TATA. ¡Aaaaah!
MARCELA. ¡Más bueno!... ¡más noble!... Y yo lo quiero... ¡vamos! No
sabe usted cómo yo lo quiero.
TATA. ¡Aaaaah!
MARCELA. Ahora que he estado lejos de él, he visto que mi vida es la
suya. Paso que daba, paso que me parecía inspirado por él.[67] ¡Lo que
charlamos él y yo a tantas leguas de distancia! Algunas veces me ha
sorprendido doña Clarines por el jardín, y me ha dicho: «Chiquilla,
¿estás hablando sola?» «Sí, tía.» Y la engañaba. No estaba hablando
sola: hablaba con él.
TATA. ¡Aaaaah!
MARCELA. Si él no me quisiera, mi vida valdría mucho menos: desde que él
me quiere vivo más. Y si me dijeran que para vivir a su lado tendría que
dar los ojos, los ojos daría: que yo sé que, sin ver, siempre
encontraría su mano que me guiase. ¿Comprende usted cuánto lo quiero?
TATA. Comprendo la regañina de la tía. ¿Y es de Madrid por ventura ese
lazarillo?
MARCELA. De Madrid. Pero está en Guadalema ya.
TATA. ¿En Guadalema? ¿Y cuándo ha venido?
MARCELA. Esta mañana.
TATA. ¿Lo sabe doña Clarines?
MARCELA. Lo sospecha; no lo sabe de cierto. Ni sabe tampoco que esta
noche voy a hablar con él.
TATA. ¿Esta noche? ¿Dónde?
MARCELA. Abajo en el jardín. Por la verja.
TATA. No; eso, no; por la verja, no. Aquí no se hace nada sin que ella
lo consienta, y yo sé que eso no lo consentiría. ¡Buena íbamos a
armarla! ¡Santo Dios!
MARCELA. Tata, si no es más que esta noche. Si él ha venido a Guadalema
para hablar con mi tía; pero antes es preciso que los dos hablemos...
Es un caso éste... son unas circunstancias... Para que usted lo
comprenda de una vez le diré el nombre de mi novio: Miguel Aguilar.
TATA. ¿Miguel Aguilar?
MARCELA. Hijo de don Guillermo Aguilar.
TATA. _Espantada._ ¡Ánimas benditas del Purgatorio! ¿Qué me dices,
nena?
MARCELA. ¿Ve usted, Tata, qué misterios tiene la vida? ¿Por qué he
venido yo a parar a la única casa donde el nombre de Miguel Aguilar
lleva consigo un recuerdo tan doloroso?
TATA. ¡Aaaaah! ¡Cuando doña Clarines se entere!... ¡Qué _turbamulta_!
¡Dios de Dios! ¡Remover al cabo de los años aquellas memorias!... ¡Don
Guillermo Aguilar... el padre de!... ¡Aaaaah! ¡El Señor nos coja
confesados![68]
MARCELA. ¿Cree usted que no perdonará doña Clarines?
TATA. ¡A ese hombre, nunca!
MARCELA. ¿Pero tan grave fué?...
TATA. ¡Tan grave, dices!... _Con pasión._ Los cabellos de la señora
eran negros como el ébano mesmo, y en un año se tornaron blancos como
ahora los ves. ¡Don Guillermo Aguilar! ¡En mal hora vino a Guadalema!
¡Maldita sea su casta!
MARCELA. Su casta, no, Tata.
TATA. ¡Bueno, su estampa! ¡Igual me da! _Enardeciéndose y exaltándose
por momentos._ ¡Condenado hombre!... ¡Ladrón de corazones! ¡Pillo! ¡que
mató en mi señora la alegría de siempre! ¡Para esas muertes no hay
horcas ni justicia, pero debiera haberlas!
MARCELA. ¡No grite usted; no se entere la tía!
TATA. Tentada estoy de ir a despertarla y contárselo todo. ¡El don
Guillermo! ¡el don Guillermo![69] ¡Menos dones y más buenas _aciones_!
En Guadalema se presentó, y fué el rey. Venía de Madrid. Entonces decir
aquí de Madrid era poco menos que decir de los Chirlos Mirlos. Tenía
buena presencia, y mucho señorío postizo en los movimientos y en las
palabras. De calle se llevaba a la gente.[70] ¡Ladrón! La nena, tu tía,
porque nena era en aquel tiempo, se prendó de él... ¡Y de qué manera se
prendó! No veía con más luz que la de los ojos azules de aquel hombre.
