otra no dice ni una palabra.
Yo me compadecí de la infeliz porque la mudez me parece una gran
desgracia para una niña casadera. Afortunadamente, sólo se trataba de
una mudez artística. La chica tenía una lengua bastante suelta; pero el
director no se atrevía a confiarle más que papeles silenciosos.
--Y ¿por qué no la dejan hablar?
--Por el acento--me respondió la afligida madre--. Nosotras somos
gallegas, y en esta compañía no se puede tener acento. ¿Se cree usted
que, de no ser por el acento, vendrían mis niñas en segunda? El acento
es nuestra desgracia. Afortunadamente, la mayorcita ya va perdiéndolo...
La mayorcita, en efecto, sabía decir sin acento «¡hola, vizconde!», «yo
lo tomo sin azúcar» y demás frases de alta comedia; pero la pequeña era
incorregible y, mientras no perdiese el acento, no la permitirían
hablar. En aquella compañía se suponía, probablemente, que la acción de
todas las comedias ocurre en la Luna. No se le autorizaba a nadie acento
ninguno. Una marquesa con dejo gallego o catalán, andaluz o madrileño,
les resultaba inadmisible, como si las marquesas no nacieran en ninguna
parte. Y la pobrecita muda no podría romper a hablar hasta que hubiera
desnaturalizado su voz por completo y lograra expresarse como un
fonógrafo. Mientras tanto, su madre le cuidaba el acento lo mismo que
pudiera cuidarle una enfermedad del hígado.
--Fíjate, mujer--solía decirle--. Ayer estabas bastante aliviada, pero
hoy te encuentro mucho peor.
--¡Qué quiere usted, mamá! Debe de ser el mareo...
El acento es uno de los grandes encantos de Galicia. Cuando yo llegué,
los primeros amigos a quienes vi prorrumpieron en ayes lastimeros.
--¡Fulaniño!--me decían--. Vendrás muy cansadiño. ¡Pobriño!...
Parecía que lloraban, y lo que hacían era manifestar una gran alegría.
Son los inconvenientes de este acento tan dulce.
Pero yo no quiero hacer comentarios sobre el acento gallego. En esto de
los acentos tengo una experiencia algo desagradable y no desearía
repetirla con mis propios paisanos.
VII
ANTONIÑO
Hará cosa de dos o tres meses, _Antoniño_ fue a confesarse, y en el
curso de su confesión, le dijo al cura que leía periódicos.
--¡Malo! ¡Malo!...--refunfuñó el cura--. No veo qué necesidad tienes tú
de leer periódicos. ¡Siquiera fuesen de la buena Prensa!... Pero,
seguramente, serán de la otra.
Eran de la otra, en efecto, y _Antoniño_ lo reconoció así, aunque
aduciendo un motivo justificante.
--¡Qué quiere usted, padre!--exclamó--. La buena Prensa es tan mala!...
--No hay más Prensa mala que la mala Prensa--repuso el cura
sentenciosamente--. Y vamos a ver, ¿qué periódicos son esos que tú
lees?...
--Leo _El Sol_--dijo Antoniño.
--_¿El Sol?_
--_El Sol_.
--¿Un periódico de diez céntimos?
--Justamente.
Un periódico de diez céntimos--pensó quizás el cura--debe de ser tan
malo como dos periódicos de cinco. Luego, en voz alta, continuó:
--¿Un periódico que no admite el anticipo reintegrable?
--Sí, padre--contestó _Antoniño_ ya medio anonadado.
--¿Un periódico--interrogó aún el cura--que hace campaña contra el
espionaje alemán?
_Antoniño_ no podía negar.
--El mismo, padre--suspiró--. ¡El mismo!...
--Pues, hijo mío--dijo entonces el cura--. Lo siento mucho, pero no te
puedo dar la absolución.
_Antoniño_ se quedó aterrado. Si le hubiesen dejado sin novia, tal vez
hubiera podido resignarse. Hubiera podido también vivir algún tiempo sin
empleo, pero, ¡sin absolución!...
--Pues yo--le dije a _Antoniño_ cuando el pobre muchacho me contaba sus
cuitas--. Yo creo que, en caso necesario, podría vivir sin absolución.
He visto personas que viven con un pulmón sólo, y otras que carecen
totalmente de bazo. Y aun he visto algo más curioso, _Antoniño_, he
visto hombres que viven sin dinero y que viven muy bien... En Madrid hay
la mar.
