DOÑA CLARINES. Y ya que va usted a marcharse pronto, no se me ha de
quedar entre pecho y espalda.
LUJÁN. ¿Qué cualidad es ésa, señora?
DOÑA CLARINES. Esa frialdad constante, esa indiferencia, esa burla
solapada, esa resistencia de la voluntad a entrar en lo grave de las
cosas. Yo no he visto nada más antipático.
LUJÁN. ¡Ay, mi señora doña Clarines! Yo tampoco quiero que eso se quede
sin respuesta. Usted tiene temple de acero, y no por ello[81] debe
exigírnoslo a los demás. Yo un tiempo lo tuve: y fuí apasionado, y
vehemente, y generoso, y terco, y liberal, y noble, y espontáneo; y
entré en lo grave de las cosas, como usted dice, y sólo donde latía la
verdad, respiraba a gusto; y me embarqué, como el poeta, oyendo cantar
el amor, y la libertad, y la gloria... y me pasó[82] que aún tengo,
también como el poeta,
la ropa en la playa tendida a secar.[83]
Por eso, mientras se seca y la recojo, que va para largo,[84] en el
pueblo en que vivo y en lo más escondido de mi huerto, he plantado ese
árbol que sólo plantan en la tierra los hombres tan sabios como yo.
Quién dice que es árbol de egoístas, quién de escépticos, quién de
filósofos, quién de qué sé yo qué. Nada me importa el nombre: el
árbol[85] crece que es una bendición de Dios; con mi trabajo lo riego yo
día por día. A mí ya me da sombra; a mi mujer flores para mi mesa... y
para los santos en que ella cree. El fruto lo cogerán mis hijos. Puede
usted y puede el mundo entero juzgarme como les dé la gana.
DOÑA CLARINES. Yo mal, por de contado.
_Se levanta y va hacia la puerta del foro._
LUJÁN. Es que usted no pasa por movimiento mal hecho[86] y yo sí. No soy
ni quiero ser el brazo de Astrea. Allá cada cual con la joroba que Dios
le puso en las espaldas.
_Sale_ MARCELA _por la puerta del foro y se encamina hacia la de la
izquierda, por donde se va después del breve diálogo que sigue._
DOÑA CLARINES. ¿De dónde vienes tú?
MARCELA. Del jardín, tía. ¿Quiere usted algo?
DOÑA CLARINES. _Mirándola atentamente._ Ahora, nada. Luego
contestaremos a una carta que he recibido de doña Sebastiana, tu gran
protectora.