Encontrose a un anciano harapiento que solía pedir, con una niña en
brazos, en el Oratorio del Olivar, el cual le contó llorando sus
desdichas, que serían bastantes a quebrantar las peñas. La hija del tal,
madre de la criatura, y de otra que enferma quedara en casa de una
vecina, se había muerto dos días antes «de miseria, señora, de
cansancio, de tanto padecer echando los _gofes_ en busca de un medio
panecillo». ¿Y qué hacía él ahora con las dos crías, no teniendo para
mantenerlas, si para él solo no sacaba? El Señor le había dejado de su
mano. Ningún santo del cielo le hacía ya maldito caso. No deseaba más
que morirse, y que le enterraran pronto, pronto, para no ver más el
mundo. Su única aspiración mundana era dejar colocaditas a las dos niñas
en algún _arrecogimiento_ de los muchos que hay para _párvulas de ambos
sexos_. ¡Y para que se viera su mala sombra!... Había encontrado un
alma caritativa, un señor eclesiástico, que le ofreció meter a las nenas
en un Asilo; pero cuando creía tener arreglado el negocio, venía el
demonio a descomponerlo... «Verá usted, señora: ¿conoce por casualidad a
un señor sacerdote muy apersonado que se llama D. Romualdo?
--Me parece que sí--repuso la mendiga, sintiendo de nuevo una gran
confusión o vértigo en su cabeza.
--Alto, bien plantado, hábitos de paño fino, ni viejo ni joven.
--¿Y dice que se llama D. Romualdo?
--D. Romualdo, sí señora.
--¿Será... por casualidad, uno que tiene una sobrinita nombrada Doña
Patros?
--No sé cómo la llaman; pero sobrina tiene... y guapa. Pues verá usted mi
perra suerte. Quedó en darme, ayer por la tarde, la razón. Voy a su
casa, y me dicen que se había marchado a Guadalajara.
--Justamente...--dijo Benina, más confusa, sintiendo que lo real y lo
imaginario se revolvían y entrelazaban en su cerebro--. Pero pronto
vendrá.
--A saber si vuelve».
Díjole después el pobre viejo que se moría de hambre; que no había
entrado en su boca, en tres días, más que un pedazo de bacalao crudo
que le dieron en una tienda, y algunos corruscos de pan, que mojaba en
la fuente para reblandecerlos, porque ya no tenía hueso en la boca.
Desde el día de San José que quitaron la sopa en el Sagrado Corazón, no
había ya remedio para él; en parte alguna encontraba amparo; el cielo no
le quería, ni la tierra tampoco. Con ochenta y dos años cumplidos el 3
de Febrero, San Blas bendito, un día después de la Candelaria, ¿para qué
quería vivir más ni qué se le había perdido por acá? Un hombre que
sirvió al Rey doce años; que durante cuarenta y cinco había picado miles
de miles de toneladas de piedra en esas _carreteras de Dios_, y que
siempre fue bien mirado y _puntoso_, nada tenía que hacer ya, más que
encomendarse al sepulturero para que le pusiera mucha tierra, mucha
tierra encima, y apisonara bien. En cuantito que colocara a las dos
criaturas, se _acostaría_ para no levantarse hasta el día del Juicio por
la tarde... ¡y se levantaría el último! Traspasada de pena Benina al oír
la referencia de tanto infortunio, cuya sinceridad no podía poner en
duda, dijo al anciano que la llevara a donde estaba la niña enferma, y
pronto fue conducida a un cuarto lóbrego, en la planta baja de la casa
grande de corredor, donde juntos vivían, por el pago de tres pesetas al
mes, media docena de pordioseros con sus respectivas proles. La mayor
parte de estos hallábanse a la sazón en Madrid, buscando la santa
_perra_. Sólo vio Benina una vieja, petiseca y dormilona, que parecía
alcoholizada, y una mujer panzuda, tumefacta, de piel vinosa y tirante,
como la de un corambre repleto, con la cara erisipelada, mal envuelta en
trapos de distintos colores. En el suelo, sobre un colchón flaco,
cubierto de pedazos de bayeta amarilla y de jirones de mantas
morellanas, yacía la niña enferma, como de seis años, el rostro lívido,
los puños cerrados en la boca. «Lo que tiene esta criatura es
hambre--dijo Benina, que habiéndola tocado en la frente y manos, la
encontró fría como el mármol.
