carecen de bolsillos. La dirección del establecimiento, como el oso de
Heine, cree que, despojando de bolsillos a los hombres, se suprime en
ellos el sentido de la propiedad, y a medida que los empleados llegan,
hace que cambien sus trajes por unos trajes especiales, en los que no
hay medio de guardar ni una sola perra chica. Los empleados pueden, así,
manejar todas las noches miles y miles de duros sin la menor emoción. Si
tuvieran bolsillos, tendrían, con ellos, el sentido de la propiedad, y
al pensar que todo aquel dinero era un dinero ajeno, sufrirían tormentos
espantosos. Sin bolsillos, esto es, sin sentido de la propiedad, no se
les ocurre nunca guardarse un duro de nadie. Juegan con el dinero como
jugarían con chinas al borde de la playa. Las fichas de 1.000 pesetas no
los tantalizan ni poco ni mucho. Su estado de espíritu es igual al de
los osos, para quienes no existe el concepto de la propiedad individual.
Yo creo que todos los concurrentes al Casino debiéramos tomar ejemplo de
los empleados, y no penetrar nunca en las salas de juego con nuestros
trajes de costumbre. En vez del _smocking_, debiéramos ponernos también,
para ir al Casino, unos trajes desprovistos de bolsillos. De este modo
no se nos ocurriría nunca ganar el dinero de la banca y nos ahorraríamos
el nuestro. Y, aunque se nos ocurriese, no podríamos intentarlo, porque
nos habríamos dejado la cartera en casa.
Mientras tanto, esto es, mientras la supresión de los bolsillos no se
extienda de los empleados a los clientes, la cosa nunca podrá tener el
valor de un ensayo social. Y es que, detrás de estos empleados
desbolsillados que cantan los plenos y los colores, uno ve,
imaginativamente, unos bolsillos enormes, profundos e insondables,
adonde afluye el dinero de todos nosotros.
Todavía es tiempo de que suprimamos nuestros bolsillos. Y si no los
suprimimos ahora, espontáneamente, tendremos que suprimirlos muy pronto,
por inútiles...
IV
UN NUEVO SISTEMA PLANETARIO
Las cuatro de la mañana. El Casino, que es como si dijéramos todo San
Sebastián, ha cerrado ya sus puertas. No queda ni un solo
establecimiento abierto. Los serenos, únicos transeúntes de la ciudad,
marcan lentamente sus pasos en el silencio profundo. San Sebastián
duerme.
Desde mi balcón, sin embargo, en el hotel de enfrente, yo veo una
ventana iluminada. Estas ventanas iluminadas a las altas horas de la
noche han constituido siempre un gran motivo literario, y, últimamente,
constituyen un poderoso motivo detectivesco. A mí me interesan en ambos
sentidos.
--¿Quién habrá en esa habitación?--me pregunto--. ¿Será un enfermo que
se revuelca sobre su lecho de dolor? ¿Será acaso un avaro contando su
tesoro? ¿Será un veraneante en lucha con las famosas pulgas
donostiarras? ¿Será, tal vez, un poeta que sacrifica su sueño para
escribir, al dorso de una cuenta sin pagar, versos y más versos en honor
de una amada que no existe? ¿Será una hermosa admirándose a sí misma
ante el espejo, o será, quizá, una ex hermosa empastándose las arrugas y
arrancándose las canas? ¿Serán unos recién casados? ¿Será un sabio?
¿Será un espía alemán...?
Yo apostaría a que es un jugador dedicado al ejercicio de la cábala
sobre un plano de la ruleta. La ruleta viene a ser algo así como un
segundo sistema planetario. Se trata de descubrir sus leyes y de fundar
una ciencia que sea, con relación a la ruleta, lo que es la Astronomía
con relación al Universo. Millares de hombres se han consagrado
heroicamente a la causa y le han hecho todos los sacrificios: el de su
inteligencia, el de su tiempo, el de sus cuartos... Hasta ahora, sin
embargo, no hay una verdadera ciencia de la ruleta. Los jugadores que
presumen de científicos, que leen la revista de Montecarlo y que hacen
sus posturas con arreglo a un plan, no pasan de ser algo semejante a los
antiguos astrólogos.
No existen aún astrónomos de la ruleta. Acaso mi vecino sea un nuevo
Giordano Bruno, a quien hará quemar el Sr. Marquet en la terraza del
Casino. Mientras tanto, las leyes de la ruleta continúan en el misterio.
