XXXV

Sentía Ponte Delgado vivas ganas de pedir explicaciones al tipo aquel

por su mirar impertinente. La causa de este no podía ser otra que la

novedad que Frasquito ofrecía al público con el despintado de su rostro,

y el buen caballero se decía: «¿Pero qué le importa a nadie que yo me

_arregle_ o deje de _arreglarme_? Yo hago de mi fisonomía lo que me da

la gana, y no estoy obligado a dar gusto a los señores, presentándoles

siempre la misma cara. Con la vieja, lo mismo que con la joven, sé yo

hacerme respetar y dejar bien puesto mi decoro». Ya se proponía

contraponer al mirar cargantísimo de aquel punto una ojeada de

desprecio, cuando el de los caracoles, vaciado, comido y chupado el

último, y puesta la cáscara en su sitio, pagó el gasto; se colocó en los

hombros la capa, que se le había caído; encasquetose la gorrilla, y

levantándose se fue derecho al desteñido caballero, y con muy buen modo

le dijo: «Sr. de Ponte, perdóneme que le haga una pregunta».

Por el tono cordial del individuo, comprendió Frasquito que era un

infeliz, de estos que expresan con el modo de mirar todo lo contrario de

lo que son.

«Usted dirá...

--Perdóneme, Sr. de Ponte... Quería saber, siempre que usted no lo lleve

a mal, si es verdad que Antonio Zapata y su hermana han tenido una

herencia de _tantismos_ millones.

--Hombre, tanto como de millones, no creo... Diré a usted: mi parte en la

herencia, como la que también disfruta Doña Francisca Juárez, no pasa de

una pensión, cuya cuantía no sabemos aún a punto fijo. Pero podré darle

a usted dentro de poco noticias exactas. ¿Por casualidad es usted

periodista?

--No, señor: soy pintor heráldico.

--¡Ah! Yo creí que era usted de estos que averiguan cosas para ponerlas

en los periódicos.

--Lo que yo pongo es anuncios. Porque como el arte heráldico está tan por

los suelos, me dedico al corretaje de reclamos y avisos... Antonio y yo

trabajamos en competencia, y nos hacemos una guerra espantosa. Por eso,

al saber que Zapata es rico, quiero que usted influya con él para que me

traspase sus negocios. Soy viudo y tengo seis hijos».

Al decir esto, poniendo en su tono tanta sinceridad como hombría de

bien, clavaba en el rostro de su interlocutor una mirada semejante a la

del asesino en el momento de dar el golpe a su víctima. Antes de que

Ponte le contestara, prosiguió diciendo: «Yo sé que usted es amigo de la

familia, y que _habla_ con Doña Obdulia... Y a propósito: Doña Obdulia,

o su señora madre, ahora que son ricas, querrán _sacar título_. Yo que

ellas lo sacaría, siendo, como son, de la Grandeza de España. Pues que

no se olvide usted de mí, Sr. de Ponte... Aquí tiene mi tarjeta. Yo les

compongo el escudo y el árbol genealógico, y la ejecutoria en letra

antigua, con iniciales en purpurina, a menor precio que se lo haría el

pintor más pintado. Puede usted juzgar de mi trabajo por los modelos que

tengo en casa.

--Yo no puedo asegurarle a usted--dijo Frasquito dándose mucha

importancia, con un palillo entre los dientes--, que saquen título ni que

no saquen título. Nobleza les sobra para ello por los cuatro costados,

pues así los Juárez, como los Zapatas, y los Delgados y Pontes, son de

lo más alcurniado de Andalucía.

--Los Pontes tienen una puente sínople sobre gules, y cuarteles de azur y

oro...

--Verdad... Por mi parte no pienso sacar título, ni mi herencia es para

tanto... Esas señoras, no sé... Obdulia merece ser Duquesa, y lo es por

la figura y el tono, aunque no se decida a ponerse la corona. De

Emperatriz le corresponde, como hay Dios. En fin, yo no me meto... Y

dejando a un lado la heráldica, vamos a otra cosa».

En esto, el de los caracoles se había sentado junto a Frasquito, y con

su mirar siniestro era el terror de los parroquianos que les rodeaban.

«Puesto que usted se dedica al corretaje de anuncios, ¿podría indicarme

una buena casa de huéspedes?...

--Precisamente hoy _he hecho_ dos... Aquí las tengo en mi cartera

para _Imparcial_ y _Liberal_. Entérese usted... Son de lo bueno:

'habitaciones hermosas, comida a la francesa, cinco platos... treinta

reales'.

--Me convendría más barata... de catorce o diez y seis reales.

--También las _hago_... Mañana podré darle una lista de seis lo menos,

todas de confianza».

