Stein, cuya convalecencia adelantaba rápidamente, pudo en breve, con
ayuda del hermano Gabriel, salir de su cuarto y examinar menudamente
aquella noble estructura, tan suntuosa, tan magnífica, tan llena de
primores y de riquezas artísticas, la cual, lejos de las miradas de los
hombres, colocada entre el cielo y el desierto, había sido una digna
morada de muchos varones ricos e ilustres, que vivieron en el convento,
realzando su nobleza y suntuosidad con las virtudes y grandes prendas de
que Dios los había dotado, sin otro testigo que su Criador, ni más fin
que glorificarle; porque se engañan mucho los que creen que la modestia
y la humildad se ocultan siempre bajo la librea de la pobreza. No: los
remiendos y las casuchas abrigan a veces más orgullo que los palacios.
El gran portal embovedado, por donde había sido introducido Stein, daba
a un gran patio cuadrado. Desde la puerta hasta el fondo del patio, se
extendía una calle de enormes cipreses. Allí se alzaba una vasta reja de
hierro, que dividía el patio grande, de otro largo y estrecho, en que
continuaba la calle de cipreses, pareciendo entrar en ella con paso
majestuoso, y formando una guardia de honor al magnífico portal de la
iglesia, que se hallaba en el fondo de este segundo y estrecho patio.
Cuando la puerta exterior y la reja estaban abiertas de par en par, como
las iglesias de los conventos no están obstruidas por el coro, desde las
gradas de la cruz de mármol blanco, que estaba situada a distancia fuera
del edificio, se divisaba perfectamente el soberbio altar mayor, todo
dorado desde el suelo hasta el techo, y que cubría la pared de la
cabecera del templo. Cuando reverberaban centenares de luces en aquellas
refulgentes molduras, y en las innumerables cabezas de los ángeles que
formaban parte de su adorno; cuando los sonidos del órgano, armonizando
con la grandeza del sitio, y con la solemnidad del culto católico
estallaban en la bóveda de la iglesia, demasiado estrecha para
contenerlos, y se iban a perder en las del cielo; cuando se ofrecía esta
grandiosa escena, sin más espectadores que el desierto, la mar y el
firmamento, no parecía sino que para ellos solos se había levantado
aquel edificio y se celebraban los oficios divinos.
A los dos lados de la reja, fuera de la calle de cipreses, había dos
grandes puertas. La de la izquierda, que era el lado del mar, daba a un
patio interior, de gigantescas dimensiones. Reinaba en torno de él un
anchuroso claustro, sostenido en cada lado por veinte columnas de mármol
blanco. Su pavimento se componía de losas de mármol azul y blanco. En
medio se alzaba una fuente, alimentada por una noria que estaba siempre
en movimiento. Representaba una de las obras de misericordia, figurada
por una mujer dando de beber a un peregrino que, postrado a sus pies,
recibía el agua, que en una concha ella le presentaba. La parte
inferior de las paredes, hasta una altura de diez pies, estaba revestida
de pequeños azulejos, cuyos brillantes colores se enlazaban en
artificiosos mosaicos. Enfrente de la entrada se abría una anchísima
escalera de mármol, construcción aérea, sin más apoyo ni sostén que la
sabia proporción de su masa enorme. Estas admirables obras maestras de
arquitectura eran muy poco comunes en nuestros conventos. Los grandes
artistas, autores de tantas maravillas, estaban animados de un santo
celo religioso y por el noble deseo y la creencia de que trabajaban para
la más remota posteridad. Sabido es que el primero y el más popular de
ellos no trabajaba en ningún asunto religioso sin haber comulgado
antes[6].
[Nota 6: Bartolomé Esteban Murillo.]
El claustro alto estaba sostenido por veinte columnas más pequeñas que
las del bajo. Reinaba en torno a una balaustrada de mármol blanco,
calada y de un trabajo exquisito. Caían a estos claustros las puertas de
las celdas, hechas de caoba, pequeñas pero cubiertas de adornos de
talla. Las celdas se componían de una pequeña antecámara, que daba paso
a una sala también chica, con su correspondiente alcoba. El ajuar lo
formaban en la pieza principal, algunas sillas de pino, una mesa y un
estante, y en la alcoba, una cama que consistía en cuatro tablas sin
colchón y dos sillas.
Detrás de este patio había otro por el mismo estilo: allí estaban el
noviciado, la enfermería, la cocina y los refectorios. Consistían estos
en unas mesas largas, de mármol, y una especie de púlpito para el que
leía durante las comidas.
