XXXIV

Gracias a los cuidados de Doña Paca, asistida de las chicas de la

cordonera, pronto se repuso Ponte de aquella nueva manifestación de su

mal, y al anochecer, conversando con la dama rondeña, convinieron ambos

en que D. Romualdo Cedrón era un ser efectivo, y la herencia una verdad

incuestionable. No obstante, entre la vida y la muerte estuvieron hasta

el siguiente día, en que se les apareció por segunda vez la imagen del

benéfico sacerdote, acompañado de un notario, que resultó antiguo

conocimiento de Doña Francisca Juárez de Zapata. Arreglado el asunto,

previo examen de papeles, en lo que no hubo dificultad, recibieron los

herederos de Rafaelito Antrines, a cuenta de su pensión, cantidad de

billetes de Banco que a entrambos pareció fabulosa, por causa, sin duda,

de la absoluta limpieza de sus respectivas arcas. La posesión del

dinero, acontecimiento inaudito en aquellos tristes años de su vida,

produjo en Doña Paca un efecto psicológico muy extraño: se le anubló la

inteligencia; perdió hasta la noción del tiempo; no encontraba palabras

con qué expresar las ideas, y estas zumbaban en su cabeza como las

moscas cuando se estrellan contra un cristal, queriendo atravesarlo para

pasar de la obscuridad a la luz. Quiso hablar de su Nina, y dijo mil

disparates. Como se oye un rumor de lejanas disputas, de las cuales sólo

se perciben sílabas y voces sueltas, oía que Frasquito y los otros dos

señores hablaban del asunto; creyó entender que la fugitiva parecería,

que ya se había encontrado el rastro, pero nada más... Los tres hombres

estaban en pie, el notario junto a Cedrón. Chiquitín y con perfil de

cotorra, parecía un perico que se dispone a encaramarse por el tronco de

un árbol.

Despidiéronse al fin los amables señores con ofrecimientos y cortesanías

afectuosas, y solos la rondeña y el de Algeciras, se entretuvieron,

durante mediano rato, en dar vueltas de una parte a otra de la casa,

entrando sin objeto ni fin alguno, ya en la cocina, ya en el comedor,

para salir al instante, cambiando alguna frase nerviosa cuando uno con

otro se tropezaban. Doña Paca, la verdad sea dicha, sentía que se le

aguaba la felicidad por no poder hacer partícipe de ella a su compañera

y sostén en tantos años de penuria. ¡Ah! Si Nina entrara en aquel

momento, ¡qué gusto tendría su ama en darle la gran sorpresa,

mostrándose primero muy afligida por la falta de cuartos, y enseñándole

después el puñado de billetes! ¡Qué cara pondría! ¡Cómo se le alargarían

los dientes! ¡Y qué cosas haría con aquel montón de metálico! Vamos, que

Dios, digan lo que dijeren, no hace nunca las cosas completas. Así en lo

malo como en lo bueno, siempre se deja un rabillo, para que lo desuelle

el destino. En las mayores calamidades, permite siempre un suspiro; en

las dichas que su misericordia concede, _se le olvida_ siempre algún

detalle, cuya falta _lo echa todo a perder_.

En uno de aquellos encuentros, de la sala a la cocina y de la cocina a

la alcoba, propuso Ponte a su paisana celebrar el suceso yéndose los dos

a comer de fonda. Él la convidaría gustoso, correspondiendo con tan

corto obsequio a su generosa hospitalidad. Respondió Doña Francisca que

ella no se presentaría en sitios públicos mientras no pudiera hacerlo

con la decencia de ropa que le correspondía; y como su amigo le dijera

que comiendo fuera de casa se ahorraba la molestia de cocinar en la

propia sin más ayuda que las chiquillas de la cordonera, manifestó la

dama que, mientras no volviese Nina, no encendería lumbre, y que todo

cuanto necesitase lo mandaría traer de casa de Botín. Por cierto que se

le iba despertando el apetito de manjares buenos y bien condimentados...

¡Ya era tiempo, Señor! Tantos años de forzados ayunos, bien merecían que

se cantara el _¡alleluya!_ de la resurrección. «Ea, Celedonia, ponte tu

falda nueva, que vas a casa de Botín. Te apuntaré en un papelito lo que

quiero, para que no te equivoques». Dicho y hecho. ¿Y qué menos había de

pedir la señora, para hacer boca en aquel día fausto, que dos gallinas

asadas, cuatro pescadillas fritas y un buen trozo de solomillo, con la

ayuda de jamón en dulce, huevo hilado, y acompañamiento de una docena

de bartolillos?... ¡Hala!

