Si la proposición que algunos médicos presentaron un día al Colegio de

Madrid hubiese llegado a adoptarse, los «lances entre caballeros» no

tardarían en pasar a la historia. Se trata de una proposición para que

ningún médico asista como tal médico a ningún desafío. Claro está que en

los desafíos no suele ocurrir nada. A primera vista no hay, por lo

tanto, ninguna razón para que los caballeros se hagan acompañar de un

médico cuando van a batirse y no cuando van a tomar café, ya que el

café, bien solo o bien con leche, es, en casi todos los

establecimientos, un brebaje engañoso que da lugar a serias

complicaciones gástricas. Se puede demostrar que, prácticamente, los

médicos son del todo innecesarios en los desafíos; pero, al demostrar

esto, se demostraría también que los desafíos son prácticamente

innecesarios en la vida. Ya se sabe que en los desafíos no muere nadie;

pero es preciso mantener la creencia de que puede morir alguien, y para

mantenerla es para lo que están los médicos. Las espadas, los sables,

las pistolas todo esto tiene un carácter decorativo y de panoplia, y

uno puede mirarlo alegremente; pero, ¿y el botiquín? ¿A quién no le

asalta por un instante la idea de la muerte al ver a un médico con su

botiquín debajo del brazo?

En Francia, los duelistas procuran presentarle al público de vez en

cuando un pequeño cadáver. Aquí no se ha cambiado de cadáver desde hace

muchísimos años, y el duelo está perdiendo prestigio. Vean ustedes las

estadísticas de accidentes del trabajo y observarán que la industria

corchotaponera produce más víctimas que el duelo. ¿Qué se discute en

España entre los partidarios del desafío y sus antipartidarios? Pues,

sencillamente, un muerto de allá por el año 98, muerto que, al parecer,

debió su muerte a un descuido del médico...

Si los médicos, pues, le hacen el _boicot_ a los desafíos, si cuando un

caballero le haya producido a otro con un sable o con una espada un

rasguño en la muñeca, no hay un médico que describa este rasguño como

una herida inciso-trinchante de tantos centímetros de extensión, en la

región tal, interesando la dermis y la epidermis y la paquidermis; si

además el médico no echa en este rasguño tintura de yodo y yodoformo y

alguna otra porquería, y no arma allí una cantera y no cubre luego el

brazo de gasas malolientes, ¿qué va a ser de los desafíos?

Los desafíos quedarán entonces reducidos a un _sport_, así como la

natación, como el billar o como la pesca de caña, y no digo como el mus

o el _poker_, porque estos juegos es indudable que producen víctimas. Se

convertirán en un ejercicio vulgar y caro y no tardarán en desaparecer.

Y esto sería grave porque, probablemente, daría origen a un aumento de

mortalidad.

II

LOS DESAFÍOS Y LA TÉCNICA

Si un señor me invitase un día a jugar una partida de ajedrez, por muy

obligado que yo le estuviera, no le complacería. Le demostraría que no

sé jugar al ajedrez, y el señor en cuestión tendría que renunciar a la

partida proyectada.

Si el mismo señor pretendiese otro día hacerme ejecutar al piano la

_Marcha fúnebre_ de Chopin, tampoco me sería fácil complacerle.

--No sé tocar el piano--le diría--. Y si, en vez del ajedrez o el piano,

el señor en cuestión se orientase hacia la esgrima y quisiera batirse

conmigo a espada o a sable, mi contestación sería igualmente lacónica.

--Lo siento mucho, pero no sé batirme a sable ni a espada...

En el primero y el segundo casos, todo el mundo encontraría mi negativa

perfectamente natural. Se puede ser un gran aficionado al ajedrez, pero

se comprende que cuando un hombre no sabe jugarlo, no lo juegue. Se

puede ser muy entusiasta de la _Marcha fúnebre_, y no obstante, ante la

imposibilidad técnica de ejecutarla al piano, la gente se explica, sin

dificultad, el que un hombre no quiera ejecutarla...

En el tercer caso, sin embargo, es seguro que yo quedaría muy mal.

Cualquier razón sirve para no batirse, excepto la de que uno no se sabe

batir. A nadie se le ocurre atribuir al miedo el motivo de que yo no dé

conciertos en la Sociedad Filarmónica; pero si yo me negara a batirme,

se diría que el miedo me dominaba:

--En el terreno, la técnica significa muy poco. Lo decisivo es el

valor...

