II

Tomada el agua bendita, don Carlos Moreno Trujillo se dirigió a la

capilla de Nuestra Señora de la Blanca. Era hombre tan extremadamente

metódico, que su vida entera encajaba dentro de un programa

irreductible, determinante de sus actos todos, así morales como físicos,

de las graves resoluciones, así como de los pasatiempos insignificantes,

y hasta del moverse y del respirar. Con un solo ejemplo se demuestra el

poder de la rutinaria costumbre en aquel santo varón, y es que, viviendo

en aquellos días de su ancianidad en la calle de Atocha, entraba siempre

por la verja de la calle de San Sebastián y puerta del Norte, sin que

hubiera para ello otra razón que la de haber usado dicha entrada en los

treinta y siete años que vivió en su renombrada casa de comercio de la

Plazuela del Ángel. Salía invariablemente por la calle de Atocha, aunque

a la salida tuviera que visitar a su hija, habitante en la calle de la

Cruz.

Humillado ante el altar de los Dolores, y después ante la imagen de San

Lesmes, permanecía buen rato en abstracción mística; despacito recorría

todas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasión

se alteraba; oía luego dos misitas, siempre dos, ni una más ni una

menos; hacía otro recorrido de altares, terminando infaliblemente en la

capilla del Cristo de la Fe; pasaba un ratito a la sacristía, donde con

el coadjutor o el sacristán se permitía una breve charla, tratando del

tiempo, o de _lo malo que está todo_, o bien de comentar el cómo y el

por qué de que viniera turbia el agua del Lozoya, y se marchaba por la

puerta que da a la calle de Atocha, donde repartía las últimas monedas

del cartucho. Tal era su previsión, que rara vez dejaba de llevar la

cantidad necesaria para los pobres de uno y otro costado: como

aconteciera el caso inaudito de faltarle una pieza, ya sabía el mendigo

que la tenía segura al día siguiente; y si sobraba, se corría el buen

señor al oratorio de la calle del Olivar en busca de una mano desdichada

en que ponerla.

Pues señor, entró D. Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta

que llamaremos del Cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegos

de ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron a

picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer,

¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición y

sus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta, y

que, picante o desabrida, siempre tienen a mano para con ella saciarse?

En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porque

cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias

usuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y la

palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable

del dime y direte.

«¿No _vus_ dije que D. Carlos no faltaba hoy? Ya lo habéis visto. Decir

ahora si yo me equivoco y no estoy al tanto.

--Yo también lo dije... Toma... como que es el _aniversario del mes_, día

24; quiere decir que cumple mes la defunción de su esposa, y Don Carlos

bendito no falta este día, aunque lluevan ruedas de molino, porque otro

más cristiano, sin agraviar, no lo hay en Madrid.

--Pues yo me temía que no viniera, motivado al frío que hace, y pensé

que, por ser día de perra gorda, el buen señor suprimía la _festividá_.

--Hubiéralo dado mañana, bien lo sabes, Crescencia, que D. Carlos sabe

cumplir y paga lo que debe.

--Hubiéranos dado mañana la gorda de hoy, eso sí; pero quitándonos la

chica de mañana. Pues ¿qué crees tú, que aquí no sabemos de cuentas? Sin

agraviar, yo sé ajustarlas como la misma luz, y sé que el D. Carlos,

cuando se le hace mucho lo que nos da, se pone malo por ahorrarse

algunos días, lo cual que ha de saberle mal a la difunta.

--Cállate, mala lengua.

--Mala lengua tú, y... ¿quieres que te lo diga?... ¡adulona!

--¡Lenguaza!».

Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se

entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas

ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas

vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La

_señá_ Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien

tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues

en donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres

humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás,

y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata,

siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del

envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano

de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases

altaneras y descorteses tenía por nombre _Flora_ y por apodo _la

Burlada_, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeña

y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba el

miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tenía

que decir algo picante y malévolo cuando los demás _repartijaban_, y

nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelos

sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia.

Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover

de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus

encías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca,

asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba

su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo,

cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y

la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las

ideas con un temblor insultante.

Tipo contrario al de _la Burlada_ era el de _señá_ Casiana: alta,

huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por

llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de

los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran

todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y

feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin

brillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz de

gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios

delgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar

rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a _la

Burlada_ podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo

en una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como un

caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros,

cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con el

otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda

región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división

capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo

mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el

principio de distinción capital. Las _antiguas_, o sea las que llevaban

ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de

preeminencias que por todos eran respetadas, y las _nuevas_ no tenían

más remedio que conformarse. Las _antiguas_ disfrutaban de los mejores

puestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, junto

a la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasen

esta jurisprudencia en beneficio de alguna _nueva_, ya les había caído

que hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso

acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas

colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las

_antiguas_; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera para

que fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho a

la repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no era

fácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían la

preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo

dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el

antiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que pueden

determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro,

dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas;

_la Burlada_, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la más

nueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivial

o palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas la

chispa de la discordia.

La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada o

salida de fieles. Pero _la Burlada_ no podía refrenar su reconcomio, y

en la primera ocasión, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (de

quien se hablará después) recibían aquel día más limosna que los demás,

se deslenguó nuevamente con la _antigua_, diciéndole: «Adulona, más que

adulona, ¿crees que no sé que estás rica, y que en Cuatro Caminos tienes

casa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo se

sabe.

--Cállate la boca, si no quieres que dé parte a D. Senén para que te

enseñe la educación.

--¡A ver!...

--No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad.

--Pero, señoras, por Dios--dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio más

próximo a la iglesia--. Arreparen que están alzando el Santísimo

Sacramento.

--Es esta habladora, escorpionaza.

--Es esta dominanta... ¡A ver!... Pues, hija, ya que eres _caporala_, no

tires tanto de la cuerda, y deja que las _nuevas_ alcancemos algo de la

limosna, que todas _semos_ hijas de Dios... ¡A ver!

--¡Silencio, digo!

--¡Ay, hija... ni que _fuas_ Cánovas!».

Misericordia · 第 4 / 43 题