XIX

«Sí, D. Frasco--le dijo codeándose con él en la calle de San Pedro

Mártir--. Usted no tiene confianza conmigo, y debe tenerla. Yo soy pobre,

más pobre que las ratas; y Dios sabe las amarguras que paso para

mantener a mi señora y a la niña, y mantenerme a mí... Pero hay quien me

gana en pobreza, y ese pobre de más _solenidá_ que nadie es usted... No

diga que no.

--Señá Benina, repito que es usted un ángel.

--Sí... de cornisa... Yo no quiero que usted esté tan desamparado. ¿Por

qué le ha hecho Dios tan vergonzoso? Buena es la vergüenza; pero no

tanta, Señor... Ya sabemos que el Sr. de Ponte es persona decente; pero

ha venido a menos, tan a menos, que no se lo lleva el viento porque no

tiene por dónde agarrarlo. Pues bueno: yo soy _Juan Claridades_; después

de atender a todo lo del día, me ha sobrado una peseta. Téngala...

--Por Dios, _señá_ Benina--dijo Frasquito palideciendo primero, después

rojo.

--No haga melindres, que le vendrá muy bien para que pueda pagarle a

Bernarda la cama de anoche.

--¡Qué ángel, santo Dios, qué ángel!

--Déjese de _angelorios_, y coja la moneda. ¿No quiere? Pues usted se lo

pierde. Ya verá como las gasta la _dormilera_, que no fía más que una

noche, y apurando mucho, dos. Y no salga diciendo que a mí me hace

falta. ¡Como que no tengo otra! Pero yo me gobernaré como pueda para

sacar el diario de mañana de debajo de las piedras... Que la tome, digo.

--_Señá_ Benina, he llegado a tal extremidad de miseria y humillación,

que aceptarla la peseta, sí, señora, la aceptaría, olvidándome de quién

soy y de mi dignidad, etc... pero ¿cómo quiere usted que yo _reciba ese

anticipo_, sabiendo, como sé, que usted pide limosna para atender a su

señora? No puedo, no... Mi conciencia se subleva...

--Déjese de sublevaciones, que no somos aquí _de tropa_. O usted se lleva

la pesetilla, o me enfado, como Dios es mi padre. D. Frasquito, no haga

papeles, que es usted más mendigo que el inventor del hambre. ¿O es que

necesita más dinero, porque le debe más a la Bernarda? En este caso, no

puedo dárselo, porque no lo tengo... Pero no sea usted lila, D.

Frasquito, ni se haga de mieles, que esa lagartona de la Bernarda se lo

comerá vivo, si no le acusa las cuarenta. A un parroquiano como usted,

_de la aristocracia_, no se le niega el hospedaje porque deba, un

suponer, tres noches, cuatro noches... Plántese el buen Frasquito, con

cien mil pares, y verá cómo la Bernarda agacha las orejas... Le da usted

sus cuatro reales a cuenta, y... échese a dormir tranquilo en el

camastro».

O no se convencía Ponte, o convencido de lo buena que sería para él la

posesión de la peseta, le repugnaba el acto material de extender la mano

y recibir la limosna. Benina reforzó su argumentación diciéndole: «Y

puesto que es el niño tan vergonzoso, y no se atreve con su patrona, ni

aun dándole a cuenta la _cantidá_, yo le hablaré a Bernarda, yo le diré

que no le riña, ni le apure... Vamos, tome lo que le doy, y no me fría

más la sangre, Sr. D. Frasquito».

Y sin darle tiempo a formular nuevas protestas y negativas, le cogió la

mano, le puso en ella la moneda, cerrole el puño a la fuerza, y se

alejó corriendo. Ponte no hizo ademán de devolverle el dinero, ni de

arrojarlo. Quedose parado y mudo; contempló a la Benina como a visión

que se desvanece en un rayo de luz, y conservando en su mano izquierda

la peseta, con la derecha sacó el pañuelo y se limpió los ojos, que le

lloraban horrorosamente. Lloraba de irritación oftálmica senil, y

también de alegría, de admiración, de gratitud.

Aún tardó Benina más de una hora en llegar a la calle Imperial, porque

antes pasó por la de la Ruda a hacer sus compras. Estas hubieron de ser

al fiado, pues se le había concluido el dinero. Recaló en su casa

después de las dos, hora no intempestiva ciertamente: otros días había

entrado más tarde, sin que la señora por ello se enfadara. Dependía el

ser bien o mal recibida de la racha de humor con que a Doña Paca cogía

en el momento de entrar. Aquella tarde, por desgracia, la pobre señora

rondeña se hallaba en una de sus más violentas crisis de irritabilidad

nerviosa. Su genio tenía erupciones repentinas, a veces determinadas por

cualquier contrariedad insignificante, a veces por misterios del

organismo difíciles de apreciar. Ello es que antes de que Benina

traspasara la puerta, Doña Francisca le echó esta rociada: «¿Te parece

que son éstas horas de venir? Tengo yo que hablar con D. Romualdo, para

que me diga la hora a que sales de su casa... Apuesto a que te

descuelgas ahora con la mentira de que fuiste a ver a la niña, y que has

tenido que darle de comer... ¿Piensas que soy idiota, y que doy crédito

a tus embustes? Cállate la boca... No te pido explicaciones, ni las

necesito, ni las creo; ya sabes que no creo nada de lo que me dices,

embustera, enredadora».