--Puede que así sea, porque cosa caliente no ha entrado en nuestros
cuerpos desde ayer».
No necesitó más la bondadosa anciana, para que se le desbordase la
piedad, que caudalosa inundaba su alma; y llevando a la realidad sus
intenciones con la presteza que era en ella característica, fue al
instante a la tienda de comestibles, que en el ángulo de aquel edificio
existe, y compró lo necesario para poner un puchero inmediatamente,
tomando además huevos, carbón, bacalao... pues ella no hacía nunca las
cosas a medias. A la hora, ya estaban remediados aquellos infelices, y
otros que se agregaron, inducidos del olor que por toda la parte baja
de la colmena prontamente se difundió. Y el Señor hubo de recompensar su
caridad, deparándole, entre los mendigos que al festín acudieron, un
lisiado sin piernas, que andaba con los brazos, el cual le dio por fin
noticias verídicas del extraviado Almudena.
Dormía el moro en las casas de Ulpiano, y el día se lo pasaba rezando de
firme, y tocando en un guitarrillo de dos cuerdas que de Madrid había
traído, todo ello sin moverse de un apartado muladar, que cae debajo de
la estación de las Pulgas, por la parte que mira hacia la puente
segoviana. Allá se fue Benina despacito, porque el sujeto que la guiaba
era de lenta andadura, como quien anda con las nalgas encuadernadas en
suela, apoyándose en las manos, y estas en dos zoquetes de palo. Por el
camino, el hombre _de medio cuerpo arriba_ aventuró algunas indicaciones
críticas acerca del moro, y de su conducta un tanto estrafalaria. Creía
él que Almudena era en su tierra clérigo, quiere decirse, presbítero del
_Zancarrón_, y en aquellos días hacía las penitencias de la Cuaresma
_majometana_, que consisten en dar zapatetas en el aire, comer sólo pan
y agua, y mojarse las palmas de la mano con saliva. «Lo que canta con la
cítara ronca, debe de ser cosa de funerales de allá, porque suena
triste, y dan ganas de llorar oyéndolo. En fin, señora, allí le tiene
usted tumbado sobre la alfombra de picos, y tan quieto que parece que
lo han vuelto de piedra».
Distinguió, en efecto, Benina la inmóvil figura del ciego, en un
vertedero de escorias, cascote y basuras, que hay entre la vía y el
camino de las Cambroneras, en medio de una aridez absoluta, pues ni
árbol ni mata, ni ninguna especie vegetal crecen allí. Siguió adelante
el despernado, y Benina, con su cesta al brazo, subió gateando por la
escombrera, no sin trabajo, pues aquel material suelto de que formado
estaba el talud, se escurría fácilmente. Antes de que ganar pudiera la
altura en que el africano se encontraba, anunció a gritos su llegada,
diciéndole: «¡Pero, hijo, vaya un sitio que has ido a escoger para
ponerte al sol! ¿Es que quieres secarte, y volverte cuero para
tambores?... ¡Eh... Almudena, que soy yo, que soy yo la que sube por
estas escaleras alfombradas!... Chico, ¿pero qué?... ¿Estás tonto, estás
dormido?».
El marroquí no se movía, la cara vuelta hacia el sol, como un pedazo de
carne que se quisiera tostar. Tirole la anciana una, dos, tres
piedrecillas, hasta que consiguió acertarle. Almudena se movió con
estremecimiento; y poniéndose de rodillas, exclamó: «_B'nina_, tú
_B'nina_.
--Sí, hijo mío: aquí tienes a esta pobre vieja, que viene a verte al
yermo donde moras. ¡Pues no te ha dado mala ventolera! ¡Y que no me ha
costado poco trabajo encontrarte!
