(_Traducido del poeta alemán Salis._)
En la suave sombra del retiro hallé la paz, la paz que a un mismo
tiempo nos ablanda y fortalece, y que mira tranquila los golpes de
la suerte como el santo mira los sepulcros.
¡Dulce olvido de la marcha del tiempo, suave alejamiento de los
hombres, que llevas a amarlos más que su trato!, tú sacas
blandamente de la herida el dardo que en el alma clavó la
injusticia.
Aquel que _tolera y aprecia_, aquel que exige mucho de sí mismo y
poco de los demás, para este brotan las más suaves hojas del olivo,
con las que coronará la moderación su frente.
En cuanto a mí, corono a mis _Penates_ con _loto_[18], y los cuidados
por el porvenir no se acercan a mis umbrales, pues el hombre cuerdo
concreta su felicidad a un estrecho círculo.
[Nota 18: Loto, planta que simboliza el olvido.--Almez ó almezo.]
--María--dijo Stein cuando esta hubo acabado la lectura--, tú, que no
conoces al mundo, no puedes graduar cuánta y qué profunda verdad hay en
estos versos y cuánta filosofía. ¿Te acuerdas que te expliqué lo que era
filosofía?
--Sí, señor--respondió María--, la ciencia de ser feliz. Pero en eso,
señor, no hay reglas ni ciencia que valga; cada cual entiende el modo de
serlo a su manera. Don Modesto, en que le pongan cañones a su fuerte,
tan ruinoso como él. Fray Gabriel, en que le vuelvan su convento, su
prior y sus campanas; tía María, en que usted no se vaya; mi padre en
coger una corbina, y Momo, en hacer todo el mal que pueda.
Stein se echó a reír, y poniendo cariñosamente su mano sobre el hombro
de María:
--¿Y tú--le dijo--en qué la haces consistir?
María vaciló un momento sobre lo que había de contestar, levantó sus
grandes ojos, miró a Stein, los volvió a bajar, miró de soslayo a Momo,
se sonrió en sus adentros al verle las orejas más coloradas que un
tomate y contestó al fin.
--¿Y usted, don Federico, en qué la haría consistir?, ¿en irse a su
tierra?
--No--respondió Stein.
--¿Pues en qué?--prosiguió preguntando María.
--Yo te lo diré, ruiseñor mío--respondió Stein--; pero antes dime tú en
qué harías consistir la tuya.
--En oír siempre tocar a usted--respondió María con sinceridad.
En este momento, salió la tía María de la cocina con la buena intención
de meter el palo en candela; sucediéndole lo que a muchos, que por un
exceso de celo entorpecen las mismas cosas que desean.
--¿No ve usted, don Federico--le dijo--, qué guapa moza está
_Marisalada_ y qué corpachón ha echado?
Momo, al oír a su abuela, murmuró guillotinando una sardina:
--¡Idéntica a la caña de pescar de su padre!, con unas piernas y brazos
que le dan el garbo de un cigarrón, tan alta y tan seca, que haría buena
tranca para mi puerta, ¡jui!
--Anda, desaborido, rechoncho, que pareces una col sin troncho--repuso
_la Gaviota_ a media voz.
--Sí, sí--respondió Stein a la tía María--; es bella, sus ojos son el
tipo de los tan nombrados de los árabes.
--Parecen dos erizos y cada mirada una púa--gruñó Momo.
--¿Y esta boca tan hermosa que canta como un serafín?--prosiguió la tía
María, tomando la cara a su protegida.
--¡Vea usted!--dijo Momo--, una boca como una espuerta, que echa fuera
sapos y culebras.
--¿Y tu jeta?--dijo María con una rabia, que esta vez no pudo
contener--, ¿y tu jeta espantosa, que no ha llegado de oreja a oreja,
porque tu cara es tan ancha que se cansó a medio camino?
Momo, en respuesta, cantó en tres tonos diferentes.
--_¡Gaviota! ¡Gaviota! ¡Gaviota!_
--_¡Romo! ¡Romo! ¡Romo!,_ chato, nariz de rabadilla de pato--cantó María
con su magnífica voz.
