«Ja, ja... Di lo que quieras...--prosiguió Doña Paca--. ¿Te atreverías a
decir algo ofensivo de mí? ¡Que no he sabido llevar el Cargo y Data! ¿Y
qué? ¿Quién te ha dicho a ti que las señoras son tenedoras de libros? El
no llevar cuentas ni apuntar nada, no era más que la forma natural de mi
generosidad sin límites. Yo dejaba que todo el mundo me robase; veía la
mano del ladrón metiéndose en mi bolsillo, y me hacía la tonta... Yo he
sido siempre así. ¿Es esto pecado? El Señor me lo perdonará. Lo que Dios
no perdona, Benina, es la hipocresía, los procederes solapados, y el
estudio con que algunas personas componen sus actos para parecer
mejores de lo que son. Yo siempre he llevado el alma en mi rostro, y me
he presentado a los ojos de todo el mundo como soy, como era, con mis
defectos y cualidades, tal como Dios me hizo... ¿Pero tú no tienes nada
que contestarme?... ¿O es que no se te ocurre nada para defenderte?
--Señora, callo, porque estoy dormida.
--No, tú no duermes, es mentira: la conciencia no te deja dormir.
Reconoces que tengo razón, y que eres de las que se componen para
disimular y esconder sus maldades... No diré que sean precisamente
_maldades_, tanto no. Soy generosa en esto como en todo, y
diré _flaquezas_... pero ¡qué flaquezas! Somos frágiles: verdaderamente
tú puedes decir: «No me llamo Benina, sino Fragilidad...». Pero no te
apures, pues ya sabes que no he de ir con cuentos al Sr. de Ponte para
desprestigiarte, y deshojar la flor de sus ilusiones... ¡Qué risa!... No
viendo en ti, como no puede verlo, una figura elegante, ni un rostro
fresco y sonrosado, ni modales finos, ni educación de señora, ni nada de
eso, que es por lo que se enamoran los hombres, habrá visto... ¿qué? Por
Dios que no acierto. Si tú fueras franca, que no lo eres, ni lo serás
nunca... ¿Oyes lo que digo?
--Sí, señora, oigo.
--Si tú fueras franca, me dirías que el Sr. de Ponte te llama _ángel_ por
lo bien que haces las sopas de ajo, acartonaditas... Y ¿te parece a ti
que esto es suficiente motivo para que a una mujer la llamen _ángel_ con
todas sus letras?
--¿Pero a usted qué le importa?... Deje al Sr. de Ponte Delgado que me
ponga los motes que quiera.
--Tienes razón, sí, sí... Puede que te lo diga irónicamente, que estos
señorones, muy curtidos en sociedad, emplean a menudo la ironía, y
cuando parece que nos alaban, lo que hacen es tomarnos el pelo, como
suele decirse... Por si el hombre va por derecho, y se ha prendado de ti
con buen fin... que todo podría ser, Benina... se ven cosas muy raras...
tú debes proceder con lealtad, y confesarle tus máculas, no vaya a creer
Frasquito que la pureza de los ángeles del cielo es cualquier cosa
comparada con tu pureza. Si así no lo haces, eres una mala mujer... La
verdad, Nina, en estos casos, la verdad. El hombre se ha creído que eres
un prodigio de conservación, ja, ja... que has hecho un milagro, pues
milagro sería, en plena vida de Madrid y en la clase de servicio
doméstico, una virginidad de sesenta años... Puedes plantarte en los
cincuenta y cinco, si así te conviene... Pero si le engañas en la edad,
que esta es superchería muy corriente en nuestro sexo, no andes con
bromas en lo que es de ley moral, Nina; eso no. Mira, hija, yo te quiero
mucho, y como señora tuya y amiga te aconsejo que le hables clarito,
que le cuentes tus faltas y caídas. Así el buen señor no se llamará a
engaño, si andando el tiempo descubre lo que tú ahora le ocultaras. No,
Nina, no; hija mía, dile todo, aunque se te ponga la cara muy colorada,
y se te congestione la verruga que llevas en la frente. Confiesa tu
grave falta de aquellos tiempos, cuando contabas treinta y cinco años...
y ten valor para decirle: «Sr. D. Frasquito, yo quise a un guardia civil
que se llamaba Romero, el cual me tuvo trastornada más de dos años, y al
fin se negó a casarse conmigo...». Vamos, mujer, no es para que te
pongas como la grana. Después de todo, ¿qué ha sido ello? Querer a un
hombre. Pues para eso han venido las mujeres al mundo: para querer a los
hombres. Tuviste la desgracia de tropezar con uno, que te salió malo.
Cuestión de suerte, hija. Ello es que estuviste loca por él... Bien me
acuerdo. No se te podía aguantar; no hacías nada al derecho. Sisabas de
lo lindo, y mientras tú no tenías un traje decente, a él no le faltaban
buenos puros... A mí, que veía tus padecimientos y tu ceguera, pues
atormentada y sin un día de tranquilidad, en vez de huir del suplicio,
ibas a él; a mí, que vi todo esto, nadie tiene que contármelo, Nina.
Conozco la historia, aunque no la sé toda entera, porque algo me has
ocultado siempre... y a mí me refirieron cosas que no sé si son ciertas
o no... Dijéronme que de tus amores tuviste...
