¡María Santísima, San José bendito, qué comentarios, qué febril
curiosidad, qué ansia de investigar y sorprender los propósitos del buen
D. Carlos! En los primeros momentos, la misma intensidad de la sorpresa
privó a todos de la palabra. Por los rincones del cerebro de cada cual
andaba la procesión... dudas, temores, envidia, curiosidad ardiente. La
_señá_ Benina, queriendo sin duda librarse de un fastidioso hurgoneo, se
despidió afectuosamente, como siempre lo hacía, y se fue. Siguiola, con
minutos de diferencia, el ciego Almudena. Entre los restantes empezaron
a saltar, como chispas, las frasecillas primeras de su sorpresa y
confusión: «Ya lo sabremos mañana... Será por desempeñarla... Tiene más
de cuarenta papeletas.
--Aquí todas nacen de pie--dijo _la Burlada_ a Crescencia--, menos
nosotras, que hemos caído en el mundo como talegos».
Y la Casiana, afilando más su cara caballuna, hasta darle proporciones
monstruosas, dijo con acento de compasión lúgubre: «¡Pobre Don Carlos!
Está más loco que una cabra».
A la mañana siguiente, aprovechando la comunidad el hecho feliz de no
haber ido a la parroquia ni la _señá_ Benina ni el ciego Almudena,
menudearon los comentarios del extraño suceso. La Demetria expuso
tímidamente la opinión de que D. Carlos quería llevar a la Benina a su
servicio, pues gozaba ésta fama de gran cocinera, a lo que agregó Eliseo
que, en efecto, la tal había sido maestra de cocina; pero no la querían
en ninguna parte por vieja.
«Y por sisona--afirmó la Casiana, recalcando con saña el término--. Habéis
de saber que ha sido una sisona tremenda, y por ese vicio se ve ahora
como se ve, teniendo que pedir para una rosca. De todas las casas en que
estuvo la echaron por ser tan larga de uñas, y si ella _hubiá_ tenido
_conduta_, no le faltarían casas buenas en que acabar tranquila...
--Pues yo--declaró _la Burlada_ con negro escepticismo--, _vos_ digo que si
ha venido a pedir es porque fue honrada; que las muy sisonas juntan
dinero para su vejez y se hacen ricas... que las hay, vaya si las hay.
Hasta con coche las he conocido yo.
--Aquí no se habla mal de _naide_.
--No es hablar mal. ¡A ver!... La que habla pestes es _bueycencia_,
señora presidenta de ministros.
--¿Yo?
--Sí... Vuestra Eminencia Ilustrísima es la que ha dicho que la Benina
sisaba; lo cual que no es verdad, porque si sisara tuviera, y si tuviera
no vendría a pedir. Tómate esa.
--Por _bocona_ te has de condenar tú.
--No se condena una por bocona, sino por rica, mayormente cuando quita la
limosna a los pobres de buena ley, a los que tienen hambre y duermen al
raso.
--Ea, que estamos en la casa de Dios, _señoras_--dijo Eliseo dando golpes
en el suelo con su pata de palo--. Guarden respeto y decencia unas para
otras, como manda la santísima _dotrina_».
Con esto se produjo el recogimiento y tranquilidad que la vehemencia de
algunos alteraba tan a menudo, y entre pedir gimiendo y rezar
bostezando se les pasaban las tristes horas.
Ahora conviene decir que la ausencia de la _señá_ Benina y del ciego
Almudena no era casual aquel día, por lo cual allá van las explicaciones
de un suceso que merece mención en esta verídica historia. Salieron
ambos, como se ha dicho, uno tras otro, con diferencia de algunos
minutos; pero como la anciana se detuvo un ratito en la verja, hablando
con Pulido, el ciego marroquí se le juntó, y ambos emprendieron juntos
el camino por las calles de San Sebastián y Atocha.
«Me detuve a charlar con Pulido por esperarte, amigo Almudena. Tengo que
hablar contigo».
Y agarrándole por el brazo con solicitud cariñosa, le pasó de una acera
a otra. Pronto ganaron la calle de las Urosas, y parados en la esquina,
a resguardo de coches y transeúntes, volvió a decirle: «Tengo que hablar
contigo, porque tú solo puedes sacarme de un gran compromiso; tú solo,
porque los demás _conocimientos_ de la parroquia para nada me sirven.
