«Sí, D. Frasco--le dijo codeándose con él en la calle de San Pedro
Mártir--. Usted no tiene confianza conmigo, y debe tenerla. Yo soy pobre,
más pobre que las ratas; y Dios sabe las amarguras que paso para
mantener a mi señora y a la niña, y mantenerme a mí... Pero hay quien me
gana en pobreza, y ese pobre de más _solenidá_ que nadie es usted... No
diga que no.
--Señá Benina, repito que es usted un ángel.
--Sí... de cornisa... Yo no quiero que usted esté tan desamparado. ¿Por
qué le ha hecho Dios tan vergonzoso? Buena es la vergüenza; pero no
tanta, Señor... Ya sabemos que el Sr. de Ponte es persona decente; pero
ha venido a menos, tan a menos, que no se lo lleva el viento porque no
tiene por dónde agarrarlo. Pues bueno: yo soy _Juan Claridades_; después
de atender a todo lo del día, me ha sobrado una peseta. Téngala...
--Por Dios, _señá_ Benina--dijo Frasquito palideciendo primero, después
rojo.
--No haga melindres, que le vendrá muy bien para que pueda pagarle a
Bernarda la cama de anoche.
--¡Qué ángel, santo Dios, qué ángel!
--Déjese de _angelorios_, y coja la moneda. ¿No quiere? Pues usted se lo
pierde. Ya verá como las gasta la _dormilera_, que no fía más que una
noche, y apurando mucho, dos. Y no salga diciendo que a mí me hace
falta. ¡Como que no tengo otra! Pero yo me gobernaré como pueda para
sacar el diario de mañana de debajo de las piedras... Que la tome, digo.
--_Señá_ Benina, he llegado a tal extremidad de miseria y humillación,
que aceptarla la peseta, sí, señora, la aceptaría, olvidándome de quién
soy y de mi dignidad, etc... pero ¿cómo quiere usted que yo _reciba ese
anticipo_, sabiendo, como sé, que usted pide limosna para atender a su
señora? No puedo, no... Mi conciencia se subleva...
--Déjese de sublevaciones, que no somos aquí _de tropa_. O usted se lleva
la pesetilla, o me enfado, como Dios es mi padre. D. Frasquito, no haga
papeles, que es usted más mendigo que el inventor del hambre. ¿O es que
necesita más dinero, porque le debe más a la Bernarda? En este caso, no
puedo dárselo, porque no lo tengo... Pero no sea usted lila, D.
Frasquito, ni se haga de mieles, que esa lagartona de la Bernarda se lo
comerá vivo, si no le acusa las cuarenta. A un parroquiano como usted,
_de la aristocracia_, no se le niega el hospedaje porque deba, un
suponer, tres noches, cuatro noches... Plántese el buen Frasquito, con
cien mil pares, y verá cómo la Bernarda agacha las orejas... Le da usted
sus cuatro reales a cuenta, y... échese a dormir tranquilo en el
camastro».
O no se convencía Ponte, o convencido de lo buena que sería para él la
posesión de la peseta, le repugnaba el acto material de extender la mano
y recibir la limosna. Benina reforzó su argumentación diciéndole: «Y
puesto que es el niño tan vergonzoso, y no se atreve con su patrona, ni
aun dándole a cuenta la _cantidá_, yo le hablaré a Bernarda, yo le diré
que no le riña, ni le apure... Vamos, tome lo que le doy, y no me fría
más la sangre, Sr. D. Frasquito».
Y sin darle tiempo a formular nuevas protestas y negativas, le cogió la
mano, le puso en ella la moneda, cerrole el puño a la fuerza, y se
alejó corriendo. Ponte no hizo ademán de devolverle el dinero, ni de
arrojarlo. Quedose parado y mudo; contempló a la Benina como a visión
que se desvanece en un rayo de luz, y conservando en su mano izquierda
la peseta, con la derecha sacó el pañuelo y se limpió los ojos, que le
lloraban horrorosamente. Lloraba de irritación oftálmica senil, y
también de alegría, de admiración, de gratitud.
Aún tardó Benina más de una hora en llegar a la calle Imperial, porque
antes pasó por la de la Ruda a hacer sus compras. Estas hubieron de ser
al fiado, pues se le había concluido el dinero. Recaló en su casa
después de las dos, hora no intempestiva ciertamente: otros días había
entrado más tarde, sin que la señora por ello se enfadara. Dependía el
ser bien o mal recibida de la racha de humor con que a Doña Paca cogía
en el momento de entrar. Aquella tarde, por desgracia, la pobre señora
rondeña se hallaba en una de sus más violentas crisis de irritabilidad
nerviosa. Su genio tenía erupciones repentinas, a veces determinadas por
cualquier contrariedad insignificante, a veces por misterios del
organismo difíciles de apreciar. Ello es que antes de que Benina
traspasara la puerta, Doña Francisca le echó esta rociada: «¿Te parece
que son éstas horas de venir? Tengo yo que hablar con D. Romualdo, para
que me diga la hora a que sales de su casa... Apuesto a que te
descuelgas ahora con la mentira de que fuiste a ver a la niña, y que has
tenido que darle de comer... ¿Piensas que soy idiota, y que doy crédito
a tus embustes? Cállate la boca... No te pido explicaciones, ni las
necesito, ni las creo; ya sabes que no creo nada de lo que me dices,
embustera, enredadora».
