Santiago. Lo más siglo XIII de Santiago es el viaje. Desde la Coruña se
va en automóvil, pero ¡qué automóvil! Viajando en él, yo he tenido una
sensación de cosa arcaica y primitiva que no hubiese podido tener nunca
viajando en una diligencia. Me parecía así como si el automovilismo
fuese una invención medieval, una invención que se hubiese perfeccionado
en otras partes a fuerza de siglos, pero que hubiese permanecido
estacionaria en el camino de Santiago. Si me aseguran que cuando se
descubrió el cuerpo del Apóstol, aquel mismo automóvil había servido
para conducir a Santiago los primeros peregrinos, yo lo creo sin
vacilar.
En Santiago quise comprar periódicos, pero no había más que _El Correo
Español_ y _El Debate_. Esto también me produjo una impresión de
medievalismo. Se hablaba de la guerra, y a mí me parecía que, ya en el
siglo XIII, se debía de comentar en Santiago la guerra europea con el
mismo criterio.
Lo que me pareció más moderno fue la catedral. En ninguna parte se
encuentran más adelantadas las catedrales medievales. La catedral de
Santiago podía estar perfectamente en Francia, en Inglaterra o en
Alemania, al lado de las fábricas y de los laboratorios. Ante la
catedral de Santiago no se experimenta ninguna impresión de anacronismo.
Esta impresión, si no se ha recibido antes, se recibe después, cuando
uno pregunta las horas del tren para Villagarcía y le dicen a uno que
este tren sólo sale tres veces por semana.
XV
EL BOTAFUMEIRO
Hubo un tiempo en que las catorce puertas de la catedral de Santiago no
se cerraban de día ni de noche. Constantemente llegaban peregrinos de
todas las partes del mundo, que, entonces, sólo eran tres. Venían persas
con las cabezas tonsuradas; griegos que traían tatuado en las manos el
signo de la cruz; ingleses, irlandeses, franceses, italianos, eslavos...
Unos, mudos de nacimiento, querían que el Apóstol les concediese el uso
de la palabra; otros, ciegos, deseaban ver, y muchos sólo se proponían
cobrar una herencia, ya que en la Edad Media, para cobrar una herencia
solía imponerse como condición la peregrinación a Santiago. No faltaban
príncipes que, en vísperas de alguna batalla, viniesen a implorar el
auxilio militar del Apóstol contra sus enemigos. Fuera de la catedral,
unos hombres, sentados en cuclillas, iban apilando a su alrededor
monedas de todos los países. Eran los cambiantes, padres de nuestros
actuales banqueros. Dentro, los peregrinos, agrupados por
nacionalidades, rezaban y cantaban. Cantaban en sus diversos latines
respectivos y se acompañaban con sus instrumentos predilectos. Cítaras,
crótalos, flautas, gaitas, arpas, salterios, trompetas, liras, todo
sonaba allí, y el Apóstol hacía el milagro de armonizarlo. Luego, los
peregrinos se iban a ver las reliquias, guiados por el _lenguajero_, una
especie de intérprete de hotel, que sabía decir en varios idiomas
piedra, corona, cuchillo, hacha, sombrero...
Unos peregrinos viajaban a sus expensas; otros venían implorando la
caridad. La mayoría llegaban rotos, sucios, mugrientos y enfermos.
Algunas veces se declararon en Santiago epidemias muy serias, y el
Apóstol no daba abasto haciendo milagros. Fue entonces cuando se inventó
el _botafumeiro_, «rey de los incensarios», como le llama Víctor Hugo.
El _botafumeiro_ no fue en sus orígenes un objeto litúrgico, sino,
sencillamente, un aparato de desinfección. Lo cargaban con incienso
porque todavía no existía el ácido fénico. Aquellos peregrinos, que
venían directamente desde el fondo del Asia, tenían mucha fe, pero olían
muy mal, y los santiagueses procuraban aislarlos en una nube de
incienso. Si hubieran podido, también se hubiesen untado las narices con
aceite mentolado, y quizás hoy, al olor del aceite mentolado, uno se
llenase de evocaciones religiosas y viese, en su imaginación, coros de
ángeles y serafines...
