Son muy musicales, en efecto, los alemanes. Al más encarnizado

perseguidor de armenios se le haría llorar tocándole una melopea.

Desgraciadamente, es muy probable que siguiese machacando al armenio

mientras sonaba la música. La sensibilidad ante la música no tiene para

mí mucho más valor que la sensibilidad ante el zumo de cebolla. Si puede

constituir una prueba de bondad, esta bondad no pasará nunca de ser una

bondad baja y primitiva. Los misioneros y los exploradores solían

tocarles el acordeón a los antropófagos africanos, a fin de ver si eran

civilizables; pero utilizar el mismo procedimiento para contrastar la

bondad alemana, francamente, me parece algo ofensivo.

Los alemanes son tiernos, son dulces, son musicales y lloran en el

cinematógrafo. Yo recuerdo, a propósito de la ternura alemana, una

Nochebuena que pasé en Berlín. La patrona de mi casa de huéspedes había

comprado un pino, que los inquilinos se encargaron de adornar con

ampollas de cristal coloreado, con algodón hidrófilo, con cintas de

plata y oro, con bombillas eléctricas, con lentejuelas y con toda esa

pacotilla sentimental a que había allí tanta afición. Sobre una mesa

estaban los regalos que unos huéspedes se hacían a otros. A mí me habían

regalado una corbata de siete colores, una cajetilla de sesenta

«pfening», un tomo de poesías de Schiller, unos tirantes y un grupo

escultórico en escayola, que representaba Psiquis y el Amor. Llegó la

hora solemne. Se encendió el árbol, y la patrona produjo un gran jarro

de vino caliente con especies aromáticas. Comenzamos todos a berrear en

torno del pino:

--_Weinachtsbaume... Weinachtsbaume..._

Poco a poco, la pensión entera fue emborrachándose y enterneciéndose, y,

al cabo de una hora, todo el mundo lloraba allí a lágrima viva. ¿Bondad?

¿Vino? ¿Música? ¿Estupidez?... Yo lo que sé es que cogí mi corbata, mi

cajetilla, mi tomo de Schiller, mis tirantes y mi grupo escultórico de

Psiquis y el Amor y que desaparecí. Aquel ambiente tan tierno me parecía

indigno del centro de Europa. Yo me consideraba rebajado en él. Además,

yo no creía que la bondad se caracterizase por la blandura ni por la

humedad. Conocía muy bien a mis convecinos, y el que se les cayesen las

lágrimas o el moco era para mí lo mismo que si les hubiese atacado el

hipo.

¿Cuántos de aquellos hombres habrán tomado luego parte en el atropello

de Bélgica? ¡Y quién sabe si alguno de ellos no habrá intervenido

también en el bombardeo de París!...

Los alemanes son aficionados a la música como los chinos son aficionados

al opio. Son un pueblo triste y llorón. Yo simbolizaría esta especie de

sentimentalismo sin piedad que constituye su espíritu en una de sus

últimas invenciones de guerra: los gases lacrimantes.

III

SI LOS ALEMANES HUBIESEN GANADO

Terminada la guerra no hemos resuelto nada.

Nos esperan catástrofes, revoluciones, guerras, asolamientos y fieros

males.

--¿Lo ve usted?--me dice un germanófilo--. Si los alemanes hubiesen

ganado, no ocurriría nada de esto.

Y el caso es que, por primera vez, desde agosto del año 14, este

germanófilo tiene razón. Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, el

problema de las nacionalidades dejaría de ser un conflicto, porque todos

seríamos alemanes. Todos seríamos alemanes, y hasta es posible que todos

fuésemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan sólo no

habría conflictos internacionales, sino que no habría tampoco

discusiones particulares. Todos tendríamos las mismas ideas. Los

filósofos discurrirían por nosotros, y ¿quién duda de que las ideas

hechas en las Universidades son siempre de mejor resultado que las que

se hacen en casa?

El ciudadano se proveería de ideas lo mismo que de salchichas. La

cuestión de las lenguas--el polaco, el armenio, el catalán,

etc.--desaparecería por completo, ya que todo el mundo hablaría alemán.

