Tres años había que Stein permanecía en aquel tranquilo rincón.
Adoptando la índole del país en que se hallaba, vivía al día, o como
dicen los franceses, _au jour le jour_, y como en otros términos le
aconsejara su buena patrona la tía María, diciendo que el día de mañana
no debía echarnos a perder el de hoy, y que de lo sólo que se debía
cuidar era de que el de hoy no nos echase a perder el de mañana.
En estos tres años había estado el joven médico en correspondencia con
su familia. Sus padres habían muerto, mientras él se hallaba en el
ejército en Navarra; su hermana Carlota había casado con un
arrendatario bien acomodado, el cual había hecho de los dos hermanos
pequeños de su mujer dos labradores poco instruidos, pero hábiles y
constantes en el trabajo. Stein se veía, pues, enteramente libre y
árbitro de su suerte.
Habíase dedicado a la educación de la niña enferma, que le debía la
vida, y aunque cultivaba un suelo ingrato y estéril, había conseguido a
fuerza de paciencia hacer germinar en él los rudimentos de la primera
enseñanza. Pero lo que excedió sus esperanzas, fue el partido que sacó
de las extraordinarias facultades filarmónicas con que la naturaleza
había dotado a la hija del pescador. Era su voz incomparable, y no fue
difícil a Stein, que era buen músico, dirigirla con acierto, como se
hace con las ramas de la vid, que son a un tiempo flexibles y vigorosas,
dóciles y fuertes.
Pero el maestro, que tenía un corazón tierno y suave, y en su temple una
propensión a la confianza que rayaba en ceguedad, se enamoró de su
discípula, contribuyendo a ello el amor exaltado que tenía el pescador a
su hija y la admiración que esta excitaba en la buena tía María; ambos
tenían cierto poder simpático y comunicativo que debió ejercer su
influencia en un alma abierta, benévola y dócil como la de Stein. Se
persuadió, pues, con Pedro Santaló de que su hija era un ángel, y con la
tía María, de que era un portento. Era Stein uno de aquellos hombres que
pueden asistir a un baile de máscaras, sin llegar a persuadirse de que
detrás de aquellas fisonomías absurdas, detrás de aquellas facciones de
cartón piedra, hay otras fisonomías y otras facciones, que son las que
el individuo ha recibido de la naturaleza. Y si a Santaló cegaba el
cariño apasionado, y a la tía María la bondad suma, ambos llegaron a la
vez a cegar a Stein.
Pero después de todo, lo que más le sedujo fue la voz pura, dulce,
expresiva y elocuente de María.
«Es preciso--se decía a sus solas--que la que expresa de un modo tan
admirable los sentimientos más sublimes, posea un alma llena de
elevación y ternura.»
Mas, como el grano de trigo en un rico terreno se esponja y echa raíces
antes de que sus brotes suban a la luz del día, así crecía y echaba
raíces este tranquilo y sincero amor, en el corazón de Stein, antes
sentido que definido.
También María, por su parte, se había aficionado a Stein, no porque
agrediese sus esmeros, ni porque apreciase sus excelentes prendas, ni
porque comprendiese su gran superioridad de alma e inteligencia, ni aun
siquiera por el atractivo que ejerce el amor en la persona que lo
inspira, sino porque agradecimiento, admiración, atractivo, los sentía y
se los inspiraba el _músico_, el maestro que en el arte la iniciaba.
Además, el aislamiento en que vivía, apartaba de ella todo otro objeto
que hubiese podido disputar a aquel la preferencia. Don Modesto no
estaba en edad de figurar en la palestra de amor; Momo, además de ser
extraordinariamente feo, conservaba toda su animosidad contra
_Marisalada_, y no cesaba de llamarla _Gaviota_; y ella le miraba con el
más alto desprecio. Es cierto que no faltaban mozalbetes en el lugar,
empezando por el barberillo, que persistía en suspirar por María; pero
todos estaban lejos de poder competir con Stein.
Por este tranquilo estado de cosas habían pasado tres veranos y tres
inviernos, como tres noches y tres días, cuando acaeció lo que vamos a
referir.