Y esto es posible; pero yo creo que se tiene tanto más valor cuanto se

tiene más técnica. Está demostrado que la técnica de la natación

consiste principalmente en perder el miedo. Nadie nada de primera

intención, porque el miedo le lleva a hacer una serie de movimientos con

los que, irremisiblemente, se ahoga. Pues yo cogería a D'Artagnan, de

quien no es publico que supiese nadar, le pondría al borde de un mar

profundo, y le diría:

--Láncese usted. Todo es cuestión de no tener miedo...

Y el intrépido mosquetero se iría a hacerle compañía a los pacíficos

besugos.

Es posible que yo no me batiese, aunque supiera batirme; como es posible

que no ejecutase la _Marcha fúnebre_, aunque supiera ejecutarla; pero si

alguien me pide alguna vez que ejecute esta marcha, yo no me voy a

salir diciéndole que prefiero otra marcha más jovial, o que no me

inspira simpatías la autonomía de Polonia, tierra del autor, sino,

sencillamente, que no sé tocar el piano.

Y cuando alguien me desafíe, yo le diré que no me sé batir, en vez de

plantearle el problema de la moral del duelo. Por lo demás, acaso toda

la moral del duelo consista precisamente en esto. Cuando todo el mundo

llevaba una espada al cinto y sabía más o menos manejarla, batirse en

duelo era una cosa así como lo que es hoy liarse a garrotazos. Hoy, en

cambio, el duelo es la equivalente de lo que será liarse a garrotazos en

el año 2000, cuando, en vez de bastones, los hombres salgan a la calle

con unos tubos de goma llenos de aire comprimido, de energía

radioactiva, de café con leche o de lo que sea.

III

LOS DESAFÍOS Y EL HONOR

Sigamos con esto del duelo. Un hombre hace una canallada; este hombre se

bate y es un hombre de honor. A un hombre le hacen una canallada; este

hombre no se bate y es un hombre sin honor. El honor o el deshonor no

consisten, pues, en conducirse honorable o deshonorablemente, sino en

batirse o no batirse. Yo me atrevería a decir del honor caballeresco

exactamente lo mismo que he dicho del valor, esto es, que se tiene tanto

más cuanto se tiene más técnica. El honor se puede aprender, si no en

doce, en cien o en doscientas lecciones. Todo es cuestión de tener algún

dinero para ir a una sala de esgrima. Por mil pesetas uno puede llegar a

hacerse un caballero perfecto, a condición de que uno no esté demasiado

viejo ni demasiado gordo, ya que el honor también tiene edad, peso y

estatura.

--Pero si esto es así--dirán ustedes--, ¿por qué hay tantos hombres sin

honor?

Sencillamente, porque no lo necesitan. Yo he observado que sólo tienen

honor aquellas personas a quienes les hace verdadera falta tenerlo. ¿De

qué le serviría el honor a un ebanista o a un comerciante? Cuando un

joven piensa dedicarse a la ebanistería o al comercio, no se preocupa

del honor. En cambio, si quiere entrar en la política, o si es

aristócrata, se compra unos floretes, unas zapatillas y una careta y se

inscribe en una academia de esgrima. En Inglaterra no existe el honor

caballeresco, y en Barcelona, tampoco. Un barcelonés puede ser un hombre

muy digno y hasta un hombre muy sinvergüenza sin necesidad ninguna de

tener honor; pero no así un madrileño. Hubo un tiempo en que para

dedicarse al periodismo, el honor era también una cosa indispensable.

Hoy creo que todavía se exige el honor en algunos periódicos; pero, en

la mayoría, sólo procuran que el periodista sepa su oficio. Días atrás

hablaba yo con un periodista de la vieja escuela y le decía que,

francamente, eso del honor me parecía absurdo.

--¡Ah!--me contestó--. Usted ha tenido mucha suerte y puede usted

prescindir del honor. Si yo hubiese podido hacerme una firma, también

prescindiría de él; pero a los cincuenta años de edad no he logrado

llegar aún a las doscientas pesetas, trabajando diez horas diarias. Yo

soy un fracasado, y si no tuviese honor, me moriría de hambre...

Mi pobre compañero tiene honor porque le hace muchísima falta. Si el día

de mañana heredase, dejaría inmediatamente de tenerlo.

