Era ya Sevilla teatro demasiado estrecho para las miras ambiciosas y
para la sed de aplausos que devoraban el corazón de María. El duque,
además, obligado a restituirse a la capital, deseaba presentar en ella
aquel portento, cuya fama le había precedido. Pepe Vera, por otra
parte, ajustado para lidiar en la plaza de Madrid, exigió de María que
hiciese el viaje. Así sucedió, en efecto.
El triunfo que obtuvo María al estrenarse en aquella nueva liza,
sobrepujó al que había logrado en Sevilla. No parecía sino que se habían
renovado los días de Orfeo y de Anfión y las maravillas de la lira de
los tiempos mitológicos. Stein estaba confuso. El duque, embriagado.
Pepe Vera dijo un día a la _cantaora_: «¡Caramba, María, te palmotean
que ni que hubieses matado un toro de siete años!»
María estaba rodeada de una corte numerosa. Formaban parte de ella todos
los extranjeros distinguidos que se hallaban a la sazón en la capital, y
entre ellos había algunos notables por su mérito, otros por su
categoría. ¿Qué motivos los impulsaba? Unos iban por darse tono, según
la locución moderna. ¿Y qué es tono? Es una imitación servil de lo que
otros hacen. Otros eran movidos por la misma especie de curiosidad que
incita al niño a examinar los secretos resortes del juguete que le
divierte.
María no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse muy a sus
anchas en medio de aquel gran círculo. No había cambiado en lo más
pequeño su índole fría y altanera; pero había más elegancia en su
talante y mejor gusto en su modo de vestir; adquisiciones maquinales y
exteriores, que a los ojos de ciertas gentes, pueden suplir la falta de
inteligencia, de tacto y de buenos modales. Por la noche, en las tablas,
cuando el reflejo de las luces blanqueaba su palidez y aumentaba el
realce de sus ojos grandes y negros, parecía realmente hermosa.
El duque estaba de tal modo fascinado por aquella mujer, en cuyos
triunfos le tocaba alguna parte, pues cumplían sus pronósticos, y tal
era el entusiasmo que su canto le inspiraba, que no tuvo inconveniente
en pedirle que diese lecciones de música a su hija, no obstante que
recordaba el pronóstico de su amable amiga de Sevilla y estremecía al
reflexionar sobre el aplazamiento que le había dirigido la condesa.
Entonces hacía propósito de respetar a la mujer inocente que él mismo
había introducido en la escena resbaladiza y brillante que pisaba.
Digamos ahora algunas palabras de la duquesa:
Era esta señora virtuosa y bella. Aunque había entrado en los treinta
años, la frescura de su tez y la expresión de candor de su semblante le
daban un aspecto más joven. Pertenecía a una familia tan ilustre como la
de su marido, con la cual estaba estrechamente emparentada. Leonor y
Carlos se habían querido casi desde su infancia, con aquel afecto
verdaderamente español, profundo y constante, que ni se cansa ni se
enfría. Se habían casado muy jóvenes. A los dieciocho años, Leonor dio
una niña a su marido, el cual tenía veintidós a la sazón.
La familia de la duquesa, como algunas de la grandeza, era sumamente
devota; y en este espíritu había sido educada Leonor. Su reserva y su
austeridad la alejaban de los placeres y ruidos del mundo, a los
cuales, por otra parte, no tenía la menor inclinación. Leía poco y jamás
tomó en sus manos una novela. Ignoraba enteramente los efectos
dramáticos de las grandes pasiones. No había aprendido ni en los libros
ni en el teatro, el gran interés que se ha dado al adulterio, que por
consiguiente no era a sus ojos sino una abominación, como lo era el
asesinato.
Jamás habría llegado a creer, si se lo hubiesen dicho, que estaba
levantado en el mundo un estandarte, bajo el cual se proclamaba la
emancipación de la mujer. Más es; aun creyéndolo, jamás lo hubiera
comprendido; como no lo comprenden muchos, que ni viven tan retiradas,
ni son tan estrictas como lo era la duquesa. Si se le hubiera dicho que
había apologistas del divorcio, y hasta detractores de la santa
institución del matrimonio, habría creído estar soñando, o que se
acercaba el fin del mundo. Hija afectuosa y sumisa, amiga generosa y
segura, madre tierna y abnegada, esposa exclusivamente consagrada a su
marido, la duquesa de Almansa era el tipo de la mujer que Dios ama, que
la poesía dibuja en sus cantos, que la sociedad venera y admira, y en
cuyo lugar se quieren hoy ensalzar _esas amenazas_, que han perdido el
bello y suave instinto femenino.
El duque pudo entregarse largo tiempo al atractivo que María ejercía en
él, sin que la más pequeña nube empañase la paz sosegada, y, como el
cielo, pura, del corazón de su mujer. Sin embargo, el duque, hasta
entonces tan afectuoso, la descuidaba cada día más. La duquesa lloraba;
pero callaba.
Después llegó a sus oídos que aquella cantatriz que alborotaba a todo
Madrid, era protegida de su marido; que este pasaba la vida en casa de
aquella mujer. La duquesa lloró; pero dudando todavía.
Después el duque llevó a Stein a su casa, para dar lecciones a su hijo,
y luego quiso, como hemos dicho, que María las diese a su hija, preciosa
criatura de once años de edad.
Leonor se opuso con vigor a esto último, alegando no poder permitir que
una mujer de teatro tuviese el menor punto de contacto con aquella
inocente. El duque, acostumbrado a las fáciles condescendencias de su
mujer, vio en esta oposición un escrúpulo de devota, una falta de mundo
y persistió en su idea. La duquesa cedió, siguiendo el dictamen de su
confesor; pero lloró amargamente, impulsada por un doble motivo.
