La dueña del establecimiento brillaba por su ausencia. Fue recibida
Benina por la _encargada_, y por un hombre llamado Prieto, que
disfrutaba de toda la confianza de aquella, y llevaba la contabilidad
del alquiler diario de camas. No tuvo la anciana más remedio que
esperar, pues aquel par de _congrios_ carecían de facultades para
resolverle el problema que tan atrozmente la inquietaba. Hablando,
hablando, del negocio de dormir (el año iba muy malo, y cada noche
dormía menos gente, y los _micos_ menudeaban), ocurriole a Benina
preguntar por Frasquito Ponte; a lo que respondió Prieto que la noche
anterior se habían visto en el caso de no admitirle porque era deudor ya
de _siete camas_, y no había dado nada a cuenta.
«¡Pobre señor!--dijo Benina--; habrá dormido al raso... Es un dolor... a
sus años... Mejorando lo presente, es más viejo que la Cuesta de la
Vega».
Refirió la encargada que no sabiendo Don Frasquito dónde meterse, había
conseguido ser albergado en la casa del _Comadreja_, calle de Mediodía
Chica, dos pasos de allí. Por más señas, había corrido la noticia de que
estaba enfermo. Al oír esto, olvidósele repentinamente a Benina el
objeto principal que a tal sitio la llevara, y no pensó más que en
averiguar qué había sido del desamparado Frasquito. Tiempo tenía de dar
un salto a la casa del _Comadreja_, y volver a punto que regresase a su
domicilio la Doña Bernarda. Dicho y hecho. Un momento después, entraba
la diligente anciana en la fementida tabernuca que _da la cara_ al
público en el _establecimiento_ citado, y lo primero que allí vio fue la
abominable estampa de Luquitas, el esposo de Obdulia, que con otros
perdidos y dos o tres mujeres zarrapastrosas, jugaba a las cartas en una
sucia mesilla circular, entre copas de Cariñena y Pardillo. En el
momento de entrar Benina, acababan un juego, y antes de echar otra mano,
el hijo de Doña Paca tiró sobre la mesa los asquerosos naipes, que en
mugre competían con las manos de los jugadores; se levantó
tambaleándose, y con media lengua y finura desconcertada, de la que
suelen emplear los borrachos, ofreció a la criada de su suegra un vaso
de vino. «Quite allá, señorito, yo ya he bebido... Se agradece...»--dijo
la anciana, rechazando el vaso.
Pero tan pesado se puso el señorito, y con tal insistencia le coreaban
los demás pidiendo que bebiese _la señora_, que esta tuvo miedo, y tomó
la mitad del contenido del vaso pegajoso. No quería ponerse a mal con
aquella gentuza, por lo que pudiera tronar, y sin perder tiempo ni
meterse en dimes y diretes con el vicioso Luquitas, por el abandono en
que a su mujer tenía, se fue derecha a su objeto: «¿Y no está por aquí
la _Pitusa_?
--Aquí está para servirla--dijo una mujer escuálida, saliendo por estrecha
puertecilla, bien disimulada entre los estantes llenos de botellas y
garrafas que había detrás del mostrador. Como grieta que da paso al
escondrijo de una anguila, así era la puerta, y la mujer el ejemplar más
flaco, desmedrado y escurridizo que pudiera encontrarse en la fauna a
que tales hembras pertenecen. Tan flaco era su rostro, que al verlo de
perfil podría tenérsele por construido de chapa, como las figuras de las
veletas. En su cuello no cabían más costurones, y en una de sus orejas
el agujero del pendiente era tan grande, que por él se podría meter con
toda holgura un dedo. Los dientes mellados y negros, las cejas calvas,
las pestañas pitañosas, los ojos tiernos, de mirada de lince,
completaban su fisonomía. Del cuerpo no he de decir sino que
difícilmente se encontrarían formas más exactamente comparables a las de
un palo de escoba vestido, o, si se quiere, cubierto de trapos de fregar
suelos; de los brazos y manos, que al gesticular parecía que azotaban,
como los tirajos de un zorro que quisiera limpiar el polvo a la cara del
interlocutor; de su habla y acento, que sonaban como si estuviera
haciendo gárgaras, y aunque parezca extraño, diré también, para dar
completa idea de la persona, que de todas estas exterioridades
desapacibles se desprendía un cierto airecillo de afabilidad, un moral
atractivo, por lo que termino asegurando que la _Pitusa_ no era
antipática ni mucho menos.