LA POLÍTICA

_En estos comentarios, que fueron escritos a fines del año 18 y

comienzos del 19, el lector verá algunos nombres propios: Maura, Cierva,

Dato, Sánchez de Toca, Romanones... Lo probable es que semejantes

nombres no varíen, o bien porque sus titulares vivan indefinidamente, o

bien porque, al morir, le dejen la herencia política a sus hijos. Y,

aunque varíen los nombres, es indudable que las cosas no variarán. Es

decir, que el lector del año 50 no tendrá que hacer, a lo sumo, nada más

que la simple sustitución mental de unos apellidos por otros para

convertir este pequeño trozo de historia en una página de actualidad

palpitante._

I

CEREBROS ARTIFICIALES PARA USO DE DIPUTADOS

El otro día, al salir del Congreso, me fui a cenar con un amigo

diputado. Nos sirvieron de postre unas chirimoyas, fruta tropical, y mi

amigo, con su chirimoya en la mano, comenzó a hablarme de la autonomía

catalana. Yo le miraba, a la vez que le oía, y tenía una sensación así

como si fuese de la chirimoya de donde mi amigo sacaba las ideas. De

cuando en cuando, y coincidiendo con los momentos en que la

argumentación exigía mayor sutileza, mi amigo oprimía nerviosamente la

chirimoya, como si quisiera extraerle todo el jugo. Y entonces se me

venía a la imaginación la imagen prodigiosa de _Le Penseur_, de Rodin.

Hubo instantes en que yo temí que la chirimoya reventase en manos de mi

amigo, quien, cuando no podía terminar un razonamiento, la apretaba de

un modo verdaderamente suicida. Por fin, mi amigo se comió la chirimoya

y dejó de hablar de la autonomía catalana. Pedimos la cuenta. Las

chirimoyas costaban a cinco pesetas cada una. Y yo pensé que, para

decirme lo que me había dicho, mi amigo hubiera podido arreglarse

perfectamente con una fruta del país, como, por ejemplo, la naranja, que

es bastante jugosa y que se encuentra al alcance de las fortunas más

modestas.

Estamos ante problemas demasiado graves, y yo temo que nuestros

cerebros, ociosos durante muchísimos años, no puedan ahora funcionar con

la exactitud necesaria. Algunos diputados razonan con chirimoyas. Otros,

vistos desde la tribuna de la Prensa, nos presentan unos cráneos largos

y depilados, como melones. Y otros, en fin, más acres, cuando estrujan

su pequeña masa encefálica, parece que estrujaran un limón. ¿Por qué no

se harán máquinas de pensar, como se hacen máquinas de calcular? El Sr.

Torres Quevedo, que ha hecho una máquina para jugar al ajedrez, podría,

seguramente, con mucha más facilidad, hacer máquinas que estudiasen la

cuestión catalana y vendérselas o alquilárselas a los señores diputados.

Podrían hacerse cerebros de celuloide, sólidos, prácticos y que, como se

venderían mucho, resultarían bastante baratos; cerebros a los que se les

diese cuerda para veinticuatro horas, o bien que tuviesen una ranura,

como ciertos aparatos de gas, para que, al querer iluminar algún punto

obscuro de nuestra política, bastase echar en ellos una moneda y

aproximar un fósforo. La idea parecerá descabellada, pero yo me

atrevería a apoyarla con un precedente: los cerebros alemanes.

Minuciosamente preparados por el Estado y exactamente iguales unos a

otros, los cerebros alemanes de la _avant-guerre_ podrían considerarse

como un producto industrial.

Claro que el día en que los españoles razonemos con unos cerebros

artificiales, confeccionados al por mayor, perderemos toda nuestra

variedad, tan pintoresca. Pero acaso sea precisamente esto lo que nos

esté haciendo falta.

II

LA INDUSTRIA ELECTORAL

Las elecciones son nuestra única industria nacional, y si se hicieran

dos veces al año, España se depauperizaría. Hay pueblos en los que la

cosecha representa unos diez mil duros anuales, la industria unos cinco

mil, y las elecciones ciento o ciento cincuenta mil. ¡Y aun hay quien

echa pestes contra la ley del Sufragio!

--¿Para qué queremos el voto?--se preguntan algunas gentes.

