Días atrás, cuando los balcones de Madrid se engalanaron con toda suerte

de colgaduras en homenaje al Corazón de Jesús, creíamos que la capital

de España se arrepentía y hacía enmienda de sus errores. Las elecciones

nos demostraron que esta hipótesis era falsa. Indudablemente, el

madrileño que tiene colgaduras está deseando un pretexto para

exhibirlas, y cualquiera que sea este pretexto las exhibe; pero esta

exhibición, puramente decorativa, no tiene jamás un carácter

ideológico. Madrid está perdido, y con él están perdidas todas las

grandes ciudades españolas. Las han perdido las bibliotecas públicas, la

Prensa, el agua corriente, los hoteles cosmopolitas, el telégrafo, el

teléfono, los teatros, que, de lugares de solaz, van convirtiéndose en

vehículos de ideas pecaminosas, y tantas otras invenciones de este siglo

maldito. (Para un escritor ministerial todas las cosas antiministeriales

son invención de este siglo.) ¿Cómo iban a votarnos?

Nuestra derrota demuestra que nosotros no tenemos nada que ver con esta

época de disolución social. Nosotros representamos las venerandas

tradiciones de nuestros mayores. Somos el pasado. Somos el año de la

Nanita...

VIII

EL ENGAÑO DE LAS CRISIS

Cada vez que cae un Gobierno, yo experimento un sentimiento de

liberación. El aire me parece más puro; las mujeres, más guapas; los

manjares, más sabrosos.

--Trabajillo ha costado--exclamo--; pero, al fin, somos libres. Ya no

tenemos Gobierno. Hemos realizado nuestro ideal...

Desgraciadamente, está en nuestra naturaleza el no poder nunca darnos

cuenta de la felicidad presente. Por esto, la felicidad es inasequible,

y por esto, acaban resolviéndose todas las crisis ministeriales. Al cabo

de dos o tres días, el Gobierno caído es siempre sustituido por otro, y

de nuevo hay que dedicarse a la tarea de demolerlo. Totalizando las

diferentes crisis que, poco a poco, logramos obtener, apenas si España

llegará a vivir al año un mes entero sin Gobierno. ¡Un mes entre doce!

No vale la pena.

Por mi parte, yo no ayudaré ya nunca a echar abajo a ningún Gobierno,

como no me garanticen que luego no van a sustituirlo con otro. Mucho más

cuando al otro es seguro que ya habíamos tenido también que echarlo

abajo anteriormente. No veo en qué puede convenirle a un hombre soltero,

que ejerce una profesión liberal, el que le gobiernen el Sr. Dato o el

señor Maura, el Sr. García Prieto o el Sr. Sánchez de Toca.

Probablemente, les interesa mucho más a estos señores gobernarme a mí de

lo que pueda nunca interesarme a mí el que me gobiernen ellos.

Y si un pueblo no puede vivir sin Gobierno--premisa a la que no le

concederé ningún valor mientras, como ocurre ahora, tampoco pueda vivir

con él--; si un pueblo no puede vivir sin Gobierno, y si los gobiernos

constituyen «un mal necesario», entonces, por lo menos, debemos exigir

que las crisis duren un poco más. Una crisis de tres o cuatro días no

compensa el esfuerzo necesario para arrancar del banco azul a estos

ministros que parecen lapas.

IX

ACCIÓN POLÍTICA DE LOS MARISCOS

Se inicia un cambio en la política española. Hasta hace muy pocos días,

el político solía ser, entre nosotros, un hombre de la provincia de

Pontevedra, amigo personal del marqués de Riestra y padre de una

numerosa familia. Cuando un paisano mío carecía de oficio y no sabía

hacer nada que le permitiese vivir en su tierra, si no tenía dinero

bastante para irse a Buenos Aires, venía a Madrid y se dedicaba a

ministro. De mí sé decir que, este verano, unos marineros me pidieron en

mi pueblo nada menos que un grupo escolar; aquellas gentes sencillas

sabían que yo vivía en Madrid y no concebían que pudiese vivir de otra

cosa más que de ministro, lo que, después de todo, demostraba cierta

lógica. Si, en efecto, la mayoría de mis paisanos residentes en Madrid

no fuesen ministros o ex ministros, ¿cómo se las arreglarían para pagar

al casero? ¿Es que el Sr. García Prieto, por ejemplo, podría sostenerse

en la corte escribiendo artículos para _El Sol_? Pero ahora, para llegar

a ministro, ya no basta haber nacido en la provincia de Pontevedra, y

comienza a hacerse indispensable el ser catalán. Y éste es el cambio que

se inicia en la política española.

