Cuando el bolchevismo comienza a asomar en un país, parece que los ricos

se apresuran a realizar sus fortunas para dilapidarlas alegremente antes

de que se las lleve la trampa. Así dicen que han procedido los grandes

duques rusos y que están procediendo los aristócratas magiares. El

bolchevismo es un gran estimulante de la generosidad, y por eso yo no

veo que en España corramos todavía el menor peligro de pasar a un

régimen bolchevique. Cuando algún millonario os cuente que aquí vamos

derechos al bolchevismo, pedidle mil pesetas, y si os las niega--que os

las negará--, es que habla por hablar y sin convicción ninguna.

Hay quien dice que el bolchevismo tiende a suprimir el dinero, y esto

merece cierta reflexión. Indudablemente, el dinero es una cosa muy mala,

sobre todo para aquellos que no lo tienen; pero también es una cosa muy

buena, especialmente para aquellos que lo atesoran. Algunas personas,

cuando se discute este tema de la bondad o maldad del dinero, exclaman:

--¡Quite usted!... Lo importante es tener salud...

Probablemente, esas personas se figuran que el dinero constituye una

enfermedad, y si, en efecto, la constituye, hay que convenir que, entre

nosotros, no ha tenido nunca caracteres endémicos.

Por mi parte, confieso que el dinero me ha parecido siempre una cosa

milagrosa. Yo no puedo ver el proceso de un duro que se transforma en

patatas, sin imaginarme el proceso contrario, y me figuro que,

previamente, se han cogido kilos y kilos del sabroso tubérculo, que se

los ha cocido, que se los ha machacado, que se los ha sometido a

diversos reactivos, que se los ha puesto en un alambique y que se ha

obtenido el duro como resultado. Esto es lo que yo me figuro cuando

compro un duro de patatas, y esto es ya bastante maravilloso; pero la

maravilla crece cuando pienso que mi duro no sólo es susceptible de

transformarse en patatas, sino que se puede transformar también en

guisantes, en zanahorias, en poesías líricas, en cigarros habanos y en

otros muchos objetos que me dicte mi fantasía. ¿Qué otra cosa, en

nuestro mundo moderno, tiene este poder mágico que tiene un duro, como

no sea un billete de cinco duros? Y ¿cómo es posible que haya quien

desprecie el dinero, considerándolo una realidad demasiado prosaica?

No hay duda de que el dinero es una cosa excelente... para aquellos que

lo tienen. ¡Si lo pudiésemos tener todos!... Pero en cuanto lo

tuviésemos todos, su virtud milagrosa desaparecería en absoluto. Yo

creo que se debiera establecer un turno pacífico para el disfrute del

dinero. Así se evitarían las revoluciones, los grandes negocios y otra

porción de cosas más o menos molestas.

VI

EL DELITO DE SER RUSO

Un extranjero, preso en la Cárcel Modelo, se dirige a los periódicos

protestando contra su detención. «Soy un ciudadano ruso--dice--, y no he

cometido ningún delito.»

¡Un ciudadano ruso que no ha cometido ningún delito!... La contradicción

salta a la vista. Es como si se dijera «un homicida que no ha matado a

nadie», o «un ladrón que no robó nunca». ¿Le parece poco delito al Sr.

Weissbein el hecho de ser ruso? Rusia es un país demasiado frío,

demasiado lejano y demasiado complicado, y a nuestra Policía le ha

inspirado siempre muy hondas sospechas. En Madrid, Sr. Weissbein, ya

resulta bastante difícil el ser catalán o gallego, para que se le

permita a nadie ser ruso. Si quiere usted vivir tranquilo entre

nosotros, hágase usted de Vallecas o de Getafe y renuncie incontinenti a

toda pretensión moscovita.

¡Ahí es nada ser ruso, esto es, ser del país del terrorismo y del

bolchevismo!... Mi amigo Corpus Barga, actual redactor de _El Sol_ en

París, tuvo la debilidad de interesarse por las cuestiones rusas, y en

cuanto se presentó en España, con unos bigotes caídos a la tártara, la

Policía lo cogió y lo metió en la cárcel. Otro amigo mío, que quiso

estudiar ruso, fue detenido a la tercera lección. Y si a Cristóbal de

Castro, autor de _Rusia por dentro_, le han nombrado gobernador de

Ávila, ha sido cuando ya no le cabía a nadie la menor duda de que ni

Cristóbal de Castro había llegado nunca a Rusia ni sabía una palabra de

ruso.

