Madrid hubiese llegado a adoptarse, los «lances entre caballeros» no
tardarían en pasar a la historia. Se trata de una proposición para que
ningún médico asista como tal médico a ningún desafío. Claro está que en
los desafíos no suele ocurrir nada. A primera vista no hay, por lo
tanto, ninguna razón para que los caballeros se hagan acompañar de un
médico cuando van a batirse y no cuando van a tomar café, ya que el
café, bien solo o bien con leche, es, en casi todos los
establecimientos, un brebaje engañoso que da lugar a serias
complicaciones gástricas. Se puede demostrar que, prácticamente, los
médicos son del todo innecesarios en los desafíos; pero, al demostrar
esto, se demostraría también que los desafíos son prácticamente
innecesarios en la vida. Ya se sabe que en los desafíos no muere nadie;
pero es preciso mantener la creencia de que puede morir alguien, y para
mantenerla es para lo que están los médicos. Las espadas, los sables,
las pistolas todo esto tiene un carácter decorativo y de panoplia, y
uno puede mirarlo alegremente; pero, ¿y el botiquín? ¿A quién no le
asalta por un instante la idea de la muerte al ver a un médico con su
botiquín debajo del brazo?
En Francia, los duelistas procuran presentarle al público de vez en
cuando un pequeño cadáver. Aquí no se ha cambiado de cadáver desde hace
muchísimos años, y el duelo está perdiendo prestigio. Vean ustedes las
estadísticas de accidentes del trabajo y observarán que la industria
corchotaponera produce más víctimas que el duelo. ¿Qué se discute en
España entre los partidarios del desafío y sus antipartidarios? Pues,
sencillamente, un muerto de allá por el año 98, muerto que, al parecer,
debió su muerte a un descuido del médico...
Si los médicos, pues, le hacen el _boicot_ a los desafíos, si cuando un
caballero le haya producido a otro con un sable o con una espada un
rasguño en la muñeca, no hay un médico que describa este rasguño como
una herida inciso-trinchante de tantos centímetros de extensión, en la
región tal, interesando la dermis y la epidermis y la paquidermis; si
además el médico no echa en este rasguño tintura de yodo y yodoformo y
alguna otra porquería, y no arma allí una cantera y no cubre luego el
brazo de gasas malolientes, ¿qué va a ser de los desafíos?
Los desafíos quedarán entonces reducidos a un _sport_, así como la
natación, como el billar o como la pesca de caña, y no digo como el mus
o el _poker_, porque estos juegos es indudable que producen víctimas. Se
convertirán en un ejercicio vulgar y caro y no tardarán en desaparecer.
Y esto sería grave porque, probablemente, daría origen a un aumento de
mortalidad.
II
LOS DESAFÍOS Y LA TÉCNICA
Si un señor me invitase un día a jugar una partida de ajedrez, por muy
obligado que yo le estuviera, no le complacería. Le demostraría que no
sé jugar al ajedrez, y el señor en cuestión tendría que renunciar a la
partida proyectada.
Si el mismo señor pretendiese otro día hacerme ejecutar al piano la
_Marcha fúnebre_ de Chopin, tampoco me sería fácil complacerle.
--No sé tocar el piano--le diría--. Y si, en vez del ajedrez o el piano,
el señor en cuestión se orientase hacia la esgrima y quisiera batirse
conmigo a espada o a sable, mi contestación sería igualmente lacónica.
--Lo siento mucho, pero no sé batirme a sable ni a espada...
En el primero y el segundo casos, todo el mundo encontraría mi negativa
perfectamente natural. Se puede ser un gran aficionado al ajedrez, pero
se comprende que cuando un hombre no sabe jugarlo, no lo juegue. Se
puede ser muy entusiasta de la _Marcha fúnebre_, y no obstante, ante la
imposibilidad técnica de ejecutarla al piano, la gente se explica, sin
dificultad, el que un hombre no quiera ejecutarla...
En el tercer caso, sin embargo, es seguro que yo quedaría muy mal.
Cualquier razón sirve para no batirse, excepto la de que uno no se sabe
batir. A nadie se le ocurre atribuir al miedo el motivo de que yo no dé
conciertos en la Sociedad Filarmónica; pero si yo me negara a batirme,
se diría que el miedo me dominaba:
--En el terreno, la técnica significa muy poco. Lo decisivo es el
valor...