--Eso no es verdad.
--Y que lo echaste a la Inclusa...
--Eso no es verdad--repitió Benina con acento firme y sonora voz,
incorporándose en el lecho. Al oírla, calló súbitamente Doña Paca, como
el ratoncillo nocturno que cesa de roer al sentir los pasos o la voz del
hombre. Oyose tan sólo, durante largo rato, alguno que otro suspiro
hondísimo de la señora, que después empezó a quejarse y a gruñir por lo
bajo. La otra no chistaba. Había hecho rápida crisis el genio de la
infeliz señora, determinándose un brusco giro de la veleta. La ira y
displicencia trocáronse al punto en blandura y mimo. No tardó en
presentarse el síntoma más claro de la sedación, que era un vivo
arrepentimiento de todo lo que había dicho y la vergüenza de recordarlo,
pues no significaban otra cosa los gruñidos, y el quejarse de
imaginarios dolores. Como Benina no respondiera a estas demostraciones,
Doña Paca, ya cerca de media noche, se arrancó a llamarla: «Nina, Nina,
¡si vieras qué mala estoy! ¡Vaya una nochecita que estoy pasando! Parece
que me aplican un hierro caliente al costado, y que me arrancan a
tirones los huesos de las piernas. Tengo la cabeza como si me hubieran
sacado los sesos, poniéndome en su lugar miga de pan y perejil muy
picadito... Por no molestarte, no te he dicho que me hagas una tacita de
tila, que me refriegues la espalda, y que me des una papeleta de
salicilato, de bromuro, o de sulfonal... Esto es horrible. Estás dormida
como un cesto. Bien, mujer, descansa, engorda un poquito... No quiero
molestarte».
Sin despegar los labios, abandonaba Nina el jergón, y, echándose una
falda, hacía la taza de tila en la cocinilla económica, y antes o
después daba la medicina a la enferma, y luego las friegas, y por fin
acostábase con ella para arrullarla como a un niño, hasta que conseguía
dormirla. Anhelando olvidar la señora su anterior desvarío, creía que el
mejor medio era borrar con expresiones cariñosas las malévolas ideas de
antes, y así, mientras su compañera la arrullaba, decíale: «Si yo no te
tuviera, no sé qué sería de mí. Y luego me quejo de Dios, y le digo
cosas, y hasta le insulto, como si fuera un cualquiera. Verdad que me
priva de muchos bienes; pero me ha dado tu compañía y amistad, que vale
más que el oro y la plata y los brillantes... Y ahora que me acuerdo,
¿qué me aconsejas tú que debo hacer para el caso de que vuelvan D.
Francisco Morquecho y D. José María Porcell con aquella embajada de la
herencia?...
--Pero, señora, si eso lo ha soñado usted... y los tales caballeros hace
mil años que están muy achantaditos debajo de la tierra.
--Dices bien: yo lo soñé... Pero si no aquellos, otros puede que vengan
con la misma música el mejor día.
--¿Quién dice que no? ¿Ha soñado usted con cajas vacías? Porque eso es
señal de herencia segura.
--¿Y tú, qué has soñado?
--¿Yo? Anoche, que nos encontrábamos con un toro negro.
--Pues eso quiere decir que descubriremos un tesoro escondido... Mira tú,
¿quién nos dice que en esta casa antigua, que habitaron en otro tiempo
comerciantes ricos, no hay dentro de tal pared o tabique alguna olla
bien repleta de peluconas?
--Yo he oído contar que en el siglo pasado vivieron aquí unos
almacenistas de paños, poderosos, y cuando se murieron... no se encontró
dinero ninguno. Bien pudiera ser que lo emparedaran. Se han dado casos,
muchos casos.
--Yo tengo por cierto que dinero hay en esta finca... Pero a saber dónde
demontres lo escondieron esos indinos. ¿No habría manera de averiguarlo?
--¡No sé... no sé!--murmuró Benina, dejando volar su mente vagarosa hacia
los orientales conjuros propuestos por Almudena.
--Y si en las paredes no, debajo de los baldosines de la cocina o de la
despensa puede estar lo que aquellos señores escondieron, creyendo que
lo iban a disfrutar en el otro mundo.
--Podrá ser... Pero es más probable que sea en las paredes, o, un
suponer, en los techos, entre las vigas...
--Me parece que tienes razón. Lo mismo puede ser arriba que abajo. Yo te
aseguro que cuando piso fuerte en los pasillos y en el comedor, y se
estremece todo el caserón como si quisiera derrumbarse, me parece que
siento un ruidillo... así como de metales que suenan y hacen tilín...
¿No lo has sentido tú?
--Sí, señora.
--Y si no, haz la prueba ahora mismo. Date unos paseos por la alcoba,
pisando fuerte, y oiremos...».
Hízolo Benina como su señora mandaba, con no menos convicción y fe que
ella, y en efecto... oyeron un retintín metálico, que no podía provenir
más que de las enormes cantidades de plata y oro (más oro que plata
seguramente) empotradas en la vetusta fábrica. Con esta ilusión se
durmieron ambas, y en sueños seguían oyendo el tin, tin...
La casa era como un inmenso cuerpo, y sudaba, y por cada uno de sus
infinitos poros soltaba una onza, o centén, o monedita de veintiuno y
cuartillo.