perseguidor de armenios se le haría llorar tocándole una melopea.
Desgraciadamente, es muy probable que siguiese machacando al armenio
mientras sonaba la música. La sensibilidad ante la música no tiene para
mí mucho más valor que la sensibilidad ante el zumo de cebolla. Si puede
constituir una prueba de bondad, esta bondad no pasará nunca de ser una
bondad baja y primitiva. Los misioneros y los exploradores solían
tocarles el acordeón a los antropófagos africanos, a fin de ver si eran
civilizables; pero utilizar el mismo procedimiento para contrastar la
bondad alemana, francamente, me parece algo ofensivo.
Los alemanes son tiernos, son dulces, son musicales y lloran en el
cinematógrafo. Yo recuerdo, a propósito de la ternura alemana, una
Nochebuena que pasé en Berlín. La patrona de mi casa de huéspedes había
comprado un pino, que los inquilinos se encargaron de adornar con
ampollas de cristal coloreado, con algodón hidrófilo, con cintas de
plata y oro, con bombillas eléctricas, con lentejuelas y con toda esa
pacotilla sentimental a que había allí tanta afición. Sobre una mesa
estaban los regalos que unos huéspedes se hacían a otros. A mí me habían
regalado una corbata de siete colores, una cajetilla de sesenta
«pfening», un tomo de poesías de Schiller, unos tirantes y un grupo
escultórico en escayola, que representaba Psiquis y el Amor. Llegó la
hora solemne. Se encendió el árbol, y la patrona produjo un gran jarro
de vino caliente con especies aromáticas. Comenzamos todos a berrear en
torno del pino:
--_Weinachtsbaume... Weinachtsbaume..._
Poco a poco, la pensión entera fue emborrachándose y enterneciéndose, y,
al cabo de una hora, todo el mundo lloraba allí a lágrima viva. ¿Bondad?
¿Vino? ¿Música? ¿Estupidez?... Yo lo que sé es que cogí mi corbata, mi
cajetilla, mi tomo de Schiller, mis tirantes y mi grupo escultórico de
Psiquis y el Amor y que desaparecí. Aquel ambiente tan tierno me parecía
indigno del centro de Europa. Yo me consideraba rebajado en él. Además,
yo no creía que la bondad se caracterizase por la blandura ni por la
humedad. Conocía muy bien a mis convecinos, y el que se les cayesen las
lágrimas o el moco era para mí lo mismo que si les hubiese atacado el
hipo.
¿Cuántos de aquellos hombres habrán tomado luego parte en el atropello
de Bélgica? ¡Y quién sabe si alguno de ellos no habrá intervenido
también en el bombardeo de París!...
Los alemanes son aficionados a la música como los chinos son aficionados
al opio. Son un pueblo triste y llorón. Yo simbolizaría esta especie de
sentimentalismo sin piedad que constituye su espíritu en una de sus
últimas invenciones de guerra: los gases lacrimantes.
III
SI LOS ALEMANES HUBIESEN GANADO
Terminada la guerra no hemos resuelto nada.
Nos esperan catástrofes, revoluciones, guerras, asolamientos y fieros
males.
--¿Lo ve usted?--me dice un germanófilo--. Si los alemanes hubiesen
ganado, no ocurriría nada de esto.
Y el caso es que, por primera vez, desde agosto del año 14, este
germanófilo tiene razón. Si los alemanes hubiesen ganado, en efecto, el
problema de las nacionalidades dejaría de ser un conflicto, porque todos
seríamos alemanes. Todos seríamos alemanes, y hasta es posible que todos
fuésemos rubios. Y, siendo alemanes todos los hombres, no tan sólo no
habría conflictos internacionales, sino que no habría tampoco
discusiones particulares. Todos tendríamos las mismas ideas. Los
filósofos discurrirían por nosotros, y ¿quién duda de que las ideas
hechas en las Universidades son siempre de mejor resultado que las que
se hacen en casa?
El ciudadano se proveería de ideas lo mismo que de salchichas. La
cuestión de las lenguas--el polaco, el armenio, el catalán,
etc.--desaparecería por completo, ya que todo el mundo hablaría alemán.
