III

Más adentro, como a la mitad del pasadizo, a la izquierda, había otro

grupo, compuesto de un ciego, sentado; una mujer, también sentada, con

dos niñas pequeñuelas, y junto a ella, en pie, silenciosa y rígida, una

vieja con traje y manto negros. Algunos pasos más allá, a corta

distancia de la iglesia, se apoyaba en la pared, cargando el cuerpo

sobre las muletas, el cojo y manco Elíseo Martínez, que gozaba el

privilegio de vender en aquel sitio _La Semana Católica_. Era, después

de Casiana, la persona de más autoridad y mangoneo en la cuadrilla, y

como su lugarteniente o mayor general.

Total: siete reverendos mendigos, que espero han de quedar bien

registrados aquí, con las convenientes distinciones de figura, palabra y

carácter. Vamos con ellos.

La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida prematuramente,

era, además de _nueva_, temporera, porque acudía a la mendicidad por

lapsos de tiempo más o menos largos, y a lo mejor desaparecía, sin duda

por encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran.

Respondía al nombre de la _señá Benina_ (de lo cual se infiere que

Benigna se llamaba), y era la más callada y humilde de la comunidad, si

así puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de

perfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a los

_parroquianos_ que entraban o salían; en los _repartos_, aun siendo

leoninos, nunca formuló protesta, ni se la vio siguiendo de cerca ni de

lejos la bandera turbulenta y demagógica de la _Burlada_. Con todas y

con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba con

miramiento a la Casiana, con respeto al cojo, y únicamente se permitía

trato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia,

con el ciego llamado Almudena, del cual, por el pronto, no diré más sino

que es árabe, del Sus, tres días de jornada más allá de Marrakesh.

Fijarse bien.

Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena

educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante

que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas

perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos,

grandes y obscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y

los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras

de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no

terminaban en uñas de cernícalo. Eran sus manos como de lavandera, y aún

conservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en la

frente; sobre ella pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo

mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la

expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto de

líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en

penitencia. Faltábanle sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si

bien podría creerse que hacía las veces de esta el lobanillo del tamaño

de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más

arriba del entrecejo.

A eso de las diez, la Casiana salió al patio para ir a la sacristía

(donde tenía gran metimiento, como _antigua_), para tratar con D. Senén

de alguna incumbencia desconocida para los compañeros y por lo mismo muy

comentada. Lo mismo fue salir la _caporala_, que correrse la Burlada

hacia el otro grupo, como un envoltorio que se echara a rodar por el

pasadizo, y sentándose entre la mujer que pedía con dos niñas, llamada

Demetria, y el ciego marroquí, dio suelta a la lengua, más cortante y

afilada que las diez uñas lagartijeras de sus dedos negros y rapantes.

«¿Pero qué, no creéis lo que vos dije? La _caporala_ es rica, mismamente

rica, tal como lo estáis oyendo, y todo lo que coge aquí nos lo quita a

las que _semos_ de verdadera _solenidá_, porque no tenemos más que el

día y la noche.

--Vive por allá arriba--indicó la Crescencia--, _orilla en ca los Paúles_.

--¡Quiá, no, señora! Eso era antes. Yo lo sé todo--prosiguió la Burlada,

haciendo presa en el aire con sus uñas--. A mí no me la da ésa, y he

tomado lenguas. Vive en Cuatro Caminos, donde tiene corral, y en él

cría, con perdón, un cerdo; sin agraviar a nadie, el mejor cerdo de

Cuatro Caminos.

--¿Ha visto usted la jorobada que viene por ella?

--¿Que si la he visto? Esa cree que _semos_ bobas. La corcovada es su

hija, y por más señas costurera, ¿sabes?, y con achaque de la joroba,

pide también. Pero es modista, y gana dinero para casa... Total, que

allí son ricos, el Señor me perdone; ricos sinvergonzonazos, que engañan

a nosotras y a la Santa Iglesia católica, apostólica. Y como no gasta

nada en comer, porque tiene dos o tres casas de donde le traen todos los

días los cazolones de cocido, que es la gloria de Dios... ¡a ver!

