--¿No es verdad, don Federico, que parece una sentencia del Evangelio?
--Si no son las mismas palabras--respondió Stein--, el espíritu es el
mismo.
--Pero es que Paca tiene siempre las lágrimas pegadas a los ojos--dijo
Momo.
--¿Acaso es malo llorar?--preguntó la niña a su abuela.
--No, hija, al contrario; con lágrimas de compasión y de
arrepentimiento, hace su diadema la Reina de los ángeles.
--Momo--dijo el pastor--, si dices una palabra más que pueda incomodar
a mi ahijada, te retuerzo el pescuezo, como hizo el cocinero con
Medio--pollito.
--Mira si es bueno tener padrino--dijo Momo dirigiéndose a Paca.
--No es malo tampoco tener una ahijada--repuso Paca muy oronda.
--¿De veras?--preguntó el pastor--. ¿Y por qué lo dices?
Entonces Paca se acercó a su padrino, el cual la sentó en sus rodillas
con grandes muestras de cariño, y ella empezó la siguiente relación,
torciendo su cabecita para mirarle.
--Érase una vez un pobre, tan pobre, que no tenía con qué vestir al
octavo hijo, que iba a traerle la cigüeña, ni que dar de comer a los
otros siete. Un día se salió de su casa, porque le partía el corazón
oírlos llorar y pedirle pan. Echó a andar, sin saber adónde, y después
de haber estado andando, andando, todo el día, se encontró por la
noche..., ¿a que no acierta usted dónde, padrino? Pues se encontró a la
entrada de una cueva de ladrones. El capitán salió a la puerta; ¡más
feróstico era! «¿Quién eres? ¿Qué quieres?», le preguntó con una voz de
trueno. «Señor--respondió el pobrecillo hincándose de rodillas--; soy un
infeliz que no hago mal a nadie y me he salido de mi casa por no oír a
mis pobres hijos pidiéndome pan, que no puedo darles.» El capitán tuvo
compasión del pobrecito; y habiéndole dado de comer, y regalándole una
bolsa de dinero y un caballo, «vete--le dijo--, y cuando la cigüeña te
traiga el otro hijo, avísame y seré su padrino».
--Ahora viene lo bueno--dijo el pastor.
--Aguarde usted, aguarde usted--continuó la niña y verá lo que sucedió.
Pues señor, el hombre se volvió a su casa tan contento, que no le cabía
el corazón en el pecho. «¡Qué holgorio van a tener mis hijos!», decía.
--Cuando llegó, ya la cigüeña había traído al niño, el cual estaba en la
cama con su madre. Entonces se fue a la cueva y le dijo al bandolero lo
que había sucedido, y el capitán le prometió que aquella noche estaría
en la iglesia y cumpliría su palabra. Así lo hizo, y tuvo al niño en la
pila y le regaló un saco lleno de oro.
«Pero a poco tiempo el niño se murió y se fue al cielo. San Pedro, que
estaba a la puerta, le dijo que colara; pero él respondió: «Yo no entro
si no entra mi padrino conmigo.»
«¿Y quién es tu padrino?», preguntó el santo.
«Un capitán de bandoleros», respondió el niño.
«Pues, hijo--continuó San Pedro--, tú puedes entrar; pero tu padrino,
no.»
--El niño se sentó a la puerta, muy triste y con la mano puesta en la
mejilla. Acertó a pasar por allí la Virgen y le dijo:
«¿Por qué no entras, hijo mío?»
--El niño respondió que no quería entrar si no entraba su padrino, y San
Pedro dijo que eso era pedir imposibles. Pero el niño se puso de
rodillas, cruzó sus manecitas y lloró tanto que la Virgen, que es Madre
de la misericordia, se compadeció de su dolor. La Virgen se fue y volvió
con una copita de oro en las manos; se la dio al niño y le dijo:
«Ve a buscar a tu padrino y dile que llene esta copa de lágrimas de
contrición, y entonces podrá entrar contigo en el cielo. Toma estas alas
de plata y echa a volar.»