Les cortó el diálogo la aparición repentina de Antonio Zapata, que entró

sofocado, metiendo ruido, bromeando a gritos con el dueño del

establecimiento y con varios parroquianos. Subió al cuarto interior, y

tirando sobre la mesa la voluminosa cartera que llevaba, y echándose

atrás el sombrero, se sentó junto a Frasquito y el de los caracoles.

«¡Vaya una tarde, caballeros, vaya una tarde!--exclamó fatigado; y al

chiquillo que servía le dijo--: No tomo nada. He comido ya... Mi señora

madre nos ha metido en el cuerpo una gallina a mi mujer y a mí... y

encima tira de _Champagne_... y tira de bartolillos.

--¡Chico, quién te tose ahora!...--le dijo el de los caracoles, la palabra

dulce, el mirar terrorífico--. Y es preciso que me des pronto una razón:

¿me cedes o no me cedes tu negocio?

--¡Buena se puso mi mujer cuando le propuse no trabajar más! Creí que me

mordía y que me sacaba los ojos. Nada: que seguiremos lo mismo, ella en

su máquina, yo en mis anuncios, porque eso de la herencia no sabemos qué

pateta será... Amigo Ponte, ¿conoce usted esa finca de la Almoraima?

¿Cuánto nos dará de renta?

--No puedo precisarlo--replicó Frasquito--. Sé que es una magnífica

posesión, con monte, potrero, tierras de sembradura, _ainda mais_, el

mejor puesto de Andalucía para codornices, cuando van a pasar el

Estrecho.

--Allá nos iremos una temporada... Pero mi mujer, ni _pa Dios_ quiere que

deje yo este oficio de pateta. Aguántate por ahora, Polidura, que con mi

Juliana no se juega: le tengo más miedo que a una leona con hambre... Y

cuéntame, ¿qué has hecho hoy?... ¡Ah! ya no me acordaba: mi madre quiere

comprar una araña...

--¡Una araña!

--Sí, hombre, o lámpara colgante para el comedor. Me ha dicho si sabemos

de alguna buena y vistosa, de lance...

--Sí, sí--replicó Polidura--. En la almoneda de la calle de Campomanes la

tenemos.

--Otra... También quiere saber si se proporcionarán alfombras de moqueta

y terciopelo en buen uso.

--Eso, en la almoneda de la Plaza de Celenque. Aquí lo tengo: 'Todo el

mobiliario de una casa. Horas, de una a tres. No se admiten prenderos'.

--Mi hermana, que, entre paréntesis, se zampó esta tarde media gallina,

lo que quiere es un landó de cinco luces...

--¡Atiza!

--Yo he aconsejado a Obdulia--indicó Frasquito con gravedad--, que no

tenga cocheras, que se entienda con un alquilador.

--Claro... Pero no dará _pa_ tanto el cortijo de pateta. ¡Landó de cinco

luces! Y que tiren de él las burras de leche del _señó_ Jacinto».

Soltó la risa Polidura; mas notando que al algecireño le sabían mal

aquellas bromas, quiso variar de conversación al instante. El

desvergonzado Antonio Zapata se permitió decir a Ponte: «Con franqueza,

D. Frasco: creo que está usted mejor así.

--¿Cómo?

--Sin betún. Bonita figura de caballero anciano y respetable. Convénzase

de que con el tinte no consigue usted parecer joven; lo que parece es...

un féretro.

--Querido Antonio--replicó Ponte haciendo repulgos con boca y nariz para

disimular su ira, y figurar que seguía la broma--, nos gusta a los viejos

espantar a los muchachos para que... para que nos dejen en paz. Los

chicos del día, por querer saberlo todo, no saben nada...».

El pobre señor, azarado, no sabía qué decir. Sus tonterías

envalentonaron a Zapata, que prosiguió mortificándole:

«Y ahora que estamos en fondos, amigo Ponte, lo primero que tiene usted

que hacer es jubilar el _sarcófago_.

--¿Qué?

--El sombrero de copa que tiene usted para los días de fiesta, y que es

de la moda que se gastaba cuando ahorcaron a Riego.

--¿Qué entiende usted de modas? Estas se renuevan, y las formas de ayer

vuelven a _llevarse_ mañana.

--Así será en la ropa; pero en las personas, el que pasó, pasado se

queda. No le quedan a usted más que los _pinreles_. Los juanetes que

debía tener en ellos, se le han subido a la cabeza... Sí, sí... yo digo

que usted piensa con los callos».

Ya le faltaba poco a Frasquito para estallar en ira, y de fijo le

hubiera tirado a la cabeza el plato, el vaso de vino y hasta la mesa, si

Polidura no tratara de atenuar la maleante burla con estas palabras

conciliadoras: «Cállate, tonto, que el Sr. de Ponte no ha entrado en

_Villavieja_, y lleva sus añitos mejor que nosotros.

