El mundo es un compuesto de contrastes. No es muy nueva ni muy original
esta observación; pero cada día se nos presentan a la vista la aurora y
el ocaso, y cada vez nos sorprenden y admiran, a pesar de su repetición.
Así es que mientras el pobre pescador ofrecía a sus humildes y piadosos
amigos el grande y augusto espectáculo de la santa muerte del cristiano,
su hija daba al público de Madrid, frenéticamente entusiasmado, el de
una _prima donna_ sin una gota de sangre italiana en las venas, y que
eclipsaba ya en el ejercicio de su arte al mismo gran Tenorini. Había lo
bastante con esto para restablecer el antiguo y noble orgullo de los
tiempos de Carlos III, para libertarnos por siempre jamás amén de la
rabia y comezón de imitar, recobrando nuestra inmaculada y pura
nacionalidad; en fin, había lo bastante para decir al monumento del Dos
de Mayo, a la estatua de Felipe IV y a la de Cervantes: «Humillaos,
sombras ilustres, que aquí viene quien sobrepuja vuestra grandeza y
vuestra gloria.» No faltaron entusiastas que pensasen acudir a la reina,
para que se dignase ennoblecer a María, dándole un escudo de armas, cuyo
lema, imitando el de los duques de Veragua, en lugar de: «A CASTILLA Y A
LEÓN, NUEVO MUNDO DIO COLÓN», dijese: «A ALTA Y BAJA ANDALUCÍA, NUEVA
GLORIA DIO MARÍA.» En fin, tal era la impresión hecha por la cantatriz
en el público de Madrid, que ya no se escribía en las oficinas ni se
estudiaba en los colegios: hasta los fumadores se olvidaban de acudir al
estanco. La fábrica de tabacos se estremeció con indignación en sus
cimientos, a pesar de que, como es público y notorio, son tan profundos
que llegan hasta América.
Todo el entusiasmo que hemos procurado bosquejar sin haberlo conseguido,
se manifestaba una noche a la puerta del teatro, en un grupo de jóvenes
que se esforzaban en comunicárselo a dos extranjeros recién venidos.
Aquellos inteligentes no sólo encomiaron, examinaron y analizaron la
calidad del órgano, la flexibilidad de garganta y todo lo que hacía tan
sobresaliente el canto de María, sino que también pasaron revista de
inspección a sus prendas personales. Otro joven, embozado hasta los ojos
en su capa, estaba cerca de aquel grupo y se mantenía inmóvil y callado;
pero cuando se trató de las dotes físicas, dio colérico con el pie un
golpe en el suelo.
--Apuesto cien guineas, vizconde de Fadièse _(fa sostenido)_--decía
nuestro amigo sir John Burnwood (que no habiendo obtenido licencia para
llevarse el Alcázar, pensaba en renovar la misma demanda con respecto a
El Escorial)--, apuesto a que esta mujer hará más ruido en Francia que
madame Laffarge; en Inglaterra, que Tom Pouce, y en Italia, que Rossini.
--No lo dudo, sir John--respondió el vizconde.
--¡Qué ojos tan árabes!--añadió el joven don Celestino Armonía--. ¡Qué
cintura tan esbelta! En cuanto a los pies, no se ven, pero se sospechan;
en cuanto al cabello, la Magdalena se lo envidiaría.
--Estoy impaciente por ver y oír ese portento--exclamó con exaltación el
vizconde, el cual siempre estaba, como lo indicaba su nombre, montado
medio tono más alto que todos los demás vizcondes--. Preparemos los
anteojos y entremos.
Entre tanto el joven embozado había desaparecido.
María, en traje de Semíramis, estaba preparada para salir a escena.
Rodeábanla algunas personas.
El embozado, que no era otro que Pepe Vera, entró a la sazón, se
aproximó a ella y sin que nadie lo oyese, le dijo al oído:
--No quiero que cantes--y siguió adelante con impasible aire de
indiferencia.
María se puso pálida de sorpresa y enrojeció de indignación en seguida.
--Vamos--dijo a su doncella--; Marina, ajusta bien los pliegues del
vestido. Van a empezar--y añadió en voz alta para que lo oyese Pepe
Vera, que se iba alejando--; con el público no se juega.
--Señora--le dijo uno de los empleados--, ¿puedo mandar que alcen el
telón?
--Estoy lista--respondió.
Pero no bien hubo pronunciado estas palabras, cuando lanzó un grito
agudo.
