El fin de octubre había sido lluvioso y noviembre vestía su verde y
abrigado manto de invierno.
Stein se paseaba un día por delante del convento, desde donde se
descubría una perspectiva inmensa y uniforme: a la derecha, el mar sin
límites; a la izquierda, la dehesa sin término. En medio se dibujaba en
la claridad del horizonte el perfil oscuro de las ruinas del fuerte de
San Cristóbal, como la imagen de la nada en medio de la inmensidad. La
mar, que no agitaba el soplo más ligero, se mecía blandamente,
levantando sin esfuerzo sus olas, que los reflejos del sol doraban, como
una reina que deja ondear su manto de oro. El convento, con sus grandes,
severos y angulosos lineamentos, estaba en armonía con el grave y
monótono paisaje; su mole ocultaba el único punto del horizonte
interceptado en aquel uniforme panorama.
En aquel punto se hallaba el pueblo de Villamar, situado junto a un río
tan caudaloso y turbulento en invierno, como pobre y estadizo en
verano. Los alrededores bien cultivados, presentaban de lejos el aspecto
de un tablero de damas, en cuyos cuadros variaba de mil modos el color
verde; aquí, el amarillento de la vid aún cubierta de follaje; allí, el
verde ceniciento de un olivar, o el verde esmeralda del trigo, que
habían hecho brotar las lluvias de otoño; o el verde sombrío de las
higueras; y todo esto dividido por el verde azulado de las pitas de los
vallados. Por la boca del río cruzaban algunas lanchas pescadoras; del
lado del convento, en una elevación, se alzaba una capilla; delante, una
gran cruz, apoyada en una base piramidal de mampostería blanqueada;
detrás había un recinto cubierto de cruces pintadas de negro. Este era
el campo santo.
Delante de la cruz pendía un farol, siempre encendido; y la cruz,
emblema de salvación, servía de faro a los marineros; como si el Señor
hubiera querido hacer palpables sus parábolas a aquellos sencillos
campesinos, del mismo modo que se hace diariamente palpable a los
hombres de fe robusta y sumisa, dignos de aquella gracia.
No puede compararse este árido y uniforme paisaje con los valles de
Suiza, con las orillas del Rin o con la costa de la isla de Wight. Sin
embargo, hay una magia tan poderosa en las obras de la naturaleza, que
ninguna carece de bellezas y atractivos; no hay en ellas un solo objeto
desprovisto de interés, y si a veces faltan las palabras para explicar
en qué consiste, la inteligencia lo comprende y el corazón lo siente.
Mientras Stein hacía estas reflexiones, vio que Momo salía de la
hacienda en dirección al pueblo. Al ver a Stein, le propuso que le
acompañase; este aceptó, y los dos se pusieron en camino en dirección al
lugar.
El día estaba tan hermoso, que sólo podía compararse a un diamante de
aguas exquisitas, de vivísimo esplendor y cuyo precio no aminora el más
pequeño defecto. El alma y el oído reposaban suavemente en medio del
silencio profundo de la naturaleza. En el azul turquí del cielo no se
divisaba más que una nubecilla blanca, cuya perezosa inmovilidad la
hacía semejante a una odalisca, ceñida de velos de gasa y muellemente
recostada en su otomana azul.
Pronto llegaron a la colina próxima al pueblo, en que estaban la cruz y
la capilla.
La subida de la cuesta, aunque corta y poco empinada, había agotado las
fuerzas aún no restablecidas de Stein. Quiso descansar un rato y se puso
a examinar aquel lugar.
Acercóse al cementerio. Estaba tan verde y tan florido, como si hubiera
querido apartar de la muerte el horror que inspira. Las cruces estaban
ceñidas de vistosas enredaderas, en cuyas ramas revoloteaban los
pajarillos, cantando: ¡_Descansa en paz_! Nadie habría creído que
aquella fuese la mansión de los muertos, si en la entrada no se leyese
esta inscripción: «_Creo en la remisión de los pecados, en la
resurrección de la carne y en la vida perdurable._ _Amén._» La capilla
era un edificio cuadrado, estrecho y sencillo, cerrado con una reja y
coronada su modesta media naranja por una cruz de hierro. La única
entrada era una puertecita inmediata al altar.
