Tomada el agua bendita, don Carlos Moreno Trujillo se dirigió a la
capilla de Nuestra Señora de la Blanca. Era hombre tan extremadamente
metódico, que su vida entera encajaba dentro de un programa
irreductible, determinante de sus actos todos, así morales como físicos,
de las graves resoluciones, así como de los pasatiempos insignificantes,
y hasta del moverse y del respirar. Con un solo ejemplo se demuestra el
poder de la rutinaria costumbre en aquel santo varón, y es que, viviendo
en aquellos días de su ancianidad en la calle de Atocha, entraba siempre
por la verja de la calle de San Sebastián y puerta del Norte, sin que
hubiera para ello otra razón que la de haber usado dicha entrada en los
treinta y siete años que vivió en su renombrada casa de comercio de la
Plazuela del Ángel. Salía invariablemente por la calle de Atocha, aunque
a la salida tuviera que visitar a su hija, habitante en la calle de la
Cruz.
Humillado ante el altar de los Dolores, y después ante la imagen de San
Lesmes, permanecía buen rato en abstracción mística; despacito recorría
todas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasión
se alteraba; oía luego dos misitas, siempre dos, ni una más ni una
menos; hacía otro recorrido de altares, terminando infaliblemente en la
capilla del Cristo de la Fe; pasaba un ratito a la sacristía, donde con
el coadjutor o el sacristán se permitía una breve charla, tratando del
tiempo, o de _lo malo que está todo_, o bien de comentar el cómo y el
por qué de que viniera turbia el agua del Lozoya, y se marchaba por la
puerta que da a la calle de Atocha, donde repartía las últimas monedas
del cartucho. Tal era su previsión, que rara vez dejaba de llevar la
cantidad necesaria para los pobres de uno y otro costado: como
aconteciera el caso inaudito de faltarle una pieza, ya sabía el mendigo
que la tenía segura al día siguiente; y si sobraba, se corría el buen
señor al oratorio de la calle del Olivar en busca de una mano desdichada
en que ponerla.
Pues señor, entró D. Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta
que llamaremos del Cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegos
de ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron a
picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer,
¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición y
sus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta, y
que, picante o desabrida, siempre tienen a mano para con ella saciarse?
En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porque
cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias
usuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y la
palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable
del dime y direte.
«¿No _vus_ dije que D. Carlos no faltaba hoy? Ya lo habéis visto. Decir
ahora si yo me equivoco y no estoy al tanto.
--Yo también lo dije... Toma... como que es el _aniversario del mes_, día
24; quiere decir que cumple mes la defunción de su esposa, y Don Carlos
bendito no falta este día, aunque lluevan ruedas de molino, porque otro
más cristiano, sin agraviar, no lo hay en Madrid.
--Pues yo me temía que no viniera, motivado al frío que hace, y pensé
que, por ser día de perra gorda, el buen señor suprimía la _festividá_.
--Hubiéralo dado mañana, bien lo sabes, Crescencia, que D. Carlos sabe
cumplir y paga lo que debe.
--Hubiéranos dado mañana la gorda de hoy, eso sí; pero quitándonos la
chica de mañana. Pues ¿qué crees tú, que aquí no sabemos de cuentas? Sin
agraviar, yo sé ajustarlas como la misma luz, y sé que el D. Carlos,
cuando se le hace mucho lo que nos da, se pone malo por ahorrarse
algunos días, lo cual que ha de saberle mal a la difunta.
--Cállate, mala lengua.
--Mala lengua tú, y... ¿quieres que te lo diga?... ¡adulona!
--¡Lenguaza!».
Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se
entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas
ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas
vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La
_señá_ Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien
tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues
en donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres
humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás,
y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata,
siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del
envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano
de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases
altaneras y descorteses tenía por nombre _Flora_ y por apodo _la
Burlada_, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeña
y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba el
miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tenía
que decir algo picante y malévolo cuando los demás _repartijaban_, y
nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelos
sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia.
Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover
de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus
encías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca,
asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba
su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo,
cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y
la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las
ideas con un temblor insultante.
Tipo contrario al de _la Burlada_ era el de _señá_ Casiana: alta,
huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por
llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de
los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran
todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y
feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin
brillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz de
gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios
delgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar
rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a _la
Burlada_ podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo
en una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como un
caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros,
cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con el
otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda
región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división
capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo
mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el
principio de distinción capital. Las _antiguas_, o sea las que llevaban
ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de
preeminencias que por todos eran respetadas, y las _nuevas_ no tenían
más remedio que conformarse. Las _antiguas_ disfrutaban de los mejores
puestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, junto
a la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasen
esta jurisprudencia en beneficio de alguna _nueva_, ya les había caído
que hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso
acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas
colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las
_antiguas_; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera para
que fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho a
la repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no era
fácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían la
preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo
dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el
antiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que pueden
determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro,
dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas;
_la Burlada_, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la más
nueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivial
o palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas la
chispa de la discordia.
La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada o
salida de fieles. Pero _la Burlada_ no podía refrenar su reconcomio, y
en la primera ocasión, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (de
quien se hablará después) recibían aquel día más limosna que los demás,
se deslenguó nuevamente con la _antigua_, diciéndole: «Adulona, más que
adulona, ¿crees que no sé que estás rica, y que en Cuatro Caminos tienes
casa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo se
sabe.
--Cállate la boca, si no quieres que dé parte a D. Senén para que te
enseñe la educación.
--¡A ver!...
--No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad.
--Pero, señoras, por Dios--dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio más
próximo a la iglesia--. Arreparen que están alzando el Santísimo
Sacramento.
--Es esta habladora, escorpionaza.
--Es esta dominanta... ¡A ver!... Pues, hija, ya que eres _caporala_, no
tires tanto de la cuerda, y deja que las _nuevas_ alcancemos algo de la
limosna, que todas _semos_ hijas de Dios... ¡A ver!
--¡Silencio, digo!
--¡Ay, hija... ni que _fuas_ Cánovas!».