--Ayer--dijo Demetria quitándole la teta a la niña--, bien lo _vide_. Le

trajeron...

--¿Qué?

--Pues un arroz con almejas, que lo menos había para siete personas.

--¡A ver!... ¿Estás segura de que era con almejas? ¿Y qué, _golía_ bien?

--¡Vaya si _golía_!... Los cazolones los tiene en _ca_ el sacristán. Allí

vienen y se los llenan, y hala con todo para Cuatro Caminos.

--El marido...--añadió la Burlada echando lumbre por los ojos--, es uno que

vende teas y perejil... Ha sido _melitar_, y tiene siete cruces sencillas

y una con cinco _riales_... Ya ves qué familia. Y aquí me tienes que hoy

no he comido más que un corrusco de pan; y si esta noche no me da cobijo

la Ricarda en el cajón de Chamberí, tendré que quedarme al santo raso.

¿Tú qué dices, Almudena?

El ciego murmuraba. Preguntado segunda vez, dijo con áspera y

dificultosa lengua:

--¿Hablar vos del _Piche_? Conocierle mí. No ser marido la Casiana con

casarmiento, por la luz bendita, no. Ser quirido, por la bendita luz,

quirido.

--¿Conócesle tú?

--Conocierle mí, comprarmi dos rosarios él... de mi tierra dos rosarios,

y una pieldra imán. Diniero él, mucho diniero... Ser capatazo de la sopa

en el Sagriado Corazón de allá... y en toda la probieza de allá,

mandando él, con garrota él... barrio Salmanca... capatazo... Malo, mu

malo, y no dejar comer... Ser un criado del Goberno, del Goberno malo de

Ispania, y de los del Banco, aonde estar tuda el diniero en cajas

soterranas. Guardar él, matarnos de hambre él...

--Es lo que faltaba--dijo la Burlada con aspavientos de oficiosa ira--; que

también tuvieran dinero en las arcas del Banco esos hormigonazos.

--¡Tanto como eso!... Vaya usted a saber--indicó la Demetria, volviendo a

dar la teta a la criatura, que había empezado a chillar--. ¡Calla,

tragona!

--¡A ver!... Con tanto _chupío_, no sé cómo vives, hija... Y usted, señá

Benina, ¿qué cree?

--¿Yo?... ¿De qué?

--De si _tien_ o no _tien_ dinero en el Banco.

--¿Y a mí qué? Con su pan se lo coman.

--Con el nuestro, ¡ja, ja!... y encima codillo de jamón.

--¡A callar se ha dicho!--gritó el cojo, vendedor de _La Semana_--. Aquí se

viene a lo que se viene, y a guardar la _circuspición_.

--Ya callamos, hombre, ya callamos. ¡A ver!... ¡Ni que _fuas_ Vítor

Manuel, el que puso preso al Papa!

--Callar, digo, y tengan más religión.

--Religión tengo, aunque no como con la Iglesia como tú, pues yo vivo en

compañía del hambre, y mi negocio es miraros tragar y ver los

_papelaos_ de cosas ricas que vos traen de las casas. Pero no tenemos

envidia, ¿sabes, Eliseo? y nos alegramos de ser pobres y de morirnos de

flato, para irnos en globo al cielo, mientras que tú...

--Yo ¿qué?

--¡A ver!... Pues que estás rico, Eliseo; no niegues que estás rico...