Conocedora del carácter de la señora, Benina sabía que el peor sistema
contra sus arrebatos de furor era contradecirla, darle explicaciones,
sincerarse y defenderse. Doña Paca no admitía razonamientos, por
juiciosos que fuesen. Cuanto más lógicas y justas eran las aclaraciones
del contrario, más se enfurruñaba ella. No pocas veces Benina, inocente,
tuvo que declararse culpable de las faltas que la señora le imputaba,
porque, haciéndolo así, se calmaba más pronto.
«¿Ves cómo tengo razón?--proseguía la señora, que cuando se ponía en tal
estado, era de lo más insoportable que imaginarse puede--. Te callas...
quien calla, otorga. Luego es cierto lo que yo digo; yo siempre estoy al
tanto... Resulta lo que pensé: que no has subido a casa de Obdulia, ni
ese es el camino. Sabe Dios dónde habrás estado de pingo. Pero no te dé
cuidado, que yo lo averiguaré... ¡Tenerme aquí sola, muerta de
hambre!... ¡Vaya una mañana que me has hecho pasar! He perdido la cuenta
de los que han venido a cobrar piquillos de las tiendas, cantidades que
no se han pagado ya por tu desarreglo... Porque la verdad, yo no sé
dónde echas tú el dinero... Responde, mujer... defiéndete siquiera, que
si a todo das la callada por respuesta, me parecerá que aún te digo
poco».
Benina repitió con humildad lo dicho anteriormente: que había concluido
tarde en casa de D. Romualdo; que D. Carlos Trujillo la entretuvo la mar
de tiempo; que había ido después a la calle de la Cabeza...
«Sabe Dios, sabe Dios lo que habrás hecho tú, correntona, y en qué
sitios habrás estado... A ver, a ver si hueles a vino».
Oliéndole el aliento, rompió en exclamaciones de asco y horror: «Quita,
quítate allá, borracha. Apestas a aguardiente.
--No lo he catado, señora; me lo puede creer».
Insistía Doña Paca, que en aquellas crisis convertía en realidades sus
sospechas, y con su terquedad forjaba su convicción.
«Me lo puede creer--repitió Benina--. No he tomado más que un vasito de
vino con que me obsequió el Sr. de Ponte.
--Ya me está dando a mí mala espina ese señor de Ponte, que es un viejo
verde muy zorro y muy tuno. Tal para cual, pues también tú las matas
callando... No pienses que me engañas, hipócrita... Al cabo de la vejez,
te da por la disolución, y andas de picos pardos. ¡Qué cosas se ven,
Señor, y a qué desarreglos arrastra el maldito vicio!... Te callas:
luego es cierto. No; si aunque lo negaras no me convencerías, porque
cuando yo digo una cosa, es porque la sé... Tengo yo un ojo...».
Sin dar tiempo a que la delincuente se explicara, salió por este otro
registro:
«¿Y qué me cuentas, mujer? ¿Qué recibimiento te hizo mi pariente D.
Carlos? ¿Qué tal? ¿Está bueno? ¿No revienta todavía? No necesitas
decirme nada, porque, como si hubiera estado yo escondidita detrás de
una cortina, sé todo lo que hablasteis... ¿A que no me equivoco? Pues te
dijo que lo que a mí me pasa es por mi maldita costumbre de no llevar
cuentas. No hay quien le apee de esa necedad. Cada loco con su tema; la
locura de mi pariente es arreglarlo todo con números... Con ellos se ha
enriquecido, robando a la Hacienda y a los parroquianos; con ellos
quiere al fin de la vida salvar su alma, y a los pobres nos recomienda
la medicina de los números, que a él no le salva ni a nosotros nos sirve
para nada. ¿Con que acierto? ¿Fue esto lo que te dijo?
--Sí, señora. Parece que lo estaba usted oyendo.
--Y después de machacar con esa monserga del Debe y Haber, te habrá dado
una limosna para mí... Ignora que mi dignidad se subleva al recibirla.
Le estoy viendo abrir las gavetas como quien quiere y no quiere, coger
el taleguito en que tiene los billetes, ocultándolo para que no lo
vieras tú; le veo sobar el saquito, guardarlo cuidadosamente; le veo
echar la llave... Y el muy cochino se descuelga con una porquería. No
puedo precisar la cantidad que te habrá dado para mí, porque es tan
difícil anticiparse a los cálculos de la avaricia; pero desde luego te
aseguro, sin temor de equivocarme, que no ha llegado a los cuarenta
duros».
La cara que puso Benina al oír esto no puede describirse. La señora, que
atentamente la observaba, palideció, y dijo después de breve pausa:
«Es verdad: me he corrido mucho. Cuarenta, no; pero, aun con lo cicatero
y mezquino que es el hombre, no habrá bajado de los veinticinco duros.
Menos que eso no lo admito, Nina; no puedo admitirlo.
