_Marisalada_ estaba ya en convalecencia; como si la naturaleza hubiera
querido recompensar el acertado método curativo de Stein y el caritativo
esmero de la buena tía María.
Habíase vestido decentemente, sus cabellos, bien peinados y recogidos en
una _castaña_, acreditaban el celo de Dolores, que era quien se había
encargado de su tocado.
Un día en que Stein estaba leyendo en su cuarto, cuya ventanilla daba al
patio grande, donde a la sazón se hallaban los niños jugando con
_Marisalada_, oyó que esta se puso a imitar el canto de diversos pájaros
con tan rara perfección, que aquel suspendió su lectura para admirar una
habilidad tan extraordinaria. Poco después, los muchachos entablaron uno
de esos juegos tan comunes en España, en que se canta al mismo tiempo.
_Marisalada_ hacía el papel de madre; Pepa, el de un caballero que
venía a pedirle la mano de su hija. La madre se la niega; el caballero
quiere apoderarse de la novia por fuerza, y todo este diálogo se compone
de copias cantadas en una tonada cuya melodía es sumamente agradable.
El libro se cayó de las manos de Stein, que como buen alemán tenía gran
afición a la música. Jamás había llegado a sus oídos una voz tan
hermosa. Era un metal puro y fuerte como el cristal, suave y flexible
como la seda. Apenas se atrevía a respirar Stein, temeroso de perder la
menor nota.
--Se quisiera usted volver todo orejas--dijo la tía María, que había
entrado en el cuarto sin que él lo hubiese echado de ver--. ¿No le he
dicho a usted que es un canario sin jaula? Ya verá usted.
Y con esto se salió al patio y dijo a _Marisalada_ que cantase una
canción.
Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se negó a ello.
En este momento entró Momo mal engestado, precedido de _Golondrina_
cargada de _picón_.
Traía las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.
--¡El rey Melchor!--gritó al verlo _Marisalada_.
--¡El rey Melchor!--repitieron los niños.
--Si yo no tuviera más que hacer--respondió Momo rabioso--que cantar y
brincar como tú, grandísima holgazana, no estaría tiznado de pies a
cabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto no
me mortificarás las orejas.
La respuesta de _Marisalada_ fue entonar a trapo tendido una canción.
El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleras ya
tristes, ya alegres; el olé, el fandango, la caña, tan linda como
difícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el
_romance_. La tonada del romance es monótona y no nos atrevemos a
asegurar que puesta en música, pudiese satisfacer a los _dilettanti_, ni
a los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir
encanto), es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la manera
con que algunas notas se ciernen, por decirlo así, y mecen suavemente,
bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que el
romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien y
genuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que sólo a esas gentes, y de
entre ellas a pocos, se lo hemos oído cantar a la perfección: parécenos
que los que lo hacen, lo hacen como por intuición. Cuando a la caída de
la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance
con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario, que sólo
podemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta de
los postillones, cuando tan melancólicamente vibran suavemente repetidos
por los ecos, entre aquellos magníficos bosques y sobre aquellos
deliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntos
moriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.
Este famoso y antiguo romance que ha llegado hasta nosotros, de padres a
hijos, como una tradición de melodía, ha sido más estable sobre sus
pocas notas confiadas al oído, que las grandezas de España, apoyadas con
cañones y sostenidas por las minas del Perú.
Tiene, además, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonada
es compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con las
arriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad de
coplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.
María cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aquí con
toda su sencillez y energía popular.
Estando un caballerito
En la isla de León,
se enamoró de una dama
y ella le correspondió.
Que con el aretín, que con el aretón.
--Señor, quédese una noche,
quédese una noche o dos,
que mi marido está fuera por esos montes de Dios.
Que con el aretín, que con el aretón.
Estándola enamorando,
el marido que llegó:
--Ábreme la puerta, cielo,
ábreme la puerta, sol.
Que con el aretín, que con el aretón.
Ha bajado la escalera
quebradita de color.
--¿Has tenido calentura?
¿O has tenido nuevo amor?
Que con el aretín, que con el aretón.
--Ni he tenido calentura
ni he tenido nuevo amor.
Me se ha perdido la llave
de tu rico tocador.
Que con el aretín, que con el aretón.
--Si las tuyas son de acero,
de oro las tengo yo.
¿De quién es aquel caballo
que en la cuadra relinchó?
Que con el aretín, que con el aretón.
--Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
porque vayas a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.
--Viva tu padre mil años,
que caballos tengo yo.