Forjábase en el tranquilo Villamar (¿quién lo diría?) una intriga; era
su promotor y jefe (¿quién lo pensara?) la tía María; era el confidente
(¿quién no se asombra?) ¡don Modesto!
Aunque sea una indiscreción, o por mejor decir, una bajeza el acechar,
oigámoslos en la huerta escondidos detrás de este naranjo, cuyo tronco
permanece firme, mientras sus flores se han marchitado y sus hojas se
han caído, como queda en el fondo del alma la resignación, cuando se ha
ajado la alegría y se han muerto las esperanzas; oigamos, volvemos a
decir, el coloquio que en secreto conciliábulo tienen los mencionados
confidentes, mientras fray Gabriel, que está a mil leguas, aunque pegado
a ellos, amarra con vencejos las lechugas para que crezcan blancas y
tiernas.
--No es que me lo figuro, don Modesto--decía la instigadora--, es una
realidad; para no verlo era preciso no tener ojos en la cara. Don
Federico quiere a _Marisalada_ y a esta no le parece el doctor costal de
paja.
--Tía María, ¿quién piensa en amores?--respondió don Modesto, en cuya
calma y tranquila existencia no se había realizado el eterno, clásico,
pero invariable axioma de la inseparable alianza de Marte y Cupido--.
¿Quién piensa en amores--repitió don Modesto en el mismo tono en que
hubiese dicho: ¿quién piensa en jugar a la _billarda_ o en remontar un
_pandero_?
--La gente moza, don Modesto, la gente moza; y si no fuera por eso, se
acabaría el mundo. Pero el caso es que es preciso darles a estos un
espolazo, porque esa gente de por allá arriba quiéreme parecer que se
andan con gran pachorra, pues dos años ha que nuestro hombre está
queriendo a su ruiseñor, como él la llama, que eso salta a la cara; y
estoy para mí, que no le ha dicho buenos ojos tienes. Usted que es
hombre que supone, un señor _considerable_, y que don Federico le
aprecia tanto, debería usted darle una puntadilla sobre el asunto, un
buen consejo, en bien de ellos y de todos nosotros.
--Dispénseme usted, tía María--respondió don Modesto--, pero Ramón Pérez
está por medio; es amigo y no quiero hacerle mal tercio; me afeita por
mi buena cara, e ir así contra sus intereses, sería una mala partida.
Tiene mucha pena en ver que _Marisalada_ no le quiere y se ha puesto
amarillo y delgado que es un dolor. El otro día dijo que si no se casaba
con _Marisalada_, rompería su guitarra, y ya no podía meterse fraile,
se metería a _faccioso_. Ya ve usted, tía María, que de todas maneras me
comprometo, metiéndome en ese asunto.
--Señor--dijo la tía María--, ¿y va usted a tomar a dinero contado lo
que dicen los enamorados? ¿Si Ramón Pérez, el pobrecillo, no es capaz de
matar un gorrión, cómo puede usted creer que se vaya a matar cristianos?
Pero considere usted que si se casa don Federico se nos quedará aquí
para siempre, ¿y qué suerte no sería esta para todos? Le aseguro a usted
que se me abren las carnes, así que habla de irse. Por fortuna que cada
vez se lo quitamos de la cabeza. Pues y la niña, ¡qué suerte haría! Que
ha de saber usted que gana don Federico muy buenos cuartos. Cuando
asistió y sacó en bien al hijo del alcalde don Perfecto, le dio este
cien reales como cien estrellas. ¡Qué linda pareja harían, mi
comandante!
--No digo que no, tía María--repuso don Modesto--; pero no me dé usted
cartas en el asunto, y déjeme observar mi estricta neutralidad. No tengo
dos caras; tengo la que me afeita Ramón, y no otra.
En este momento entró _Marisalada_ en la huerta. No era ya por cierto la
niña que conocimos desgreñada y mal compuesta; primorosamente peinada y
vestida con esmero, venía todas las mañanas al convento, al que si bien
no la atraían el cariño ni la gratitud a los que lo habitaban, traíala
el deseo de oír y aprender música de Stein, al paso que la echaba de la
cabaña el fastidio de hallarse sola en ella con su padre, que no la
divertía.
--¿Y don Federico?--dijo al entrar.