Pepe Vera había pasado por detrás, y cogiéndole el brazo con fuerza
brutal, había repetido:
--No quiero que cantes.
Vencida por el dolor, María se había arrojado en una silla llorando.
Pepe Vera había desaparecido.
--¿Qué tiene? ¿Qué ha sucedido?--preguntaban todos los presentes.
--Me ha dado un dolor--respondió María llorando.
--¿Qué tenéis, señora?--preguntó el director, a quien habían dado aviso
de lo que pasaba.
--No es nada--contestó María, levantándose y enjugándose las lágrimas--.
Ya pasó; estoy pronta. Vamos.
En este momento, Pepe Vera, pálido como un cadáver, y ardiéndole los
ojos como dos hornillos, vino a interponerse entre el director y María.
--Es una crueldad--dijo con mucha calma--sacar a las tablas a una
criatura que no puede tenerse en pie.
--¡Pero qué!, señora--exclamó el director--, ¿estáis enferma? ¿Desde
cuándo? ¡Hace un momento que os he visto tan rozagante, tan alegre, tan
animada!
María iba a responder, pero bajó los ojos y no despegó los labios. Las
miradas terribles de Pepe Vera la fascinaban, como fascinan al ave las
de la serpiente.
--¿Por qué no ha de decirse la verdad?--continuó Pepe Vera sin
alterarse--¿Por qué no habéis de confesar que no os halláis en estado de
cantar? ¿Es pecado por ventura? ¿Sois esclava, para que os arrastren a
hacer lo que no podéis?
Entre tanto, el público se impacientaba. El director no sabía qué hacer.
La autoridad envió a saber la causa de aquel retardo; y mientras el
director explicaba lo ocurrido, Pepe Vera se llevaba a María, bajo el
pretexto de necesitar asistencia, agarrándola por el puño con tanta
fuerza que parecía romperle los huesos, y diciéndola con voz ahogada,
pero firme:
--¡Caramba! ¿No basta decir que no quiero?
Cuando estuvieron solos en el cuarto que servía de vestuario a María,
estalló la cólera de esta.
--Eres un insolente, un infame--exclamó con voz sofocada por la
ira--¿Qué derecho tienes para tratarme de esta suerte?
--El quererte--respondió Pepe Vera con flema.
--Maldito sea tu querer--dijo María.
Pepe Vera se echó a reír.
--¡Lo dices eso como si pudieras vivir sin él!--dijo volviendo a reír.
--¡Vete, vete!--exclamó María--, y no vuelvas jamás a ponérteme delante.
--Hasta que me llames.
--¡Yo a ti! Antes llamaría al demonio.
--Eso puedes hacer, que no tendré celos.
--¡Vete, marcha al instante, déjame!
--Concedido--dijo el torero--; de hilo me voy en casa de Lucía del
Salto.--María estaba celosísima de aquella mujer, que era una bailarina
a quien Pepe Vera cortejaba antes de conocer a María.
--¡Pepe! ¡Pepe!--gritó María--, ¡villano! ¡La perfidia después de la
insolencia!
--Aquella--dijo Pepe Vera--no hace más que lo que yo quiero. Tú eres
demasiado señorona para mí. Conque... si quieres que hagamos buenas
migas, se han de hacer las cosas a mi modo. Para mandar tú y no
obedecer, ahí tienes a tus duques, a tus embajadores, a tus desaboridas
y achacosas excelencias.
Dijo y echó a andar hacia la puerta.
--¡Pepe! ¡Pepe!--gritó María, desgarrando su pañuelo entre sus dedos
agarrotados.
--Llama al demonio--le respondió irónicamente Pepe Vera.
--¡Pepe! ¡Pepe!, ten presente lo que voy a decirte. Si te vas con la
Lucía, me dejo enamorar por el duque.
--¿A que no te atreves?--respondió Pepe, dando algunos pasos atrás.
--¡A todo me atrevo yo por vengarme!
Pepe se quedó plantado delante de María, con los brazos cruzados y los
ojos fijos en ella.
María sostuvo sin alterarse aquellas miradas penetrantes como dardos.
Aquellos amores parecían más bien de tigres que de seres humanos. ¡Y
tales son, sin embargo, los que la literatura moderna suele atribuir a
distinguidos caballeros y a damas elegantes!