A primera vista, parece que se trata de un cambio superficial, y quizá

no se trate, en efecto, de un cambio muy profundo. Sin embargo, yo creo

que entre el político gallego y el político catalán hay una diferencia

mucho más importante que la del acento. Lo terrible del político gallego

era su asombrosa capacidad de reproducción. Nacidos al pie de las rías

bajas, aquellos políticos se reproducían como las sardinas. Al cabo de

quince años, cada ministro le había dado vida a cinco ministros, a diez

subsecretarios, a diez directores generales y a veinte gobernadores, sin

contar los empleados subalternos. Todo el mundo conoce la fecundidad de

la provincia de Pontevedra, que es una de las más pobladas, si no la más

poblada, de España. Esta fecundidad suele atribuírsele a los mariscos, y

si la explicación es exacta, los mariscos vienen a ser, en fin de

cuentas, los verdaderos responsables del nepotismo español. ¡El

nepotismo español o las ostras, los cangrejos y los percebes de las rías

bajas!...

Los políticos catalanes no parece que se reproduzcan tanto como los

políticos gallegos, y esto constituye, por sí sólo, una gran ventaja

para el país. ¿No se comen, quizá, muchos mariscos en Cataluña, o es que

el marisco del Mediterráneo vale menos que el del Atlántico? Y por otro

lado, ¿conocemos nosotros todas las posibilidades políticas del marisco

catalán? Si hubiese en España alguien que estudiase la política con un

criterio realmente científico, yo le propondría este problema, que

considero de un interés capital; pero, por desgracia, aquí no hay ningún

tratadista político verdaderamente serio.

X

ARRASAMIENTOS

«Cuando una insubordinación se manifiesta en Barcelona o en otra

provincia--ha dicho el general Aznar--, sólo procediendo enérgicamente

se domina y se la hace entrar en la ley.» «Si es preciso--añadió--, se

arrasa la población...»

Yo creo que estas palabras del general Aznar tienen toda la categoría de

un proyecto, y me extraña el ver que algunos periódicos lo rechazan sin

tomarse la molestia de estudiarlo técnicamente. Porque desde luego, si

existe en España alguna dificultad para arrasar poblaciones, a mí me

parece que es una dificultad exclusivamente técnica. Eso de imaginarse

que el Gobierno no puede arrasar Barcelona por razones de orden moral,

político o jurídico, demuestra, en mi sentir, una profunda ignorancia en

materia de arrasamientos. Las dificultades de este triple carácter

tienen muy poca importancia en el país de La Cierva y Sánchez Guerra. En

cambio, las dificultades técnicas constituyen, en el país de los mismos

señores, algo verdaderamente muy serio.

Y, sentado esto, yo considero que debemos dejar a un lado

consideraciones ociosas, y rogarle al general Aznar que no desarrolle su

plan. Cuando el general Aznar, que ocupa en el Ejército un puesto tan

alto, ha insinuado la idea de arrasar Barcelona para dominar a los

elementos rebeldes, es que, indudablemente, esta idea es factible. Ahora

bien, general: nos hace falta un presupuesto. Queremos saber en cuánto

tiempo y por cuánto dinero se comprometería su señoría a hacer en

Barcelona un arrasamiento en forma. El Ejército alemán, con un material

formidable y una dirección de primer orden, tardó cuatro años en arrasar

Reims a satisfacción del Káiser; y siendo Reims una de las ciudades más

ricas de Francia, invirtió en la destrucción tanto como lo que ella

valía. Claro que nosotros no somos tan exigentes como el ex Káiser.

Acostumbrados a innumerables resignaciones, probablemente nos

conformaríamos con un arrasamiento mucho más vasto que el de la ciudad

de Reims; pero ¿qué nos vendría a costar ese arrasamientito? El caso

está en que, para evitar la posibilidad remota de perder Barcelona una

vez, no vayamos realmente a perderla dos veces, primero arrasándola, y

segundo, invirtiendo en el arrasamiento el dinero que costó la

edificación. Por otro lado, el problema de Barcelona es urgente, y si el

arrasamiento puede durar cincuenta o sesenta años, no creo que

constituya una solución eficaz.

