VIII

Tantas desdichas, parecerá mentira, no eran más que el preámbulo del

infortunio grande, aterrador, en que el infeliz linaje de los Juárez y

Zapatas había de caer, la boca del abismo en que sumergido le hallamos

al referir su historia. Desde que vivían en la calle del Olmo, Doña

Francisca fue abandonada de la sociedad que la ayudó a dar al viento su

fortuna, y en las calles del Saúco y Almendro desaparecieron las pocas

amistades que le restaban. Por entonces la gente de la vecindad, los

tenderos chasqueados y las personas que de ella tenían lástima empezaron

a llamarla _Doña Paca_, y ya no hubo forma de designarla con otro

nombre. Gentezuelas desconsideradas y groseras solían añadir al nombre

familiar algún mote infamante: _Doña Paca la tramposa_, _la Marquesa del

infundio_.

Está visto que Dios quería probar a la dama rondeña, porque a las

calamidades del orden económico añadió la grande amargura de que sus

hijos, en vez de consolarla, despuntando por buenos y sumisos, agobiaran

su espíritu con mayores mortificaciones, y clavaran en su corazón

espinas muy punzantes. Antoñito, defraudando las esperanzas de su mamá,

y esterilizando los sacrificios que se habían hecho para encarrilarle en

los estudios, salió de la piel del diablo. En vano su madre y Benina,

sus dos madres más bien, se desvivían por quitarle de la cabeza las

malas ideas: ni el rigor ni las blanduras daban resultado. Se repetía el

caso de que, cuando ellas creían tenerle conquistado con carantoñas y

mimos, él las engañaba con fingida sumisión, y escamoteándoles la

voluntad, se alzaba con el santo y la limosna. Era muy listo para el

mal, y hallábase dotado de seducciones raras para hacerse perdonar sus

travesuras. Sabía esconder su astuta malicia bajo apariencias

agradables; a los diez y seis años engañaba a sus madres como si fueran

niñas; traía falsos certificados de exámenes; estudiaba por apuntes de

los compañeros, porque vendía los libros que se le habían comprado. A

los diez y nueve años, las malas compañías dieron ya carácter grave a

sus diabluras; desaparecía de la casa por dos o tres días, se

embriagaba, se quedó en los huesos. Uno de los principales cuidados de

las dos madres era esconder en las entrañas de la tierra la poca moneda

que tenían, porque con él no había dinero seguro. La sacaba con arte

exquisito del seno de Doña Paca, o del bolso mugriento de Benina.

Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no sabían

qué escondrijos inventar, ni en qué profundidades de la cocina o de la

despensa esconder sus mezquinos tesoros.

Y a pesar de esto, su madre le quería entrañablemente, y Benina le

adoraba, porque no había otro con más arte y más refinado histrionismo

para fingir el arrepentimiento. A sus delirios seguían comúnmente días

de recogimiento solitario en la casa, derroche de lágrimas y suspiros,

protestas de enmienda, acompañadas de un febril besuqueo de las caras de

las dos madres burladas... El blando corazón de estas, engañado por tan

bonitas demostraciones, se dejaba adormecer en la confianza cómoda y

fácil, hasta que, de improviso, del fondo de aquellas zalamerías,

verdaderas o falsas, saltaba el ladronzuelo, como diablillo de trampa en

el centro de una caja de dulces, y... otra vez el muchacho a sus

correrías infames, y las pobres mujeres a su desesperación.