--«¿Qué trae por acá la _señá_ Benina?--le dijo sacudiéndole de firme en
los dos hombros--. Oí contar que estaba usted en grande, en casa rica...
Ya, ya sacará buenas rebañaduras... ¡Y que no tendrá usted mal
_gato_!...
--Hija, no... De eso hace un siglo. Ahora estamos en baja.
--¿Qué? ¿Le va mal?
--Tirando, tirando. Si sopas, comerlas, y si no, nada... Y el
_Comadreja_, ¿está?
--¿Para qué le quiere, _señá_ Benina?
--Hija, te pregunto por saber de él, si está con salud.
--Se defiende. La herida se le abre cuando menos lo piensa.
--Vaya por Dios... Dime otra cosa...
--Mándeme.
--Quiero saber si has recogido en tu casa a un caballero que le llaman
Frasquito Ponte, y si le tienes aquí todavía, porque me dijeron que
anoche se puso muy malo».
Por toda respuesta, la _Pitusa_ mandó a Benina que la siguiera, y ambas,
agachándose, se escurrieron por el agujero que hacía las veces de puerta
entre los estantillos del mostrador. De la otra parte arrancaba una
escalera estrechísima, por la cual subieron una tras otra.
«Es una persona decente, como quien dice, personaje--añadía Benina,
segura ya de encontrar allí al infortunado caballero.
--De la grandeza. _Vele_ aquí a dónde vienen a parar los _títulos_».
Por un pasillo mal oliente y sucio llegaron a una cocina, donde no se
guisaba. Fogón y vasares servían de depósito de botellas vacías, cajas
deshechas, sillas rotas y montones de trapos. En el suelo, sobre un
jergón mísero, yacía cuan largo era D. Francisco Ponte, en mangas de
camisa, inmóvil, la fisonomía descompuesta. Dos mujeronas, de rodillas a
un lado y otro, la una con un vaso de agua y vino, la otra atizándole
friegas, le hablaban a gritos: «Vuelva en sí... ¿Qué demonios le
pasa?... Eso no es más que maulería. ¿No quiere beber más?».
Benina, de hinojos, se puso también a gritarle, sacudiéndole: «D.
Frasquito de mi alma, ¿qué es eso? Abra los ojos y véame: soy la Nina».
No tardaron las dos tarascas que, entre paréntesis, si apostaran a
repugnantes y feas, no habría quien les ganara; no tardaron, digo, en
dar a la anciana las explicaciones que del suceso pedía. No admitido
Ponte en las alcobas de la Bernarda, arrimose al quicio de la puerta de
la capilla de Irlandeses para pasar la noche. Allí le encontraron ellas,
y se pusieron a darle bromas, a decirle cosas... _amos_... cosas que se
dicen y que no eran para ofenderse. Total: que el pobre vejete mal
pintado se hubo de incomodar, y al correr tras ellas con el palo
levantado para pegarles, pataplum, cayó redondo al suelo. Soltaron ellas
la risa, creyendo que había tropezado; pero al ver que no se movía,
acudieron; llegose también el sereno, le echó a la cara la linterna, y
entonces vieron que tenía un ataque. Húrgale por aquí, húrgale por allá,
y el buen señor como cuerpo difunto. Llamado el _Comadreja_, lo
_desanimó_, y dijo que todo era un _sincopiés_; y como es _caritativo
él_, _buen cristiano él_, y además había estudiado un año de
Veterinaria, mandó que le llevaran a su casa para asistirle y devolverle
el resuello con friegas y sinapismos.
Así se hizo, cargándole entre las dos y otra compañera, pues el enfermo
pesaba como un manojo de cañas, y en casa, a fuerza de pellizcos y
restregones, volvió en sí, y les dio las gracias tan amable. La
_Pitusa_ le hizo unas sopas, que tomó con apetito, dando a cada momento
_las más expresivas gracias_... tan fino, y así estuvo hasta la mañana,
bien apañadito en su jergón. No podían ponerle en un cuarto, porque en
toda la noche apenas los hubo desocupados, y allí, en la cocina vieja,
estaba muy bien, por ser pieza de ventilación.