--El ladrón estaba durmiendo en una peña, con el trabuco en una mano y
un puñal en la otra. Al despertar, vio enfrente de sí, sentado en una
mata de alhucema, a un hermoso niño desnudo, con unas alas de plata que
relumbraban al sol y una copa de oro en la mano.
»El ladrón se refregó los ojos creyendo que estaba soñando; pero el
niño le dijo: «No, no creas que estás soñando. Yo soy tu ahijado.» Y le
contó todo lo que había ocurrido. Entonces el corazón del ladrón se
abrió como una granada y sus ojos vertían agua como una fuente. Su dolor
fue tan agudo, y tan vivo su arrepentimiento, que le penetraron el pecho
como dos puñales y se murió. Entonces el niño tomó la copa llena de
lágrimas y voló con el alma de su padrino al cielo, donde entraron y
donde quiera Dios que entremos todos.
--Y ahora, padrino--continuó la niña torciendo su cabecita y mirando de
frente al pastor--, ya ve usted lo bueno que es tener ahijados.
Apenas acababa la niña de referir su ejemplo, cuando se oyó un gran
estrépito: el perro se levantó, aguzó las orejas, apercibido a la
defensa; el gato, erizado el pelo, asombrados los ojos, se aprestó a la
fuga, pero bien pronto al susto sucedieron alegres risas. Era el caso
que _Anís_ se había quedado dormido durante la narración que había hecho
su hermana; de lo que resultó que perdiendo el equilibrio, cumplió el
vaticinio de su madre, cayendo en lo interior del tiesto, en el que
quedó hundida toda su diminuta persona, a excepción de sus pies y
piernas, que se alzaban del interior de la maceta, como una planta de
nueva especie. Impaciente su madre, le agarró con una mano por el
cuello de la chaqueta, le sacó de aquella profundidad y, a pesar de su
resistencia, le tuvo algún tiempo suspenso en el aire, de manera que
parecía uno de esos muñecos de cartón que cuelgan de un hilo, y que
tirándoles de otro, mueven desaforadamente brazos y piernas.
Como su madre le regañaba y todos se reían, _Anís_, que tenía el genio
fuerte, como dicen que lo tienen todos los chicos (lo que no quita que
lo tengan también los altos), reventó en un estrepitoso llanto de
coraje.
--No llores, _Anís_--le dijo Paca--, no llores y te daré dos castañas
que tengo en la faltriquera.
--¿De verdad?--preguntó _Anís_.
Paca sacó las castañas y se las dio; y en lugar de lágrimas se vieron
tan luego brillar a la luz de la llama dos hileras de blancos
dientecitos en el rostro de _Anís_.
--Hermano Gabriel--dijo la tía María, dirigiéndose a este--, ¿no me ha
dicho usted que le duelen los ojos? ¿A qué trabaja usted de noche?
--Me dolían--contestó fray Gabriel--; pero don Federico me ha dado un
remedio que me ha curado.
--Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero no
sabe su merced el que no marra--dijo el pastor.
--Si usted lo sabe, le agradecería que me lo comunicase--le dijo Stein.
--No puedo decirlo--repuso el pastor--, porque aunque sé que lo hay, no
lo conozco.
--¿Quién lo conoce, pues?--preguntó Stein.
--Las golondrinas--contestó el pastor[15].
--¿Las golondrinas?
[Nota 15: Las cosas que cree y refiere el pueblo, aunque adornadas por su rica
y poética imaginación, tienen siempre algún origen. En la segunda parte
de la obra intitulada Simples _incógnitos en la medicina_, escrita por
fray Esteban de Villa, e impresa en Burgos en 1654, hallamos este
párrafo, que coincide con lo que dice el pastor:
«La ibis (que quieren sea la cigüeña) enseñó el uso de las ayudas, que
se echa a sí misma llenando de agua la boca, sirviéndole lo largo del
pico para el efecto. El perro, el uso del vomitivo, comiendo la grama,
que para él es de virtud vomitiva. El caballo marino la sangría, cuando
se siente cargado de sangre, abriéndose la vena con punta de caña que le
sirve de lanceta, y el barro de venda, revolcándose en él, con lo que
cierra la cisura. La golondrina, el colirio en la Celidonia, con que da
vista a sus pollos y nombre a esta planta, que se dijo _hirundinaria_, por
su inventor la golondrina, etc.»]
