XI

--No le he dicho eso, señora, ni había para qué--replicó Benina, viendo

que Doña Francisca se excitaba demasiado, y que toda la sangre al rostro

se le subía.

--Pero tú no recordarás lo que hicieron conmigo él y su mujer, que

también era _Alejandro en puño_. Pues cuando empezaron mis desastres, se

aprovechaban de mis apuros para hacer su negocio. En vez de ayudarme,

tiraban de la cuerda para estrangularme más pronto. Me veían devorada

por la usura, y no eran para ofrecerme un préstamo en buenas

condiciones. Ellos pudieron salvarme y me dejaron perecer. Y cuando me

veía yo obligada a vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazo

de pan, la sillería dorada de la sala y los cortinones de seda...

Estaban al acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de un

embargo, claro... se presentaban como salvadores... ¿Qué me dieron por

el San Nicolás de Tolentino, de escuela sevillana, que era la joya de la

casa de mi esposo, un cuadro que él estimaba más que su propia vida?

¿Qué me dieron? ¡Veinticuatro duros, Benina de mi alma, veinticuatro

duros! Como que me cogieron en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedad

y de susto, no sabía lo que me hacía. Pues un señor del Museo me dijo

después que el cuadro no valía menos de diez mil reales... ¡Ya ves qué

gente! No sólo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que ni

por el forro conocían la delicadeza. De todo lo que recibíamos de Ronda,

peros, piñonate y alfajores, le mandábamos a Pura una buena parte. Pues

ellos cumplían con una bandejita de dulces el día de San Antonio, y

alguna cursilería de bazar en mi cumpleaños. D. Carlos era tan gorrón,

que casi todos los días se dejaba caer en casa a la hora a que tomábamos

café... ¡y cómo se relamía! Ya sabes que el de su casa no era más que

agua de fregar. Y si íbamos al teatro juntos, convidados a mi palco,

siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las entradas... De la

grosería con que utilizaban a todas horas nuestro coche, nada te digo.

Ya recordarás que el mismo día en que ajustamos la venta de la sillería,

se estuvieron paseando en él todita la tarde, dándose un pisto

estrepitoso en la Castellana y Retiro».

No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas,

porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar que

le diese todas las vueltas. Hasta que no puso la señora el punto,

sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a decirle: «Pues D. Carlos

me mandó que fuera a su casa mañana.

--¿Para qué?

--Para hablar conmigo...

--Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna... Justamente: hoy es el

aniversario de la muerte de Pura... Se saldrá con alguna porquería.

--¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque...

--¿Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un par

de duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ángeles, tocando

violines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que tú, rechazaría la

limosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos un

poquito de dignidad, Nina.

--No nos conviene. Podría incomodarse y decir, un suponer, que es usted

orgullosa y qué sé yo qué.

--Que lo diga. ¿Y a quién se lo va a decir?

--Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los días le oye la

misa, y después echan un parrafito en la sacristía.

--Pues haz lo que quieras. Y por lo que pueda sobrevenir, cuéntale a D.

Romualdo quién es D. Carlos, y hazle ver que sus devociones de última

hora no son de recibo. En fin, yo sé que no has de dejarme mal, y ya me

contarás mañana lo que saques de la visita, que será lo que el negro del

sermón».

Algo más hablaron. Benina procuraba extinguir y enfriar la conversación,

evitando las réplicas y dando a estas tono conciliador. Pero la señora

tardó en dormirse, y la criada también, pasándose parte de la noche en

la preparación mental de sus planes estratégicos para el día siguiente,

que sería, sin duda, muy dificultoso, si no tenía la suerte de que D.

Carlos le pusiera en la mano una buena porrada de duros... que bien

podría ser.

A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto más ni minuto

menos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, y

una criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos los

muebles igualitos en color y hechura. Mesa de ministro ocupaba el

centro, y en ella había muchos libros y fajos de papeles. Los libros no

eran _de leer_, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pared

del centro ostentaba el retrato de Doña Pura, cubierto con una gasa

negra, en marco que parecía de oro puro. Otros retratos de fotografía,

que debían de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos,

veíanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, y

pegadas a él, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendían multitud

de coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengas

cintas negras con letras de oro. Eran las coronas que había llevado la

señora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porque

no se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea,

nunca encendida, había un reloj de bronce con figuras, que no andaba, y

no lejos de allí un almanaque americano, en la fecha del día anterior.

Al medio minuto de espera entró D. Carlos, arrastrando los pies, con

gorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de _andar por

casa_, bastante más vieja que la que usaba para salir. El uso continuo

de esta prenda, aun más allá del 40 de Mayo, se explica por su

aborrecimiento de estufas y braseros que, según él, son la causa de

tanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traía

cuellos y puños limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin duda

respondían a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pañuelo

de cuadros se limpiaba la continua destilación de ojos y narices;

después se sonó con estrépito dos o tres veces, y viendo a Benina en

pie, la mandó sentar con un gesto, y él ocupó gravemente su sitio en el

sillón, compañero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado,

al modo de sitial de coro. Benina descansó en el filo de una silla, como

todo lo demás, de roble con blando asiento de terciopelo verde.

«Pues la he llamado a usted para decirle...».

Pausa. La cabeza de D. Carlos hallábase afectada de un crónico temblor

nervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegación. Este

_tic_ se acentuaba o era casi imperceptible, según los grados de

excitación del individuo.

«Para decirle...».