¿Te enteras tú? Son unos egoístas, corazones de pedernal... El que
tiene, porque tiene; el que no tiene, porque no tiene. Total, que la
dejarán a una morirse de vergüenza, y si a mano viene, se gozarán en
ver a una pobre mendicante por los suelos».
Almudena volvió hacia ella su rostro, y hasta podría decirse que la
miró, si mirar es dirigir los ojos hacia un objeto, poniendo en ellos,
ya que no la vista, la intención, y en cierto modo la atención, tan
sostenida como ineficaz. Apretándole la mano, le dijo: «_Amri_, saber tú
que servirte Almudena él, Almudena mí, como _pierro_. _Amri_, _dicermi_
cosas tú... de cosas _tigo_.
--Sigamos para abajo, y hablaremos por el camino. ¿Vas a tu casa?
--Voy a do _quierer_ tú.
--Paréceme que te cansas. Vamos muy a prisa. ¿Te parece bien que nos
sentemos un rato en la Plazuela del Progreso para poder hablar con
tranquilidad?».
Sin duda respondió el ciego afirmativamente, porque cinco minutos
después se les veía sentados, uno junto a otro, en el zócalo de la verja
que rodea la estatua de Mendizábal. El rostro de Almudena, de una
fealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala del
cuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de la
boca, que, cuando sonreía, afectaba una curva cuyos extremos, replegando
la floja piel de los carrillos, se ponían muy cerca de las orejas. Los
ojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchas
sanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo había
perdido la conformación airosa por la costumbre de andar a ciegas, y de
pasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a la
morisca. Vestía con relativa decencia, pues su ropa, aunque vieja y
llena de mugre, no tenía desgarrón ni avería que no estuvieran
enmendados por un zurcido inteligente, o por aplicaciones de parches y
retazos. Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamente
defendidos con costurones y remiendos habilísimos. El sombrero hongo
revelaba servicios dilatados en diferentes cabezas, hasta venir a
prestarlos en aquella, que quizás no sería la última, pues las
abolladuras del fieltro no eran tales que impidieran la defensa material
del cráneo que cubría. El palo era duro y lustroso; la mano con que lo
empuñaba, nerviosa, por fuera de color morenísimo, tirando a etiópico,
la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una rueda
de merluza cruda; las uñas bien cortadas; el cuello de la camisa lo
menos sucio que es posible imaginar en la mísera condición y vida
vagabunda del desgraciado hijo de Sus.
«Pues a lo que íbamos, Almudena--dijo la _señá_ Benina, quitándose el
pañuelo para volver a ponérselo, como persona desasosegada y nerviosa
que quiere ventilarse la cabeza--. Tengo un grave compromiso, y tú, nada
más que tú, puedes sacarme de él.
--_Dicermi_ ella, tú...
--¿Qué pensabas hacer esta tarde?
--En casa mí, _mocha_ que jacer mí: lavar ropa mí, coser _mocha_,
remendar _mocha_.
--Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro como
tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja
con la lengua más pronto que yo con mis dedos; coses a la perfección;
eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera... Y después de pedir en la
parroquia por la mañana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempo
para ir un ratito al café... Eres de lo que no hay; y si en el mundo
hubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razón, debieran
darte un premio... Bueno, hijo: pues lo que es esta tarde no te dejo
trabajar, porque tienes que hacerme un servicio... Para las ocasiones
son los amigos.
--¿Qué _sucieder_ ti?
--Una cosa tremenda. Estoy que no vivo. Soy tan desgraciada, que si tú no
me amparas me tiro por el viaducto... Como lo oyes.
--_Amri_... tirar no.
--Es que hay compromisos tan grandes, tan grandes, que parece imposible
que se pueda salir de ellos. Te lo diré de una vez para que te hagas
cargo: necesito un duro...
--¡Un _durro_!--exclamó Almudena, expresando con la súbita gravedad del
rostro y la energía del acento el espanto que le causaba la magnitud de
la cantidad.
--Sí, hijo, sí... un duro, y no puedo ir a casa si antes no lo consigo.
Es preciso que yo tenga ese duro: discurre tú, pues hay que sacarlo de
debajo de las piedras, buscarlo como quiera que sea.