Supongo que el general Aznar sabrá apreciar la diferencia que existe

entre esos periódicos que han acogido sus manifestaciones del Senado con

una vocinglería sentimental, y yo, que las enfoco seriamente en el

terreno de la realidad. ¡Arrasar Barcelona! ¿Qué duda cabe de que así se

acabaría de una vez y para siempre con todas las cuestiones de

Barcelona? Lo malo, como digo, son las dificultades prácticas. A veces,

discutiendo con un amigo, y no logrando hacerle adoptar mis puntos de

vista, yo he sentido también el deseo de arrasarlo, y, si me contuve, no

fue, no, por motivos morales, sino, precisamente, por dificultades

técnicas. Y es--para decirlo con una frase digna de la Alta Cámara,

donde hizo sus manifestaciones el general Aznar--que «los individuos son

como los pueblos, y los pueblos son como los individuos».

XI

EL CONGRESO, A CUARENTA GRADOS

El otro día, con un calor de cuarenta y tantos grados, estuve en el

Congreso. Yo nunca había observado la política española a una

temperatura tan alta. Algunos diputados, tendidos en sus escaños,

parecían cadáveres en descomposición. Olía mal.

--Indudablemente--pensé--, el Parlamento no es un espectáculo de verano.

Para el verano ya tenemos las corridas de toros, que se hacen al aire

libre.

Y, dirigiéndome a un diputado amigo:

--¿Por qué no cierran ustedes?--le dije.

--¿Cerrar?--exclamó--. Y la labor legislativa que tenemos por delante,

¿es que van a hacerla los porteros?

--¡Hombre! En caso de apuro...

--Todo se vuelven diatribas contra el diputado en este país--añadió mi

amigo--, y el diputado es un mártir. Ya ve usted a los diputados

franceses. No contentos con ganar quince mil francos al año, quieren que

se les dupliquen las dietas. El diputado español, en cambio, lejos de

cobrar, paga. ¿Sabe usted cuánto me han costado a mí las elecciones?

Veinte mil duritos. Así se demuestra el amor a la patria. Y aquí me

tiene usted, en pleno mes de agosto, respirando este aire corrompido.

--Es el aire de la política. Yo había oído hablar de él, pero no lo

había respirado nunca. Cuando leía en algún periódico eso del aire

corrompido de nuestra política, creía que se trataba de una frase. Ahora

lo respiro materialmente y me doy cuenta de que es mefítico.

--A veces huele como a ajos.

--Ese olor es la democracia. Es la esencia misma del régimen

parlamentario. No hable usted mal de él...

Los ventiladores giraban a toda velocidad; pero inútilmente. Está

demostrado que la política española, sometida a una temperatura de

cuarenta grados, se descompone por completo. Quizás ocurra también lo

mismo con la política inglesa, por ejemplo; pero ¿cuándo marca el

termómetro cuarenta grados en Londres?

Decididamente, habrá que cerrar el Congreso si no queremos que se

declare en Madrid, y que se extienda luego por el mundo, una nueva

epidemia hispánica. Y por tarde que lo abran después, siempre lo abrirán

a tiempo.

XII

OPTIMISMO

Yo no sé si el lector ha observado mi actitud ante el porvenir de

España. Hasta ahora, esta actitud ha venido siendo la de un escéptico,

la de un hombre sin fe ni esperanza ningunas. Los conservadores nos

prometían una revolución desde arriba, y yo sonreía incrédulamente; los

republicanos y los socialistas nos anunciaban una revolución desde

abajo, y yo volvía a sonreír con la misma incredulidad.

--Esto no puede seguir así--me decían--. Esto tiene fatalmente que

transformarse. El mundo entero se transforma, y España no está en la

Luna, sino en el mundo...

Todo era inútil. En el fondo, yo tenía una idea así como de que España

no estaba en el mundo, sino en la Luna. Yo no creía en el porvenir de

España. Yo era un escéptico...

Era un escéptico, amigo lector, pero ya no lo soy. Mi escepticismo tenía

una causa y esta causa acaba de desaparecer. Ahora sólo me toca

manifestar que la causa en cuestión estaba en la calle de Cedaceros, y

que era esa valla con que el Sr. Vitórica ha estado, durante tanto

tiempo, entorpeciendo el tráfico de Madrid.

