El que quiera trasladarse en ferrocarril al siglo XIII, que no piense en

Santiago. Lo más siglo XIII de Santiago es el viaje. Desde la Coruña se

va en automóvil, pero ¡qué automóvil! Viajando en él, yo he tenido una

sensación de cosa arcaica y primitiva que no hubiese podido tener nunca

viajando en una diligencia. Me parecía así como si el automovilismo

fuese una invención medieval, una invención que se hubiese perfeccionado

en otras partes a fuerza de siglos, pero que hubiese permanecido

estacionaria en el camino de Santiago. Si me aseguran que cuando se

descubrió el cuerpo del Apóstol, aquel mismo automóvil había servido

para conducir a Santiago los primeros peregrinos, yo lo creo sin

vacilar.

En Santiago quise comprar periódicos, pero no había más que _El Correo

Español_ y _El Debate_. Esto también me produjo una impresión de

medievalismo. Se hablaba de la guerra, y a mí me parecía que, ya en el

siglo XIII, se debía de comentar en Santiago la guerra europea con el

mismo criterio.

Lo que me pareció más moderno fue la catedral. En ninguna parte se

encuentran más adelantadas las catedrales medievales. La catedral de

Santiago podía estar perfectamente en Francia, en Inglaterra o en

Alemania, al lado de las fábricas y de los laboratorios. Ante la

catedral de Santiago no se experimenta ninguna impresión de anacronismo.

Esta impresión, si no se ha recibido antes, se recibe después, cuando

uno pregunta las horas del tren para Villagarcía y le dicen a uno que

este tren sólo sale tres veces por semana.

XV

EL BOTAFUMEIRO

Hubo un tiempo en que las catorce puertas de la catedral de Santiago no

se cerraban de día ni de noche. Constantemente llegaban peregrinos de

todas las partes del mundo, que, entonces, sólo eran tres. Venían persas

con las cabezas tonsuradas; griegos que traían tatuado en las manos el

signo de la cruz; ingleses, irlandeses, franceses, italianos, eslavos...

Unos, mudos de nacimiento, querían que el Apóstol les concediese el uso

de la palabra; otros, ciegos, deseaban ver, y muchos sólo se proponían

cobrar una herencia, ya que en la Edad Media, para cobrar una herencia

solía imponerse como condición la peregrinación a Santiago. No faltaban

príncipes que, en vísperas de alguna batalla, viniesen a implorar el

auxilio militar del Apóstol contra sus enemigos. Fuera de la catedral,

unos hombres, sentados en cuclillas, iban apilando a su alrededor

monedas de todos los países. Eran los cambiantes, padres de nuestros

actuales banqueros. Dentro, los peregrinos, agrupados por

nacionalidades, rezaban y cantaban. Cantaban en sus diversos latines

respectivos y se acompañaban con sus instrumentos predilectos. Cítaras,

crótalos, flautas, gaitas, arpas, salterios, trompetas, liras, todo

sonaba allí, y el Apóstol hacía el milagro de armonizarlo. Luego, los

peregrinos se iban a ver las reliquias, guiados por el _lenguajero_, una

especie de intérprete de hotel, que sabía decir en varios idiomas

piedra, corona, cuchillo, hacha, sombrero...

Unos peregrinos viajaban a sus expensas; otros venían implorando la

caridad. La mayoría llegaban rotos, sucios, mugrientos y enfermos.

Algunas veces se declararon en Santiago epidemias muy serias, y el

Apóstol no daba abasto haciendo milagros. Fue entonces cuando se inventó

el _botafumeiro_, «rey de los incensarios», como le llama Víctor Hugo.

El _botafumeiro_ no fue en sus orígenes un objeto litúrgico, sino,

sencillamente, un aparato de desinfección. Lo cargaban con incienso

porque todavía no existía el ácido fénico. Aquellos peregrinos, que

venían directamente desde el fondo del Asia, tenían mucha fe, pero olían

muy mal, y los santiagueses procuraban aislarlos en una nube de

incienso. Si hubieran podido, también se hubiesen untado las narices con

aceite mentolado, y quizás hoy, al olor del aceite mentolado, uno se

llenase de evocaciones religiosas y viese, en su imaginación, coros de

ángeles y serafines...