¡Grandioso _botafumeiro_! Hoy, que la falta de fe lo mantiene ocioso,
¿por qué no se piensa el medio de trasladarlo al Congreso? Cuanto más
animados fuesen los debates, el _botafumeiro_ giraría más velozmente. Y
en vez de procurarse una entrada o de leer el _Diario de las Sesiones_,
uno se limitaría a ver, desde fuera, cómo salía y se elevaba y se
desvanecía el humo.
XVI
CABEZAS DE CERDO
Hace tiempo, los cerdos de Galicia llevaban una vida completamente
patriarcal. Eran, quizás, algo inmorales, eran glotones y tenían una
cierta socarronería muy campesina; pero ninguno de ellos estaba
contaminado por las ideas del siglo. Los chicos de los paisanos crecían
entre ellos, y a veces, chicos y cerdos dormían en la misma habitación.
¿Puede imaginarse nada más virgiliano? En ciudades como Santiago había
quien se llevaba los cerdos a un segundo piso y salía luego a pasearse
con ellos entre los canónigos, los tenientes de la guarnición y los
estudiantes de latín. Una señorita inglesa que estuvo hace algunos años
en la ciudad del Apóstol--la autora de _Galicia. The Switzerland of
Spain_--le preguntó a su hostelera si era cierto lo que se decía de los
cerdos santiagueses como animales de sociedad.
--No son únicamente los cerdos--contestó la interpelada--. Desde su
ventana puede usted ver dos cabras en el piso de enfrente. Sus dueños
las tratan como personas de la familia...
Todavía hay en Santiago quien recuerda a Montero Ríos guiando por las
calles un rebaño de cerdos. Más tarde guió electores. Luego,
diputados...
Sí. Los cerdos llevaban aquí una vida completamente patriarcal. Cuando
les llegaba su San Martín, berreaban horriblemente y estiraban una pata,
que era un jamón. Morían dolorosamente, pero sin remordimientos de
conciencia. Nunca habían tenido ambiciones ni vanidades. Si habían
procurado engordar, no lo hicieron por ellos tanto como por sus dueños.
Engordaron para que sus morcillas fuesen más sabrosas y para que su
tocino le diera más gusto al caldo de las buenas familias en cuyo seno
habían vivido.
Pero ahora hay en Galicia una nueva generación de cerdos. A poco de
estallar la guerra, unos hombres extraños vinieron por aquí y
soliviantaron a los cerdos, a las gallinas y a otros muchos animales
domésticos.
--¿Cuánto os dan aquí por una docena de huevos?--parece que les
preguntaron a las gallinas.
--Y los jamones--dijeron, dirigiéndose a los cerdos--, ¿a cómo los
vendéis?
El cerdo, animal muy tradicionalista, dio un gruñido y no hizo caso. La
gallina cacareó. Pero aquellos hombres hablaron de los mercados
extranjeros, donde todo se pagaba diez veces más que aquí, y hoy
nuestros animales de corral y de alcoba han aprendido ya los caminos del
mundo. El cerdo gallego tiene actualmente sus ideas industriales, ni
más ni menos que si fuese un cerdo de Chicago. Dentro de poco será capaz
de pedir que lo maten automáticamente y que lo desmenucen de un modo
científico.
Las costumbres patriarcales del cerdo gallego van desapareciendo. El
cerdo progresa. Y si esto continúa así, será cosa de recomendar a
nuestros políticos que coman cabeza de cerdo a ver si se les pega algo.
XVII
LA VIEIRA
Uno de los mariscos más dignos de estimación es la _vieira_. Madrid, que
lo ignora todo respecto a provincias, no come _vieiras_, y es una
lástima. Asadas en su concha, con un diente de ajo y un poco de
pimentón, las _vieiras_ son bastante más sabrosas que esos cangrejos de
celuloide con que los madrileños pretenden consolarse de su falta de
mar. En Inglaterra la vieira carece de triptongo; se llama _scallop_, y
este nombre, escaso en vocales, es como si le quitara la mitad del
gusto. Sin embargo, la _vieira_ tiene allí, por lo menos, tanta
popularidad como la ostra. En Francia las vieiras bretonas, las vieiras
armoricanas, gozan de gran reputación y son consideradas un bocado
exquisito. ¿Y saben ustedes cómo las llaman los franceses a las
_vieiras_? Las llaman _coquilles Saint-Jacques_, o conchas de Santiago.