Conocedora del carácter de la señora, Benina sabía que el peor sistema

contra sus arrebatos de furor era contradecirla, darle explicaciones,

sincerarse y defenderse. Doña Paca no admitía razonamientos, por

juiciosos que fuesen. Cuanto más lógicas y justas eran las aclaraciones

del contrario, más se enfurruñaba ella. No pocas veces Benina, inocente,

tuvo que declararse culpable de las faltas que la señora le imputaba,

porque, haciéndolo así, se calmaba más pronto.

«¿Ves cómo tengo razón?--proseguía la señora, que cuando se ponía en tal

estado, era de lo más insoportable que imaginarse puede--. Te callas...

quien calla, otorga. Luego es cierto lo que yo digo; yo siempre estoy al

tanto... Resulta lo que pensé: que no has subido a casa de Obdulia, ni

ese es el camino. Sabe Dios dónde habrás estado de pingo. Pero no te dé

cuidado, que yo lo averiguaré... ¡Tenerme aquí sola, muerta de

hambre!... ¡Vaya una mañana que me has hecho pasar! He perdido la cuenta

de los que han venido a cobrar piquillos de las tiendas, cantidades que

no se han pagado ya por tu desarreglo... Porque la verdad, yo no sé

dónde echas tú el dinero... Responde, mujer... defiéndete siquiera, que

si a todo das la callada por respuesta, me parecerá que aún te digo

poco».

Benina repitió con humildad lo dicho anteriormente: que había concluido

tarde en casa de D. Romualdo; que D. Carlos Trujillo la entretuvo la mar

de tiempo; que había ido después a la calle de la Cabeza...

«Sabe Dios, sabe Dios lo que habrás hecho tú, correntona, y en qué

sitios habrás estado... A ver, a ver si hueles a vino».

Oliéndole el aliento, rompió en exclamaciones de asco y horror: «Quita,

quítate allá, borracha. Apestas a aguardiente.

--No lo he catado, señora; me lo puede creer».

Insistía Doña Paca, que en aquellas crisis convertía en realidades sus

sospechas, y con su terquedad forjaba su convicción.

«Me lo puede creer--repitió Benina--. No he tomado más que un vasito de

vino con que me obsequió el Sr. de Ponte.

--Ya me está dando a mí mala espina ese señor de Ponte, que es un viejo

verde muy zorro y muy tuno. Tal para cual, pues también tú las matas

callando... No pienses que me engañas, hipócrita... Al cabo de la vejez,

te da por la disolución, y andas de picos pardos. ¡Qué cosas se ven,

Señor, y a qué desarreglos arrastra el maldito vicio!... Te callas:

luego es cierto. No; si aunque lo negaras no me convencerías, porque

cuando yo digo una cosa, es porque la sé... Tengo yo un ojo...».

Sin dar tiempo a que la delincuente se explicara, salió por este otro

registro:

«¿Y qué me cuentas, mujer? ¿Qué recibimiento te hizo mi pariente D.

Carlos? ¿Qué tal? ¿Está bueno? ¿No revienta todavía? No necesitas

decirme nada, porque, como si hubiera estado yo escondidita detrás de

una cortina, sé todo lo que hablasteis... ¿A que no me equivoco? Pues te

dijo que lo que a mí me pasa es por mi maldita costumbre de no llevar

cuentas. No hay quien le apee de esa necedad. Cada loco con su tema; la

locura de mi pariente es arreglarlo todo con números... Con ellos se ha

enriquecido, robando a la Hacienda y a los parroquianos; con ellos

quiere al fin de la vida salvar su alma, y a los pobres nos recomienda

la medicina de los números, que a él no le salva ni a nosotros nos sirve

para nada. ¿Con que acierto? ¿Fue esto lo que te dijo?

--Sí, señora. Parece que lo estaba usted oyendo.

--Y después de machacar con esa monserga del Debe y Haber, te habrá dado

una limosna para mí... Ignora que mi dignidad se subleva al recibirla.

Le estoy viendo abrir las gavetas como quien quiere y no quiere, coger

el taleguito en que tiene los billetes, ocultándolo para que no lo

vieras tú; le veo sobar el saquito, guardarlo cuidadosamente; le veo

echar la llave... Y el muy cochino se descuelga con una porquería. No

puedo precisar la cantidad que te habrá dado para mí, porque es tan

difícil anticiparse a los cálculos de la avaricia; pero desde luego te

aseguro, sin temor de equivocarme, que no ha llegado a los cuarenta

duros».

La cara que puso Benina al oír esto no puede describirse. La señora, que

atentamente la observaba, palideció, y dijo después de breve pausa:

«Es verdad: me he corrido mucho. Cuarenta, no; pero, aun con lo cicatero

y mezquino que es el hombre, no habrá bajado de los veinticinco duros.

Menos que eso no lo admito, Nina; no puedo admitirlo.

