IX

No se había consolado aún la desventurada señora de la pena que el

desatino de su hija le causara, y se pasaba las horas lamentándose de su

suerte, cuando entró en quintas Antoñito. La pobre señora no sabía si

sentirlo o alegrarse. Triste cosa era verle soldado, con el chopo a

cuestas: al fin era señorito, y se le despegaba la vida de los

cuarteles. Pero también pensaba que la disciplina militar le vendría muy

bien para corregir sus malas mañas. Por fortuna o por desgracia del

joven, sacó un número muy alto, y quedó de reserva. Pasado algún tiempo,

y después de una ausencia de cuatro días, presentose a su madre y le

dijo que se casaba, que quería casarse, y que si no le daba su

consentimiento él se lo tomaría.

«Hijo mío, sí, sí--dijo la madre prorrumpiendo en llanto--. Vete con Dios,

y solitas Benina y yo, viviremos con alguna tranquilidad. Puesto que has

encontrado quien cargue contigo, y tienes ya quien te cuide y te

aguante, allá te las hayas. Yo no puedo más».

A la pregunta de cajón sobre el nombre, linaje y condiciones de la

novia, replicó el silbante que la conceptuaba muy rica, y tan buena que

no había más que pedir. Pronto se supo que era hija de una sastra, que

pespuntaba con primor, y que no tenía más dote que su dedal.

«Bien, niño, bien--le dijo una tarde Doña Paca--. Me he lucido con mis

hijos. Al menos Obdulia, viviendo entre ataúdes, tiene sobre qué caerse

muerta... Pero tú, ¿de qué vas a vivir? ¿Del dedal y las puntadas de ese

prodigio? Verdad que como eres tan trabajador y tan económico,

aumentarás las ganancias de ella con tu arreglo. ¡Dios mío, qué

maldición ha caído sobre mí y sobre los míos! Que me muera pronto para

no ver los horrores que han de sobrevenir».

Debe notarse, la verdad ante todo, que desde que empezó el noviazgo de

Antoñito con la hija de la sastra, se fue corrigiendo de sus mañas

rapaces, hasta que se le vio completamente curado de ellas. Su carácter

sufrió un cambio radical: mostrándose afectuoso con su madre y con

Benina, resignábase a no tener más dinero que el poquísimo que le daban,

y hasta en su lenguaje se conocía el trato de personas más honradas y

decentes que las de antaño. Esto fue parte a que Doña Paca le concediera

el consentimiento, sin conocer a la novia ni mostrar ganas de conocerla.

Charlando con su señora de estas cosas, Benina aventuró la idea de que

tal vez por aquel torcido sendero de la boda del mequetrefe, vendría la

suerte a la casa, pues la suerte, ya se sabe, no viene nunca por donde

lógicamente se la espera, sino por curvas y vericuetos increíbles. No se

daba por convencida Doña Paca, que sintiéndose minada de una melancolía

corrosiva, no veía ya en la existencia ningún horizonte que no fuera

ceñudo y tempestuoso. Con hallarse ya las dos mujeres, por la colocación

de los hijos, en mejores condiciones de reposo y de vida, no se avenían

con su soledad, y echaban de menos a _la familia menuda_; cosa en verdad

muy natural, porque es ley que los mayores conserven el afecto a la

descendencia, aunque esta les martirice, les maltrate y les deshonre.

