XXVII

A la mañanita del siguiente día iba Benina camino de las Cambroneras,

con su cesta al brazo, pensando, no sin inquietud, en las exaltaciones

del buen Almudena, que le llevarían de pronto a la locura, si ella, con

su buena maña, no lograba contenerle en la razón. Más abajo de la Puerta

de Toledo encontró a la Burlada y a otra pobre que pedía con un niño

cabezudo. Díjole su compañera _de parroquia_ que había trasladado su

domicilio al Puente, por no poderse arreglar en el _riñón de Madrid_ con

la carestía de los alquileres y la mezquindad del fruto de la limosna.

En una casucha junto al río le daban hospedaje por poco más de nada, y a

esta ventaja unía la de ventilarse bien en los paseos que se daba mañana

y tarde, del río al _punto_ y del _punto_ al río. Interrogada por Benina

acerca del ciego moro y de su vivienda, respondió que le había visto

junto a la fuentecilla, pasado el Puente, pidiendo; pero que no sabía

dónde moraba. «Vaya, con Dios, señora--dijo la Burlada despidiéndose--.

¿No va usted hoy al _punto_? Yo sí... porque aunque poco se gana, allí

tiene una su arreglo. Ahora me dan todas las tardes un buen _platao_ de

comida en _ca_ el señor banquero, que vive mismamente de cara a la

entrada por la calle de las Huertas, y vivo como una canóniga, gozando

de ver cómo se le afila la jeta a la _Caporala_ cuando la muchacha del

señor banquero me lleva mi gran cazolón de comestible... En fin: con

esto y algo que cae, vivimos, _Doña_ Benina, y puede una _chincharse_ en

las _ricas_. Adiós, que lo pase bien, y que encuentre a su moro con

salud... Vaya, conservarse».

Siguió cada cual su rumbo, y a la entrada del Puente, dirigiose Benina

por la calzada en declive que a mano derecha conduce al arrabal llamado

de las Cambroneras, a la margen izquierda del Manzanares, en terreno

bajo. Encontrose en una como plazoleta, limitada en el lado de Poniente

por un vulgar edificio, al Sur por el pretil del contrafuerte del

puente, y a los otros dos lados por desiguales taludes y terraplenes

arenosos, donde nacen silvestres espinos, cardos y raquíticas yerbas. El

sitio es pintoresco, ventilado, y casi puede decirse alegre, porque

desde él se dominan las verdes márgenes del río, los lavaderos y sus

tenderijos de trapos de mil colores. Hacia Poniente se distingue la

sierra, y a la margen opuesta del río los cementerios de San Isidro y

San Justo, que ofrecen una vista grandiosa con tanto copete de panteones

y tanto verdor obscuro de cipreses... La melancolía inherente a los

camposantos no les priva, en aquel panorama, de su carácter decorativo,

como un buen telón agregado por el hombre a los de la Naturaleza.

Al descender pausadamente hacia la explanada, vio la mendiga dos

burros... ¿qué digo dos? ocho, diez o más burros, con sus collarines de

encarnado rabioso, y junto a ellos grupos de gitanos tomando el sol, que

ya inundaba el barrio con su luz esplendorosa, dando risueño brillo a

los colorines con que se decoraban brutos y personas. En los animados

corrillos todo era risas, chacota, correr de aquí para allá. Las

muchachas saltaban; los mozos corrían en su persecución; los chiquillos,

vestidos de harapos, daban volteretas, y sólo los asnos se mantenían

graves y reflexivos en medio de tanta inquietud y algarabía. Las gitanas

viejas, algunas de tez curtida y negra, comadreaban en corrillo aparte,

arrimaditas al edificio grandón, que es una casa de corredor de regular

aspecto. Dos o tres niñas lavaban trapos en el charco que hacia la mitad

de la explanada se forma con las escurriduras y desperdicios de la

fuente vecinal. Algunas de estas niñas eran de tez muy obscura, casi

negra, que hacía resaltar las filigranas colgadas de sus orejas; otras

de color de barro, todas ágiles, graciosas, esbeltísimas de talle y

sueltas de lengua. Buscó la anciana entre aquella gente caras conocidas;

y mira por aquí y por allá, creyó reconocer a un gitano que en cierta

ocasión había visto en el Hospital, yendo a recoger a una amiga suya. No

quiso acercarse al grupo en que el tal con otros disputaba _sobre_ un

burro, cuyas mataduras eran objeto de vivas discusiones, y aguardó

ocasión favorable. Esta no tardó en venir, porque se enredaron a

trompada limpia dos churumbeles, el uno con las perneras abiertas de

arriba abajo, mostrando las negras canillas; el otro con una especie de

turbante en la cabeza, y por todo vestido un chaleco de hombre: acudió

el gitano a separarlos; ayudole Benina, y a renglón seguido le embocó en

esta forma:

«Dígame, buen amigo: ¿ha visto por aquí ayer y hoy a un ciego moro que

le llaman Almudena?