--¿Es posible, Mariquita--le dijo Stein--, que hagas caso de lo que dice
Momo sólo por molerte? Son sus bromas tontas y groseras, pero sin
malicia.
--Alguna de la que a él le sobra, le hace falta a usted, don
Federico--respondió María--. Y para que usted lo sepa, no me da la gana
de aguantar a ese zopenco, más rudo que un canto, más bronco que un
_escambrón_ y más áspero que un cuero sin curtir. Así, me voy.
Diciendo esto, se salió _la Gaviota_ y Stein la siguió.
--Eres un desvergonzado--dijo la tía María a su nieto--; tienes más hiel
en tu corazón, que buena sangre en tus venas: ¡a las faldas se las
respeta, ganso! Pero en todo el lugar hay otro más díscolo ni más
desamoretado que tú.
--¡Como está usted hecha a la finura de esa pilla de playa--respondió
Momo--, que me ha puesto las orejas como usted las ve, le parecen a
usted los demás bastos! El demonio que acierte de qué hechizo se ha
valido esa agua-mala[19] para cortarle a usted y a don Federico el
ombligo. ¡Mire usted una gaviota _leía y escribía_!... ¿Quién ha visto
eso? Así es que esa gran _jaragana_, que no se cuida de otra cosa en
todo el día, sino de hacer gorgoritos como el agua al fuego, ni le guisa
la comida a su padre, que tiene que guisársela él mismo, ni le cuida la
ropa; de manera que tiene usted que cuidársela. Pero su padre, don
Federico, y usted no saben dónde ponerla, y querían que Su Santidad la
santificara. ¡Ella dará el pago!, ¡ella dará el pago!, y si no, ¡al
tiempo! Cría cuervos...
Stein había alcanzado a _Marisalada_ y le decía:
[Nota 19: Agua-mala es el nombre vulgar de un pólipo marino, que vive rodeado
de una materia glutinosa que flota en el mar y cuyo contacto produce un
escozor en la piel, parecido al que causa el de la ortiga.]
--¿De qué sirve, Mariquita, cuanto he procurado ilustrar tu
entendimiento, si no has llegado siquiera a adquirir la poca
superioridad necesaria para sobreponerte a necedades sin valor ni
importancia?
--Oiga usted, don Federico--contestó María--, yo entiendo que la
superioridad me ha de valer para que por ella me tengan en más, y no en
menos.
--Válgame Dios, María, ¿es posible que así trueques los frenos? La
superioridad enseña cabalmente a no engreírse con lauros y a no
rebelarse contra injusticias. Pero esas son--añadió riéndose--cosas de
tu edad casi infantil y de tu efervescente sangre meridional. Tú habrás
aprendido, cuando tengas canas como yo, el poco valor de esas cosas.
¿Has notado que tengo canas, María?
--Sí--respondió esta.
--Pues mira, bien joven soy; pero el sufrir madura pronto la cabeza. Mi
corazón ha quedado joven, María; y te ofrecería flores de primavera si
no temiese te asustasen las tristes señales de invierno que ciñen mi
frente.
--Verdad es--respondió María (que no pudo contener su natural
impulso)--que un novio con canas, no pega.
--¡Bien lo pensé así!--dijo Stein con tristeza--; mi corazón es leal y
la tía María se engañó cuando al asegurarme posible la felicidad, hizo
nacer en él esperanzas, como nace la flor del aire, sin raíces y sólo al
soplo de la brisa.
María, que echó de ver que había rechazado con su aspereza a un alma
demasiado delicada para insistir y a un hombre bastante modesto para
persuadirse de que aquella sola objeción bastaba para anular sus demás
ventajas, dijo precipitadamente:
--Si un novio con canas no pega, un marido con canas no asusta.
Stein quedó sumamente sorprendido de esta brusca salida, y aún más, de
la decisión e impasibilidad con que se hacía. Luego, se sonrió y la
dijo:
--¿Te casarías, pues, conmigo, bella hija de la naturaleza?
--¿Por qué no?--respondió _la Gaviota_.