Se clasificarían todas las cosas. A los perros se les prohibiría ladrar,

y a los socialistas se les negaría el uso de la palabra. En los paseos

públicos habría unos bancos para niños, unos bancos para niñeras, unos

bancos para ancianos, y quizás hubiese también unos bancos especiales

para los candidatos al Parlamento: los chicos de tres años, cuando

estuviesen cansados de jugar, irían de banco en banco, y, calándose unas

gafas, estudiarían los diferentes letreros:

--¿Soy yo candidato?--se preguntaría Manolín--. ¿Soy una niñera?...

Si los alemanes hubiesen ganado, el individuo no tendría nada que hacer,

y el Estado alemán se encargaría de todo. Uno cobraría, y el Estado se

le llevaría a uno el dinero. Uno fumaría, y el Estado escupiría por uno.

En España, es probable que la situación no hubiese variado gran cosa.

Tendríamos también, seguramente, un gobierno Maura y un régimen de

censura; pero como toda Europa estaría en condiciones análogas, no

constituiríamos una excepción.

¡Qué orden, qué paz, qué tranquilidad las del mundo si, en vez de

triunfar los aliados, hubiesen triunfado los alemanes! Entonces, nadie

se hubiese vuelto contra los triunfadores. Ahora, en cambio, hasta los

alemanes mismos van a tener que hacerse revolucionarios de veras.

IV

EL LIBRO FUTURO

Un periódico, y no por cierto un periódico aliadófilo, hablando del

destrozo de Alemania, decía: «Es inútil que los alemanes pretendan

protestar. ¡Que lloren como mujeres lo que no han sabido defender como

hombres!...» Parece, sin embargo, que los alemanes no lloran como

mujeres lo que no han sabido defender como hombres. Antes bien, lo

bailan, lo cantan y lo beben con gran regocijo. Según el _Daily

Mail_--en una carta de su corresponsal en Berlín--la antigua capital del

imperio se divierte como en sus mejores días. Alemania está

deshaciéndose, y los mismos hombres que hace apenas unos meses lo

sacrificaban todo por ella, hoy le dedican al _fox-trot_ sus energías

restantes.

--¿Es posible tanta depravación?--preguntará el lector.

Y yo, que he vivido dos años entre alemanes, le contesto:

--Sí; es posible. Y es posible... porque no es depravación.

A comienzos de la guerra, muchas gentes no creían que los alemanes

fueran capaces de bombardear ciudades indefensas ni de hundir barcos de

pasajeros. Yo sí lo creía. Y no es que yo tuviese de los alemanes peor

concepto que mis interlocutores, sino que tenía un concepto distinto.

Mis interlocutores suponían que para que un alemán matase a un niño en

la guerra era preciso que ese alemán fuese un malvado. Yo, en cambio,

opinaba que un alemán podía matar niños sin dejar por ello de ser un

excelente padre de familia y un hombre sensible a las emociones de

carácter más elevado. Hay mujeres que ni aun puestas en la cumbre del

Mont-Blanc, como decía no sé quién, serían inaccesibles; mujeres que han

caído mil veces y cuya alma, sin embargo, adivinamos más pura que la de

una niña de seis años. Parece que no se enteran nunca. Pues la

psicología de estas mujeres podría acaso servir para explicar la de ese

alemán que con una rosa entre las páginas de un libro de versos se iba,

tiernamente, a arrojar bombas de cuarenta kilos sobre los tejados de

París...

Ahora, mientras Alemania se desmorona, Berlín arde en fiestas.

¿Depravación? Nada de eso. Lo que pasa es que los alemanes no se han

enterado aún del resultado de la guerra. Saben que su ejército ha sido

vencido; saben que el Káiser ha abdicado; saben todo esto vaga y

confusamente; pero no saben nada más.

Dentro de veinte años, sin embargo, las cosas cambiarán radicalmente.

Hacia esa época, un sabio profesor habrá publicado una obra enorme en

muchos volúmenes muy gordos, estudiando la guerra, no sólo en su aspecto

militar, sino en su aspecto social, en su aspecto político, en su

aspecto económico y en todos sus aspectos. Probablemente, la primera

parte de esta obra estará dedicada a las guerras de la Edad Antigua,

cuando aun no existía Alemania. Quizás el autor habrá hecho también un

estudio detenido sobre la catapulta, considerándola como punto de origen

del mortero del 42. Y entonces, toda una generación de alemanes se

calará las gafas, se pasará las noches en claro estudiando y se enterará

exactamente de lo que le ha ocurrido a su patria desde el 1914 al 1918.

