La tía María y el hermano Gabriel se esmeraban a cual más en cuidar al
enfermo; pero discordaban en cuanto al método que debía emplearse en su
curación. La tía María, sin haber leído a Brown, estaba por los caldos
sustanciosos y los confortantes tónicos, porque decía que estaba muy
débil y muy extenuado. Fray Gabriel, sin haber oído el nombre de
Broussais, quería refrescos y temperantes, porque, en su opinión, había
fiebre cerebral, la sangre estaba inflamada y la piel ardía.
Los dos tenían razón; y del doble sistema, compuesto de los caldos de la
tía María y de las limonadas del hermano Gabriel, resultó que Stein
recobró la vida y la salud el mismo día en que la buena mujer mató la
última gallina, y el hermano cogía el último limón del árbol.
--Hermano Gabriel--dijo la tía María--, ¿qué casta de pájaro cree usted
que será nuestro enfermo? ¿Militar?
--Bien podrá ser que sea militar--contestó fray Gabriel, el cual,
excepto en puntos de medicina y de horticultura, estaba acostumbrado a
mirar a la tía María como a un oráculo, y a no tener otra opinión que la
suya, lo mismo que había hecho con el prior de su convento. Así que casi
maquinalmente, repetía siempre lo que la buena anciana decía.
--No puede ser--prosiguió la tía María, meneando la cabeza--. Si fuera
militar, tendría armas, y no las tiene. Es verdad que al doblar su
levitón para quitarlo de en medio, hallé en el bolsillo una cosa a modo
de pistola; pero al examinarla con el mayor cuidado, por si acaso, vine
a caer en que no era pistola, sino flauta. Luego no es militar.
--No puede ser militar--repitió el hermano Gabriel.
--¿Si será un contrabandista?
--¡Puede ser que sea un contrabandista!--dijo el buen lego.
--Pero no--repuso la anciana--, porque para hacer el contrabando es
preciso tener géneros o dineros, y él no tiene ni lo uno ni lo otro.
--Es verdad: ¡no puede ser contrabandista!--afirmó fray Gabriel.
--Hermano Gabriel, ¿a ver qué dicen los títulos de esos libros?, puede
ser que por ahí saquemos cuál es su oficio.
El hermano se levantó, tomó sus espejuelos engarzados en cuerno, los
colocó sobre la nariz, echó mano al paquete de libros, y aproximándose a
la ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo rato
examinándolos.
--Hermano Gabriel--dijo al cabo la tía María--. ¿Se le ha olvidado a
usted el leer?
--No, pero no conozco estas letras; me parece que es hebreo.
--¡Hebreo!--exclamó la tía María--. ¡Virgen Santa! ¿Si será judío?
En aquel momento, Stein, que había estado largo tiempo aletargado, abrió
los ojos y dijo en alemán:
--_Gott, wo bin ich?_ (Dios mío, ¿dónde estoy?)
La tía María se puso de un salto en medio del cuarto. El hermano Gabriel
dejó caer los libros, y se quedó hecho una piedra, abriendo los ojos tan
grandes como sus espejuelos.
--¿Qué ha hablado?--preguntó la tía María.
--Será hebreo como sus libros--respondió fray Gabriel--. Quizá será
judío como usted ha dicho, tía María.
--¡Dios nos asista!--exclamó la anciana--; pero no. Si fuera judío, ¿no
le habríamos visto el rabo cuando lo desnudábamos?
--Tía María--repuso el lego--, el padre prior decía que eso del rabo de
los judíos es una patraña, una tontería, y que los judíos no tienen tal
cosa.
--Hermano Gabriel--replicó la tía María--, desde la bendita
Constitución todo se vuelve cambios y mudanzas. Esa gente que gobierna
en lugar del rey no quiere que haya nada de lo que antes hubo; y por
esto no han querido que los judíos tengan rabo, y toda la vida lo han
tenido como el diablo. Si el padre prior dijo lo contrario, le obligaron
a ello, como lo obligaron a decir en la misa rey _constitucional_.
--¡Bien podrá ser!--dijo el hermano.
--No será judío--prosiguió la anciana--, pero será un moro o un turco
que habrá naufragado en estas costas.
--Un pirata de Marruecos--repuso el buen fraile--; ¡puede ser!
--Pero entonces llevaría turbante y chinelas amarillas, como el moro que
yo vi hace treinta años cuando fui a Cádiz: se llama el moro Seylan.
¡Qué hermoso era! Pero para mí, toda su hermosura se le quitaba con no
ser cristiano. Pero más que sea judío o moro, no importa: socorrámosle.
--Socorrámosle aunque sea judío o moro--repitió el hermano.
Y los dos se acercaron a la cama.
Stein se había incorporado y miraba con extrañeza todos los objetos que
le rodeaban.