¿Gira la bola alrededor de la ruleta, o gira la ruleta alrededor de la
bola? He aquí una cuestión bien clara y concreta y que, siendo
fundamental, no ha obtenido solución todavía. ¿Cómo podrían haberla
obtenido las otras?
--La ruleta--me decía un _amateur_--es la única obra humana
verdaderamente perfecta. Ríase usted de las pirámides de Egipto. Ríase
de la _Critica de la Razón Pura_. No hay más que la ruleta. Millares y
millares de hombres han dedicado sus esfuerzos a encontrarle un defecto,
y hasta ahora no se lo han encontrado. Hay quien dice que sí, que se lo
ha encontrado, que la ruleta es inquebrantable con tal o cual
combinación; pero no haga usted caso ninguno. El día en que se le
encontrara un flaco a la ruleta, la banca se arruinaría, y la ruleta
dejaría de existir. Mientras exista la ruleta es que no se le ha
descubierto la menor imperfección. Y ¿usted ha visto qué equidad la de
la ruleta? Si con un duro quiere usted ganar otro duro, tiene usted un
50 por 100 de probabilidades en contra, y si quiere usted ganar dos
duros, tiene usted un 75. El riesgo aumenta siempre, matemáticamente, en
proporción a la ganancia. No hay nada más justo. No hay nada más
equitativo. Si yo fuera escultor y quisiera representar a la Equidad, la
representaría en forma de _croupier_ manejando una ruleta...
--Una ruleta sin cero--observo yo.
--Claro. Una ruleta sin cero. De tan equitativa que es la ruleta, ha
habido que ponerle un cero para garantizarle a las empresas sus gastos
infinitos. Convénzase usted. La ruleta es la única obra humana
verdaderamente perfecta...
Esto decía mi amigo; pero actualmente mi entusiasmo supera al suyo. Para
mí, la ruleta es algo más que una obra humana. Es, como he dicho antes,
todo un sistema planetario. Los puntos se sientan alrededor de la
ruleta, y poco a poco van quedándose desprovistos de dinero. ¿Qué leyes
determinan esta atracción de la ruleta sobre el dinero de las gentes?
Acaso mi vecino llegue a descubrirlas; pero, mientras tanto, permanecen
en el más sombrío de los misterios. Se sabe el porqué del flujo y
reflujo de la mar, se conoce el curso del Sol y el de la Luna, se
predicen los eclipses al minuto; pero cuando la ruleta comienza a dar
vueltas en un sentido, y la bola en el otro, nadie puede sospechar si va
a darse el 7 o el 13, la primera, la segunda o la tercera docena, el
rojo o el negro, la _manque_ o la _passe_, el par o el impar... Y en el
siglo XX, todo afeitado y vestido de _smocking_ o de frac, uno se
encuentra ante la ruleta en el mismo estado de espíritu en que el hombre
primitivo se encontraba ante el enigma del Universo.
V
ROUSSEAU Y ANATOLE FRANCE
Actualmente sólo funciona un teatro en San Sebastián. No hay
espectáculos. No hay baile. No hay _restaurants_ nocturnos... ni apenas
diurnos. La Policía, con el menor pretexto, clausura aquí todos los
lugares de diversión y sólo queda para disputarse al veraneante estas
dos potencias sobrehumanas: la Naturaleza y el Casino. Juan Jacobo
Rousseau experimentaría un serio disgusto al ver que el Casino va
venciendo. Anatole France, en cambio, para quien la civilización es una
lucha constante del hombre contra la Naturaleza, sonreiría encantado.
Porque no hay duda ninguna: la ruleta tiene mucho más éxito que el
paisaje, con ser tan hermoso el paisaje de San Sebastián. Poco a poco,
los alrededores de la bella Easo van quedándose sin clientela. El Casino
les arrebata todos los parroquianos, y este triunfo es tanto más
notable, cuanto que, frente al cielo azul, al verde mar, a los bosques
sombríos, al Sol radiante y a las montañas augustas y solemnes, la
dirección del establecimiento no ha puesto más que una esfera giratoria
con 37 números.
Es, como si dijéramos, la bancarrota de la Naturaleza. En honor de la
verdad, sin embargo, conviene advertir que el triunfo del Casino no ha
sido cosa muy fácil. La Naturaleza ha hecho esfuerzos prodigiosos. A
veces ha organizado días espléndidos, con una temperatura deliciosa y
una luz ideal. Los más amigos del Casino sentían entonces deseos de
pasarse al otro bando. Su conducta anterior respecto a la madre común se
les aparecía de pronto como una injusticia y experimentaban vivos deseos
de rectificarla.