--Es _mocha_... _mocha_...--murmuraba el ciego volviendo su rostro hacia
el suelo.
--No es tanto--observó la otra, queriendo engañar su pena con ideas
optimistas--. ¿Quién no tiene un duro? Un duro, amigo Almudena, lo tiene
cualquiera... Con que ¿puedes buscármelo tú, sí o no?».
Algo dijo el ciego en su extraña lengua que Benina tradujo por la
palabra «imposible», y lanzando un suspiro profundo, al cual contestó
Almudena con otro no menos hondo y lastimero, quedose un rato en
meditación dolorosa, mirando al suelo y después al cielo y a la estatua
de Mendizábal, aquel verdinegro señor de bronce que ella no sabía quién
era ni por qué le habían puesto allí. Con ese mirar vago y distraído que
es, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso del
alma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del jardín gentes
presurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo.
Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricoches
con botellas de cerveza y gaseosa; carros fúnebres, en el cual era
conducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. En
las tiendas entraban compradores que salían con paquetes. Mendigos
haraposos importunaban a los señores. Con rápida visión, Benina pasó
revista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todas
las casas, a los bolsillos de todos los transeúntes bien vestidos,
adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues de
la vida faltaba un duro. Después pensé que sería un paso muy salado que
se presentase ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieran
el favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a préstamo.
Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la pondrían
bonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo parecía que en
cualquier parte donde un duro no representaba más que un valor
insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... como
un _átomo inmenso_. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con
otras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteración
sensible en la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo:
los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Pues
siendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón había
para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y
para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus
manos? ¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina
se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no
podía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo el
estanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua?
V
Esto pensaba, cuando Almudena, volviendo de una meditación calculista,
que debía de ser muy triste por la cara que ponía, te dijo:
«¿No tenier tú cosa que _peinar_?
--No, hijo: todo empeñado ya, hasta las papeletas.
--¿No haber persona que _priestar ti_?
--No hay nadie que me fíe ya. No doy un paso sin encontrar una mala
cara.
--Señor Carlos llamar ti mañana.
--Mañana está muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto, Almudena,
pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta más el dogal que
tengo en la garganta.
--No llorar, _amri_. Tú ser buena _migo_; yo arremediando ti... Veslo
ahora.
--¿Qué se te ocurre? Dímelo pronto.
--Yo _peinar_ ropa.
--¿El traje que compraste en el Rastro? ¿Y cuánto crees que te darán?
--Dos _piesetas_ y media.
--Yo haré por sacar tres. ¿Y lo demás?
--Vamos a casa _migo_--dijo Almudena levantándose con resolución.
--Prontito, hijo, que no hay tiempo que perder. Es muy tarde. ¡Pues no
hay poquito que andar de aquí a la posada de Santa Casilda!».
Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de Paredes,
hablando poco. Benina, más sofocada por la ansiedad que por la viveza
del paso, echaba lumbre de su rostro, y cada vez que oía campanadas de
relojes hacía una mueca de desesperación. El viento frío del Norte les
empujaba por la calle abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco.
Las manos de uno y otro eran de hielo; sus narices rojas destilaban.
Enronquecían sus voces; las palabras sonaban con oquedad fría y triste.
No lejos del punto en que Mesón de Paredes desemboca en la Ronda de
Toledo, hallaron el parador de Santa Casilda, vasta colmena de viviendas
baratas alineadas en corredores sobrepuestos. Entrase a ella por un
patio o corralón largo y estrecho, lleno de montones de basura,
residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano. El cuarto que
habitaba Almudena era el último del piso bajo, al ras del suelo, y no
había que franquear un solo escalón para penetrar en él. Componíase la
vivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo: a
un lado la cocina, a otro la sala, que también era alcoba o gabinete,
con piso de tierra bien apisonado, paredes blancas, no tan sucias como
otras del mismo caserón o humana madriguera. Una silla era el único
mueble, pues la cama consistía en un jergón y mantas pardas, arrimado
todo a un ángulo. La cocinilla no estaba desprovista de pucheros,
cacerolas, botellas, ni tampoco de víveres. En el centro de la
habitación, vio Benina un bulto negro, algo como un lío de ropa, o un
costal abandonado. A la escasa luz que entraba después de cerrada la
puerta, pudo observar que aquel bulto tenía vida. Por el tacto, más que
por la vista, comprendió que era una persona.
