Casi no es hipérbole decir que la _señá_ Benina, al salir de Santa
Casilda, poseyendo el incompleto duro que calmaba sus mortales
angustias, iba por rondas, travesías y calles como una flecha. Con
sesenta años a la espalda, conservaba su agilidad y viveza, unidas a una
perseverancia inagotable. Se había pasado lo mejor de la vida en un
ajetreo afanoso, que exigía tanta actividad como travesura, esfuerzos
locos de la mente y de los músculos, y en tal enseñanza se había
fortificado de cuerpo y espíritu, formándose en ella el temple
extraordinario de mujer que irán conociendo los que lean esta puntual
historia de su vida. Con increíble presteza entró en una botica de la
calle de Toledo; recogió medicinas que había encargado muy de mañana;
después hizo parada en la carnicería y en la tienda de ultramarinos,
llevando su compra en distintos envoltorios de papel, y, por fin, entró
en una casa de la calle Imperial, próxima a la rinconada en que está el
Almotacén y Fiel Contraste. Deslizose a lo largo del portal angosto,
obstruido y casi intransitable por los colgajos de un comercio de
cordelería que en él existe; subió la escalera, con rápidos andares
hasta el principal, con moderado paso hasta el segundo; llegó jadeante
al tercero, que era el último, con honores de sotabanco. Dio vuelta a un
patio grande, por galería de emplomados cristales, de suelo desigual, a
causa de los hundimientos y desniveles de la vieja fábrica, y al fin
llegó a una puerta de cuarterones, despintada; llamó... Era su casa, la
casa de su señora, la cual, en persona, tentando las paredes, salió al
ruido de la campanilla, o más bien afónico cencerreo, y abrió, no sin la
precaución de preguntar por la mirilla, cuadrada, defendida por una cruz
de hierro.
«Gracias a Dios, mujer...--le dijo en la misma puerta--. ¡Vaya unas horas!
Creí que te había cogido un coche, o que te había dado un accidente».
Sin chistar siguió Benina a su señora hasta un gabinetillo próximo, y
ambas se sentaron. Excusó la criada las explicaciones de su tardanza por
el miedo que sentía de darlas, y se puso a la defensiva, esperando a ver
por dónde salía doña Paca, y qué posiciones tomaba en su irascible
genio. Algo la tranquilizó el tono de las primeras palabras con que fue
recibida; esperaba una fuerte reprimenda, vocablos displicentes. Pero
la señora parecía estar de buenas, domado, sin duda, el áspero carácter
por la intensidad del sufrimiento. Benina se proponía, como siempre,
acomodarse al son que le tocara la otra, y a poco de estar junto a ella,
cambiadas las primeras frases, se tranquilizó. «¡Ay, señora, qué día! Yo
estaba deshecha; pero no me dejaban, no me dejaban salir de aquella
bendita casa.
--No me lo expliques--dijo la señora, cuyo acentillo andaluz persistía,
aunque muy atenuado, después de cuarenta años de residencia en Madrid--.
Ya estoy al tanto. Al oír las doce, la una, las dos, me decía yo: 'Pero,
Señor, por qué tarda tanto la Nina?'. Hasta que me acordé...
--Justo.
--Me acordé... como tengo en mi cabeza todo el almanaque... de que hoy es
San Romualdo, confesor y obispo de Farsalia...
--Cabal.
--Y son los días del señor sacerdote en cuya casa estás de asistenta.
--Si yo pensara que usted lo había de adivinar, habría estado más
tranquila--afirmó la criada, que en su extraordinaria capacidad para
forjar y exponer mentiras, supo aprovechar el sólido cable que su ama le
arrojaba--. ¡Y que no ha sido floja la tarea!
--Habrás tenido que dar un gran almuerzo. Ya me lo figuro. ¡Y que no
serán cortos de tragaderas los curánganos de San Sebastián, compañeros y
amigos de tu D. Romualdo!
--Todo lo que le diga es poco.
--Cuéntame: ¿qué les has puesto?--preguntó ansiosa la señora, que gustaba
de saber lo que se comía en las casas ajenas--. Ya estoy al tanto. Les
harías una mayonesa.
--Lo primero un arroz, que me quedó muy a punto. ¡Ay, Señor, cuánto lo
alabaron! Que si era yo la primera cocinera de toda la Europa... que si
por vergüenza no se chupaban los dedos...
--¿Y después?
--Una pepitoria que ya la quisieran para sí los ángeles del cielo. Luego,
calamares en su tinta... luego...
--Pues aunque te tengo dicho que no me traigas sobras de ninguna casa,
pues prefiero la miseria que me ha enviado Dios, a chupar huesos de
otras mesas... como te conozco, no dudo que habrás traído algo. ¿Dónde
tienes la cesta?».
Viéndose cogida, Benina vacilé un instante; mas no era mujer que se
arredraba ante ningún peligro, y su maestría para el embuste le sugirió
pronto el hábil quite: «Pues, señora, dejé la cesta, con lo que traje,
en casa de la señorita Obdulia, que lo necesita más que nosotras.
