevo, no de cisne, sino de ruiseñor. Su espléndida y
ruidosa carrera empezó en Nápoles, donde había eclipsado enteramente al
Vesubio. Después pasó a Milán y de allí sucesivamente a Florencia, San
Petersburgo y Constantinopla. A la sazón llegaba de Nueva York pasando
por La Habana, con ánimo de dirigirse a París, cuyos habitantes,
furiosos por no haber dado todavía su voto decisivo sobre tan gigantesca
reputación, habían hecho un motín para desahogar su bilis. De allí
Tenorini se dignaría ir a Londres, cuyos filarmónicos tenían un terrible
_spleen_ de pura envidia, y de donde la _season_[30] corría riesgo de
suicidarse si la gran _notabilidad_ no se compadecía de los males que su
ausencia originaba.
[Nota 30: Estación, época de la apertura de los Parlamentos, en la cual se
reúne la gente del buen tono en Londres.]
¡Cosa extraña, y que dejó sorprendidos a todos los Polos y a todas las
Eloísas! Este sublime artista no llegaba en las alas del genio. Los
delfines malcriados del océano no le habían cargado en sus filarmónicas
espaldas, como hicieron los del Mediterráneo con Arión en tiempos más
felices. Tenorini había llegado en la diligencia... ¡Qué horror!...
¡Y--lo que es más--traía un saco de noche!
Hubo proyectos de celebrar su llegada tocando un repique general de
campanas, de iluminar las casas y de erigir un arco de triunfo con todos
los instrumentos de la orquesta del Circo. El alcalde no consintió en
ello y poco faltó para que este _cangrejo_ reaccionario fuese obsequiado
con una cencerrada.
Mientras María participaba con el _gran cantante_ de la desaforada
ovación que le ofrecía un público, que de rodillas los veneraba
humildemente, se representaba una escena de diferente carácter en la
pobre choza de que ella saliera poco más de un año antes.
Pedro Santaló yacía postrado en su lecho. Desde la separación de su hija
no había levantado cabeza. Tenía los ojos cerrados y no los abría sino
para fijar sus miradas en el cuartito que había ocupado María y que no
estaba separado del suyo sino por el estrecho pasadizo que subía al
desván. Todo allí permanecía en el mismo estado en que su hija lo había
dejado; colgaba de la pared su guitarra, con un lazo de cinta que había
sido color de rosa y que ahora pendía sin forma, como una promesa que se
olvida, y descolorido como un recuerdo que se disipa. Sobre la cama
había un pañuelo de seda de la India, y unos zapatos pequeños se veían
aún debajo de una silla. La tía María estaba sentada a la cabecera del
enfermo.
--Vamos, vamos, tío Pedro--le decía la buena anciana--, olvídese de que
es catalán y no sea tan testarudo; déjese usted gobernar siquiera una
vez en su vida y véngase con nosotros al convento, que ya ve usted que
allí no falta lugar. Así podré asistirle mejor y no estará aquí aislado
y solo en un solo cabo como el espárrago.
El pescador no respondía.
--Tío Pedro--continuó la tía María--, don Modesto ya ha escrito dos
cartas, y se han puesto en el correo, que dicen es la manera de que
lleguen más presto y con más seguridad.
--¡No vendrá!--murmuró el enfermo.
--Pero vendrá su marido, y por ahora eso es lo que importa--repuso la
tía María.
--¡Ella! ¡Ella!--exclamó el pobre padre.
Una hora después de esta conversación, la tía María caminaba de vuelta
al convento, sin haber logrado que el huraño y obstinado catalán
accediese a trasladarse a él. Cabalgaba la buena anciana en la insigne
_Golondrina_, decana apacible del gremio borrical de la comarca. No
hemos averiguado, en vista de lo remoto de la fecha en que fue
bautizada, el porqué mereció el nombre de _Golondrina_, pues nos consta
que jamás hizo el menor esfuerzo, no ya para volar, pero ni aun para
correr; ni nunca se le notó en otoño la más mínima inclinación a
trasladarse a las regiones del África.
Momo, hecho ya un hombrón, sin haber perdido un ápice de su fealdad
nativa, iba arreando la burra.
--Oiga usted, madre abuela--dijo--; ¿y van a durar mucho estos paseítos
de recreo cotidianos para venir a ver a este lobo marino?
--Por descontado--respondió su abuela--, ya que no se quiere venir al
convento. Me temo que se muera si no ve a su hija.
--No me he de morir yo de esa enfermedad--dijo Momo, soltando una
carcajada de grueso calibre.
--Mira, hijo--prosiguió la tía María--, yo no me fío mucho del correo,
por más que digan que es seguro. Tampoco don Modesto se fía de él; así
para que don Federico y Marisalada lleguen a saber lo malo que está el
tío Pedro, no queda medio seguro sino el que tú mismo vayas a Madrid a
decírselo, porque al fin no podemos estar así, cruzados de brazos,
viendo morir a un padre que clama por su hija, sin hacer por traérsela.
--¡Yo!, ¡yo ir a Madrid, y para buscar a _la Gaviota_!--exclamó Momo
horripilado--. ¿Está usted en su juicio, señora?
--Tan en mi juicio y tan en ello, que si tú no quieres ir, iré yo. A
Cádiz fui y no me perdí ni me sucedió nada; lo mismo será si voy a
Madrid. Parte el corazón oír a ese pobrecito padre clamar por su hija.
Pero tú, Momo, tienes malas entrañas; con harta pena lo digo. Yo no sé
de dónde las has sacado, pues ni son de la casta de tu padre ni de la de
tu madre; pero en cada familia hay un Judas.
«¡Ni al mismísimo demonio que no piensa sino en el modo de condenar a un
cristiano--murmuraba Momo--, se le ocurre otra! Y no es eso lo peor,
sino que si se le mete a su merced semejante chochera en la cabeza, lo
ha de llevar a cabo. ¡Que no me diera un aire, que me dejase baldado de
pies y piernas, siquiera por un mes!»
Así pensando, desahogó Momo su coraje, descargando un cruel varazo sobre
las ancas de la pobre _Golondrina_.
--¡Bárbaro!--exclamó la abuela--, ¿a qué la pagas con ese pobre animal?
--¡Toma!--repuso Momo--; para llevar palos ha nacido.
--¿De dónde has sacado semejante herejía?, ¿de dónde, alma de Herodes?
Nadie sabe lo que compadezco yo a los pobres animales, que padecen sin
quejarse y sin poder valerse; sin consuelo y sin premio.
--La lástima de usted, madre, es como la capa del cielo, que todo lo
cobija.
--Sí, hijo, sí; ni permita Dios que vea yo un dolor sin compadecerlo, ni
que sea como esos desalmados que oyen un ay como quien oye llover.
--Que diga usted eso, tocante al prójimo, ¡anda con Dios! Pero los
animales, ¿qué demonio?...
--¿Y acaso no padecen? ¿Y acaso no son criaturas de Dios? Acá, nosotros,
estamos cargados con la maldición y el castigo que mereció el pecado del
primer hombre; pero ¿qué pecado cometieron el Adán y Eva de los burros,
para que estos pobres animales tengan la vida mortificada? ¡Eso me
pasma!
--Se comerían la peladura de la manzana--dijo Momo con una carcajada
como un redoble de bombo.
Encontraron entonces a Manuel y a José, que iban de vuelta al convento.
--Madre, ¿cómo está el tío Pedro?--preguntó el primero.
--Mal, hijo, mal. Se me parte el corazón de verle tan malo, tan triste
y tan solo. Le dije que se viniese al convento; pero ¡qué!, más fácil
era traerse al fuerte de San Cristóbal que no a ese cabezudo. Ni un
cañón de a veinticuatro lo menea. Preciso es que el hermano Gabriel se
mude allá con él, y también que Momo vaya a Madrid a traerse a su hija y
a don Federico.
--Que vaya--dijo Manuel--; así verá mundo.
--¡Yo!--exclamó Momo--, ¿cómo he de ir yo, señor?
--Con un pie tras otro--respondió su padre--; ¿tienes miedo de perderte,
o de que te coma el cancón?
--Lo que es que no tengo ganas de ir--replicó Momo, exasperado.