--¿Vamos a encerrarnos en el Casino en un día como éste?--exclamaban--.
No, nunca. Sería una verdadera vergüenza...
Pero después de almorzar, el cielo comenzaba a nublarse. Malas lenguas
afirman que era el Casino quien preparaba los nublados.
--No hay nada imposible para los _croupiers_--sostenían.
Naturalmente, que ninguna persona razonable puede considerar en serio
semejantes rumores. Lo indudable, sin embargo, es que el cielo se
nublaba. Un descuido de la Naturaleza, un momento de debilidad, ¡qué sé
yo! Entonces millares de personas, hábilmente diseminadas por los
hoteles y cafés de San Sebastián, prorrumpían en gritos estentóreos.
--¡La galerna...! ¡La galerna...!--vociferaban.
¿Eran alquiladas estas personas? Yo tampoco lo he creído nunca; pero lo
cierto es que todos los entusiasmos por la Naturaleza se amortiguaban de
un golpe.
--¿Lo ven ustedes? Si aquí no se puede salir... No hay más remedio que
meterse en el Casino...
El Monte Igueldo, especialmente, tan bonito y tan próximo a la ciudad,
le hacía al Casino una concurrencia terrible. Claro que el Casino
hubiese acabado por dominarlo; pero, ¿para qué perder el tiempo?
--Ya que la montaña no viene a mí, yo iré a la montaña--pensó la
dirección.
Y la dirección fue a la montaña y puso en ella unos caballitos, y ya
nadie mira el paisaje, sino los caballitos, y la Naturaleza ha sucumbido
una vez más.
Hoy el Casino no necesita ya hacer esfuerzo ninguno para atraer al
veraneante. El veraneante le pertenece por entero. Estos días está
haciendo un tiempo magnífico, y, sin embargo, los alrededores de la
ciudad se encuentran desiertos a todas horas. La Naturaleza ha perdido
el prestigio en San Sebastián. Lo ha perdido... a la ruleta.
VI
EL JUGADOR OBJETIVO
Esto es una ladronera, una perfecta ladronera--dice D. Salustiano--. Ni
por casualidad se gana. Va usted a ver...
D. Salustiano coge una ficha de 20 pesetas y la arroja sobre la mesa.
--Veinticinco y veintiocho--exclama--. Caballo...
Luego, dirigiéndose a mí, continúa:
--Son 20 pesetas tiradas... Este año llevo perdidas ya 15.000. ¡Como no
se repita lo del año pasado...! ¿Sabe usted cuánto me costó la broma el
año pasado? Pues 7.000 duritos justos. No se gana nunca, nunca...
La ruleta gira vertiginosamente. Los azares despiden de cuando en cuando
la bola con un ruido seco. De pronto la bola entra en un cajetín y el
_croupier_ canta el número.
--Doce. Rojo. _Manque._ Par...
--¿Lo ve usted?--suspira D. Salustiano--. Era indudable. No hay manera
humana de ganar.
Y cogiendo ocho duros en fichas, los pone a una «calle». Diez y nueve,
veinte y veintiuno.
--Ocho duros más que voy a perder--me dice--. No se gana nunca. Está
demostrado...
En efecto. D. Salustiano pierde los ocho duros.
--¿Se ha convencido usted?--me pregunta--. Pues para que acabe usted de
convencerse, me voy a jugar cien pesetas a una fila. Las perderé, ya lo
sé, pero no importa...
Como D. Salustiano, hay en San Sebastián infinidad de personas que se
arruinan para demostrar que es imposible ganar a la ruleta. Porque,
desde luego, D. Salustiano está firmemente persuadido de esta
imposibilidad. Su juego es a modo de una lección experimental para los
amigos y para los espectadores.
Yo me creo en el caso de contenerle.
--No juegue usted más--le digo--. La demostración ya está hecha. La
práctica ha confirmado suficientemente la teoría. No vale la pena que
pierda usted cien pesetas más para persuadir a un convencido como yo.
Pero D. Salustiano insiste.
--Es que no tan sólo se pierde en general, sino que se pierde siempre,
todas las veces--exclama.