¡Grandioso _botafumeiro_! Hoy, que la falta de fe lo mantiene ocioso,

¿por qué no se piensa el medio de trasladarlo al Congreso? Cuanto más

animados fuesen los debates, el _botafumeiro_ giraría más velozmente. Y

en vez de procurarse una entrada o de leer el _Diario de las Sesiones_,

uno se limitaría a ver, desde fuera, cómo salía y se elevaba y se

desvanecía el humo.

XVI

CABEZAS DE CERDO

Hace tiempo, los cerdos de Galicia llevaban una vida completamente

patriarcal. Eran, quizás, algo inmorales, eran glotones y tenían una

cierta socarronería muy campesina; pero ninguno de ellos estaba

contaminado por las ideas del siglo. Los chicos de los paisanos crecían

entre ellos, y a veces, chicos y cerdos dormían en la misma habitación.

¿Puede imaginarse nada más virgiliano? En ciudades como Santiago había

quien se llevaba los cerdos a un segundo piso y salía luego a pasearse

con ellos entre los canónigos, los tenientes de la guarnición y los

estudiantes de latín. Una señorita inglesa que estuvo hace algunos años

en la ciudad del Apóstol--la autora de _Galicia. The Switzerland of

Spain_--le preguntó a su hostelera si era cierto lo que se decía de los

cerdos santiagueses como animales de sociedad.

--No son únicamente los cerdos--contestó la interpelada--. Desde su

ventana puede usted ver dos cabras en el piso de enfrente. Sus dueños

las tratan como personas de la familia...

Todavía hay en Santiago quien recuerda a Montero Ríos guiando por las

calles un rebaño de cerdos. Más tarde guió electores. Luego,

diputados...

Sí. Los cerdos llevaban aquí una vida completamente patriarcal. Cuando

les llegaba su San Martín, berreaban horriblemente y estiraban una pata,

que era un jamón. Morían dolorosamente, pero sin remordimientos de

conciencia. Nunca habían tenido ambiciones ni vanidades. Si habían

procurado engordar, no lo hicieron por ellos tanto como por sus dueños.

Engordaron para que sus morcillas fuesen más sabrosas y para que su

tocino le diera más gusto al caldo de las buenas familias en cuyo seno

habían vivido.

Pero ahora hay en Galicia una nueva generación de cerdos. A poco de

estallar la guerra, unos hombres extraños vinieron por aquí y

soliviantaron a los cerdos, a las gallinas y a otros muchos animales

domésticos.

--¿Cuánto os dan aquí por una docena de huevos?--parece que les

preguntaron a las gallinas.

--Y los jamones--dijeron, dirigiéndose a los cerdos--, ¿a cómo los

vendéis?

El cerdo, animal muy tradicionalista, dio un gruñido y no hizo caso. La

gallina cacareó. Pero aquellos hombres hablaron de los mercados

extranjeros, donde todo se pagaba diez veces más que aquí, y hoy

nuestros animales de corral y de alcoba han aprendido ya los caminos del

mundo. El cerdo gallego tiene actualmente sus ideas industriales, ni

más ni menos que si fuese un cerdo de Chicago. Dentro de poco será capaz

de pedir que lo maten automáticamente y que lo desmenucen de un modo

científico.

Las costumbres patriarcales del cerdo gallego van desapareciendo. El

cerdo progresa. Y si esto continúa así, será cosa de recomendar a

nuestros políticos que coman cabeza de cerdo a ver si se les pega algo.

XVII

LA VIEIRA

Uno de los mariscos más dignos de estimación es la _vieira_. Madrid, que

lo ignora todo respecto a provincias, no come _vieiras_, y es una

lástima. Asadas en su concha, con un diente de ajo y un poco de

pimentón, las _vieiras_ son bastante más sabrosas que esos cangrejos de

celuloide con que los madrileños pretenden consolarse de su falta de

mar. En Inglaterra la vieira carece de triptongo; se llama _scallop_, y

este nombre, escaso en vocales, es como si le quitara la mitad del

gusto. Sin embargo, la _vieira_ tiene allí, por lo menos, tanta

popularidad como la ostra. En Francia las vieiras bretonas, las vieiras

armoricanas, gozan de gran reputación y son consideradas un bocado

exquisito. ¿Y saben ustedes cómo las llaman los franceses a las

_vieiras_? Las llaman _coquilles Saint-Jacques_, o conchas de Santiago.