«Ya estar aquí la _Pedra_ borracha.
--¡Ah! ¡qué cosas! Es esa que te ayuda a pagar el cuarto... Borrachona,
sinvergüenzonaza... Pero no perdamos tiempo, hijo; dame el traje, que yo
lo llevaré... y con la ayuda de Dios, sacaré siquiera dos ochenta. Ve
pensando en buscarme lo que falta. La Virgen Santísima te lo dará, y yo
he de rezarle para que te lo dé doblado, que a mí seguro es que no
quiere darme cosa ninguna».
Haciéndose cargo de la impaciencia de su amiga, el ciego descolgó de un
clavo el traje que él llamaba nuevo, por un convencionalismo muy
corriente en las combinaciones mercantiles, y lo entregó a su amiga, que
en cuatro zancajos se puso en el patio y en la Ronda, tirando luego
hacia el llamado Campillo de Manuela. El mendigo, en tanto, pronunciando
palabras coléricas, que no es fácil al narrador reproducir, por ser en
lengua arábiga, palpaba el bulto de la mujer embriagada, que como cuerpo
muerto en mitad del cuartucho yacía. A las expresiones airadas del
ciego, sólo contestó con ásperos gruñidos, y dio media vuelta,
espatarrándose y estirando los brazos para caer de nuevo en sopor más
hondo y en más brutal inercia.
Almudena metía mano por entre las ropas negras, cuyos pliegues,
revueltos con los del mantón, formaban un lío inextricable, y
acompañando su registro de exclamaciones furibundas, exploró también el
fláccido busto, como si amasara pellejos con trapos. Tan nervioso estaba
el hombre, que descubría lo que debe estar cubierto, y tapaba lo que
gusta de ver la luz del día. Allí sacó rosarios, escapularios, un fajo
de papeletas de empeño envuelto en un pedazo de periódico, trozos de
herradura recogidos en las calles, muelas de animales o de personas, y
otras baratijas. Terminado el registro, entró la Benina, de vuelta ya de
su diligencia, la cual había despachado con tanta presteza, como si la
hubieran llevado y traído en volandas los angelitos del cielo. Venía la
pobre mujer sofocadísima del veloz correr por las calles; apenas podía
respirar, y su rostro sudoroso despedía fuego, sus ojos alegría.
«Me han dado tres--dijo mostrando las monedas--, una en cuartos. No he
tenido poca suerte en que estuviera allí Valeriano; que a llegar a estar
el ama, la Reimunda, trabajo que costara sacarle dos y pico».
Respondiendo al contento de la anciana, Almudena, con cara de regocijo y
triunfo, le mostró entre los dedos una peseta.
«Encuentrarla aquí, en el _piecho_ de esta... Cogerla _tigo_.
--¡Oh, qué suerte! ¿Y no tendrá más? Busca bien, hijo.
--No tenier más. Mi regolver cosas _piecho_».
Benina sacudía las ropas de la borracha esperando ver saltar una moneda.
Pero no saltaron más que dos horquillas, y algunos pedacitos de carbón.
«No tenier más».
Siguió parloteando el ciego, y por las explicaciones que le dio del
carácter y costumbres de la mujerona, pudo comprender que si se hubieran
encontrado a esta en estado de normal despejo, les habría dado la peseta
con sólo pedirla. Con una breve frase sintetizó Almudena a su compañera
de hospedaje: «Ser güena, ser mala... Coger ella _tudo_, dar ella
_tudo_».
Acto continuo levantó el colchón, y escarbando en la tierra, sacó una
petaca vieja y sucia, que cuidadosamente escondía entre trapos y
cartones, y metiendo los dedos en ella, como quien saca un cigarro,
extrajo un papelejo, que desenvuelto mostró una monedita de dos reales,
nueva y reluciente. La cogió Benina, mientras Almudena sacaba de su
bolsillo, donde tenía multitud de herramientas, tijeras, canuto de
agujas, navaja, etc., otro envoltorio con dos perras gordas. Añadió a
ellas la que había recibido de D. Carlos, y lo dio todo a la pobre
anciana, diciéndole: «_Amri_, arriglar así tigo.