--Pues sí, señor--prosiguió el pastor--; es una hierba que se llama
_pito-real_, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se le
sacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un
_pito-real_, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene también la
virtud de quebrar el hierro, no más que con tocarla; y así cuando a los
segadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sin
poder atinar por qué, es porque tocaron al _pito-real_. Pero por más que
la han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que así
sea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armaría en el mundo,
puesto que no quedarían a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas,
ni aldabas.
--¡Las cosazas que se engulle José, que tiene unas tragaderas como un
tiburón!--dijo riéndose Manuel. Don Federico, ¿sabe usted otra que dice
y que se cree como artículo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.
--Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca--repuso el pastor--.
Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan a
correr. Con los años se hacen serpientes; entonces, poco a poco, van
criando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan al
desierto. Pero tú, Manuel, nada quieres creer: ¿si querrás negar también
que el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no lo
quieres creer, pregúntaselo a tío Miguel.
--¿Ese lo sabe?
--¡Toma!, por lo que a él mismo le pasó.
--¿Y qué fue?--preguntó Stein.
--Estando durmiendo en el campo--contestó José--, se le vino acercando
una culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en el
vallado, salió a defender al tío Miguel y empezaron a pelearse la
culebra y el lagarto, que era tamaño y tan grande. Pero como el tío
Miguel, ni por esas despertaba, el lagarto le metió la punta del rabo
por las narices. Con eso despertó el tío Miguel y echó a correr como si
tuviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bien
inclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredes
y venir a besar la tierra.
Cuando había empezado esta conversación tratando de las golondrinas,
Paca había dicho a _Anís_, que sentado en el suelo entre sus hermanas
con las piernas cruzadas parecía el Gran Turco en miniatura.
--_Anís_, ¿sabes tú lo que dicen las golondrinas?
--Yo no; no me _jan jablao_.
--Pues atiende: dicen--remedando la niña el gorgeo de las golondrinas,
se puso a decir con celeridad:
Comer y beber:
buscar emprestado,
y si te quieen prender[16]
¡por no haber pagado,
huir, huir, huir, huiiiir,
comadre Beatriiiiz.
[Nota 16: Este verso no se puede decir, sino con la manera de abreviar las
palabras que el pueblo gasta pronunciando _quieen_ por _quieren_.]
--¿Por eso se van?--preguntó _Anís_.
--Por eso--afirmó su hermana.
--¡Yo las quiero más...!--dijo Pepa.
--¿Por qué?--preguntó _Anís_.
--Porque has de saber--respondió la niña:
Que en el monte Calvario
las golondrinas
le quitaron a Cristo
las cinco espinas.
En el monte Calvario
los jilgueritos
le quitaron a Cristo
los tres clavitos.
--Y los gorriones, ¿qué hacían?--preguntó _Anís_.
--Los gorriones--respondió su hermana--, nunca he sabido que hicieran
más que comer y pelearse.
Entre tanto, Dolores, llevando a su niño dormido en un brazo, había
puesto con la mano que le quedaba libre, la mesa y colocado en medio las
batatas, y distribuido a cada cual su parte. En su propio plato comían
los niños; y Stein observó que Dolores ni aún probaba el manjar que con
tanto esmero había confeccionado.
--Usted no come, Dolores--le dijo.
--¿No sabe usted--respondió esta riendo--el refrán «el que tiene hijos
al lado, no morirá ahitado»? Don Federico, lo que ellos comen, me
engorda a mí.
Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que no
cayesen sus hermanos en tentación de pedirle de lo que contenía.
