Capítulo XXIII

Era ya Sevilla teatro demasiado estrecho para las miras ambiciosas y

para la sed de aplausos que devoraban el corazón de María. El duque,

además, obligado a restituirse a la capital, deseaba presentar en ella

aquel portento, cuya fama le había precedido. Pepe Vera, por otra

parte, ajustado para lidiar en la plaza de Madrid, exigió de María que

hiciese el viaje. Así sucedió, en efecto.

El triunfo que obtuvo María al estrenarse en aquella nueva liza,

sobrepujó al que había logrado en Sevilla. No parecía sino que se habían

renovado los días de Orfeo y de Anfión y las maravillas de la lira de

los tiempos mitológicos. Stein estaba confuso. El duque, embriagado.

Pepe Vera dijo un día a la _cantaora_: «¡Caramba, María, te palmotean

que ni que hubieses matado un toro de siete años!»

María estaba rodeada de una corte numerosa. Formaban parte de ella todos

los extranjeros distinguidos que se hallaban a la sazón en la capital, y

entre ellos había algunos notables por su mérito, otros por su

categoría. ¿Qué motivos los impulsaba? Unos iban por darse tono, según

la locución moderna. ¿Y qué es tono? Es una imitación servil de lo que

otros hacen. Otros eran movidos por la misma especie de curiosidad que

incita al niño a examinar los secretos resortes del juguete que le

divierte.

María no tuvo que hacer el menor esfuerzo para sentirse muy a sus

anchas en medio de aquel gran círculo. No había cambiado en lo más

pequeño su índole fría y altanera; pero había más elegancia en su

talante y mejor gusto en su modo de vestir; adquisiciones maquinales y

exteriores, que a los ojos de ciertas gentes, pueden suplir la falta de

inteligencia, de tacto y de buenos modales. Por la noche, en las tablas,

cuando el reflejo de las luces blanqueaba su palidez y aumentaba el

realce de sus ojos grandes y negros, parecía realmente hermosa.

El duque estaba de tal modo fascinado por aquella mujer, en cuyos

triunfos le tocaba alguna parte, pues cumplían sus pronósticos, y tal

era el entusiasmo que su canto le inspiraba, que no tuvo inconveniente

en pedirle que diese lecciones de música a su hija, no obstante que

recordaba el pronóstico de su amable amiga de Sevilla y estremecía al

reflexionar sobre el aplazamiento que le había dirigido la condesa.

Entonces hacía propósito de respetar a la mujer inocente que él mismo

había introducido en la escena resbaladiza y brillante que pisaba.

Digamos ahora algunas palabras de la duquesa:

Era esta señora virtuosa y bella. Aunque había entrado en los treinta

años, la frescura de su tez y la expresión de candor de su semblante le

daban un aspecto más joven. Pertenecía a una familia tan ilustre como la

de su marido, con la cual estaba estrechamente emparentada. Leonor y

Carlos se habían querido casi desde su infancia, con aquel afecto

verdaderamente español, profundo y constante, que ni se cansa ni se

enfría. Se habían casado muy jóvenes. A los dieciocho años, Leonor dio

una niña a su marido, el cual tenía veintidós a la sazón.

La familia de la duquesa, como algunas de la grandeza, era sumamente

devota; y en este espíritu había sido educada Leonor. Su reserva y su

austeridad la alejaban de los placeres y ruidos del mundo, a los

cuales, por otra parte, no tenía la menor inclinación. Leía poco y jamás

tomó en sus manos una novela. Ignoraba enteramente los efectos

dramáticos de las grandes pasiones. No había aprendido ni en los libros

ni en el teatro, el gran interés que se ha dado al adulterio, que por

consiguiente no era a sus ojos sino una abominación, como lo era el

asesinato.

Jamás habría llegado a creer, si se lo hubiesen dicho, que estaba

levantado en el mundo un estandarte, bajo el cual se proclamaba la

emancipación de la mujer. Más es; aun creyéndolo, jamás lo hubiera

comprendido; como no lo comprenden muchos, que ni viven tan retiradas,

ni son tan estrictas como lo era la duquesa. Si se le hubiera dicho que

había apologistas del divorcio, y hasta detractores de la santa

institución del matrimonio, habría creído estar soñando, o que se

acercaba el fin del mundo. Hija afectuosa y sumisa, amiga generosa y

segura, madre tierna y abnegada, esposa exclusivamente consagrada a su

marido, la duquesa de Almansa era el tipo de la mujer que Dios ama, que

la poesía dibuja en sus cantos, que la sociedad venera y admira, y en

cuyo lugar se quieren hoy ensalzar _esas amenazas_, que han perdido el

bello y suave instinto femenino.

El duque pudo entregarse largo tiempo al atractivo que María ejercía en

él, sin que la más pequeña nube empañase la paz sosegada, y, como el

cielo, pura, del corazón de su mujer. Sin embargo, el duque, hasta

entonces tan afectuoso, la descuidaba cada día más. La duquesa lloraba;

pero callaba.

Después llegó a sus oídos que aquella cantatriz que alborotaba a todo

Madrid, era protegida de su marido; que este pasaba la vida en casa de

aquella mujer. La duquesa lloró; pero dudando todavía.

Después el duque llevó a Stein a su casa, para dar lecciones a su hijo,

y luego quiso, como hemos dicho, que María las diese a su hija, preciosa

criatura de once años de edad.

Leonor se opuso con vigor a esto último, alegando no poder permitir que

una mujer de teatro tuviese el menor punto de contacto con aquella

inocente. El duque, acostumbrado a las fáciles condescendencias de su

mujer, vio en esta oposición un escrúpulo de devota, una falta de mundo

y persistió en su idea. La duquesa cedió, siguiendo el dictamen de su

confesor; pero lloró amargamente, impulsada por un doble motivo.