Porque la vieira es el marisco del Apóstol. Es un marisco casi sagrado,

así como otros mariscos son literarios, y otros, políticos. Se cuenta

que cuando el cuerpo de Santiago fue conducido al Padrón, un caballero

que deseaba acompañarlo llegó tarde al puerto. El barco había izado ya

sus velas y se perdía en el horizonte, sobre un mar de oro y de plata.

Entonces el caballero hizo el signo de la cruz y se lanzó audazmente

entre las olas. Durante varios días su caballo fue galopando sobre el

fondo del mar, con gran asombro de merluzas y salmonetes, y cuando

llegaron a Iria Flavia, caballo y caballero estaban cubiertos de

_vieiras_. Desde entonces la vieira ha sido el símbolo de los

peregrinos, y para que éstos no tuviesen que ir a buscarlas debajo del

mar--la experiencia del caballero no se consideraba concluyente y había

el temor de que algún peregrino pudiese morir ahogado--, los

santiagueses se las vendían ya muy bien preparadas. Al principio vendían

conchas naturales. Después hacían conchas de cobre, de plata, de latón,

de porcelana y de azabache. Todavía existe en Santiago la calle de los

Azabacheros, desde donde se ve una fachada de la catedral, y a esta

fachada se la llama la Azabachería. Y muchas casas, que antiguamente

sirvieron de mesones para los peregrinos, conservan aún, como

distintivo, una concha de vieira esculpida a la entrada.

Pocos mariscos unirán, como la _vieira_, una carne tan sabrosa a un

abolengo tan ilustre. Ya, mucho antes de la Edad Media, la _vieira_ le

había servido a Afrodita, surgiendo del mar, para alisarse los húmedos y

admirables cabellos. Hoy Afrodita usa peines bastante más caros; pero

esto no quiere decir nada contra la _vieira_. La _vieira_ es el _pecten

Veneris_ de los antiguos, y el Arte ha buscado mil veces inspiración en

sus curvas sencillas y maravillosas.

De paso en Galicia, tierra de _vieiras_, yo me considero obligado a

hacer la apología de este marisco. Creo que Madrid no debe ignorarlo, y

que mantenerlo más tiempo en el olvido sería una política funesta. Si

Madrid no se interesa por nuestras vieiras, ¿cómo va a interesarse por

nuestros conflictos sociales? Indudablemente, la política central carece

de sensibilidad con respecto a provincias.

XVIII

OPINIONES POLÍTICAS Y LITERARIAS DE LA ROSARIO

Al volver a Madrid, tras una ausencia de mes y pico, soy cariñosamente

acogido por mi buena Rosario, una chica mitad ama de llaves y mitad

cocinera, que arregla mis papeles y cuida de mi estómago.

--Te entrego mi estómago, un poco estropeado por las salsas al por

mayor--le dije al darle posesión de su cargo--, y espero que me lo

trates bien. El estómago es el alma del escritor. Con un poco de acidez

o de flatulencia, yo haría una literatura triste y perdería lectores. Al

nombrarte mi cocinera, te nombro, en realidad, mi colaboradora. Hazme

guisos sencillos, sabrosos y sanos, y de este modo tendremos siempre el

respeto de la crítica y la aceptación del público.

Desde entonces, la Rosario pone sus cinco sentidos en la cocina. A

veces, advierto la desaparición de algún plato, pero no es culpa de la

Rosario.

--Yo no lo rompí. Fue él. Lo tenía en la mano, y se cayó. Se hizo

pedazos contra el suelo...

--Debe de ser un caso de suicidio--observo yo entonces--. El pobre plato

estaría desesperado de la vida.

Otras veces, la carne está espantosamente dura, y la Rosario dice que no

ha querido cocerse. Verdaderamente, ¿qué interés puede tener la carne en

ponerse blanda?

Pero, a pesar de todo, la Rosario es una excelente muchacha. Yo le doy a

leer los libros de mis amigos, y luego le pregunto qué es lo que

opinamos de ellos. La Rosario tiene un criterio literario en el que la

crítica no ha ejercido aún su perniciosa influencia: un criterio sano y

honrado. Algunos autores, al enviarme sus obras, lo hacen dedicándoselas

ya a la Rosario, y no falta quien le prodigue adjetivos laudatorios para

congraciarse con ella.

Ahora, al volver de Galicia, la Rosario me contó todo lo que había

ocurrido durante mi ausencia. Yo había estado más de un mes sin recibir

cartas ni leer periódicos, y quería restablecer mi contacto con la vida

urbana.