Le entregó su corazón y su alma de paloma; le entregó su vida. En este
jardín se hablaban por las noches, sin otros testigos que yo... y
Clavel, un perro que él traía. ¡Bien me acuerdo... y se me cuajan los
ojos de lágrimas! Si aquello hubiera acabado como empezó... ¡qué gloria
del mundo!... No sería así doña Clarines.
MARCELA. ¿Dice usted que se veían en el jardín?
TATA. En el jardín. ¡Qué discurrir el suyo por entre los árboles,
cogidos de la mano! ¡Qué esquivar unas veces, por juego, los sitios
donde la luna daba, y qué buscar la luna otras veces, por juego también!
¡Qué taparse las bocas de pronto, para atajar la risa, no los
descubriera![71] ¡Qué despedidas allá en la verja, de cada vez más
largas,[72] sin encontrar nunca la última palabra que habían de decirse!
¡Aaaaah! Cuántas veces tuve yo que llegarme a ellos y advertirles: «Que
empieza a clarear.»
MARCELA. Me ha hecho usted llorar, Tata.
TATA. El caso no es para reír ciertamente. Pues escucha: una noche de
aquéllas, duró la despedida más tiempo. Cantaban las alondras cuando él
se fué. «Hasta mañana»--le dijo. Yo lo oí. Y no volvió más.
MARCELA. ¡Jesús!
TATA. ¡Ésa fué su hazaña!
MARCELA. ¡Qué espanto!
TATA. A la noche siguiente, cuando le esperábamos como todas, vimos
llegar a la verja al pobre Clavel. Venía solo. No quiso seguir a su amo.
¡Qué _leción_! ¿Te parece? Aquí se quedó desde entonces. Cuando murió,
lo enterré yo en el mesmo jardín, allá junto a la tapia. _Silencio._
De lo que la nena sufrió nada he de decirte. No podría. Tú, que tanto
quieres, y que la ves a ella, imagínalo. A la muerte estuvo. Y el mesmo
cambio que se hizo en sus cabellos, se hizo en su corazón. Es otra; otra.
MARCELA. ¡Dios mío! No sé qué pensar... Me estremece cuanto usted me ha
dicho... ¡Pobre señora! Pero yo estoy segura, Tata...
TATA. ¡Segura estaba ella!
MARCELA. No, Tata, no; éste no es como aquél: éste es el mío. Y éste no
miente; éste no engaña... ¡pero esta noche más que nunca necesito oírlo!
¿Vendrá usted conmigo al jardín?
TATA. No, nena; no bajes al jardín...
MARCELA. ¿Por qué no, Tata? Usted que fué buena entonces, séalo ahora.[73]
¡Esta noche necesito oírlo!
_En este momento sale_ DOÑA CLARINES _de sus habitaciones. La
impresión que su presencia les hace a Tata y a Marcela, es grande._
DOÑA CLARINES. Aquí las dos.
MARCELA. ¡Ah!
TATA. ¡Señora!
DOÑA CLARINES. Y las dos con llanto en los ojos. No me engañaron mis
pensamientos.
TATA. _Desconcertada._ Creíamos que la señora estaba recogida ya...
DOÑA CLARINES. Lo sé: pero desde mi cuarto vi que esta luz permanecía
encendida, y pensé sin equivocarme: _Habla con firmeza, mirando
fijamente a las dos, y como si en la turbación de ellas hallara
evidenciado lo que imagina._ Allí están mi sobrina y Tata; y hablan del
novio de Marcela; y Marcela le propone a Tata algo a que Tata se
resiste; porque al decir Marcela el nombre de su novio, tembló... _A
Marcela que intenta hablar._ Y esto es por algo, que sabré sin que tú
me lo cuentes. Pero, en fin, esta noche ha terminado toda conspiración.
Podéis recogeros. _Impidiendo cualquier respuesta._ Sin decir palabra.
Buenas noches.
MARCELA. Hasta mañana, tía.
TATA. Hasta mañana, si Dios quiere.
_Marcela se va por la puerta de la izquierda, y Tata por la del foro,
mirándola sobrecogidas._
DOÑA CLARINES. _Reflexivamente._ ¿Por qué tembló al decir el
nombre?... _Queda pensativa._