Se clasificarían todas las cosas. A los perros se les prohibiría ladrar,
y a los socialistas se les negaría el uso de la palabra. En los paseos
públicos habría unos bancos para niños, unos bancos para niñeras, unos
bancos para ancianos, y quizás hubiese también unos bancos especiales
para los candidatos al Parlamento: los chicos de tres años, cuando
estuviesen cansados de jugar, irían de banco en banco, y, calándose unas
gafas, estudiarían los diferentes letreros:
--¿Soy yo candidato?--se preguntaría Manolín--. ¿Soy una niñera?...
Si los alemanes hubiesen ganado, el individuo no tendría nada que hacer,
y el Estado alemán se encargaría de todo. Uno cobraría, y el Estado se
le llevaría a uno el dinero. Uno fumaría, y el Estado escupiría por uno.
En España, es probable que la situación no hubiese variado gran cosa.
Tendríamos también, seguramente, un gobierno Maura y un régimen de
censura; pero como toda Europa estaría en condiciones análogas, no
constituiríamos una excepción.
¡Qué orden, qué paz, qué tranquilidad las del mundo si, en vez de
triunfar los aliados, hubiesen triunfado los alemanes! Entonces, nadie
se hubiese vuelto contra los triunfadores. Ahora, en cambio, hasta los
alemanes mismos van a tener que hacerse revolucionarios de veras.
IV
EL LIBRO FUTURO
Un periódico, y no por cierto un periódico aliadófilo, hablando del
destrozo de Alemania, decía: «Es inútil que los alemanes pretendan
protestar. ¡Que lloren como mujeres lo que no han sabido defender como
hombres!...» Parece, sin embargo, que los alemanes no lloran como
mujeres lo que no han sabido defender como hombres. Antes bien, lo
bailan, lo cantan y lo beben con gran regocijo. Según el _Daily
Mail_--en una carta de su corresponsal en Berlín--la antigua capital del
imperio se divierte como en sus mejores días. Alemania está
deshaciéndose, y los mismos hombres que hace apenas unos meses lo
sacrificaban todo por ella, hoy le dedican al _fox-trot_ sus energías
restantes.
--¿Es posible tanta depravación?--preguntará el lector.
Y yo, que he vivido dos años entre alemanes, le contesto:
--Sí; es posible. Y es posible... porque no es depravación.
A comienzos de la guerra, muchas gentes no creían que los alemanes
fueran capaces de bombardear ciudades indefensas ni de hundir barcos de
pasajeros. Yo sí lo creía. Y no es que yo tuviese de los alemanes peor
concepto que mis interlocutores, sino que tenía un concepto distinto.
Mis interlocutores suponían que para que un alemán matase a un niño en
la guerra era preciso que ese alemán fuese un malvado. Yo, en cambio,
opinaba que un alemán podía matar niños sin dejar por ello de ser un
excelente padre de familia y un hombre sensible a las emociones de
carácter más elevado. Hay mujeres que ni aun puestas en la cumbre del
Mont-Blanc, como decía no sé quién, serían inaccesibles; mujeres que han
caído mil veces y cuya alma, sin embargo, adivinamos más pura que la de
una niña de seis años. Parece que no se enteran nunca. Pues la
psicología de estas mujeres podría acaso servir para explicar la de ese
alemán que con una rosa entre las páginas de un libro de versos se iba,
tiernamente, a arrojar bombas de cuarenta kilos sobre los tejados de
París...
Ahora, mientras Alemania se desmorona, Berlín arde en fiestas.
¿Depravación? Nada de eso. Lo que pasa es que los alemanes no se han
enterado aún del resultado de la guerra. Saben que su ejército ha sido
vencido; saben que el Káiser ha abdicado; saben todo esto vaga y
confusamente; pero no saben nada más.
Dentro de veinte años, sin embargo, las cosas cambiarán radicalmente.
Hacia esa época, un sabio profesor habrá publicado una obra enorme en
muchos volúmenes muy gordos, estudiando la guerra, no sólo en su aspecto
militar, sino en su aspecto social, en su aspecto político, en su
aspecto económico y en todos sus aspectos. Probablemente, la primera
parte de esta obra estará dedicada a las guerras de la Edad Antigua,
cuando aun no existía Alemania. Quizás el autor habrá hecho también un
estudio detenido sobre la catapulta, considerándola como punto de origen
del mortero del 42. Y entonces, toda una generación de alemanes se
calará las gafas, se pasará las noches en claro estudiando y se enterará
exactamente de lo que le ha ocurrido a su patria desde el 1914 al 1918.