No logró la dama, con este anuncio de un reparador banquete, sujetar la

imaginación y la voluntad de Frasquito, que desde que tomó el dinero se

sentía devorado por un ansia loca de salir a la calle, de correr, de

volar, pues alas creyó que le nacían. «Yo, señora, tengo que hacer esta

tarde... Me es imprescindible salir... Además, necesito que me dé un

poco el aire... Siento así como un poco de mareo. Me conviene el

ejercicio, crea usted que me conviene... También me urge mucho avistarme

con mi sastre, aunque no sea más que para ponerme al tanto de las modas

que ahora corren, y ver de preparar alguna prenda... Soy muy

dificultoso, y tardo mucho en decidirme por esta o la otra tela.

--Sí, sí, vaya a sus diligencias; pero no se corra mucho, y vea en este

suceso feliz, como lo veo yo, una lección que nos da la Providencia. Por

mi parte, me declaro convencida de lo buenos que son el orden y el

arreglo, y hago propósito firme de apuntar todo, todito lo que gasto.

--Y el ingreso también... Lo mismo haré yo, es decir, lo he hecho; pero

no me ha valido, crea usted, amiga de mi alma, que no me ha valido.

--Teniendo renta segura, el toque está en acomodar las entradas a las

salidas, y no extralimitarse... Por Dios, querido Ponte, no hagamos

otra vez la barbaridad de reírnos del balance y de la... Ahora reconozco

que Trujillo tiene razón.

--Más balances he hecho yo, señora, que pelos tengo en la cabeza, y

también le digo a usted que no me han valido más que para calentarme la

_ídem_.

--Ya que Dios nos ha favorecido, seamos ordenados: yo me atrevería a

rogar a usted que, si no le sirve de molestia y _va de compras_, me

traiga un libro de contabilidad, agenda, o como se llame».

¡Pues no faltaba más! No un libro, sino media docena le traería

Frasquito con mil amores; y prometiéndolo así, se lanzó a la calle,

ávido de aire, de luz, de ver gente, de recrearse en cosas y personas.

Del tirón, andando maquinalmente, se fue hasta el Paseo de Atocha, sin

darse cuenta de ello. Luego volvió hacia arriba, porque más le gustaba

verse entre casas que entre árboles. Francamente, los árboles le eran

antipáticos, sin duda porque, pasando junto a ellos en horas de

desesperación, creía que le ofrecían sus ramas para que se ahorcara.

Internándose en las calles sin dirección fija, contemplaba los

escaparates de sastre, con exhibición de hermosas telas; los de corbatas

y de camisería elegante. No dejaba de echar también un vistazo a los

_restaurants_, y en general a todas las tiendas, que en su larga vida de

penuria bochornosa había mirado con desconsuelo.

Pasó en esta vagancia dichosa algunas horas, sin cansancio. Sentíase

fuerte, saludable, y hasta robusto. Miraba cariñoso, o con cierto

airecillo de protección, a cuantas mujeres hermosas o aceptables a su

lado pasaban. Un escaparate de perfumería de buen tono le sugirió una

idea feliz: había echado sus canas al aire de una manera indecorosa, sin

aliñarlas y componerlas con el negro disimulo del tinte, y aquella

hermosa tienda le ofrecía ocasión de remediar tan grave falta,

inaugurando allí la campaña de restauración de su existencia, que debía

comenzar por la restauración de su averiado rostro. Allí cambió, pues,

el primer billete de la _resma_ que le diera D. Romualdo Cedrón; después

de hacerse presentar diferentes artículos, hizo provisión abundante de

los que creía más necesarios, y pagando sin regateo, ordenó que le

llevasen a la casa de Doña Francisca el voluminoso paquete de sus

compras de droguería olorosa y colorante.