Ignoro en qué artículo de nuestro Código penal se condena la ciudadanía

rusa, y por eso no le doy el número al Sr. Weissbein. Lo cierto, sin

embargo, es que, en cuanto la Policía española sospecha que alguien

puede ser ruso, le busca y le detiene. Si yo no he estado en Rusia

todavía, es porque no he querido que, a la vuelta, me encerrasen para

siempre en la Cárcel Modelo. No hay manera de ser ruso en España, Sr.

Weissbein. Los mismos libros rusos han sido perseguidos y decomisados

aquí diferentes veces. Hágame usted caso: olvide su idioma y adopte la

ciudadanía de los Cuatro Caminos, que, después de la derrota alemana, es

el país más lejano de donde se puede ser en Madrid.

VII

LOS RUSOS POLÍTICOS

Antes de la guerra, España no creía en los rusos.

--¿Un ruso? ¡Vamos, hombre! ¡Mire usted que un ruso!--decían los

madrileños.

Entonces no había más que una persona que, de vez en cuando, recibiese

algunos rusos en Madrid. Esta persona era Luis Morote, diputado a Cortes

y periodista famoso por la longitud de sus artículos. Luis Morote había

estado en Rusia; pero, sin embargo, no recibía directamente sus envíos.

Los rusos se los mandaba Fabra Ribas, ya un poco adulterados, desde la

redacción de _L'Humanité_, de París, adonde iban todos antes de venir a

España.

--Puesto que tiene usted tantos rusos disponibles--le preguntaba yo a

Fabra Ribas un día--, ¿por qué no los distribuye usted de una manera más

equitativa? Eso de darle a Morote la exclusiva de los rusos para toda

España, me parece injusto.

Yo sospecho que Fabra Ribas quería serle agradable a Morote, y que por

eso le proveía de rusos con tanta abundancia; pero él se disculpaba

diciendo que Morote era la única persona que había en Madrid capaz de

servir a un extranjero. El caso es que, cada dos meses o cosa así,

Morote salía a la calle muy orgulloso con unos rusos inéditos; pero los

pobres hombres fracasaban completamente. Nadie creía en ellos como tales

rusos.

--Con ese ruso no tendrá usted frío, ¿eh, amigo Morote?--solían decirle

al distinguido periodista.

O bien:

--¿Un ruso nuevo? Pues ya tiene usted para tirar lo que queda de

temporada...

En un libro que se llama _Playas, Ciudades y Montañas_, yo cuento las

aventuras de estos primeros rusos en Madrid, y el capítulo dedicado al

asunto tiene un título muy significativo: _Los rusos existen_. Entonces

nadie creía en los rusos. Ahora, en cambio, todos los hombres le parecen

un poco rusos a la gente. En el _Manuel Calvo_, de Barcelona, se han

hecho a la mar, expulsados por el Gobierno, rusos de Turquía, rusos de

Bulgaria, rusos franceses, rusos ingleses y hasta rusos españoles. Y es

que la palabra ruso ha evolucionado. Antes tenía un concepto geográfico.

Ahora tiene un concepto político. Se es ruso como se es republicano o

como se es reformista. Se es algo ruso o se es terriblemente ruso. Todo

hombre que protesta contra el caciquismo o contra la carestía de la

vida, es un ruso presunto. ¡Y pensar que yo he sido ruso, sin enterarme

de ello, hace más de quince años!...

Este nuevo concepto de la palabra ruso es lo que explica el proyecto del

Sr. Doval, jefe de policía de Barcelona, quien, para sondear a los

detenidos en el _Manuel Calvo_, proponía que se introdujeran entre

ellos, fingiéndose rusos, cinco o seis policías españoles. Yo no creo

que un policía español pueda fingirse ni siquiera portugués. Decirle que

se finja ruso a un policía que gana diez pesetas diarias es algo así

como decirle que se finja gran filósofo. Indudablemente, el señor Doval

no aspiraba a que los policías españoles se fingieran rusos de idioma,

sino sencillamente rusos políticos.

