Gracias a los cuidados de Doña Paca, asistida de las chicas de la
cordonera, pronto se repuso Ponte de aquella nueva manifestación de su
mal, y al anochecer, conversando con la dama rondeña, convinieron ambos
en que D. Romualdo Cedrón era un ser efectivo, y la herencia una verdad
incuestionable. No obstante, entre la vida y la muerte estuvieron hasta
el siguiente día, en que se les apareció por segunda vez la imagen del
benéfico sacerdote, acompañado de un notario, que resultó antiguo
conocimiento de Doña Francisca Juárez de Zapata. Arreglado el asunto,
previo examen de papeles, en lo que no hubo dificultad, recibieron los
herederos de Rafaelito Antrines, a cuenta de su pensión, cantidad de
billetes de Banco que a entrambos pareció fabulosa, por causa, sin duda,
de la absoluta limpieza de sus respectivas arcas. La posesión del
dinero, acontecimiento inaudito en aquellos tristes años de su vida,
produjo en Doña Paca un efecto psicológico muy extraño: se le anubló la
inteligencia; perdió hasta la noción del tiempo; no encontraba palabras
con qué expresar las ideas, y estas zumbaban en su cabeza como las
moscas cuando se estrellan contra un cristal, queriendo atravesarlo para
pasar de la obscuridad a la luz. Quiso hablar de su Nina, y dijo mil
disparates. Como se oye un rumor de lejanas disputas, de las cuales sólo
se perciben sílabas y voces sueltas, oía que Frasquito y los otros dos
señores hablaban del asunto; creyó entender que la fugitiva parecería,
que ya se había encontrado el rastro, pero nada más... Los tres hombres
estaban en pie, el notario junto a Cedrón. Chiquitín y con perfil de
cotorra, parecía un perico que se dispone a encaramarse por el tronco de
un árbol.
Despidiéronse al fin los amables señores con ofrecimientos y cortesanías
afectuosas, y solos la rondeña y el de Algeciras, se entretuvieron,
durante mediano rato, en dar vueltas de una parte a otra de la casa,
entrando sin objeto ni fin alguno, ya en la cocina, ya en el comedor,
para salir al instante, cambiando alguna frase nerviosa cuando uno con
otro se tropezaban. Doña Paca, la verdad sea dicha, sentía que se le
aguaba la felicidad por no poder hacer partícipe de ella a su compañera
y sostén en tantos años de penuria. ¡Ah! Si Nina entrara en aquel
momento, ¡qué gusto tendría su ama en darle la gran sorpresa,
mostrándose primero muy afligida por la falta de cuartos, y enseñándole
después el puñado de billetes! ¡Qué cara pondría! ¡Cómo se le alargarían
los dientes! ¡Y qué cosas haría con aquel montón de metálico! Vamos, que
Dios, digan lo que dijeren, no hace nunca las cosas completas. Así en lo
malo como en lo bueno, siempre se deja un rabillo, para que lo desuelle
el destino. En las mayores calamidades, permite siempre un suspiro; en
las dichas que su misericordia concede, _se le olvida_ siempre algún
detalle, cuya falta _lo echa todo a perder_.
En uno de aquellos encuentros, de la sala a la cocina y de la cocina a
la alcoba, propuso Ponte a su paisana celebrar el suceso yéndose los dos
a comer de fonda. Él la convidaría gustoso, correspondiendo con tan
corto obsequio a su generosa hospitalidad. Respondió Doña Francisca que
ella no se presentaría en sitios públicos mientras no pudiera hacerlo
con la decencia de ropa que le correspondía; y como su amigo le dijera
que comiendo fuera de casa se ahorraba la molestia de cocinar en la
propia sin más ayuda que las chiquillas de la cordonera, manifestó la
dama que, mientras no volviese Nina, no encendería lumbre, y que todo
cuanto necesitase lo mandaría traer de casa de Botín. Por cierto que se
le iba despertando el apetito de manjares buenos y bien condimentados...
¡Ya era tiempo, Señor! Tantos años de forzados ayunos, bien merecían que
se cantara el _¡alleluya!_ de la resurrección. «Ea, Celedonia, ponte tu
falda nueva, que vas a casa de Botín. Te apuntaré en un papelito lo que
quiero, para que no te equivoques». Dicho y hecho. ¿Y qué menos había de
pedir la señora, para hacer boca en aquel día fausto, que dos gallinas
asadas, cuatro pescadillas fritas y un buen trozo de solomillo, con la
ayuda de jamón en dulce, huevo hilado, y acompañamiento de una docena
de bartolillos?... ¡Hala!