--En Madrid es diferente--observó _Antoniño_--. Aquello es una gran
ciudad. Yo no digo que allí me fuese de todo punto indispensable la
absolución; pero, ¡aquí!... ¿Cómo quiere usted que viva aquí sin
absolución un pobre tonelero?
--Y ¿qué pasó por fin? ¿No te dieron la absolución?
--¡Quia!... ¡Si fuese el cura de Ribalta!... Aquel sí que es un cura
campechano. Todas las muchachas van a confesarse con él porque las
absuelve siempre y les pone unas penitencias muy pequeñas.
«Divertíos--les dice--. Tiempo tendréis de rezar si no encontráis mozos
de ley que se casen con vosotras»... Pero el cura de aquí es muy
estricto. ¡Y eso que yo le regalo de cuando en cuando unos huevos o unas
manzanas! ¡Para que digan que los hombres de iglesia son agradecidos!
--¿De modo que no te dio la absolución?
--No, señor. Me dijo que no me la daba aunque me borrase del periódico
aquel mismo día. Todo el pueblo se enteró. Algunas personas dejaron de
saludarme, y en la fábrica estuvieron a punto de quitarme el pan.
Entonces yo me marché a la ciudad, dispuesto a conseguir una absolución,
aunque me tuviese que gastar doscientos reales. ¡Qué demonio! Para estos
casos quiere uno el dinero. Llegué a la iglesia, me senté al
confesionario, y lo primero que le dije al cura fue esto: «Acúsome,
padre, de leer _El Sol_».
--¿Así lo dijiste, _Antoniño_?
--Así, sí, señor, y con la misma tranquilidad con que hubiese podido
decir «buenos días». No se figure usted que yo soy un gallina.
--Y el cura, ¿qué te contestó?
--El cura me preguntó que si eso de _El Sol_ era una novela, y cuando yo
le expliqué que era un periódico de diez céntimos, me dijo:
--Si es de diez céntimos, debe de ser bueno...
--¿Y conseguiste la absolución?
--Ya lo creo. En las ciudades se consigue todo. Pero yo quería vengarme
del cura de aquí, y al día siguiente, cuando estaba sirviendo la
comunión, me puse con los demás, y me la tuvo que dar él mismo. El ya
debía de comprender que yo tenía mi absolución en el bolsillo; pero, ¡si
viera usted qué cara me puso!...
--¡Bravo, _Antoniño_! Y, ¿sigues leyendo _El Sol_?
--Sí, señor.
--Pues dentro de unos días leerás en él tu historia. La gente no va a
creerla, pero ahí estás tú para dar fe.
--Es que... si por casualidad se enteran en la fábrica y me despiden...
--Descuida, _Antoniño_. No daré detalles y seguirás conservando todos
los elementos necesarios a tu vida: un empleo, una novia, una
absolución...
VIII
UN AMIGO DE MISTER BORROW
Allá por el año de 1835 cayó en España un inglés estrafalario que venía
a vender biblias. Un día este inglés llegó a Pontevedra con una carta de
recomendación para el Sr. García, notario de la ciudad. El señor García
resultó ser un patriota entusiasta, pero en un sentido puramente local,
según cuenta el inglés. Su patria era Pontevedra, y el extranjero, Vigo.
--Esos tíos de Vigo--exclamaba--dicen que su ciudad es mejor que la
nuestra y que debiera convertírsela en capital de la provincia. ¿Ha oído
usted alguna vez una locura semejante? ¿Se le hubiese ocurrido a usted
nunca comparar a Vigo con Pontevedra?
--Yo no sé--replicó el inglés--. Yo nunca estuve en Vigo; pero he oído
decir que la bahía de Vigo es la mejor del mundo.
--¡La bahía!--refunfuñaba el Sr. García--. ¡La bahía!... Sí. Esos
canallas tienen una bahía, y con ella nos han robado a nosotros todo el
comercio; pero, ¿para qué necesita tener bahía una capital de provincia?
¡La bahía! Yo espero--continuó el Sr. García, dirigiéndose al
inglés--que usted no ha venido desde tan lejos para tomar la defensa de
una taifa de bandidos como esos de Vigo.
--No--contestó el inglés--. En realidad yo ignoraba que los vigueses
necesitasen mi auxilio en esta disputa. Lo único que me propongo hacer
con ellos es llevarles el Nuevo Testamento, del cual, evidentemente,
tienen mucha necesidad si son tan golfos y tan canallas como usted los
pinta...