--Aún no ha vuelto de ver a sus enfermos--respondió la tía María--; hoy
iba a vacunar más de doce niños. ¡Tales cosas, don Modesto! Sacó el
_pues_, como dice su merced, de la teta de una vaca: ¡que las vacas
tengan un contraveneno para las viruelas! Y verdad será, porque don
Federico lo dice.
--Y tanta verdad que es--repuso don Modesto--, y que lo inventó un
_suizo_. Cuando estaba en Gaeta vi a los suizos, que son la guardia del
Papa; pero ninguno me dijo ser él el inventor.
--Si yo hubiese sido Su Santidad--prosiguió la tía María--, hubiese
premiado al inventor con una indulgencia plenaria. Siéntate, saladilla
mía, que tengo hambre de verte.
--No--contestó María--, me voy.
--¿Dónde has de ir que más te quieran?--dijo la tía María.
--¿Qué se me da a mí que me quieran?--respondió _Marisalada_--, ¿qué
hago yo aquí si no está don Federico?
--¡Vamos allá! ¿Conque no vienes aquí sino por ver a don Federico,
ingratilla?
--Y si no, ¿a qué había de venir?--contestó María--; ¿a hallarme con
_Romo_, que tiene los ojos, la cara y el alma todo atravesado?
--¿Conque esto es que quieres mucho a don Federico?--tornó a preguntar
la buena anciana.
--Le quiero--respondió María--; si no fuera por él, no ponía aquí los
pies, por no encontrarme con ese demonio de _Romo_, que tiene un aguijón
en la lengua, como las avispas en la parte de atrás.
--¿Y Ramón Pérez?--preguntó con _chuscada_ la tía María, como para
convencer a don Modesto de que su protegido podía archivar sus
esperanzas.
_Marisalada_ soltó una carcajada.
--Si ese _Ratón Pérez_--(Momo había puesto este sobrenombre al
barberillo) respondió--se cae en la olla, no seré yo la hormiguita que
lo canta y lo llora, y sobre todo la que lo escuche cantar; porque su
canto me ataca el _sistema nervioso_, ce don Federico, que asegura que
lo tengo más tirante que las cuerdas de una guitarra. Verá usted cómo
canta ese _Ratón Pérez_, tía María.
Cogió _Marisalada_ rápidamente una hoja de pita, que estaba en el suelo
y era de las que servían al hermano Gabriel para poner como biombos
contra el viento norte delante de las tomateras cuando empezaban a
nacer, y apoyándola en su brazo, a estilo de una guitarra, se puso a
remedar de una manera grotesca los ademanes de Ramón Pérez, y con su
singular talento de imitación y su modo de cantar y hacer gorgoritos, de
esta suerte cantó:
¿Qué tienes, hombre de Dios,
Que te vas poniendo flaaaaco?
¡Es porque puse los ojos
En un castillo muy aaaalto!
--Sí--dijo don Modesto, que recordó las serenatas a la puerta de
Rosita--; ese pobre Ramón siempre ha puesto alto los ojos.
A don Modesto no le habían podido disuadir los ulteriores sucesos, de
que no fuese Rosita el objeto que atrajo las consabidas serenatas,
porque una idea que entraba en la cabeza de don Modesto, caía como en
una alcancía; ni él mismo la podía volver a sacar. Eran las casillas de
su entendimiento tan estrechas y bien ordenadas, que una vez que
penetraba una idea en la que le correspondía, quedaba encajada,
embutida, e incrustada _per in sæcula sæculorum_.
--Me voy--dijo María, tirando la pita, de modo que vino a dar
ruidosamente contra fray Gabriel, que vuelto de espalda y agachado,
ataba su centésimo vigésimo quinto vencejo.
--¡Jesús!--exclamó asombrado fray Gabriel; pero en seguida se volvió a
atar sus vencejos, sin añadir palabra.
--¡Qué puntería!--dijo María riéndose--. Don Modesto, tómeme usted para
artillero, cuando logre los cañones para su fuerte.
--Esas no son gracias, María; son chanzas pesadas, que sabes que no me
gustan--dijo incomodada la buena anciana--. Dime a mí lo que quieras;
pero a fray Gabriel déjale en paz, que es el único bien que le ha
quedado.