Cuando yo pasaba por la calle de Cedaceros, mi espíritu se anegaba en un

torrente de amargas reflexiones.

--¿Cómo vamos a derrumbar nada en España--pensaba yo--si todavía no

hemos podido derrumbar esta valla? La Prensa la ataca, el Parlamento la

combate, el pueblo la maldice y ella sigue en pie. La juventud

estudiantil, esperanza de la patria, ha venido aquí una noche, armada de

mazas y de picos, y la ha asaltado románticamente, pero la valla sigue

incólume. Hasta las autoridades gubernativas se propusieron echarla

abajo, sin que su gestión obtuviera éxito ninguno... Y ¿qué se puede

esperar de un pueblo que, todo él, no logra demoler una pobre valla de

maderas carcomidas?...

Es indudable que, si yo me manifesté durante estos últimos años como un

escritor pesimista, ello ha consistido, principalmente, en la frecuencia

con que pasaba por la calle de Cedaceros. Pero, al fin, la famosa valla

ha caído en tierra, y ahora todo me parece posible.

--Unas gentes que han acabado con la valla de Vitórica--me digo--pueden

acabar con la misma política del Sr. Cierva. España se transformará.

Llegará un día en que los madrileños tendremos hasta gas para el

alumbrado público. Hay que mirar al porvenir con confianza. Hay que ser

optimistas... Dentro de más o de menos años, no tendría nada de

asombroso el que los habitantes de Madrid pudiesen trasladarse a La

Coruña en un término de veinticuatro horas. Todo es de esperar en un

pueblo tan enérgico. Los trenes andarán. Un kilo de pan llegará a pesar

lo menos tres cuartos de kilo. Hasta es posible que haya casas para las

familias que deseen alquilarlas... Tengamos fe en los hombres que han

deshecho la valla de la calle de Cedaceros.

LA ANTIPOLÍTICA

I

EL NUEVO DECORADO DEL MUNDO

Cada tres o cuatro siglos vienen unos hombres; se ponen a barrer, a

fregar, a empapelar y a repintar el mundo. ¿Lo dejan mejor?

Probablemente, no; pero esto no importa. Le quitan el polvo, lo

refrescan, lo varían y le dan un interés nuevo. Si los revolucionarios

pudieran cambiar de planeta de vez en cuando, e irse a pasar una

temporada con los marcianos o con los selenitas, el mundo, seguramente,

no sufriría tantas transformaciones. Por desgracia, las comunicaciones

interplanetarias no han pasado aún de la categoría de proyecto, y cuando

la humanidad se aburre en su viejo domicilio, comienza a coger trastos y

a echarlos patas arriba.

Y esto es lo que ocurre hoy. El mundo se está transformando, con gran

indignación de muchos señores que se habían instalado en él

confortablemente y para que no los molestase nadie. Estos señores no ven

la necesidad de cambio ninguno. El mundo les parece verdaderamente bien,

y en realidad, ¿qué mundo ha estado nunca mejor? Tiene calefacción

central y juicio por jurados. Tiene sistema parlamentario. Tiene gas,

tiene luz eléctrica, tiene telégrafo y teléfono, tiene leyes de

Accidentes del trabajo, y tiene cinematógrafo. Es un mundo con todo el

_confort_ moderno, un mundo sumamente recomendable.

Lo que ocurre con este mundo es que no le gusta a todo el mundo. Los

rusos, por ejemplo, tienen otras teorías estéticas, y después de haber

transformado el decorado teatral, no sería extraño que transformasen

también el decorado del mundo. Y el mundo futuro vendrá a ser, poco más

o menos, con respecto al mundo actual, una cosa así como el _ballet_

ruso con relación a la ópera italiana.

¿Qué quieren esos obreros que arman tanto escándalo? ¿Qué quieren esos

carpinteros? ¿Qué quieren esos fontaneros? ¿Qué quieren esos fumistas?

¿Qué quieren esos empapeladores?... Quieren arreglar el mundo, intacto

desde la Revolución francesa, para que tire una temporadita de algunos

siglos. ¡Si se les pudiese decir que volviesen otro día!... Pero es

inútil, y hay que resignarse a todas las molestias de vivir en una casa

donde se están haciendo reparaciones.