Todo el mundo sabe que los alemanes no suelen reír los chistes hasta

veinticuatro horas después de haberlos oído, que es cuando «les ven la

punta». Dentro de veinte años le verán también la punta a la guerra

europea y romperán a llorar. Llorarán en verso y llorarán en música.

Llorarán todos los violines, todas las arpas, todas las gaitas, todos

los saxofones, todos los contrabajos del ex imperio. Alemania entera

llorará, y llorará mucho; pero llorará tarde.

Y, mientras tanto, en el _Palais des Dances_, Alemania ríe a cien marcos

por hora.

LOS MÉDICOS

I

EN DEFENSA DEL RESFRIADO

El Congreso Médico de Madrid ha sido, según parece, uno de los mejores

Congresos Médicos celebrados en el mundo, y de aquí en adelante,

nuestros sabios doctores van a curárnoslo todo: el cáncer, la

tuberculosis, la lepra, la ceguera, el reblandecimiento medular, etc.,

etc. ¡Muy bien, señores médicos! ¡Admirable! Pero ¿qué me dicen ustedes

del resfriado?

Porque yo ni estoy reblandecido, ni soy ciego, ni sufro de lepra, ni

padezco de tuberculosis, ni tengo cáncer ninguno. En cambio, me

encuentro resfriado casi siempre y no comprendo por qué razón han de

tratarme ustedes con tanto desprecio. Muchas veces, harto de toser y de

estornudar, yo he acudido a ustedes en consulta. Ustedes me han

auscultado, me han preguntado si me canso al subir escaleras, a lo que

yo he contestado que, desde luego, me canso mucho más que al bajarlas,

me han obligado a respirar fuerte, y, por último, con un gesto de

infinito desdén, me han dicho:

--¡Bah!... Usted no tiene más que un simple resfriado...

¡Un simple resfriado! ¡Y yo que me creía poseedor de una enfermedad

importante!... Profundamente avergonzado, yo he cogido entonces mi

sombrero y me he lanzado a la calle, sumido en amargas reflexiones.

--El fracaso es evidente--decía yo para mis adentros--. ¿Con qué cara me

presento ahora ante los amigos?

Pero ya me he cansado, y en nombre de toda la humanidad acatarrada,

solicito para el resfriado la atención de la ciencia y el respeto de las

familias. Convengo en que la tuberculosis es más dramática que el

resfriado, pero exijo que al resfriado se le otorgue también cierta

categoría. Si el gato es el tigre del pobre, como decía no sé quién, el

resfriado es la tuberculosis del principiante. Es una tuberculosis

modesta, una tuberculosis para personas de poco dinero que no pueden

dejar de trabajar ni irse a la sierra a beber leche y respirar aire

puro. ¿Por qué este desdén hacia el resfriado en una época tan

democrática?

Yo sospecho que es, sencillamente, porque los médicos no saben curarlo.

Y es inútil que me hablen del cáncer, de la lepra, de la tuberculosis,

etc. Mientras los médicos no curen los resfriados, yo no creeré en la

Medicina.

II

EL VIRTUOSISMO DE LA CIRUGÍA

A un amigo mío le tenían que operar de la apendicitis.

--Voy a quedarme arruinado--me dijo--; pero no tendré más remedio que

acudir a un gran cirujano.

Era un amigo querido, y yo me alarmé.

--No haga usted semejante cosa--le respondí--. Llame usted a un

medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero

o a un ebanista, pero no llame usted a un gran cirujano. El gran

cirujano le considerará a usted el apéndice así como un virtuoso del

violín puede considerar la _Sonata de Kreutzer_, y de una manera muy

artística, le matará a usted...

Yo he visto trabajar una vez a un virtuoso de la cirugía. Rodeado de un

coro de admiradores se dirigió a una mesa de mármol, donde,

convenientemente narcotizado, yacía el enfermo. El virtuoso cogió unas

pinzas y un bisturí y se dirigió a nosotros.

--Para la mayoría de los cirujanos--nos explicó--esta operación no

ofrecería dificultad ninguna. Es una operación sencillísima, que está

resuelta desde hace mucho tiempo, y que puede realizar cualquiera sin

el menor peligro. Comprenderán ustedes, sin embargo, que después de

reunir aquí a tan buenos amigos, yo no voy a defraudar su expectación.

