No se consolaba Doña Paca de la ausencia de Nina, ni aun viéndose
rodeada de sus hijos, que fueron a participar de su ventura, y a darle
parte principal de la que ellos saboreaban con la herencia. Con aquel
cambio de impresiones placenteras, fácilmente se transportaba el
espíritu de la buena señora al séptimo cielo, donde se le aparecían
risueños horizontes; pero no tardaba en caer en la realidad, sintiendo
el vacío por la falta de su compañera de trabajos. En vano la volandera
imaginación de Obdulia quería llevársela, cogida por los cabellos, a dar
volteretas en la región de lo ideal. Dejábase conducir Doña Francisca,
por su natural afición a estas correrías; pero pronto se volvía para
acá, dejando a la otra, desmelenada y jadeante, de nube en nube y de
cielo en cielo. Había propuesto la _niña_ a su mamá vivir juntas, con el
decoro que su posición les permitía. _De hecho_ se separaba de Luquitas,
señalándole una pensión para que viviera; tomarían un hotel con jardín;
se abonarían a dos o tres teatros; buscarían relaciones y amistades de
gente distinguida... «Hija, no te corras tanto, que aún no sabes lo que
te rentará tu mitad de la Almoraima; y aunque yo, por lo que recuerdo de
esa hermosa finca, calculo que no será un grano de anís, bueno es que
sepas qué tamaño ha de tener la sábana antes de estirar la pierna».
Al decir esto, hablaba la viuda de Zapata con las ideas de la práctica
Nina, que se renovaban en su mente y en ella lucían como las estrellas
en el Cielo. Por de pronto, Obdulia dejó su casa de la calle de la
Cabeza, instalándose con su madre, movida del propósito de buscar pronto
vivienda mejor, nuevecita y en sitio alegre, hasta que llegara el día de
sentar sus reales en el hotel que ambicionaba. Aunque más moderada que
su hija en el prurito de grandezas, sin duda por el vapuleo con que la
domara la implacable experiencia, Doña Paca se iba también del seguro, y
creyéndose razonable, dejábase vencer de la tentación de adquirir
superfluidades dispendiosas. Se le había metido entre ceja y ceja la
compra de una buena lámpara para el comedor, y hasta que viese
satisfecho su capricho, no podía tener sosiego la pobre señora. El
maldito Polidura le proporcionó el _negocio_, encajándole un disforme
mamotreto, que apenas cabía en la casa, y que, colgado en su sitio,
tocaba en la mesa con sus colgajos de cristal. Como pronto habían de
tener casa de techos altos, esto no era inconveniente. También le hizo
adquirir el de los caracoles unos muebles chapeados de palosanto, y
algunas alfombras buenas, que tuvieron el acierto de no colocar,
extendiendo sólo retazos allí donde cabían, para darse el gusto de pisar
en blando.
Obdulia no cesaba de dar pellizcos al tesoro de su mamá para adquirir
tiestos de bonitas plantas, en los próximos puestos de la Plazuela de
Santa Cruz, y en dos días puso la casa que daba gloria verla: los sucios
pasillos se trocaron en vergeles, y la sala en risueño pensil. En
previsión de la vida de hotel, adquirió también plantas decorativas de
gran tamaño, latanias, palmitos, _ficus_ y helechos arborescentes. Veía
Doña Francisca con gozo la irrupción del reino vegetal en su triste
morada, y ante tanta belleza, sentía emociones propiamente infantiles,
como si al cabo de la vejez volviera a jugar con los nacimientos.
«¡Benditas sean las flores--decía, paseándose por sus encantados
jardines--, que dan alegría a las casas, y bendito sea Dios, que si no
nos permite disfrutar del campo, nos consiente, _por poco dinero_, que
traigamos el campo a casa!».
Todo el día se lo pasaba Obdulia cuidando sus macetas, y tanto las
regaba, que en algún momento faltó poco para que se hiciera preciso
atravesar a nado el trayecto desde la salita al comedor. Ponte la
incitaba con sus ponderaciones y aspavientos a seguir comprando flores,
y a convertir su casa en Jardín Botánico, o poco menos. Por cierto que
el primero y segundo día de aquella vida nueva, tuvo que reñir Doña Paca
al buen Frasquito, porque siempre que salía se le olvidaba llevarle el
libro de cuentas que le había encargado. El galán manido se disculpaba
con la muchedumbre de sus ocupaciones, hasta que una tarde entró con
diversos paquetes de compras, y la dama rondeña vio entre estos el
libro, del cual se apoderó al instante con ganas de inaugurar en él la
cuenta y razón de un porvenir dichoso. «Pasaré en seguida todo lo que
tengo apuntado en este papelito--dijo--: lo que se trae de casa de Botín,
la araña, las alfombras, varias cosillas... medicamentos... en fin,
todito. Y ahora, hija mía, a ver cómo me das nota clara de tanta y tanta
flor, para apuntarlas _ce_ por _be_, sin que se escape ni una hoja... Pon
mucho cuidado para que salga el balance... ¿Verdad, Frasquito, que tiene
que salir el balance?».