Por desgracia o por fortuna (y vaya usted a saber si era fortuna o

desgracia), ya no había en la casa cubiertos de plata, ni objeto alguno

de metal valioso. El demonio del chico hacía presa en cuanto encontraba,

sin despreciar las cosas de valor ínfimo; y después de arramblar por los

paraguas y sombrillas, la emprendió con la ropa interior, y un día, al

levantarse de la mesa, aprovechando un momento de descuido de sus madres

y hermana, escamoteó el mantel y dos servilletas. De su propia ropa no

se diga: en pleno invierno andaba por las calles sin abrigo ni capa,

respetado de las pulmonías, protegido sin duda contra ellas por el fuego

interior de su perversidad. Ya no sabían Doña Paca y Benina dónde

esconder las cosas, pues temían que les arrebatara hasta la camisa que

llevaban puesta. Baste decir que desaparecieron en una noche las

vinajeras, y un estuchito de costura de Obdulia; otra noche dos planchas

y unas tenacillas, y sucesivamente elásticas usadas, retazos de tela, y

multitud de cosas útiles aunque de valor insignificante. Libros no

había ya en la casa, y Doña Paca no se atrevía ni a pedirlos prestados,

temerosa de no poder devolverlos. Hasta los de misa habían volado, y

tras ellos, o antes que ellos, gemelos de teatro, guantes en buen uso, y

una jaula sin pájaro.

Por otro estilo, y con organismo totalmente distinto del de su hermano,

la niña daba también mucha guerra. Desde los doce años se desarrolló en

ella el neurosismo en un grado tal, que las dos madres no sabían cómo

templar aquella gaita. Si la trataban con rigor, malo; si con mimos,

peor. Ya mujer, pasaba sin transición de las inquietudes epilépticas a

una languidez mortecina. Sus melancolías intensas aburrían a las pobres

mujeres tanto como sus excitaciones, determinantes de una gran actividad

muscular y mental. La alimentación de Obdulia llegó a ser el problema

capital de la casa, y entre las desganas y los caprichos famélicos de la

niña, las madres perdían su tiempo, y la paciencia que Dios les había

concedido al por mayor. Un día le daban, a costa de grandes sacrificios,

manjares ricos y substanciosos, y la niña los tiraba por la ventana;

otro, se hartaba de bazofias que le producían horroroso flato. Por

temporadas se pasaba días y noches llorando, sin que pudiera averiguarse

la causa de su duelo; otras veces se salía con un geniecillo

displicente y quisquilloso que era el mayor suplicio de las dos mujeres.

Según opinión de un médico que por lástima las visitaba, y de otros que

tenían consulta gratuita, todo el desorden nervioso y psicológico de la

niña era cuestión de anemia, y contra esto no había más terapéutica que

el tratamiento ferruginoso, los buenos filetes y los baños fríos.

Era Obdulia bonita, de facciones delicadas, tez opalina, cabello

castaño, talle sutil y esbelto, ojos dulces, habla modosita y dengosa

cuando no estaba de morros. No puede imaginarse ambiente menos adecuado

a semejante criatura, mañosa y enfermiza, que la miseria en que había

crecido y vivía. Por intervalos se notaban en ella síntomas de

presunción, anhelos de agradar, preferencias por estas o las otras

personas, algo que indicaba las inquietudes o anuncios del cambio de

vida, de lo cual se alegraba Doña Paca, porque tenía sus proyectos

referentes a la niña. La buena señora se habría desvivido por

realizarlos, si Obdulia se equilibrara, si atendiera al complemento de

su educación, bastante descuidada, pues escribía muy mal, e ignoraba los

rudimentos del saber que poseen casi todas las niñas de la clase media.

La ilusión de Doña Paca era casarla con uno de los hijos de su primo

Matías, propietario rondeño, chicos guapines y bien criados, que

seguían carrera en Sevilla, y alguna vez venían a Madrid por San

Isidro. Uno de ellos, Currito Zapata, gustaba de Obdulia: casi se

entablaron relaciones amorosas que por el carácter de la niña y sus

extravagancias melindrosas no llegaron a formalizarse. Pero la madre no

abandonaba la idea, o al menos, acariciándola en su mente, con ella se

consolaba de tantas desdichas.