El departamento situado a la derecha de la calle de cipreses contenía un
patio semejante a la del lado opuesto. Allí estaba la hospedería, donde
eran recibidos los forasteros, ya fuesen legos o religiosos. Estaban
también la librería, las sacristías, los guardamuebles y otras
oficinas. En el segundo patio, al que se entraba por una puerta
exterior, se hallaban abajo los almacenes para el aceite y arriba los
graneros. Estos cuatro patios, en medio de los cuales, precedida de la
calle de cipreses, se erguía la iglesia con su campanario, como un
enorme ciprés de piedra, formaban el conjunto de aquel majestuoso
edificio. El techo se componía de un millón de tejas, sujeta cada una
con un gran clavo de hierro, para evitar que las arrancasen los
huracanes en aquel sitio elevado y próximo al mar.
A razón de real por clavo, esta sola parte del material había costado
cincuenta mil duros.
Rodeaba el convento por delante el patio grande, de que ya hemos
hablado, y en él, a izquierda y derecha de la puerta de entrada, había
cuartos pequeños de un solo piso, para alojar a los jornaleros, cuando
los religiosos cultivaban sus tierras: allí habitaba en la época en que
pasa nuestra historia, el guarda Manuel Alerza con su familia. A la
izquierda, hacia el lado del mar, se extendía una gran huerta,
ostentando bajo las ventanas de las celdas, su fresco verdor, sus
árboles, sus flores, el murmullo de sus acequias, el canto de los
pájaros y la esquila del buey que tiraba de la noria. Formaba todo esto
un pequeño oasis, en medio de un desierto seco y uniforme, cerca de esa
mar que se complace en el estrago y en la destrucción y que se detiene
delante de un límite de arena. Pero lo que abundaba en este lugar
solitario y silencioso, eran los cipreses y las palmeras, árboles de los
conventos, los unos de brote derecho y austero, que aspiran a las
alturas; los otros no menos elevados, pero que inclinan sus brazos a la
tierra, como para atraer a las plantas débiles que vegetan en ella.
Los pozos y la armazón entera de las norias colocados en colinas
artificiales para dar elevación a las aguas, se abrigaban bajo
enramadas piramidales de yedra, tan espesa que, cerrada la puerta de
entrada, no se podían distinguir los objetos sin luz artificial. El eje
que sostenía la rueda, estaba apoyado en dos troncos de olivo, que
habían echado raíces y cubiértose de una corona de follaje verde oscuro.
La espesura vegetal y agreste del techo, daba abrigo a innumerables
pajarillos, alegres y satisfechos con tener allí ocultos sus nidos,
mientras que el buey giraba con lento paso, haciendo resonar la esquila
que le pendía al cuello y cuyo silencio indicaba al hortelano que el
animal disfrutaba el dulce _far niente_.
Las celdas del piso bajo abrían a un terrado con bancos de piedra, y
sentados en ellos los solitarios, podían contemplar aquel estrecho y
ameno recinto, animado por el canto de las aves y perfumado por las
emanaciones de las flores, parecido a una vida tranquila y
reconcentrada; o bien podían esparcir sus miradas por el espacio, en sus
anchos horizontes, en la inmensa extensión del océano, tan espléndido
como traidor; unas veces manso y tranquilo como un cordero, otras
agitado y violento como una furia, semejante a esas existencias ingentes
y ruidosas, que se agitan en la escena de mundo.
Aquellos hombres de ciencia profunda, de estudios graves, de vida
austera y retirada, cultivaban macetas de flores en sus terrados y
criaban pajaritos con paternal esmero; porque si el paganismo puso lo
sublime en la heroicidad, el cristianismo lo ha puesto en la sencillez.
En el lado opuesto a la huerta, un espacio de las mismas dimensiones, y
encerrado en las tapias del convento, contenía los molinos de aceite,
cuyas vigas, de cincuenta pies de largo y cuatro de ancho, eran de
caoba, y además las atahonas, los hornos, las caballerizas y los
establos.
Guiado por el buen hermano Gabriel, pudo Stein admirar aquella grandeza
pasada, aquella ruina proscrita, aquel abandono que, a manera de cáncer,
devoraba tantas maravillas; aquella destrucción que se apodera de un
edificio vacío, aunque fuerte y sólido, como los gusanos toman posesión
del cadáver de un hombre joven y robusto.
Fray Gabriel no interrumpía las reflexiones del cirujano alemán.
Pertenecía a la excelente clase de pobres de espíritu, que lo son
también de palabras. Concentraba en sí su tristeza _incolora_, sus
uniformes recuerdos, sus pensamientos monótonos. Por esto solía decirle
la tía María:
«Es usted un bendito, hermano Gabriel; pero no parece que la sangre
corre en sus venas, sino que se pasea. Si algún día tuviese usted una
viveza (y sólo podría ser si volviesen los padres al convento, las
campanas a la torre y las norias a la huerta), le ahogaría a usted.»