En este había un gran cuadro pintado al óleo que representaba una de las
caídas del Señor con la cruz. Detrás, la Virgen, San Juan y las tres
Marías; al lado del Señor, los feroces soldados romanos. De puro vieja,
había tomado esta pintura un tono tan oscuro, que era difícil discernir
los objetos; pero aumentando al mismo tiempo el efecto de la profunda
devoción que inspiraba su vista, sea porque la meditación y el
espiritualismo se avienen mal con los colores chillones y relumbrantes,
o sea por el sello de veneración que imprime el tiempo a las obras de
arte, mayormente cuando representan objetos de devoción; que entonces
parecen doblemente santificados por el culto de tantas generaciones.
Todo pasa y todo muda en torno de esos piadosos monumentos; menos ellos,
que permanecen sin haber agotado los tesoros de consuelos que a manos
llenas prodigan. La devoción de los fieles había adornado el cuadro con
indiferentes objetos de hojuela de plata, colocados de tal modo que
parecían formar parte de la pintura: eran estos una corona de espinas
sobre la cabeza del Señor; una diadema de rayos sobre la de la Virgen,
y remates en las extremidades de la cruz. Esta costumbre extraña y aun
ridícula a los ojos del artista, a los del cristiano es buena y piadosa.
Pero a bien que la capilla del Cristo del Socorro no era un museo; jamás
había atravesado un artista sus umbrales: allí no acudían más que
sencillos devotos que sólo iban a rezar.
Las dos paredes laterales estaban cubiertas de exvotos de arriba abajo.
Los exvotos son testimonios públicos y auténticos de beneficios
recibidos, consignados por el agradecimiento al pie de los altares, unas
veces antes de obtener la gracia que se pide; otras se prometen en
grandes infortunios y circunstancias apuradas. Allí se ven largas
trenzas de cabello, que la hija amante ofreció, como su más precioso
tesoro, el día en que su madre fue arrancada a las garras de la muerte;
niños de plata colgados de cintas color de rosa, que una madre afligida,
al ver a su hijo mortalmente herido, consagró por obtener su alivio al
Señor del Socorro; brazos, ojos, piernas de plata o de cera, según las
facultades del votante; cuadros de naufragios o de otros grandes
peligros, en medio de los cuales los fieles tuvieron la sencillez de
creer que sus plegarias podrían ser oídas y otorgadas por la
misericordia divina; pues por lo visto las gentes _de alta razón, los
ilustrados, los que dicen ser los más y se tienen por los mejores_ no
creen que la oración es un lazo entre Dios y el hombre. Estos cuadros no
eran obras maestras del arte; pero quizá si lo fueran, perderían su
fisonomía y, sobre todo, su candor. ¡Y hay todavía personas que
presumiendo hallarse dotadas de un mérito superior, cierran sus almas a
las dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidad
del alma! ¿Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que el
entusiasmo se apaga? Conservad, españoles, y respetad los débiles
vestigios que quedan de cosas tan santas como inestimables. ¡No imitéis
al Mar Muerto, que mata con sus exhalaciones los pájaros que vuelan
sobre sus olas, ni, como él, sequéis las raíces de los árboles, a cuya
sombra han vivido felices muchos países y tantas generaciones![8]
[Nota 8: Que los hombres sin fe en el alma, ni simpatía en el corazón para los
sentimientos religiosos, desdeñen estas prácticas, lo entiendo, por mucho
que me aflija; pero que uno de los primeros y mas acreditados escritores de
Francia, Jorge Sand, haya escrito estas palabras, hablando de los ex-votos:
_ces fétiches affreux, ces exvotos me font peur_, solo puede atribuirse á una
completa ignorancia de lo que son y de lo que significan.]