La fila de D. Salustiano comprendía los seis números que van del 13 al
18, inclusive. Sale el 16, y D. Salustiano gana 500 pesetas. Yo voy a
felicitarle, pero me contengo. El buen señor está desconcertado. Todos
sus principios se acaban de caer a tierra. D. Salustiano tenía una
convicción en la vida: la de que nunca se gana a la ruleta, y he aquí
que una bola ciega, un azar incomprensible, acaba de destruir esta
convicción. ¿Qué le queda ahora a D. Salustiano? Nada más que las 500
pesetas. En lo futuro, su existencia carecerá de todo sostén ideal, y
será una cosa baldía...
--Juéguese usted las 500 pesetas a una docena--le aconsejo.
D. Salustiano las juega y las pierde. Entonces su rostro se anima de
nuevo.
--¿Ha visto usted?--me dice--. Lo de la fila había sido una casualidad
que no demuestra nada. Indudablemente, no hay posibilidad de ganar nunca
a la ruleta.
Y cogiendo cinco duros, los tira sobre la mesa:
--Para los empleados...
EN EL RINCÓN DE LOS MILLONARIOS
I
EL HIERRO
Cada vez que un bilbaíno me invita a comer, me parece que me da a comer
hierro. El hierro es el pan de Bilbao. Todo ha sido aquí hierro en su
origen, hasta el mármol y el oro de los millonarios de Algorta. Y el
mismo chacolí, en estas alegres cenas bilbaínas, me produce un efecto
así como de vino ferruginoso.
Constantemente se denuncian nuevos yacimientos, a veces bajo casas
habitadas. Se denuncian calles, se denuncian viviendas, se denuncian
amigos y vecinos... Y toda la actividad bilbaína, todo el tráfago
gigantesco de la ría con sus hornos formidables que, durante el día,
eclipsan al Sol y que enrojecen el cielo por las noches, no son más que
un esfuerzo para convertir este hierro en oro y en billetes.
Hay quien dice que el dinero bilbaíno es más valiente que el dinero de
otras ciudades españolas. Yo no creo gran cosa en la antropología del
dinero. En un caso particular, el dinero puede ser más o menos audaz o
más o menos timorato; pero, colectivamente, no hay calidades en el
dinero: no hay más que cantidad. El dinero de un pueblo no es cobarde ni
es valiente, sino que es poco o mucho. Las grandes fortunas, como los
hombres grandes, se atreven a cosas que, por regla general, asustan a
las fortunas pequeñas y a los hombres chiquitines. ¿Valor? No. Fuerza,
peso, volumen.
Además, esto de tener el dinero en acciones es, poco más o menos, como
tenerlo en fichas. Uno no le concede el mismo valor que si estuviera en
billetes, y se lo juega. Todo el mundo pica. Un poeta bilbaíno que me
quiso leer unos versos el otro día tuvo que buscar el manuscrito entre
unas cuantas navieras que llevaba en la cartera.
Afortunadamente, Bilbao está llamado a tener más dinero cada vez, y uno
no puede imaginarse su porvenir más que en una visión gloriosa. Hoy por
hoy, Bilbao es ya una ciudad donde el dinero se cuenta por millones, y
esta ciudad resulta doblemente extraordinaria porque se encuentra
situada en el país de la calderilla.
II
LA REIVINDICACIÓN DE LOS MILLONARIOS
Indalecio Prieto, el actual diputado por Bilbao, es un diputado
socialista, pero socialista para obreros. Esperemos que, en una próxima
legislatura, Bilbao se haga representar en Cortes por un socialista de
otra clase: un socialista para millonarios.
La idea de un socialismo para millonarios no es mía, sino de Bernard
Shaw. Permítaseme adoptarla, sin embargo, para brindársela a los
capitalistas bilbaínos.
Los capitalistas bilbaínos están completamente desamparados frente a sus
obreros. Mientras se fundan cooperativas, y se construyen casas baratas,
y se crean parques y jardines, y se instalan bibliotecas públicas y
baños municipales, adaptando a los recursos del obrero toda la vida del
país, ¿quién se acuerda de los millonarios? Un millonario bilbaíno puede
gastarse dos o tres millones en un _yacht_ y otros dos o tres en su
palacio de Algorta; pero, ¿qué hace luego con los millones restantes?