Recibió, pues, a María con excesiva circunspección; con una reserva
fría, pero urbana.
Leonor, que vivía según sus propensiones tranquilas, muy retirada, no
recibía, sino pocas visitas, la mayor parte de parientes; los demás eran
sacerdotes y algunas otras personas de confianza. Así pues, asistía con
no desmentida perseverancia a las lecciones de su hija; y tanto empeño
puso en no alejarla de sus miradas maternas, que este sistema no pudo
menos de ofender a María. Las personas que iban a ver a la duquesa no
hacían más que saludar fríamente a la maestra, sin volver a dirigirle
la palabra. De este modo, llegaba a ser en extremo humillante la
posición que ocupaba en aquella noble y austera residencia la mujer que
el público de Madrid adoraba de rodillas. María lo conocía y su orgullo
se indignaba, pero como la exquisita cortesía de la duquesa no se
desmintió jamás; como en su grave, modesto y hermoso rostro no se había
manifestado nunca una sonrisa de desdén ni una mirada de altanería,
María no podía quejarse. Por otra parte, el duque, que era tan digno y
tan delicado, ¿cómo había de permitir que nadie se le quejase de su
mujer? María tenía bastante penetración para conocer que debía callar y
no perder la amistad del duque, que la lisonjeaba, su protección que le
era necesaria y sus regalos que le eran muy gratos. Tuvo, pues, que
tascar el freno, hasta que ocurriese algún suceso que pusiese término a
tan tirante situación.
Un día en que, vestida de seda, y deslumbrando a todos con sus joyas,
cubierta con una magnífica mantilla de encajes, entraba en casa de la
duquesa, se encontró allí con el padre de esta, el marqués de Elda, y
con el obispo de...
El marqués era un anciano grave, de los más chapados a la antigua. Era
por los cuatro costados español, católico y realista neto. Vivía
retirado de la corte desde la muerte del rey, a quien había servido en
la guerra de la Independencia.
Había un poco de tibieza entre el marqués y su yerno, a quien el primero
acusaba de condescender demasiado con las ideas del siglo. Esta tibieza
subió de punto cuando llegaron a oídos del severo y virtuoso anciano los
rumores ya públicos de la protección que el duque daba a una cantatriz
de teatro.
Cuando María entró en la sala, la duquesa se levantó, con intención de
darle gracias y despedirla por aquel día, en vista del respeto debido a
las personas presentes. Pero el obispo, que ignoraba todo lo que pasaba,
manifestó deseos de oír cantar a la niña, que era su ahijada. La duquesa
se volvió a sentar; saludó a María con su urbanidad acostumbrada y mandó
llamar a su hija, quien no tardó en presentarse.
Apenas terminaba la niña los últimos compases de la plegaria de
Desdémona, cuando se oyeron tres golpes suaves en la puerta.
--Adelante, adelante--dijo la duquesa, dando a entender que conocía a la
persona en su modo de llamar, y con una viveza nueva a los ojos de
María, se puso en pie y salió obsequiosamente al encuentro de aquella
visita.
Pero María se sorprendió todavía más al ver este nuevo personaje. Era
una mujer fea, de unos cincuenta años de edad y de aspecto común. Su
traje era tan basto como desairado y extraño.
La duquesa la recibió con grandes muestras de consideración y una
cordialidad tanto más notable, cuanto más contrastaba con la reserva
glacial que con la maestra había usado; la tomó de la mano y la
presentó al obispo.
María no sabía qué pensar. Jamás había visto un vestido semejante ni una
persona que le pareciese menos en armonía con la posición que parecía
ocupaba cerca de gentes tan distinguidas y elevadas.
Después de un cuarto de hora de una conversación animada, aquella mujer
se levantó. Estaba lloviendo. El marqués la ofreció su coche, con
grandes instancias; pero la duquesa le dijo:
--Padre, ya he mandado que pongan el mío.
Dijo estas palabras acompañando a la recién venida, que ya se retiraba y
que se negó tenazmente a hacer uso del carruaje.
--Ven, hija mía--dijo la duquesa a su hija--, ven, con permiso de tu
maestra, a saludar a tu buena amiga.
María no sabía qué pensar de lo que estaba viendo y oyendo. La niña
abrazó a aquella que la duquesa llamaba su buena amiga.
--¿Quién es esa mujer?--le preguntó María, cuando volvió a su puesto.
--Es una hermana de la caridad--respondió la niña.
María quedó anonadada. Su orgullo, que luchaba con la frente erguida
contra toda superioridad; que desafiaba la dignidad de la nobleza, la
rivalidad de los artistas, el poder de la autoridad y aun la
prerrogativas del genio, se dobló como un junco ante la grandeza y la
elevación de la virtud.
Poco después se levantó para irse; seguía lloviendo.
--Tiene usted un coche a su disposición--le dijo la duquesa al
despedirla.
Al bajar al patio, María observó que estaban quitando los caballos del
de la duquesa. Un lacayo bajó con aire respetuoso el estribo de un coche
simón. María entró en él henchido el corazón de impotente rabia.
Al día siguiente declaró resueltamente al duque que no continuaría
dando lecciones a su hija. Tuvo buen cuidado de ocultarle el verdadero
motivo y la astucia de dar a esta reserva todo el aspecto de un acto de
prudencia. El duque, alucinado, tanto por el entusiasmo que María le
inspiraba, como por los amaños de que ella supo valerse, supuso que su
mujer habría dado motivo para aquella determinación, y se mostró aún más
frío con ella.