¿De quién es aquel trabuco que en aquel clavo colgó?
Que con el aretín, que con el aretón.
--Tuyo, tuyo, dueño mío,
que mi padre lo mandó,
para llevarte a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.
--Viva tu padre mil años,
que trabucos tengo yo.
¿Quién ha sido el atrevido
que en mi casa se acostó?
Que con el aretín, que con el aretón.
--Es una hermanita mía,
que mi padre la mandó
para llevarme a la boda
de mi hermana la mayor.
Que con el aretín, que con el aretón.
La ha agarrado de la mano,
al padre se la llevó:
toma allá, padre, tu hija,
que me ha jugado traición.
Que con el aretín, que con el aretón.
--Llévatela tú, mi yerno,
que la iglesia te la dio;
la ha agarrado de la mano,
al campo se la llevó.
Que con el aretín, que con el aretón.
Le tiró tres puñaladas
y allí muerta la dejó,
la dama murió a la una,
y el galán murió a las dos.
Que con el aretín, que con el aretón[17].
[Nota 17: El ilustre literato, el estudioso recopilador, el sabio bibliófilo
don Juan Nicolás Böhl de Faber, a quien debe la literatura española el
_Teatro anterior a Lope de Vega_, y la _Floresta de rimas castellanas_, trae
en el primer tomo de esta colección, página 255, el siguiente romance
antiguo, de autor no conocido. Nos ha parecido curioso el reproducirlo
aquí por tratar el mismo asunto que trata esta canción. No somos
competentes para juzgar si habrá sido que el canto popular subió del
pueblo al poeta culto que lo rehizo, o si bajaría del poeta culto al
popular que lo simplificó y trató a su manera, o si bien sería el suceso
un hecho cierto, que simultáneamente cantaron, aunque parece el lenguaje
de la canción del pueblo más moderno.]
--Blanca sois, señora mía,
más que no el rayo del sol,
si la dormiré esta noche
desarmado y sin pavor,
que siete años había, siete,
que no me desarmó, no;
más negras tengo mis carnes
que un tiznado carbón.
--Dormidla, señor, dormidla,
desarmado y sin temor,
que el conde es ido a la caza
a los montes de León.
Rabia, le mate los perros
y águilas el su halcón,
y del monte hasta casa
a él lo arrastre el morón.
Ellos en aquesto estando,
su marido que llegó:
--¿Qué hacéis, la blanca niña,
hija de padre traidor?
--Señor, peino mis cabellos
péinolos con gran dolor,
que me dejéis a mí sola
y a los montes os vais vos.
--Esa palabra, la niña
no era sino traición.
¿Cuyo es aquel caballo
que allá bajo relinchó?
--Señor, era de mi padre,
y enviáralo para vos.
--¿Cuyas son aquellas armas
que están en el corredor?
--Señor, eran de mi hermano,
y hoy os las envió.
--¿Cuya es aquella lanza,
desde aquí la veo yo?
--Tomadla, conde, tomadla
matadme con ella vos,
que aquesta muerte buen conde,
bien os la merezco yo.
Pudiéramos además dar otra versión de este mismo tema recogida en otro
pueblo del campo de Andalucía; pero nos abstenemos por considerar que la
poesía popular no tiene par todo el mundo el interés y el encanto que
para nosotros.]
Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tenía un excelente oído, tomó
la flauta y repitió nota por nota la canción de _Marisalada_. Entonces
fue cuando esta a su vez quedó pasmada y absorta, volviendo a todas
partes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco,
tan exacto y tan fiel.
--No es eco--clamaron las niñas--; es don Federico que está soplando en
una caña agujereada.
María entró precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y se
puso a escucharle con la mayor atención, inclinando el cuerpo hacia
adelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.
Desde aquel instante, la tosca aspereza de María se convirtió, con
respecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que causó la mayor
extrañeza a toda la familia. Llena de gozo la tía María aconsejó a Stein
que se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, para
inducirla a que se enseñase a emplear bien su tiempo aprendiendo la ley
de Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razón,
nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Añadió la buena
anciana, que para conseguir el fin deseado, así como para domeñar el
genio soberbio de María y sus hábitos bravíos, lo mejor sería suplicar a
_señá_ Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto que
era dicha maestra mujer de razón y temerosa de Dios y muy diestra en
labores de mano.
Stein aprobó mucho la propuesta y alcanzó de _Marisalada_ que se
prestase a ponerla en ejecución, prometiéndole en cambio ir a verla
todos los días y divertirla con la flauta.