--No entenderá lo que le digamos--dijo la tía María--, pero hagamos la
prueba.
--Hagamos la prueba--repitió el hermano Gabriel.
La gente del pueblo en España cree generalmente que el mejor medio de
hacerse entender es hablar a gritos. La tía María y fray Gabriel, muy
convencidos de ello, gritaron a la vez, ella: «¿quiere usted caldo?», y
él: «¿quiere usted limonada?»
Stein, que iba saliendo poco a poco del caos de sus ideas, preguntó en
español:
--¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?
--El señor--respondió la anciana--es el hermano Gabriel, y yo soy la tía
María, para lo que usted quiera mandar.
--¡Ah!--dijo Stein--, el Santo Arcángel y la bendita Virgen, cuyos
nombres lleváis, aquella que es la salud de los enfermos, la consoladora
de los afligidos, y el socorro de los cristianos, os pague el bien que
me habéis hecho.
--¡Habla español--exclamó alborozada la tía María--, y es cristiano, y
sabe las letanías!
Y llena de júbilo, se arrojó a Stein, le estrechó en sus brazos y le
estampó un beso en la frente.
--Y a todo esto, ¿quién es usted?--dijo la tía María, después de haberle
dado una taza de caldo--. ¿Cómo ha venido usted a parar enfermo y
muriéndose a este despoblado?
--Me llamo Stein, y soy cirujano. He estado en la guerra de Navarra, y
volvía por Extremadura a buscar un puerto donde embarcarme para Cádiz, y
de allí a mi tierra, que es Alemania. Perdí el camino, y he estado largo
tiempo dando rodeos, hasta que por fin he llegado aquí enfermo, exánime
y moribundo.
--Ya ve usted--dijo la tía María al hermano Gabriel--, que sus libros no
están en hebreo, sino en la lengua de los cirujanos.
--Eso es, están escritos en la lengua de los cirujanos--repitió fray
Gabriel.
--¿Y de qué partido era usted?--preguntó la anciana--: ¿de don Carlos o
de los otros?
--Servía en las tropas de la reina--respondió Stein.
La tía María se volvió a su compañero, y con un gesto expresivo, le dijo
en voz baja:
--Este no es de los buenos.
--¡No es de los buenos!--repitió fray Gabriel, bajando la cabeza.
--Pero ¿dónde estoy?--volvió a preguntar Stein.
--Está usted--respondió la anciana--en un convento, que ya no es
convento; es un cuerpo sin alma. Ya no le quedan más que las paredes, la
cruz blanca y fray Gabriel. Todo lo demás se lo llevaron los otros.
Cuando ya no quedó nada que sacar, unos señores que se llaman _crédito
público_ buscaron un hombre de bien para guardar el convento, es decir,
el caparazón. Oyeron hablar de mi hijo, y vinimos a establecernos aquí,
donde yo vivo con ese hijo, que es el único que me ha quedado. Cuando
entramos en el convento, salían de él los padres. Unos iban a América,
otros a las misiones de la China, otros se quedaron con sus familias, y
otros se fueron a buscar la vida trabajando o pidiendo limosna. Vimos a
un hermano lego, viejo y apesadumbrado que, sentado en las gradas de la
cruz blanca, lloraba unas veces por sus hermanos que se iban, y otras
por el convento que se quedaba solo. «¿No viene su merced?», le preguntó
un corista. «¿Y adónde he de ir?--respondió--Jamás he salido de estos
muros, donde fui recogido niño y huérfano, por los padres. No conozco a
nadie en el mundo ni sé más que cuidar la huerta del convento. ¿Adónde
he de ir? ¿Qué he de hacer? ¡Yo no puedo vivir sino aquí!» «Pues quédese
usted con nosotros», le dije yo entonces. «Bien dicho, madre--repuso mi
hijo--. Siete somos los que nos sentamos a la mesa; nos sentaremos
ocho; comeremos más, y comeremos menos, como suele decirse.»
--Y gracias a esta caridad--añadió fray Gabriel--, cáteme usted aquí
cuidando la huerta; pero desde que se vendió la noria, no puedo regar ni
un palmo de tierra; de modo que se están secando los naranjos y los
limones.
--Fray Gabriel--continuó la tía María--se quedó en estas paredes, a las
cuales está pegado como la yedra; pero, como iba diciendo, ya no hay más
que paredes. ¡Habrá picardía! Nada, lo que ellos dicen: «Destruyamos el
nido, para que no vuelvan los pájaros.»
--Sin embargo--dijo Stein--, yo he oído decir que había demasiados
conventos en España.
La tía María fijó en el alemán sus ojos negros vivos y espantados;
después, volviéndose al lego, le dijo en voz baja:
--¿Serán ciertas nuestras primeras sospechas?
--¡Puede ser que sean ciertas!--respondió el hermano.