Y esto es posible; pero yo creo que se tiene tanto más valor cuanto se
tiene más técnica. Está demostrado que la técnica de la natación
consiste principalmente en perder el miedo. Nadie nada de primera
intención, porque el miedo le lleva a hacer una serie de movimientos con
los que, irremisiblemente, se ahoga. Pues yo cogería a D'Artagnan, de
quien no es publico que supiese nadar, le pondría al borde de un mar
profundo, y le diría:
--Láncese usted. Todo es cuestión de no tener miedo...
Y el intrépido mosquetero se iría a hacerle compañía a los pacíficos
besugos.
Es posible que yo no me batiese, aunque supiera batirme; como es posible
que no ejecutase la _Marcha fúnebre_, aunque supiera ejecutarla; pero si
alguien me pide alguna vez que ejecute esta marcha, yo no me voy a
salir diciéndole que prefiero otra marcha más jovial, o que no me
inspira simpatías la autonomía de Polonia, tierra del autor, sino,
sencillamente, que no sé tocar el piano.
Y cuando alguien me desafíe, yo le diré que no me sé batir, en vez de
plantearle el problema de la moral del duelo. Por lo demás, acaso toda
la moral del duelo consista precisamente en esto. Cuando todo el mundo
llevaba una espada al cinto y sabía más o menos manejarla, batirse en
duelo era una cosa así como lo que es hoy liarse a garrotazos. Hoy, en
cambio, el duelo es la equivalente de lo que será liarse a garrotazos en
el año 2000, cuando, en vez de bastones, los hombres salgan a la calle
con unos tubos de goma llenos de aire comprimido, de energía
radioactiva, de café con leche o de lo que sea.
III
LOS DESAFÍOS Y EL HONOR
Sigamos con esto del duelo. Un hombre hace una canallada; este hombre se
bate y es un hombre de honor. A un hombre le hacen una canallada; este
hombre no se bate y es un hombre sin honor. El honor o el deshonor no
consisten, pues, en conducirse honorable o deshonorablemente, sino en
batirse o no batirse. Yo me atrevería a decir del honor caballeresco
exactamente lo mismo que he dicho del valor, esto es, que se tiene tanto
más cuanto se tiene más técnica. El honor se puede aprender, si no en
doce, en cien o en doscientas lecciones. Todo es cuestión de tener algún
dinero para ir a una sala de esgrima. Por mil pesetas uno puede llegar a
hacerse un caballero perfecto, a condición de que uno no esté demasiado
viejo ni demasiado gordo, ya que el honor también tiene edad, peso y
estatura.
--Pero si esto es así--dirán ustedes--, ¿por qué hay tantos hombres sin
honor?
Sencillamente, porque no lo necesitan. Yo he observado que sólo tienen
honor aquellas personas a quienes les hace verdadera falta tenerlo. ¿De
qué le serviría el honor a un ebanista o a un comerciante? Cuando un
joven piensa dedicarse a la ebanistería o al comercio, no se preocupa
del honor. En cambio, si quiere entrar en la política, o si es
aristócrata, se compra unos floretes, unas zapatillas y una careta y se
inscribe en una academia de esgrima. En Inglaterra no existe el honor
caballeresco, y en Barcelona, tampoco. Un barcelonés puede ser un hombre
muy digno y hasta un hombre muy sinvergüenza sin necesidad ninguna de
tener honor; pero no así un madrileño. Hubo un tiempo en que para
dedicarse al periodismo, el honor era también una cosa indispensable.
Hoy creo que todavía se exige el honor en algunos periódicos; pero, en
la mayoría, sólo procuran que el periodista sepa su oficio. Días atrás
hablaba yo con un periodista de la vieja escuela y le decía que,
francamente, eso del honor me parecía absurdo.
--¡Ah!--me contestó--. Usted ha tenido mucha suerte y puede usted
prescindir del honor. Si yo hubiese podido hacerme una firma, también
prescindiría de él; pero a los cincuenta años de edad no he logrado
llegar aún a las doscientas pesetas, trabajando diez horas diarias. Yo
soy un fracasado, y si no tuviese honor, me moriría de hambre...
Mi pobre compañero tiene honor porque le hace muchísima falta. Si el día
de mañana heredase, dejaría inmediatamente de tenerlo.