A poco de celebrarse las dos bodas, trasladose Doña Paca de la calle del

Almendro a la Imperial, buscando siempre baraturas, que al fin y al cabo

no le resolvían el problema de vivir sin recursos. Estos se habían

reducido a cero, porque el resto disponible de la pensión apenas bastaba

para tapar la boca a los acreedores menudos. Casi todos los días del mes

se pasaban en angustiosos arbitrios para reunir cuartos, cosa en extremo

difícil ya, porque no había en la casa objetos de valor. El crédito en

tiendas o en cajones de la plazuela, habíase agotado. De los hijos nada

podía esperarse, y bastante hacían los pobres con asegurar malamente su

propia subsistencia. La situación era, pues, desesperada, de naufragio

irremediable, flotando los cuerpos entre las bravas olas, sin tabla o

madero a que poder agarrarse. Por aquellos días, hizo la Benina

prodigiosas combinaciones para vencer las dificultades, y dar de comer a

su ama gastando inverosímiles cantidades metálicas. Como tenía

conocimiento en las plazuelas, por haber sido en tiempos mejores

excelente parroquiana, no le era difícil adquirir comestibles a precio

ínfimo, y gratuitamente huesos para el caldo, trozos de lombardas o

repollos averiados, y otras menudencias. En los comercios para pobres,

que ocupan casi toda la calle de la Ruda, también tenía buenas amistades

y relaciones, y con poquísimo dinero, o sin ninguno a veces, tomando al

fiado, adquiría huevos chicos, rotos y viejos, puñados de garbanzos o

lentejas, azúcar morena de restos de almacén, y diversas porquerías que

presentaba a la señora como artículo de mediana clase.

Por ironía de su destino, Doña Paca, afligida de diversas enfermedades,

conservaba su buen apetito y el gusto de los manjares selectos; gusto y

apetito que en cierto modo venían a ser también enfermedad, en aquel

caso de las más rebeldes, porque en las farmacias, llamadas tiendas de

comestibles, no despachan sin dinero. Con esfuerzos sobrehumanos,

empleando la actividad corpórea, la atención intensa y la inteligente

travesura, Benina le daba de comer lo mejor posible, a veces muy bien,

con delicadezas refinadas. Un profundo sentimiento de caridad la movía,

y además el ardiente cariño que a la triste señora profesaba, como para

compensarla, a su manera, de tantas desdichas y amarguras. Conformábase

ella con chupar algunos huesos y catar desperdicios, siempre y cuando

Doña Paca quedase satisfecha. Pero no por caritativa y cariñosa perdía

sus mañas instintivas; siempre ocultaba a su señora una parte del

dinero, trabajosamente reunido, y la guardaba para formar nuevo fondo y

capital nuevo.

Al año del casorio, los hijos, que habían entrado en la vida matrimonial

con regular desahogo, empezaron a recibir golpes de la suerte, como si

heredaran la maldición recaída sobre la pobre madre. Obdulia, que no

pudo habituarse a vivir entre cajas de muerto, enfermó de hipocondría;

malparió; sus nervios se desataron; la pobreza y las negligencias de su

marido, que de ella no se cuidaba, agravaron sus males constitutivos.

Mezquinamente socorrida por sus suegros, vivía en un sotabanco de la

calle de la Cabeza, mal abrigada y peor comida, indiferente a su esposo,

consumiéndose en letal ociosidad, que fomentaba los desvaríos de su

imaginación.

En cambio, Antoñito se había hecho hombre formal después de casado, tal

vez por obra y gracia de la virtud, buen juicio y laboriosidad de su

mujer, que salió verdadera alhaja. Pero todos estos méritos, que habían

producido el milagro de la redención moral de Antonio Zapata, no

bastaban a defenderle de la pobreza. Vivía el matrimonio en un cuartito

de la calle de San Carlos, que parecía el interior de una bombonera, y

apenas se entraba en él se veía en todo una mano hacendosa. Para mayor

dicha, el que en otro tiempo perteneció a la clase de los llamados

_golfos_, adquiría el hábito y el gusto del trabajo productivo, y no

habiendo cosa mejor en que ocuparse, se había hecho corredor de

anuncios. Todo el santo día le teníais como un azacán, de comercio en

comercio, de periódico en periódico, y aunque de sus comisiones había

que descontar el considerable gasto de calzado, siempre le quedaba para

ayuda del cocido, y para aliviar a la Juliana de su enorme tarea en la

_Singer_. Y que la moza no se andaba en chiquitas: su fecundidad no era

inferior a su disposición casera, porque en el primer parto se trajo dos

gemelos. No hubo más remedio que poner ama, y una boca más en la casa

obligó a duplicar los movimientos de la _Singer_ y las correrías de

Antoñito por las calles de Madrid. Antes de la venida de los gemelos, el

_ex-golfo_ solía sorprender a su madre con esplendideces y rasgos de

amor filial, que eran las únicas alegrías saboreadas por la infeliz

señora en mucho tiempo: le llevaba una peseta, dos pesetas, a veces

medio duro, y Doña Paca lo agradecía más que si sus parientes de Ronda

le regalaran un cortijo. Pero desde que se posesionaron de la casa los

mellizos, ávidos de vida y de leche, que había que formar con buenos

alimentos, el dichoso y asendereado padre no pudo obsequiar a la

abuelita con los sobrantes de su ganancia, porque no los tenía. Más que

para dar estaba para que le dieran.

