La misma decoración del acto primero. Es por la mañana.
DOÑA CLARINES, _con velo a la cabeza, dispuesta para salir a la calle,
está sentada._ DON BASILIO _pasea._
DON BASILIO. ¿Vas a salir?
DOÑA CLARINES. ¿No lo ves?
DON BASILIO. _Observando si están enteramente solos._ Pues...
antes...
DOÑA CLARINES. Ah, sí. _Saca de su portamonedas un duro y se lo da a su
hermano._ Toma.
DON BASILIO. _Afectando un sentimiento de dignidad herida._ No puedo.
¡No puedo acostumbrarme!
DOÑA CLARINES. ¿Cómo?
DON BASILIO. ¡No puedo acostumbrarme! ¡Un Olivenza, un descendiente del
señor de la Torre de Olivenza viviendo asalariado por su hermana! ¡No
puedo acostumbrarme! Me quema la mano esta moneda.
DOÑA CLARINES. Pues suéltala.
DON BASILIO. _Suspirando, después de mirar a doña Clarines y de
guardarse el duro._ ¡Ay, ay, ay!
DOÑA CLARINES. Si el descendiente de los Olivenzas no hubiese
despilfarrado la hacienda que le legaron sus mayores, emborrachándose
cuanto ha podido con todo linaje de gentuza, otro gallo le cantaría.
DON BASILIO. ¡Un duro diario! ¡Ni siquiera el paquete de los treinta
duros al mes! ¡Un duro diario! No hay manera de especular: compréndelo,
Clarines.
DOÑA CLARINES. Empecé dándote los treinta reunidos el día primero de
cada mes, y el día cinco ya no tenías un céntimo. Tuya es la culpa de
haber venido a parar a esta situación que encuentras bochornosa.
_Sale_ LUJÁN _por la puerta de la izquierda. Trae sombrero._
DON BASILIO. _Dirigiéndose a él._ ¡Ay, Isidoro; compadece a tu pobre
amigo!
LUJÁN. ¿Pues?
DOÑA CLARINES. Cualquier cosa dirá ese badulaque.
_Se va don Basilio por la puerta del foro, hacia la derecha, como hombre
que no puede con sus desventuras, y no sin amenazar a doña Clarines con
un ademán que ella no ve._
LUJÁN. Será mejor compadecerla a usted; ¿no, doña Clarines?
DOÑA CLARINES. ¿Y a mí por qué ha de tenerme usted compasión?
LUJÁN. Creí... Extraño verla en plan de salir a la calle. No se la
concibe a usted sino entre estas paredes.
DOÑA CLARINES. Si lo dice usted porque quiere que yo le diga dónde voy a
ir, no me importa que usted lo sepa.[75]
LUJÁN. Je...
DOÑA CLARINES. Todos los meses del año, tal día como hoy,[76] acostumbro
ir con Tata a las casas de algunos pobres a darles la limosna que puedo.
Es gente que la necesita y que no la pide. Tiene el pudor de su
desgracia.[77] Por eso voy yo a visitarlos.
LUJÁN. Ya.
DOÑA CLARINES. Aguardo a Tata, que por lo visto se está emperejilando
como si fuéramos a un baile. A la vejez, viruelas. ¿Y usted, va a ver a
don Rodrigo?
LUJÁN. Todavía es temprano. ¿Le molesta a usted mi compañía?
DOÑA CLARINES. Ahora, no.
LUJÁN. Pues aprovechemos el momento.
DOÑA CLARINES. Siéntese usted.
LUJÁN. Muchas gracias. _Lo hace._ He de marchar de Guadalema mañana o
pasado, y antes de marchar yo quisiera... Como sus costumbres de usted
son tan respetables... ¿Usted me autoriza para que les haga un regalo a
sus criados, que me están sirviendo a maravilla?
DOÑA CLARINES. ¡Pues no faltaba más! ¡Ya lo creo!
LUJÁN. ¿Me autoriza usted?
DOÑA CLARINES. Sí, señor.
LUJÁN. Ahí tiene usted lo que son las cosas: he tomado tantas
precauciones temeroso de que fuera usted a ponerme como los trapos.
DOÑA CLARINES. No había por qué. Cuando lo pongo de hoja de perejil es
si se va usted sin darles nada.
LUJÁN. ¿Sí, verdad?
DOÑA CLARINES. Y ellos conmigo,[78] naturalmente.
LUJÁN. Je...
DOÑA CLARINES. Y vamos a ver, señor Luján; ahora que estamos solos: ¿qué
tal lleva usted[79] el encargo que le confió mi hermano Basilio al
llegar a esta casa?
LUJÁN. ¿A mí?
DOÑA CLARINES. A usted.
LUJÁN. ¿A mí, señora?
DOÑA CLARINES. A usted, señor. Y si no hemos de reñir de buenas a
primeras, no finja. Mi hermano Basilio le encargó a usted que me
observara, porque cree que yo estoy para que me encierren. O dice que lo
cree.
LUJÁN. Es cierto. Ya ve usted que no finjo. Pero, señora mía, conociendo
a Basilio, jamás pude tomar al pie de la letra semejante disparatón.
DOÑA CLARINES. Disparatón, no. Es moneda corriente en Guadalema. Y manía
muy vieja en mi hermano, que hasta me ha escrito algunos anónimos a
cuenta de ello. Así es que me reí de verdad el día que me habló de
hospedarlo a usted en esta casa.
LUJÁN. Ahora comprendo el recibimiento que usted me hizo.
DOÑA CLARINES. Hubiera sido igual de todas maneras. Los huéspedes me
enojan, y si los trae el borrachín de Basilio, mucho más. Todos salen
hablando mal de mí; y no tiene gracia que yo encima les dé una cama
limpia y bien de comer.
LUJÁN. _Turbado._ Verdaderamente... eso no tiene gracia.
DOÑA CLARINES. Lo que sí le debo advertir es que, a poco de hablar con
usted, comprendí que su amistad con mi hermano era cosa de azar y no de
analogía de caracteres. Lo considero a usted persona bastante más seria
que Basilio.
LUJÁN. Señora...
DOÑA CLARINES. Ya sé que hay quien tiene la seriedad del burro; pero sin
duda no se halla usted en ese caso.
LUJÁN. ¡A mí me parece que no!
DOÑA CLARINES. Noto, en cambio de ello, en su carácter, una cualidad que
me subleva; que no la puedo resistir.