Las posibilidades quirúrgicas son ilimitadas para todo médico que tenga

sangre de artista, y yo voy a demostrarlo ensayando con este enfermo un

procedimiento inédito y completamente personal. Es un procedimiento

peligroso, indudablemente, pero en eso consiste su encanto. Ya saben

ustedes, señores, que a mí no me arredra el peligro...

Y, con un gesto a lo Thuillier, el gran cirujano se lanzó sobre el

enfermo, quien, bajo la influencia del cloroformo, había comenzado a

cantar unas peteneras. Los admiradores no pudieron contenerse y

rompieron a aplaudir.

--Van ustedes a ver con qué rapidez procedo--añadió el gran cirujano--.

Toda la operación se reduce a tres trazos. ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!...

El gran cirujano hizo sus tres trazos y el enfermo dejó de cantar.

--Se le va el pulso--observó un ayudante.

Otro ayudante cogió con unas pinzas la lengua del pobre hombre, y se

puso a tirar de ella desesperadamente, pero todo fue inútil. Al poco

rato el enfermo había muerto.

--¡Qué lástima!--exclamó uno.

--¡Verdaderamente!--exclamó otro, que quizás fuese yo mismo--. Este

pequeño detalle enturbia un poco el éxito de la operación...

El príncipe de la cirugía se lavó las manos, y si alguien se ha lavado

alguna vez las manos como Pilatos, fue precisamente aquel hombre.

Salimos a la calle; pero, como de costumbre, no se veía un guardia...

Amigo lector: Permítame usted que le dé el mismo consejo con que ya

favorecí al amigo de quien he hablado antes. Si alguna vez necesita

usted que le operen, llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted

a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista; pero no llame

usted a un gran cirujano...

III

LA VIRUELA OBLIGATORIA

Cuando se decretó en Madrid la vacuna obligatoria, todo el mundo se

indignó.

--Que se vacune el que quiera--solía decirse--; pero ¿y si a mí se me

antoja tener viruelas?

Libertad de tener viruelas... Libertad de pegárselas al vecino...

Libertad de escupir... Libertad de tronchar los árboles... ¡Con qué

ahínco defiende todas estas libertades el español!

--Desengáñese usted--me decía un amigo antes de la vacuna obligatoria--,

España es el país más liberal del mundo. Aquí puede usted hacer lo que

le da la gana...

--Yo no--le contesté--. Usted. Usted puede hacer aquí lo que le dé la

gana, y con usted, pueden hacerlo el Sr. La Chica y otros cuantos

señores; pero yo, no. No hay posibilidad de que todo el mundo haga nunca

lo que le dé la gana, y si ustedes hacen su gana de ustedes, es

sencillamente porque una buena cantidad de señores no podemos hacer la

nuestra...

En el caso concreto de la vacuna, la mayoría del vecindario parece

considerarla como una tiranía, y si se considera que la vacuna es la

tiranía, no se está muy lejos de creer que la viruela sea la libertad.

¿Lo es, en efecto? Desde el punto de vista de los microbios, no cabe la

menor duda; pero, desde nuestro punto de vista, la cosa es ya bastante

más discutible. Por mi parte, considero la viruela como una verdadera

imposición de que han venido haciéndonos víctimas nuestros gobiernos. La

viruela tenía en España el mismo carácter obligatorio que ahora tiene la

vacuna, y nadie protestaba contra ella. Las gentes se resignaban a

padecerla como se resignaban a padecer el tifus y el caciquismo. Y, al

igual de los caciques, los microbios, sin duda, pensaban también que

España era el país más liberal del mundo.

¡Qué lástima que la libertad práctica no pueda ser absoluta como la

libertad teórica! ¡Qué lástima que nuestros intereses no coincidan con

los de los microbios! ¡Qué lástima... para los microbios!...

IV

CROYDON Y MADRID

PARECE que en Croydon, cerca de Londres, la Liga antivacunista se ha

opuesto violentamente a la vacunación obligatoria del vecindario. Un

periódico español da cuenta del hecho poniéndole esta coletilla: «En

todas partes cuecen habas.» Y esta otra: «¡Y aún hablan de _l'Espagne et

le Maroc_!»...