Y estas gentes, no sólo carecen de sentido político, sino que carecen

también de todo instinto comercial. Queremos el voto para venderlo. La

ley que nos ha proporcionado el derecho a votar nos ha asegurado con él

una renta vitalicia. Un voto puede valer cinco, diez, veinte, cien,

hasta doscientos duros. Muchos hombres en España ganan con su trabajo

cincuenta duros al año, y con el voto obtienen el doble y el triple.

Claro que es preciso votar a los candidatos conservadores. Los

socialistas, que se las echan de protectores del pueblo, en realidad

quieren robarle al pretender que el pueblo los vote gratis. ¡Falsos

apóstoles!, como dice un colega...

Cuando llegan las elecciones es como si llegara una cosecha milagrosa.

Una cosecha de cereales, de salchichones, de chorizos y de cigarros de a

peseta con áureas sortijillas. El vino circula abundantemente en

nuestros pueblos más miserables. Las gallinas, animadas de un fuego

sagrado, dijérase que ponen los huevos ya cocidos y todo. Los corderos

nacen asados. España come y bebe a sus anchas.

¿Y son los socialistas quienes censuran al Sr. Maura por echar sobre el

pueblo español esta bendición de unas elecciones generales? Pues que el

decreto de disolución se retrase unos meses más, y con lo cara que está

la vida, España se morirá de hambre. Es preciso acabar con esta leyenda

de que un candidato no es importante más que como un diputado en

potencia. Lo importante no es el diputado, sino el candidato. Lo

importante no es el Parlamento, sino el período electoral. Un hombre que

se deja en un distrito de cincuenta mil duros para arriba es,

indudablemente, un hombre que favorece al distrito, y el pueblo,

agradecido, debe votarle...

A no ser que el candidato contrario se deje lo doble.

III

UNA CARTA

Un lector me envía la siguiente carta:

«Sr. D. Julio Camba.

Muy señor mío: Su artículo sobre las elecciones, publicado en _El Sol_

del día 13, contiene varias inexactitudes que me apresuro a rectificar.

Dice usted que los votos constituyen en España una gran industria. ¡Ay,

señor Camba! Como tantas otras, esta industria ha venido aquí

considerablemente a menos. La concurrencia es terrible. Hay quien vende

su voto por dos duros. Hay quien lo da a cambio de una comida, de un

paseo en automóvil o de un cigarro puro. Hay quien vota por amistad, y

hay algo mucho peor aún: hay quien vota por convicciones políticas. Y

así se explica el que se presenten candidatos hombres que no tienen

donde caerse muertos.

Yo creo que se debiera constituir una liga de electores imponiendo una

tarifa mínima para los votos. Esta sería, a mi juicio, la única manera

práctica de que los ciudadanos hiciéramos valer nuestros derechos. Cinco

duros por voto, y si los candidatos no aceptaban, iríamos a la huelga.

Y no me hable usted de inmoralidad. El hecho de que usted cobre sus

artículos no quiere decir que usted venda sus ideas. En realidad, un

escritor no tiene verdadera independencia de pensamiento mientras no

puede vivir de su pluma, y algo de esto ocurre también con el elector.

¿Sabe usted lo que yo he tenido que hacer en las elecciones pasadas para

valorizar un tanto mi derecho de elector? Pues he tenido que votar dos

veces: una por un candidato monárquico, y otra, por un republicano.

Porque eso de que los candidatos conservadores son quienes pagan mejor

los votos, tampoco es exacto, señor Camba. Cuando están en el Poder,

¿qué necesidad tienen de pagarlos? Generalmente, ni siquiera se toman la

molestia de echarnos un discurso.

Desengáñese usted. Para levantar un poco la industria electoral no hay

más procedimiento que la Liga. Recientemente se hablaba de señalar

sueldo a los diputados. Muy bien; pero que los diputados comiencen por

pagar a sus electores. Y mientras haya gentes que voten de balde, yo no

podré creer que el derecho a votar represente para el pueblo conquista

ninguna...»

Hasta aquí la carta de mi comunicante. Yo, en prueba de imparcialidad,

la reproduzco íntegra.

IV

EL AUTOR NECESITA UN DISTRITO

En estos hermosos días de mayo, para estar a tono con las costumbres y

no hacer entre mis contemporáneos un papel despreciable, yo necesito dos

cosas: un distrito y un sombrero de paja.