De la noche a la mañana, viviendo la familia en la calle del Olmo, se

iniciaron, sin saber cómo, no sé qué relaciones telegráficas entre

Obdulia y un chico de enfrente, cuyo padre administraba una empresa de

servicios fúnebres. El bigardón aquel no carecía de atractivos:

estudiaba en la Universidad y sabía mil cosas bonitas que Obdulia

ignoraba, y fueron para ella como una revelación. Literatura y poesía,

versitos, mil baratijas del humano saber pasaron de él a ella en

cartitas, entrevistas y honestos encuentros.

No miraba esto con buenos ojos Doña Paca, atenta a su plan de casarla

con el rondeño; pero la niña, que tomado había en aquellos tratos no

pocas lecciones de romanticismo elemental, se puso como loca viéndose

contrariada en su espiritual querencia. Le daban por mañana y tarde

furiosos ataques epilépticos, en los que se golpeaba la cara y se

arañaba las manos; y, por fin, un día Benina la sorprendió preparando

una ración de cabezas de fósforos con aguardiente para ponérsela entre

pecho y espalda. La marimorena que se armó en la casa no es para

referida. Doña Paca era un mar de lágrimas; la niña bailaba el

zapateado, tocando el techo con las manos, y Benina pensaba dar parte al

administrador de _entierros_ para que, mediante una buena paliza u otra

medicina eficaz, le quitase a su hijo aquella pasión de _cosas de

muertos_, _cipreses_ y _cementerios_ de que había contagiado a la pobre

señorita.

Pasado algún tiempo sin conseguir apartar a la descarriada Obdulia del

trato amoroso con _el chico de la funebridad_, consintiéndoselo a veces

por vía de transacción con la epilepsia, y por evitar mayores males,

Dios quiso que el conflicto se resolviera de un modo repentino y fácil;

y la verdad, con tal solución se ahorraban unas y otros muchos

quebraderos de cabeza, porque también la _familia fúnebre_ andaba a

mojicones con el chico para apartarle del abismo en que arrojarse

quería. Pues sucedió que una mañanita la niña supo burlar la vigilancia

de sus dos madres y se escapó de la casa; el mancebo hizo lo propio.

Juntáronse en la calle, con propósito firme de ir a algún poético lugar

donde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazaditos, expirando

al mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir al otro. Así lo

determinaron en los primeros momentos, y echaron a correr pensando

simultáneamente en cuál sería la mejor manera de matarse, de golpe y

porrazo, sin sufrimiento alguno, y pasando en un tris a la región pura

de las almas libres. Lejos de la calle del Almendro, se modificaron

repentinamente sus ideas, y con perfecta concordancia pensaron cosas muy

distintas de la muerte. Por fortuna, el chico tenía dinero, pues había

cobrado la tarde anterior una factura de _féretro doble de zinc_ y otra

de un _servicio completo de cama imperial y conducción con seis

caballos_, _etc_... La posesión del dinero realizó el prodigio de

cambiar las ideas de suicidio en ideas de prolongación de la existencia;

y variando de rumbo se fueron a almorzar a un café, y después a una casa

cercana, de la cual, ya tarde, pasaron a otra donde escribieron a sus

respectivas familias, notificándoles que _ya estaban casados_.

Como casados, propiamente hablando, no lo estaban aún; pero el trámite

que faltaba tenía que venir necesariamente. El padre del chico se

personó en casa de Doña Paca, y allí se convino, llorando ella y

pateando él, que no había más remedio que reconocer y acatar los hechos

consumados. Y puesto que Doña Francisca no podía dar a su niña dinero o

efectos, ni aun en mínima cantidad para ayuda de un catre, él daría a

_Luquitas_ alojamiento en lo alto del depósito de ataúdes, y un

sueldecillo en la sección de _Propaganda_. Con esto, y el corretaje que

pudiera corresponderle por _trabajar el género_ en las _casas

mortuorias_, colocación de _artículos de lujo_, o por agencia de

embalsamamientos, podría vivir el flamante matrimonio con honrada

modestia.

Misericordia · 第 9 / 43 题