--¿Se han suicidado muchos platos? ¿Han traído muchas cuentas? ¿En qué

nuevas aventuras se ha metido el amigo Charlot?...

La Rosario ha ido contestándome a todas estas preguntas y satisfaciendo

así mi curiosidad.

--Y Gobierno, ¿qué Gobierno tenemos ahora?--añadí.

--¿Gobierno? Yo creo que tenemos el mismo.

--Imposible, Rosario. Hace más de un mes que salí de Madrid, y no es

posible que un Gobierno dure tanto. Seguramente tenemos un Gobierno

nuevo.

La Rosario entonces reflexionó un poco, y dijo:

--Quizás. La verdad, yo, que gobiernen unos o que gobiernen otros, no lo

noto nunca...

Y aquí me tiene el lector, ignorando si estoy gobernado por Maura, por

Sánchez de Toca o por Romanones. En casa no lo notamos. Las patatas

cuestan lo mismo. El alquiler no baja. Los guisos salen igual...

EN EL PAÍS DE LA RULETA

I

LOS TEMAS LITERARIOS

Los escritores solemos dirigirnos a «el lector», poco más o menos, así

como los criados se dirigen a «el señor». Desgraciadamente, este

concepto de «el lector» es demasiado vago. Por lo general, el lector

tiene una personalidad multiforme y a veces carece de existencia. Si el

lector--este lector de quien hablamos tanto los escritores--fuese una

realidad concreta y tangible, entonces yo me dirigiría a él y le diría:

--¿Qué artículo de San Sebastián quiere usted que yo le haga? ¿El de la

lluvia? ¿El del jugador? ¿El de las pulgas? ¿El de la Concha? ¿El del

objeto perdido? ¿El de la misteriosa extranjera...?

Porque en San Sebastián no hay arriba de doce temas para artículos. Los

corresponsales madrileños que vienen aquí hacen las mismas crónicas cada

temporada. Yo conozco a un compañero que lleva ya quince sobre la

lluvia. Es un especialista.

¿Cómo se explica el que esta municipalidad, tan adelantada en otras

cosas, no se haya cuidado nunca de darle temas a los escritores? Tal

abandono es verdaderamente lamentable. Una ciudad de placer que no varía

sus temas literarios, una playa que no renueva sus crónicas, está

condenada a muerte. Toda la literatura de San Sebastián resultará una

cosa trasnochada tan pronto como, a orillas del Cantábrico o del

Mediterráneo, se levante otro gran Casino con nuevos temas para los

cronistas. Los periódicos madrileños se apresurarán a mandar allí la

nube de corresponsales que ahora envían a San Sebastián. Al artículo de

la lluvia sucederá el artículo del sol o del relente; la crónica de las

pulgas será substituida por una sobre las chinches o sobre las

cucarachas. ¡Qué placer para los periodistas y para los lectores de

periódicos! Será una transformación literaria comparable tan sólo al

advenimiento del romanticismo. Los veraneantes afluirán en masa a la

nueva playa de moda, y San Sebastián desaparecerá del mundo como centro

de placeres.

Yo he llegado a San Sebastián hace varios días. Mi querido Fernández

Flórez estaba todavía aquí.

--Supongo--le dije--que me habrá dejado usted algún tema disponible,

aunque sea de segundo o tercer orden.

Fernández Flórez se rascó la cabeza.

--Veamos, veamos--insistí yo--. Ha hecho usted ya el artículo de la

lluvia, el del Casino, el de las pulgas...

Los había hecho todos, y, además, los había hecho como yo precisamente

hubiese querido hacerlos.

«Voy a tener que volverme a Madrid», pensaba yo.

En esto transponíamos las puertas del Casino, y yo observé que el

portero era tuerto.

«¡Qué coincidencia!--exclamé--. Este portero tuerto, aquí donde se juega

tanto dinero... ¿Es que habrá todavía en San Sebastián una crónica por

hacer?»

Pero Fernández Flórez ya había hablado también del portero tuerto...

El Municipio de San Sebastián creerá, sin duda, que esto de los temas

literarios es cosa de los escritores; pero San Sebastián no tardará en

sufrir las consecuencias de tan profundo error. Yo creo que es cosa de

los concejales, del Casino, de las sociedades de atracción de

forasteros, de las comisiones de festejos, etcétera, etc. Estas

entidades debieran renovar cada temporada los temas periodísticos de San

Sebastián, a fin de que ningún corresponsal permaneciera aquí ocioso.