--Señora, usted está delirando--replicó la otra, plantándose con firmeza

en la realidad--. El Sr. D. Carlos no me ha dado nada, lo que se llama

nada. Para el mes que viene empezará a darle a usted una _paga_ de dos

duros mensuales.

--Embustera, trapalona... ¿Crees que me embaucas a mí con tus enredos?

Vaya, vaya, no quiero incomodarme... Me tiene peor cuenta, y no estoy yo

para coger berrinches... Comprendido, Nina, comprendido. Allá te

entenderás con tu conciencia. Yo me lavo las manos, y dejo a Dios que te

dé tu merecido.

--¿Qué, señora?

--Hazte ahora la simple y la gatita Marirramos. ¿Pero no ves que yo te

calo al instante y adivino tus _infundios_? Vamos, mujer, confiésalo; no

trates de añadir a la infamia el engaño.

--¿Qué, señora?

--Pues que has tenido una mala tentación... Confiésamelo, y te perdono...

¿No quieres declararlo? Pues peor para ti y para tu conciencia, porque

te sacaré los colores a la cara. ¿Quieres verlo? Pues los veinticinco

duros que te dio para mí D. Carlos, se los has dado a ese Frasquito

Ponte para que pague sus deudas, y vaya a comer de fonda, y se compre

corbatas, pomada y un bastoncito nuevo... Ya ves, ya ves, bribonaza,

cómo todo te lo adivino, y conmigo no te valen ocultaciones. Si sé yo

más que tú. Ahora te ha dado por proteger a ese Tenorio fiambre, y le

quieres más que a mí, y a él le atiendes y a mí no, y de él te da

lástima, y a mí, que tanto te quiero, que me parta un rayo».

Rompió a llorar la señora, y Benina que ya sentía ganas de contestar a

tanta impertinencia dándole azotes como a un niño mañoso, al ver las

lágrimas se compadeció. Ya sabía que el llanto era la terminación de la

crisis de cólera, la sedación del acceso, mejor dicho, y cuando tal

sucedía, lo mejor era soltar la risa, llevando la disputa al terreno de

las burlas sabrosas.

«Pues sí, señora Doña Francisca--le dijo abrazándola--. ¿Creía usted que

habiéndome salido ese novio tan hechicero y tan saleroso, le había de

dejar yo en necesidad, sin darle para el pelo?

--No creas que me engatusas con tus bromitas, trapalona,

zalamera...--decía la señora, ya desarmada y vencida--. Yo te aseguro que

no me importa nada lo que has hecho, porque el dinero de Trujillete yo

no lo había de tomar... Preferiría morirme de hambre, a manchar mis

manos con él... Dáselo, dáselo a quien quieras, ingratona, y déjame a mí

en paz; déjame que me muera olvidada de ti y de todo el mundo.

--Ni usted ni yo nos moriremos tan pronto, porque aún hemos de dar mucha

guerra--le dijo la criada, disponiéndose con gran diligencia a darle de

comer.

--Veremos qué porquerías me traes hoy... Enséñame la cesta... Pero, hija,

¿no te da vergüenza de traerle a tu ama estas piltrafas asquerosas?...

¿Y qué más? coliflor... Ya me tienes apestada con tus coliflores, que me

dan flato, y las estoy repitiendo tres días... En fin, ¿a qué estamos en

el mundo más que a padecer? Dame pronto estos comistrajos... ¿Y huevos

no has traído? Ya sabes que no los paso, como no sean bien frescos.

--Comerá usted lo que le den, sin refunfuños, que el poner tantos peros a

la comida que Dios da, es ofenderle y agraviarle.

--Bueno, hija, lo que tú quieras. Comeremos lo que haya, y daremos

gracias a Dios. Pero come tú también, que me da pena verte tan

ajetreada, desviviéndote por los demás, y olvidada de ti misma y del

alivio de tu cuerpo. Siéntate conmigo, y cuéntame lo que has hecho hoy».

A media tarde, comían las dos, sentaditas a la mesa de la cocina. Doña

Paca, suspirando con toda su alma, entre un bocado y otro, expresó en

esta forma las ideas que bullían en su mente:

«Dime, Nina, entre tantas cosas raras, incomprensibles, qué hay en el

mundo, ¿no habría un medio, una forma... no sé cómo decirlo, un

sortilegio por el cual nosotras pudiéramos pasar de la escasez a la

abundancia; por el cual todo eso que en el mundo está de más en tantas

manos avarientas, viniese a las nuestras que nada poseen?

--¿Qué dice la señora? ¿Que si podría suceder que en un abrir y cerrar de

ojos pasáramos de pobres a ricas, y viéramos, un suponer, nuestra casa

llena de dinero, y de cuanto Dios crió?

--Eso quiero decir. Si son verdad los milagros, ¿por qué no _sucede_ uno

para nosotras, que bien merecido nos lo tenemos?

--¿Y quién dice que no _suceda_, que no tengamos

esa _ocurrencia_?--respondió Benina, en cuya mente surgió de improviso,

con poderoso relieve y extraordinaria plasticidad, el conjuro que

Almudena le había enseñado, para pedir y obtener todos los bienes de la

tierra.

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