Las disposiciones que aquella criatura tenía para la música,
despertaron en ella una afición extraordinaria a su cultivo, y la
habilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.
Cuando llegó a noticia de Momo que _Marisalada_ iba a ponerse bajo la
tutela de _Rosa Mística_, para aprender allí a coser, barrer y guisar, y
sobre todo, como él decía, a tener juicio, y que el doctor era quien la
había decidido a este paso, dijo que ya caía en cuenta de lo que don
Federico le había contado de allá en su tierra, que había ciertos
hombres, detrás de los cuales echaban a correr todas las ratas del
pueblo, cuando se ponían a tocar un pito.
Desde la muerte de su madre, _señá_ Rosa había establecido una escuela
de niñas, a que en los pueblos se da el nombre de amiga, y en las
ciudades, el más a la moda, de academia. Asisten a ella las niñas en los
pueblos, desde por la mañana hasta mediodía, y sólo se enseña la
doctrina cristiana y la costura. En las ciudades aprenden a leer,
escribir, el bordado y el dibujo. Claro es que estas casas no pueden
crear pozos de ciencia, ni ser semilleros de artistas, ni modelos de
educación cual corresponde a la _mujer emancipada_. Pero en cambio
suelen salir de ellas mujeres hacendosas y excelentes madres de
familia, lo cual vale algo más.
Una vez restablecida la enferma, Stein exigió de su padre que la
confiase por algún tiempo a la buena mujer que debía suplir con aquella
indómita criatura a la madre que había perdido y adoctrinarla en las
obligaciones propias de su sexo.
Cuando se propuso a _señá_ Rosa que admitiese en su casa a la _bravía_
hija del pescador, su primera respuesta fue una terminante negativa,
como suelen hacer en tales casos las personas de su temple; pero acabó
por ceder cuando se le dieron a entender los buenos efectos que podría
tener aquella obra de caridad; como hacen en iguales circunstancias
todas las personas religiosas, para las cuales la obligación no es cosa
convencional, sino una línea recta trazada con mano firme.
No es ponderable lo que padeció la infeliz mujer, mientras estuvo a su
cargo _Marisalada_. Por parte de esta no cesaron las burlas ni las
rebeldías, ni por parte de la maestra los sermones sin provecho y las
exhortaciones sin fruto.
Dos ocurrencias agotaron la paciencia de _señá_ Rosa, con tanta más
razón, cuanto que no era en ella virtud innata, sino trabajosamente
adquirida.
_Marisalada_ había logrado formar una especie de conspiración en las
filas del batallón que _señá_ Rosa capitaneaba. Esta conspiración llegó
por fin a estallar un día, tímida y vacilante a los principios, mas
después osada y con el cuello erguido; y fue en los términos siguientes:
--No me gustan las rosas de a libra--dijo de repente _Marisalada_.
--¡Silencio!--mandó la maestra, cuya severa disciplina no permitía que
se hablase en las horas de clase.
Se restableció el silencio.
Cinco minutos después, se oyó una voz muy aguda, y no poco insolente,
que decía:
--No me gustan las rosas lunarias.
--Nadie te lo pregunta--dijo _señá_ Rosa, creyendo que esta intempestiva
declaración había sido provocada por la de _Marisalada_.
Cinco minutos después, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo el
dedal que se le había caído:
--A mí no me gustan las rosas blancas.
--¿Qué significa esto?--gritó entonces _Rosa Mística_, cuyo ojillo negro
brillaba como un fanal--. ¿Se están ustedes burlando de mí?
--No me gustan las rosas del pitiminí--dijo una de las más chicas,
ocultándose inmediatamente debajo de la mesa.
--Ni a mí las rosas de Pasión.
--Ni a mí las rosas de Jericó.
--Ni a mí las rosas amarillas.
La voz clara y fuerte de _Marisalada_ oscureció todas las otras
gritando:
--A las rosas secas no las puedo ver.
--A las rosas secas--exclamaron en coro todas las muchachas--no las
puedo ver.
_Rosa Mística_, que al principio había quedado atónita, viendo tanta
insolencia, se levantó, corrió a la cocina y volvió armada de una
escoba.
Al verla, todas las muchachas huyeron como una bandada de pájaros. _Rosa
Mística_ quedó sola, dejó caer la escoba y se cruzó de brazos.
--¡Paciencia, Señor!--exclamó, después de haber hecho lo posible por
serenarse--. Sobrellevaba con resignación mi apodo, como tú cargaste con
la cruz; pero todavía me faltaba esta corona de espinas. ¡Hágase tu
santa voluntad!