Pero si la palabra ruso ya no designa más que cierta clase de opiniones,

¿por qué se considera a los rusos como extranjeros? ¿Cree el conde de

Romanones que los naturales de Moscú son más rusos que nosotros? No hay

duda de que, antes, un hombre que nacía en Moscú tenía muchas y muy

buenas razones para ser ruso. Hoy quizá las tenga más y mejores un

hombre nacido en España.

VIII

LA TIRANÍA DEL TRABAJO

¿Me permite el lector que yo le dé mis opiniones sobre la cuestión

social? Para mí, toda la cuestión social se reduce a una cosa: que el

hombre no quiere trabajar y que es preciso que trabaje. El hombre no

quiere trabajar doce horas, ni ocho, ni cinco, ni dos; no quiere

trabajar en un trabajo desagradable ni en un trabajo agradable; no

quiere trabajar absolutamente nada. Pretender establecer el trabajo

colectivo como base de la sociedad futura me parece, por lo tanto, un

absurdo.

Toda la civilización no es más que una lucha desesperada del hombre para

no tener que trabajar. Si se han inventado máquinas, si se han

canalizado ríos, si se han domesticado animales y si se han blanqueado

negros, ha sido con el único objeto de que los negros, los animales, los

ríos y las máquinas trabajasen por nosotros.

--¡Lo que inventan los hombres _pa_ no trabajar!--decía el baturro del

cuento viendo cómo un pintor copiaba el paisaje.

Y, en efecto, los hombres han inventado mucho y han trabajado

rabiosamente para emanciparse de la horrible esclavitud del trabajo. Han

creado el Arte, la Ciencia, el papel moneda y hasta algunas enfermedades

infecciosas...

Claro que los obreros hacen bien en pretender que todo el mundo trabaje.

Cuando trabaje todo el mundo, cada hombre trabajará menos, y el dolor de

los más será atenuado, pero...

Pero en la sociedad actual uno tenía siempre una esperanza de

liberación, y en la sociedad futura no la tendrá nadie. El mal será

menor, pero lo hará parecer mil veces mayor su carácter de mal

ineludible. Hasta ahora, uno podía siempre pensar, según sus aptitudes o

sus aficiones, en cometer un crimen, hacer una estafa o instalar una

fábrica de vidrio y salvarse. Salvarse a costa de los otros; pero

salvarse al fin. Mañana, en cambio, no habrá posibilidad de salvación

para ninguno de nosotros. Todos tendremos que trabajar seis horas o

cuatro horas o dos horas; pero tendremos que trabajar, y la cuestión

social seguirá en pie.

Hasta que unas máquinas maravillosas nos lo hagan todo... y mientras no

se den cuenta de que las explotamos.

IX

UNA POLICÍA FILOSÓFICA

Si la Policía no encuentra nunca a los autores materiales de los

atentados contra los patronos, ¿cómo va a encontrar a los autores

morales? Si no descubre, ni por casualidad, la mano que mata, ¿cómo va a

descubrir el cerebro que sugiere la idea de matar? Habría que crear una

Policía filosófica que fichase las ideas y fuera siguiéndoles la pista

de libro en libro, porque yo creo que a la Policía actual esta labor le

resultaría demasiado molesta. El camino de una idea, desde que nace

hasta que se convierte en cinco tiros de pistola, es largo y sinuoso.

Claro que en España hay muy pocas ideas. Generalmente, los hombres que

tienen alguna están fichados ya; pero, de todos modos, la tarea del

nuevo organismo policíaco tropezaría con dificultades insuperables.

Yo estoy de acuerdo con la prensa conservadora en creer que los autores

materiales de los atentados contra los patronos no son más que

instrumentos; pero ¿instrumentos de quién? Probablemente, la prensa

conservadora cree que de Pestaña, del _Noy del Sucre_, de Indalecio

Prieto o de Marcelino Domingo. Yo creo que de Platón. Marcelino Domingo,

Indalecio Prieto, el _Noy del Sucre_ y Pestaña hablan, escriben,

_agitan_ y crean contra los patronos un estado de opinión sin el cual

tal vez no se cometiesen tantos atentados; pero de aquí a suponer que

esos señores son responsables, hay una gran diferencia. Esos señores no

son responsables. Esos señores son instrumentos.