Porque la vieira es el marisco del Apóstol. Es un marisco casi sagrado,
así como otros mariscos son literarios, y otros, políticos. Se cuenta
que cuando el cuerpo de Santiago fue conducido al Padrón, un caballero
que deseaba acompañarlo llegó tarde al puerto. El barco había izado ya
sus velas y se perdía en el horizonte, sobre un mar de oro y de plata.
Entonces el caballero hizo el signo de la cruz y se lanzó audazmente
entre las olas. Durante varios días su caballo fue galopando sobre el
fondo del mar, con gran asombro de merluzas y salmonetes, y cuando
llegaron a Iria Flavia, caballo y caballero estaban cubiertos de
_vieiras_. Desde entonces la vieira ha sido el símbolo de los
peregrinos, y para que éstos no tuviesen que ir a buscarlas debajo del
mar--la experiencia del caballero no se consideraba concluyente y había
el temor de que algún peregrino pudiese morir ahogado--, los
santiagueses se las vendían ya muy bien preparadas. Al principio vendían
conchas naturales. Después hacían conchas de cobre, de plata, de latón,
de porcelana y de azabache. Todavía existe en Santiago la calle de los
Azabacheros, desde donde se ve una fachada de la catedral, y a esta
fachada se la llama la Azabachería. Y muchas casas, que antiguamente
sirvieron de mesones para los peregrinos, conservan aún, como
distintivo, una concha de vieira esculpida a la entrada.
Pocos mariscos unirán, como la _vieira_, una carne tan sabrosa a un
abolengo tan ilustre. Ya, mucho antes de la Edad Media, la _vieira_ le
había servido a Afrodita, surgiendo del mar, para alisarse los húmedos y
admirables cabellos. Hoy Afrodita usa peines bastante más caros; pero
esto no quiere decir nada contra la _vieira_. La _vieira_ es el _pecten
Veneris_ de los antiguos, y el Arte ha buscado mil veces inspiración en
sus curvas sencillas y maravillosas.
De paso en Galicia, tierra de _vieiras_, yo me considero obligado a
hacer la apología de este marisco. Creo que Madrid no debe ignorarlo, y
que mantenerlo más tiempo en el olvido sería una política funesta. Si
Madrid no se interesa por nuestras vieiras, ¿cómo va a interesarse por
nuestros conflictos sociales? Indudablemente, la política central carece
de sensibilidad con respecto a provincias.
XVIII
OPINIONES POLÍTICAS Y LITERARIAS DE LA ROSARIO
Al volver a Madrid, tras una ausencia de mes y pico, soy cariñosamente
acogido por mi buena Rosario, una chica mitad ama de llaves y mitad
cocinera, que arregla mis papeles y cuida de mi estómago.
--Te entrego mi estómago, un poco estropeado por las salsas al por
mayor--le dije al darle posesión de su cargo--, y espero que me lo
trates bien. El estómago es el alma del escritor. Con un poco de acidez
o de flatulencia, yo haría una literatura triste y perdería lectores. Al
nombrarte mi cocinera, te nombro, en realidad, mi colaboradora. Hazme
guisos sencillos, sabrosos y sanos, y de este modo tendremos siempre el
respeto de la crítica y la aceptación del público.
Desde entonces, la Rosario pone sus cinco sentidos en la cocina. A
veces, advierto la desaparición de algún plato, pero no es culpa de la
Rosario.
--Yo no lo rompí. Fue él. Lo tenía en la mano, y se cayó. Se hizo
pedazos contra el suelo...
--Debe de ser un caso de suicidio--observo yo entonces--. El pobre plato
estaría desesperado de la vida.
Otras veces, la carne está espantosamente dura, y la Rosario dice que no
ha querido cocerse. Verdaderamente, ¿qué interés puede tener la carne en
ponerse blanda?
Pero, a pesar de todo, la Rosario es una excelente muchacha. Yo le doy a
leer los libros de mis amigos, y luego le pregunto qué es lo que
opinamos de ellos. La Rosario tiene un criterio literario en el que la
crítica no ha ejercido aún su perniciosa influencia: un criterio sano y
honrado. Algunos autores, al enviarme sus obras, lo hacen dedicándoselas
ya a la Rosario, y no falta quien le prodigue adjetivos laudatorios para
congraciarse con ella.
Ahora, al volver de Galicia, la Rosario me contó todo lo que había
ocurrido durante mi ausencia. Yo había estado más de un mes sin recibir
cartas ni leer periódicos, y quería restablecer mi contacto con la vida
urbana.