Hace poco se ha fundado aquí una Compañía para lograr que el kilo de
merluza no cueste nunca mucho más de seis reales; pero, ¿dónde está la
compañía que venda merluzas para millonarios a mil o a dos mil duros? No
hay merluzas para millonarios, no hay zapatos para millonarios, no hay
sombreros para millonarios. Yo he visto al señor Sota el otro día con un
gabán que, desde luego, no le había costado mucho más que el mío. Claro
que el señor Sota puede comprarse cien, doscientos, quinientos gabanes;
pero esto sería una superfluidad. En un país organizado para
millonarios, el ilustre naviero debiera poder adquirir un gabán de
varios millones de pesetas. Hoy no puede adquirirlo, y es que el
millonario se encuentra postergado en el mundo. Mientras todos gozamos
de la vida en proporción con nuestros recursos, el millonario, no. Nadie
se cuida de los millonarios, y helos ahí teniendo que fundar escuelas y
hospitales y que distribuir su dinero en obras de beneficencia.
¡Pobres millonarios! Hasta hace poco, su desamparo se explicaba por su
rareza. Los millonarios eran escasísimos y no podían imponerse. Pero las
cosas han cambiado, y hoy, en Bilbao, ¿quién no está ya en el tercero o
cuarto millón?
Ha llegado la hora de las grandes reivindicaciones. La sociedad tendrá
que dejarles un puesto a los millonarios, y si no lo hace, yo,
millonario, dimitiría.
III
EL HOMBRE QUE SE VENDIÓ BREA A SÍ MISMO
Cuando un hombre, en Bilbao, dice que necesita vagonetas, esto no
significa necesariamente que ese hombre necesite vagonetas. A lo sumo,
las vagonetas las necesita un amigo de un amigo de un amigo suyo. Y
cuando otro hombre, en el mismo Bilbao, le ofrece vagonetas a la gente,
esto tampoco implica el que ese hombre tenga muchas vagonetas en su
poder, sino que conoce a un señor, el cual, por medio de otro señor,
sabe de un tercer señor que quiere vender vagonetas. Y así ocurre el que
unos hombres que no necesitan vagonetas absolutamente para nada se pasen
la vida comprándoles vagonetas a otros hombres que no las tienen. Y
quien habla de vagonetas, habla de traviesas. Y quien habla de
traviesas, habla de clavos. Y quien habla de clavos, habla de brea. Y
quien habla de brea, habla de barcos. Y así sucesivamente.
Yo tengo en Bilbao un amigo que se compró a sí mismo trescientas
toneladas de brea. No se trata de un bilbaíno, sino de un madrileño. A
poco de llegar al café del bulevar, este chico dijo que necesitaba brea.
En _Maxim's_ hubiese pedido _whisky_, pero en el café del bulevar se le
desarrollaron apetitos de más importancia. Quería brea, muchas toneladas
de brea, y cuanto antes, mejor. Pasaron días, y los deseos de mi amigo
fueron satisfechos. Mi amigo tuvo brea en gran abundancia; pero como, en
realidad, él no necesitaba la brea para nada, al verse lleno de ella se
puso a ofrecerla.
--¿Quién quiere brea?--dijo--. Yo puedo venderla en excelentes
condiciones.
--¿Vende usted brea?--le preguntó un señor--.Pues yo le compro a usted
trescientas toneladas.
Convinieron el precio y firmaron un documento. Pero el comprador no
compraba por su cuenta, sino por cuenta de un señor a quien, quince días
antes, le había oído decir que quería brea. Y este señor resultó ser
precisamente mi amigo, el cual, siendo vendedor de sí propio, no pudo
robarse gran cosa y sólo perdió la comisión.
¿Cuántas operaciones de este género no se harán diariamente en Bilbao?
¿Cuántos hombres que ni hacen clavos, ni tienen fábricas de clavos, ni
se dedican a industrias para las que necesiten clavos, no vivirán de los
clavos en esta ciudad? Es el comercio, el honrado comercio, genio del
mundo moderno.....
IV
EL VASCUENCE
Yo he creído en el vascuence hasta que lo he oído hablar. Ahora tengo la
idea de que hay trescientas, cuatrocientas, tal vez quinientas palabras
de vascuence, y que todas las otras son una hábil invención. Me he
enterado, por ejemplo, de que mientras los vascos españoles le llaman al
tenedor _tenedoróa_, los vascos franceses le dicen _fourchetóa_. En una
esquina, y al lado de un letrero que decía «Calle de Echembarrena», otro
letrero ponía «Echembarrena kalia». Y cuando me dijeron que el segundo
letrero estaba en vascuence, yo me reservé unas dudas bastante serias.
Luego he oído decir «genté elegantía», por gente elegante, y otras cosas
análogas. A veces, una palabra como «oguía», que significa pan, le
desconcierta a uno; pero luego resulta que se trata de un derivado de
hogaza.