Curiosa, como hembra, no pudo menos de guluzmear en los paquetes que
llevó Ponte. «¿A ver qué trae usted ahí? Mire que no he de permitirle
tirar el dinero. Veamos: un hongo claro... Bien, me parece muy bien. A
buen gusto nadie le gana. Botas altas... ¡Hombre, qué elegantes! Vaya un
pie: ya querrían muchas mujeres... Corbatas: dos, tres... Mira, Obdulia,
qué bonita esta verde con motas amarillas. Un cinturón que parece un
corsé--faja. Bueno debe de ser esto para evitar que crezca el vientre...
Y esto ¿qué es?... ¡Ah! espuelas. Pero Frasquito, por Dios, ¿para qué
quiere usted espuelas?
--Ya... es que va a salir a caballo--dijo Obdulia gozosa--. ¿Pasará por
aquí? ¡Ay, qué pena no verle!... ¿Pero a quién se le ocurre vivir en
este cuartucho interior, sin un solo agujero a la calle?
--Cállate, mujer, pediremos a la vecina, Doña Justa, la profesora de
partos, que nos permita pasar y asomarnos cuando el caballero nos ronde
la calle... ¡Ay, pobre Nina, cuánto se alegraría también de verle!».
Explicó Ponte Delgado su inopinado renacer a la vida hípica, por el
compromiso en que se veía de ir al Pardo en excursión de recreo con
varios amigos, _de la mejor sociedad_. Él solo iba a caballo; los demás,
a pie o en bicicleta. De las distintas clases de _sport_ o _deportes_
hablaron un rato con grande animación, hasta que les interrumpió la
entrada de Juliana, la mujer de Antonio, que desde la noticia de la
herencia frecuentaba el trato de su suegra y cuñada. Era mujer garbosa,
simpática, viva de genio, de tez blanca y magnífico pelo negro, peinado
con arte. Cubría su cuerpo con mantón alfombrado, y la cabeza con
pañuelo de seda de cuarteles chillones; calzaba preciosas botinas, y sus
bajos denotaban limpieza y un buen avío de ropa. «¿Pero esto es el
Retiro, o la Alameda de Osuna?--dijo al ver el enorme follaje de arbustos
y flores--. ¿A qué viene tanta _vegetación_?
--Caprichos de Obdulia--replicó Doña Paca, que se sentía dominada por el
carácter, ya enérgico, ya bromista, de su graciosa nuera--. Esta
monomanía de hacer de mi casa un bosque, me está costando un dineral.
--Doña Paca--le dijo su nuera cogiéndola sola en el comedor--, no sea usted
tan débil de natural, y déjese guiar por mí, que no he de engañarla. Si
hace caso de las bobadas de Obdulia, pronto se verá usted tan perdida
como antes, porque no hay pensión que baste cuando falta el arreglo. Yo
suprimiría el bosque y las fieras... dígolo por ese orangután mal
_pintao_ que han traído ustedes a casa, y que deben poner en la calle
más pronto que la vista.
--El pobre Ponte se va mañana a su casa de huéspedes.
--Déjese llevar por mí, que entiendo del gobierno de una casa... Y no me
salga con la matraca del librito de llevar cuentas. La persona que tiene
el arreglo en su cabeza, no necesita apuntar nada. Yo no sé hacer un
número, y ya ve cómo me las compongo. Siga mi consejo: múdese a un
cuarto baratito, y viva como una pensionista de circunstancias, sin
echar humos ni ponerse a farolear. Haga lo que yo, que me estoy donde
estaba, y no dejaré mi trabajo hasta que no vea claro eso de la
herencia, y me entere de lo que da de sí el cortijo. Quítele a su hija
de la cabeza lo del hotel si no quieren verse por puertas, y tome una
criada que les guise, y ataje el chorro de dinero que se va todos los
días a la tienda de Botín».
Conforme con estas ideas se mostraba Doña Francisca, asintiendo a todo,
sin atreverse a contradecirla ni a oponer una sola objeción a tan
juiciosos consejos. Sentíase oprimida bajo la autoridad que las ideas de
Juliana revelaban con sólo expresarse, y ni la ribeteadora se daba
cuenta de su influjo gobernante, ni la suegra de la pasividad con que se
sometía. Era el eterno predominio de la voluntad sobre el capricho, y de
la razón sobre la insensatez.
«Esperando que vuelva Nina--indicó tímidamente la señora--, he pedido a
Botín...
--No piense usted más en la Nina, Doña Paca, ni cuente con ella aunque
la encontremos, que ya lo voy dudando. Es muy buena, pero ya está
caduca, mayormente, y no le sirve a usted para nada. Además, ¿quién nos
dice que quiere volver, si sabemos que por su voluntad se ha ido? Le
gusta andar de pingo, y no hará usted carrera de ella como la prive de
estarse la mitad del día tomando medida a las calles».