Al salir de allí, pensaba en la conveniencia de procurarse pronto una

casa de huéspedes decente y no muy cara, apropiada a la pensión que

disfrutaba, pues de ningún modo se excedería en sus gastos. A los

dormitorios de Bernarda no volvería más, como no fuera a pagarle las

siete noches debidas, y a decirle cuatro verdades. Y divagando y

haciendo risueños cálculos, llegó la hora en que el estómago empezó a

indicarle que no se vive sólo de ilusiones. Problema: ¿dónde comería? La

idea de meterse en un _restaurant_ de los buenos fue prontamente

desechada. Imposible presentarse hecho un tipo. ¿Iría, siguiendo la

rutina de sus tiempos miserables, al figón de Boto? ¡Oh, no!... Siempre

le habían visto allí teñido. Extrañarían verle en repentina vejez, lleno

de canas... Por fin, acordándose de que debía al honrado Boto un

piquillo de anteriores comistrajos, creyó que debía ir allí, y

corresponder con un pago puntual a la confianza del dueño del

establecimiento, dándole la excusa de su grave enfermedad, que bien

claramente en su despintado rostro se pintaba. Encaminó sus pasos a la

calle del Ave María, y entró un poquillo avergonzado en la taberna,

haciendo como que se sonaba, al atravesar la pieza exterior, para

taparse la cara con el pañuelo. Estrecho y ahogado es aquel recinto para

la mucha parroquia que a él concurre, atraída por la baratura y buen

condimento de los guisotes que allí se despachan. A la taberna,

propiamente dicha, no muy grande, sigue un pasillo angosto, donde

también hay mesa, con su banco pegado a la pared, y luego una estancia

reducida y baja de techo a la cual se sube por dos escalones, con dos

mesas largas a un lado y otro, sin más espacio entre ambas que el

preciso para que entre y salga el chiquillo que sirve. En esta parte del

establecimiento se ponía siempre Ponte, creyéndose allí más apartado de

la curiosidad y el fisgoneo de los consumidores, y ocupaba el hueco de

mesa que veía libre, si en efecto lo había, pues se daban casos de estar

todo completo, y los parroquianos como sardinas en banasta.

Aquella tarde, noche ya, se coló Frasquito en el departamento interior

con buena suerte, pues no había dentro más que tres personas, y una de

las mesas estaba vacía. Sentose en el rincón, junto a la puerta, sitio

muy recogido, en el cual no era fácil que le vieran desde _el público_,

es decir, desde la taberna, y... Otro problema: ¿qué pediría?

Ordinariamente, el aflictivo estado de su peculio le obligaba a

limitarse a un real de guisado, que con pan y vino representaba un gasto

total de cuarenta céntimos, o a igual ración de bacalao en salsa. Uno u

otro condumio, con el pan alto, que aprovechaba hasta la última miga,

comiéndoselo con el caldo y la racioncita de vino, le ofrecían una

alimentación suficiente y sabrosa. En ciertos días solía cambiar el

guiso por el estofado, y en ocasiones muy contadas, por la pepitoria.

Callos, caracoles, albóndigas y otras porquerías, jamás las probó.

Bueno: pues aquella noche pidió al chico relación completa de lo que

había, y mostrándose indeciso, como persona desganada que no encuentra

manjar bastante incitante para despertar su apetito, se resolvió por la

pepitoria. «¿Le duelen a usted las muelas, Sr. de Ponte?--preguntole el

chico, viendo que no se quitaba el pañuelo de la cara.

--Sí, hijo... un dolor horrible. No me traigas pan alto, sino francés».

Frente a Frasquito se sentaban dos que comían guisado, en un solo plato

grande, ración de dos reales, y más allá, en el ángulo opuesto, un

individuo que despachaba pausada y metódicamente una ración de

caracoles. Era verdaderamente el tal una máquina para comerlos, porque

para cada pieza empleaba de un modo invariable los mismos movimientos de

la boca, de las manos y hasta de los ojos. Cogía el molusco, lo sacaba

con un palito, se lo metía en la boca, chupaba después el agüilla

contenida en la cáscara, y al hacer esto dirigía una mirada rencorosa a

Frasquito Ponte; luego dejaba la cáscara vacía y cogía otra llena, para

repetir la misma función, siempre a compás, con igualdad de gestos y

mohines al sacar el bicho, y al comerlo, con igualdad de miradas: una

de simpatía hacia el caracol en el momento de cogerlo; otra de rencor

hacia Frasquito en el momento de chupar.

Pasó tiempo, y el hombre aquel, de rostro jimioso y figura mezquina,

continuaba acumulando cáscaras vacías en un montoncillo, que crecía

conforme mermaba el de las llenas; y Ponte, que le tenía delante,

principiaba a inquietarse de las miradas furibundas que como figurilla

mecánica de caja de música le echaba, a cada vuelta de manubrio, el

comedor de caracoles.

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