De tal modo se posesionaron de su espíritu la idea y las imágenes
expresadas por el ciego africano, que a punto estuvo de contarle a su
ama el maravilloso método de conjurar y hacer venir al _Rey de baixo
terra_. Pero recelando que aquel secreto sería menos eficaz cuanto más
se divulgara, contúvose en su locuacidad, y tan sólo dijo que bien
podría suceder que de la noche a la mañana se les metiera por las
puertas la fortuna. Al acostarse junto a Doña Paca, pues dormían en la
misma alcoba, pensó que todo aquello de Almudena era una _papa_, y
tomarlo en serio la mayor de las necedades. Quiso dormirse, mas no pudo;
volvió su espíritu a dar agasajo a la idea, creyéndola de posible
realización, Y si esfuerzos hacía por desecharla, con mayor tenacidad la
pícara idea se le metía en el cerebro.
«¿Qué se pierde por probarlo?--se decía, arropándose en la cama--. Podrá
no ser verdad... ¿Pero y si lo fuese? ¡Cuántas mentiras hubo que luego
se volvieron verdades como puños!... Pues lo que es yo, no me quedo sin
probarlo, y mañana mismo, con el primer dinero que saque, compro el
candil de barro, sin hablar. El cuento es que no sé cómo puede tratarse
un _artículo_ sin hablar... En fin, me haré la sordomuda... Luego buscaré
el palitroque, también sin hablar... Falta que el moro me enseñe la
oración, y que yo la aprenda sin que se me escape un verbo...».
Después de un breve sueño, despertó creyendo firmemente que en la salita
próxima había unas esportonas o seretas muy grandes, muy grandes, llenas
de diamantes, _rubiles_, perlas y zafiros... En la obscuridad de las
habitaciones nada podía ver; pero de que aquellas riquezas estaban allí
no tenía la menor duda. Cogió la caja de fósforos, dispuesta a encender,
para recrear su vista en el tesoro; mas por no despertar a Doña Paca,
cuyo sueño era muy ligero, dejó para la mañana el examen de tantas
maravillas... Pasado un rato, no tardó en reírse de su ilusión,
diciéndose: «¡Pues no soy poco lila!... Es todavía pronto para que
traigan eso...». Al amanecer, despertose al ladrido de dos perrazos
blancos que salían de debajo de las camas; sintió la campanilla de la
puerta; echose al suelo, y en camisa corrió a abrir, segura de que
llamaba algún _ayudante_ o gentilhombre del Rey de luenga barba y
vestido verde... Pero no era nadie; no había ser viviente en la puerta.
Arreglose para salir, disponiendo el desayuno de la señora, y dando el
primer barrido a la casa, y a las siete salía ya con su cesta al brazo
por la calle Imperial. Como no tenía un céntimo ni de dónde le viniera,
encaminose a San Sebastián, pensando por el camino en D. Romualdo y su
familia, pues de tanto hablar de aquellos señores, y de tanto
comentarlos y describirlos, había llegado a creer en su existencia.
«¡Vaya que soy _gilí_!--se decía--. Invento yo al tal D. Romualdo, y ahora
se me antoja que es persona _efetiva_ y que puede socorrerme. No hay más
D. Romualdo que el pordioseo bendito, y a eso voy, y veremos si cae
algo, con permiso de la _Caporala_». El día era bueno; al entrar, díjole
Pulido que había funeral de primera, y boda en la sacristía. La novia
era sobrina de un ministro _pleniputenciano_, y el novio... _cosa de
periódicos_. Ocupó Benina su puesto, y se estrenó con dos céntimos que
le dio una señora. Sus compañeras trataron de _hacerla cantar_ el para
qué la había llamado D. Carlos; pero sólo contestó con evasivas y medias
palabras. Suponiendo la Casiana que el señor de Trujillo había tratado
con _señá_ Benina el darle los restos de comida de su casa, la trató con
miramiento, sin duda por llamarse a la parte.