Para no perder ripio, insistió Juliana en la recomendación que ya había
hecho a su suegra de una buena criada para todo. Era su prima Hilaria,
joven, fuerte, limpia y hacendosa... y de fiel no se dijera. Ya vería
pronto la _diferiencia_ entre la honradez de Hilaria y las rapiñas de
otras.
«¡Ay!... Pero es muy buena la Nina--exclamó Doña Paca, rebulléndose bajo
las garras de la ribeteadora, para defender a su amiga.
--Muy buena, sí, y debemos socorrerla... No faltaba más... darle de
comer... Pero créame, Doña Paca, no hará usted nada de provecho sin mi
prima. Y para que no dude más, y se quite quebraderos de cabeza, esta
misma tarde, anochecido, se la mando.
--Bueno, hija, que venga, y se encargará de la casa... Y a propósito:
aquí hay una gallina asada que se va a perder. Ya me indigesta tanta
gallina. ¿Quieres llevártela?
--¿Cómo no? Venga.
--También quedaron cuatro chuletas. Ponte ha comido fuera.
--Vengan.
--¿Te lo mando con Hilaria?
--No, que me lo llevo yo misma. Vamos a ver cómo me arreglo. Lo pongo
todo en un plato, y el plato en una servilleta... así; agarro mis cuatro
puntas...
--¿Y este pedazo de pastel?... Es riquísimo.
--Lo envuelvo en un periódico, y ¡hala, que es tarde! Y toda esta fruta,
¿para qué la quiere? Pues apenas ha traído manzanas y naranjas... Deme
acá... las pongo en mi pañuelo...
--Vas a ir cargada como un burro.
--No importa... ¡A lo que estamos, tuerta! Mañana vendré por aquí, a ver
cómo anda esto, y a decirle a usted lo que tiene que hacer... Pero,
cuidadito, que no salgamos con echarse en el surco y volver a las
andadas. Porque si mi señora suegra se tuerce en cuanto yo vuelva la
espalda, y empieza a derrochar y hacer disparates...
--No, no, hija... ¡Qué cosas tienes!
--Claro, que si se me dice tanto así, yo no me meto en nada. Con su pan
se lo coma, y cada palo aguante su vela. Pero yo quiero que usted tenga
_conduta_ y no pase malos ratos, ni se vea, como hasta ahora, entre las
uñas de los usureros.
--¡Ay, si cuanto dices es la pura razón! Tú sí que sabes, tú sí que
vales, Juliana. Cierto que tienes el geniecillo un poco fuerte; pero
¿quién no ha de alabártelo, si con ese _ten con ten_ has domado a mi
Antonio? De un perdido has hecho un hombre de bien.
--Porque no me achico; porque desde el primer día le administré el
bautismo de los cinco mandamientos; porque le chillo en cuanto le veo
cerdear un poco; porque le hago andar derecho como un huso, y me tiene
más miedo que los ladrones a la Guardia civil.
--¡Y cómo te quiere!
--Es natural. Se hace una querer del marido, enjaretándose los calzones
como me los enjareto yo... Así se gobiernan las casas chicas y las
grandes, señora, y el mundo.
--¡Qué salero tienes!
--Alguna sal me ha puesto Dios, sobre todo en la mollera. Ya lo irá usted
conociendo. Ea, que me marcho. Tengo que hacer en casa».
Mientras esto hablaban suegra y nuera, en la salita Obdulia y Ponte
departían acerca de aquella, diciendo la _niña_ que jamás perdonaría a
su hermano haber traído a la familia una persona tan ordinaria como
Juliana, que decía _diferiencia_, _petril_ y otras barbaridades. No
harían nunca buenas migas. Al despedirse, Juliana dio besos a Obdulia, y
a Frasquito un apretón de manos, ofreciéndose a plancharle las
camisolas, al precio corriente, y a _volverle_ la ropa, por lo mismo o
menos de lo que le llevaría el sastre más barato. Además, también sabía
ella cortar _para hombre_; y si quería probarlo, encargárale un traje,
que de fijo no saldría menos elegante que el que le hicieran los
cortadores de portal que a él le vestían. Toda la ropa de su Antonio se
la hacía ella, y que dijeran si andaba mal el chico... ¡a ver! Pues a su
tío Bonifacio le había hecho una americana que estrenó para ir al pueblo
(Cadalso de los Vidrios) el día del Santo, y tanto gustó allí la prenda,
que se la pidió prestada el alcalde para cortar otra por ella. Dio las
gracias Ponte, mostrándose escéptico, con galantería, en lo concerniente
a las aptitudes de las señoras para la confección de ropa masculina, y
la despidieron todos en la puerta, ayudándola a cargarse los diversos
bultos, atadijos y paquetes que gozosa llevaba.