Más que de dinero se trata de organización. Con seis temas inéditos por

temporada, San Sebastián podría ir tirando todavía.

II

EL TREINTA Y CUARENTA

¡Hagan juego, señores...!

Sobre la mesa van cayendo fichas de un duro y de cuatro duros, y placas

de 50, de 100, de 500 y de 1.000 pesetas. Las raquetas van y vienen,

manejadas por manos febriles. Un señor, alargando trabajosamente el

brazo por entre la muchedumbre, pone 1.000 pesetas a encarnado. Es un

jugador de _a pie_. Los empleados dividen a los jugadores en dos

categorías fundamentales: jugadores de a pie y jugadores sentados, y la

primera categoría es la única que les infunde cierto pavor. Si el

jugador de a pie gana, en efecto, hay muchas probabilidades de que se

vaya con la ganancia. Puede dar un pase, dos, tres y marcharse con 15 o

20.000 pesetas. En cambio, el jugador sentado no importa que amontone

algún dinero. La banca siempre tiene esperanzas de recuperarlo.

--¡Hagan juego...!

Los mirones encuentran floja la partida.

--Esto está aburridísimo--dicen--. No hay sangre...

Algunos reconvienen a sus amigos.

--¿Por qué juega usted a ese paño? Es absurdo...

Y luego, si por casualidad aciertan, insistirán en sus censuras,

llenando de vituperios a los pobres perdidosos.

--¿No se lo dije yo a usted? Si era infalible...

--Yo prefiero ganar diez duros a negro--murmura una voz--que 1.000

pesetas a encarnado. ¡Qué quiere usted! Es una manía. Además, no me

sería posible jugar a encarnado. ¡Hace ya noventa y un años que juego a

negro...!

Vuelvo la cabeza y veo a un viejecito que empuja las fichas con una

raqueta temblorosa. Debe de sentirse próximo a la muerte, y por eso no

juega a encarnado. Acaso ganara; pero por unos cuantos duros no va a

dejar a última hora su camino de siempre. ¡Qué hermoso ejemplo de

consecuencia para los políticos! Yo lo someto a la consideración de un

distinguido diputado, el cual se echa a reír.

--Ya ves. En solo media hora he ganado 20.000 pesetas con mi juego de

alternativa...

El _croupier_ va cantando con un acento muy francés:

--Siete... Cuatro... _Encagnado_ gana _et colog_.

--¡Qué le vamos a hacer!--suspira el viejecito.

Y vuelve a jugar a negro. Su cara está alegre, sonriente, satisfecha. Se

ve que este hombre, tan próximo al umbral de la otra vida, lo traspasará

sin temor alguno. Ha sido un hombre leal. Ha cumplido siempre, sin

vacilaciones, el deber que se impuso noventa y un años atrás. Su

conciencia está tranquila. Cuando Dios le llame a juicio y le pregunte

si jugó alguna vez a encarnado, él dirá:

--Nunca. Seguí el negro en la adversidad como en la fortuna, en sus

horas buenas y en sus horas malas, cuando todos acudían a él lo mismo

que cuando se veía abandonado de todos...

--Dos...--canta el empleado.

Y, extendiendo sobre la mesa otra hilera de cartas, vuelve a cantar:

--Dos...

Es un _aprés_. Uno de los que juegan a negro retira su postura.

--Hace usted mal--le dice un mirón--. Eso lo que demuestra es la fuerza

de la baraja. Ya ve usted si será fuerte el encarnado, que ni a dos

puede ganarle el negro.

--¿Cuántos encarnados van?--pregunta alguien.

--Cuatro.

--Es una racha. Hay que aprovecharla...

Llueven sobre el encarnado fichas, placas y billetes. Los postores de

grandes sumas las hacen asegurar. Naturalmente que este seguro no es

contra la pérdida. No se ha llegado aún a constituir una compañía que

asegure las rachas de un color contra el color contrario. Es únicamente

para el caso de que se dé un _aprés_ de treinta y una. Por un duro cada

cien duros o fracción de cien duros, el jugador garantiza su capital

contra lo que constituye el cero del treinta y cuarenta.

Se produce una gran emoción. Al griterío de hace un segundo sucede un

silencio imponente. Estamos como en el circo, cuando para la música y se

avecina el ejercicio peligroso.