--¿Se han suicidado muchos platos? ¿Han traído muchas cuentas? ¿En qué
nuevas aventuras se ha metido el amigo Charlot?...
La Rosario ha ido contestándome a todas estas preguntas y satisfaciendo
así mi curiosidad.
--Y Gobierno, ¿qué Gobierno tenemos ahora?--añadí.
--¿Gobierno? Yo creo que tenemos el mismo.
--Imposible, Rosario. Hace más de un mes que salí de Madrid, y no es
posible que un Gobierno dure tanto. Seguramente tenemos un Gobierno
nuevo.
La Rosario entonces reflexionó un poco, y dijo:
--Quizás. La verdad, yo, que gobiernen unos o que gobiernen otros, no lo
noto nunca...
Y aquí me tiene el lector, ignorando si estoy gobernado por Maura, por
Sánchez de Toca o por Romanones. En casa no lo notamos. Las patatas
cuestan lo mismo. El alquiler no baja. Los guisos salen igual...
EN EL PAÍS DE LA RULETA
I
LOS TEMAS LITERARIOS
Los escritores solemos dirigirnos a «el lector», poco más o menos, así
como los criados se dirigen a «el señor». Desgraciadamente, este
concepto de «el lector» es demasiado vago. Por lo general, el lector
tiene una personalidad multiforme y a veces carece de existencia. Si el
lector--este lector de quien hablamos tanto los escritores--fuese una
realidad concreta y tangible, entonces yo me dirigiría a él y le diría:
--¿Qué artículo de San Sebastián quiere usted que yo le haga? ¿El de la
lluvia? ¿El del jugador? ¿El de las pulgas? ¿El de la Concha? ¿El del
objeto perdido? ¿El de la misteriosa extranjera...?
Porque en San Sebastián no hay arriba de doce temas para artículos. Los
corresponsales madrileños que vienen aquí hacen las mismas crónicas cada
temporada. Yo conozco a un compañero que lleva ya quince sobre la
lluvia. Es un especialista.
¿Cómo se explica el que esta municipalidad, tan adelantada en otras
cosas, no se haya cuidado nunca de darle temas a los escritores? Tal
abandono es verdaderamente lamentable. Una ciudad de placer que no varía
sus temas literarios, una playa que no renueva sus crónicas, está
condenada a muerte. Toda la literatura de San Sebastián resultará una
cosa trasnochada tan pronto como, a orillas del Cantábrico o del
Mediterráneo, se levante otro gran Casino con nuevos temas para los
cronistas. Los periódicos madrileños se apresurarán a mandar allí la
nube de corresponsales que ahora envían a San Sebastián. Al artículo de
la lluvia sucederá el artículo del sol o del relente; la crónica de las
pulgas será substituida por una sobre las chinches o sobre las
cucarachas. ¡Qué placer para los periodistas y para los lectores de
periódicos! Será una transformación literaria comparable tan sólo al
advenimiento del romanticismo. Los veraneantes afluirán en masa a la
nueva playa de moda, y San Sebastián desaparecerá del mundo como centro
de placeres.
Yo he llegado a San Sebastián hace varios días. Mi querido Fernández
Flórez estaba todavía aquí.
--Supongo--le dije--que me habrá dejado usted algún tema disponible,
aunque sea de segundo o tercer orden.
Fernández Flórez se rascó la cabeza.
--Veamos, veamos--insistí yo--. Ha hecho usted ya el artículo de la
lluvia, el del Casino, el de las pulgas...
Los había hecho todos, y, además, los había hecho como yo precisamente
hubiese querido hacerlos.
«Voy a tener que volverme a Madrid», pensaba yo.
En esto transponíamos las puertas del Casino, y yo observé que el
portero era tuerto.
«¡Qué coincidencia!--exclamé--. Este portero tuerto, aquí donde se juega
tanto dinero... ¿Es que habrá todavía en San Sebastián una crónica por
hacer?»
Pero Fernández Flórez ya había hablado también del portero tuerto...
El Municipio de San Sebastián creerá, sin duda, que esto de los temas
literarios es cosa de los escritores; pero San Sebastián no tardará en
sufrir las consecuencias de tan profundo error. Yo creo que es cosa de
los concejales, del Casino, de las sociedades de atracción de
forasteros, de las comisiones de festejos, etcétera, etc. Estas
entidades debieran renovar cada temporada los temas periodísticos de San
Sebastián, a fin de que ningún corresponsal permaneciera aquí ocioso.