Casi todo el mundo tiene un distrito y un sombrero de paja. Algunos

tienen sombrero de paja y carecen de distrito. Otros tienen el distrito

únicamente, pero podrán contarse con los dedos de una mano los españoles

que se encuentren hoy, a la vez, sin distrito y sin sombrero.

Lector: ¿No tendrá usted por ahí algún distrito suelto que ofrecerme?

¿Ha mirado usted bien?...

Todos mis amigos tienen distrito, y hasta hay quien hace gala de dos o

tres. A juzgar por las apariencias, en España hay muchos más distritos

que candidatos, y muchos más ciudadanos elegibles que ciudadanos

electores. Hombres que se han pasado el invierno sin gabán comparecen

ahora en la tertulia del café con distritos magníficos. No me extrañaría

nada que alguno de ellos empeñara el suyo...

Es muy hermosa la libertad del hombre soltero; pero cuando uno se va

haciendo un poco viejo y comienza a padecer del estómago, echa de menos

una mano amante que le arrope bien en la cama y le sirva tacitas de

caldo. También es muy hermosa la situación del escritor independiente;

pero no en época de elecciones. En época de elecciones, ¿quién no siente

el anhelo de un partido político, un partido cariñoso que le dé un

distrito así como le daría un caldo la tierna esposa?

Al salir a la calle y coger su sombrero, su bastón y sus guantes, uno

tiene estos días la sensación de que le falta algo todavía, y lo que le

falta es un distrito. Luego, en la tertulia habitual, así que todos los

amigos se ponen a hablar de sus distritos respectivos, el hombre que

carece de distrito es algo así como un paria. Los camareros mismos le

sirven de cualquier manera. El limpiabotas no acude a sus

requerimientos...

La vida sin distrito ha llegado a parecerme ya una carga insoportable.

Me figuro que las gentes me señalan en la calle diciéndose:--He ahí un

hombre que no tiene distrito. Y por esto me dirijo al lector pidiéndole

uno. Después de todo, un distrito se le da a cualquiera. Haga el lector

un pequeño esfuerzo. Necesito un distrito, y lo necesito de toda

necesidad.

V

ESPAÑA, EMPORIO DEL PARLAMENTARISMO

¿Qué se entiende por un hombre muy parlamentario?

En España, por un hombre muy parlamentario se enriende un hombre que

tiene mucho parlamento. El señor Dato, por ejemplo, y el señor conde de

Romanones son hombres muy parlamentarios. También es bastante

parlamentario el Sr. García Prieto. Y yo mismo, que a primera vista no

parezco nada parlamentario, lo soy, sin embargo, considerablemente más

que la mayoría de los españoles: tengo numerosos amigos diputados, puedo

tomar café en el Congreso, puedo utilizar la franquicia postal

parlamentaria...

Cuando el Sr. Maura disolvió las Cortes, dijo que lo hacía porque siendo

un hombre muy parlamentario, no quería aprobar los presupuestos a

espaldas de la representación nacional. La representación nacional era

entonces datista, romanonista, albista, socialista, etcétera, y el Sr.

Maura necesitaba una representación nacional maurista a fin de no

gobernar a espaldas del país, sino de acuerdo con él. Necesitaba un

Parlamento, en fin, para que no se dijese de él que era un gobernante

antiparlamentario.

Y como necesitaba un Parlamento, el Sr. Maura--y quien dice el Sr. Maura

dice el Sr. Cierva--se dedicó a hacerlo. Primero, el jefe del Gobierno

eligió los candidatos. Luego, los candidatos eligieron a los electores.

Y, dentro de pocos días, el Sr. Maura tendrá un Parlamento propio, así

como algunos señores tienen un teatro casero.

¿Quién ha dicho que aquí se gobierna arbitrariamente, sin tener en

cuenta los gustos ni las aficiones del país? Aquí no se hace semejante

cosa. El país ha derramado su sangre para conseguir el régimen

parlamentario, y respetuosos de la voluntad nacional, a cada Gobierno le

damos aquí su Parlamento correspondiente. En el mismo espacio de tiempo,

ninguna nación ha tenido tantos Parlamentos como España. España es,

indudablemente, el pueblo más parlamentario del mundo.

VI

LOS MINISTROS NUEVOS

Cuando caiga el actual Gobierno, nuestro presupuesto de gastos se

encontrará gravado con unas cuantas cesantías más. ¡Para que la gente

pida ministros nuevos!