No logró la dama, con este anuncio de un reparador banquete, sujetar la
imaginación y la voluntad de Frasquito, que desde que tomó el dinero se
sentía devorado por un ansia loca de salir a la calle, de correr, de
volar, pues alas creyó que le nacían. «Yo, señora, tengo que hacer esta
tarde... Me es imprescindible salir... Además, necesito que me dé un
poco el aire... Siento así como un poco de mareo. Me conviene el
ejercicio, crea usted que me conviene... También me urge mucho avistarme
con mi sastre, aunque no sea más que para ponerme al tanto de las modas
que ahora corren, y ver de preparar alguna prenda... Soy muy
dificultoso, y tardo mucho en decidirme por esta o la otra tela.
--Sí, sí, vaya a sus diligencias; pero no se corra mucho, y vea en este
suceso feliz, como lo veo yo, una lección que nos da la Providencia. Por
mi parte, me declaro convencida de lo buenos que son el orden y el
arreglo, y hago propósito firme de apuntar todo, todito lo que gasto.
--Y el ingreso también... Lo mismo haré yo, es decir, lo he hecho; pero
no me ha valido, crea usted, amiga de mi alma, que no me ha valido.
--Teniendo renta segura, el toque está en acomodar las entradas a las
salidas, y no extralimitarse... Por Dios, querido Ponte, no hagamos
otra vez la barbaridad de reírnos del balance y de la... Ahora reconozco
que Trujillo tiene razón.
--Más balances he hecho yo, señora, que pelos tengo en la cabeza, y
también le digo a usted que no me han valido más que para calentarme la
_ídem_.
--Ya que Dios nos ha favorecido, seamos ordenados: yo me atrevería a
rogar a usted que, si no le sirve de molestia y _va de compras_, me
traiga un libro de contabilidad, agenda, o como se llame».
¡Pues no faltaba más! No un libro, sino media docena le traería
Frasquito con mil amores; y prometiéndolo así, se lanzó a la calle,
ávido de aire, de luz, de ver gente, de recrearse en cosas y personas.
Del tirón, andando maquinalmente, se fue hasta el Paseo de Atocha, sin
darse cuenta de ello. Luego volvió hacia arriba, porque más le gustaba
verse entre casas que entre árboles. Francamente, los árboles le eran
antipáticos, sin duda porque, pasando junto a ellos en horas de
desesperación, creía que le ofrecían sus ramas para que se ahorcara.
Internándose en las calles sin dirección fija, contemplaba los
escaparates de sastre, con exhibición de hermosas telas; los de corbatas
y de camisería elegante. No dejaba de echar también un vistazo a los
_restaurants_, y en general a todas las tiendas, que en su larga vida de
penuria bochornosa había mirado con desconsuelo.
Pasó en esta vagancia dichosa algunas horas, sin cansancio. Sentíase
fuerte, saludable, y hasta robusto. Miraba cariñoso, o con cierto
airecillo de protección, a cuantas mujeres hermosas o aceptables a su
lado pasaban. Un escaparate de perfumería de buen tono le sugirió una
idea feliz: había echado sus canas al aire de una manera indecorosa, sin
aliñarlas y componerlas con el negro disimulo del tinte, y aquella
hermosa tienda le ofrecía ocasión de remediar tan grave falta,
inaugurando allí la campaña de restauración de su existencia, que debía
comenzar por la restauración de su averiado rostro. Allí cambió, pues,
el primer billete de la _resma_ que le diera D. Romualdo Cedrón; después
de hacerse presentar diferentes artículos, hizo provisión abundante de
los que creía más necesarios, y pagando sin regateo, ordenó que le
llevasen a la casa de Doña Francisca el voluminoso paquete de sus
compras de droguería olorosa y colorante.