II

LOS PROLETARIOS DE LEVITA

Yo soy lo que se llama un proletario de levita. No es que yo tenga una

levita. No es que yo sea un proletario. Ni los hombres que tienen levita

son, en rigor, proletarios, ni los verdaderos proletarios tienen levita.

Yo no tengo una levita ni soy un proletario, y, sin embargo, cuando veo

que en un periódico conservador se habla de los proletarios de levita,

no puedo dejar de darme por aludido. Indudablemente, la frase

«proletario de levita» representa un concepto teórico, y aunque para los

usos prácticos de la vida yo no tenga levita ninguna, teóricamente sí la

tengo. Yo tengo, como quien dice, una levita teórica. Es una levita que

no se puede empeñar; pero, en teoría, esto carece de importancia.

En realidad, el proletario de levita viste casi siempre de americana. A

veces, tiene un _smocking_ para conquistar, en los hoteles de moda,

ricas herederas o políticos influyentes. A veces, tiene un frac, y en

algunos casos excepcionales, puede presentar hasta un chaquet; pero,

desde luego, no tiene nunca levita. Y es verdaderamente absurdo esto de

pertenecer a una clase que se caracteriza tan sólo por el uso de una

prenda que no usa jamás. Es absurdo y es grotesco el ser un proletario

de levita...

Hace varios años, el dueño de un periódico donde yo solía colaborar

desde París, me envió una carta diciéndome: «El periódico marcha muy

bien. Tenemos un gran prestigio. Nuestras opiniones son acogidas con

respeto en las altas esferas. Hemos conquistado al público de levita;

pero esto no basta. Ahora hay que conquistar la blusa, y yo cuento con

usted...» Aquel hombre no me daba arriba de dos o tres duros por

artículo, y yo le contesté sin gran entusiasmo: «El termómetro--le

decía--marca quince grados bajo cero. El Sena comienza a helarse, y en

vez de la blusa, yo quisiera conquistar un buen gabán de abrigo.» Mi

ideal consistía entonces en ser un proletario de gabán, y creo que lo

realicé ya algo entrado el verano...

Pero volvamos a los proletarios de levita. «Todo el mundo piensa en los

obreros--escribe un periódico conservador--. Todo el mundo se ocupa de

los proletarios de blusa. De los proletarios de levita, en cambio, no se

acuerda nadie...» Yo no creo que nadie se ocupe de los proletarios de

blusa más que ellos mismos. En cuanto a los proletarios de levita, ¿cómo

no vamos a pasar inadvertidos, si no se nos conoce? ¿Cómo van a fijarse

los gobiernos en el proletario de levita si el proletario de levita

viste de americana?

Yo propongo que nos enlevitemos todos y que constituyamos un gran

sindicato con sus diferentes secciones. Luego, un día haríamos, por

ejemplo, la huelga de la literatura, y desde la hora convenida no

saldría a la calle ni un solo adjetivo. ¡Qué conflicto para el

régimen!... Pero ya verán ustedes cómo no hacemos nada. Los proletarios

de levita no tenemos instinto de conservación, además de no tener

levita.

III

EL SINDICALISMO COMO BASE DE UNA NUEVA ANTROPOLOGÍA

Después de todo, los sindicalistas no se proponen una cosa tan

extraordinaria como puede creerse. ¿Qué más da el que los hombres estén

clasificados por naciones que el que lo estén por oficios? La raza, el

idioma, la religión, las costumbres... Convengo en que todo esto es un

poco vago y un poco confuso; pero, ¿y la cerrajería?

Los sindicalistas pretenden que donde hoy dice «España», «Inglaterra»,

«Francia» o «Alemania», diga mañana «Sindicato del Hierro», «Sindicato

del Carbón», «Sindicato de la Madera», «Sindicato del Papel»... Al

principio, naturalmente, los miembros de unos Sindicatos aparecerán

mezclados con los de los otros, y en lo que hoy es España, por ejemplo,

habrá hombres de papel a la vez que hombres de madera, de carbón y de

hierro; pero, a la larga, es lógico suponer que cada Sindicato vaya

localizándose en lo posible allí donde encuentre sus primeras materias.

