Tantas desdichas, parecerá mentira, no eran más que el preámbulo del
infortunio grande, aterrador, en que el infeliz linaje de los Juárez y
Zapatas había de caer, la boca del abismo en que sumergido le hallamos
al referir su historia. Desde que vivían en la calle del Olmo, Doña
Francisca fue abandonada de la sociedad que la ayudó a dar al viento su
fortuna, y en las calles del Saúco y Almendro desaparecieron las pocas
amistades que le restaban. Por entonces la gente de la vecindad, los
tenderos chasqueados y las personas que de ella tenían lástima empezaron
a llamarla _Doña Paca_, y ya no hubo forma de designarla con otro
nombre. Gentezuelas desconsideradas y groseras solían añadir al nombre
familiar algún mote infamante: _Doña Paca la tramposa_, _la Marquesa del
infundio_.
Está visto que Dios quería probar a la dama rondeña, porque a las
calamidades del orden económico añadió la grande amargura de que sus
hijos, en vez de consolarla, despuntando por buenos y sumisos, agobiaran
su espíritu con mayores mortificaciones, y clavaran en su corazón
espinas muy punzantes. Antoñito, defraudando las esperanzas de su mamá,
y esterilizando los sacrificios que se habían hecho para encarrilarle en
los estudios, salió de la piel del diablo. En vano su madre y Benina,
sus dos madres más bien, se desvivían por quitarle de la cabeza las
malas ideas: ni el rigor ni las blanduras daban resultado. Se repetía el
caso de que, cuando ellas creían tenerle conquistado con carantoñas y
mimos, él las engañaba con fingida sumisión, y escamoteándoles la
voluntad, se alzaba con el santo y la limosna. Era muy listo para el
mal, y hallábase dotado de seducciones raras para hacerse perdonar sus
travesuras. Sabía esconder su astuta malicia bajo apariencias
agradables; a los diez y seis años engañaba a sus madres como si fueran
niñas; traía falsos certificados de exámenes; estudiaba por apuntes de
los compañeros, porque vendía los libros que se le habían comprado. A
los diez y nueve años, las malas compañías dieron ya carácter grave a
sus diabluras; desaparecía de la casa por dos o tres días, se
embriagaba, se quedó en los huesos. Uno de los principales cuidados de
las dos madres era esconder en las entrañas de la tierra la poca moneda
que tenían, porque con él no había dinero seguro. La sacaba con arte
exquisito del seno de Doña Paca, o del bolso mugriento de Benina.
Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no sabían
qué escondrijos inventar, ni en qué profundidades de la cocina o de la
despensa esconder sus mezquinos tesoros.
Y a pesar de esto, su madre le quería entrañablemente, y Benina le
adoraba, porque no había otro con más arte y más refinado histrionismo
para fingir el arrepentimiento. A sus delirios seguían comúnmente días
de recogimiento solitario en la casa, derroche de lágrimas y suspiros,
protestas de enmienda, acompañadas de un febril besuqueo de las caras de
las dos madres burladas... El blando corazón de estas, engañado por tan
bonitas demostraciones, se dejaba adormecer en la confianza cómoda y
fácil, hasta que, de improviso, del fondo de aquellas zalamerías,
verdaderas o falsas, saltaba el ladronzuelo, como diablillo de trampa en
el centro de una caja de dulces, y... otra vez el muchacho a sus
correrías infames, y las pobres mujeres a su desesperación.