Recibió, pues, a María con excesiva circunspección; con una reserva

fría, pero urbana.

Leonor, que vivía según sus propensiones tranquilas, muy retirada, no

recibía, sino pocas visitas, la mayor parte de parientes; los demás eran

sacerdotes y algunas otras personas de confianza. Así pues, asistía con

no desmentida perseverancia a las lecciones de su hija; y tanto empeño

puso en no alejarla de sus miradas maternas, que este sistema no pudo

menos de ofender a María. Las personas que iban a ver a la duquesa no

hacían más que saludar fríamente a la maestra, sin volver a dirigirle

la palabra. De este modo, llegaba a ser en extremo humillante la

posición que ocupaba en aquella noble y austera residencia la mujer que

el público de Madrid adoraba de rodillas. María lo conocía y su orgullo

se indignaba, pero como la exquisita cortesía de la duquesa no se

desmintió jamás; como en su grave, modesto y hermoso rostro no se había

manifestado nunca una sonrisa de desdén ni una mirada de altanería,

María no podía quejarse. Por otra parte, el duque, que era tan digno y

tan delicado, ¿cómo había de permitir que nadie se le quejase de su

mujer? María tenía bastante penetración para conocer que debía callar y

no perder la amistad del duque, que la lisonjeaba, su protección que le

era necesaria y sus regalos que le eran muy gratos. Tuvo, pues, que

tascar el freno, hasta que ocurriese algún suceso que pusiese término a

tan tirante situación.

Un día en que, vestida de seda, y deslumbrando a todos con sus joyas,

cubierta con una magnífica mantilla de encajes, entraba en casa de la

duquesa, se encontró allí con el padre de esta, el marqués de Elda, y

con el obispo de...

El marqués era un anciano grave, de los más chapados a la antigua. Era

por los cuatro costados español, católico y realista neto. Vivía

retirado de la corte desde la muerte del rey, a quien había servido en

la guerra de la Independencia.

Había un poco de tibieza entre el marqués y su yerno, a quien el primero

acusaba de condescender demasiado con las ideas del siglo. Esta tibieza

subió de punto cuando llegaron a oídos del severo y virtuoso anciano los

rumores ya públicos de la protección que el duque daba a una cantatriz

de teatro.

Cuando María entró en la sala, la duquesa se levantó, con intención de

darle gracias y despedirla por aquel día, en vista del respeto debido a

las personas presentes. Pero el obispo, que ignoraba todo lo que pasaba,

manifestó deseos de oír cantar a la niña, que era su ahijada. La duquesa

se volvió a sentar; saludó a María con su urbanidad acostumbrada y mandó

llamar a su hija, quien no tardó en presentarse.

Apenas terminaba la niña los últimos compases de la plegaria de

Desdémona, cuando se oyeron tres golpes suaves en la puerta.

--Adelante, adelante--dijo la duquesa, dando a entender que conocía a la

persona en su modo de llamar, y con una viveza nueva a los ojos de

María, se puso en pie y salió obsequiosamente al encuentro de aquella

visita.

Pero María se sorprendió todavía más al ver este nuevo personaje. Era

una mujer fea, de unos cincuenta años de edad y de aspecto común. Su

traje era tan basto como desairado y extraño.

La duquesa la recibió con grandes muestras de consideración y una

cordialidad tanto más notable, cuanto más contrastaba con la reserva

glacial que con la maestra había usado; la tomó de la mano y la

presentó al obispo.

María no sabía qué pensar. Jamás había visto un vestido semejante ni una

persona que le pareciese menos en armonía con la posición que parecía

ocupaba cerca de gentes tan distinguidas y elevadas.

Después de un cuarto de hora de una conversación animada, aquella mujer

se levantó. Estaba lloviendo. El marqués la ofreció su coche, con

grandes instancias; pero la duquesa le dijo:

--Padre, ya he mandado que pongan el mío.

Dijo estas palabras acompañando a la recién venida, que ya se retiraba y

que se negó tenazmente a hacer uso del carruaje.

--Ven, hija mía--dijo la duquesa a su hija--, ven, con permiso de tu

maestra, a saludar a tu buena amiga.

María no sabía qué pensar de lo que estaba viendo y oyendo. La niña

abrazó a aquella que la duquesa llamaba su buena amiga.

--¿Quién es esa mujer?--le preguntó María, cuando volvió a su puesto.

--Es una hermana de la caridad--respondió la niña.

María quedó anonadada. Su orgullo, que luchaba con la frente erguida

contra toda superioridad; que desafiaba la dignidad de la nobleza, la

rivalidad de los artistas, el poder de la autoridad y aun la

prerrogativas del genio, se dobló como un junco ante la grandeza y la

elevación de la virtud.

Poco después se levantó para irse; seguía lloviendo.

--Tiene usted un coche a su disposición--le dijo la duquesa al

despedirla.

Al bajar al patio, María observó que estaban quitando los caballos del

de la duquesa. Un lacayo bajó con aire respetuoso el estribo de un coche

simón. María entró en él henchido el corazón de impotente rabia.

Al día siguiente declaró resueltamente al duque que no continuaría

dando lecciones a su hija. Tuvo buen cuidado de ocultarle el verdadero

motivo y la astucia de dar a esta reserva todo el aspecto de un acto de

prudencia. El duque, alucinado, tanto por el entusiasmo que María le

inspiraba, como por los amaños de que ella supo valerse, supuso que su

mujer habría dado motivo para aquella determinación, y se mostró aún más

frío con ella.

La gaviota · 第 33 / 44 题