--No le he dicho eso, señora, ni había para qué--replicó Benina, viendo
que Doña Francisca se excitaba demasiado, y que toda la sangre al rostro
se le subía.
--Pero tú no recordarás lo que hicieron conmigo él y su mujer, que
también era _Alejandro en puño_. Pues cuando empezaron mis desastres, se
aprovechaban de mis apuros para hacer su negocio. En vez de ayudarme,
tiraban de la cuerda para estrangularme más pronto. Me veían devorada
por la usura, y no eran para ofrecerme un préstamo en buenas
condiciones. Ellos pudieron salvarme y me dejaron perecer. Y cuando me
veía yo obligada a vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazo
de pan, la sillería dorada de la sala y los cortinones de seda...
Estaban al acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de un
embargo, claro... se presentaban como salvadores... ¿Qué me dieron por
el San Nicolás de Tolentino, de escuela sevillana, que era la joya de la
casa de mi esposo, un cuadro que él estimaba más que su propia vida?
¿Qué me dieron? ¡Veinticuatro duros, Benina de mi alma, veinticuatro
duros! Como que me cogieron en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedad
y de susto, no sabía lo que me hacía. Pues un señor del Museo me dijo
después que el cuadro no valía menos de diez mil reales... ¡Ya ves qué
gente! No sólo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que ni
por el forro conocían la delicadeza. De todo lo que recibíamos de Ronda,
peros, piñonate y alfajores, le mandábamos a Pura una buena parte. Pues
ellos cumplían con una bandejita de dulces el día de San Antonio, y
alguna cursilería de bazar en mi cumpleaños. D. Carlos era tan gorrón,
que casi todos los días se dejaba caer en casa a la hora a que tomábamos
café... ¡y cómo se relamía! Ya sabes que el de su casa no era más que
agua de fregar. Y si íbamos al teatro juntos, convidados a mi palco,
siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las entradas... De la
grosería con que utilizaban a todas horas nuestro coche, nada te digo.
Ya recordarás que el mismo día en que ajustamos la venta de la sillería,
se estuvieron paseando en él todita la tarde, dándose un pisto
estrepitoso en la Castellana y Retiro».
No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas,
porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar que
le diese todas las vueltas. Hasta que no puso la señora el punto,
sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a decirle: «Pues D. Carlos
me mandó que fuera a su casa mañana.
--¿Para qué?
--Para hablar conmigo...
--Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna... Justamente: hoy es el
aniversario de la muerte de Pura... Se saldrá con alguna porquería.
--¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque...
--¿Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un par
de duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ángeles, tocando
violines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que tú, rechazaría la
limosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos un
poquito de dignidad, Nina.
--No nos conviene. Podría incomodarse y decir, un suponer, que es usted
orgullosa y qué sé yo qué.
--Que lo diga. ¿Y a quién se lo va a decir?
--Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los días le oye la
misa, y después echan un parrafito en la sacristía.
--Pues haz lo que quieras. Y por lo que pueda sobrevenir, cuéntale a D.
Romualdo quién es D. Carlos, y hazle ver que sus devociones de última
hora no son de recibo. En fin, yo sé que no has de dejarme mal, y ya me
contarás mañana lo que saques de la visita, que será lo que el negro del
sermón».
Algo más hablaron. Benina procuraba extinguir y enfriar la conversación,
evitando las réplicas y dando a estas tono conciliador. Pero la señora
tardó en dormirse, y la criada también, pasándose parte de la noche en
la preparación mental de sus planes estratégicos para el día siguiente,
que sería, sin duda, muy dificultoso, si no tenía la suerte de que D.
Carlos le pusiera en la mano una buena porrada de duros... que bien
podría ser.
A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto más ni minuto
menos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, y
una criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos los
muebles igualitos en color y hechura. Mesa de ministro ocupaba el
centro, y en ella había muchos libros y fajos de papeles. Los libros no
eran _de leer_, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pared
del centro ostentaba el retrato de Doña Pura, cubierto con una gasa
negra, en marco que parecía de oro puro. Otros retratos de fotografía,
que debían de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos,
veíanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, y
pegadas a él, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendían multitud
de coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengas
cintas negras con letras de oro. Eran las coronas que había llevado la
señora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porque
no se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea,
nunca encendida, había un reloj de bronce con figuras, que no andaba, y
no lejos de allí un almanaque americano, en la fecha del día anterior.
Al medio minuto de espera entró D. Carlos, arrastrando los pies, con
gorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de _andar por
casa_, bastante más vieja que la que usaba para salir. El uso continuo
de esta prenda, aun más allá del 40 de Mayo, se explica por su
aborrecimiento de estufas y braseros que, según él, son la causa de
tanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traía
cuellos y puños limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin duda
respondían a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pañuelo
de cuadros se limpiaba la continua destilación de ojos y narices;
después se sonó con estrépito dos o tres veces, y viendo a Benina en
pie, la mandó sentar con un gesto, y él ocupó gravemente su sitio en el
sillón, compañero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado,
al modo de sitial de coro. Benina descansó en el filo de una silla, como
todo lo demás, de roble con blando asiento de terciopelo verde.
«Pues la he llamado a usted para decirle...».
Pausa. La cabeza de D. Carlos hallábase afectada de un crónico temblor
nervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegación. Este
_tic_ se acentuaba o era casi imperceptible, según los grados de
excitación del individuo.
«Para decirle...».
