Antes de seguir adelante, no será malo trabar conocimiento con este
nuevo personaje.
Don Modesto Guerrero era hijo de un honrado labrador, que no dejaba de
tener buenos papeles de nobleza, hasta que se los quemaron los franceses
en la guerra de la Independencia, como quemaron también su casa, bajo el
pretexto de que los hijos del dueño eran _brigantes_, esto es, reos del
grave delito de defender a su patria. El buen hombre pudo reedificar su
casa. Pero a los pergaminos no les cupo la suerte del fénix.
Modesto cayó soldado, y como su padre no tenía lo bastante para
comprarle un sustituto, pasó a las filas de un regimiento de infantería,
en calidad de distinguido.
Como era un bendito, y además de larga y seca catadura, pronto llegó a
ser el objeto de las burlas y de las chanzas pesadas de sus compañeros.
Estos, animados por su mansedumbre, llevaron al extremo sus bromas,
hasta que Modesto les puso término del modo siguiente. Un día que había
gran formación, con motivo de una revista, Modesto ocupaba su lugar al
extremo de una fila. Allí cerca había una carreta: con gran destreza y
prontitud sus compañeros le echaron a una pierna un lazo corredizo,
atando la extremidad del cordel a una de las ruedas de la carreta. El
coronel dio la voz de «marchen». Sonaron los tambores y todas las
mitades se pusieron en marcha, menos Modesto, que se quedó parado con
una pierna en el aire, como los escultores figuran a Céfiro.
Terminada la revista, Modesto volvió al cuartel tan sosegado como de él
había salido y, sin alterar su paso, pidió una satisfacción a sus
compañeros. Como ninguno quería cargar con la responsabilidad del
chasco, declaró con la misma calma que mediría sus armas con las de
todos y cada uno de ellos, uno después de otro. Entonces salió al frente
el que había inventado y dirigido la burla: se batieron y de sus
resultas perdió un ojo su adversario. Modesto le dijo, con su calma
acostumbrada, que si quería perder el otro, él estaba a su disposición
cuando gustase.
Entre tanto, Modesto, sin parientes ni protectores en la corte, sin
miras ambiciosas, sin disposiciones para la intriga, hizo su carrera a
paso de tortuga, hasta que en la época del sitio de Gaeta, en 1805, su
regimiento recibió orden de juntarse como auxiliar con las tropas de
Napoleón. Modesto se distinguió allí por su valor y serenidad, en
términos que mereció una cruz y los mayores elogios de sus jefes.
Su nombre lució en La Gaceta como un meteoro, para hundirse después en
la eterna oscuridad. Estos laureles fueron los primeros y los últimos
que le ofreció su carrera militar; porque habiendo recibido una profunda
herida en el brazo, quedó inutilizado para el servicio, y en recompensa,
le nombraron comandante del fuertecillo abandonado de San Cristóbal.
Hacía, pues, cuarenta años que tenía bajo sus órdenes el esqueleto de un
castillo y una guarnición de lagartijas.
Al principio no podía nuestro Guerrero conformarse con aquel abandono.
No pasaba año sin que dirigiese una representación al Gobierno, pidiendo
los reparos necesarios y los cañones y tropa que aquel punto de defensa
requería. Todas estas representaciones habían quedado sin respuesta, a
pesar de que, según las circunstancias de la época, no había omitido
hacer presente la posibilidad de un desembarco de ingleses, de
insurgentes americanos, de franceses, de revolucionarios y de carlistas.
Igual acogida habían recibido sus continuas plegarias para obtener
algunas pagas. El Gobierno no hizo el menor caso de aquellas dos ruinas:
el castillo y su comandante. Don Modesto era sufrido; conque acabó por
someterse a su suerte sin acritud y sin despecho.
Cuando vino a Villamar, se alojó en casa de la viuda del sacristán, la
cual vivía entregada a la devoción, en compañía de su hija, todavía
joven. Eran excelentes mujeres: algo remilgadas y secas, con sus ribetes
de intolerantes; pero buenas, caritativas, morigeradas y de esmerado
aseo.
