Ya pasaba de los sesenta la por tantos títulos infeliz Doña Francisca
Juárez de Zapata, conocida en los años de aquella su decadencia
lastimosa por _doña Paca_, a secas, con lacónica y plebeya
familiaridad. Ved aquí en qué paran las glorias y altezas de este mundo,
y qué pendiente hubo de recorrer la tal señora, rodando hacia la
profunda miseria, desde que ataba los perros con longaniza, por los años
59 y 60, hasta que la encontramos viviendo inconscientemente de limosna,
entre agonías, dolores y vergüenzas mil. Ejemplos sin número de estas
caídas nos ofrecen las poblaciones grandes, más que ninguna esta de
Madrid, en que apenas existen hábitos de orden, pero a todos los
ejemplos supera el de doña Francisca Juárez, tristísimo juguete del
destino. Bien miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas en
la vida social, resulta gran tontería echar al destino la culpa de lo
que es obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y buena
muestra de ello es doña Paca, que en su propio ser desde el nacimiento
llevaba el desbarajuste de todas las cosas materiales. Nacida en Ronda,
su vista se acostumbró desde la niñez a las vertiginosas depresiones del
terreno; y cuando tenía pesadillas, soñaba que se caía a la profundísima
hondura de aquella grieta que llaman _Tajo_. Los nacidos en Ronda deben
de tener la cabeza muy firme y no padecer de vértigos ni cosa tal,
hechos a contemplar abismos espantosos. Pero doña Paca no sabía
mantenerse firme en las alturas: instintivamente se despeñaba; su
cabeza no era buena para esto ni para el gobierno de la vida, que es la
seguridad de vista en el orden moral.
El vértigo de Paquita Juárez fue un estado crónico desde que la casaron,
muy joven, con D. Antonio María Zapata, que le doblaba la edad,
intendente de ejército, excelente persona, de holgada posición por su
casa, como la novia, que también poseía bienes raíces de mucha cuenta.
Sirvió Zapata en el ejército de África, división de Echagüe, y después
de Wad-Ras pasó a la Dirección del ramo. Establecido el matrimonio en
Madrid, le faltó tiempo a la señora para poner su casa en un pie de vida
frívola y aparatosa que, si empezó ajustando las vanidades al marco de
las rentas y sueldos, pronto se salió de todo límite de prudencia, y no
tardaron en aparecer los atrasos, las irregularidades, las deudas.
Hombre ordenadísimo era Zapata; pero de tal modo le dominaba su esposa,
que hasta le hizo perder sus cualidades eminentes; y el que tan bien
supo administrar los caudales del ejército, veía perderse los suyos,
olvidado del arte para conservarlos. Paquita no se ponía tasa en el
vestir elegante, ni en el lujo de mesa, ni en el continuo zarandeo de
bailes y reuniones, ni en los dispendiosos caprichos. Tan notorio fue ya
el desorden, que Zapata, aterrado, viendo venir el trueno gordo, hubo
de vencer la modorra en que su cara mitad le tenía, y se puso a hacer
números y a querer establecer método y razón en el gobierno de su
hacienda; pero ¡oh triste sino de la familia! cuando más engolfado
estaba el hombre en su aritmética, de la que esperaba su salvación,
cogió una pulmonía, y pasó a mejor vida el Viernes Santo por la tarde,
dejando dos hijos de corta edad: Antoñito y Obdulia.