Entre los exvotos había uno que por su singularidad causó mucha
extrañeza a Stein. La mesa del altar no era perfectamente cuadrada desde
arriba abajo, sino que se estrechaba en línea curva hacia el pie. Entre
su base y el enladrillado había un pequeño espacio. Stein percibió allí
en la oscuridad un objeto apoyado contra la pared; y a fuerza de fijar
en él sus miradas, vino a distinguir que era un trabuco. Tal era su
volumen y tal debía ser su peso, que no podía entenderse cómo un hombre
podía manejarlo: lo mismo que sucede cuando miramos las armaduras de la
Edad Media. Su boca era tan grande que podía entrar holgadamente por
ella una naranja. Estaba roto, y sus diversas partes, toscamente atadas
con cuerdas.
--Momo--dijo Stein--, ¿qué significa eso? ¿Es de veras un trabuco?
--Me parece--dijo Momo--que bien a la vista está.
--Pero ¿por qué se pone un arma homicida en este lugar pacífico y santo?
En verdad que aquí puede decirse aquello de que pega como un par de
pistolas a un Santo Cristo.
--Pero ya ve usted--respondió Momo--que no está en manos del Señor, sino
a sus pies, como ofrenda. El día en que se trajo aquí ese trabuco (que
hace muchísimos años) fue el mismo en que se le puso a ese Cristo el
nombre del Señor del Socorro.
--Y ¿con qué motivo?--preguntó Stein.
--Don Federico--dijo Momo abriendo tantos ojos--, todo el mundo sabe
eso. ¡Y usted no lo sabe!
--¿Has olvidado que soy forastero?--replicó Stein.
--Es verdad--repuso Momo--; pues se lo diré a su merced. Hubo en esta
tierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a la
gente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no le
delatasen o por antojo. Un día, dos hermanos vecinos de aquí, tuvieron
que hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, deseándoles que no
topasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tenía atemorizado al
mundo. Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a este
Señor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, se
echaron en cara al ladrón, que les salía al encuentro con su trabuco en
la mano. Echóselo al pecho y les apuntó. En aquel trance se arrodillaron
los hermanos clamando al Cristo: «¡Socorro, Señor!» El desalmado disparó
el trabuco, pero quien quedó alma del otro mundo fue él mismo, porque
quiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. ¡Y el
trabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo está usted mirando;
porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lo
depositaron aquí, y al Señor se le quedó la advocación del Socorro[9].
¿Conque no lo sabía usted, don Federico?
[Nota 9: Esta leyenda del Señor del Socorro, o por mejor decir, esta relación
verídica del suceso que es asunto del cuadro, la testificaba el
mencionado trabuco, que a los pies del altar se veía en su capilla, sita
en la calle del _Ganado_, del Puerto de Santa María. Ha poco (en 1855) ha
sido cerrada. El señor vicario de dicho punto, según tenemos entendido,
reclama el cuadro para que se le dé culto en la iglesia mayor. Estamos
persuadidos de que si logra su deseo, no se atreverá, merced a la
ilustración que tanto realza y distingue a nuestra próspera y culta era,
poner a los pies del altar el antiguo y roto trabuco que al reventar
salvó la vida a los dos devotos que al Señor pedían _socorro_. ¿Qué diría
el _decoro protestante_, que se nos va inoculando como un humor frío, de
ver un trabuco en una iglesia? ¿Qué los que acatan la _letra_ y no el
_espíritu_?...]
--No lo sabía, Momo--respondió este, y añadió como respondiendo a sus
propias reflexiones--: ¡si tú supieras cuánto ignoran aquellos que dicen
que se lo saben todo!
--Vamos, ¿se viene usted, don Federico?--dijo Momo después de un rato de
silencio--. Mire usted que no me puedo detener.
--Estoy cansado--contestó este--, vete tú, que aquí te aguardaré.
--Pues con Dios--repuso Momo, poniéndose en camino y cantando:
Quédate con Dios y adiós,
Dice la común sentencia;
Que el pobre puede ser rico.
Y el rico no compra ciencia.
Stein contemplaba aquel pueblecito tan tranquilo, medio pescador, medio
marinero, llevando con una mano el arado y con la otra el remo. No se
componía, como los de Alemania, de casas esparcidas sin orden con sus
techos tan campestres, de paja, y sus jardines; ni reposaba, como los de
Inglaterra, bajo la sombra de sus pintorescos árboles; ni como los de
Flandes formaba dos hileras de lindas casas a los lados del camino.