Más que de dinero se trata de organización. Con seis temas inéditos por
temporada, San Sebastián podría ir tirando todavía.
II
EL TREINTA Y CUARENTA
¡Hagan juego, señores...!
Sobre la mesa van cayendo fichas de un duro y de cuatro duros, y placas
de 50, de 100, de 500 y de 1.000 pesetas. Las raquetas van y vienen,
manejadas por manos febriles. Un señor, alargando trabajosamente el
brazo por entre la muchedumbre, pone 1.000 pesetas a encarnado. Es un
jugador de _a pie_. Los empleados dividen a los jugadores en dos
categorías fundamentales: jugadores de a pie y jugadores sentados, y la
primera categoría es la única que les infunde cierto pavor. Si el
jugador de a pie gana, en efecto, hay muchas probabilidades de que se
vaya con la ganancia. Puede dar un pase, dos, tres y marcharse con 15 o
20.000 pesetas. En cambio, el jugador sentado no importa que amontone
algún dinero. La banca siempre tiene esperanzas de recuperarlo.
--¡Hagan juego...!
Los mirones encuentran floja la partida.
--Esto está aburridísimo--dicen--. No hay sangre...
Algunos reconvienen a sus amigos.
--¿Por qué juega usted a ese paño? Es absurdo...
Y luego, si por casualidad aciertan, insistirán en sus censuras,
llenando de vituperios a los pobres perdidosos.
--¿No se lo dije yo a usted? Si era infalible...
--Yo prefiero ganar diez duros a negro--murmura una voz--que 1.000
pesetas a encarnado. ¡Qué quiere usted! Es una manía. Además, no me
sería posible jugar a encarnado. ¡Hace ya noventa y un años que juego a
negro...!
Vuelvo la cabeza y veo a un viejecito que empuja las fichas con una
raqueta temblorosa. Debe de sentirse próximo a la muerte, y por eso no
juega a encarnado. Acaso ganara; pero por unos cuantos duros no va a
dejar a última hora su camino de siempre. ¡Qué hermoso ejemplo de
consecuencia para los políticos! Yo lo someto a la consideración de un
distinguido diputado, el cual se echa a reír.
--Ya ves. En solo media hora he ganado 20.000 pesetas con mi juego de
alternativa...
El _croupier_ va cantando con un acento muy francés:
--Siete... Cuatro... _Encagnado_ gana _et colog_.
--¡Qué le vamos a hacer!--suspira el viejecito.
Y vuelve a jugar a negro. Su cara está alegre, sonriente, satisfecha. Se
ve que este hombre, tan próximo al umbral de la otra vida, lo traspasará
sin temor alguno. Ha sido un hombre leal. Ha cumplido siempre, sin
vacilaciones, el deber que se impuso noventa y un años atrás. Su
conciencia está tranquila. Cuando Dios le llame a juicio y le pregunte
si jugó alguna vez a encarnado, él dirá:
--Nunca. Seguí el negro en la adversidad como en la fortuna, en sus
horas buenas y en sus horas malas, cuando todos acudían a él lo mismo
que cuando se veía abandonado de todos...
--Dos...--canta el empleado.
Y, extendiendo sobre la mesa otra hilera de cartas, vuelve a cantar:
--Dos...
Es un _aprés_. Uno de los que juegan a negro retira su postura.
--Hace usted mal--le dice un mirón--. Eso lo que demuestra es la fuerza
de la baraja. Ya ve usted si será fuerte el encarnado, que ni a dos
puede ganarle el negro.
--¿Cuántos encarnados van?--pregunta alguien.
--Cuatro.
--Es una racha. Hay que aprovecharla...
Llueven sobre el encarnado fichas, placas y billetes. Los postores de
grandes sumas las hacen asegurar. Naturalmente que este seguro no es
contra la pérdida. No se ha llegado aún a constituir una compañía que
asegure las rachas de un color contra el color contrario. Es únicamente
para el caso de que se dé un _aprés_ de treinta y una. Por un duro cada
cien duros o fracción de cien duros, el jugador garantiza su capital
contra lo que constituye el cero del treinta y cuarenta.