LA POLÍTICA
_En estos comentarios, que fueron escritos a fines del año 18 y
comienzos del 19, el lector verá algunos nombres propios: Maura, Cierva,
Dato, Sánchez de Toca, Romanones... Lo probable es que semejantes
nombres no varíen, o bien porque sus titulares vivan indefinidamente, o
bien porque, al morir, le dejen la herencia política a sus hijos. Y,
aunque varíen los nombres, es indudable que las cosas no variarán. Es
decir, que el lector del año 50 no tendrá que hacer, a lo sumo, nada más
que la simple sustitución mental de unos apellidos por otros para
convertir este pequeño trozo de historia en una página de actualidad
palpitante._
I
CEREBROS ARTIFICIALES PARA USO DE DIPUTADOS
El otro día, al salir del Congreso, me fui a cenar con un amigo
diputado. Nos sirvieron de postre unas chirimoyas, fruta tropical, y mi
amigo, con su chirimoya en la mano, comenzó a hablarme de la autonomía
catalana. Yo le miraba, a la vez que le oía, y tenía una sensación así
como si fuese de la chirimoya de donde mi amigo sacaba las ideas. De
cuando en cuando, y coincidiendo con los momentos en que la
argumentación exigía mayor sutileza, mi amigo oprimía nerviosamente la
chirimoya, como si quisiera extraerle todo el jugo. Y entonces se me
venía a la imaginación la imagen prodigiosa de _Le Penseur_, de Rodin.
Hubo instantes en que yo temí que la chirimoya reventase en manos de mi
amigo, quien, cuando no podía terminar un razonamiento, la apretaba de
un modo verdaderamente suicida. Por fin, mi amigo se comió la chirimoya
y dejó de hablar de la autonomía catalana. Pedimos la cuenta. Las
chirimoyas costaban a cinco pesetas cada una. Y yo pensé que, para
decirme lo que me había dicho, mi amigo hubiera podido arreglarse
perfectamente con una fruta del país, como, por ejemplo, la naranja, que
es bastante jugosa y que se encuentra al alcance de las fortunas más
modestas.
Estamos ante problemas demasiado graves, y yo temo que nuestros
cerebros, ociosos durante muchísimos años, no puedan ahora funcionar con
la exactitud necesaria. Algunos diputados razonan con chirimoyas. Otros,
vistos desde la tribuna de la Prensa, nos presentan unos cráneos largos
y depilados, como melones. Y otros, en fin, más acres, cuando estrujan
su pequeña masa encefálica, parece que estrujaran un limón. ¿Por qué no
se harán máquinas de pensar, como se hacen máquinas de calcular? El Sr.
Torres Quevedo, que ha hecho una máquina para jugar al ajedrez, podría,
seguramente, con mucha más facilidad, hacer máquinas que estudiasen la
cuestión catalana y vendérselas o alquilárselas a los señores diputados.
Podrían hacerse cerebros de celuloide, sólidos, prácticos y que, como se
venderían mucho, resultarían bastante baratos; cerebros a los que se les
diese cuerda para veinticuatro horas, o bien que tuviesen una ranura,
como ciertos aparatos de gas, para que, al querer iluminar algún punto
obscuro de nuestra política, bastase echar en ellos una moneda y
aproximar un fósforo. La idea parecerá descabellada, pero yo me
atrevería a apoyarla con un precedente: los cerebros alemanes.
Minuciosamente preparados por el Estado y exactamente iguales unos a
otros, los cerebros alemanes de la _avant-guerre_ podrían considerarse
como un producto industrial.
Claro que el día en que los españoles razonemos con unos cerebros
artificiales, confeccionados al por mayor, perderemos toda nuestra
variedad, tan pintoresca. Pero acaso sea precisamente esto lo que nos
esté haciendo falta.
II
LA INDUSTRIA ELECTORAL
Las elecciones son nuestra única industria nacional, y si se hicieran
dos veces al año, España se depauperizaría. Hay pueblos en los que la
cosecha representa unos diez mil duros anuales, la industria unos cinco
mil, y las elecciones ciento o ciento cincuenta mil. ¡Y aun hay quien
echa pestes contra la ley del Sufragio!
--¿Para qué queremos el voto?--se preguntan algunas gentes.