Constaba de algunas calles anchas, aunque mal trazadas, cuyas casas de
un solo piso y de desigual elevación, estaban cubiertas de vetustas
tejas: las ventanas eran escasas, y más escasas aún las vidrieras y toda
clase de adorno. Pero tenía una gran plaza, a la sazón verde como una
pradera, y en ella una hermosísima iglesia; y el conjunto era diáfano,
aseado y alegre.
Catorce cruces iguales a la que cerca de Stein estaba, se seguían de
distancia en distancia, hasta la última, que se alzaba en medio de la
plaza haciendo frente a la iglesia. Era esto la _via crucis_.
Momo volvió, pero no volvía solo. Venía en su compañía un señor de edad,
alto, seco, flaco y tieso como un cirio. Vestía chaqueta y pantalón de
basto paño pardo, chaleco de piqué de colores moribundos, adornado de
algunos zurcidos, obras maestras en su género; faja de lana encarnada,
como las gastan las gentes del campo; sombrero calañés de ala ancha, con
una cucarda que había sido encarnada y que el tiempo, el agua y el sol
habían convertido en color de zanahoria. En los hombros de la chaqueta
había dos estrechos galones de oro problemático, destinados a sujetar
dos charreteras; y una espada vieja, colgada de un cinturón ídem,
completaba este conjunto medio militar y medio paisano. Los años habían
hecho grandes estragos en la parte delantera del largo y estrecho cráneo
de este sujeto. Para suplir la falta de adorno natural, había levantado
y traído hacia adelante los pocos restos de cabellera que le quedaban,
sujetándolos por medio de un cabo de seda negra sobre la parte alta del
cráneo, de donde formaban un hopito con la gracia chinesca más genuina.
--Momo, ¿quién es este señor?--preguntó Stein a media voz.
--El comandante--respondió este en su tono natural.
--¡Comandante! ¿De qué?--tornó Stein a preguntar.
--Del fuerte de San Cristóbal.
--¡Del fuerte de San Cristóbal!...--exclamó Stein estático.
--Servidor de usted--dijo el recién venido, saludando con cortesía--; mi
nombre es Modesto Guerrero y pongo mi inutilidad a la disposición de
usted.
Ese usual cumplido tenía en este sujeto una aplicación tan exacta, que
Stein no pudo menos de sonreírse al devolver al militar su saludo.
--Sé quién es usted--prosiguió don Modesto--, tomo parte en sus
contratiempos y le doy el parabién por su restablecimiento, y por haber
caído en manos de los Alerzas, que son, a fe mía, unas buenas gentes; mi
persona y mi casa están a la disposición de usted, para lo que guste
mandar. Vivo en la plaza de la iglesia, quiero decir, de la
Constitución, que es como ahora se llama. Si alguna vez quiere usted
favorecerla, el letrero podrá indicarle la plaza.
--Si en todo el lugar hay otra, ¿a qué tantas señas?--dijo Momo.
--¿Conque tiene una inscripción?--preguntó Stein, que en su vida agitada
de campamentos no había tenido ocasión de aprender los usuales
cumplidos, y no sabía contestar a los del cortés español.
