Capítulo III

La tía María y el hermano Gabriel se esmeraban a cual más en cuidar al

enfermo; pero discordaban en cuanto al método que debía emplearse en su

curación. La tía María, sin haber leído a Brown, estaba por los caldos

sustanciosos y los confortantes tónicos, porque decía que estaba muy

débil y muy extenuado. Fray Gabriel, sin haber oído el nombre de

Broussais, quería refrescos y temperantes, porque, en su opinión, había

fiebre cerebral, la sangre estaba inflamada y la piel ardía.

Los dos tenían razón; y del doble sistema, compuesto de los caldos de la

tía María y de las limonadas del hermano Gabriel, resultó que Stein

recobró la vida y la salud el mismo día en que la buena mujer mató la

última gallina, y el hermano cogía el último limón del árbol.

--Hermano Gabriel--dijo la tía María--, ¿qué casta de pájaro cree usted

que será nuestro enfermo? ¿Militar?

--Bien podrá ser que sea militar--contestó fray Gabriel, el cual,

excepto en puntos de medicina y de horticultura, estaba acostumbrado a

mirar a la tía María como a un oráculo, y a no tener otra opinión que la

suya, lo mismo que había hecho con el prior de su convento. Así que casi

maquinalmente, repetía siempre lo que la buena anciana decía.

--No puede ser--prosiguió la tía María, meneando la cabeza--. Si fuera

militar, tendría armas, y no las tiene. Es verdad que al doblar su

levitón para quitarlo de en medio, hallé en el bolsillo una cosa a modo

de pistola; pero al examinarla con el mayor cuidado, por si acaso, vine

a caer en que no era pistola, sino flauta. Luego no es militar.

--No puede ser militar--repitió el hermano Gabriel.

--¿Si será un contrabandista?

--¡Puede ser que sea un contrabandista!--dijo el buen lego.

--Pero no--repuso la anciana--, porque para hacer el contrabando es

preciso tener géneros o dineros, y él no tiene ni lo uno ni lo otro.

--Es verdad: ¡no puede ser contrabandista!--afirmó fray Gabriel.

--Hermano Gabriel, ¿a ver qué dicen los títulos de esos libros?, puede

ser que por ahí saquemos cuál es su oficio.

El hermano se levantó, tomó sus espejuelos engarzados en cuerno, los

colocó sobre la nariz, echó mano al paquete de libros, y aproximándose a

la ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo rato

examinándolos.

--Hermano Gabriel--dijo al cabo la tía María--. ¿Se le ha olvidado a

usted el leer?

--No, pero no conozco estas letras; me parece que es hebreo.

--¡Hebreo!--exclamó la tía María--. ¡Virgen Santa! ¿Si será judío?

En aquel momento, Stein, que había estado largo tiempo aletargado, abrió

los ojos y dijo en alemán:

--_Gott, wo bin ich?_ (Dios mío, ¿dónde estoy?)

La tía María se puso de un salto en medio del cuarto. El hermano Gabriel

dejó caer los libros, y se quedó hecho una piedra, abriendo los ojos tan

grandes como sus espejuelos.

--¿Qué ha hablado?--preguntó la tía María.

--Será hebreo como sus libros--respondió fray Gabriel--. Quizá será

judío como usted ha dicho, tía María.

--¡Dios nos asista!--exclamó la anciana--; pero no. Si fuera judío, ¿no

le habríamos visto el rabo cuando lo desnudábamos?

--Tía María--repuso el lego--, el padre prior decía que eso del rabo de

los judíos es una patraña, una tontería, y que los judíos no tienen tal

cosa.

--Hermano Gabriel--replicó la tía María--, desde la bendita

Constitución todo se vuelve cambios y mudanzas. Esa gente que gobierna

en lugar del rey no quiere que haya nada de lo que antes hubo; y por

esto no han querido que los judíos tengan rabo, y toda la vida lo han

tenido como el diablo. Si el padre prior dijo lo contrario, le obligaron

a ello, como lo obligaron a decir en la misa rey _constitucional_.

--¡Bien podrá ser!--dijo el hermano.

--No será judío--prosiguió la anciana--, pero será un moro o un turco

que habrá naufragado en estas costas.

--Un pirata de Marruecos--repuso el buen fraile--; ¡puede ser!

--Pero entonces llevaría turbante y chinelas amarillas, como el moro que

yo vi hace treinta años cuando fui a Cádiz: se llama el moro Seylan.

¡Qué hermoso era! Pero para mí, toda su hermosura se le quitaba con no

ser cristiano. Pero más que sea judío o moro, no importa: socorrámosle.

--Socorrámosle aunque sea judío o moro--repitió el hermano.

Y los dos se acercaron a la cama.

Stein se había incorporado y miraba con extrañeza todos los objetos que

le rodeaban.