Al salir de allí, pensaba en la conveniencia de procurarse pronto una
casa de huéspedes decente y no muy cara, apropiada a la pensión que
disfrutaba, pues de ningún modo se excedería en sus gastos. A los
dormitorios de Bernarda no volvería más, como no fuera a pagarle las
siete noches debidas, y a decirle cuatro verdades. Y divagando y
haciendo risueños cálculos, llegó la hora en que el estómago empezó a
indicarle que no se vive sólo de ilusiones. Problema: ¿dónde comería? La
idea de meterse en un _restaurant_ de los buenos fue prontamente
desechada. Imposible presentarse hecho un tipo. ¿Iría, siguiendo la
rutina de sus tiempos miserables, al figón de Boto? ¡Oh, no!... Siempre
le habían visto allí teñido. Extrañarían verle en repentina vejez, lleno
de canas... Por fin, acordándose de que debía al honrado Boto un
piquillo de anteriores comistrajos, creyó que debía ir allí, y
corresponder con un pago puntual a la confianza del dueño del
establecimiento, dándole la excusa de su grave enfermedad, que bien
claramente en su despintado rostro se pintaba. Encaminó sus pasos a la
calle del Ave María, y entró un poquillo avergonzado en la taberna,
haciendo como que se sonaba, al atravesar la pieza exterior, para
taparse la cara con el pañuelo. Estrecho y ahogado es aquel recinto para
la mucha parroquia que a él concurre, atraída por la baratura y buen
condimento de los guisotes que allí se despachan. A la taberna,
propiamente dicha, no muy grande, sigue un pasillo angosto, donde
también hay mesa, con su banco pegado a la pared, y luego una estancia
reducida y baja de techo a la cual se sube por dos escalones, con dos
mesas largas a un lado y otro, sin más espacio entre ambas que el
preciso para que entre y salga el chiquillo que sirve. En esta parte del
establecimiento se ponía siempre Ponte, creyéndose allí más apartado de
la curiosidad y el fisgoneo de los consumidores, y ocupaba el hueco de
mesa que veía libre, si en efecto lo había, pues se daban casos de estar
todo completo, y los parroquianos como sardinas en banasta.
Aquella tarde, noche ya, se coló Frasquito en el departamento interior
con buena suerte, pues no había dentro más que tres personas, y una de
las mesas estaba vacía. Sentose en el rincón, junto a la puerta, sitio
muy recogido, en el cual no era fácil que le vieran desde _el público_,
es decir, desde la taberna, y... Otro problema: ¿qué pediría?
Ordinariamente, el aflictivo estado de su peculio le obligaba a
limitarse a un real de guisado, que con pan y vino representaba un gasto
total de cuarenta céntimos, o a igual ración de bacalao en salsa. Uno u
otro condumio, con el pan alto, que aprovechaba hasta la última miga,
comiéndoselo con el caldo y la racioncita de vino, le ofrecían una
alimentación suficiente y sabrosa. En ciertos días solía cambiar el
guiso por el estofado, y en ocasiones muy contadas, por la pepitoria.
Callos, caracoles, albóndigas y otras porquerías, jamás las probó.
Bueno: pues aquella noche pidió al chico relación completa de lo que
había, y mostrándose indeciso, como persona desganada que no encuentra
manjar bastante incitante para despertar su apetito, se resolvió por la
pepitoria. «¿Le duelen a usted las muelas, Sr. de Ponte?--preguntole el
chico, viendo que no se quitaba el pañuelo de la cara.
--Sí, hijo... un dolor horrible. No me traigas pan alto, sino francés».
Frente a Frasquito se sentaban dos que comían guisado, en un solo plato
grande, ración de dos reales, y más allá, en el ángulo opuesto, un
individuo que despachaba pausada y metódicamente una ración de
caracoles. Era verdaderamente el tal una máquina para comerlos, porque
para cada pieza empleaba de un modo invariable los mismos movimientos de
la boca, de las manos y hasta de los ojos. Cogía el molusco, lo sacaba
con un palito, se lo metía en la boca, chupaba después el agüilla
contenida en la cáscara, y al hacer esto dirigía una mirada rencorosa a
Frasquito Ponte; luego dejaba la cáscara vacía y cogía otra llena, para
repetir la misma función, siempre a compás, con igualdad de gestos y
mohines al sacar el bicho, y al comerlo, con igualdad de miradas: una
de simpatía hacia el caracol en el momento de cogerlo; otra de rencor
hacia Frasquito en el momento de chupar.
Pasó tiempo, y el hombre aquel, de rostro jimioso y figura mezquina,
continuaba acumulando cáscaras vacías en un montoncillo, que crecía
conforme mermaba el de las llenas; y Ponte, que le tenía delante,
principiaba a inquietarse de las miradas furibundas que como figurilla
mecánica de caja de música le echaba, a cada vuelta de manubrio, el
comedor de caracoles.