--Sí, señor--respondió este--; el alcalde tuvo que obedecer las órdenes
de arriba. Bien ve usted que en un pueblo pequeño no era fácil
proporcionarse una losa de mármol con letras de oro, como son las
lápidas de Cádiz y de Sevilla. Fue preciso mandar hacer el letrero al
maestro de escuela, que tiene una hermosa letra, y debía ponerse a
cierta altura en la pared del Cabildo. El maestro preparó pintura negra
con hollín y vinagre, y encaramado en una escalera de mano, empezó la
obra, trazando unas letras de un pie de alto. Por desgracia, queriendo
hacer un gracioso floreo, dio tan fuerte sacudida a la escalera, que
esta se vino al suelo con el pobre maestro y el puchero de tinta,
rodando los dos hasta el arroyo. Rosita, mi patrona, que observó la
catástrofe desde su ventana y vio levantarse al caído, negro como el
carbón, se asustó tanto, que estuvo tres días con flatos y de veras me
dio cuidado. El alcalde, sin embargo, ordenó al magullado maestro que
completase su obra, en vista de que el letrero no decía todavía más que
_consti_; el pobre maestro tuvo que apechugar con la tarea; pero esta
vez no quiso escalera de mano y fue preciso traer una carreta y poner
encima una mesa, y atarla con cuerdas. Encaramado allí el pobre, estaba
tan turulato acordándose de lo de marras, que no pensó sino en despachar
pronto; y así es que las últimas letras, en lugar de un pie de alto como
las otras, no tienen más que una pulgada; y no es esto lo peor, sino que
con la prisa, se le quedó una letra en el tintero, y el letrero dice
ahora: PLAZA DE LA CONSTITUCIN. El alcalde se puso furioso; pero el
maestro se cerró a la banda y declaró que ni por Dios ni por sus santos
volvía a las andadas, y que más bien quería montar en un toro de ocho
años, que en aquel tablado de volatines. De modo que el letrero se ha
quedado como estaba; pero a bien que no hay en el lugar quien lo lea. Y
es lástima que el maestro no lo haya enmendado, porque era muy hermoso y
hacía honor a Villamar.
Momo, que traía al hombro unas alforjas bien rellenas y tenía prisa,
preguntó al comandante si iba al fuerte de San Cristóbal.
--Sí--respondió--, y de camino, a ver a la hija del tío Pedro Santaló,
que está mala.
--¿Quién? _¿La Gaviota?_--preguntó Momo--. No lo crea usted. Si la he
visto ayer encaramada en una peña y chillando como las otras gaviotas.
--¡Gaviota!--exclamó Stein.
--Es un mal nombre--dijo el comandante--que Momo le ha puesto a esa
pobre muchacha.
--Porque tiene las piernas largas--respondió Momo--; porque tanto vive
en el agua como en la tierra; porque canta y grita, y salta de roca en
roca como las otras.
--Pues tu abuela--observó don Modesto--la quiere mucho y no la llama más
que _Marisalada_, por sus graciosas travesuras y por la gracia con que
canta y baila y remeda a los pájaros.
--No es eso--replicó Momo--; sino porque su padre es pescador y ella nos
trae sal y pescado.
--¿Y vive cerca del fuerte?--preguntó Stein, a quien habían excitado la
curiosidad aquellos pormenores.
--Muy cerca--respondió el comandante--. Pedro Santaló tenía una barca
catalana que, habiendo dado a la vela para Cádiz, sufrió un temporal y
naufragó en la costa. Todo se perdió, el buque y la gente, menos Pedro,
que iba con su hija; como que a él le redobló las fuerzas el ansia de
salvarla. Pudo llegar a tierra, pero arruinado; y quedó tan desanimado y
triste, que no quiso volver a su tierra. Lo que fue labrar una choza
entre esas rocas con los destrozos que habían quedado de la barca, y se
metió a pescador. Él era el que proveía de pescado al convento, y los
padres, en cambio, le daban pan, aceite y vinagre. Hace doce años que
vive ahí en paz con todo el mundo.
Con esto llegaron al punto en que la vereda se dividía y se separaron.
--Pronto nos veremos--dijo el veterano. Dentro de un rato iré a ponerme
a la disposición de usted y saludar a sus patronas.
--Dígale usted de mi parte a _la Gaviota_--gritó Momo--que me tiene sin
cuidado su enfermedad, porque mala yerba nunca muere.
--¿Hace mucho tiempo que el comandante está en Villamar?--preguntó
Stein a Momo.
--Toma..., ciento y un años, desde antes que mi padre naciera.
--¿Y quién es esa Rosita, su patrona?
--¡Quién, _señá Rosa Mística_!--respondió Momo con un gesto burlón--. Es
la maestra de amiga. Es más fea que el hambre; tiene un ojo mirando a
Poniente y otro a Levante; y unos hoyos de viruelas, en que puede
retumbar un eco. Pero, don Federico, el cielo se encapota; las nubes
van como si las corrieran galgos. Apretemos el paso.