En la iglesia, vacía y desnuda, todavía quedaban bastantes restos de
magnificencia para poder graduar toda la que se había perdido. Aquel
dorado altar mayor, tan brillante cuando reflejaba la luz de los cirios
que encendía la devoción de los fieles, estaba empañado por el polvo del
olvido. Aquellas preciosas cabezas de angelitos, que ceñían las arañas;
aquellas ventanas, cuyas vidrieras habían desaparecido y que dejaban
entrada libre a los mochuelos y otros pájaros, cuyos nidos afeaban las
bien talladas y doradas cornisas y que convertían en inmunda sentina el
rico pavimento de mármol; aquellos esqueletos de altares despojados de
todos sus adornos; aquellos grandes y hermosos ángeles que parecían
salir de las pilastras; que habían tenido en sus manos lámparas de plata
siempre encendidas y extendían aún sus brazos, mirando aquellas con
dolor vacías. Los lindos frescos de las bóvedas que no habían podido
ser arrebatados y a los cuales inundaban de llanto las nubes del cielo,
pulsadas por los temporales; el yermo santuario, cuyas puertas habían
sido de plata maciza y con bajorrelieves de Berruguete; las pilas secas
y cubiertas de polvo... ¡Dios mío! ¿Qué artista no suspira al verlos?
¿Qué cristiano no se estremece? ¿Qué católico no se prosterna y llora?
En la sacristía, guarnecida en derredor de cómodas, cuya parte superior
formaba una mesa prolongada, los cajones estaban abiertos y vacíos. En
ellos se guardaron antes las albas de holán guarnecidas de encajes, los
ornamentos de terciopelo y de tisú, en los que la plata bordaba el
terciopelo; el oro, la plata, y las perlas, el oro. En un retrete
inmediato estaban todavía las cuerdas de las campanas; una, más delgada
que las otras, movía la campana clara y sonora, que llamaba los fieles a
misa; otra hacía vibrar el bronce retumbante y melodioso, como una banda
de música militar; grave, aunque animada, en compañía de sus acólitas,
menos estrepitosas, anunciaba las grandes festividades cristianas. Otra,
finalmente, despertaba sonidos profundos y solemnes, como los del cañón,
para pedir oraciones a los hombres y clemencia al cielo por el pecador
difunto. Stein se sentó en el primer escalón de las gradillas del
púlpito sostenido por un águila de mármol negro. Fray Gabriel se hincó
de rodillas en las gradas de mármol del altar mayor.
--¡Dios mío!--decía Stein, apoyando la cabeza en las manos--, esas
hendiduras, ese agua que penetra en las bóvedas y gotea minando el
edificio con su lento y seguro trabajo, ese maderaje que se hunde, esos
adornos que se desmoronan... ¡qué espectáculo tan triste y espantoso! A
la tristeza que produce todo lo que deja de existir, se une aquí el
horror que inspira todo lo que perece de muerte violenta y a manos del
hombre. ¡Este edificio, alzado en honor de Dios por hombres piadosos,
condenado a la nada por sus descendientes!
--¡Dios mío!--decía el hermano Gabriel--, en mi vida he visto tantas
telarañas. Cada angelito tiene un solideo de ellas. San Miguel lleva una
en la punta de la espada, y no parece sino que me la está presentando.
¡Si el padre prior viera esto!
Stein cayó en una profunda melancolía. «Este santo lugar--pensaba--,
respetado por el rumor del mundo y por la luz del día, donde venían los
reyes a inclinar sus cabezas y los pobres a levantar las suyas; este
lugar que daba lecciones severas al orgullo y suaves alegrías a los
humildes, hoy se ve decaído y entregado al acaso, como bajel sin
piloto.»
En este momento, un vivo rayo de sol penetró por una de las ventanas y
vino a dar en el remate del altar mayor, haciendo resaltar en la
oscuridad con su esplendor, como si sirviera de respuesta a las quejas
de Stein, un grupo de tres figuras abrazadas. Eran la Fe, la Esperanza y
la Caridad[7].
[Nota 7: Habíamos pensado en acortar la descripción, quizá demasiado prolija,
del convento, persuadidos por una parte de que es de poco interés y no
tiene novedad para la presente generación, que conoce estas obras
portentosas esparcidas por toda España; y por otra, de que la opinión
reinante clasificará tal vez estas suntuosidades, cuando menos, de
gastos inútiles; reflexión, y sea dicho de paso, que no se les ocurre a
los fabricadores de las modernas opiniones, cuando de entre las ruinas
de los templos griegos levantados a los falsos dioses, desentierran
tantas maravillas del arte, ni al rebuscar y recoger las riquezas que en
los templos americanos e indios se acumulaban. Habíamos, pues, decimos,
pensado en acortar esta descripción del convento; hemos dicho la causa.
Pero no lo hemos verificado acaso por las mismas razones que lo
aconsejaban y hemos expuesto. Creemos que nos comprenderá el lector.]