Y largo rato después, todavía el Sr. García refunfuñaba:
--¡La bahía!... A mí nunca se me ha alcanzado con qué derecho puede
tener bahía un pueblo como el de Vigo...
Yo había leído este diálogo, que acabo de traducir casi literalmente, en
_La Biblia en España_, de Jorge Borrow, que así se llamaba aquel inglés
estrafalario, hoy una de las glorias más puras con que cuenta la
literatura inglesa. Lo había leído hace tiempo, y creía que el Sr.
García, ya no muy joven a comienzos del siglo pasado, yacería ahora bajo
su amada tierra pontevedresa, quizás alimentando con sus despojos algún
castaño o algún cerezo. Pero España es el país donde no se muere nunca
completamente. Al llegar a Pontevedra uno se encuentra en seguida con el
Sr. García, que comienza a hablarle mal de Vigo.
La lucha entre Vigo y Pontevedra continúa hoy igual que en el año 1835.
Y lo que ignora el Sr. García, como si desde que habló con Mr. Borrow no
hubiesen pasado días ningunos, es que, frente a Vigo, Pontevedra no es
Pontevedra, sino más bien Madrid. Pontevedra es el Ministerio de
Hacienda, y el de la Guerra, y el de Fomento, y el de Gobernación.
Pontevedra es la Administración, y Vigo es la Geografía. Si Vigo llegase
a ser un día el centro de comunicaciones más importante entre Europa y
América, yo no creo que el pueblo pontevedrés perdiese nada con ello. La
bahía de Vigo vendría a ser entonces, sencillamente, una bahía de
Pontevedra. Algo así como su propia bahía de usted, querido Sr. García.
En cuanto a los vigueses, yo temo que su bahía sea superior a su
ambición. Con una ambición digna de una bahía tan hermosa, los vigueses
debieran considerar a Pontevedra como un barrio del Vigo futuro. ¡El
barrio aristocrático, el barrio oficial a unos veinte kilómetros y pico
del barrio mercantil! El barrio de los notarios viejos, como aquel
excelente y parroquial señor García, que, después de comprarle algunas
biblias a Borrow, le dijo:
--Si alguna vez tiene usted ocasión de hablar de mí en letras de
imprenta, no deje usted de hacerlo. Ya sabe mi nombre y mis títulos:
Señor García, notario público de Pontevedra...
IX
EL ARADO VIRGILIANO
Si, al escribir su _Historia del Arado_, hubiera tenido que limitarse a
Galicia, el doctor Raer, por muy sabio, por muy pesado y por muy alemán
que fuese, no hubiese podido llenar arriba de unas veinte páginas. El
arado gallego, como la mujer honrada, carece de historia. Es un
instrumento prehistórico, cuya imagen exacta se encuentra en algunas
tumbas etruscas y creo que en ciertas monedas celtíberas. Don Casto
Sampedro, un distinguido arqueólogo que se pasa la vida recogiendo
curiosidades celtas y romanas para el museo de Pontevedra, debiera
llevarse allí un arado y, con poco esfuerzo, dotaría así de una
antigüedad indiscutible a la simpática institución.
Los carros gallegos tampoco han progresado mucho más que el arado. Al
avanzar, sus ruedas producen un sonido agudo que se va modulando en
inflexiones lentas y quejumbrosas. Dicen que este sonido anima a los
bueyes y les hace seguir andando. También se podría sostener que el
ruido de unas botas nuevas anima al que las lleva y le impulsa a
continuar su camino... Dicen que sirve como de bocina para avisar a los
carros que vengan en dirección contraria, y es indudable que al ruido de
unas botas nuevas cabría atribuirle asimismo un objeto muy semejante...
Yo me he pasado horas y horas oyendo la voz de los carros gallegos. Me
parecía una voz familiar, y tenía la sensación de haberla oído ya, hacía
muchísimos siglos.
_Chirrar d'os carros d'a Ponte_
_Tristes campanas d'Herbón..._
Los carros gallegos cantan, y los poetas cantan el canto de los carros
gallegos. No les hablen ustedes a estos poetas de sembradoras mecánicas
ni de trilladoras automóviles. Semejantes chismes destruirían la poesía
del campo, y entonces no habría certámenes literarios, ni flores
naturales, ni nada. Las chicas elegantes, perdida toda esperanza de que
se las nombrase reinas en alguna fiesta del gay saber, no les harían ya
ni pizca de caso a los pobres poetas, quienes tendrían que limitar su
vida al prosaico empleíllo de la Delegación de Hacienda o de la
Diputación provincial. El hijo ilustre de la provincia, varias veces ex
ministro, no vendría nunca más de mantenedor a pronunciar discursos
grandilocuentes, y sus opiniones estéticas quedarían inéditas en lo
porvenir... Sería la ruina de la poesía; y, ¿qué se iba a hacer sin
poesía en las capitales de segundo y tercer orden?