Se produce una gran emoción. Al griterío de hace un segundo sucede un
silencio imponente. Estamos como en el circo, cuando para la música y se
avecina el ejercicio peligroso.
El empleado comienza a echar las cartas, y el encarnado saca dos.
--¿Otra vez dos?
--¡Malo! ¡Malo...!
--Ahora quiebra la racha...
Y, en efecto, quiebra la racha. El negro gana. Las raquetas de los
empleados, miradas con ojos de perdidosos, parecen enormes...
--¿Ha visto usted con lo que se sale ahora la baraja?--exclama uno de
los que habían puesto a encarnado--. Mire usted...
Y enseña su cartón. Estos cartones están divididos en columnas donde se
marcan con puntos los colores que ganan. En una columna se ponen los
puntos correspondientes al negro, y, en otra, los correspondientes al
encarnado. Luego se trazan las líneas de punto a punto y se va
obteniendo un gráfico del juego, que es algo así como el gráfico de una
fiebre tifoidea. Hay juegos serpentinos, de línea inquieta, que salta
constantemente de columna a columna y que podrían llamarse juegos de
alambique. Hay juegos casi rectos, en los que se dan 10, 15, 20 negros o
encarnados sucesivos. Hay juegos mixtos... Lo malo es que el gráfico del
juego no se conoce hasta el final. El jugador que ve salir cuatro negros
consecutivos deduce que el juego lleva una dirección recta, y haciendo,
a su vez, un juego recto, pone su dinero a negro. Naturalmente que, a lo
mejor, sale encarnado. Entonces el jugador dice que ha quebrado el juego
y considera que la baraja se ha hecho traición a sí misma. Yo me inclino
a creer que los jugadores se precipitan en sus juicios sobre las
barajas. ¿Que por qué, si a la postre iba a resultar que se trataba de
una baraja de alternativa, ha comenzado el juego con cuatro encarnados?
¡Quién sabe! A lo mejor la baraja lo hizo para despistar...
--Ha quebrado el juego. Mire usted mi cartón...
En realidad, lo único que ha quebrado es la línea.
Todo el mundo pierde, excepto el viejecito y un señor que había puesto
1.000 pesetas a negro.
--¡Por no saber jugar!--murmura un técnico, en discusión con otro
jugador--. Ese señor ha ganado, ¿y qué? ¿Es que demuestra algo el que
haya ganado ese señor?
Porque ante la teoría general, ante la ley profunda del treinta y
cuarenta, los hechos aislados carecen de importancia. ¿Es que se va a
destruir con 1.000 pesetas toda una filosofía?
--Oye, dame dos duros--dice una voz femenina.
--Pídeselos a Marquet--contesta una voz masculina.
--Es que ya ves lo que ha pasado. Ha quebrado la racha...
--Yo llevo perdidas ya 40.000 pesetas desde el mes de agosto--le dice
una amiga a la pedigüeña.
--¿Cuarenta mil pesetas? Y ¿a quién se las has perdido?
--Se las perdí a varios. Si fuese para comer, no me las hubiesen dado...
Un jugador abandona su asiento con cara de malhumor.
--¿Perdió usted mucho?
--No. Perdí poco; pero lo que más me indigna es ver ganar a los amigos.
Que yo pierda, pase. Que ganen los desconocidos, pase. Que ganen los
amigos, eso, francamente, me desespera.
Se oye la voz del empleado, que domina todas las otras.
--¡Hagan juego, señores...!
La mesa se llena de miles de pesetas. ¡Y luego diremos que el dinero
español carece de audacia y que está dormido en las cuentas corrientes!
III
LOS BOLSILLOS Y EL ESPÍRITU DE PROPIEDAD
Viendo, en el Casino, a los empleados de las mesas de juego, se me han
venido a la memoria las reflexiones de un oso: el oso _Atta Troll_,
inmortalizado por Heine. Según _Atta Troll_, los hombres son unos
animales infelices y depravados, y todo su mal proviene de la invención
de los bolsillos. Si los hombres no usáramos bolsillos, no habría entre
nosotros egoísmo, no habría ambición, no habría _tuyo_ y _mío_, no
habría propiedad, no habría tiranía... Seríamos como unos osos de
diferente especie, serios y dignos, aunque aficionados a la danza.
Desgraciadamente, un día los hombres inventaron los bolsillos, y desde
entonces cada uno trata de meter en los suyos lo que debiera estar a la
disposición de todos...