¿Por qué vamos a suponer que el hombre que habla es más consciente de lo

que hace que el hombre que tira tiros? Si Carlos Marx no hubiese escrito

_El Capital_, los oradores socialistas, o no dirían nada, o dirían unas

cosas muy distintas de las que dicen. Los oradores socialistas no son

más que autores materiales de sus discursos, y Carlos Marx es uno de los

autores morales; pero, aquí se nos vuelve a presentar el mismo problema,

¿hasta qué punto se puede hacer a Carlos Marx responsable de _El

Capital_? Si otros hombres no hubiesen trabajado con anterioridad en el

mismo orden de ideas, ¿dónde hubiese encontrado el ilustre economista

alemán los materiales necesarios para construir su obra?

Indudablemente, Carlos Marx no tiene culpa ninguna de lo que ocurra en

Barcelona ni en Bilbao. La culpa, como digo, es de Platón, a quien le

comunicó las malas ideas el señor Sócrates.

Y como el señor Sócrates ya se tomó la cicuta, resulta que ya están

castigados, no sólo todos los asesinatos de patronos que van perpetrados

hasta la fecha, sino los que puedan perpetrarse en el corto porvenir que

le queda a la clase patronal.

X

ASESINOS MANUALES Y ASESINOS INTELECTUALES

El otro día he recibido la visita de un joven que tenía el rostro

asimétrico, la frente huida y la mandíbula _prognata_.

--Perdone usted--me dijo este hombre extraño, con voz cavernosa--. Vengo

a verle porque me han dicho que es usted un intelectual.

--Exageraciones, calumnias de mis enemigos, que tienen, sin duda, ganas

de verme en la Cárcel Modelo--le contesté--. ¿Es usted de la Policía?

--No. De momento, no--dijo el hombre con una sonrisa helada--. Soy un

modesto asesino, para servir a usted...

_Il n'y à pas de sot métier_, como dicen los franceses. La profesión de

asesino, desde que ha entrado en vigor esta ley de las ocho horas,

puede, con poco esfuerzo, producir ingresos suficientes para cubrir

todas las necesidades de un buen padre de familia.

--¿Conque asesino?--exclamé yo, con una amabilidad que quizá no fuese

completamente espontánea--. Muy interesante. Ustedes matan a algunos

hombres; pero le dan de vivir a muchos más. Siéntese usted y dígame en

qué puedo serle útil. ¿Quiere usted, quizá, que le recomiende algunos

amigos? Lo haré con mucho gusto...

Mi visitante se dejó caer en una butaca.

--Yo venía en busca de un intelectual--exclamó--y usted niega serlo.

Esto me contraría considerablemente. Necesito un intelectual a todo

trance...

--Si es para asesinarlo--le dije--me parece absurdo. Aunque llevara

usted luego su pelleja al Ministerio de la Gobernación, no creo que el

asesinato de un intelectual pudiese producirle siquiera lo necesario

para cubrir gastos. Los intelectuales, en este país, se cotizan a menos

que los conejos.

--Pero, en fin--repuso el hombre, que parecía dominado por una idea

fija--. Aunque usted no sea completamente un intelectual, por lo menos

tendrá usted un cerebro...

Yo me rasqué instintivamente el cráneo.

--¡Hombre! ¡Un cerebro! ¿Quién no tiene un cerebro? Claro que son muy

pocas las personas que lo usan; pero todo el mundo tiene un cerebro.

Usted mismo tiene uno de esos magníficos cerebros de criminal nato que

ha estudiado minuciosamente, en Italia, el profesor Lombroso.

--Yo carezco de cerebro, señor mío--respondió el asesino--. ¿Es que no

lee usted la prensa conservadora? Los asesinos no somos más que brazos,

instrumentos que ejecutan las ideas de otros hombres. En tiempos del

señor Lombroso teníamos, en efecto, unos cerebros especiales, y cuando

queríamos trabajar, buscábamos, de acuerdo con nuestros gustos

particulares o según la inspiración del momento, un hacha, un cuchillo,

un revólver o una maza. Hoy, en cambio, buscamos un cerebro. El cerebro

es nuestra herramienta. ¿Comprende usted mi situación? Yo quiero

asesinar a un frutero de los Cuatro Caminos; pero, antes de ponerme a la

obra, necesito un cerebro que me sugiera la idea de este asesinato. Por

eso venía a verle a usted...

Yo me disculpé como pude; pero el asesino no se convenció.