--Sí, sí... Pongo lo mío de hoy, y ya falta tan poco, que no quiero
molestarte más. ¡Gracias a Dios! Me parece mentira. ¡Ay, hijo, qué
bueno eres! Mereces que te caiga la lotería, y si no te cae, es porque
no hay justicia en la tierra ni en el cielo... Adiós, hijo, no puedo
detenerme ni un momento más... Dios te lo pague... Estoy en ascuas. Me
voy volando a casa... Quédate en la tuya... y a esta pobre desgraciada,
cuando despierte, no la pegues, hijo, ¡pobrecita! Cada uno, por el aquel
de no sufrir, se emborracha con lo que puede: esta con el aguardentazo,
otros con otra cosa. Yo también las cojo; pero no así: las mías son de
cosa de más adentro... Ya te contaré, ya te contaré».
Y salió disparada, las monedas metidas en el seno, temerosa de que
alguien se las quitara por el camino, o de que se le escaparan volando,
arrastradas de sus tumultuosos pensamientos. Al quedarse solo, Almudena
fue a la cocina, donde, entre otros cachivaches, tenía una palanganita
de estaño y un cántaro de agua. Se lavó las manos y los ojos; después
cogió un cazuelo en que había cenizas y carbones apagados, y pasando a
una de las casas vecinas, volvió al poco rato con lumbre, sobre la cual
derramó un puñadito de cierta substancia que en un envoltorio de papel
tenía junto a la cama. Levantose del fuego humareda muy densa y un olor
penetrante. Era el sahumerio de benjuí, única remembranza material de la
tierra nativa que Almudena se permitía en su destierro vagabundo. El
aroma especial, característico de casa mora, era su consuelo, su placer
más vivo, práctica juntamente casera y religiosa, pues envuelto en aquel
humo se puso a rezar cosas que ningún cristiano podía entender.
Con el humazo, la borracha gruñía más, y carraspeaba, y tosía, como
queriendo dar acuerdo de sí. El ciego no le hacía más caso que a un
perro, atento sólo a sus rezos en lengua que no sabemos si era arábiga o
hebrea, tapándose un ojo con cada mano, y bajándolas después sobre la
boca para besárselas. Mediano rato empleó en sus meditaciones, y al
terminarlas, vio sentada ante sí a la mujerzuela que con ojos esquivos y
lloricones, a causa del picor producido por el espeso sahumerio, le
miraba. Presentándole gravemente las palmas de las manos, Almudena le
soltó estas palabras:
«Gran púa, no haber más que un Dios... _b'rracha_, _b'rrachona_, no
haber más que un Dios... un Dios, un Dios solo, solo».
Soltó la otra sonora carcajada, y llevándose la mano al pecho, quería
arreglar el desorden que la mano inquieta de su compañero de vivienda
había causado en aquella parte interesantísima de su persona. Tan torpe
salía del sueño alcohólico, que no acertaba a poner cada cosa en su
sitio, ni a cubrir las que la honestidad quiere y ha querido siempre
que se cubran. «_Jai_, tú me has _arregistrao_.
--Sí... No haber más que un Dios, un Dios solo.
--¿Y a mí, qué? Por mí que _haigan_ dos o cuarenta, todos los que ellos
mesmos quieran haberse... Pero di, gorrón, me has quitado la peseta. No
me importa. _Pa_ ti era.
--¡Un Dios solo!».
Y viéndole coger el palo, se puso la mujer en guardia, diciéndole: «Ea,
no pegues, _Jai_. Basta ya de sahumerio, y ponte a hacer la cena.
¿Cuánto dinero tienes? ¿Qué quieres que te traiga?...
--_¡B'rrachona!_ no haber diniero... Llevarlo los _embaixos_, tú dormida.
--¿Qué te traigo?--murmuró la mujer negra tambaleándose y cerrando los
ojos--. Aguárdate un poquitín. Tengo sueño, _Jai_».
Cayó nuevamente en profundo sopor, y Almudena, que había requerido el
palo con intenciones de usarlo como infalible remedio de la embriaguez,
tuvo lástima y suspiró fuerte, mascullando estas o parecidas palabras:
«Pegar ti otro día».