--María--dijo conmovido Stein--, la que admite a un hombre para marido y
se aviene a unirse a él para toda la vida, o mejor dicho, a hacer de dos
vidas una, como en una antorcha dos pábilos forman una misma llama, le
favorece más, que la que le acoge por amante.
--¿Y para qué sirven--dijo María con mezcla de inocencia y de
indiferencia--los peladeros de pava en la reja?, ¿a qué sirven los
guitarreos, si tocan y cantan mal, sino para ahuyentar los gatos?
Habían llegado a la playa y Stein suplicó a María se sentase a su lado,
sobre unas rocas. Callaron largo rato: Stein estaba profundamente
conmovido; María, aburrida, había tomado una varita y dibujaba con ella
figuras en la arena.
--¡Cómo habla la naturaleza al corazón del hombre!--dijo al fin Stein--;
¡qué simpatía une a todo lo que Dios ha creado! Una vida pura es como un
día sereno; una vida de pasiones desenfrenadas es como un día de
tormenta. Mira esas nubes, que llegan lentas y oscuras, a interponerse
entre el sol y la tierra: son como el deber, que se interpone entre el
corazón y un amor ilícito, dejando caer sobre el primero sus frías pero
claras y puras emanaciones. ¡Dichoso el terreno sobre el que no
resbalan! Pero nuestra felicidad será inalterable como el cielo de mayo,
porque tú me querrás siempre, ¿no es verdad, María?
María, en cuya alma tosca y áspera no experimentaba la poesía ni hacia
los sentimientos ascéticos de Stein, no tenía ganas de responder; pero
como tampoco podía dejar de hacerlo, escribió en la arena con la varita,
con que distraía su ocio, la palabra _«¡Siempre!»_
Stein tomó el fastidio por modestia y prosiguió conmovido:
--Mira la mar: ¿oyes cómo murmuran sus olas con una voz tan llena de
encanto y de terror? Parecen murmurar graves secretos en una lengua
desconocida. Las olas son, María, aquellas sirenas seductoras y
terribles, en cuya creación fantástica las personificó la florida
imaginación de los griegos: seres bellos y sin corazón, tan seductores
como terribles, que atraían al hombre con tan dulces voces para
perderle. Pero tú, María, no atraes con tu dulce voz, para pagar con
ingratitud; no: tú serás la sirena en la atracción, pero no en la
perfidia. ¿No es verdad, María, que nunca serás ingrata?
_«¡Nunca!»,_ escribió María en la arena; y las olas se divertían en
borrar las palabras que escribía María, como para parodiar el poder de
los días, olas del tiempo, que van borrando en el corazón, cual ellas en
la arena, lo que se asegura tener grabado en él para siempre.
--¿Por qué no me respondes con tu dulce voz?--dijo Stein a María.
--¿Qué quiere usted, don Federico?--contestó esta--. Se me anuda la
garganta para decirle a un hombre que lo quiero. Soy seca y descastada,
como dice la tía María, que no por eso deja de quererme; cada uno es
como Dios lo ha hecho. Soy como mi padre; palabras, pocas.
--Pues si eres como tu padre, nada más deseo, porque el buen tío
Pedro--diré mi padre, María--tiene el corazón más amante que abrigó
pecho humano. Corazones como el suyo sólo laten en los diáfanos pechos
de los ángeles y en los de los hombres selectos.
«¡Selecto mi padre!--dijo para sí María, pudiendo apenas contener una
sonrisa burlona--. ¡Anda con Dios!, más vale que así le parezca.»
--Mira, María--dijo Stein acercándose a ella--; ofrezcamos a Dios
nuestro amor puro y santo; prometámosle hacerlo grato con la fidelidad
en el cumplimiento de todos los deberes que impone, cuando está
consagrado en sus aras; y deja que te abrace como a mi mujer y a mi
compañera.
--¡Eso no!--dijo María dando un rápido salto atrás y arrugando el
entrecejo--, ¡a mí no me toca nadie!
--Bien está, mi bella esquiva--repuso Stein con dulzura--; respeto todas
las delicadezas y me someto a todas tus voluntades. ¿No es acaso, como
dice uno de vuestros antiguos y divinos poetas, la mayor de las
felicidades la de _obedecer amando_?