No. Los poetas quieren el carro primitivo y el arado virgiliano. Yo
tengo grandes sospechas de que si Virgilio viviese hoy, cantaría la
trilladora mecánica; pero Virgilio ha muerto, y su arado es como una
herencia que les hubiese dejado a todos sus sucesores. ¡El arado
virgiliano! ¡El carro venerable! ¡La campiña arcádica, por donde los
ríos se deslizan mansamente!... En el fondo, es posible que los poetas
tengan razón y que más valiera el que las cosas siguiesen así. Lo malo
es la competencia. Cuando los ríos de otras partes se han puesto de
lleno a trabajar y están constantemente transportando cargamentos y
moviendo turbinas, los nuestros tienen que prepararse a la defensa. Con
unos ríos ociosos y un material agrícola prehistórico no se puede
conseguir ya nada más que una flor natural en algún certamen literario
de provincias, una escribanía de plata o una colección de las obras
completas del marqués de Figueroa.
X
PROPIEDAD, ABOGADISMO, POLÍTICA
Excepto el autor de estas líneas, todos los gallegos son propietarios.
El pobre más pobre puede siempre cosechar un repollo y ponerlo a hervir
en su olla al amparo de cuatro tejas familiares. Difícilmente podrá
encontrarse país alguno donde la propiedad esté tan distribuida como en
Galicia. Hay fincas como una alcoba y otras como un pasillo. De algunas
huertas apenas si lograrían sacarse al año patatas bastantes para un
banquete de treinta cubiertos. ¿Quién va a comprar, para cultivarlas,
máquinas sembradoras ni tractores automóviles?
Esta subdivisión de la propiedad no creo que resuelva, ni muchos menos,
el problema de alimentar al campesino; pero, en cambio, mantiene al
abogado. Cada ferrado de terreno gallego está siempre en pleito con uno
de los ferrados de terrenos vecinos. El solo hecho de la entrada a una
finca que, muchas veces, se encuentra rodeada de veinte o treinta, suele
ser un semillero de cuestiones, y, mientras se arruina el campesino, el
abogado engorda. Bien es verdad que los campesinos son también un poco
abogados. Todos son abogados aquí, unos con título y otros sin él. Yo no
sé si la marrullería gallega es una consecuencia de la subdivisión de la
propiedad, o si los gallegos han conseguido que la propiedad se
subdividiese gracias a su proverbial marrullería. Lo que sí sé es que
ambas cosas se relacionan y se apoyan, dando origen a una tercera: la
política. Este ambiente abogadil de intrigas constantes y de habilidades
pequeñas no puede ser más a propósito para la formación del político
español. De él salió Montero Ríos, su representante máximo, con toda esa
caterva de hijos, sobrinos, yernos, amigos y contertulios que nos
mangonean todavía...
Hay quien opina que subdividir la propiedad es una manera de abolirla y
que no existe diferencia entre el que la propiedad sea de todos y el que
no sea de nadie. Es como si a cada uno nos diesen un balón de oxígeno
para respirar y nos dijesen que eso equivalía exactamente al uso libre
de la atmósfera. La socialización de la propiedad se hará en toda España
antes que en Galicia, donde no falta quien ya la considere hecha. En
Galicia la tierra es de todos; pero tan pronto como un gallego traspone
su propio ferrado de secano o de regadío, cada paso que da le cuesta un
pleito. Los andaluces tienen una fama de generosos contraria a la de los
gallegos, y es muy posible que esta fama esté justificada. Andalucía es
un país de proletarios, donde el espíritu de propiedad no ha tenido
ocasión de difundirse. Galicia, en cambio, es un país donde todos poseen
algo, a excepción de algún escritor más o menos original, como el autor
de esta crónica.