Con la _Semana_, y lo que te dan D. Senén y el señor cura... Ya sabemos:

el que parte y reparte... No es por murmurar: Dios me libre. Bendita sea

nuestra santa miseria... El Señor te lo aumente. Dígolo porque te estoy

agradecida, Eliseo. Cuando me cogió el coche en la calle de la Luna...

fue el día que llevaron a ese Sr. de Zorrilla... pues, como digo, mes y

medio estuve en el _espital_, y cuando salí, tú, viéndome sola y

desamparada, me dijiste: «_Señá_ Flora, ¿por qué no se pone a pedir en

un templo, quitándose de la _santimperie_, y arrimándose al cisco de la

religión? Véngase conmigo y verá cómo puede sacar un diario, sin rodar

por las calles, y tratando con pobres decentes». Eso me dijiste, Eliseo,

y yo me eché a llorar, y me vine acá contigo. De lo cual vino el estar

yo aquí, y muy agradecida a tu _conduta_ fina y de caballero. Sabes que

rezo un Padrenuestro por ti todos los días, y le pido al Señor que te

haga más rico de lo que eres; que vendas _sinfinidá_ de _Semanas_, y

que te traigan buen bodrio del café y de la casa de los señores condes,

para que te hartes tú y la _carreterona_ de tu mujer. ¿Qué importa que

Crescencia y yo, y este pobre Almudena, nos desayunemos a las _doce del

mediodía_ con un mendrugo, que serviría para empedrar las santas calles?

Yo le pido al Señor que no te falte para el aguardentazo. Tú lo

necesitas para vivir; yo me moriría si lo catara... ¡Y ojalá que tus dos

hijos lleguen a duques! Al uno le tienes de aprendiz de tornero, y te

mete en casa seis reales cada semana; al otro le tienes en una taberna

de las Maldonadas, y saca buenas propinillas de las golfas, con

perdón... El Señor te los conserve, y te los aumente cada año, y véate

yo vestido de terciopelo y con una pata nueva de palo santo, y a tu

tarasca véala yo con sombrero de plumas. Soy agradecida: se me ha

olvidado el comer, de las hambres que paso; pero no tengo malos

quereres, Eliseo de mi alma, y lo que a mí me falta tenlo tú, y come y

bebe, y emborráchate; y ten casa de balcón con mesas de _de noche_, y

camas de hierro con sus colchas rameadas, tan limpias como las del Rey;

y ten hijos que lleven boina nueva y alpargata de suela, y niña que

gaste toquilla rosa y zapatito de charol los domingos, y ten un buen

anafre, y buenos felpudos para delante de las camas, y cocina de _co_,

con papeles nuevos, y una batería que da gloria con _tantismas_

cazoletas; y buenas láminas del Cristo de la Caña y Santa Bárbara

bendita, y una cómoda llena de ropa blanca; y pantallas con flores, y

hasta máquina de coser que no sirve, pero encima de ella pones la pila

de _Semanas_; ten también muchos amigos y vecinos buenos, y las grandes

casas de acá, con señores que por verte inválido te dan barreduras del

almacén de azúcar, y _papelaos_ del café de _la moca_, y de arroz de

tres pasadas; ten también metimiento con las señoras de la Conferencia,

para que te paguen la casa o la cédula, y den plancha de fino a tu

mujer... ten eso y más, y más, Eliseo...

Cortó los despotriques vertiginosos de la Burlada, produciendo un

silencio terrorífico en el pasadizo, la repentina aparición de la _señá_

Casiana por la puerta de la iglesia.

--Ya salen de misa mayor--dijo; y encarándose después con la habladora,

echó sobre ella toda su autoridad con estas despóticas palabras:

«Burlada, pronto a tu puesto, y cerrar el pico, que estamos en la casa

de Dios».

Empezaba a salir gente, y caían algunas limosnas, pocas. Los casos de

ronda total, dando igual cantidad a todos, eran muy raros, y aquel día

las escasas moneditas de cinco y dos céntimos iban a parar a las manos

diligentes de Eliseo o de la _caporala_, y algo le tocó también a la

Demetria y a _señá_ Benina. Los demás poco o nada lograron, y la ciega

Crescencia se lamentó de no haberse estrenado. Mientras Casiana hablaba

en voz baja con Demetria, la Burlada pegó la hebra con Crescencia en el

rincón próximo a la puerta del patio.

--¡Qué le estará diciendo a la Demetria!

--A saber... Cosas de ellas.

--Me ha _golido_ a bonos por el funeral _de presencia_ que tenemos mañana.