--¡_B'nina_!--repitió el ciego con emoción infantil, que se revelaba en un
raudal de lágrimas, y en el temblor de manos y pies--. Tú _vinir_ cielo.
--No, hijo, no--replicó la buena mujer, llegando por fin junto a él, y
dándole palmetazos en el hombro--. No vengo del cielo, sino que subo de
la tierra por estos maldecidos peñascales. ¡Vaya una idea que te ha
dado, pobre morito! Dime: ¿y es tu tierra así?».
No contestó Mordejai a esta pregunta; callaron ambos. El ciego la
palpaba con su mano trémula, como queriendo verla por el tacto.
«He venido--dijo al fin la mendiga--porque me pensé, un suponer, que
estarías muerto de hambre.
--Mí no _comier_...
--¿Haces penitencia? Podías haberte puesto en mejor sitio...
--Este _micor_... monte _bunito_.
--¡Vaya un monte! ¿Y cómo llamas a esto?
--Monte _Sinaí_... Mí estar _Sinaí_.
--Donde tú estás es en Babia.
--Tú _vinir_ con ángeles, _B'nina_... tú _vinir_ con fuego.
--No, hijo: no traigo fuego ni hace falta, que bastante achicharradito
estás aquí. Te estás quedando más seco que un bacalao.
--_Micor_... mí _quierer_ seco... y arder como _paixa_.
--En paja te convertirías si yo te dejara. Pero no te dejo, y ahora vas a
comer y beber de lo que traigo en mi cesta.
--Mí no _comier_... mí ser _squieleto_».
Sin esperar a más razones, Almudena extendió las manos, palpando en el
suelo. Buscaba su guitarro, que Benina vio y cogió, rasgueando sus dos
cuerdas destempladas.
«¡_Dami_, _dami_!--le dijo el ciego impaciente, tocado de inspiración».
Y agarrando el instrumento, pulsó las cuerdas, y de ellas sacó sonidos
tristes, broncos, sin armónica concordancia entre sí. Y luego rompió a
cantar en lengua arábiga una extraña melopea, acompañándose con sonidos
secos y acompasados que de las dos cuerdas sacaba. Oyó Benina este
canticio con cierto recogimiento, pues aunque nada sacó en limpio de la
letra gutural y por extremo áspera, ni en la cadencia del son encontró
semejanza con los estilos de acá, ello es que la tal música resultaba de
una melancolía intensa. Movía el ciego sin cesar su cabeza, cual si
quisiera dirigir las palabras de su canto a diferentes partes del cielo,
y ponía en algunas endechas una vehemencia y un ardor que denotaban el
entusiasmo de que estaba poseído.
«Bueno, hijo, bueno--le dijo la anciana cuando terminó de cantar--. Me
gusta mucho tu música... Pero ¿el estómago no te dice que a él no le
catequizas con esas coplas, y que le gustan más las buenas magras?
--_Comier_ tú... mí cantar... _Comier_ yo con alegría de ser tú _migo_.
--¿Te alimentas con tenerme aquí? ¡Bonita substancia!
--Mí _quierer_ ti...
--Sí, hijo, quiéreme; pero haz cuenta de que soy tu madre, y que vengo a
cuidar de ti.
--Tú ser _bunita_.
--¡_Mia_ que yo bonita... con más años que San Isidro, y esta miseria y
esta facha!».
No menos inspirado hablando que cantando, Almudena le dijo: «Tú ser _com
la zucena_, _branca_... _Com_ palmera del _D'sierto_ cintura tuya...
rosas y _casmines_ boca tuya... la estrella de la tarde _ojitas tuyas_.
--¡María Santísima! Todavía no me había yo enterado de lo bonita que soy.
--_Donzellas tudas_, _invidia_ de ti _tenier ellas_... _Hiciéronte_ manos
Dios con _regocijación_. Loan ti ángeles con cítara.
--¡San Antonio bendito!... Si quieres que te crea todas esas cosas, me
has de hacer un favor: comer lo que te traigo. Después que tengas llena
la barriga hablaremos, pues ahora no estás en tus cabales».