Quizá se habría prestado a perdonar a _Marisalada_ en esta ocasión, si
no se hubiera presentado muy en breve otra, que la obligó por fin a
tomar la resolución de despedirla de una vez. Fue el caso que el hijo
del barbero, Ramón Pérez, gran tocador de guitarra, venía todas las
noches a tocar y cantar coplas amorosas bajo las ventanas severamente
cerradas de la beata.
--Don Modesto--dijo esta un día a su huésped--, cuando usted oiga de
noche a este ave nocturna de Ramón desollarnos las orejas con su canto,
hágame usted favor de salir y decirle que se vaya con la música a otra
parte.
--Pero Rosita--contestó don Modesto--, ¿quiere usted que me indisponga
con ese muchacho, cuando su padre (Dios se lo pague) me está afeitando
de balde desde el día de mi llegada a Villamar? Y vea usted lo que es: a
mí me gusta oírle, porque no puede negarse que canta y toca la guitarra
con mucho primor.
--Buen provecho le haga a usted--dijo _señá_ Rosa--. Puede ser que tenga
usted los oídos a prueba de bomba. Pero si a usted le gusta, a mí no.
Eso de venir a cantar a las rejas de una mujer honrada, ni le hace favor
ni viene a qué.
La fisonomía de don Modesto expresó una respuesta muda, dividida en tres
partes. En primer lugar, la extrañeza, que parecía decir: ¡Qué! ¡Ramón
galantea a mi patrona! En segundo lugar, la duda, como si dijera: ¿será
posible? En tercer lugar, la certeza, concretada en estas frases:
¡ciertos son los toros! Ramón es un atrevido.
Después de pensarlo, continuó _señá_ Rosa:
--Usted podría resfriarse, pasando del calor de su cama al aire. Más
vale que se quede usted quieto, y sea yo la que diga al tal chicharra,
que si se quiere divertir, que compre una mona.
Al sonar las doce de la noche, se oyó el rasgueo de una guitarra y en
seguida una voz que cantaba:
¡Vale más lo moreno
De mi morena,
Que toda la blancura
De una azucena!
--¡Qué tonterías!--exclamó _Rosa Mística_, levantándose de la cama--.
¡Qué larga será la cuenta que haya de dar a Dios de tanta palabra vana!
La voz prosiguió cantando:
Niña, cuando vas a misa,
La iglesia se resplandece.
La hierba seca que pisas,
Al verte, se reverdece.
--¡Dios nos asista!--exclamó _Rosa Mística_, poniéndose las terceras
enaguas--; también saca a colación la misa en sus coplas profanas; y los
que lo oigan, como saben que soy dada a las cosas de Dios, dirán que lo
canta por lavarme la cara. ¿Si pensará ese barbilampiño burlarse de mí?
¡No faltara más!
Rosa llegó a la sala, y ¡cuál no se quedaría al ver a _Marisalada_
asomada al postigo y oyendo al cantor con toda la atención de que era
capaz! Entonces se persignó, exclamando:
--¡Y todavía no ha cumplido trece años! ¡Sobre que ya no hay niñas!
Tomó a _Marisalada_ por el brazo, la apartó de la ventana, y se colocó
en ella a tiempo que Ramón, dándole de firme a la guitarra, entonaba,
desgañitándose, esta copla:
Asómate a esa ventana,
Esos bellos ojos abre;
Nos alumbrarás con ellos,
Porque está oscura la calle.
Y siguió más violento y desatinado que nunca el rasgueo.
--¡Yo seré quien te alumbraré con un blandón del infierno--gritó con
agria y colérica voz _Rosa Mística--_: libertino, profanador, cantor
sempiterno e insufrible!
Ramón Pérez, vuelto en sí de la primera sorpresa, echó a correr más
ligero que un gamo, sin volver la cara atrás.
Este fue el golpe decisivo. _Marisalada_ fue despedida de una vez, a
pesar del empeño que hizo tímidamente don Modesto en su favor.
--Don Modesto--respondió Rosita--, dice el refrán: cargos son cargos; y
mientras esta descaradota esté al mío, tengo que dar cuenta de sus
acciones a Dios y a los hombres. Pues bien, cada cual tiene bastante
con responder de lo suyo, sin necesidad de cargar con pecados ajenos.
Además de que, usted lo está viendo, es una criatura que no se puede
meter por vereda; por más que se la inclina a la derecha, siempre ha de
tirar a la izquierda.