--No entenderá lo que le digamos--dijo la tía María--, pero hagamos la

prueba.

--Hagamos la prueba--repitió el hermano Gabriel.

La gente del pueblo en España cree generalmente que el mejor medio de

hacerse entender es hablar a gritos. La tía María y fray Gabriel, muy

convencidos de ello, gritaron a la vez, ella: «¿quiere usted caldo?», y

él: «¿quiere usted limonada?»

Stein, que iba saliendo poco a poco del caos de sus ideas, preguntó en

español:

--¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

--El señor--respondió la anciana--es el hermano Gabriel, y yo soy la tía

María, para lo que usted quiera mandar.

--¡Ah!--dijo Stein--, el Santo Arcángel y la bendita Virgen, cuyos

nombres lleváis, aquella que es la salud de los enfermos, la consoladora

de los afligidos, y el socorro de los cristianos, os pague el bien que

me habéis hecho.

--¡Habla español--exclamó alborozada la tía María--, y es cristiano, y

sabe las letanías!

Y llena de júbilo, se arrojó a Stein, le estrechó en sus brazos y le

estampó un beso en la frente.

--Y a todo esto, ¿quién es usted?--dijo la tía María, después de haberle

dado una taza de caldo--. ¿Cómo ha venido usted a parar enfermo y

muriéndose a este despoblado?

--Me llamo Stein, y soy cirujano. He estado en la guerra de Navarra, y

volvía por Extremadura a buscar un puerto donde embarcarme para Cádiz, y

de allí a mi tierra, que es Alemania. Perdí el camino, y he estado largo

tiempo dando rodeos, hasta que por fin he llegado aquí enfermo, exánime

y moribundo.

--Ya ve usted--dijo la tía María al hermano Gabriel--, que sus libros no

están en hebreo, sino en la lengua de los cirujanos.

--Eso es, están escritos en la lengua de los cirujanos--repitió fray

Gabriel.

--¿Y de qué partido era usted?--preguntó la anciana--: ¿de don Carlos o

de los otros?

--Servía en las tropas de la reina--respondió Stein.

La tía María se volvió a su compañero, y con un gesto expresivo, le dijo

en voz baja:

--Este no es de los buenos.

--¡No es de los buenos!--repitió fray Gabriel, bajando la cabeza.

--Pero ¿dónde estoy?--volvió a preguntar Stein.

--Está usted--respondió la anciana--en un convento, que ya no es

convento; es un cuerpo sin alma. Ya no le quedan más que las paredes, la

cruz blanca y fray Gabriel. Todo lo demás se lo llevaron los otros.

Cuando ya no quedó nada que sacar, unos señores que se llaman _crédito

público_ buscaron un hombre de bien para guardar el convento, es decir,

el caparazón. Oyeron hablar de mi hijo, y vinimos a establecernos aquí,

donde yo vivo con ese hijo, que es el único que me ha quedado. Cuando

entramos en el convento, salían de él los padres. Unos iban a América,

otros a las misiones de la China, otros se quedaron con sus familias, y

otros se fueron a buscar la vida trabajando o pidiendo limosna. Vimos a

un hermano lego, viejo y apesadumbrado que, sentado en las gradas de la

cruz blanca, lloraba unas veces por sus hermanos que se iban, y otras

por el convento que se quedaba solo. «¿No viene su merced?», le preguntó

un corista. «¿Y adónde he de ir?--respondió--Jamás he salido de estos

muros, donde fui recogido niño y huérfano, por los padres. No conozco a

nadie en el mundo ni sé más que cuidar la huerta del convento. ¿Adónde

he de ir? ¿Qué he de hacer? ¡Yo no puedo vivir sino aquí!» «Pues quédese

usted con nosotros», le dije yo entonces. «Bien dicho, madre--repuso mi

hijo--. Siete somos los que nos sentamos a la mesa; nos sentaremos

ocho; comeremos más, y comeremos menos, como suele decirse.»

--Y gracias a esta caridad--añadió fray Gabriel--, cáteme usted aquí

cuidando la huerta; pero desde que se vendió la noria, no puedo regar ni

un palmo de tierra; de modo que se están secando los naranjos y los

limones.

--Fray Gabriel--continuó la tía María--se quedó en estas paredes, a las

cuales está pegado como la yedra; pero, como iba diciendo, ya no hay más

que paredes. ¡Habrá picardía! Nada, lo que ellos dicen: «Destruyamos el

nido, para que no vuelvan los pájaros.»

--Sin embargo--dijo Stein--, yo he oído decir que había demasiados

conventos en España.

La tía María fijó en el alemán sus ojos negros vivos y espantados;

después, volviéndose al lego, le dijo en voz baja:

--¿Serán ciertas nuestras primeras sospechas?

--¡Puede ser que sean ciertas!--respondió el hermano.

La gaviota · 第 9 / 44 题