XI
EL CELTA MIGRATORIO
¿La emigración?--me dice un amigo--. Pero, ¿usted cree que la emigración
es un mal? Todo el dinero que ganan los gallegos en América viene luego
aquí, a mover nuestra industria. Y no es sólo dinero lo que los indianos
hacen circular entre nosotros, sino también espíritu de progreso y de
tolerancia. Con su acento absurdo, diciendo San Jorge de Bolsas en vez
de San Jorge de Sacos, y cosas por el estilo, los gallegos que vuelven
de América están modernizando Galicia. Desengáñese usted. La emigración
es un bien...
Yo estaba ya completamente desengañado. Creo que la emigración es un
bien; pero en esto, precisamente, consiste el mal. Hay circunstancias en
las que un hombre no tiene más recurso que ponerse al servicio de otro
hombre si no quiere morirse: a ese hombre le conviene hacer de criado;
pero, indudablemente, el estado de criado no constituye un estado
envidiable. La emigración es un bien, y esto es lo malo. También es un
bien salir de presidio; pero sería mucho mejor no haber entrado en él.
Hay quien atribuye la emigración de los gallegos a su sangre celta, y
apoya esta opinión con el dato de que Irlanda, uno de los pueblos donde
la raza céltica se conserva más pura, es también pródiga en emigrantes.
Yo no quiero negar el espíritu aventurero de la raza céltica, a la que,
según parece, tengo el honor de pertenecer; pero, ¿por qué es tan
aventurera esta raza? En 1845 la patata irlandesa fue agostada por no sé
qué enfermedad, y desde entonces al 1850 más de un millón de irlandeses
huyeron a los Estados Unidos. Los irlandeses se sintieron en aquellos
años más celtas que nunca. Después desapareció la enfermedad de la
patata, y la emigración irlandesa disminuyó en un 80 por 100. Amigo
lector; cuando vea usted a un celta migratorio, ofrézcale una patata y,
acto continuo, lo convertirá usted en un europeo sedentario. Las razas
aventureras lo son por falta de patatas, por falta de pan, por falta de
libertad. Se echa de sus casas a los judíos, a los polacos y a los
armenios, y una vez que se les ha echado, al verlos correr el mundo, se
dice que tienen un espíritu muy aventurero. Si, en efecto, lo tienen,
que Dios se lo conserve, porque buena falta les hace...
La emigración es un bien para Galicia y para España; pero, sobre todo,
lo es para América. Por cada mil pesetas en dinero que los emigrantes
mandan aquí, ¿cuántas no se dejarán allí en trabajo? Desgraciadamente,
aquí el trabajo no les produciría nada, y la emigración sigue. En
Galicia no se ven apenas más que mujeres, viejos que ya han vuelto de
América, niños que esperan a ir, caciques y curas. Por cada revista
madrileña que llega a Galicia, hay cinco o seis revistas argentinas. No
falta en Galicia quien tome su mate por las tardes leyendo _Caras y
Caretas_ o _El Mundo Argentino_. Y a mí el separatismo político no me
asusta; pero este separatismo práctico me parece una cosa muy seria.
XII
GRANDES HOMBRES
Las provincias están llenas con estatuas de grandes hombres, sin contar
las grandes mujeres, como Concepción Arenal y doña Emilia Pardo Bazán.
Y, ante este fenómeno, yo no puedo menos de preguntarme:
--¿Hay muchas estatuas porque hay muchos grandes hombres, o hay muchos
grandes hombres para que haya muchas estatuas? ¿Quién hace a quién? ¿El
escultor es una consecuencia del grande hombre, o el grande hombre una
consecuencia del escultor?
Desde luego, parece evidente que los grandes hombres, en caso de
necesidad, podrían, bien que mal, arreglárselas sin escultores. En
cambio, los escultores se verían bastante apurados el día en que hubiese
una huelga de grandes hombres.
Un escultor amigo mío, hablándome de cómo iba el hombre resolviendo su
vida, me decía recientemente:
--Tengo bastante que hacer. Antes sólo había trabajo en España para una
media docena de escultores. Ahora trabajamos constantemente cerca de un
centenar.
Yo me acordé entonces del Sr. Salaverría y de sus imprecaciones contra
el pesimismo. Indudablemente--me dije--el Sr. Salaverría tiene razón.
Estamos en un período de gran florecimiento. ¿Cómo puede encontrarse en
decadencia un país que produce grandes hombres bastantes para emplear a
cien escultores diarios?
Pero luego me asaltó la idea de que, si España dejase de producir
grandes hombres repentinamente, esos cien escultores no iban a morirse
de hambre.
--A falta de grandes hombres--pensé--, se arreglarían con hombres
medianos, y hasta con hombrecitos chiquitines.