Su padre que lo notó, le dijo:
--No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio de
villanos. Sabrás que una vez se cayó un avariento en un río. Un paisano
que vio se le llevaba la corriente, alargó el brazo y le gritó: «_Deme la
mano._» ¡Qué había de dar!, ¡dar!, antes de dar nada, dejó que se le
llevase la corriente. Fue su suerte que le arrastró el agua cerca de un
pescador, que le dijo: «Hombre, _tome_ usted esta mano.» Conforme se
trató de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salvó.
--No es ese chascarrillo el que debías contar a tu hijo, Manuel--dijo la
tía María--, sino ponerle por ejemplo lo que acaeció a aquel rico
miserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con un
pedazo de pan, ni con un trago de agua. «Permita Dios--le dijo el pobre
que todo cuanto toquéis, se convierta en ese oro y esa plata a que tanto
apegado estáis.» Y así fue. Todo cuando en la casa del avaro había, se
convirtió en aquellos metales tan duros como su corazón. Atormentado por
el hambre y la sed, salió al campo, y habiendo visto una fuente de agua
cristalina, se arrojó con ansia a ella; pero al tocarla con los labios,
el agua se cuajó y convirtió en plata. Fue a tomar una naranja del
árbol, y al tocarla se convirtió en oro; y así murió rabiando y
maldiciendo aquello mismo por lo que ansiado había.
Manuel, _el espíritu fuerte_ de aquel círculo, meneó la cabeza.
--¡Lo ve usted, tía María--dijo José--; Manuel no lo quiere creer!
Tampoco cree que el día de la Asunción, en el momento de alzar en la
misa mayor, todas las hojas de los árboles se unen de dos en dos para
formar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que ni
una sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, día del
martirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavando
la tierra, se halla carbón por todas partes.
--Cuando llegue ese día--dijo Manuel--, he de cavar un hoyo delante de
ti, José, y veremos si te convenzo de que no hay tal.
--¿Y qué pica en Flandes habrás puesto, si no hallas carbón?--le dijo su
madre--. ¿Acaso crees que lo hallarás si lo buscas sin creerlo? Pero
Manuel, tú te has figurado que todo lo que no sea artículo de fe, no se
ha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijo
mío, sino cosa de sanos.
--Pero madre--repuso Manuel--, entre correr y estar parado, hay un
medio.
--¿Y para qué--dijo la buena anciana--escatimar tanto la fe, que al fin
es la primera de las virtudes? ¿Qué te parecería, hijo de mis entrañas,
si yo te dijese: te parí, te crié, te puse en camino; cumplí pues, con
mi obligación?, ¿si sólo como obligación mirase al amor de madre?
--Que no era usted buena madre, señora.
--Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por
_obligación_, y sólo aquello que no puede dejar de creer, sin ser
renegado, es mal cristiano: como sería yo mala madre si sólo te quisiese
por obligación.
--Hermano Gabriel--dijo Dolores--, ¿cómo es que no quiere usted probar
mis batatas?
--Es día de ayuno para nosotros--respondió fray Gabriel.
--¡Qué!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos--dijo campechanamente
Manuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalo
general--. Además, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta años; con que
así, fuera escrúpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenar
usted por eso.
--Usted me ha de perdonar--repuso fray Gabriel--; pero yo no dejo de
ayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.
--Bien hecho, hermano Gabriel--dijo la tía María--. Manuel, no te metas
a diablo tentador, con su espíritu de rebeldía y sus incitativos a la
gula.
Con esto, la buena anciana se levantó y guardó en una alacena el plato
que Dolores había servido al lego, diciéndole:
--Aquí se lo guardo a usted para mañana, hermano Gabriel.
Concluida la cena dieron gracias, quitándose los hombres los sombreros
que siempre conservan puestos dentro de casa.
Después del padrenuestro, dijo la tía María:
Bendito sea el Señor,
que nos da de comer
sin merecerlo. Amén.
Como nos da sus bienes,
nos dé su gloria. Amén.
Dios se lo dé
al pobrecito que no lo tiene. Amén.
_Anís_, al acabar, dio un salto a pie juntillas tan espontáneo, derecho
y repentino, como lo dan los peces en el agua.