Todo el mundo sabe que los alemanes no suelen reír los chistes hasta
veinticuatro horas después de haberlos oído, que es cuando «les ven la
punta». Dentro de veinte años le verán también la punta a la guerra
europea y romperán a llorar. Llorarán en verso y llorarán en música.
Llorarán todos los violines, todas las arpas, todas las gaitas, todos
los saxofones, todos los contrabajos del ex imperio. Alemania entera
llorará, y llorará mucho; pero llorará tarde.
Y, mientras tanto, en el _Palais des Dances_, Alemania ríe a cien marcos
por hora.
LOS MÉDICOS
I
EN DEFENSA DEL RESFRIADO
El Congreso Médico de Madrid ha sido, según parece, uno de los mejores
Congresos Médicos celebrados en el mundo, y de aquí en adelante,
nuestros sabios doctores van a curárnoslo todo: el cáncer, la
tuberculosis, la lepra, la ceguera, el reblandecimiento medular, etc.,
etc. ¡Muy bien, señores médicos! ¡Admirable! Pero ¿qué me dicen ustedes
del resfriado?
Porque yo ni estoy reblandecido, ni soy ciego, ni sufro de lepra, ni
padezco de tuberculosis, ni tengo cáncer ninguno. En cambio, me
encuentro resfriado casi siempre y no comprendo por qué razón han de
tratarme ustedes con tanto desprecio. Muchas veces, harto de toser y de
estornudar, yo he acudido a ustedes en consulta. Ustedes me han
auscultado, me han preguntado si me canso al subir escaleras, a lo que
yo he contestado que, desde luego, me canso mucho más que al bajarlas,
me han obligado a respirar fuerte, y, por último, con un gesto de
infinito desdén, me han dicho:
--¡Bah!... Usted no tiene más que un simple resfriado...
¡Un simple resfriado! ¡Y yo que me creía poseedor de una enfermedad
importante!... Profundamente avergonzado, yo he cogido entonces mi
sombrero y me he lanzado a la calle, sumido en amargas reflexiones.
--El fracaso es evidente--decía yo para mis adentros--. ¿Con qué cara me
presento ahora ante los amigos?
Pero ya me he cansado, y en nombre de toda la humanidad acatarrada,
solicito para el resfriado la atención de la ciencia y el respeto de las
familias. Convengo en que la tuberculosis es más dramática que el
resfriado, pero exijo que al resfriado se le otorgue también cierta
categoría. Si el gato es el tigre del pobre, como decía no sé quién, el
resfriado es la tuberculosis del principiante. Es una tuberculosis
modesta, una tuberculosis para personas de poco dinero que no pueden
dejar de trabajar ni irse a la sierra a beber leche y respirar aire
puro. ¿Por qué este desdén hacia el resfriado en una época tan
democrática?
Yo sospecho que es, sencillamente, porque los médicos no saben curarlo.
Y es inútil que me hablen del cáncer, de la lepra, de la tuberculosis,
etc. Mientras los médicos no curen los resfriados, yo no creeré en la
Medicina.
II
EL VIRTUOSISMO DE LA CIRUGÍA
A un amigo mío le tenían que operar de la apendicitis.
--Voy a quedarme arruinado--me dijo--; pero no tendré más remedio que
acudir a un gran cirujano.
Era un amigo querido, y yo me alarmé.
--No haga usted semejante cosa--le respondí--. Llame usted a un
medicucho cualquiera. Llame usted a un sastre. Llame usted a un barbero
o a un ebanista, pero no llame usted a un gran cirujano. El gran
cirujano le considerará a usted el apéndice así como un virtuoso del
violín puede considerar la _Sonata de Kreutzer_, y de una manera muy
artística, le matará a usted...
Yo he visto trabajar una vez a un virtuoso de la cirugía. Rodeado de un
coro de admiradores se dirigió a una mesa de mármol, donde,
convenientemente narcotizado, yacía el enfermo. El virtuoso cogió unas
pinzas y un bisturí y se dirigió a nosotros.
--Para la mayoría de los cirujanos--nos explicó--esta operación no
ofrecería dificultad ninguna. Es una operación sencillísima, que está
resuelta desde hace mucho tiempo, y que puede realizar cualquiera sin
el menor peligro. Comprenderán ustedes, sin embargo, que después de
reunir aquí a tan buenos amigos, yo no voy a defraudar su expectación.