Y de situar esta hipótesis en el porvenir a trasladarla al presente no
había más que un paso. No son los grandes hombres quienes hacen a los
escultores, sino los escultores quienes hacen a los grandes hombres. Se
van por las capitales de provincia y trabajan el artículo.
--Pero ¿es posible?--exclaman--. ¿Cómo tienen ustedes esta alameda así,
sin un grande hombre ni nada?
--¿Un grande hombre?
--Sí. Un grande hombre. Un hijo ilustre de la provincia.
Los provincianos no se acuerdan de ninguno.
--Fíjense ustedes bien. No faltará por ahí un filántropo, un héroe, un
cronista local, aunque sea un ex ministro.
Generalmente, se acaba por elegir al ex ministro, y el escultor, que ya
suele tener preparados cuerpos para ex ministros, para filántropos y
para generales, no hace más que preparar la cabeza y enchufarla. En una
ciudad, cuyo nombre no importa, el poeta local fue desechado porque era
tuerto, y se le sustituyó con un abogado.
--¡Un tuerto!--decía el escultor--. Si me dieran ustedes un ciego, les
haría una obra magnífica; pero, ¡por Dios!, no me den ustedes un tuerto.
--Es que es el único hombre de algún mérito que tenemos por aquí. El
único digno de una estatua.
El escultor fue irreductible:
--¿Cómo va a ser digno de una estatua un tuerto? ¿Cómo va un tuerto a
tener mérito?
Los que no somos tuertos no debemos desconfiar todavía de llegar a tener
nuestra estatua; pero, para adquirir una personalidad algo estatuaria,
debemos dejarnos crecer la barba y vestir siempre de levita.
XIII
¿QUIÉN SOY YO?
¿Sabe usted quién soy yo?--me dice un señor, colocándose en plena luz
delante de mí.
Positivamente yo no sé quién es este señor, pero me guardo muy bien de
decirlo así, porque temo entristecerlo.
--Tengo una idea--le contesto--. Su cara de usted no me es
desconocida...
--Fíjese usted bien...
Me fijo bien.
--¿No ha visto usted nunca caras parecidas a la mía?
Indudablemente, yo he visto caras parecidas a la de este señor: caras
con una nariz, caras con unos ojos, caras con unos bigotes... También he
visto sombreros de jipi-japa semejantes a este sombrero de jipi-japa.
Sin embargo, no caigo.
--No hay duda--exclamo--de que yo le conozco a usted; pero, así, de
momento, no doy con el nombre...
--¿De modo que no puede usted decirme quién soy yo?
--No, señor...
El hombre se queda muy apesadumbrado. ¿Se tratará, acaso, de un hombre
que ignora su estado civil y que pretende averiguarlo preguntándoselo a
las gentes? ¿Considerará este hombre, tal vez, que, siendo periodista,
yo debo estar mejor informado que las otras personas? ¡Caso triste, en
verdad, el de un señor que no sabe quién es y que no encuentra quien se
lo diga!... Yo comienzo a afligirme, pero el señor me recita de pronto
su nombre, su edad, su profesión, sus apellidos y sus motes.
--¿De modo que usted sabía quién es?--exclamo.
--Claro está.
--Y entonces--prosigo--, ¿con qué objeto me lo preguntaba usted a mí?
No me lo preguntaba para informarse, sino que lo hacía con una intención
perfectamente capciosa.
Yo permanezco algo desconcertado, y al poco rato comparece otro hombre.
--¡Hola!--exclama el otro hombre--. ¿No sabes quién soy?
--No sé quién eres.
--Y éste--añade señalando a un compañero suyo--, ¿tampoco sabes quién
es?
--Tampoco. No sé quiénes sois; pero tal vez puedan informaros en el
Juzgado municipal.
Desde que estoy en el pueblo, numerosas personas se me han acercado para
que les diga sus nombres. Al principio procuraba complacerlas y hacía
esfuerzos inauditos a fin de recordar bien. Ahora ya no me canso. Se
trata de un _sport_ local que no me interesa gran cosa. Faltas de otro
entretenimiento, las gentes esperan aquí cinco, diez o quince años el
regreso de algún convecino viajero para preguntarle quiénes son. Quieren
ver si uno ha conservado la memoria durante sus viajes, y, si el tabaco,
por ejemplo, se la ha estropeado a uno, entonces le consideran a uno un
hombre terriblemente orgulloso.
XIV
EL CAMINO DE SANTIAGO