--No es viejo, no... Es de _cuando Fernando VII gastaba paletot_... Pero,

en fin, si se ofende, me callo... Sr. de Ponte, sabe que se le quiere, y

que si gasto estas bromas es por pasar el rato. No haga usted caso,

_maestro_, y hablemos de otra cosa.

--Sus chanzas son un poco impertinentes--dijo Frasquito con dignidad--, y

si quiere, irrespetuosas... Pero es usted un chiquillo, y...

--_¡Pata!_... Ea, se acabó. Voy a preguntarle una cosa, respetable Sr.

de Ponte: ¿en qué empleará usted los primeros cuartos de la pensión?

--En una obra de justicia y de caridad. Le compraré unas botas a Benina

cuando parezca, si parece, y un traje nuevo.

--Pues yo le compraré un vestido de odalisca. Es lo que le cuadra, desde

que se ha dedicado a la vida mora.

--¿Qué dice usted? ¿Se sabe dónde está ese ángel?

--Ese ángel está en el Pardo, que es el Paraíso a donde son llevados los

angelitos que piden limosna sin licencia.

--Bromas de usted.

--¡Humoradas de la vida, Sr. de Ponte! Yo sabía que la Nina se arrimaba a

la puerta de San Sebastián, por pescar algún ochavo... La necesidad es

terrible consejera. ¡Cuando la pobre Nina lo hacía!... Pero yo no supe

hasta hoy que anda emparejada con un moro ciego, y que de ahí le viene

su perdición.

--¿Está usted seguro de lo que dice?

--Lo he visto. A mamá no he querido decirle nada, porque no se disguste;

pero... ya estoy al tanto. En una redada que echaron los policías,

cogieron a Nina y al otro, y les zamparon en San Bernardino. De allí me

les empaquetaron para el Pardo, de donde me mandó Nina un papelito,

diciéndome que _haga un empeño_ para que la suelten... Veréis lo que

hice esta mañana: alquilé una bicicleta y me fui al Pardo... Antes que

se me olvide: si sabe mi mujer que he paseado en bicicleta, tendremos

bronca en casa. Tú, Polidura, ten cuidado de no venderme: ya sabes cómo

las gasta Juliana... Pues sigo: me planté allá, y la vi: la pobre está

descalza y con los trapitos en jirones. Da pena verla. El moro es tan

celoso, ¡Dios! que cuando me oyó hablar con ella se puso frenético, y me

quiso pegar... '_Galán bunito_--decía--, _mí matar galán bunito_'. Por no

escandalizar, no le di un par de morradas...

--Yo no creo que Benina, a sus años...--indicó Frasquito tímidamente.

--¿Qué ha de hacer usted más que encontrar muy naturales los pinitos de

los ancianos?

--En fin--dijo Polidura, arrojando todo el furor de su mirada sobre

Antonio--, haz por sacarla. Habrá que buscar un empeño en el Gobierno

civil.

--Sí, sí... Gestionemos inmediatamente--propuso Ponte--. ¿Será todavía

Gobernador _Pepe Alcañices_?

--¡Hombre, por Dios! ¿Quién dice? ¿El Duque de Sexto? Usted se empeña en

no pasar del año de _la Nanita_.

--Si eso es del tiempo de la guerra de África, Sr. de Ponte, o poco

después--afirmó el de los caracoles--. Yo me acuerdo... cuando la unión

liberal... Era Ministro de la Gobernación D. José Posada Herrera. Yo

estaba en _La Iberia_ con Calvo Asensio, Carlos Rubio y D. Práxedes...

Pues apenas ha llovido desde entonces...

--Sea lo que quiera, señores--añadió Frasquito poniéndose en la realidad--,

hay que sacar a Nina...

--Hay que sacarla.

--Con su morito a rastras. Mañana mismo iré a ver a un amigo que tengo en

la Delegación... Pero no se olviden: tú, Polidura, ten cuidado y no

_metas la pata_... Si sabe Juliana que alquilé la bicicleta, ya tengo

_máquina_ para un semestre.

--¿Va usted a volver al Pardo?...

--Puede. ¿Y usted, maneja el pedal?

--No lo he probado. En todo caso, yo iría a caballo.

--Anda, anda, y qué calladito se lo tenía. ¿Monta usted a la inglesa o a

la española?

--Yo no sé... Sólo sé que monto bien. ¿Quiere usted verlo?

--Hombre, sí... Vaya, una apuestita: si no se rompe usted la cabeza, pago

el alquiler del caballo.

--Y si usted no se desnuca en la máquina, la pago yo.

--Convenido. ¿Y tú, Polidura?

--¿Yo?... en el coche de San Francisco.

--Pues allá los tres. _Sus_ convido a caracoles.

--Yo convido a lo que quieran--dijo Frasquito levantándose--; y si

conseguimos traernos a Nina y al riffeño, convite general.

--El _disloque_...».

Misericordia · 第 35 / 43 题