Las posibilidades quirúrgicas son ilimitadas para todo médico que tenga
sangre de artista, y yo voy a demostrarlo ensayando con este enfermo un
procedimiento inédito y completamente personal. Es un procedimiento
peligroso, indudablemente, pero en eso consiste su encanto. Ya saben
ustedes, señores, que a mí no me arredra el peligro...
Y, con un gesto a lo Thuillier, el gran cirujano se lanzó sobre el
enfermo, quien, bajo la influencia del cloroformo, había comenzado a
cantar unas peteneras. Los admiradores no pudieron contenerse y
rompieron a aplaudir.
--Van ustedes a ver con qué rapidez procedo--añadió el gran cirujano--.
Toda la operación se reduce a tres trazos. ¡Zas! ¡Zas! ¡Zas!...
El gran cirujano hizo sus tres trazos y el enfermo dejó de cantar.
--Se le va el pulso--observó un ayudante.
Otro ayudante cogió con unas pinzas la lengua del pobre hombre, y se
puso a tirar de ella desesperadamente, pero todo fue inútil. Al poco
rato el enfermo había muerto.
--¡Qué lástima!--exclamó uno.
--¡Verdaderamente!--exclamó otro, que quizás fuese yo mismo--. Este
pequeño detalle enturbia un poco el éxito de la operación...
El príncipe de la cirugía se lavó las manos, y si alguien se ha lavado
alguna vez las manos como Pilatos, fue precisamente aquel hombre.
Salimos a la calle; pero, como de costumbre, no se veía un guardia...
Amigo lector: Permítame usted que le dé el mismo consejo con que ya
favorecí al amigo de quien he hablado antes. Si alguna vez necesita
usted que le operen, llame usted a un medicucho cualquiera. Llame usted
a un sastre. Llame usted a un barbero o a un ebanista; pero no llame
usted a un gran cirujano...
III
LA VIRUELA OBLIGATORIA
Cuando se decretó en Madrid la vacuna obligatoria, todo el mundo se
indignó.
--Que se vacune el que quiera--solía decirse--; pero ¿y si a mí se me
antoja tener viruelas?
Libertad de tener viruelas... Libertad de pegárselas al vecino...
Libertad de escupir... Libertad de tronchar los árboles... ¡Con qué
ahínco defiende todas estas libertades el español!
--Desengáñese usted--me decía un amigo antes de la vacuna obligatoria--,
España es el país más liberal del mundo. Aquí puede usted hacer lo que
le da la gana...
--Yo no--le contesté--. Usted. Usted puede hacer aquí lo que le dé la
gana, y con usted, pueden hacerlo el Sr. La Chica y otros cuantos
señores; pero yo, no. No hay posibilidad de que todo el mundo haga nunca
lo que le dé la gana, y si ustedes hacen su gana de ustedes, es
sencillamente porque una buena cantidad de señores no podemos hacer la
nuestra...
En el caso concreto de la vacuna, la mayoría del vecindario parece
considerarla como una tiranía, y si se considera que la vacuna es la
tiranía, no se está muy lejos de creer que la viruela sea la libertad.
¿Lo es, en efecto? Desde el punto de vista de los microbios, no cabe la
menor duda; pero, desde nuestro punto de vista, la cosa es ya bastante
más discutible. Por mi parte, considero la viruela como una verdadera
imposición de que han venido haciéndonos víctimas nuestros gobiernos. La
viruela tenía en España el mismo carácter obligatorio que ahora tiene la
vacuna, y nadie protestaba contra ella. Las gentes se resignaban a
padecerla como se resignaban a padecer el tifus y el caciquismo. Y, al
igual de los caciques, los microbios, sin duda, pensaban también que
España era el país más liberal del mundo.
¡Qué lástima que la libertad práctica no pueda ser absoluta como la
libertad teórica! ¡Qué lástima que nuestros intereses no coincidan con
los de los microbios! ¡Qué lástima... para los microbios!...
IV
CROYDON Y MADRID
PARECE que en Croydon, cerca de Londres, la Liga antivacunista se ha
opuesto violentamente a la vacunación obligatoria del vecindario. Un
periódico español da cuenta del hecho poniéndole esta coletilla: «En
todas partes cuecen habas.» Y esta otra: «¡Y aún hablan de _l'Espagne et
le Maroc_!»...