--Pues yo te las daré con una vara de acebuche, ¿estás, mal
mandado?--dijo su padre.
Momo, renegando del tío Pedro y de su casta emprendió su viaje, y
uniéndose a los arrieros de la sierra de Aracena que venían a Villamar
por pescado, llegó a Valverde, y de allí pasando por Aracena, la Oliva y
Barcarrota, a Badajoz, por el cual pasa la antigua carretera de Madrid a
Andalucía. De allí, sin detenerse siguió a Madrid. Don Modesto había
copiado con letras tamañas como nueces, las señas de la casa en que
vivía Stein y que este había enviado cuando llegaron a Madrid con el
duque. Con esta papeleta en la mano, salió Momo para la corte, entonando
unas nuevas letanías de imprecaciones contra _la Gaviota_.
Una tarde salía la tía María más desazonada que nunca, de en casa del
pobre pescador.
--Dolores--dijo a su nuera--, el tío Pedro se nos va. Esta mañana
enrollaba las sábanas de su cama, y eso es que está liando el hato para
el viaje de que no se vuelve. _Palomo_, que fue conmigo, se puso a
aullar. ¡Y esa gente no viene!, estoy que no se me calienta la camisa en
el cuerpo. Me parece que Momo debería ya estar de vuelta; diez días
lleva de viaje.
--Madre--contestó Dolores--, hay mucha tierra que pisar hasta Madrid.
Manuel dice que no puede estar de vuelta sino de aquí a cuatro o cinco
días.
Pero ¡cuál no sería el asombro de ambas, cuando de repente vieron ante
sí con aire azorado y mal gesto al mismísimo Momo en persona!
--¡Momo!--exclamaron las dos a un tiempo.
--El mismo en cuerpo y alma--contestó este.
--¿Y _Marisalada_?--preguntó ansiosa la tía María.
--¿Y don Federico?--preguntó Dolores.
--Ya los pueden ustedes aguardar hasta el día del juicio--respondió
Momo--, ¡vaya que ha estado bueno mi viaje!, gracias a madre abuela,
que me he visto metido en un berenjenal, que ya...
--¿Pero qué es lo que hay?, ¿qué te ha sucedido?--preguntaron su abuela
y su madre.
--Lo que van ustedes a oír, para que admiren los juicios de Dios y le
bendigan por verme aquí salvo y libre; gracias a que tengo buenas
piernas.
La abuela y la madre se quedaron sobresaltadas al oír aquellas palabras
que anunciaban graves acontecimientos.
--Cuenta, hombre, di, ¿qué ha sucedido?--volvieron ambas a exclamar--;
mira que tenemos el alma en un hilo.
--Cuando llegué a Madrid--dijo Momo--y me vi solo en aquel _cotarro_, se
me abrieron las carnes. Cada calle me parecía un soldado; cada plaza,
una patrulla; con la papeleta que me dio el comandante, que era un papel
que hablaba, fui a dar en una taberna, donde topé con un achispado,
amigo de complacer, que me llevó a la casa que rezaba el papel. Allí me
dijeron los criados que sus amos no estaban en casa; y con eso, iban a
darme con la puerta en los hocicos; pero no sabían esas almas de cántaro
con quién se las tenían que haber. «¡He!--les dije--; miren ustedes con
quién hablan, que yo no soy criado de nadie ni nada vengo a pedir;
aunque pudiera hacerlo, porque en mi casa fue donde recogimos a don
Federico, cuando se estaba muriendo y no tenía ni sobre qué caerse
muerto.»
--¿Eso dijiste, Momo?--exclamó su abuela--; ¡quita allá!, ¡esas cosas no
se dicen!, ¡qué bochorno!, ¿qué habrán pensado de nosotros?, ¡echar en
cara un favor!, ¿quién ha visto eso?
--¿Pues qué; no se lo diría?, ¡vaya! Y dije más; para que ustedes se
enteren, dije que mi abuela había sido quien se había traído a su casa a
su ama, cuando se puso mala de puro correr y desgañitarse sobre las
rocas, como una _Gaviota_ que era. Los mostrencos aquellos se miraban
unos a otros riéndose y haciendo burla de mí, y me dijeron que venía
equivocado, que era hija de un general de las tropas de don Carlos.