¿Quiénes hablan de _l'Espagne et le Maroc_? Los ingleses, en todo caso,

hablarían de _Spain and Marocco_, y la verdad es que si nosotros no

tuviéramos con Europa más analogía que la de oponernos a la vacunación

obligatoria, no tendríamos analogía ninguna y estaríamos completamente

unidos al África. Porque Europa puede combatir la vacunación obligatoria

y nosotros no. Es el caso de dos personas que se opusieran al alumbrado

de petróleo, una en nombre de la luz eléctrica y otra en nombre del

candil. Los vecinos de Croydon, con una urbanización excelente, creen

que deben prescindir de la vacuna. «En vez de vacunarnos--dicen--dennos

ustedes más agua y más aire.» Aquí, en cambio, la alternativa es

trágica: o vacuna o viruela. Nosotros estamos todavía en el período de

la vacuna, como estamos en el del reformismo y el republicanismo. De

vivir en Croydon yo sería, muy probablemente, miembro de la Liga

antivacunista, y, no obstante, cuando el Sr. Romeo inició aquí su

campaña en pro de la vacunación obligatoria, hice un artículo

defendiéndola. La vacuna, que en Inglaterra me parecería reaccionaria y

anticientífica, aquí me parece liberal y cientificísima. Y si los

espíritus revolucionarios ingleses pudieran traspasarnos con la vacuna

su partido conservador, no habría un hombre verdaderamente progresivo en

España que se negara a acogerlo. El partido conservador inglés vendría

entonces a representar la tendencia más avanzada de la política

española.

Indudablemente, el hecho de que en Londres se combata la vacuna, no debe

servir para animar a los antivacunistas españoles. En un Estado

norteamericano se está haciendo ahora una campaña con cierto ferrocarril

en proyecto... pero con objeto de que se establezca un servicio de

comunicaciones aéreas. El ferrocarril comienza ya a ser un atraso en el

mundo. Aquí no se puede decir aún que tengamos ferrocarriles.

V

MICROBIOS A SUELDO

El microbio de la gripe ha vuelto. A su llegada a Madrid, un microbio

local fue a visitarlo con propósitos periodísticos.

--Parece que ha recorrido usted medio mundo--le dijo el microbio local.

--Sí... He estado en Francia, en Alemania, en Suiza, en Dinamarca, en

Inglaterra, en los Estados Unidos...

--Grandes países, ¿eh?

--¡Quite usted allá! Para un pobre microbio que quiera vivir

tranquilamente, el mejor país es España. Aquí funda usted una pequeña

familia--cuatrocientos o quinientos mil hijos--, y la saca usted

adelante sin el menor contratiempo. Lleva usted sus chicos a la escuela,

al teatro y al _cine_, y es un gusto ver cómo se instruyen y se

divierten. La alimentación es magnífica. ¡Qué carnes tan podridas! ¡Qué

leche tan adulterada!...

--La leche es muy buena, en efecto--respondió el microbio local--; pero

¿y el ácido fénico?

--¿El ácido fénico?--exclamó el microbio de la gripe--. ¿Pero usted cree

en el ácido fénico?

--¡Hombre! Los médicos aseguran...

--¿Pero es que cree usted en los médicos?... Que un hombre crea en los

médicos, pase. Lo inconcebible es que un microbio, que está en el

secreto de estas cosas, les haga caso ninguno. Por mi parte, le aseguro

a usted que el ácido fénico me hace engordar y que su aroma me parece

exquisito. Desengáñese usted, querido colega. El ácido fénico sólo es

desagradable para los hombres...

--¿Y piensa usted quedarse mucho tiempo por aquí?

--Verá usted. Yo he venido a reponerme. He sufrido mucho en mis

correrías por el mundo. Fuera de España todo se vuelve hablar de

libertad; pero si existe algún país donde un pobre microbio puede hacer

lo que quiera, ese país es éste. Aquí se siente uno amparado por las

leyes y por las costumbres. Los naturales nos aman, y cuando alguna

autoridad inicia una campaña contra nosotros no faltan amigos que nos

defiendan enérgicamente diciendo que tienen un perfecto derecho a

cultivarnos. Esto es libertad, libertad para los microbios, y lo demás

es cuento. ¿Sabe usted cuánto peso he perdido durante mi estancia en

Inglaterra? Pues muy cerca de una diezmillonésima de miligramo. ¡Para

que digan que Inglaterra es un país más libre que España!... Además, en

España uno puede cultivar el trato de toda clase de microbios, y esto

siempre es instructivo. El microbio del tifus, por ejemplo, y el de la

viruela, expulsados de todo el mundo, se han refugiado aquí, donde viven

a las mil maravillas. Yo los he visto el otro día en el pecho de un

enfermo que es cliente mío y a quien se los había llevado su médico.