Al contrario de este matrimonio, el de los _funerarios_, Luquitas y

Obdulia, iba mal, porque el esposo se distraía de sus obligaciones

domésticas y de su trabajo; frecuentaba demasiado el café, y quizás

lugares menos honestos, por lo cual se le privó de la cobranza de

facturas de servicios mortuorios. Obdulia no tenía ni asomos de

arreglo; pronto se vio agobiada de deudas; cada lunes y cada martes

enviaba recaditos a su madre con la portera, pidiéndole cuartos, que

Doña Paca no podía darle. Todo esto era ocasión de nuevos afanes y

cavilaciones para Benina, que amaba entrañablemente a la señorita de la

casa, y no podía verla con hambre y necesidad, sin tratar al instante de

socorrerla según sus medios. No sólo tenía que atender a su casa, sino a

la de Obdulia, cuidando de que lo más preciso no faltase en ella. ¡Qué

vida, qué fatigas horrorosas, qué pugilato con el destino, en las

sombras tétricas de la miseria vergonzante, que tiene que guardar el

crédito, mirar por el decoro! La situación llegó a ser un día tan

extremadamente angustiosa, que la heroica anciana, cansada de mirar a

cielo y tierra por si inopinadamente caía algún socorro, perdido el

crédito en las tiendas, cerrados todos los caminos, no vio más arbitrio

para continuar la lucha que poner su cara en vergüenza saliendo a pedir

limosna. Hízolo una mañana, creyendo que lo haría por única vez, y

siguió luego todos los días, pues la fiera necesidad le impuso el triste

oficio mendicante, privándola en absoluto de todo otro medio de atender

a los suyos. Llegó por sus pasos contados, y no podía menos de llegar y

permanecer allí hasta la muerte, por ley social, económica, si es que

así se dice. Mas no queriendo que su señora se enterase de tanta

desventura, armó el enredo de que le había salido una buena _proporción_

de asistenta, en casa de un señor eclesiástico, alcarreño, tan piadoso

como adinerado. Con su presteza imaginativa bautizó al fingido

personaje, dándole, para engañar mejor a la señora, el nombre de D.

Romualdo. Todo se lo creyó Doña Paca, que rezaba algunos Padrenuestros

para que Dios aumentase la piedad y las rentas del buen sacerdote, por

quien Benina tenía algo que traer a casa. Deseaba conocerle, y por las

noches, engañando las dos su tristeza con charlas y cuentos, le pedía

noticias de él y de sus sobrinas y hermanas, de cómo estaba puesta la

casa, y del gasto que hacían; a lo que contestaba Benina con detalladas

referencias y pormenores, simulacro perfecto de la verdad.

X

Pues señor, atando ahora el cabo de esta narración, sigo diciendo que

aquel día comió la señora con buen apetito, y mientras tomaba los

alimentos adquiridos con el duro del ciego Almudena, digería fácilmente

los piadosos engaños que su criada y compañera le iba metiendo en el

cuerpo. Había llegado a tener Doña Paca tal confianza en la disposición

de Benina, que apenas se inquietaba ya por las dificultades del mañana,

segura de que la otra las había de vencer con su diligencia y

conocimiento del mundo, valiéndole de mucho la protección del bendito D.

Romualdo. Ama y criada comieron juntas, y de sobremesa Doña Paca le

decía: «No debes escatimar el tiempo a esos señores; y aunque tu

obligación es servirles no más que hasta las doce, si algún día quieren

que te estés allí por la tarde, estate, mujer, que ya me entenderé yo

aquí como pueda.

--Eso no--respondió Benina--, que tiempo hay para todo, y yo no puedo

faltar de aquí. Ellos son gente buena, y se hacen cargo...

--Bien se les conoce. Yo le pido al Señor que les premie el buen trato

que te dan, y mi mayor alegría hoy sería saber que a D. Romualdo me le

hacían obispo.