Y estas gentes, no sólo carecen de sentido político, sino que carecen
también de todo instinto comercial. Queremos el voto para venderlo. La
ley que nos ha proporcionado el derecho a votar nos ha asegurado con él
una renta vitalicia. Un voto puede valer cinco, diez, veinte, cien,
hasta doscientos duros. Muchos hombres en España ganan con su trabajo
cincuenta duros al año, y con el voto obtienen el doble y el triple.
Claro que es preciso votar a los candidatos conservadores. Los
socialistas, que se las echan de protectores del pueblo, en realidad
quieren robarle al pretender que el pueblo los vote gratis. ¡Falsos
apóstoles!, como dice un colega...
Cuando llegan las elecciones es como si llegara una cosecha milagrosa.
Una cosecha de cereales, de salchichones, de chorizos y de cigarros de a
peseta con áureas sortijillas. El vino circula abundantemente en
nuestros pueblos más miserables. Las gallinas, animadas de un fuego
sagrado, dijérase que ponen los huevos ya cocidos y todo. Los corderos
nacen asados. España come y bebe a sus anchas.
¿Y son los socialistas quienes censuran al Sr. Maura por echar sobre el
pueblo español esta bendición de unas elecciones generales? Pues que el
decreto de disolución se retrase unos meses más, y con lo cara que está
la vida, España se morirá de hambre. Es preciso acabar con esta leyenda
de que un candidato no es importante más que como un diputado en
potencia. Lo importante no es el diputado, sino el candidato. Lo
importante no es el Parlamento, sino el período electoral. Un hombre que
se deja en un distrito de cincuenta mil duros para arriba es,
indudablemente, un hombre que favorece al distrito, y el pueblo,
agradecido, debe votarle...
A no ser que el candidato contrario se deje lo doble.
III
UNA CARTA
Un lector me envía la siguiente carta:
«Sr. D. Julio Camba.
Muy señor mío: Su artículo sobre las elecciones, publicado en _El Sol_
del día 13, contiene varias inexactitudes que me apresuro a rectificar.
Dice usted que los votos constituyen en España una gran industria. ¡Ay,
señor Camba! Como tantas otras, esta industria ha venido aquí
considerablemente a menos. La concurrencia es terrible. Hay quien vende
su voto por dos duros. Hay quien lo da a cambio de una comida, de un
paseo en automóvil o de un cigarro puro. Hay quien vota por amistad, y
hay algo mucho peor aún: hay quien vota por convicciones políticas. Y
así se explica el que se presenten candidatos hombres que no tienen
donde caerse muertos.
Yo creo que se debiera constituir una liga de electores imponiendo una
tarifa mínima para los votos. Esta sería, a mi juicio, la única manera
práctica de que los ciudadanos hiciéramos valer nuestros derechos. Cinco
duros por voto, y si los candidatos no aceptaban, iríamos a la huelga.
Y no me hable usted de inmoralidad. El hecho de que usted cobre sus
artículos no quiere decir que usted venda sus ideas. En realidad, un
escritor no tiene verdadera independencia de pensamiento mientras no
puede vivir de su pluma, y algo de esto ocurre también con el elector.
¿Sabe usted lo que yo he tenido que hacer en las elecciones pasadas para
valorizar un tanto mi derecho de elector? Pues he tenido que votar dos
veces: una por un candidato monárquico, y otra, por un republicano.
Porque eso de que los candidatos conservadores son quienes pagan mejor
los votos, tampoco es exacto, señor Camba. Cuando están en el Poder,
¿qué necesidad tienen de pagarlos? Generalmente, ni siquiera se toman la
molestia de echarnos un discurso.
Desengáñese usted. Para levantar un poco la industria electoral no hay
más procedimiento que la Liga. Recientemente se hablaba de señalar
sueldo a los diputados. Muy bien; pero que los diputados comiencen por
pagar a sus electores. Y mientras haya gentes que voten de balde, yo no
podré creer que el derecho a votar represente para el pueblo conquista
ninguna...»
Hasta aquí la carta de mi comunicante. Yo, en prueba de imparcialidad,
la reproduzco íntegra.
IV
EL AUTOR NECESITA UN DISTRITO
En estos hermosos días de mayo, para estar a tono con las costumbres y
no hacer entre mis contemporáneos un papel despreciable, yo necesito dos
cosas: un distrito y un sombrero de paja.