--Vamos, no se enfade usted, tía María--repuso _la Gaviota_--;
consuélese usted con pensar, que nada tiene de vidrio fray Gabriel, sino
sus _espejuelos_.
Mi comandante, dígale usted a _señá Rosa Mística_ que traslade su
_amiga_ al fuerte de usted cuando tenga cañones de veinticuatro, para
que estén bien guardadas las niñas de las asechanzas del demonio, que se
meten en guitarras destempladas. Me voy, porque don Federico no viene;
estoy para mí que está vacunando a todo el lugar, inclusos _señá
Mística_, el maestro de escuela y el alcalde.
Pero la buena anciana, que estaba acostumbrada a las maneras desabridas
de María, y a la que por tanto no herían, la llamó y le dijo se sentase
a su lado.
Don Modesto, que infirió que la buena mujer iba a armar sus baterías,
fiel a la neutralidad que había prometido, se despidió, dio media vuelta
a la derecha y tocó retirada; pero no sin que la tía María le diese un
par de lechugas y un manojo de rábanos.
--Hija mía--dijo la anciana cuando estuvieron solas--, ¿qué no sería que
se casase contigo don Federico y que fueses tú así la _señá_ médica, la
más feliz de las mujeres, con ese hombre que es un San Luis Gonzaga, que
sabe tanto, que toca tan bien la flauta y gana tan buenos cuartos?
Estarías vestida como un palmito, comida y bebida como una mayorazga; y
sobre todo, hija mía, podrías mantener al pobrecito de tu padre, que se
va haciendo viejo y es un dolor verle echarse a la mar, que llueva o
ventee, para que a ti no te falte nada. Así don Federico se quedaría
entre nosotros, consolando y aliviando males, como un ángel que es.
María había escuchado a la anciana con mucha atención, aunque afectando
tener la vista distraída; cuando hubo acabado de hablar, calló un rato y
dijo después con indiferencia:
--Yo no quiero casarme.
--¡Oiga!--exclamó tía María--, ¿pues acaso te quieres meter monja?
--Tampoco--respondió _la Gaviota_.
--¿Pues qué?--preguntó asombrada la tía María--, ¿no quieres ser ni
carne ni pescado? ¡No he oído otra! La mujer, hija mía, o es de Dios o
del hombre; si no, no cumple con su vocación, ni con la de arriba, ni
con la de abajo.
--¿Pues qué quiere usted, señora?, no tengo vocación ni para casada ni
para monja.
--Pues hija--repuso la tía María--, será tu vocación la de la mula. A
mí, Mariquita, no me gusta nada de lo que sale de lo regular; en
particular a las mujeres, les está tan mal no hacer lo que hacen las
demás, que si fuese hombre, le había de huir a una mujer así, como a un
toro bravo. En fin, tu alma en tu palma; allá te las avengas.
Pero--añadió con su acostumbrada bondad--eres muy niña y tienes que dar
más vueltas que da una llave. El tiempo quiebra, sin canto ni piedra.
_Marisalada_ se levantó y se fue.
«¡Sí!--iba pensando, tocándose el pañolón por la cabeza--; me quiere;
eso ya me lo sabía yo. Pero... como fray Gabriel a la tía María, esto
es, como se quieren los viejos. ¿A que no sufría un aguacero en mi reja
por no resfriarse? Ahora, si se casa conmigo me hará buena vida; ¡eso
sí!, me dejará hacer lo que me dé la gana, me tocará su flauta cuando se
lo pida, y me comprará lo que quiera y se me antoje. Si fuera su mujer,
tendría un pañolón de _espumilla_, como Quela, la hija de tío Juan
López, y una mantilla de blonda de Almagro, como la alcaldesa. ¡Lo que
rabiarían de envidia! Pero me parece que don Federico, que se derrite
como tocino en sartén cuando me oye cantar, lo mismo piensa en casarse
conmigo que piensa don Modesto en casarse con su querida Rosa... de
todos los diablos.»
En todo este bello monólogo mental no hubo un pensamiento ni un recuerdo
para su padre, cuyo alivio y bienestar habían sido las primeras razones
que había aducido la tía María.