--Pues ya suena el run run de que van a proponerle; sí, señora, obispo de

no sé qué punto, allá en las islas de Filipinas.

--¿Tan lejos? No, eso no. Por acá tienen que dejarle para que haga mucho

bien.

--Lo mismo piensa la Patros, ¿sabe? la mayor de las sobrinas.

--¿Esa que me has dicho tiene el pelo entrecano y bizca un poco?

--No; esa es la otra.

--Ya, ya... Patros es la que tartamudea, y padece de temblores.

--Esa. Pues dice que a dónde van ellas por esos mares de tan lejos... No,

no; más vale simple cura por aquí, que arzobispo allá, donde, según

dicen, son las doce del día cuando aquí tenemos las doce de la noche.

--En los antípodas.

--Pero la hermana, Doña Josefa, dice que venga la mitra, y sea donde Dios

quisiere, que ella no teme ir al fin del mundo, con tal de ver al

reverendísimo en el puesto que le corresponde.

--Puede que tenga razón. ¿Y qué hemos de hacer nosotras más que

conformarnos con la voluntad del Señor, si nos llevan tan lejos al que,

amparándote a ti, a mí también me ampara? Ya sabe Dios lo que hace, y

hasta podría suceder que lo que creemos un mal fuera un bien, y que el

buen D. Romualdo, al marcharse, nos dejara bien recomendadas a un obispo

de acá, o al propio Nuncio...

--Yo creo que sí. En fin, allá veremos».

No pasó de aquí la conversación referente al imaginario sacerdote, a

quien Doña Paca conocía ya como si le hubiera visto y tratado,

forjándose en su mente un tipo real con los elementos descriptivos y

pintorescos que Benina un día y otro le daba. Pero lo demás que

picotearon se queda en el tintero para dar lugar a cosas de mayor

importancia.

«Cuéntame, mujer. Y Obdulia ¿qué dice?

--Pues nada. ¿Qué ha de decir la pobre? El pillo de Luquitas no parece

por allí hace dos días. Asegura la niña que tiene dinero, que cobró de

un _embalsamado_, y se lo gasta con unas pendangas de la calle del

Bonetillo.

--¡Jesús me valga! Y su padre, ¿qué hace?

--Reprenderle, castigarle, si le coge a mano. Lo que es a ese no le

enderezan ya. A la niña le mandan comida de casa de los padres; pero tan

tasada, que no le llega al colmillo. Se moriría de hambre si no le

llevara yo lo que le llevo. ¡Pobre ángel! Pues verá usted: estos días me

la he encontrado contenta. Ya sabe usted que la niña es así. Cuando hay

más motivos para que esté alegre, se pone a llorar; cuando debiera estar

triste, se pone como unas castañuelas. Sólo Dios entiende aquella

zampoña y la manera de templarla. Pues la he visto contenta, sí señora,

y es porque da en figurarse cosas buenas. Más vale así. Es de las que se

creen todo lo que fabrican ellas mismas en su cabeza. De este modo, son

felices cuando debieran ser desgraciadas.

--Pues si le da por lo contrario, ayúdame tú a sentir... ¿Y estaba sola,

enteramente sola con la chica?

--No, señora: allí estaba ese caballero tan fino que la acompaña algunas

mañanas; ese que es de la familia de los Delgados, paisanos de usted.

--Ya... Frasquito Ponte. Figúrate si lo conoceré. Es de mi tierra, o de

Algeciras, que viene a ser lo mismo. Ha sido elegantón y se empeña en

serlo todavía... porque te advierto que es más viejo que un palmar...

Buena persona, caballero de principios, y que sabe tratar con damas, de

estos que no se estilan ya, pues ahora todo es grosería y mala

educación. Viene a ser Ponte cuñado de unas primas de mi esposo, porque

su hermana casó con... en fin, ya no me acuerdo del parentesco. Me

alegro de que trate a mi hija, pues a esta le convienen relaciones de

sujetos dignos, decentes y de buena posición.

--Pues la posición del tal D. Frasquito me parece a mí que es como la del

que está montado al aire, lo mismo que los brillantes.