¡Hija de un general, ¿se entera usted? ¡Por _vía_ de los moros! ¿Puede
darse más descarada embustera?, ¡decir que el tío Pedro es un general,
¡el tío Pedro, que ni ha servido al rey! Al avío, les dije; que la razón
que traigo, urge, y lo que quiero yo es largarme presto y perder a
ustedes, a sus amos y a Madrid de vista.
--Nicolás--dijo entonces una moza que tenía trazas de ser tan _Farota_
como su ama--, lleva ese ganso al _treato_: allí podrá ver a la señora.»
--Noten ustedes que cuando hablaba de mí, decía la muy deslenguada
_ganso,_ y cuando hablaba de la tuna de _la Gaviota,_ decía _señora_;
¿podría eso creerse?, ¡cosas de Madrid!, ¡confundío se vea!
--Pues, señor, el criado se puso el sombrero y me llevó a una casa muy
grandísima y muy alta, que era a _moo_ de iglesia, sólo que en el lugar
de cirios, tenía unas lámparas que alumbraban como soles. En rededor
había como unos asientos, en que estaban sentadas, más tiesas que husos,
más de diez mil mujeres, puestas en feria, como redomas en botica.
Abajo había tanto hombre que parecía un hormiguero. ¡Cristianos!, ¡yo no
sé de dónde salió tanta criatura! Pues no es nada, dije para mi chaleco,
¡las hogazas de pan que se amasarán en la villa de Madrid!... Pero
asómbrense ustedes; toda esa gente había ido allí, ¿a qué?... ¡a oír
cantar a _la Gaviota_!
Momo hizo una pausa, teniendo las manos extendidas y abiertas a la
altura de su cara.
La tía María bajó y levantó la cabeza en señal de satisfacción.
--En todo esto no veo motivo para que te hayas vuelto tan deprisa y tan
azorado--dijo Dolores.
--Ya voy, ya voy, que no soy escopeta--repuso Momo--. Cuento las cosas
como pasaron.
»Pues cate usted ahí, que de repente, y sin que nadie se lo mandase,
suenan a la par más de mil instrumentos, trompetas, pitos y unos
violines tamaños como confesonarios, que se tocaban para abajo. ¡María
Santísima, y qué atolondro!, yo di una encogida que fue floja en gracia
de Dios.
--Pero ¿de dónde salió tanto músico?--preguntó su madre.
--¿Qué sé yo?, habría leva de ciegos por toda España. Pero no es esto lo
mejor, sino que cate usted ahí, que sin saber ni cómo ni por dónde
desaparece un a _moo_ de jardín que había al frente. No parecía sino que
el demonio había cargado con él.
--¿Qué estás diciendo, Momo?--dijo Dolores.
--_Naica_ más que la purísima verdad. En lugar de la arboleda, había al
frente un a _moo_ de estrado con redondeles de trapo[31] que sería de un
palacio. Allí se presenta una mujer más _ajicarada_, con más
terciopelos, bordaduras de oro y más dijes que la Virgen del Rosario.
[Nota 31: Alfombra.]
--Esta es la reina doña Isabel II--dije yo para mí--. Pues no, señor, no
era la reina. ¿Saben ustedes quién era? ¡Ni más ni menos que _la
Gaviota_, la malvada _Gaviota_, que andaba aquí descalza de pies y
piernas! Lo primero que sucedió con el vergel, había sucedido con ella;
_la Gaviota_ descalza de pies y piernas, se había llevado el demonio y
en su lugar había puesto una _principesa_. Yo estaba cuajado. Cuando
menos se pensaba, entra un señor mayor muy engalanado. Estaba que echaba
bombas, ¡qué enojado!, ponía unos ojos..., ¡caramba!, dije yo para mi
chaleco, no quisiera yo estar en el pellejo de esa _Gaviota_. A todo
esto, lo que me tenía parado era que reñían cantando. ¡Vaya!, será la
_moa_ por allá, entre la gente de fuste. Pero con eso no me enteraba yo
bien de lo que platicaban: lo que vine a sacar en limpio fue que aquél
sería el general de don Carlos, porque ella le decía _padre_, pero él no
la quería reconocer por hija, por más que ella se lo pidió de rodillas.