¿Quiénes hablan de _l'Espagne et le Maroc_? Los ingleses, en todo caso,
hablarían de _Spain and Marocco_, y la verdad es que si nosotros no
tuviéramos con Europa más analogía que la de oponernos a la vacunación
obligatoria, no tendríamos analogía ninguna y estaríamos completamente
unidos al África. Porque Europa puede combatir la vacunación obligatoria
y nosotros no. Es el caso de dos personas que se opusieran al alumbrado
de petróleo, una en nombre de la luz eléctrica y otra en nombre del
candil. Los vecinos de Croydon, con una urbanización excelente, creen
que deben prescindir de la vacuna. «En vez de vacunarnos--dicen--dennos
ustedes más agua y más aire.» Aquí, en cambio, la alternativa es
trágica: o vacuna o viruela. Nosotros estamos todavía en el período de
la vacuna, como estamos en el del reformismo y el republicanismo. De
vivir en Croydon yo sería, muy probablemente, miembro de la Liga
antivacunista, y, no obstante, cuando el Sr. Romeo inició aquí su
campaña en pro de la vacunación obligatoria, hice un artículo
defendiéndola. La vacuna, que en Inglaterra me parecería reaccionaria y
anticientífica, aquí me parece liberal y cientificísima. Y si los
espíritus revolucionarios ingleses pudieran traspasarnos con la vacuna
su partido conservador, no habría un hombre verdaderamente progresivo en
España que se negara a acogerlo. El partido conservador inglés vendría
entonces a representar la tendencia más avanzada de la política
española.
Indudablemente, el hecho de que en Londres se combata la vacuna, no debe
servir para animar a los antivacunistas españoles. En un Estado
norteamericano se está haciendo ahora una campaña con cierto ferrocarril
en proyecto... pero con objeto de que se establezca un servicio de
comunicaciones aéreas. El ferrocarril comienza ya a ser un atraso en el
mundo. Aquí no se puede decir aún que tengamos ferrocarriles.
V
MICROBIOS A SUELDO
El microbio de la gripe ha vuelto. A su llegada a Madrid, un microbio
local fue a visitarlo con propósitos periodísticos.
--Parece que ha recorrido usted medio mundo--le dijo el microbio local.
--Sí... He estado en Francia, en Alemania, en Suiza, en Dinamarca, en
Inglaterra, en los Estados Unidos...
--Grandes países, ¿eh?
--¡Quite usted allá! Para un pobre microbio que quiera vivir
tranquilamente, el mejor país es España. Aquí funda usted una pequeña
familia--cuatrocientos o quinientos mil hijos--, y la saca usted
adelante sin el menor contratiempo. Lleva usted sus chicos a la escuela,
al teatro y al _cine_, y es un gusto ver cómo se instruyen y se
divierten. La alimentación es magnífica. ¡Qué carnes tan podridas! ¡Qué
leche tan adulterada!...
--La leche es muy buena, en efecto--respondió el microbio local--; pero
¿y el ácido fénico?
--¿El ácido fénico?--exclamó el microbio de la gripe--. ¿Pero usted cree
en el ácido fénico?
--¡Hombre! Los médicos aseguran...
--¿Pero es que cree usted en los médicos?... Que un hombre crea en los
médicos, pase. Lo inconcebible es que un microbio, que está en el
secreto de estas cosas, les haga caso ninguno. Por mi parte, le aseguro
a usted que el ácido fénico me hace engordar y que su aroma me parece
exquisito. Desengáñese usted, querido colega. El ácido fénico sólo es
desagradable para los hombres...
--¿Y piensa usted quedarse mucho tiempo por aquí?
--Verá usted. Yo he venido a reponerme. He sufrido mucho en mis
correrías por el mundo. Fuera de España todo se vuelve hablar de
libertad; pero si existe algún país donde un pobre microbio puede hacer
lo que quiera, ese país es éste. Aquí se siente uno amparado por las
leyes y por las costumbres. Los naturales nos aman, y cuando alguna
autoridad inicia una campaña contra nosotros no faltan amigos que nos
defiendan enérgicamente diciendo que tienen un perfecto derecho a
cultivarnos. Esto es libertad, libertad para los microbios, y lo demás
es cuento. ¿Sabe usted cuánto peso he perdido durante mi estancia en
Inglaterra? Pues muy cerca de una diezmillonésima de miligramo. ¡Para
que digan que Inglaterra es un país más libre que España!... Además, en
España uno puede cultivar el trato de toda clase de microbios, y esto
siempre es instructivo. El microbio del tifus, por ejemplo, y el de la
viruela, expulsados de todo el mundo, se han refugiado aquí, donde viven
a las mil maravillas. Yo los he visto el otro día en el pecho de un
enfermo que es cliente mío y a quien se los había llevado su médico.