Casi todo el mundo tiene un distrito y un sombrero de paja. Algunos
tienen sombrero de paja y carecen de distrito. Otros tienen el distrito
únicamente, pero podrán contarse con los dedos de una mano los españoles
que se encuentren hoy, a la vez, sin distrito y sin sombrero.
Lector: ¿No tendrá usted por ahí algún distrito suelto que ofrecerme?
¿Ha mirado usted bien?...
Todos mis amigos tienen distrito, y hasta hay quien hace gala de dos o
tres. A juzgar por las apariencias, en España hay muchos más distritos
que candidatos, y muchos más ciudadanos elegibles que ciudadanos
electores. Hombres que se han pasado el invierno sin gabán comparecen
ahora en la tertulia del café con distritos magníficos. No me extrañaría
nada que alguno de ellos empeñara el suyo...
Es muy hermosa la libertad del hombre soltero; pero cuando uno se va
haciendo un poco viejo y comienza a padecer del estómago, echa de menos
una mano amante que le arrope bien en la cama y le sirva tacitas de
caldo. También es muy hermosa la situación del escritor independiente;
pero no en época de elecciones. En época de elecciones, ¿quién no siente
el anhelo de un partido político, un partido cariñoso que le dé un
distrito así como le daría un caldo la tierna esposa?
Al salir a la calle y coger su sombrero, su bastón y sus guantes, uno
tiene estos días la sensación de que le falta algo todavía, y lo que le
falta es un distrito. Luego, en la tertulia habitual, así que todos los
amigos se ponen a hablar de sus distritos respectivos, el hombre que
carece de distrito es algo así como un paria. Los camareros mismos le
sirven de cualquier manera. El limpiabotas no acude a sus
requerimientos...
La vida sin distrito ha llegado a parecerme ya una carga insoportable.
Me figuro que las gentes me señalan en la calle diciéndose:--He ahí un
hombre que no tiene distrito. Y por esto me dirijo al lector pidiéndole
uno. Después de todo, un distrito se le da a cualquiera. Haga el lector
un pequeño esfuerzo. Necesito un distrito, y lo necesito de toda
necesidad.
V
ESPAÑA, EMPORIO DEL PARLAMENTARISMO
¿Qué se entiende por un hombre muy parlamentario?
En España, por un hombre muy parlamentario se enriende un hombre que
tiene mucho parlamento. El señor Dato, por ejemplo, y el señor conde de
Romanones son hombres muy parlamentarios. También es bastante
parlamentario el Sr. García Prieto. Y yo mismo, que a primera vista no
parezco nada parlamentario, lo soy, sin embargo, considerablemente más
que la mayoría de los españoles: tengo numerosos amigos diputados, puedo
tomar café en el Congreso, puedo utilizar la franquicia postal
parlamentaria...
Cuando el Sr. Maura disolvió las Cortes, dijo que lo hacía porque siendo
un hombre muy parlamentario, no quería aprobar los presupuestos a
espaldas de la representación nacional. La representación nacional era
entonces datista, romanonista, albista, socialista, etcétera, y el Sr.
Maura necesitaba una representación nacional maurista a fin de no
gobernar a espaldas del país, sino de acuerdo con él. Necesitaba un
Parlamento, en fin, para que no se dijese de él que era un gobernante
antiparlamentario.
Y como necesitaba un Parlamento, el Sr. Maura--y quien dice el Sr. Maura
dice el Sr. Cierva--se dedicó a hacerlo. Primero, el jefe del Gobierno
eligió los candidatos. Luego, los candidatos eligieron a los electores.
Y, dentro de pocos días, el Sr. Maura tendrá un Parlamento propio, así
como algunos señores tienen un teatro casero.
¿Quién ha dicho que aquí se gobierna arbitrariamente, sin tener en
cuenta los gustos ni las aficiones del país? Aquí no se hace semejante
cosa. El país ha derramado su sangre para conseguir el régimen
parlamentario, y respetuosos de la voluntad nacional, a cada Gobierno le
damos aquí su Parlamento correspondiente. En el mismo espacio de tiempo,
ninguna nación ha tenido tantos Parlamentos como España. España es,
indudablemente, el pueblo más parlamentario del mundo.
VI
LOS MINISTROS NUEVOS
Cuando caiga el actual Gobierno, nuestro presupuesto de gastos se
encontrará gravado con unas cuantas cesantías más. ¡Para que la gente
pida ministros nuevos!