--¡Bien hecho!--le grité--, duro a la embustera descarada.
--¿A qué te metiste en eso?--le dijo su abuela.
--¡Toma! como que yo la conocía y podía atestiguarlo; ¿no sabe usted que
quien calla otorga? Pero parece que allá no se puede decir la verdad,
porque mi vecino que era un celador de policía me dijo: «¿Quiere usted
callar, amigo?»
--No me da la gana--le respondí--; y he de decir en voz y en grito, que
ese hombre no es su padre.
--¿Está usted loco o viene de las Batuecas?--me dijo el polizonte.
--Ni uno ni otro, so desvergonzado--le respondí--; estoy más cuerdo que
usted y vengo de Villamar, donde está su padre _legítimo_, tío Pedro
Santaló.
--Es usted--me dijo el madrileñito--un pedazo de alcornoque muy basto;
vaya usted a que lo descorchen.
Me amostacé y levanté el codo para darle una _guantáa_, cuando Nicolás
me cogió por un brazo y me sacó fuera para ir a echar un trago.
--Ya he caído en la cuenta--le dije--; ese general es el que quiera esa
renegada _Gaviota_ que sea su padre. De muchas iniquidades había yo oído
hablar; de muertes, robos, hasta de piratas; pero eso de renegar de su
padre, en mi vida he oído otra.
Nicolás se desternillaba de risa; por lo visto, esa _indiniá_ no les
coge allá de susto.
Cuando volvimos a entrar, es de presumir el que le habría mandado el
general a _la Gaviota_ que se quitase los arrumacos, porque salió toda
vestida de blanco que parecía amortajada. Se puso a cantar y sacó una
guitarra muy grande que puso en el suelo y tocó con las dos manos (¡qué
no es capaz de inventar esa _Gaviota_!), y ahora viene lo gordo, pues de
repente sale un moro.
--¿Un moro?
--¡Pero qué moro!, más negro y más feróstico que el mismísimo Mahoma;
con un puñal en la mano, tamaño como un machete. Yo me quedé muerto.
--¡Jesús María!--exclamaron su madre y su abuela.
--Pregunté a Nicolás que quién era aquel Fierabrás, y me respondió que
se llamaba _Telo_. Para acabar presto; el moro le dijo a _la Gaviota_
que la venía a matar.
--Virgen del Carmen--exclamó la tía María--, ¿era acaso el verdugo?
--No sé si era el verdugo ni sé si era un matador pagado--respondió
Momo--; lo que sí sé es que la agarró por los cabellos y la dio de
puñaladas; lo vi con estos ojos que ha de comer la tierra, y puedo dar
testimonio.
Momo apoyaba sus dos dedos, debajo de sus ojos, con tal vigor de
expresión, que aparecieron como queriendo salirse de sus órbitas.
Las dos buenas mujeres lanzaron un grito. La tía María sollozaba y se
retorcía las manos de dolor.
--¿Pero qué hicieron tantos como presentes estaban?--preguntó Dolores
llorando--, ¿no hubo nadie que prendiese a ese desalmado?
--Eso es lo que yo no sé--contestó Momo--, pues al ver aquello, cogí dos
de luz y cuatro de traspón, no fuese que me llamasen a declarar. Y no
paré de correr hasta no poner algunas leguas entre la villa de Madrid y
el hijo de mi padre.
--Preciso es--dijo entre sollozos la tía María--ocultarle esta desdicha
al pobre tío Pedro. ¡Ay!, ¡qué dolor!, ¡qué dolor!
--¿Y quién había de tener valor para decírselo!--repuso Dolores--.
¡Pobre María! Hizo lo del español, que estando bien quiso estar mejor; y
cate usted ahí las resultas.
--Cada uno lleva su merecido--dijo Momo--; esa embrollona descastada
había de parar en mal: no podía eso marrar. Si no estuviese cansado, iba
sobre la marcha a contárselo a _Ratón Pérez_.