Otra pausa, motivada por un golpe de destilación. D. Carlos se limpió

los ojos ribeteados de rojo, y se frotó la recortada barba, la cual no

tenía más razón de ser que la pereza de afeitarse. Desde la muerte de su

esposa, el buen señor, que sólo por ella y para ella se rapaba la cara,

quiso añadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro,

dejándolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros y

amarillos.

«Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y el

encontrarse ahora en condición tan baja, es por no haber querido llevar

cuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en la

mendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, los

ricos...

--Paran en pobres, sí, señor,--dijo humildemente Benina, que, aunque ya

sabía todo aquello, quiso recibir la máxima como si fuera descubrimiento

reciente de D. Carlos.

--Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decíamos mi

señora y yo: «Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en la

miseria», y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntara

sus gastos y sus ingresos. ¿Hacer ella un número? Antes la mataran. Y el

que no hace números, está perdido. ¡Con decirle a usted que no supo

jamás lo que debía, ni en qué fecha vencían los pagarés!

--Verdad, señor, mucha verdad--dijo Benina suspirando, en expectativa de

lo que D. Carlos le daría después de aquel sermón.

--Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para mí y

para mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de mi

querida esposa, es porque llevé siempre con método y claridad los

negocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al día la

contabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todos

los apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso al

Mayor. Vea usted, véalo para que se convenza--añadió marcando más el

temblor negativo--. Lo que yo quisiera es que Francisca pudiera

aprovechar esta lección. Aún no es tarde... Entérese usted».

Y cogió un libro, y después otro, y los fue mostrando a la Benina, que

se acercó para ver tanta maravilla numérica.

«Fíjese usted. Aquí apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada,

ni aun los cinco céntimos de una caja de fósforos; los cuartos del

cartero, todo, todo... En este otro chiquitín, las limosnas que hago y

lo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales,

cuánto. Después lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, día por

día, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Francisca

hubiera hecho balance, no estaría como está.

--Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance,

que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella,

como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un

ángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para

socorrerla.

--Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a

usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de

llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, le

hubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabeza

destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza

destornillada.

--Sí, señor, convengo en ello.

--Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me ha

ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es

este».

Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo

puso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda.

«Vea usted--dijo el buen señor hojeando el libro--: aquí están todos los

días de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del _Debe_; a

otro, la del _Haber_. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos:

carbón, aceite, leña, etc... Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquí

lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?

--Pero si a la señora no le ingresa nada.

--¡Caramelos!--exclamó Trujillo dando una palmada sobre el libro--. Algo

habrá, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumo

alguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo que

usted saca de las limosnas, ¿por qué no ha de anotarse? Vamos a ver,

¿por qué no ha de anotarse?».

Benina le miró entre colérica y compadecida. Pero más pudo la ira que la

lástima, y hubo un momento, un segundo no más, en que le faltó poco para

coger el libro y estampárselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendo

su furor, y para que el monomaníaco de la contabilidad no se lo

conociera, le dijo con forzada sonrisa: «De modo que el señor apunta las

perras que nos da a los pobres de San Sebastián.

--Día por día--replicó el anciano con orgullo, moviendo más la cabeza--. Y

puedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses,

en seis, en un año.

--No, no se moleste, señor--indicó Benina, sintiendo otra vez ganas de

darle un papirotazo--. Llevaré el libro, si usted quiere. La señora se lo

agradece mucho, y yo también. Pero no tenemos pluma ni lápiz para un

remedio.

--Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado de

escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre

o señas de casa para que no se olviden... Tome usted este lápiz, que ya

está afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se la

saca usted con el cuchillo de la cocina».

Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo,

concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamento

del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña Francisca

Juárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a

la llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grande

alegría.

«No hay ni puede haber prosperidad sin administración--afirmó D. Carlos,

abriendo la gaveta y mirando dentro de ella--. Yo quiero que Francisca

administre, y cuando administre...

--Cuando administre, ¿qué?--dijo Benina con el pensamiento--. ¿Qué nos va

usted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así se

te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del

cuerpo para que revientes, zurrón de avaricia.

--Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado... no se

le pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me responde

de que apuntarán todo?

--Sí, señor... no se escapará ni un verbo.

--Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y

rece por ella... ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí?

--Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.

--Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados

que no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza...

¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración».

Al oír _doce duros_, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa.

¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descanso

de muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas,

vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de

la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto,

y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidad

en aquellos días.

«Doce duros--repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra--;

pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: se

los asigno...».

A Benina se le cayeron las alas del corazón.

«Si se los diera, mañana a estas horas no tendría ya ni un céntimo. Le

señalo dos duros al mes, y todos los días 24 puede usted venir a

recogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yo

veré si debo aumentar o no la asignación. Eso depende, fíjese usted, de

que yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hay

orden o sigue el... el caos. Mucho cuidado con el caos.

--Bien, señor--manifestó Benina con humildad, pensando que más cuenta le

tenía conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestiones

con el estrafalario y ruin vejete--. Yo le respondo de que se llevarán

los apuntes con _ministración_, y no se nos escapará ni una hilacha...

¿Con que pasaré los días 24? Nos viene bien para ayuda de la casa. El

Señor se lo aumente, y a la señora difunta téngala en su santo

descanso... por jamás amén».

D. Carlos, después de anotar, gozando mucho en ello, la cantidad

desembolsada, despidió a Benina con un gesto, y mudándose de capa y

encasquetándose el sombrero nuevo, prenda que no salía de la caja sino

en días solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura y

firme pie las devociones de aquel día, que empezaban en Montserrat y

terminaban en la Sacramental de San Justo.

Misericordia · 第 11 / 43 题