En aquel corto instante, aquellas dos naturalezas se sondearon
recíprocamente y conocieron que eran del mismo temple y fuerza. Era
preciso romper o suspender la lucha. Por mutuo consentimiento, cada cual
renunció al triunfo.
--Vamos, Maruja--dijo Pepe Vera, que era realmente el culpable--. Seamos
amigos y pelillos a la mar. No iré en casa de Lucía; pero en cambio, y
para estar seguros uno de otro, me vas a esconder esta noche en tu casa,
de modo que pueda ser testigo de la visita del duque y convencerme por
mí mismo de que no me engañas.
--No puede ser--respondió altiva María.
--Pues bien--dijo Pepe--, ya sabes dónde voy en saliendo de aquí.
--¡Infame!--contestó María apretando los puños con rabia--, me pones
entre la espada y la pared.
Una hora después de esta escena, María estaba medio recostada en un
sofá; el duque, sentado cerca de ella; Stein en pie, tenía en sus manos
las de su mujer, observando el estado del pulso.
--No es nada, María--dijo Stein--. No es nada, señor duque: un ataque de
nervios que ya ha pasado. El pulso está perfectamente tranquilo. Reposo,
María, reposo. Te matas a fuerza de trabajo. Hace algún tiempo que tus
nervios se irritan de un modo extraordinario. Tu sistema nervioso se
resiente del impulso que das a los papeles. No tengo la menor inquietud,
y así me voy a velar un enfermo grave. Toma el calmante que voy a
recetar; cuando te acuestes, una horchata, y por la mañana, leche de
burra--y dirigiéndose al duque--: mi obligación me fuerza, mal que me
pese, a ausentarme, señor duque.
Y volviendo a recomendar a su mujer el sosiego y el reposo, Stein se
retiró, haciendo al duque un profundo saludo.
El duque, sentado enfrente de María, la miró largo tiempo.
Ella parecía extraordinariamente aburrida.
--¿Estáis cansada, María?--dijo aquel con la suavidad que sólo el amor
puede dar a la voz humana.
--Estoy descansando--respondió.
--¿Queréis que me vaya?
--Si os acomoda...
--Al contrario, me disgustaría mucho.
--Pues entonces, quedaos.
--María--dijo el duque después de algunos instantes de silencio y
sacando un papel del bolsillo--, cuando no puedo hablaros, canto
vuestras alabanzas. He aquí unos versos que he compuesto anoche, porque
de noche, María, sueño sin dormir. El sueño ha huido de mis ojos desde
que la paz ha huido de mi corazón. Perdón, perdón, María, si estas
palabras que rebosan de mi corazón ofenden la inocencia de vuestros
sentimientos, tan puros como vuestra voz. También he padecido yo cuando
padecíais vos.
--Ya veis--repuso ella bostezando--que no ha sido cosa de cuidado.
--¿Queréis, María--le preguntó el duque--, que os lea los versos?
--Bien--respondió fríamente María.
El duque leyó una linda composición.
--Son muy hermosos--dijo María algo más animada--; ¿van a salir en _El
Heraldo_?
--¿Lo deseáis?--preguntó el duque suspirando.
--Creo que lo merecen--contestó María.
El duque calló, apoyando su cabeza en sus manos.
Cuando la levantó vio en los ojos de María, fijos en la puerta de
cristales de su alcoba, un vivo rayo, inmediatamente apagado. Volvió la
cara hacia aquel lado, pero no vio nada.
El duque, en su distracción, había hecho un rollo del papel en que
estaban escritos sus versos, que María no había reclamado.
--¿Vais a hacer un cigarro con el soneto?--preguntó María.
--Al menos, así serviría para algo--respondió el duque.
--Dádmelos y los guardaré--dijo María.
El duque puso en el papel enrollado una magnífica sortija de brillantes.
--¡Qué!--dijo María--, ¿la sortija también?
Y se la puso en el dedo, dejando caer al suelo el papel. «¡Ah!--pensó
entonces el duque--, ¡no tiene corazón para el amor ni alma para la
poesía!, ¡ni aun parece que tiene sangre para la vida! Y sin embargo, el
cielo está en su sonrisa; el infierno, en sus ojos, y todo lo que el
cielo y la tierra contienen, en los acentos de su soberana voz.»
El duque se levantó.
--Descansad, María--le dijo--. Reposad tranquila en la venturosa paz de
vuestra alma, sin que la importune la idea de que otros velan y padecen.