--¿De modo que se establece usted entre nosotros para siempre?

--¡Ah, no!... Llegará un día en que España será un país de microbios

solos, y entonces la lucha por la vida adquirirá aquí caracteres

horribles.

--Antes de esa fecha--exclamó el microbio local--yo me agarraré al

presupuesto. Buscaré un empleíllo en algún laboratorio, como microbio de

cultivo, y ¡a vivir!

VI

JUVENTUD, DIVINO TESORO...

¿Han leído ustedes las experiencias del doctor Voronof? El doctor

Voronof pretende haber descubierto, sencillamente, el secreto de la

eterna juventud. «Nuestra vida--dice el doctor Voronof--no depende tanto

del funcionamiento de los grandes órganos como de la secreción de

ciertas glándulas, minúsculas algunas veces...» Al leer esto, le entran

a uno vivísimas sospechas de que el doctor Voronof llama glándulas

minúsculas a los talones del Banco de España, al papel moneda y a los

distintos valores en curso, sospechas que se acentúan a medida que uno

sigue leyendo: «Un hombre--añade el sabio cirujano--puede vivir sin

riñón o sin estómago; pero si le suprimimos, por ejemplo, las cápsulas

subrenales, muere...» Indudablemente--piensa uno--el doctor Voronof,

llevado de su tecnicismo profesional, denomina cápsulas subrenales a las

piezas de cinco pesetas. El nombre parece extraño; pero quizás no

carezca de abolengo. Un filósofo podría, tal vez, descubrir cierta

analogía entre ese término y la expresión popular de «costarle a uno un

riñon», expresión demostrativa de que el pueblo considera también los

duros como una especie de cápsulas subrenales...

Pero todo esto son fantasías. El doctor Voronof sabe muy bien lo que se

dice y nos asegura que los médicos pueden rejuvenecer a la humanidad sin

más que injertar en los organismos decrépitos las glándulas

intersticiales de organismos vigorosos. Por este procedimiento ya le ha

devuelto el doctor Voronof la juventud a numerosos carneros. ¿No se la

podría devolver también a algunos de nuestros políticos?

Es posible que todos los problemas españoles se reduzcan a un solo

problema quirúrgico, y que lo único que necesitemos en este país sean

glándulas intersticiales. Nuestros carneros son más o menos viejos; pero

nuestros políticos son todos anteriores a la revolución francesa, y si

los cirujanos no logran matarlos, que por lo menos procuren

rejuvenecerlos. No creo que los políticos se diferencien tanto de los

carneros que no se pueda hacer con los unos lo que se ha hecho con los

otros. Ensaye en ellos sus glándulas intersticiales el doctor Voronof y

ensaye también esas glándulas tiroideas con las cuales parece que, ya en

el año de 1913, convirtió a un idiota en un ser sensato y razonable.

Ahora, que el doctor Voronof debe tomar precauciones, porque aunque

científicamente un político sea igual a un carnero, hay, sin embargo,

entre ambos una diferencia esencial. El carnero no vive de su vejez, y

el político sí. ¿Qué sería de un político español sin vientre, sin

barbas blancas, sin asma y sin calvicie? Quitarle estas cosas a un

político es quitarle el prestigio y la respetabilidad. Por otra parte,

¿es que los ex ministros seguirían cobrando sus cesantías cuando

volviesen a la edad en que eran simples diputados? Porque si seguían

cobrándolas, el fracaso del doctor Voronof no podía ser más evidente.

Decididamente, no creo que sea nada fácil rejuvenecer a un político

español. El doctor Voronof podrá rejuvenecer a un carnero de catorce

años, a un loro de ciento cincuenta y a una carpa de doscientos; pero no

así a uno de nuestros políticos. Y es que para devolverle la juventud a

un animal cualquiera, se necesita una cosa que no depende ni del doctor

Voronof ni tampoco del animal. Se necesita, sencillamente, que el animal

en cuestión haya sido joven alguna vez.

ENTRE CABALLEROS

I

LOS DESAFÍOS Y EL MÉDICO

La rana viajera · 第 6 / 9 段