A Demetria le dan más, por ser _arrecomendada_ de ese que celebra la

primera misa, el D. Rodriguito de las medias moradas, que dicen es

secretario del Papa.

--Le darán toda la carne, y a nosotras los huesos.

--¡A ver!... Siempre lo mismo. No hay como andar con dos o tres criaturas

a cuestas para sacar tajada. Y no miran a la decencia, porque estas

holgazanotas, como Demetria, sobre ser unas grandísimas pendonazas,

hacen luego del vicio su comercio. Ya ves: cada año se trae una

lechigada, y criando a uno, ya tiene en el buche los huesos del año que

viene.

--¿Y es casada?

--Como tú y como yo. De mí nada dirán, pues en San Andrés bendito me casé

con mi Roque, que está en gloria, de la consecuencia de una caída del

andamio. Esta dice que tiene el marido en _Celiplinas_, y será que

desde allá le hace los chiquillos... por carta... ¡Ay, qué mundo! Te

digo que sin criaturas no se saca nada: los señores no miran a la

_dinidá_ de una, sino a si da el pecho o no da el pecho. Les da lástima

de las criaturas, sin reparar en que más _honrás_ somos las que no las

tenemos, las que estamos en la _senetú_, hartas de trabajos y sin poder

valernos. Pero vete tú ahora a _golver_ del revés el mundo, y a gobernar

la compasión de los señores. Por eso se dice que todo anda trastornado y

al revés, hasta los cielos benditos, y lleva razón Pulido cuando habla

de la _rigolución mu_ gorda, _mu_ gorda, que ha de venir para meter en

cintura a ricos miserables y a pobres _ensalzaos_».

Concluía la charlatana vieja su perorata, cuando ocurrió un suceso tan

extraño, fenomenal e inaudito, que no podría ser comparado sino a la

súbita caída de un rayo en medio de la comunidad mendicante, o a la

explosión de una bomba: tales fueron el estupor y azoramiento que en

toda la caterva mísera produjo. Los más antiguos no recordaban nada

semejante; los nuevos no sabían lo que les pasaba. Quedáronse todos

mudos, perplejos, espantados. ¿Y qué fue, en suma? Pues nada: que Don

Carlos Moreno Trujillo, que toda la vida, desde que _el mundo era

mundo_, salía infaliblemente por la puerta de la calle de Atocha... no

alteró aquel día su inveterada costumbre; pero a los pocos pasos volvió

adentro, para salir por la calle de las Huertas, hecho singularísimo,

absurdo, equivalente a un retroceso del sol en su carrera.

Pero no fue principal causa de la sorpresa y confusión la desusada

salida por aquella parte, sino que D. Carlos se paró en medio de los

pobres (que se agruparon en torno a él, creyendo que les iba a repartir

otra perra por barba), les miró como pasándoles revista, y dijo: «Eh,

señoras ancianas, ¿quién de vosotras es la que llaman la _señá_ Benina?».

--Yo, señor, yo soy--dijo la que así se llamaba, adelantándose temerosa de

que alguna de sus compañeras le quitase el nombre y el estado civil.

--Esa es--añadió la Casiana con sequedad oficiosa, como si creyese que

hacía falta su _exequatur_ de caporala para conocimiento o certificación

de la personalidad de sus inferiores.

--Pues, _señá_ Benina--agregó D. Carlos embozándose hasta los ojos para

afrontar el frío de la calle--, mañana, a las ocho y media, se pasa usted

por casa; tenemos que hablar. ¿Sabe usted dónde vivo?

--Yo la acompañaré--dijo Eliseo echándosela de servicial y diligente en

obsequio del señor y de la mendiga.

--Bueno. La espero a usted, _señá_ Benina.

--Descuide el señor.

--A las ocho y media en punto. Fíjese bien--añadió D. Carlos a gritos, que

resultaron apagados porque le tapaban la boca las felpas húmedas del

embozo raído--. Si va usted antes, tendrá que esperarse, y si va después,

no me encuentra... Ea, con Dios. Mañana es 25: me toca en Montserrat, y

después, al cementerio. Con que...

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