--Usted me engaña--me dijo--. Usted podría perfectamente sugerirme la

idea que yo le pido. Mil veces, de seguro, habrá tenido usted en su vida

intenciones asesinas. Lo que ocurre es que no quiere usted complacerme.

Es usted un Tartufo.

--¡Caballero!

--Un Tartufo, sí, señor. ¡Ah! ¡Si alguien pudiera sugerirme la idea de

asesinarle a usted!... ¡Cómo me vengaría yo entonces de su hipocresía!

Pero yo soy un pobre asesino, incapacitado por mi profesión para matar a

nadie, y por eso usted se permite abusar de mí. ¡Adiós, señor mío! Voy a

revisar unas colecciones de periódicos a ver si algún artículo de un

adversario suyo me inspira la intención de estrangularlo a usted. Hasta

la vista.

Y el extraño visitante se fue por donde había venido.

XI

FERRER

Ferrer, como se sabe, tenía una estatua en Bruselas. Los alemanes,

durante su ocupación de la ciudad, echaron la estatua abajo, y cuando se

trató de erigirla, algunos periódicos españoles protestaron y otros

aplauden. Yo creo que los españoles, como tales españoles, no tenemos

voto en este asunto. Ferrer era español; pero nosotros no quisimos que

siguiera siéndolo, y para conseguirlo lo hemos fusilado. Desde que lo

fusilamos, Ferrer dejó de ser uno de los nuestros, y hoy ¿qué nos

importa el que su cadáver suscite por ahí simpatías o antipatías? Al

fusilarlo, nosotros hemos roto con el señor Ferrer toda solidaridad.

¿Que actualmente Ferrer nos denigra en Bruselas? Pero ¿cómo puede

denigrarnos un muerto? Y si un muerto puede denigrarnos, entonces, ¿no

habremos cometido una ligereza al matar a Ferrer?

Por mi parte, yo creo que, en efecto, hemos cometido una gran ligereza,

un descuido imperdonable. En vano sus enemigos dicen que Ferrer no era

un sabio ni un pedagogo. Si se va a fusilar a todos los españoles que

no son sabios ni pedagogos, entonces ya puede el Gobierno solicitar un

crédito extraordinario para comprar fusiles. Yo no conozco más que un

pedagogo, D. Lorenzo Luzuriaga, y francamente, no creo que este querido

amigo se divierta mucho cuando llegue a quedarse solo consigo mismo en

una España despoblada por los fusilamientos.

No. A Ferrer no se le ha fusilado porque no era un pedagogo ni un sabio.

Por lo menos, las obras de la colección Sempere se las había leído, y

esto le ponía en un nivel de cultura muy superior al de los hombres que

dispusieron su fusilamiento. Si se fusiló a Ferrer fue, al contrario,

porque se le consideraba un sabio y un pedagogo, una especie de Giordano

Bruno de la rambla de Canaletas. Esto, además, era lo lógico, y si no lo

lógico, lo tradicional. Esto era lo que tenía precedentes. Yo le hice en

tiempo oportuno una prudente advertencia al Sr. Maura por medio de un

artículo que los ferreristas interpretaron, por cierto, bastante mal.

--Que no se fusile a Ferrer--decía yo--. Ustedes se creen que Ferrer es

un genio; pero yo, que lo conozco, les doy mi palabra de que no lo es.

Fusilen ustedes al Sr. Unamuno, que sabe griego; fusilen a don Francisco

Giner, fusilen aunque sea al doctor Simarro; pero yo les aseguro que

sería una equivocación fusilar a Ferrer...

Nadie atendió mis consejos, y Ferrer fue fusilado. Ahora, muchos

españoles se indignan al ver que en el extranjero se le levantan

estatuas a Ferrer. «Ferrer no es un apóstol», dicen. Pero Ferrer _ya_ es

un apóstol. Todo hombre que muere por una idea es un apóstol, y como los

apóstoles estorban mucho a los ministros de la Gobernación, el buen

gobernante no debe matar a nadie por sus opiniones ni por sus doctrinas.

Así como así, ¿qué necesidad hay de matar a la gente en el país de la

viruela y de la gripe?

FIN

OTRAS OBRAS DE JULIO CAMBA

_Alemania_.

_Londres_.

_Playas, ciudades y montañas_.

La rana viajera · 第 9 / 9 段