Los vecinos del pueblo, que miraban con afición al comandante, o más
bien al _comendante_, que era como le llamaban, y que al mismo tiempo
conocían sus apuros, hacían cuanto podía para aliviarlos. No se hacía
matanza en casa alguna sin que se le enviase su provisión de tocino y
morcillas. En tiempo de la recolección, un labrador le enviaba trigo,
otro garbanzos; otros le contribuían con su porción de miel o de aceite.
Las mujeres le regalaban los frutos del corral; de modo que su beata
patrona tenía siempre la despensa bien provista, gracias a la
benevolencia general que inspiraba don Modesto; el cual, de índole
correspondiente a su nombre, lejos de envanecerse de tantos favores,
solía decir que la Providencia estaba en todas partes, pero que su
cuartel general era Villamar. Bien es verdad que él sabía corresponder a
tantos favores, siendo con todos por extremo servicial y complaciente.
Levantábase con el sol, y lo primero que hacía era ayudar a misa al
cura. Una vecina le hacía un encargo, otra le pedía una carta para un
hijo soldado; otra, que le cuidase los chiquillos, mientras salía a una
diligencia. Él velaba a los enfermos, rezaba con sus patronas; en fin,
procuraba ser útil a todo el mundo, en todo lo que no pudiese ofender su
honradez y su decoro. No es esto nada raro en España, gracias a la
inagotable caridad de los españoles, unida a su noble carácter, el cual
no les permite atesorar, sino dar cuanto tienen al que lo necesita:
díganlo los exclaustrados, las monjas, los artesanos, las viudas de los
militares y los empleados cesantes.
Murió la viuda del sacristán, dejando a su hija Rosa con cuarenta y
cinco años bien contados y una fealdad que se veía de lejos. Lo que más
contribuía a esta desgracia, eran las funestas consecuencias de las
viruelas. El mal se había concentrado en un ojo, y sobre todo en el
párpado, que no podía levantarse sino a medias; de lo que resultaba que
la pupila, medio apagada, daba a toda la fisonomía cierto aspecto poco
inteligente y vivo, contrastando notablemente el ojo entornado con su
compañero, del cual salían llamas, como de una hoguera de sarmientos, al
menor motivo de escándalo, y en verdad que los solía encontrar con harta
frecuencia.
Después del entierro, y pasados los nueve días de duelo, la señora Rosa
dijo un día a don Modesto:
--Don Modesto, siento mucho tener que decir a usted que es preciso
separarnos.
--¡Separarnos!--exclamó el buen hombre abriendo tantos ojos y poniendo
la jícara de chocolate sobre el mantel, en lugar de ponerla en el
plato--. ¿Y por qué, Rosita?
Don Modesto se había acostumbrado por espacio de treinta años a emplear
este diminutivo cuando dirigía la palabra a la hija de su antigua
patrona.
--Me parece--respondió ella arqueando las cejas que no debía usted
preguntarlo. Conocerá usted que no parece bien que vivan juntas, y
solas, dos personas de estado honesto. Sería dar pábulo a las malas
lenguas.
--Y ¿qué pueden decir de usted las malas lenguas?--repuso don Modesto--;
¡usted, que es la más ejemplar del pueblo!
--¿Acaso hay nada seguro de ellas? ¿Qué dirá usted cuando sepa que usted
con todos sus años y su uniforme y su cruz, y yo, pobre mujer que no
pienso más que en servir a Dios, estamos sirviendo de diversión a estos
deslenguados?
--¿Qué dice usted, Rosita?--exclamó don Modesto asombrado.
--Lo que está usted oyendo. Ya nadie nos conoce sino por el mal nombre
que nos han puesto esos condenados monacillos.
--¡Estoy atónito, Rosita! No puedo creer...