El empleado comienza a echar las cartas, y el encarnado saca dos.

--¿Otra vez dos?

--¡Malo! ¡Malo...!

--Ahora quiebra la racha...

Y, en efecto, quiebra la racha. El negro gana. Las raquetas de los

empleados, miradas con ojos de perdidosos, parecen enormes...

--¿Ha visto usted con lo que se sale ahora la baraja?--exclama uno de

los que habían puesto a encarnado--. Mire usted...

Y enseña su cartón. Estos cartones están divididos en columnas donde se

marcan con puntos los colores que ganan. En una columna se ponen los

puntos correspondientes al negro, y, en otra, los correspondientes al

encarnado. Luego se trazan las líneas de punto a punto y se va

obteniendo un gráfico del juego, que es algo así como el gráfico de una

fiebre tifoidea. Hay juegos serpentinos, de línea inquieta, que salta

constantemente de columna a columna y que podrían llamarse juegos de

alambique. Hay juegos casi rectos, en los que se dan 10, 15, 20 negros o

encarnados sucesivos. Hay juegos mixtos... Lo malo es que el gráfico del

juego no se conoce hasta el final. El jugador que ve salir cuatro negros

consecutivos deduce que el juego lleva una dirección recta, y haciendo,

a su vez, un juego recto, pone su dinero a negro. Naturalmente que, a lo

mejor, sale encarnado. Entonces el jugador dice que ha quebrado el juego

y considera que la baraja se ha hecho traición a sí misma. Yo me inclino

a creer que los jugadores se precipitan en sus juicios sobre las

barajas. ¿Que por qué, si a la postre iba a resultar que se trataba de

una baraja de alternativa, ha comenzado el juego con cuatro encarnados?

¡Quién sabe! A lo mejor la baraja lo hizo para despistar...

--Ha quebrado el juego. Mire usted mi cartón...

En realidad, lo único que ha quebrado es la línea.

Todo el mundo pierde, excepto el viejecito y un señor que había puesto

1.000 pesetas a negro.

--¡Por no saber jugar!--murmura un técnico, en discusión con otro

jugador--. Ese señor ha ganado, ¿y qué? ¿Es que demuestra algo el que

haya ganado ese señor?

Porque ante la teoría general, ante la ley profunda del treinta y

cuarenta, los hechos aislados carecen de importancia. ¿Es que se va a

destruir con 1.000 pesetas toda una filosofía?

--Oye, dame dos duros--dice una voz femenina.

--Pídeselos a Marquet--contesta una voz masculina.

--Es que ya ves lo que ha pasado. Ha quebrado la racha...

--Yo llevo perdidas ya 40.000 pesetas desde el mes de agosto--le dice

una amiga a la pedigüeña.

--¿Cuarenta mil pesetas? Y ¿a quién se las has perdido?

--Se las perdí a varios. Si fuese para comer, no me las hubiesen dado...

Un jugador abandona su asiento con cara de malhumor.

--¿Perdió usted mucho?

--No. Perdí poco; pero lo que más me indigna es ver ganar a los amigos.

Que yo pierda, pase. Que ganen los desconocidos, pase. Que ganen los

amigos, eso, francamente, me desespera.

Se oye la voz del empleado, que domina todas las otras.

--¡Hagan juego, señores...!

La mesa se llena de miles de pesetas. ¡Y luego diremos que el dinero

español carece de audacia y que está dormido en las cuentas corrientes!

III

LOS BOLSILLOS Y EL ESPÍRITU DE PROPIEDAD

Viendo, en el Casino, a los empleados de las mesas de juego, se me han

venido a la memoria las reflexiones de un oso: el oso _Atta Troll_,

inmortalizado por Heine. Según _Atta Troll_, los hombres son unos

animales infelices y depravados, y todo su mal proviene de la invención

de los bolsillos. Si los hombres no usáramos bolsillos, no habría entre

nosotros egoísmo, no habría ambición, no habría _tuyo_ y _mío_, no

habría propiedad, no habría tiranía... Seríamos como unos osos de

diferente especie, serios y dignos, aunque aficionados a la danza.

Desgraciadamente, un día los hombres inventaron los bolsillos, y desde

entonces cada uno trata de meter en los suyos lo que debiera estar a la

disposición de todos...

La rana viajera · 第 4 / 9 段