Diciéndolo, iba sacando de la cesta pan, tortilla, carne fiambre y una
botella de vino. Enumeraba las provisiones, creyendo que así le
despertaría el apetito, y como argumento final le dijo: «Si te empeñas
en no comer, me enfado, y no vuelvo más a verte. Despídete de mi boca de
rosas, y de mis ojitos como las estrellas del cielo... Y luego has de
hacer todo lo que yo te mande: volverte a Madrid, y vivir en tu casita
como antes vivías.
--Si tú casar _migo_, sí... Si no casar, no.
--¿Comes o no comes? Porque yo no he venido aquí a perder el tiempo
echándote sermones--declaró Benina desplegando toda la energía de su
acento--. Si te empeñas en ayunar, me voy ahora mismo.
--_Comier_ tú...
--Los dos. He venido a verte, y a que almorcemos juntos.
--¿Casar tú _migo_?
--¡Ay qué pesado el hombre! Pareces un chiquillo. Me veré obligada a
darte un par de mojicones... Ha, morito, come y aliméntate, que ya se
tratará lo del casorio. ¿Piensas que voy yo a tomar un marido seco al
sol, y que se va quedando como un pergamino?».
Con estas y otras razones logró convencerle, y al fin el desdichado dejó
de hacer ascos a la comida. Empezando con repulgos, acabó por devorar
con voracidad. Pero no abandonaba su tema, y entre bocado y bocado,
decía: «_Casar_ yo _tigo_... _dirnos terra_ mía... Yo casar por
_arreligión_ tuya si _quierer_ tú... Tú casar por _arreligión mía_, si
_quierer_ ella... Mí ser _d'Israel_... Bautisma jacieron mí señoritas
_confirencia_... Poner mí nombre _Joseph Marien Almudena_...
--José María de la Almudena. Si eres cristiano, no me hables a mí de
otras _arreligiones_ malas.
--No haber más que un Dios, uno solo, sólo Él--exclamó el ciego, poseído
de exaltación mística--. Él _melecina_ a los quebrantados de corazón...
Él contar número estrellas, y a _tudas_ ellas por nombre llama. Adoran
_Adonai_ el animal y _tuda cuatropea_, y el pájaro de ala...
_¡Alleluyah!_...
--Hombre, sí, cantemos ahora las aleluyas para que no nos haga daño la
comida.
--Voz de _Adonai_ sobre las aguas, sobre aguas _mochas_. La voz de
_Adonai_ con _forza_, la voz de _Adonai_ con _jermosura_. La voz de
_Adonai_ quiebra los _alarzes_ del Lebanón y Tsión como fijos de
unicornios... La voz de _Adonai_ corta llamas de fuego, _face_ temblar
_D'sierto_; _fará_ temblar _Adonai D'sierto_ de Kader... La voz de
_Adonai face_ _adoloriar_ ciervas... En palacio suyo _tudas_ decir
_grolia_. _Adonai_ por el diluvio se asentó... _Adonai_ bendecir su
_puelbro_ con paz...».
Aún prosiguió recitando oraciones hebraicas en castellano del siglo XV,
que en la memoria desde la infancia conservaba, y Benina le oía con
respeto, aguardando que terminase para traerle a la realidad y sujetarle
a la vida común. Discutieron un rato sobre la conveniencia de tornar a
la posada de Santa Casilda; mas no parecía él dispuesto a complacerla en
extremo tan importante, mientras no le diese ella palabra formal de
aceptar su negra mano. Trató de explicar la atracción que, en el estado
de su espíritu, sobre él ejercían los áridos peñascales y escombreras en
que a la sazón se encontraba. Realmente, ni él sabía explicárselo, ni
Benina entenderlo; pero el observador atento bien puede entrever en
aquella singular querencia un caso de atavismo o de retroacción
instintiva hacia la antigüedad, buscando la semejanza geográfica con las
soledades pedregosas en que se inició la vida de la raza... ¿Es esto un
desatino? Quizás no.