--Has hecho bien. Te alabo la idea, Nina. Cuéntame más. ¿Y un buen
solomillo, no pusiste?
--¡Anda, anda! Dos kilos y medio, señora. Sotero Rico me lo dio de lo
superior.
--¿Y postres, bebidas?...
--Hasta _Champaña de la Viuda_. Son el diantre los curas, y de nada se
privan... Pero vámonos adentro, que es muy tarde, y estará la señora
desfallecida.
--Lo estaba; pero... no sé: parece que me he comido todo eso de que has
hablado... En fin, dame de almorzar.
--¿Qué ha tomado? ¿El poquito de cocido que le aparté anoche?
--Hija, no pude pasarlo. Aquí me tienes con media onza de chocolate
crudo.
--Vamos, vamos allá. Lo peor es que hay que encender lumbre. Pero pronto
despacho... ¡Ah! también le traigo las medicinas. Eso lo primero.
--¿Hiciste todo lo que te mandé?--preguntó la señora, en marcha las dos
hacia la cocina--. ¿Empeñaste mis dos enaguas?
--¿Cómo no? Con las dos pesetas que saqué, y otras dos que me dio D.
Romualdo por ser su santo, he podido atender a todo.
--¿Pagaste el aceite de ayer?
--¡Pues no!
--¿Y la tila y la sanguinaria?
--Todo, todo... Y aún me ha sobrado, después de la compra, para mañana.
--¿Querrá Dios traernos mañana un buen día?--dijo con honda tristeza la
señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa
prontitud, reunía astillas y carbones.
--¡Ay! sí, señora: téngalo por cierto.
--¿Por qué me lo aseguras, Nina?
--Porque lo sé. Me lo dice el corazón. Mañana tendremos un buen día,
estoy por decir que un gran día.
--Cuando lo veamos te diré si aciertas... No me fío de tus corazonadas.
Siempre estás con que mañana, que mañana...
--Dios es bueno.
--Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes: me apalea, no me
deja respirar. Tras un día malo, viene otro peor. Pasan años aguardando
el remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Me
canso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora,
y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las
espero malas para que vengan... siquiera regulares.
--Pues yo que la señora--dijo Benina dándole al fuelle--, tendría confianza
en Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... ¿no me ve? Yo
siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte,
y estaremos tan ricamente, acordándonos de estos días de apuros, y
desquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar.
--Ya no aspiro a la buena vida, Nina--declaró casi llorando la señora--:
sólo aspiro al descanso.
--¿Quién piensa en la muerte? Eso no: yo me encuentro muy a gusto en este
mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso.
Morirse no.
--¿Te conformas con esta vida?
--Me conformo, porque no está en mi mano el darme otra. Venga todo antes
que la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, y
pueda uno comérselo con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.
--¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación,
deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y
embustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales, vernos
perseguidos de tenderos y vendedores?
--¡Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida, se defiende como
puede. ¡Estaría bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando las
tiendas tan llenas de cosas de substancia! Eso no: Dios no quiere que a
nadie se le enfríe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da
dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos
de allegar lo que hace falta, sin robarlo... eso no. Porque yo prometo
pagar, y pagaré cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres... que hay
formalidad en casa, ya que no _haigan_ otras cosas. ¡Estaría bueno que
nos afligiéramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo,
como sabemos, que están ricos!...
--Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir, decoro; quiero
decir, dignidad.
--Yo no sé si tengo eso; pero tengo boca y estómago natural, y sé también
que Dios me ha puesto en el mundo para que viva, y no para que me deje
morir de hambre. Los gorriones, un suponer, ¿tienen vergüenza? ¡Quia!...
lo que tienen es pico... Y mirando las cosas como deben mirarse, yo digo
que Dios, no tan sólo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra
suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, las
casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura... Todo es
de Dios.
--Y la moneda, la indecente moneda, ¿de quién es?--preguntó con lastimero
acento la señora--. Contéstame.
--También es de Dios, porque Dios hizo el oro y la plata... Los billetes,
no sé... Pero también, también.
--Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene... y las
tiene todo el mundo menos nosotras... ¡Ea! date prisa, que siento
debilidad. ¿En dónde me pusiste las medicinas?... Ya: están sobre la
cómoda. Tomaré una papeleta de salicilato antes de comer... ¡Ay, qué
trabajo me dan estas piernas! En vez de llevarme ellas a mí, tengo yo
que tirar de ellas. _(Levantándose con gran esfuerzo.)_ Mejor andaría yo
con muletas. ¿Pero has visto lo que hace Dios conmigo? ¡Si esto parece
burla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de los
riñones, de todo menos del estómago. Privándome de recursos, dispone que
yo digiera como un buitre.
--Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, señora. ¡Bendito sea
el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambre
santísima!».