¿Qué se entiende por un ministro nuevo? Por un ministro nuevo no se

entiende un ministro joven ni un ministro distinto de los otros

ministros, sino un hombre que es ministro por primera vez. Un ministro

nuevo suele ser un subsecretario viejo, un gobernador viejo o un general

viejo... El marqués de Mochales llegó a ministro y se murió; pero este

lamentable suceso será único en nuestra historia. La mayoría de los

políticos no consideran colmada su ambición al llegar a ministros. Ser

ministro no es, en realidad, ser nada. Un ministro está a merced del

poder moderador, a merced de la Prensa, a merced de las oposiciones

parlamentarias, a merced de todo el mundo. En cambió, un ex ministro no

está a merced de nadie. Las carteras pasan y las cesantías quedan. Y por

esto, lejos de morirse una vez que han jurado el cargo, es entonces

cuando la mayoría de los ministros comienzan a vivir.

¿Ministros nuevos? No. Nunca. Un ministro nuevo se usa en seguida y a

los dos o tres meses queda convertido en un ex ministro. Hay países de

una intensa vida económica que pueden permitirse el lujo de cambiar

frecuentemente de ministros, así como un hombre rico cambia

frecuentemente de automóvil; pero nosotros no estamos en el mismo caso.

¡Si cada nueva cesantía anulase una cesantía vieja! ¡Si cuando el señor

Prado Palacio, por ejemplo, sea declarado ex ministro, dejasen de ser ex

ministros el marqués de Lema o el conde de Bugallal!... Pero, hoy por

hoy, lo que nos conviene es ir tirando con los ex ministros actuales.

Son viejos, muy viejos, tan viejos como el mismo sistema parlamentario;

son malos y están pasados de moda, pero no nos suponen ningún nuevo

gasto. Bien conservados, estos ex ministros pueden durar todavía otro

cuarto de siglo u otro medio siglo, lo que en la política española no

creo que represente gran cosa. Y cuando se mueran del todo--allá para el

año 1950--, entonces se podrá pensar en sustituirlos con algunos hombres

jóvenes, como D. Melquiades Alvarez, por ejemplo, o el doctor

Simarro...

VII

UN ARTÍCULO MINISTERIAL

Si yo fuese un escritor ministerial, ¡qué artículo haría acerca de las

últimas elecciones!

Nos han derrotado en las grandes ciudades--diría--, pero esto no nos

extraña. Las grandes ciudades son verdaderos focos de corrupción, donde

se van perdiendo íntegramente los sentimientos de humildad, de

obediencia y de amor al pasado. Casi todos los madrileños saben leer y

escribir, y aunque una enérgica censura amordaza a los escritores de la

mala prensa, las ideas disolventes siempre encuentran camino por donde

llegar al cerebro del pueblo. Indudablemente, el analfabetismo vale mil

veces más que la censura. Todo el arte de los escritores radicales se

estrella contra el hombre del campo, hombre sano de cuerpo y de

inteligencia, que no sabe leer ni lo necesita para trabajar las tierras

de su señor y para darles el voto a los candidatos del orden. Y el

hombre del campo ha votado la candidatura ministerial.

Hemos triunfado en el campo, donde todavía se conservan las venerandas

tradiciones de nuestros mayores; donde el médico, no contaminado por

teorías extrañas, sangra buenamente a sus enfermos, igual que en tiempo

de nuestros abuelos; donde el pobre se resigna a ser pobre como el rubio

se resigna a ser rubio; donde el cura prohíbe que se baile el agarrado y

que se lean los periódicos liberales, y donde se respeta el orden, la

propiedad, el clero y la Guardia civil. Hemos triunfado en el campo y

hemos fracasado en las ciudades. ¿Hay nada más significativo?

Porque las ciudades están dejadas de la mano de Dios. En Madrid, la

juventud pasa su vida bailando bailes extranjeros, bebiendo bebidas

extranjeras y--cosa mil veces más nefanda--leyendo libros extranjeros.

Ahora les ha dado a los madrileños por poner en las casas baño y

ascensor, y esto será muy agradable para el cuerpo, pero tiene que ser

funesto para el alma. Baños, librerías, grandes hoteles, derechos

políticos, un Ateneo, una Casa del Pueblo... ¿Es que nuestros mayores

necesitaban ninguna de estas cosas?

La rana viajera · 第 7 / 9 段