Al fin los del funeral no repartieron cosa mayor; y si los del bodorrio
se corrieron algo más, acudió tanta pobretería de otros cuadrantes, y se
armó tal barullo y confusión, que unos cogieron por cinco, y otros se
quedaron _in albis_. Al ver salir a la novia, tan emperifollada, y a las
señoras y caballeros de su compañía, cayeron sobre ellos como nube de
langosta, y al padrino le estrujaron el gabán, y hasta le chafaron el
sombrero. Trabajo le costó al buen señor sacudirse la terrible plaga, y
no tuvo más remedio que arrojar un puñado de calderilla en medio del
patio. Los más ágiles hicieron su agosto; los más torpes gatearon
inútilmente. La _Caporala_ y Eliseo trataban de poner orden, y cuando
los novios y todo el acompañamiento se metieron en los coches, quedó en
las inmediaciones de la iglesia la turbamulta mísera, gruñendo y
pataleando. Se dispersaba, y otra vez se reunía con remolinos
zumbadores. Era como un motín, vencido por su propio cansancio. Los
últimos disparos eran: «_Tú cogiste más_... _me han quitado lo mío_...
_aquí no hay decencia_... _cuánto pillo_...». La Burlada, que era de las
que más habían apandado, echaba sapos y culebras de su boca, concitando
los ánimos de toda la cuadrilla contra la _Caporala_ y Eliseo. Por fin,
intervino la policía, amenazándoles con _recogerles_ si no callaban, y
esto fue como la palabra de Dios. Los intrusos se largaron; los de casa
se metieron en el pasadizo. Benina sacó de toda la campaña del día,
comprendido funeral y boda, 22 céntimos, y Almudena, 17. De Casiana y
Eliseo se dijo que habían sacado peseta y media cada uno.
Al retirarse juntos el ciego marroquí y Benina, lamentándose de su mala
sombra, fueron a parar, como la otra vez, a la plaza del Progreso, y se
sentaron al pie de la estatua para deliberar acerca de las dificultades
y ahogos de aquel día. No sabía ya Benina a qué santo encomendarse: con
la limosna de la jornada no tenía ni para empezar, porque érale forzoso
pagar algunas deudillas en los establecimientos de la calle de la Ruda,
a fin de sostener el crédito y poder trampear unos días más. Díjole
Almudena que él se hallaba en absoluta imposibilidad de favorecerla; lo
más que podía hacer era entregarle las perras de la mañana, y por la
noche lo que sacar pudiera en el resto del día, pidiendo en su puesto de
costumbre, calle del Duque de Alba, junto al cuartel de la Guardia
Civil. Rechazó la anciana esta generosidad, porque también él necesitaba
vivir y alimentarse, a lo que repuso el marroquí que con un café con pan
_migao_, en la Cruz del Rastro, tenía bastante para tirar hasta la
noche. Resistiéndose a admitir la oferta, planteó Benina la cuestión de
conjurar al Rey de _baixo terra_, mostrando una confianza y fe que
fácilmente se explican por la grande necesidad en que estaba. Lo
desconocido y misterioso busca sus prosélitos en el reino de la
desesperación, habitado por las almas que en ninguna parte hallan
consuelo.
«Ahora mismo--dijo la pobre mujer--, quiero comprar las cosas. Hoy es
viernes, y mañana sábado hacemos la prueba.
--_Compriar_ ti cosas, sin hablar...
--Claro, sin decir una palabra. ¿Qué se pierde por hacer la prueba? Y
dime otra cosa: ¿ha de ser precisamente a media noche?».
Contestó el ciego que sí, repitiendo las reglas y condiciones
imprescindibles para la eficacia del conjuro, y Benina trató de fijarlo
todo en su memoria.
«Ya sé--le dijo al fin--, que estarás todo el día en la fuentecilla del
Duque de Alba--. Si se me olvida algo, iré a preguntártelo, y a que me
enseñes la oración. Eso sí que me ha de costar trabajo aprenderlo, sobre
todo si no me lo pones en lengua cristiana, que lo que es en la tuya,
hijo de mi alma, no sé cómo voy a componerme para no equivocarme.
--Si _quivoquiar_ ti, Rey no _vinier_».