--En mis tiempos era un solterón que se daba buena vida. Tenía un buen

empleo, comía en casas grandes, y se pasaba las noches en el Casino.

--Pues debe de estar ahora más pobre que una rata, porque las noches se

las pasa...

--¿Dónde?

--En los palacios encantados de la _señá_ Bernarda, calle de Mediodía

Grande... la casa de dormir, ¿sabe?

--¿Qué me cuentas?

--Ese Ponte duerme allí cuando tiene los tres reales que cuesta la cama,

en el dormitorio de primera.

--Tú estás trastornada, Benina.

--Le he visto, señora. La Bernarda es amiga mía. Fue la que nos prestó

los ocho duros aquellos, ¿sabe? cuando la señora tuvo que sacar cédula

con recargo, y pagar un poder para mandarlo a Ronda.

--Ya... la que venía todos los días a reclamar la deuda y nos freía la

sangre.

--La misma. Pues con todo, es buena mujer. No nos hubiera reclamado _por

justicia_, aunque nos amenazaba. Otras son peores. Sepa usted que está

rica, y con las seis casas de dormir que tiene, no le baja de cuarenta

mil duros lo que ha ganado, sí señora, y todo ello lo ha puesto en el

Banco, y vive del interés.

--¡Qué cosas se ven! Bueno está el mundo... Pues volviendo al _caballero

Ponte_, que así le llamaban en Andalucía, si es tan pobre como dices,

dará lástima verle... Y más vale así, porque la reputación de la niña

podría sufrir algo, si en vez de ser el tal una ruina, un pobre mendigo

de levita, fuera un galán de posibles, aunque viejo.

--Yo creo--dijo Benina riendo, pues su condición jovial se mostraba en

cuantito que los afanes de la vida le daban un respiro--, que va allá...

para que le embalsamen... Buena falta le hace. Y que se den prisa, antes

que esté _corruto_».

Doña Paca se rió un poco con aquellas ocurrencias, y después pidió

informes de la otra familia.

«Al niño no le he visto ni hoy ni ayer--respondió Benina--; pero me ha

dicho la Juliana que anda corriendo ahora como las mismas exhalaciones,

porque, con esto del trancazo, le han salido muchos anunciantes de

medicinas. Piensa ganar mucho dinero y _echar_ él un periódico, todo de

cosas de tienda, poniendo, un suponer, dónde venden este artículo o el

otro artículo. Los dos mellizos parecen dos rollos de manteca; pero

buenos cocidos y buenos guisados les cuestan, que el ama se sabe cuándo

empieza a comer, pero no cuándo acaba. La Juliana me dijo que probaremos

algo de la _matanza_ que le ha de mandar su tío el día del santo, y

además dos cortes de botinas, de las echadas a perder en la zapatería

para donde ella pespunta.

--Es buena esa chica--dijo con gravedad Doña Paca--, aunque tan ordinaria,

que no empareja ni emparejará nunca conmigo. Sus regalos me ofenden,

pero se los agradezco por la buena voluntad... En fin, es hora de que

nos acostemos. Pues ya me parece que va medio hecha la digestión,

prepárame la medicina para dentro de media hora. Esta noche me siento

más cargada de las piernas, y con la vista muy perdida. ¡Santo Dios, si

me quedaré ciega! Yo no sé qué es esto. Como bien, gracias a Dios, y la

vista se me va de día en día, sin que me duelan los ojos. Ya no paso las

noches en vela, gracias a ti, que todo lo discurres por mí, y al

despertar, veo las cosas borradas y las piernas se me hacen de algodón.

Yo digo: ¿qué tiene que ver el reúma con la visual? Me mandan que pasee.

¿Pero a dónde voy yo con esta facha, sin ropa decente, temiendo

tropezarme a cada paso con personas que me conocieron en otra posición,

o con esos tipos ordinarios y soeces a quien se debe alguna cantidad?».

Acordose al oír esto Benina de lo más importante que tenía que decir a

su señora aquella noche, y no queriendo dejarlo para última hora, por

temor a que se desvelara, antes de que salieran de la cocina, y mientras

una y otra recogían las escasas piezas de loza para fregarlas, no

desdeñándose Doña Francisca de este bajo servicio, le dijo en el tono

más natural que usar sabía:

«¡Ah! ya no me acordaba... ¡qué cabeza tengo! Hoy me encontré al Sr. D.