Por desgracia o por fortuna (y vaya usted a saber si era fortuna o
desgracia), ya no había en la casa cubiertos de plata, ni objeto alguno
de metal valioso. El demonio del chico hacía presa en cuanto encontraba,
sin despreciar las cosas de valor ínfimo; y después de arramblar por los
paraguas y sombrillas, la emprendió con la ropa interior, y un día, al
levantarse de la mesa, aprovechando un momento de descuido de sus madres
y hermana, escamoteó el mantel y dos servilletas. De su propia ropa no
se diga: en pleno invierno andaba por las calles sin abrigo ni capa,
respetado de las pulmonías, protegido sin duda contra ellas por el fuego
interior de su perversidad. Ya no sabían Doña Paca y Benina dónde
esconder las cosas, pues temían que les arrebatara hasta la camisa que
llevaban puesta. Baste decir que desaparecieron en una noche las
vinajeras, y un estuchito de costura de Obdulia; otra noche dos planchas
y unas tenacillas, y sucesivamente elásticas usadas, retazos de tela, y
multitud de cosas útiles aunque de valor insignificante. Libros no
había ya en la casa, y Doña Paca no se atrevía ni a pedirlos prestados,
temerosa de no poder devolverlos. Hasta los de misa habían volado, y
tras ellos, o antes que ellos, gemelos de teatro, guantes en buen uso, y
una jaula sin pájaro.
Por otro estilo, y con organismo totalmente distinto del de su hermano,
la niña daba también mucha guerra. Desde los doce años se desarrolló en
ella el neurosismo en un grado tal, que las dos madres no sabían cómo
templar aquella gaita. Si la trataban con rigor, malo; si con mimos,
peor. Ya mujer, pasaba sin transición de las inquietudes epilépticas a
una languidez mortecina. Sus melancolías intensas aburrían a las pobres
mujeres tanto como sus excitaciones, determinantes de una gran actividad
muscular y mental. La alimentación de Obdulia llegó a ser el problema
capital de la casa, y entre las desganas y los caprichos famélicos de la
niña, las madres perdían su tiempo, y la paciencia que Dios les había
concedido al por mayor. Un día le daban, a costa de grandes sacrificios,
manjares ricos y substanciosos, y la niña los tiraba por la ventana;
otro, se hartaba de bazofias que le producían horroroso flato. Por
temporadas se pasaba días y noches llorando, sin que pudiera averiguarse
la causa de su duelo; otras veces se salía con un geniecillo
displicente y quisquilloso que era el mayor suplicio de las dos mujeres.
Según opinión de un médico que por lástima las visitaba, y de otros que
tenían consulta gratuita, todo el desorden nervioso y psicológico de la
niña era cuestión de anemia, y contra esto no había más terapéutica que
el tratamiento ferruginoso, los buenos filetes y los baños fríos.
Era Obdulia bonita, de facciones delicadas, tez opalina, cabello
castaño, talle sutil y esbelto, ojos dulces, habla modosita y dengosa
cuando no estaba de morros. No puede imaginarse ambiente menos adecuado
a semejante criatura, mañosa y enfermiza, que la miseria en que había
crecido y vivía. Por intervalos se notaban en ella síntomas de
presunción, anhelos de agradar, preferencias por estas o las otras
personas, algo que indicaba las inquietudes o anuncios del cambio de
vida, de lo cual se alegraba Doña Paca, porque tenía sus proyectos
referentes a la niña. La buena señora se habría desvivido por
realizarlos, si Obdulia se equilibrara, si atendiera al complemento de
su educación, bastante descuidada, pues escribía muy mal, e ignoraba los
rudimentos del saber que poseen casi todas las niñas de la clase media.
La ilusión de Doña Paca era casarla con uno de los hijos de su primo
Matías, propietario rondeño, chicos guapines y bien criados, que
seguían carrera en Sevilla, y alguna vez venían a Madrid por San
Isidro. Uno de ellos, Currito Zapata, gustaba de Obdulia: casi se
entablaron relaciones amorosas que por el carácter de la niña y sus
extravagancias melindrosas no llegaron a formalizarse. Pero la madre no
abandonaba la idea, o al menos, acariciándola en su mente, con ella se
consolaba de tantas desdichas.