¿Qué se entiende por un ministro nuevo? Por un ministro nuevo no se
entiende un ministro joven ni un ministro distinto de los otros
ministros, sino un hombre que es ministro por primera vez. Un ministro
nuevo suele ser un subsecretario viejo, un gobernador viejo o un general
viejo... El marqués de Mochales llegó a ministro y se murió; pero este
lamentable suceso será único en nuestra historia. La mayoría de los
políticos no consideran colmada su ambición al llegar a ministros. Ser
ministro no es, en realidad, ser nada. Un ministro está a merced del
poder moderador, a merced de la Prensa, a merced de las oposiciones
parlamentarias, a merced de todo el mundo. En cambió, un ex ministro no
está a merced de nadie. Las carteras pasan y las cesantías quedan. Y por
esto, lejos de morirse una vez que han jurado el cargo, es entonces
cuando la mayoría de los ministros comienzan a vivir.
¿Ministros nuevos? No. Nunca. Un ministro nuevo se usa en seguida y a
los dos o tres meses queda convertido en un ex ministro. Hay países de
una intensa vida económica que pueden permitirse el lujo de cambiar
frecuentemente de ministros, así como un hombre rico cambia
frecuentemente de automóvil; pero nosotros no estamos en el mismo caso.
¡Si cada nueva cesantía anulase una cesantía vieja! ¡Si cuando el señor
Prado Palacio, por ejemplo, sea declarado ex ministro, dejasen de ser ex
ministros el marqués de Lema o el conde de Bugallal!... Pero, hoy por
hoy, lo que nos conviene es ir tirando con los ex ministros actuales.
Son viejos, muy viejos, tan viejos como el mismo sistema parlamentario;
son malos y están pasados de moda, pero no nos suponen ningún nuevo
gasto. Bien conservados, estos ex ministros pueden durar todavía otro
cuarto de siglo u otro medio siglo, lo que en la política española no
creo que represente gran cosa. Y cuando se mueran del todo--allá para el
año 1950--, entonces se podrá pensar en sustituirlos con algunos hombres
jóvenes, como D. Melquiades Alvarez, por ejemplo, o el doctor
Simarro...
VII
UN ARTÍCULO MINISTERIAL
Si yo fuese un escritor ministerial, ¡qué artículo haría acerca de las
últimas elecciones!
Nos han derrotado en las grandes ciudades--diría--, pero esto no nos
extraña. Las grandes ciudades son verdaderos focos de corrupción, donde
se van perdiendo íntegramente los sentimientos de humildad, de
obediencia y de amor al pasado. Casi todos los madrileños saben leer y
escribir, y aunque una enérgica censura amordaza a los escritores de la
mala prensa, las ideas disolventes siempre encuentran camino por donde
llegar al cerebro del pueblo. Indudablemente, el analfabetismo vale mil
veces más que la censura. Todo el arte de los escritores radicales se
estrella contra el hombre del campo, hombre sano de cuerpo y de
inteligencia, que no sabe leer ni lo necesita para trabajar las tierras
de su señor y para darles el voto a los candidatos del orden. Y el
hombre del campo ha votado la candidatura ministerial.
Hemos triunfado en el campo, donde todavía se conservan las venerandas
tradiciones de nuestros mayores; donde el médico, no contaminado por
teorías extrañas, sangra buenamente a sus enfermos, igual que en tiempo
de nuestros abuelos; donde el pobre se resigna a ser pobre como el rubio
se resigna a ser rubio; donde el cura prohíbe que se baile el agarrado y
que se lean los periódicos liberales, y donde se respeta el orden, la
propiedad, el clero y la Guardia civil. Hemos triunfado en el campo y
hemos fracasado en las ciudades. ¿Hay nada más significativo?
Porque las ciudades están dejadas de la mano de Dios. En Madrid, la
juventud pasa su vida bailando bailes extranjeros, bebiendo bebidas
extranjeras y--cosa mil veces más nefanda--leyendo libros extranjeros.
Ahora les ha dado a los madrileños por poner en las casas baño y
ascensor, y esto será muy agradable para el cuerpo, pero tiene que ser
funesto para el alma. Baños, librerías, grandes hoteles, derechos
políticos, un Ateneo, una Casa del Pueblo... ¿Es que nuestros mayores
necesitaban ninguna de estas cosas?