Carlos Moreno Trujillo».

Quedose Doña Paca suspensa, y poco faltó para que se le cayera de las

manos el plato que estaba lavando.

«D. Carlos... Pero ¿has dicho D. Carlos? Y qué... ¿te habló, te preguntó

por mí?

--Naturalmente, y con un interés que...

--¿Es de veras? A buenas horas se acuerda de mí ese avaro, que me ha

visto caer en la miseria, a mí, a la cuñada de su mujer... pues Purita y

mi Antonio eran hermanos, ya sabes... y no ha sido para tenderme una

mano...

--El año pasado, tal día como hoy, cuando se quedó viudo, mandó a la

señora un socorrito.

--¡Seis duros! ¡Qué vergüenza!--exclamó Doña Paca, dando vueltas a su

indignación y a la inquina y despecho acumulados en su alma durante

tantos años de oprobio y escasez--. La cara se me pone como fuego al

decirlo. ¡Seis duros! y unos pingajos de Purita, guantes sucios, faldas

rotas, y un traje de sociedad, antiquísimo, de cuando se casó la

Reina... ¿Para qué me sirvieron aquellas porquerías?... En fin, sigue

contando: le encontraste, ¿a qué hora, en qué sitio?

--Serían las doce y media. Él salía de San Sebastián...

--Ya sé que se pasa toda la mañana de iglesia en iglesia, royendo peanas.

¿Dices que a las doce y media? ¡Pues si a esa hora estabas tú sirviendo

el almuerzo a D. Romualdo!».

No era Benina mujer que se acobardaba por esta cogida. Su mente, fecunda

para el embuste, y su memoria felicísima para ordenar las mentiras que

antes había dicho y hacerlas valer en apoyo de la mentira nueva, la

sacaron del apuro.

«¿Pero no dije a usted que cuando ya habían puesto la mesa, faltaba una

ensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y corriendo a la plaza

del Ángel, esquina a Espoz y Mina?

--Si me lo dijiste, no me acuerdo. ¿Pero cómo dejabas la cocina momentos

antes de servir el almuerzo?

--Porque la zagala que tenemos no sabe las calles, y además, no entiende

de compras. Hubiera tardado un siglo, y de fijo nos trae una jofaina en

vez de una ensaladera... Yo fui volando, mientras la Patros se quedaba

en la cocina... que lo entiende, crea usted que lo entiende tanto como

yo, o más... En fin, que me encontré al vejestorio de D. Carlos.

--Pero si para ir de la calle de la Greda a Espoz y Mina no tenías que

pasar por San Sebastián, mujer.

--Digo que él salía de San Sebastián. Le vi venir de allá, mirando al

reloj de Canseco. Yo estaba en la tienda. El tendero salió a saludarle.

D. Carlos me vio; hablamos...

--¿Y qué te dijo? Cuéntame qué te dijo.

--¡Ah!... Me dijo, me dijo... Preguntome por la señora y por los niños.

--¡Qué le importarán a ese corazón de piedra la madre ni los hijos! ¡Un

hombre que tiene en Madrid treinta y cuatro casas, según dicen, tantas

como la edad de Cristo y una más; un hombre que ha ganado dinerales

haciendo contrabando de géneros, untando a los de la Aduana y engañando

a medio mundo, venirse ahora con cariñitos! A buenas horas, mangas

verdes... Le dirías que le desprecio, que estoy por demás orgullosa con

mi miseria, si miseria es una barrera entre él y yo... Porque ese no se

acerca a los pobres sino con su cuenta y razón. Cree que repartiendo

limosnas de ochavo, y proporcionándose por poco precio las oraciones de

los humildes, podrá engañar al de arriba y estafar la gloria eterna, o

colarse en el cielo de contrabando, haciéndose pasar por lo que no es,

como introducía el hilo de Escocia declarándolo percal de a real y medio

la vara, con marchamos falsos, facturas falsas, certificados de origen

falsos también... ¿Le has dicho eso? Di, ¿se lo has dicho?

Misericordia · 第 10 / 43 题