Lo peor fue que a la mañana, cuando se levantaba para marcharse, le
repitió el ataque, y todo el santo día le daban de hora en hora unos
_sincopieses_ tan tremendos, que se quedaba como cadáver, y costaba Dios
y ayuda volverle en sí. Le habían dejado en mangas de camisa, porque se
quejaba de calor; pero allí estaba la ropa sin que nadie la tocase, ni
le afanaran cosa alguna de lo que tenía en los bolsillos. Había dicho el
_Comadreja_ que si no se recobraba en la noche, daría parte a la
Delegación para que le llevaran al Hospital.
Manifestó Benina a la _Pitusa_ que era un dolor mandar al Hospital a tan
ilustre señorón, y que ella se determinaría a llevarle a su casa, sí...
Hirió la mente de la anciana una atrevida idea, y con la resolución que
era cualidad primaria de su carácter, se apresuró a ponerla en práctica
con toda prontitud. «¿Quieres oírme una palabrita?--dijo a la _Pitusa_,
cogiéndola por el brazo para sacarla de la cocina. Y al extremo del
pasillo, entraron en la única habitación _vividera_ de la casa: una
alcoba con cama camera de hierro, colcha de punto de gancho, espejos
torcidos, láminas de odaliscas, cómoda derrengada, y un San Antonio en
su peana, con flores de trapo y lamparilla de aceite. El diálogo fue
rápido y nervioso:
«¿Qué se le ofrece?
--Pues poca cosa. Que me prestes diez duros.
--_Señá_ Benina, ¿está usted en sus cabales?
--En ellos estoy, Teresa Conejo, como lo estaba cuando te presté los mil
reales, y te salvé de ir a la cárcel... ¿No te acuerdas? Fue el año y el
día del ciclón, que arrancó los árboles del Botánico... Tú habitabas en
la calle del Gobernador; yo en la de San Agustín, donde servía...
--Sí que me acuerdo. Yo la conocí a usted de que comprábamos juntas...
--Te viste en un fuerte compromiso.
--Empezaba yo a rodar por el mundo...
--Y rodando, rodando, caíste en una tentación...
--Y como servía usted en casa grande, yo calculé y dije: 'Pues esta, si
quiere, podrá sacarme'.
--Te llegaste a mí con mucho miedo... lo que pasa... no querías
levantarte el faldón, y que yo te dejara destapada.
--Pero usted me tapó... ¡Cuánto se lo agradecí, Benina!
--Y sin réditos... Luego tú, en cuanto hiciste las paces con el del
almacén de vinos, me pagaste...
--Duro sobre duro.
--Pues bien: ahora soy yo la que se ha caído: necesito doscientos reales,
y tú me los vas a dar.
--¿Cuándo?
--Ahora mismo.
--¡Mecachis... San Dios! ¡Como no se me vuelva dinero la chimenea de los
garbanzos!
--¿No los tienes? ¿Ni tu _Comadreja_ tampoco?
--Estamos como el gallo de Morón... ¿Y para qué quiere los diez duros?
--Para lo que a ti no te importa. Di si me los das o no me los das. Yo te
los pagaré pronto; y si quieres real por duro, no hay _incomeniente_.
--No es eso: es que no tengo ni un cuarto partido por medio. Este ganado
indecente no trae más que miseria.
--¡Válgate Dios! ¿Y...?
--No, no tengo alhajas. Si las tuviera...
--Busca bien, _maestra_.
--Pues bueno. Hay dos sortijas. No son mías: son del _Rey de Bastos_, un
amigo de Rumaldo, que se las dio a guardar, y Rumaldo me las dio a mí.
--Pues...
--Si usted me da su palabra de desempeñarlas dentro de ocho días y
traérmelas, pero palabra formal, ¡San Dios! lléveselas... Darán los diez
por largo, pues una de ellas tiene un brillante que da _la catarata_».
Poco más se habló. Cerraron bien la puerta, para que nadie pudiera
fisgonear desde el pasillo. Si alguien lo hiciera, no habría oído más
que un abrir y cerrar de los cajones de la cómoda, un cuchicheo de
Benina, y roncas gárgaras de la otra.