Otra pausa, motivada por un golpe de destilación. D. Carlos se limpió
los ojos ribeteados de rojo, y se frotó la recortada barba, la cual no
tenía más razón de ser que la pereza de afeitarse. Desde la muerte de su
esposa, el buen señor, que sólo por ella y para ella se rapaba la cara,
quiso añadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro,
dejándolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros y
amarillos.
«Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y el
encontrarse ahora en condición tan baja, es por no haber querido llevar
cuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en la
mendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, los
ricos...
--Paran en pobres, sí, señor,--dijo humildemente Benina, que, aunque ya
sabía todo aquello, quiso recibir la máxima como si fuera descubrimiento
reciente de D. Carlos.
--Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decíamos mi
señora y yo: «Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en la
miseria», y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntara
sus gastos y sus ingresos. ¿Hacer ella un número? Antes la mataran. Y el
que no hace números, está perdido. ¡Con decirle a usted que no supo
jamás lo que debía, ni en qué fecha vencían los pagarés!
--Verdad, señor, mucha verdad--dijo Benina suspirando, en expectativa de
lo que D. Carlos le daría después de aquel sermón.
--Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para mí y
para mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de mi
querida esposa, es porque llevé siempre con método y claridad los
negocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al día la
contabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todos
los apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso al
Mayor. Vea usted, véalo para que se convenza--añadió marcando más el
temblor negativo--. Lo que yo quisiera es que Francisca pudiera
aprovechar esta lección. Aún no es tarde... Entérese usted».
Y cogió un libro, y después otro, y los fue mostrando a la Benina, que
se acercó para ver tanta maravilla numérica.
«Fíjese usted. Aquí apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada,
ni aun los cinco céntimos de una caja de fósforos; los cuartos del
cartero, todo, todo... En este otro chiquitín, las limosnas que hago y
lo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales,
cuánto. Después lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, día por
día, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Francisca
hubiera hecho balance, no estaría como está.
--Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance,
que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella,
como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un
ángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para
socorrerla.
--Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a
usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de
llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, le
hubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabeza
destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza
destornillada.
--Sí, señor, convengo en ello.
--Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me ha
ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es
este».
Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo
puso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda.
«Vea usted--dijo el buen señor hojeando el libro--: aquí están todos los
días de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del _Debe_; a
otro, la del _Haber_. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos:
carbón, aceite, leña, etc... Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquí
lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?
--Pero si a la señora no le ingresa nada.
--¡Caramelos!--exclamó Trujillo dando una palmada sobre el libro--. Algo
habrá, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumo
alguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo que
usted saca de las limosnas, ¿por qué no ha de anotarse? Vamos a ver,
¿por qué no ha de anotarse?».
Benina le miró entre colérica y compadecida. Pero más pudo la ira que la
lástima, y hubo un momento, un segundo no más, en que le faltó poco para
coger el libro y estampárselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendo
su furor, y para que el monomaníaco de la contabilidad no se lo
conociera, le dijo con forzada sonrisa: «De modo que el señor apunta las
perras que nos da a los pobres de San Sebastián.
--Día por día--replicó el anciano con orgullo, moviendo más la cabeza--. Y
puedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses,
en seis, en un año.
--No, no se moleste, señor--indicó Benina, sintiendo otra vez ganas de
darle un papirotazo--. Llevaré el libro, si usted quiere. La señora se lo
agradece mucho, y yo también. Pero no tenemos pluma ni lápiz para un
remedio.
--Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado de
escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre
o señas de casa para que no se olviden... Tome usted este lápiz, que ya
está afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se la
saca usted con el cuchillo de la cocina».
Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo,
concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamento
del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña Francisca
Juárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a
la llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grande
alegría.
«No hay ni puede haber prosperidad sin administración--afirmó D. Carlos,
abriendo la gaveta y mirando dentro de ella--. Yo quiero que Francisca
administre, y cuando administre...
--Cuando administre, ¿qué?--dijo Benina con el pensamiento--. ¿Qué nos va
usted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así se
te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del
cuerpo para que revientes, zurrón de avaricia.
--Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado... no se
le pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me responde
de que apuntarán todo?
--Sí, señor... no se escapará ni un verbo.
--Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y
rece por ella... ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí?
--Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.
--Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados
que no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza...
¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración».
Al oír _doce duros_, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa.
¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descanso
de muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas,
vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de
la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto,
y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidad
en aquellos días.
«Doce duros--repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra--;
pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: se
los asigno...».
A Benina se le cayeron las alas del corazón.
«Si se los diera, mañana a estas horas no tendría ya ni un céntimo. Le
señalo dos duros al mes, y todos los días 24 puede usted venir a
recogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yo
veré si debo aumentar o no la asignación. Eso depende, fíjese usted, de
que yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hay
orden o sigue el... el caos. Mucho cuidado con el caos.
--Bien, señor--manifestó Benina con humildad, pensando que más cuenta le
tenía conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestiones
con el estrafalario y ruin vejete--. Yo le respondo de que se llevarán
los apuntes con _ministración_, y no se nos escapará ni una hilacha...
¿Con que pasaré los días 24? Nos viene bien para ayuda de la casa. El
Señor se lo aumente, y a la señora difunta téngala en su santo
descanso... por jamás amén».
D. Carlos, después de anotar, gozando mucho en ello, la cantidad
desembolsada, despidió a Benina con un gesto, y mudándose de capa y
encasquetándose el sombrero nuevo, prenda que no salía de la caja sino
en días solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura y
firme pie las devociones de aquel día, que empezaban en Montserrat y
terminaban en la Sacramental de San Justo.