--Sí, señora: _halo_ visto... _jablao_ con él--replicó el gitano, mostrando

dos carreras de dientes ideales por su blancura, igualdad y perfecta

conservación, que se destacaban dentro del estuche de dos labios enormes

y carnosos, de un violado retinto--. Le _vide_ en la puente... díjome

que moraba _dende_ anoche en las casas de Ulpiano... y que... no sé qué

más... Desapártese, buena mujer, que esta bestia es _mu desconsiderá_, y

cocea...».

Huyó Benina de un brinco, viendo cerca de sí las patas traseras de un

grandísimo burro, que dos gandules apaleaban, como para conocerle las

mañas y proveer a su educación asnal y gitanesca, y se fue hacia las

casas que le indicó con un gesto el de la perfecta dentadura.

Arranca de la explanada un camino o calle tortuosa en dirección a la

puente segoviana. A la izquierda, conforme se entra en él, está la casa

de corredor, vasta colmena de cuartos pobres que valen seis pesetas al

mes, y siguen las tapias y dependencias de una quinta o granja que

llaman de Valdemoro. A la derecha, varias casas antiquísimas,

destartaladas, con corrales interiores, rejas mohosas y paredes sucias,

ofrecen el conjunto más irregular, vetusto y mísero que en arquitectura

urbana o campesina puede verse. Algunas puertas ostentan lindos azulejos

con la figura de San Isidro y la fecha de la construcción, y en los

ruinosos tejados, llenos de jorobas, se ven torcidas veletas de chapa de

hierro, graciosamente labrado. Al aproximarse, notando Benina que

alguien se asomaba a una reja del piso bajo, hizo propósito de

preguntar: era un burro blanco, de orejas desmedidas, las cuales enfiló

hacia afuera cuando ella se puso al habla. Entró la anciana en el primer

corral, empedrado, todo baches, con habitaciones de puertas desiguales y

cobertizos o cajones vivideros, cubiertos de chapa de latón enmohecido:

en la única pared blanca o menos sucia que las demás, vio un barco

pintado con almazarrón, fragata de tres palos, de estilo infantil, con

chimenea de la cual salían curvas de humo. En aquella parte, una mujer

esmirriada lavaba pingajos en una artesa: no era gitana, sino _paya_.

Por las explicaciones que esta le dio, en la parte de la izquierda

vivían los gitanos con sus pollinos, en pacífica comunidad de

habitaciones; por lecho de unos y otros el santo suelo, los dornajos

sirviendo de almohadas a los racionales. A la derecha, y en cuadras

también borriqueñas, no menos inmundas que las otras, acudían a dormir

de noche muchos pobres de los que andan por Madrid: por diez céntimos se

les daba una parte del suelo, y a vivir. Detalladas las señas de

Almudena por Benina, afirmó la mujer que, en efecto, había dormido allí;

pero con los demás pobres se había largado tempranito, pues no brindaban

aquellos dormitorios a la pereza. Si la _señora_ quería algún recado

para el ciego moro, ella se lo daría, siempre y cuando viniese la

segunda noche a dormir.

Dando las gracias a la esmirriada, salió Benina, y se fue por toda la

calle adelante, atisbando a un lado y otro. Esperaba distinguir en

alguno de aquellos calvos oteros la figura del marroquí tomando el sol o

entregado a sus melancolías. Pasadas las casas de Ulpiano, no se ven a

la derecha más que taludes áridos y pedregosos, vertederos de escombros,

escorias y arena. Como a cien metros de la explanada hay una curva o más

bien zig-zag, que conduce a la estación de las Pulgas, la cual se

reconoce desde abajo por la mancha de carbón en el suelo, las

empalizadas de cerramiento de vía, y algo que humea y bulle por encima

de todo esto. Junto a la estación, al lado de Oriente, un arroyo de

aguas de alcantarilla, negras como tinta, baja por un cauce abierto en

los taludes, y salvando el camino por una atarjea, corre a fecundar las

huertas antes de verterse en el río. Detúvose allí la mendiga,

examinando con su vista de lince el zanjón, por donde el agua se despeña

con turbios espumarajos, y las huertas, que a mano izquierda se

extienden hasta el río, plantadas de acelgas y lechugas. Aún siguió más

adelante, pues sabía que al africano le gustaba la soledad del campo y

la ruda intemperie. El día era apacible: luz vivísima acentuaba el

verde chillón de las acelgas y el morado de las lombardas, derramando

por todo el paisaje notas de alegría. Anduvo y se paró varias veces la

anciana, mirando las huertas que recreaban sus ojos y su espíritu, y los

cerros áridos, y nada vio que se pareciese a la estampa de un moro ciego

tomando el sol. De vuelta a la explanada, bajó a la margen del río, y

recorrió los lavaderos y las casuchas que se apoyan en el contrafuerte,

sin encontrar ni rastros de Mordejai. Desalentada, se volvió a los

Madriles de arriba, con propósito de repetir al día siguiente sus

indagaciones.