De la noche a la mañana, viviendo la familia en la calle del Olmo, se
iniciaron, sin saber cómo, no sé qué relaciones telegráficas entre
Obdulia y un chico de enfrente, cuyo padre administraba una empresa de
servicios fúnebres. El bigardón aquel no carecía de atractivos:
estudiaba en la Universidad y sabía mil cosas bonitas que Obdulia
ignoraba, y fueron para ella como una revelación. Literatura y poesía,
versitos, mil baratijas del humano saber pasaron de él a ella en
cartitas, entrevistas y honestos encuentros.
No miraba esto con buenos ojos Doña Paca, atenta a su plan de casarla
con el rondeño; pero la niña, que tomado había en aquellos tratos no
pocas lecciones de romanticismo elemental, se puso como loca viéndose
contrariada en su espiritual querencia. Le daban por mañana y tarde
furiosos ataques epilépticos, en los que se golpeaba la cara y se
arañaba las manos; y, por fin, un día Benina la sorprendió preparando
una ración de cabezas de fósforos con aguardiente para ponérsela entre
pecho y espalda. La marimorena que se armó en la casa no es para
referida. Doña Paca era un mar de lágrimas; la niña bailaba el
zapateado, tocando el techo con las manos, y Benina pensaba dar parte al
administrador de _entierros_ para que, mediante una buena paliza u otra
medicina eficaz, le quitase a su hijo aquella pasión de _cosas de
muertos_, _cipreses_ y _cementerios_ de que había contagiado a la pobre
señorita.
Pasado algún tiempo sin conseguir apartar a la descarriada Obdulia del
trato amoroso con _el chico de la funebridad_, consintiéndoselo a veces
por vía de transacción con la epilepsia, y por evitar mayores males,
Dios quiso que el conflicto se resolviera de un modo repentino y fácil;
y la verdad, con tal solución se ahorraban unas y otros muchos
quebraderos de cabeza, porque también la _familia fúnebre_ andaba a
mojicones con el chico para apartarle del abismo en que arrojarse
quería. Pues sucedió que una mañanita la niña supo burlar la vigilancia
de sus dos madres y se escapó de la casa; el mancebo hizo lo propio.
Juntáronse en la calle, con propósito firme de ir a algún poético lugar
donde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazaditos, expirando
al mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir al otro. Así lo
determinaron en los primeros momentos, y echaron a correr pensando
simultáneamente en cuál sería la mejor manera de matarse, de golpe y
porrazo, sin sufrimiento alguno, y pasando en un tris a la región pura
de las almas libres. Lejos de la calle del Almendro, se modificaron
repentinamente sus ideas, y con perfecta concordancia pensaron cosas muy
distintas de la muerte. Por fortuna, el chico tenía dinero, pues había
cobrado la tarde anterior una factura de _féretro doble de zinc_ y otra
de un _servicio completo de cama imperial y conducción con seis
caballos_, _etc_... La posesión del dinero realizó el prodigio de
cambiar las ideas de suicidio en ideas de prolongación de la existencia;
y variando de rumbo se fueron a almorzar a un café, y después a una casa
cercana, de la cual, ya tarde, pasaron a otra donde escribieron a sus
respectivas familias, notificándoles que _ya estaban casados_.
Como casados, propiamente hablando, no lo estaban aún; pero el trámite
que faltaba tenía que venir necesariamente. El padre del chico se
personó en casa de Doña Paca, y allí se convino, llorando ella y
pateando él, que no había más remedio que reconocer y acatar los hechos
consumados. Y puesto que Doña Francisca no podía dar a su niña dinero o
efectos, ni aun en mínima cantidad para ayuda de un catre, él daría a
_Luquitas_ alojamiento en lo alto del depósito de ataúdes, y un
sueldecillo en la sección de _Propaganda_. Con esto, y el corretaje que
pudiera corresponderle por _trabajar el género_ en las _casas
mortuorias_, colocación de _artículos de lujo_, o por agencia de
embalsamamientos, podría vivir el flamante matrimonio con honrada
modestia.