Administradora y dueña del caudal activo y pasivo, Francisca no tardó en
demostrar su ineptitud para el manejo de aquellas enredosas materias, y
a su lado surgieron, como los gusanos en cuerpo corrupto, infinitas
personas que se la comían por dentro y por fuera, devorándola sin
compasión. En esta época desastrosa, entró a su servicio Benigna, que si
desde el primer día se acreditó de cocinera excelente, a las pocas
semanas hubo de revelarse como la más intrépida sisona de Madrid. Qué
tal sería la moza en este terreno, que la misma doña Francisca, de una
miopía radical para la inspección de sus intereses, pudo apreciar la
rapacidad minuciosa de la sirviente, y aun se determinó a corregirla. En
justicia, debo decir que Benigna (entre los suyos llamada _Benina_, y
_Nina_ simplemente por la señora) tenía cualidades muy buenas que, en
cierto modo, compensaban, en los desequilibrios de su carácter, aquel
defecto grave de la sisa. Era muy limpia, de una actividad pasmosa, que
producía el milagro de agrandar las horas y los días. Además de esto,
Doña Francisca estimaba en ella el amor intenso a los niños de la casa;
amor sincero y, si se quiere, positivo, que se revelaba en la vigilancia
constante, en los exquisitos cuidados con que sanos o enfermos les
atendía. Pero las cualidades no fueron bastante eficaces para impedir
que el defecto promoviera cuestiones agrias entre ama y sirviente, y en
una de estas, Benina fue despedida. Los niños la echaron muy de menos, y
lloraban por su Nina graciosa y soboncita.
A los tres meses se presentó de visita en la casa. No podía olvidar a la
señora ni a los nenes. Estos eran su amor, y la casa, todo lo material
de ella, la encariñaba y atraía. Paquita Juárez también tenía especial
gusto en charlar con ella, pues algo (no sabían qué) existía entre las
dos que secretamente las enlazaba, algo de común en la extraordinaria
diversidad de sus caracteres. Menudearon las visitas. ¡Ay! la Benina no
se encontraba a gusto en la casa donde a la sazón servía. En fin, que ya
la tenemos otra vez en la domesticidad de Doña Francisca; y tan contenta
ella, y satisfecha la señora, y los pequeñuelos locos de alegría.
Sobrevino en aquel tiempo un aumento de las dificultades y ahogos de la
familia en el orden administrativo: las deudas roían con diente voraz el
patrimonio de la casa; se perdían fincas valiosas, pasando sin saber
cómo, por artes de usura infame, a las manos de los prestamistas. Como
carga preciosa que se arroja de la embarcación al mar en los apuros del
naufragio, salían de la casa los mejores muebles, cuadros, alfombras
riquísimas: las alhajas habían salido ya... Pero por más que se
aligeraba el buque, la familia continuaba en peligro de zozobra y de
sumergirse en los negros abismos sociales.
Para mayor desdicha, en aquel funesto periodo del 70 al 80, los dos
niños padecieron gravísimas enfermedades: tifoidea el uno; eclampsia y
epilepsia la otra. Benina les asistió con tal esmero y solicitud tan
amorosa, que se pudo creer que les arrancaba de las uñas de la muerte.
Ellos le pagaban, es verdad, estos cuidados con un afecto ardiente. Por
amor de Benina, más que por el de su madre, se prestaban a tomar las
medicinas, a callar y estarse quietecitos, a sudar sin ganas, y a no
comer antes de tiempo: todo lo cual no impidió que entre ama y criada
surgiesen cuestiones y desavenencias, que trajeron una segunda
despedida. En un arrebato de ira o de amor propio, Benina salió
disparada, jurando y perjurando que no volvería a poner los pies en
aquella casa, y que al partir sacudía sus zapatos para no llevarse
pegado en ellos el polvo de las esteras... pues lo que es alfombras, ya
no las había.
En efecto: antes del año, apareciose Benina en la casa. Entró, anegado
en lágrimas el rostro, diciendo: «Yo no sé qué tiene la señora; yo no sé
qué tiene esta casa, y estos niños, y estas paredes, y todas las cosas
que aquí hay: yo no sé más sino que no me hallo en ninguna parte. En
casa rica estoy, con buenos amos que no reparan en dos reales más o
menos; seis duros de salario... Pues no me hallo, señora, y paso la
noche y el día acordándome de esta familia, y pensando si estarán bien o
no estarán bien. Me ven suspirar, y creen que tengo hijos. Yo no tengo a
nadie en el mundo más que a la señora, y sus hijos son mis hijos, pues
como a tales les quiero...». Otra vez Benina al servicio de Doña
Francisca Juárez, como criada única y para todo, pues la familia había
dado un bajón tremendo en aquel año, siendo tan notorias las señales de
ruina, que la criada no podía verlas sin sentir aflicción profunda.