Desalentada con estas dificultades, separose Benina de su amigo, por la
prisa que tenía de reunir algunas perras con que completar lo que para
las obligaciones de aquel día necesitaba, y no pudiendo esperar ya cosa
alguna del crédito, se puso a pedir en la esquina de la calle de San
Millán, junto a la puerta del café de los Naranjeros, importunando a los
transeúntes con el relato de sus desdichas: que acababa de salir del
hospital, que su marido se había caído de un andamio, que no había
comido en tres semanas, y otras cosas que partían los corazones. Algo
iba pescando la infeliz, y hubiera cogido algo más, si no se pareciese
por allí un maldito guindilla que la conminó con llevarla a los sótanos
de la prevención de la Latina, si no se largaba con viento fresco.
Ocupose luego en comprar los adminículos para el conjuro, empresa harto
engorrosa, porque todo había de hacerse por señas, y se fue a su casa
pensando que sería gran dificultad efectuar allí la endiablada
hechicería sin que se enterase la señora. Contra esto no había más
recurso que _figurar_ que D. Romualdo se había puesto muy malito, y salir
de noche a velarle, yéndose a casa de Almudena... Pero la presencia de
la Petra podría ser obstáculo: al peligro de que un testigo incrédulo
imposibilitara la _cosa_, se añadía el inconveniente grave de que, en
caso de éxito feliz, la borrachona quisiera apropiarse todos o una parte
de los tesoros donados por el Rey... Por cierto que mejor que en piedras
preciosas, sería que lo trajesen todo en moneda corriente, o en fajos de
billetes de Banco, bien sujetos con una goma, como ella los había visto
en las casas de cambio. Porque... no era floja pejiguera tener que ir a
las platerías a proponer la venta de tantas perlas, zafiros y
diamantes... En fin, que lo trajeran como les diese la gana: no era cosa
de poner reparos, ni exigir muchos perendengues.
Halló a Doña Paca de mal temple, porque se había parecido en la casa,
muy de mañana, un dependiente de la tienda, y habíala insultado con
expresiones brutales y soeces. La pobre señora lloraba y se tiraba de
los pelos, suplicando a su fiel amiga que arase la tierra en busca de
los pocos duros que hacían falta, para tirárselos al rostro al bestia
del tendero, y Benina se devanaba los sesos por encontrar la solución
del terrible conflicto.
«Mujer, por piedad, discurre, inventa algo--le decía la señora, hecha un
mar de lágrimas--. Para las ocasiones son los amigos. En circunstancias
muy críticas, no hay más remedio que perder la vergüenza... ¿No se te
ocurre, como a mí, que tu D. Romualdo podría sacarnos del compromiso?».
La criada no contestó. Preparando la comida de su ama, daba vueltas en
su mente a las combinaciones más sutiles. Repetida la proposición por
Doña Paca, pareció que Benina la encontraba razonable. «D. Romualdo...
sí, sí. Iré a ver... Pero no respondo, señora, no respondo. Quizás
desconfíen... Una cosa es hacer caridad, y otra prestar dinero... y no
salimos del paso con menos de diez duros... ¿Qué dijo ese bruto de
Gabino? ¿que volvería mañana a darnos otro escándalo?... ¡Canalla,
ladrón... que todo lo vende _adúltero_!... Pues, sí, es cosa de diez
duros, y no sé si D. Romualdo... Por él no quedaría; pero su hermana es
_puño en rostro_... ¡Diez duros!... Voy a ver... Pero no extrañe la
señora que tarde un poco. Estas cosas... no sabe una cómo tratarlas...
Depende de la cara que pongan; a lo mejor salen con aquello de «vuelva
usted...». Me voy, me voy; ya me entra la desazón... tardaré... pero no
tarda quien a casa llega...
--Sobre todo si no trae las manos vacías. Vete, hija, vete, y el Señor te
acompañe y te afine las entendederas. Si yo tuviera tu talento, pronto
saldría de estas trapisondas. Aquí me quedo rezando a todos los santos
del cielo para que te inspiren, y a las dos nos saquen de este
Purgatorio. Adiós, hija».
Habiéndose trazado un plan, el único que, en su certero juicio, le
ofrecía remotas probabilidades de éxito, dirigiose Benina a la calle de
Mediodía Grande, y a la casa de dormir propiedad de su amiga Doña
Bernarda.