--No se fije usted--me dijeron algunos amigos--. Los que dicen
«tenedoróa» y «genté elegantía» no saben vascuence; pero pregúntele
usted a Mourlane Michelena...
Y en fuerza de oír esto he llegado a deducir que existe en efecto un
rico vocabulario vascuence, y que Mourlane Michelena es su único
depositario.
¿Qué hará con el vascuence Mourlane Michelena? Yo me explico que se
tenga una casa para uno solo, y una botella para uno solo, y una mujer
para uno solo; pero no me explico que nadie tenga un teléfono ni un
idioma para usarlos exclusivamente consigo mismo.
¡Habrá que oír a Mourlane Michelena en sus monólogos aglutinantes y
prearios! Pero, por otro lado, yo no puedo menos de felicitar a un
hombre que, en medio del tráfago bilbaíno, se encuentra de pronto este
tesoro de un idioma perdido durante tantos siglos.
Me explico que se coleccionen las palabras de vascuence con un espíritu
de numismático, como pudieran coleccionarse raras, preciosas e
interesantísimas monedas antiguas. Por mi parte, es con ese espíritu con
el que las oigo; pero los «tenedoróa» y los «elegantía» me producen el
efecto de duros sevillanos entre monedas romanas.
UNA NUEVA BATRACOMIOMAQUIA
_La guerra ha terminado en todo el mundo excepto en España. Los alemanes
se han rendido, pero no así los germanófilos, quienes siguen apoyando al
káiser y cantando las victorias de Hindenburg. Los aliados, por nuestra
parte, seguimos creyendo que Inglaterra y Francia representan la
libertad, la democracia, el derecho de pueblos, etc., etc._
_Es una nueva Batracomiomaquia, de la que el autor--modesta rana
beligerante--le ofrece algunas notas a su público._
I
LA GUERRA SOBRE EL PAPEL
Si los alemanes perdieron la guerra, no fue por culpa de los críticos
germanófilos. Los críticos germanófilos han combatido con tanto ardor
como el más heroico de los soldados alemanes. Fabián Vidal y Manuel
Aznar pueden decir el trabajo que costaba desalojar a los críticos
germanófilos de ciertas posiciones. Se destruían los últimos nidos de
ametralladoras, Ludendorff ordenaba la retirada y los ejércitos aliados
avanzaban, pero Armando Guerra no se rendía tan fácilmente. En sus
mapas, la línea alemana manteníase intacta hasta tres o cuatro días
después.
Cuando las tropas alemanas obtenían algún éxito, los críticos alemanes
lo anotaban como un éxito propio, y en sus periódicos les aumentaban el
sueldo.
--Estoy avanzando en Rusia, en Servia y en Rumania--debió de decirle a
su director--. He echado de todas partes al crítico de la _Corres_, y
creo que esto bien vale los doscientos duros...
En 1916, los críticos germanófilos llegaron a entrar en Verdun, en el
propio Verdun, y si luego abandonaron la plaza, fue, sencillamente,
porque el kronprinz no los siguió, y los pobres se encontraron allí
solos, sin contacto ninguno con el ejército alemán...
Han luchado como unos héroes los críticos germanófilos; pero,
últimamente, las cosas les han salido algo mal, y yo temo que les
rebajen el sueldo, por la misma razón en virtud de la cual se lo
subieron un día. En vano tratan de justificarse. Uno de ellos decía
recientemente que el avance aliado carecía de mérito porque, según
confesión francesa, los alemanes andaban escasos de armas. Pero ¿por qué
andaban escasos de armas los alemanes? Pues simplemente porque los
aliados les tomaron más de cuatro mil cañones desde el mes de julio.
Supongamos que yo me lanzo con un cuchillo sobre el lector. El lector
retrocede, para el golpe, y se pone a forcejear conmigo hasta que logra
desarmarme. Luego me ataca con mi propio cuchillo, yo huyo, y _El
Debate_, comentando el suceso, escribe: «La huida del Sr. Camba no
constituye éxito ninguno para su lector, porque el Sr. Camba estaba
desarmado...»
II
EL PUEBLO DE LOS GASES LACRIMANTES
Una de las cosas que más le han servido a Alemania es la afición a la
música. La gente no cree que los alemanes puedan ser crueles.
--¡Qué van a ser crueles!--dice la gente--. ¡Unos hombres tan tiernos!
¡Tan dulces! ¡Tan musicales!...