--Mejor para usted si no lo cree--dijo la devota--; pero yo le aseguro
que esos inicuos (Dios los perdone), cuando nos ven llegar a la iglesia
todas las mañanas a misa de alba, se dicen unos a otros: «Llama a misa,
que ahí viene _Rosa Mística y Turris Davídica_, en amor y compaña como
en las letanías.» A usted le han puesto ese mote por ser tan alto y tan
derecho.
Don Modesto se quedó con la boca abierta y los ojos fijos en el suelo.
--Sí, señor--continuó _Rosa Mística_--; la vecina es quien me lo ha
dicho, escandalizada, y aconsejándome que vaya a quejarme al señor cura.
Yo la he respondido que mejor quiero sufrir y callar. Más padeció
nuestro Señor sin quejarse.
--Pues yo--dijo don Modesto--no aguanto que nadie se burle de mí y mucho
menos de usted.
--Lo mejor será--continuó Rosa--acreditar con nuestra paciencia que
somos buenos cristianos, y con nuestra indiferencia, el poco caso que
hacemos de los juicios del mundo. Por otra parte, si castigan a esos
irreverentes, lo harían peor; créame usted, don Modesto.
--Tiene usted razón, como siempre, Rosita--dijo don Modesto--. Yo sé lo
que son los guasones; si les cortasen las lenguas, hablarían con las
narices. Pero si en otro tiempo alguno de mis camaradas se hubiese
atrevido a llamarme _Turris Davídica_, bien hubiera podido añadir: _Ora
pro nobis._ Mas ¿es posible que siendo usted una santa bendita les tenga
miedo a los maldicientes?
--Ya sabe usted, don Modesto, lo que vulgarmente dicen los que piensan
mal de todo: entre santa y santo, pared de cal y canto.
--Pero entre usted y yo--dijo el comandante--no hay necesidad de poner
ni tabique. Yo, con tantos años a cuestas: yo, que en toda mi vida no he
estado enamorado más que una vez... y por más señas que lo estuve de una
buena moza, con quien me habría casado a no haberla sorprendido en
chicoleos con el tambor mayor, que...
--Don Modesto, don Modesto--gritó Rosa poniéndose erguida--. Honre
usted su nombre y mi estado y déjese de recuerdos amorosos.
--No ha sido mi intención escandalizar a usted--dijo don Modesto en tono
contrito--: basta que usted sepa y yo le jure que jamás ha cabido ni
cabrá en mí un mal pensamiento.
--Don Modesto--dijo _Rosa Mística_ con impaciencia (mirándole con un ojo
encendido, mientras el otro hacía vanos esfuerzos por imitarlo)--, ¿me
cree usted tan simple que pueda pensar que dos personas como usted y yo,
sensatas y temerosas de Dios, se conduzcan como los casquivanos, que no
tienen pudor ni miedo al pecado? Pero en este mundo no basta obrar bien;
es preciso no dar que decir, guardando en todo las apariencias.
--¡Esta es otra!--repuso el comandante--. ¿Qué apariencias puede haber
entre nosotros? ¿No sabe usted que el que se excusa se acusa?
--Dígole a usted--respondió la devota--que no faltará quien murmure.
--¿Y qué voy yo a hacer sin usted?--preguntó afligido don Modesto--.
¿Qué será de usted sin mí, sola en este mundo?
--El que da de comer a los pajaritos--dijo solemnemente Rosa--cuidará de
los que en él confían.
Don Modesto, desconcertado y no sabiendo dónde dar de cabeza, pasó a ver
a su amigo el cura, que lo era también de Rosita, y le contó cuanto
pasaba.
El cura hizo patente a Rosita que sus escrúpulos eran exagerados e
infundados sus temores; que, por el contrario, la proyectada separación
daría lugar a ridículos comentarios.
Siguieron, pues, viviendo juntos como antes, en paz y gracia de Dios. El
comandante, siempre bondadoso y servicial; Rosa, siempre cuidadosa,
atenta y desinteresada; porque don Modesto no se hallaba en el caso de
remunerar pecuniariamente sus servicios, puesto que si la empuñadura de
su espada de gala no hubiera sido de plata, bien podría haber olvidado
de qué color era aquel metal.