Llegó la ocasión ineludible de cambiar el cuarto en que vivían por otro
más modesto y barato. Doña Francisca, apegada a las rutinas y sin
determinación para nada, vacilaba. La criada, quitándole en momentos tan
críticos las riendas del gobierno, decidió la mudanza, y desde la calle
de Claudio Coello saltaron a la del Olmo. Por cierto que hubo no pocas
dificultades para evitar un desahucio vergonzoso: todo se arregló con la
generosa ayuda de Benina, que sacó del Monte sus economías, importantes
tres mil y pico de reales, y las entregó a la señora, estableciéndose
desde entonces comunidad de intereses en la adversa como en la próspera
fortuna. Pero ni aun en aquel rasgo de caridad hermosa desmintió la
pobre mujer sus hábitos de sisa, y descontó un pico para guardarlo
cuidadosamente en su baúl, como base de un nuevo montepío, que era para
ella necesidad de su temperamento y placer de su alma.
Como se ve, tenía el vicio del descuento, que en cierto modo, por otro
lado, era la virtud del ahorro. Difícil expresar dónde se empalmaban y
confundían la virtud y el vicio. La costumbre de escatimar una parte
grande o chica de lo que se le daba para la compra, el gusto de
guardarla, de ver cómo crecía lentamente su caudal de perras, se
sobreponían en su espíritu a todas las demás costumbres, hábitos y
placeres. Había llegado a ser el sisar y el reunir como cosa instintiva,
y los actos de este linaje se diferenciaban poco de las rapiñas y
escondrijos de la urraca. En aquella tercera época, del 80 al 85, sisaba
como antes, aunque guardando medida proporcional con los mezquinos
haberes de Doña Francisca. Sucediéronse en aquellos días grandes
desventuras y calamidades. La pensión de la señora, como viuda de
intendente, había sido retenida en dos tercios por los prestamistas; los
empeños sucedían a los empeños, y por librarse de un ahogo, caía pronto
en mayores apreturas. Su vida llegó a ser un continuo afán: las
angustias de una semana, engendraban las de la semana siguiente: raros
eran los días de relativo descanso. Para atenuar las horas tristes,
sacaban fuerzas de flaqueza, alegrando con afectadas fantasmagorías los
ratos de la noche, cuando se veían libres de acreedores molestos y de
reclamaciones enfadosas. Fue preciso hacer nuevas mudanzas, buscando la
baratura, y del _Olmo_ pasaron al _Saúco_, y del _Saúco_ al _Almendro_.
Por esta fatalidad de los nombres de árboles en las calles donde
vivieron, parecían pájaros que volaban de rama en rama, dispersados por
las escopetas de los cazadores o las pedradas de los chicos.
En una de las tremendas crisis de aquel tiempo, tuvo Benina que acudir
nuevamente al fondo de su cofre, donde escondía el _gato_ o montepío,
producto de sus descuentos y sisas. Ascendía el montón a diez y siete
duros. No pudiendo decir a su señora la verdad, salió con el cuento de
que una prima suya, la Rosaura, que comerciaba en miel alcarreña, le
había dado unos duros para que se los guardara. «Dame, dame todo lo que
tengas, Benina, así Dios te conceda la gloria eterna, que yo te lo
devolveré doblado cuando los primos de Ronda me paguen lo del pejugar...
ya sabes... es cosa de días... ya viste la carta».
Y revolviendo en el fondo del baúl, entre mil baratijas y líos de
trapos, sacó la sisona doce duros y medio y los dio a su ama diciéndole:
«Es todo lo que tengo. No hay más: puede creerlo; es tan verdad como que
nos hemos de morir».
No podía remediarlo. Descontaba su propia caridad, y sisaba en su
limosna.