--Señora, usted está delirando--replicó la otra, plantándose con firmeza
en la realidad--. El Sr. D. Carlos no me ha dado nada, lo que se llama
nada. Para el mes que viene empezará a darle a usted una _paga_ de dos
duros mensuales.
--Embustera, trapalona... ¿Crees que me embaucas a mí con tus enredos?
Vaya, vaya, no quiero incomodarme... Me tiene peor cuenta, y no estoy yo
para coger berrinches... Comprendido, Nina, comprendido. Allá te
entenderás con tu conciencia. Yo me lavo las manos, y dejo a Dios que te
dé tu merecido.
--¿Qué, señora?
--Hazte ahora la simple y la gatita Marirramos. ¿Pero no ves que yo te
calo al instante y adivino tus _infundios_? Vamos, mujer, confiésalo; no
trates de añadir a la infamia el engaño.
--¿Qué, señora?
--Pues que has tenido una mala tentación... Confiésamelo, y te perdono...
¿No quieres declararlo? Pues peor para ti y para tu conciencia, porque
te sacaré los colores a la cara. ¿Quieres verlo? Pues los veinticinco
duros que te dio para mí D. Carlos, se los has dado a ese Frasquito
Ponte para que pague sus deudas, y vaya a comer de fonda, y se compre
corbatas, pomada y un bastoncito nuevo... Ya ves, ya ves, bribonaza,
cómo todo te lo adivino, y conmigo no te valen ocultaciones. Si sé yo
más que tú. Ahora te ha dado por proteger a ese Tenorio fiambre, y le
quieres más que a mí, y a él le atiendes y a mí no, y de él te da
lástima, y a mí, que tanto te quiero, que me parta un rayo».
Rompió a llorar la señora, y Benina que ya sentía ganas de contestar a
tanta impertinencia dándole azotes como a un niño mañoso, al ver las
lágrimas se compadeció. Ya sabía que el llanto era la terminación de la
crisis de cólera, la sedación del acceso, mejor dicho, y cuando tal
sucedía, lo mejor era soltar la risa, llevando la disputa al terreno de
las burlas sabrosas.
«Pues sí, señora Doña Francisca--le dijo abrazándola--. ¿Creía usted que
habiéndome salido ese novio tan hechicero y tan saleroso, le había de
dejar yo en necesidad, sin darle para el pelo?
--No creas que me engatusas con tus bromitas, trapalona,
zalamera...--decía la señora, ya desarmada y vencida--. Yo te aseguro que
no me importa nada lo que has hecho, porque el dinero de Trujillete yo
no lo había de tomar... Preferiría morirme de hambre, a manchar mis
manos con él... Dáselo, dáselo a quien quieras, ingratona, y déjame a mí
en paz; déjame que me muera olvidada de ti y de todo el mundo.
--Ni usted ni yo nos moriremos tan pronto, porque aún hemos de dar mucha
guerra--le dijo la criada, disponiéndose con gran diligencia a darle de
comer.
--Veremos qué porquerías me traes hoy... Enséñame la cesta... Pero, hija,
¿no te da vergüenza de traerle a tu ama estas piltrafas asquerosas?...
¿Y qué más? coliflor... Ya me tienes apestada con tus coliflores, que me
dan flato, y las estoy repitiendo tres días... En fin, ¿a qué estamos en
el mundo más que a padecer? Dame pronto estos comistrajos... ¿Y huevos
no has traído? Ya sabes que no los paso, como no sean bien frescos.
--Comerá usted lo que le den, sin refunfuños, que el poner tantos peros a
la comida que Dios da, es ofenderle y agraviarle.
--Bueno, hija, lo que tú quieras. Comeremos lo que haya, y daremos
gracias a Dios. Pero come tú también, que me da pena verte tan
ajetreada, desviviéndote por los demás, y olvidada de ti misma y del
alivio de tu cuerpo. Siéntate conmigo, y cuéntame lo que has hecho hoy».
A media tarde, comían las dos, sentaditas a la mesa de la cocina. Doña
Paca, suspirando con toda su alma, entre un bocado y otro, expresó en
esta forma las ideas que bullían en su mente:
«Dime, Nina, entre tantas cosas raras, incomprensibles, qué hay en el
mundo, ¿no habría un medio, una forma... no sé cómo decirlo, un
sortilegio por el cual nosotras pudiéramos pasar de la escasez a la
abundancia; por el cual todo eso que en el mundo está de más en tantas
manos avarientas, viniese a las nuestras que nada poseen?
--¿Qué dice la señora? ¿Que si podría suceder que en un abrir y cerrar de
ojos pasáramos de pobres a ricas, y viéramos, un suponer, nuestra casa
llena de dinero, y de cuanto Dios crió?
--Eso quiero decir. Si son verdad los milagros, ¿por qué no _sucede_ uno
para nosotras, que bien merecido nos lo tenemos?
--¿Y quién dice que no _suceda_, que no tengamos
esa _ocurrencia_?--respondió Benina, en cuya mente surgió de improviso,
con poderoso relieve y extraordinaria plasticidad, el conjuro que
Almudena le había enseñado, para pedir y obtener todos los bienes de la
tierra.