Entonces surgirá, no sólo una nueva Geografía política, sino también

una nueva Antropología. Los trabajadores del carbón constituirán una

raza muy morena. Los albañiles formarán una muy rubia. Si hoy se parecen

ya todos los albañiles del mundo, aunque no sean hijos de albañiles y

aunque la albañilería sea el único vínculo que los une, ¿qué no ocurrirá

a los dos siglos de sindicalismo? Probablemente, los distintos

Sindicatos darán origen también a religiones diversas, ya que no es

fácil concebir cómo se pueden tener las mismas creencias ni los mismos

sentimientos en el país del carbón que en el país de la cal. Y si es

verdad que la terminología de los oficios constituye el manantial más

rico donde se nutren todos los idiomas modernos, ¿cómo no suponer que

cada Sindicato llegará a tener una lengua propia, ininteligible para los

otros?

Parece que los sindicalistas van a hacer una revolución terrible; pero,

a los dos siglos de sindicalismo, el mundo estará, poco más o menos,

como ahora. Un Sindicato muy fuerte querrá dominar a los otros, les

declarará la guerra y morirán a millones hombres de hierro, hombres de

carbón, hombres de cartón piedra y hombres de celuloide...

Indudablemente, no hay una gran diferencia entre clasificar a los

hombres por oficios o clasificarlos por razas, religiones, idiomas y

costumbres. Y no tan sólo no hay una gran diferencia, sino que es igual.

En realidad, los hombres no se han clasificado nunca por razas,

religiones, idiomas ni costumbres. Los han clasificado así los

historiadores mucho después de que ellos habían hecho su propia

clasificación; pero los primeros hombres se clasificaban siempre por

oficios, ni más ni menos que si hubiesen oído a Pestaña o al _Noy del

Sucre_. Los pescadores se reunían para establecerse a orillas de los

ríos o construir ciudades lacustres; los cazadores se iban a los

bosques. Las nacionalidades modernas no son más que una consecuencia

directa de aquel sindicalismo primitivo. Y por esto yo creo que no es

muy difícil imaginarse el resultado del sindicalismo actual.

IV

EL BOLCHEVISMO, ENFERMEDAD INFECCIOSA

Cuando los primeros _poilus_ penetraron en territorio alemán, muchos

franceses se alarmaron.

--Alemania--decían--está apestada de bolchevismo. A ver si nuestros

soldados lo cogen y lo extienden luego por aquí...

Y es que para la inmensa mayoría de las gentes, el bolchevismo no pasa

de ser una enfermedad infecciosa. Los Gobiernos más serios lo tratan

como una nueva forma de gripe. Creen que se propaga por contagio, igual

que la gripe española, y, a fin de combatirlo, forman cordones

sanitarios en las fronteras. A los casos reconocidos los aíslan

cuidadosamente, metiéndolos en las cárceles, y, dentro de poco,

prohibirán el derecho de reunión, para evitar los hacinamientos.

A mí, esto de combatir el bolchevismo con medidas sanitarias me parece

algo así como si se hubiera pretendido combatir la gripe reformando la

Constitución. No creo que las medidas sanitarias hayan sido nunca muy

útiles contra las epidemias, y, desde luego, creo que serán

perfectamente inútiles contra el bolchevismo.

Porque, para mí, el bolchevismo no es un problema sanitario, sino un

problema social, y, en el estado actual de la Ciencia, me parece absurdo

pretender que nadie cambie de religión o de política sometiéndolo a un

tratamiento médico. Acaso el agua bendita haya resuelto algunos

problemas sociales; pero, probablemente, el agua oxigenada no resolverá

ninguno. Y la prueba de que el bolchevismo no es una enfermedad, es que

mientras las enfermedades sólo ponen en peligro a los enfermos, el

bolchevismo constituye un peligro únicamente para aquellos que no son

bolchevikis.

Pero si, a pesar de todo, seguimos considerando el bolchevismo como una

enfermedad, ¿qué vamos a hacer con los otros sistemas políticos? ¿Con

qué curaremos el maurismo, pongo por caso? El bolchevismo vendría a ser

algo así como un enorme trastorno gástrico, mientras la mayoría de las

sectas políticas representarían deficiencias mentales imposibles de

combatir.

V

LA MAGIA DEL DINERO

La rana viajera · 第 8 / 9 段