En su casa no encontró novedad; digo, sí: encontró una, que bien pudiera

llamarse maravilloso suceso, obra del subterráneo genio _Samdai_. A poco

de entrar, díjole Doña Paca con alborozo: «Pero, mujer, ¿no sabes...?

Deseaba yo que vinieras para contártelo...

--¿Qué, señora?

--Que ha estado aquí D. Romualdo.

--¡D. Romualdo!... Me parece que usted sueña.

--No sé por qué... ¿Es cosa del otro mundo que ese señor venga a mi casa?

--No; pero...

--Por cierto que me ha dado qué pensar... ¿Qué sucede?

--No sucede nada.

--Yo creí que había ocurrido algo en casa del señor sacerdote, alguna

cuestión desagradable contigo, y que venía a darme las quejas.

--No hay nada de eso.

--¿No le viste tú salir de casa? ¿No te dijo que acá venía?

--¡Qué cosas tiene! Ahora me va a decir a mí el señor a dónde va, cuando

sale.

--Pues es muy raro...

--Pero, en fin, si vino, a usted le diría...

--¿A mí qué había de decirme, si no le he visto?... Déjame que te

explique. A las diez bajó a hacerme compañía, como acostumbra, una de

las chiquillas de la cordonera, la mayor, Celedonia, que es más lista

que la pólvora. Bueno: a eso de las doce menos cuarto, tilín, llaman a

la puerta. Yo dije a la chiquilla: «Abre, hija mía, y a quien quiera que

sea le dices que no estoy». Desde el escándalo que me armó aquel tunante

de la tienda, no me gusta recibir a nadie cuando no estás tú... Abrió

Celedonia... Yo sentía desde aquí una voz grave, como de persona

principal, pero no pude entender nada... Luego me contó la niña que era

un señor sacerdote...

--¿Qué señas?

--Alto, guapo... Ni viejo, ni joven.

--Así es--afirmó Benina, asombrada de la coincidencia--. ¿Pero no dejó

tarjeta?

--No, porque se le había olvidado la cartera.

--¿Y preguntó por mí?

--No. Sólo dijo que deseaba verme para un asunto de sumo interés.

--En ese caso, volverá.

--No muy pronto. Dijo que esta tarde tenía que irse a Guadalajara. Tú

habrás oído hablar de ese viaje.

--Me parece que sí... Algo dijeron de bajar a la estación, y de la

maleta, y no sé qué.

--Pues, ya ves... Puedes llamar a Celedonia para que te lo explique

mejor. Dijo que sentía tanto no encontrarme... que a la vuelta de

Guadalajara vendría... Pero es raro que no te haya hablado de ese asunto

de interés que tiene que tratar conmigo. ¿O es que lo sabes y quieres

reservarme la sorpresa?

--No, no: yo no sé nada del asunto ese... ¿Y está segura la Celedonia del

nombre?

--Pregúntaselo... Dos o tres veces repitió: «Dile a tu señora que ha

estado aquí D. Romualdo».

Interrogada la chiquilla, confirmó todo lo expresado por Doña Paca. Era

muy lista, y no se le escapaba una sola palabra de las que oyera al

señor eclesiástico, y describía con fiel memoria su cara, su traje, su

acento... Benina, confusa un instante por la rareza del caso, lo dio

pronto al olvido por tener cosas de más importancia en qué ocupar su

entendimiento. Halló a Frasquito tan mejorado, que acordaron levantarle

del lecho; mas al dar los primeros pasos por la habitación y pasillo,

encontrose el galán con la novedad de que la pierna derecha se le había

quedado un poco inválida... Esperaba, no obstante, que con la buena

alimentación y el ejercicio recobraría dicho miembro su actividad y

firmeza. Pronto le darían de alta. Su reconocimiento a las dos señoras,

y principalmente a Benina, le duraría tanto como la vida... Sentía nuevo

aliento y esperanzas nuevas, presagios risueños de obtener pronto una

buena colocación que le permitiera vivir desahogadamente, tener hogar

propio, aunque humilde, y... En fin, que estaba el hombre animado, y con

la inagotable farmacia de su optimismo se restablecía más pronto.

Como a todo atendía Nina, y ninguna necesidad de las personas sometidas

a su cuidado se le olvidaba, creyó conveniente avisar a las señoras de

la Costanilla de San Andrés, que de seguro habrían extrañado la ausencia

de su dependiente.

«Sí, hágame el favor de llevarles un recadito de mi parte--dijo el galán,

admirando aquel nuevo rasgo de previsión--. Dígales usted lo que le

parezca, y de seguro me dejará en buen lugar».

Así lo hizo Benina a prima noche, y a la mañana siguiente, con la

fresca, emprendió de nuevo su caminata hacia el Puente de Toledo.

Misericordia · 第 27 / 43 题