--¿De modo que se establece usted entre nosotros para siempre?
--¡Ah, no!... Llegará un día en que España será un país de microbios
solos, y entonces la lucha por la vida adquirirá aquí caracteres
horribles.
--Antes de esa fecha--exclamó el microbio local--yo me agarraré al
presupuesto. Buscaré un empleíllo en algún laboratorio, como microbio de
cultivo, y ¡a vivir!
VI
JUVENTUD, DIVINO TESORO...
¿Han leído ustedes las experiencias del doctor Voronof? El doctor
Voronof pretende haber descubierto, sencillamente, el secreto de la
eterna juventud. «Nuestra vida--dice el doctor Voronof--no depende tanto
del funcionamiento de los grandes órganos como de la secreción de
ciertas glándulas, minúsculas algunas veces...» Al leer esto, le entran
a uno vivísimas sospechas de que el doctor Voronof llama glándulas
minúsculas a los talones del Banco de España, al papel moneda y a los
distintos valores en curso, sospechas que se acentúan a medida que uno
sigue leyendo: «Un hombre--añade el sabio cirujano--puede vivir sin
riñón o sin estómago; pero si le suprimimos, por ejemplo, las cápsulas
subrenales, muere...» Indudablemente--piensa uno--el doctor Voronof,
llevado de su tecnicismo profesional, denomina cápsulas subrenales a las
piezas de cinco pesetas. El nombre parece extraño; pero quizás no
carezca de abolengo. Un filósofo podría, tal vez, descubrir cierta
analogía entre ese término y la expresión popular de «costarle a uno un
riñon», expresión demostrativa de que el pueblo considera también los
duros como una especie de cápsulas subrenales...
Pero todo esto son fantasías. El doctor Voronof sabe muy bien lo que se
dice y nos asegura que los médicos pueden rejuvenecer a la humanidad sin
más que injertar en los organismos decrépitos las glándulas
intersticiales de organismos vigorosos. Por este procedimiento ya le ha
devuelto el doctor Voronof la juventud a numerosos carneros. ¿No se la
podría devolver también a algunos de nuestros políticos?
Es posible que todos los problemas españoles se reduzcan a un solo
problema quirúrgico, y que lo único que necesitemos en este país sean
glándulas intersticiales. Nuestros carneros son más o menos viejos; pero
nuestros políticos son todos anteriores a la revolución francesa, y si
los cirujanos no logran matarlos, que por lo menos procuren
rejuvenecerlos. No creo que los políticos se diferencien tanto de los
carneros que no se pueda hacer con los unos lo que se ha hecho con los
otros. Ensaye en ellos sus glándulas intersticiales el doctor Voronof y
ensaye también esas glándulas tiroideas con las cuales parece que, ya en
el año de 1913, convirtió a un idiota en un ser sensato y razonable.
Ahora, que el doctor Voronof debe tomar precauciones, porque aunque
científicamente un político sea igual a un carnero, hay, sin embargo,
entre ambos una diferencia esencial. El carnero no vive de su vejez, y
el político sí. ¿Qué sería de un político español sin vientre, sin
barbas blancas, sin asma y sin calvicie? Quitarle estas cosas a un
político es quitarle el prestigio y la respetabilidad. Por otra parte,
¿es que los ex ministros seguirían cobrando sus cesantías cuando
volviesen a la edad en que eran simples diputados? Porque si seguían
cobrándolas, el fracaso del doctor Voronof no podía ser más evidente.
Decididamente, no creo que sea nada fácil rejuvenecer a un político
español. El doctor Voronof podrá rejuvenecer a un carnero de catorce
años, a un loro de ciento cincuenta y a una carpa de doscientos; pero no
así a uno de nuestros políticos. Y es que para devolverle la juventud a
un animal cualquiera, se necesita una cosa que no depende ni del doctor
Voronof ni tampoco del animal. Se necesita, sencillamente, que el animal
en cuestión haya sido joven alguna vez.
ENTRE CABALLEROS
I
LOS DESAFÍOS Y EL MÉDICO