Convencida la tía María de que ningún apoyo ni ayuda alguna tenía que
aguardar del hombre de influencia, al cual había querido asociarse en su
empresa matrimonial, se determinó a llevarla a cabo por sí y ante sí,
segura de vencer las objeciones de María y las que pudiese poner don
Federico, como Sansón a los filisteos. Nada le arredraba, ni el despego
de María, ni la inmovilidad de Stein; porque el amor es perseverante
como una hermana de la caridad y arrojado como un héroe; y el amor era
el gran móvil de todo lo que hacía aquella buenísima mujer. Así fue que
sin más ni mas, le dijo un día a Stein:
--¿Sabe usted, don Federico, que días atrás estuvo aquí _Marisalada_, y
nos dijo muy clarito, y con esa gracia que Dios le ha dado, que no venía
aquí sino por usted? ¿Qué le parece a usted la franqueza?
--Que a ser cierto, sería una ingratitud y que mi ruiseñor no es capaz
de ella; habrá sido una broma.
--Ello es, don Federico, que barbas mayores quitan menores y el primer
lugar compete a quien compete. ¿Tan mal le sabrá a usted que le quieran,
señor mío?
--No por cierto, que estamos de acuerdo en aquel axioma que usted tanto
repite, _amor no dice basta_. Pero... tía María, en querer siempre he
sido mejor donador, que no recaudador.
--Eso no habla conmigo--exclamó con viveza la buena mujer.
--No por cierto, mi querida tía María--respondió Stein tomando y
estrechando entre las suyas la mano de la anciana--. En sentimientos,
estamos en cuenta corriente y pagada; pero en pruebas he quedado muy
atrás; ¡ojalá pudiese dar a usted alguna de mi cariño y de mi gratitud!
--Pues fácil es, don Federico, y voy a pedírsela a usted.
--Desde luego, mi querida tía María, ¿y cuál es esa prueba? Decidlo
pronto.
--Que se quede con nosotros, y para eso, que se case usted, don
Federico; de esta suerte se nos quitaría el continuo sobresalto en que
vivimos, de que se nos quiera usted ir a su país, porque, como dice el
refrán: ¿Cuál es tu tierra? La de mi _mujer_.
Stein se sonrió.
--¿Que me case?--dijo--; pero ¿con quién, mi buena tía María?
--¿Con quién?, ¿con quién había de ser?, con su _ruiseñor_; así tendrá
usted eterna primavera en el corazón. ¡Es tan guapa, tan sandunguera,
está tan amoldada a sus mañas de usted, que ni ella puede vivir sin
usted ni usted sin ella! ¡Si se están ustedes queriendo como dos
tortolillos!, que eso salta a la cara.
--Soy viejo para ella, tía María--respondió Stein suspirando y
sonrojándose al darse cuenta de que en cuanto a él, llevaba razón la
buena mujer--; soy viejo--repitió--, para una niña de dieciséis años y
mi corazón es un inválido a quien deseo hacer la vida dulce y tranquila
y no exponerlo a nuevas heridas.
--¡Viejo!--exclamó la tía María--, ¡qué disparate! ¡Pues si apenas tiene
usted treinta años! Vamos, que eso es una razón de pie de banco, don
Federico.
--¿Qué más desearía yo--replicó Stein--que disfrutar con una inocente
joven de la dulce y santa felicidad doméstica, que es la verdadera, la
perfecta, la sólida que puede disfrutar el hombre y que Dios bendice,
porque es la que nos ha trazado? Pero tía María, ella no me puede querer
a mí.
--¡Esta es otra que mejor baila! Delicadita de gusto había de ser, a fe
mía, la que a usted le hiciese _fo_, don Federico. ¡Jesús!, no diga
usted lo contrario, que parece burla. Pues si la mujer que usted quiera,
ha de ser la más feliz del mundo entero.
--¿Lo cree usted así, mi buena tía María?
--Como me he de salvar, don Federico; y la que no lo fuese, era preciso
asparla viva.
A la mañana siguiente, cuando llegó _Marisalada_, al entrar en el patio,
se dio de frente con Momo, que sentado sobre una piedra de molino,
almorzaba pan y sardinas.
--¿Ya estás ahí, _Gaviota_?--este fue el suave recibimiento que le hizo
Momo--; ¡sobre que un día te hemos de hallar en la olla del potaje! ¿No
tienes nada que hacer en tu casa?
--Todo lo dejo yo--respondió María--por venir a ver esa cara tuya, que
me tiene hechizada, y esas orejas que te envidia _Golondrina_. Oyes,
¿sabes por qué tenéis vosotros las orejas tan largas? Cuando padre Adán
se halló en el paraíso con tanto animal, les dio a cada cual su nombre;
a los de tu especie los nombró borricos. Unos días después, los juntó y
les fue preguntando a cada cual su nombre; todos respondieron, menos los
de tu casta, que ni su nombre sabían. Dióle tal rabia a padre Adán, que
cogiendo al desmemoriado por las orejas, se puso a gritar a la par que
tiraba desaforadamente de ellas; te llamas borriicooo.
Diciendo y haciendo, había cogido María las orejas a Momo, ya se las
tiraba de manera de arrancárselas.
Fue la suerte de María, que al primer berrido que dio Momo, con toda la
fuerza de sus anchos pulmones, se le atravesó un bocado de pan y
sardina, lo que le ocasionó tal golpe de tos, que ella, ligera como
buena gaviota, pudo escaparse del buitre.
--Buenos días, mi ruiseñor--dijo Stein, que al oírla había salido al
patio.
--Por vía del ruiseñor, ¡ehe, ehe, ehe, ehe!--gruñía y tosía Momo--,
¡ruiseñor y es la chicharra más cansada que ha criado el estío!, ¡ehe,
ehe, ehe, ehe!
--Ven, María--prosiguió Stein--, ven a escribir y a leer los versos que
traduje ayer. ¿No te gustaron?
--No me acuerdo de ellos--respondió María--; ¿eran aquellos del país
donde florecen los naranjos? Esos no pegan aquí, donde se han secado por
no bastar a su riego las lágrimas de fray Gabriel. Déjese usted de
versos, don Federico, y tóqueme usted el _Nocturno_ de Weber cuyas
palabras son: «¡Escucha, escucha, amada mía! ¡Se oye el canto del
ruiseñor; en cada rama, florece una flor; antes que aquel calle y estas
se ajen, escucha, escucha, amada mía!»
--¡Los terminachos que ha aprendido esa _Gaviota_!--murmuraba Momo--, y
que le sientan como confites a un ajo molinero.
--Después que leas, tocaré la serenata de Carl de Weber--dijo Stein, que
sólo a favor de esta recompensa podía obligar a María a aprender lo que
quería enseñarle. María tomó con mal gesto el papel que le presentaba
Stein, y leyó corrientemente, aunque de mala gana: