No se indigne el autor del monumento por estos cálculos que yo hago

sobre la densidad de la chistera campoamorina. O somos realistas, o no

lo somos. Uno no puede, a voluntad del artista, fijar su atención en

tales detalles y apartarla de tales otros. El autor parece haber puesto

un gran interés en hacernos observar que las botas del poeta tienen seis

botones cada una. ¿Cómo podrá luego pasarnos inadvertido el peso de

aquella chistera tan ostensible? Y además, ¿qué hace allí aquella

chistera, ya que el poeta está descubierto?

Si la escultura representa la eternidad, puede decirse que D. Ramón de

Campoamor ha entrado en ella como si no fuera a permanecer más que unos

breves instantes. Ha entrado de paso en la eternidad, con unas botas de

cartera, y ha dejado al alcance de la mano, para cuando llegue el

momento de retirarse, su chistera de mármol y sus guantes del mismo

material. A mí me da la idea de que ha ido en tranvía y de que está allí

un poco azorado, como en una visita de cumplido. Sus personajes--la

anciana de la cofia, la niña que tiene el pecho de cristal, etc.--le

rodean, y según decía la admiradora desconocida, parece que están

hablando. Parece que están hablando y hablando en prosa, y esto es lo

malo, porque en escultura no se debe hablar. Parecen, en fin, un grupo

fotográfico de escultura _Kodak_.

Algunas veces yo había acariciado el propósito de ser un grande hombre,

como tantos otros; pero ahora he resuelto renunciar definitivamente a

semejante idea. Mientras la inmortalidad sea una cosa tan parecida a la

vida corriente, y mientras en ella deba uno preocuparse también del

almidonado de la tirilla, no creo que valga la pena ser inmortal.

XVI

UN ADMIRADOR

Parece que hay escritores a quienes el público anima dirigiéndoles, con

más o menos frecuencia, cartas de aprobación. Conmigo, sin embargo, este

caso se da muy raramente, y si yo me hago la ilusión de ser leído por

alguien, es, tan sólo, gracias a ciertas almas piadosas que de vez en

cuando me envían misivas insultantes a propósito de mis artículos. Yo

enseño estas misivas y consolido con ellas, ante las Empresas, mi

posición y mi prestigio.

--No dirán ustedes--exclamo--que mis trabajos pasan inadvertidos o que

no hacen mella. Aquí hay un señor que me llama animal, y otro que me

anuncia un garrotazo en la cabeza. Creo que el éxito no admite dudas...

Pero, recientemente, me ha salido un admirador, un verdadero admirador,

en la provincia de Guadalajara. «Soy--me viene a decir este hombre

magnífico--uno de sus lectores más asiduos y más inteligentes, y me he

suscrito a _El Sol_ con el único objeto de ver los artículos de

usted...»

Y desde entonces, yo no puedo escribir, porque la imagen de mi admirador

me obsesiona por completo. Se me ocurre un asunto bonito, cojo la pluma

e inmediatamente me digo:

--¿Le gustará este tema al señor de Guadalajara?

Yo tengo la sensación de que escribo únicamente para este señor, y no

quisiera defraudarle. Este señor vive en un pequeño pueblo de la

provincia, donde, por desgracia, yo no he estado nunca. Ignoro en

absoluto la ideología local, y esto pone en mi trabajo dificultades

enormes. De buena gana me pasaría varias noches en claro leyendo, con

unas gafas muy gordas, unos volúmenes muy grandes, si a esta costa

pudiera llegar a conocer las opiniones políticas, estéticas y religiosas

que predominan en el distrito. Por desdicha, la cosa es imposible, y yo

temo siempre desilusionar a mi admirador. Tal párrafo que acabo de

escribir creo que le parecerá vulgar, y lo borro. Pongo en tensión todos

mis nervios hasta que se me ocurre una cosa más fina, y entonces me

asalta un pensamiento terrible.

--¿Entenderá esto mi admirador?--me pregunto--. ¿No resultarán estas

consideraciones demasiado sutiles para un pueblo de pocos vecinos?

Verdaderamente, el señor de la provincia de Guadalajara ha tenido una

idea bien peregrina cuando se ha decidido a admirarme. Ahora comprendo

por qué tantos escritores malos tienen tantos y tan buenos admiradores.

Con dos admiradores más, yo me volveré completamente idiota.

XVII

LITERATURA PATOLÓGICA

Desgraciadamente, en la literatura española no hay más que genios. Ese

tipo de escritor culto, ponderado, sano, inteligente y bien nutrido, que

Lemaitre considera superior al genio y del que pone como ejemplo a

Anatole France, no existe entre nosotros. Todos nuestros escritores

pertenecen a la categoría genial. Yo mismo, en mi pequeñísima escala,

¿qué duda cabe de que también soy un genio? Y esta literatura de genios

en chico viene a ser algo así como un grupo de tullidos que, a la puerta

de una iglesia, le pidiesen dinero al público mostrándole sus diversas

monstruosidades.

Cuando, en algún escaparate, yo veo un libro mío entre los libros de

otros autores españoles, tengo la sensación de encontrarme en una sala

de hospital esperando, con mis compañeros de dolor, la visita de alguna

señora vieja que no sepa en qué matar el tiempo. La literatura española,

en efecto, no es más que una serie de enfermedades, debidas,

generalmente, a trastornos sexuales o a defectos de nutrición. El uno

está enfermo del hígado. Al otro se le forman ácidos en el estómago.

Este se encuentra amagado de parálisis general progresiva y tiene

delirio de grandezas. Aquél padece del bazo... Hay escritor que perdería

todo su interés en cuanto se le aplicasen unas cuantas inyecciones de

algún producto más o menos alemán, o en cuanto se le sometiese a un buen

régimen alimenticio. Y, en realidad, este último caso ya se ha dado

varias veces. ¿Cuántos muchachos que comenzaron haciendo cosas

interesantes no se volvieron idiotas tan pronto como se los llamó a un

buen periódico y se les dio un buen sueldo? Los directores no se

explicaban la causa, y, sin embargo, era una causa muy fácil de

comprender: esos muchachos nunca habían tenido talento. Lo que habían

tenido era hambre. Con el estómago normalizado, quedaban al nivel del

más vulgar empleado de Hacienda...

¡Cosa terrible esta de ser un pequeño monstruo y de darse cuenta de

ello! ¡Horrenda cosa la de saber que nuestra genialidad puede tratarse

médicamente como un flemón o como una enfermedad de los riñones!... Pero

hay algo peor aún en nuestra literatura: los aprensivos, esto es, los

enfermos de enfermedades imaginarias, que, siendo perfectamente tontos,

se creen atacados de genialidad...

XVIII

UNA TEMPESTAD EN UNA TAZA DE TE

«Un distinguido escritor--decía yo en _El Sol_--se queja de que los

españoles hayamos adoptado la costumbre inglesa de ponerle una hache al

te.» A esto contesta el Sr. Salaverría afirmando que yo miento, porque

él no ha dicho nunca que los españoles hubiésemos adoptado semejante

costumbre. Y he aquí por dónde vengo a enterarme de que el Sr.

Salaverría lo ha dicho.

Yo no he nombrado al Sr. Salaverría, no he dado ninguna de sus señas

personales ni he reproducido ningún párrafo suyo. Y si el Sr. Salaverría

no hubiese dicho que los españoles habíamos adoptado la costumbre

inglesa de ponerle una hache al te, ¿para qué iba a decir ahora que no

lo había dicho?

Al decir que no lo ha dicho, el Sr. Salaverría dice que lo ha dicho. Y

si, diciendo que lo ha dicho, resulta que no lo ha dicho, entonces es el

Sr. Salaverría quien falta a la verdad, cometiendo así una acción tan

indigna de él como de mí, porque el Sr. Salaverría también es

inteligente y también es chistoso. (Los chistosos inteligentes--escribe

el Sr. Salaverría--no necesitan recurrir a la mentira.)

Lo que más le ha molestado al Sr. Salaverría, al creerse aludido por mí,

es el que yo le atribuya un concepto desdeñoso hacia la hache británica.

«Yo ignoro muchas cosas--dice--. Sin embargo, conozco la importancia que

tiene la hache para los ingleses.» Pues bien, Sr. Salaverría, todo ha

sido una broma. La hache no tiene para los ingleses importancia ninguna.

El hombre que verdaderamente le ha dado importancia a la hache ha sido

usted. Por ella, Sr. Salaverría, no ha vacilado usted en arremeter

contra un viejo amigo como yo, llegando hasta a decirme que involucro.

¡Oh hache!... Tienes nombre de mujer...

XIX

LA TAZA DE TE

Por si a algún lector le interesa, reproducimos el artículo que ha dado

origen a la nota anterior.

«Un distinguido escritor se queja de que los españoles hayamos adoptado

la costumbre inglesa de ponerle una hache al te. Por mi parte, y aunque

he vivido varios años en Londres, desconozco totalmente esta costumbre.

En la gran metrópoli he tomado te de la China y te de Ceylán. He tomado

te con leche y te con limón. He tomado te con _scones_, y con _mufirs_,

y con pan y manteca, y con toda clase de bocadillos, pero no recuerdo

haber tomado nunca te con hache. Allí no hay más te con hache que el

_The Thimes_. Los otros tes, como no lleven la hache dentro de algún

bocadillo, se toman siempre sin ella, y, muchas veces, también se toman

sin azúcar.

El escritor a quien me refiero ignora, probablemente, toda la

importancia que tiene la hache en Inglaterra. En Inglaterra la hache

tiene una importancia social verdaderamente formidable. Es, como si

dijéramos, una letra de lujo. Las clases cultivadas la aspiran

orgullosamente, pero el pueblo no la pronuncia. Aunque, de derecho, la

hache sea allí una letra tan popular como cualquier otra, de hecho no

existe para el pueblo. Y ahora, cuando, cargados de impuestos, los ricos

ingleses son cada día más pobres, y cuando, mejorados sus salarios, los

pobres ingleses son cada día más ricos, ¿qué barrera es la que, en

Inglaterra, separa a unas clases sociales de otras? La hache... Y

mientras una revolución no destruya esa letra aristocrática, yo, como el

Sr. Vázquez Mella, no podré creer que la democracia inglesa es una cosa

perfecta.

En España, país de los viceversas, son sólo algunos pobres campesinos

andaluces quienes pronuncian la hache. Las demás gentes se limitan a

usarla como un elemento decorativo, y mientras unas se la echan al te,

otras se la ponen a las toallas. ¿Qué más da? Pero conste que la hache

con que algunos españoles amenizan su te no es inglesa, ya que los

ingleses escriben _tea_, que pronuncian _ti_. Convengo en que a muchos

incautos, un te con hache les parecerá más inglés que sin ella. No

obstante, yo sospecho que esa hache es de manufactura catalana, y, en

vez de combatirla estérilmente, creo que debiéramos unir nuestras

fuerzas a las de un señor que en un gran hotel protestaba, días atrás,

contra la frase _five o'clock_, empleando una argumentación llena de

lógica.

--¿No somos españoles?--decía aquel caballero--. ¿No estamos en España?

Y entonces, ¿por qué hemos de llamarle _five o'clocks_ a los

bocadillos?»

EN LA TIERRA DE LOS POLÍTICOS

I

EL VIAJE

De cada mil gallegos puede decirse que han estado en Buenos Aires lo

menos novecientos. En cambio, apenas si dos o tres se habrán atrevido a

llegar hasta Madrid. Hay muchas razones que expliquen este hecho; pero

la principal es que, para ir a Buenos Aires, un gallego no necesita más

que veintitantos días; y ¿qué son veintitantos días comparados con la

eternidad? (Por eternidad, naturalmente, yo entiendo, en este caso, el

viaje a la villa y corte.)

Al gallego, hombre de espíritu aventurero, no le arredra la

incertidumbre de su porvenir en tierras de América, ni le atemorizan los

peligros del inmenso Tártaro. Va a Buenos Aires por afán de ver mundo,

aun suponiendo que, una vez allí, no se hará millonario ni nada, y que,

al volver, no podrá darse el pisto de fundar un hospital, ni un grupo

escolar, ni siquiera una modesta fábrica de conservas. Va a hacer de

dependiente, de criado, de cochero, de lo que sea... En cambio, cuando

un gallego se arriesga a ir a Madrid, es con el propósito firme de

llegar a ministro. Cualquier otro cargo inferior a éste no le

compensaría de las fatigas del viaje...

Yo no he sido ministro todavía; pero mis paisanos no desesperan de que

llegue a serlo. Si yo me dedicara en Madrid a hacer sillas, mis paisanos

creerían que las hacía para conseguir una cartera. Hago artículos, y no

se imaginan que pueda hacerlos más que para trabajar mi nombramiento. En

Galicia se admite el que uno sea original, pero no hasta el punto de ir

a Madrid para no volver de ministro...

Y, probablemente, mis paisanos tienen razón. El viaje entre Madrid y

Galicia no se debe hacer más que con un ideal muy grande. Cuando yo

venía hacia acá, me encontré en el tren con mi compañero Domínguez

Rodiño, quien se proponía tomar en Vigo un vapor hasta Ámsterdam para

entrar luego en Alemania y ver si desde allí podía trasladarse a Moscou.

--Es un viaje penoso--me decía Rodiño.

--¡Bah!--le contestaba yo--. La dificultad está en llegar a Vigo. Lo

demás es un paso.

Ya en Vigo, Rodiño parecía un poco arrepentido de su proyecto.

--Va a ser una lata--exclamaba--eso de atravesar ahora la frontera de

Rusia. Al salir de Madrid yo estaba mucho más animado.

--Cosas de la edad. Entonces era usted bastante más joven.

¿Por qué marchará tan despacio el tren de Madrid a Galicia? Algunos

hablan de falta de carbón; pero esto es inexacto. En los respaldos y en

las almohadillas de los asientos hay carbón a toneladas. Este carbón,

admirable depósito de calórico, mantiene los coches a una temperatura

elevadísima. Yo creí que no lograría nunca sacarme de encima todo el

carbón del viaje. Al llegar a Vigo me miraba al espejo y me costaba gran

trabajo reconocerme como un individuo perteneciente, en relación más o

menos directa, a la gran familia aria.

--¡Que un hombre del tronco indogermánico llegue a verse así!--exclamaba

para mis adentros.

Y, blandiendo un áspero estropajo, yo pensaba que, para hacer de España

un todo ordenado y armónico, puede haber varios procedimientos; pero que

el primero debe consistir en unir materialmente unas regiones con otras

construyendo caminos y ferrocarriles que anden.

II

LOS POLÍTICOS

Galicia es una tierra de sardinas y de políticos. Las sardinas nacen

unas de otras, y los políticos, también. Para ser un político gallego,

lo primero que se necesita es ser pariente de otro político gallego. El

hijo de un gran político gallego tiene, desde su nacimiento, categoría

de ministro; el sobrino tiene categoría de subsecretario o de director

general, y así sucesivamente. Y cuando uno no es hijo ni sobrino de

ningún político gallego--cosa rara, dada la portentosa facultad de

reproducción que caracteriza a esta especie--, entonces tiene uno que

hacerle el amor a una de sus hijas o a una de sus sobrinas. Huelga

advertir que a los que emparentan por este procedimiento con los

prohombres de la política se les llama parientes políticos.

Luego, el nuevo político se va a Madrid y comienza a pedir. Pide

muelles, dársenas, puentes, carreteras, grupos escolares, ¡lo que haya!

Un día, paseándome por los pasillos del Congreso con un prócer de la

política, vimos aparecer a lo lejos la figura de un diputado paisano

mío.

--Vamos a darle esquinazo--me dijo el prócer--; porque, en cuanto me

descuide, ese hombre me saca un puerto...

Hay quien le concede mucha importancia a un puerto, aunque sólo sea de

trescientas o cuatrocientas mil pesetas. Sin embargo, es mucho más fácil

que un amigo le dé a uno un puerto que no una escribanía de bronce. A

veces, para captarse la buena voluntad del ministro, el diputado

pedigüeño le regalaba una caja de puros. ¡Una caja de puros por un

puerto! Otras veces no había puertos disponibles.

--¡Un puerto! ¿No le sería a usted igual un puente?

--¡Hombre! Yo les he prometido un puerto...

--Es que la consignación para esa clase de obras está completamente

agotada. Anímese usted y llévese un puente. Podemos darle uno magnífico.

El diputado iba resignándose.

--Si, a lo menos, tuviésemos un río...--exclamaba, ya medio convencido.

Y, al final, acababa por llevarse el puente, ya que el caso era llevarse

algo.

Se le daba un puente al pueblo que necesitaba un puerto, y el que

esperaba el puente tenía que arreglárselas con un grupo escolar. El

marqués de Riestra, padre espiritual de todos los políticos gallegos,

aportaba a las obras sus maderas, sus ladrillos, su cemento y sus otros

materiales de construcción. Los pueblos, agradecidos, hacían fiestas.

Los diputados salían reelegidos, y todo el mundo estaba contento.

Al ver ahora todas estas carreteras, todas estas escuelas, todos estos

muelles y todas estas dársenas, yo tengo la sensación de que alguien

está de días y que los amigos y parientes le han llenado la casa de

objetos inútiles y aparatosos. ¡Veinte escribanías, una docena de

bastones, otra docena de paraguas, quince pitilleras, doscientos

cubiertos de plata Meneses!... ¡Con la falta que, a lo mejor, le hace al

festejado un gabán de invierno o una mesa de despacho!...

III

LA GRACIA GALLEGA

Cuando un andaluz se pone a decir: «¡Vamoj, hombre! ¡Mardita zea! ¡Mijte

quej grande!», y todo el mundo le escucha con gran contentamiento, como

si dijera algo sumamente ingenioso, yo me abismo en amargas reflexiones.

--He ahí un hombre con gracia--me digo--. ¡Y pensar--añado--que si ese

hombre hubiese nacido en la provincia de Pontevedra no tendría gracia

ninguna!...

A un pontevedrés, en efecto, le es mucho más difícil caer en gracia que

a un sevillano. Desde luego, como no se le ocurra nada más que decir:

«¡Vamos, hombre!» «¡Maldita sea!» y «¡Mire usted que es grande!», el

pontevedrés irá a un fracaso absoluto. El pontevedrés no tiene gracia de

nacimiento. Las gentes le exigen una gracia de concepto, mientras que al

andaluz le basta con el acento. Si se le hubiese quitado el acento a las

obras de los hermanos Quintero, haciendo que sus personajes vocalizaran

todas las letras con arreglo a la prosodia oficial, los hermanos

Quintero no hubiesen entrado nunca en la Academia. ¡Y dicen que la

Academia está destinada a velar por la pureza del idioma!...

Indudablemente, los gallegos no tenemos público. Frecuentemente, cuando

uno dice que es gallego, nota en el auditorio un deseo así como de

contestarle:

--¡Hombre, no! Eso será una aprensión de usted...

Conmigo nadie ha llegado a este extremo; pero a veces me han dicho:

--¿Gallego? Pues nadie lo creería. No se le nota a usted nada, ¿verdad?

(Dirigiéndose a los circunstantes.)

Los circunstantes entonces, con una gran finura, han confirmado que, en

efecto, no se me notaba nada el que yo fuese gallego. Y luego no ha

faltado nunca alguien que dijese:

--Si hay gallegos «muy bien». ¡Cuando un gallego sale listo!...

--¡Ya lo creo!--ha añadido algún otro señor en este momento--. Hay

gallegos que llegan a ministros y todo. Ahí tiene usted a Besada.

--Y a Montero Ríos...

--Y a Canalejas...

¡Terrible cosa es esta de que para serle agradable a uno tengan que

compararle con un ministro! Es la consecuencia de un prejuicio secular

que existe contra Galicia; pero, por mi parte, yo creo que este

prejuicio constituye para Galicia una ventaja enorme. Cada gallego, en

efecto, tiene que rectificarlo con su propio esfuerzo. El andaluz, al

nacer, se encuentra con una herencia de gracia, de simpatía y de

popularidad que le permite abrirse fácilmente un camino en la vida,

aunque carezca de méritos personales. El gallego, en cambio, sólo se

encuentra con deudas que necesita saldar por sí mismo, y si

individualmente esto es un mal, colectivamente tiene que ser un bien. A

la larga resultará que los pueblos han sido, en cada época, lo contrario

de la fama que tenían, ya que, cuando tenían la fama, no necesitaban la

cosa, y ya que la cosa, y no la fama, es lo fundamental.

Pero como esto está resultando demasiado conceptuoso, acaso valga más

dejarlo.

IV

LA RAZA

La última vez que yo estuve en Galicia, Galicia era una de las más

hermosas regiones españolas. Ahora ha ascendido a la categoría de

nación.

--_Le_ somos una nación, ¿sabe usted?--me explica alguien--. _Le_

tenemos una personalidad nacional tan fuerte como la primera...

--¿Por qué no?--le contesto.

Y, en efecto, ¿por qué no? Una nación se hace lo mismo que cualquier

otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas. Con un

millón de pesetas yo me comprometo a hacer rápidamente una nación en el

mismo Getafe, a dos pasos de Madrid. Me voy allí y observo si hay más

hombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos que

hombres rubios, y si en la mayoría, rubia o morena, predominan los

braquicéfalos sobre los dolicocéfalos, o al contrario. Es indudable que

algún tipo antropológico tendrá preponderancia en Getafe, y este tipo

sería el fundamento de la futura nacionalidad. Luego recojo los modismos

locales y constituyo un idioma. Al cabo de unos cuantos años, yo habría

terminado mi tarea y me habría ganado una fortuna. Y si alguien osaba

decirme entonces que Getafe no era una nación, yo le preguntaría qué es

lo que él entendía por tal y, como no podría definirme el concepto de

nación, le habría reducido al silencio.

El nacionalista a quien he aludido antes tiene de las naciones una idea

mucho más respetuosa que la mía.

--Pero usted mismo--me dice--; usted es un celta.

--No--le respondo--. Yo no soy un celta. Acaso lo haya sido alguna vez,

pero en una época tan remota, que no conservo de ello ni el más vago

recuerdo. Si yo fui celta, este fausto suceso me aconteció mucho antes

del imperio romano, y, desde entonces acá, ¡han pasado tantas cosas! Es

posible que, en el transcurso de los siglos, yo haya sido también godo,

fenicio y moro. Los irlandeses se las echan a su vez de celtas, y, sin

embargo, yo me siento mucho más afín a un madrileño que a un irlandés.

No--continúo--. Yo no soy celta. Soy, sencillamente, un hombre nervioso

y, en vez de unirme a un celta sanguíneo, prefiero hacerlo a un ibero de

mi mismo temperamento. ¿Por qué no han de asociarse los hombres por

temperamentos en vez de hacerlo por razas o por religiones? Ello sería,

indudablemente, mucho más científico, y yo no desespero aún de ver

terminada esta guerra, una gran guerra intercontinental de biliosos

contra linfáticos. Los biliosos, naturalmente, serán quienes rompan las

hostilidades.

V

EL IDIOMA

Un amigo quería meterme en la hermandad del habla, que es una Liga

constituida para propagar el uso del gallego. Yo me negué. Creo que todo

el mundo habla gallego en Galicia, y creo que, más que nadie, lo hablan

aquellos que hablan castellano. El castellano, es, en efecto, la

verdadera forma actual del gallego. Los labradores que se expresan en

gallego no usan aquí un idioma distinto del de los industriales que se

valen del castellano; usan el mismo idioma, pero con un léxico limitado

y primitivo. En realidad no hablan gallego, sino que malhablan

castellano. Y, de formar una Liga para reconstituir el castellano en sus

formas más remotas, yo no veo por qué esa Liga ha de formarse

precisamente en Galicia. Lo mismo se podría formar en Valladolid.

No creo que haya un idioma gallego distinto del castellano. Lo que sí

creo es que se podría inventar. Conozco lenguas medievales que se han

fabricado en estos últimos treinta años, de acuerdo con todos los

adelantos filológicos. Con una pequeña base se hace una lengua en menos

tiempo del que se necesita para hacer un partido político. Podríamos,

pues, hacer un idioma gallego; pero ¿cuánto nos duraría?

A la vuelta de cincuenta, de sesenta o de cien años, este idioma gallego

llegaría, lógica y fatalmente, a confundirse con el castellano. El

gallego evolucionaría siguiendo su curso natural.

--¿Y el castellano?--preguntará alguien.

El castellano no evolucionaría nada, porque ahí están los académicos

para impedir que evolucione.

Por lo demás, acaso todo esto de los idiomas sea mucho menos importante

de lo que nos parece. Yo creo que la importancia de los idiomas es muy

pequeña, hasta en la misma literatura. Si lo más importante en

literatura fuese el idioma, los iberoamericanos leerían libros españoles

con preferencia a los libros de otros países. El idioma une los

iberoamericanos a nosotros; pero otras cosas, positivamente más fuertes,

los atraen hacia países de hablas muy distintas.

VI

EL ACENTO

En un viaje reciente, a bordo de un transatlántico, tuve la fortuna de

coincidir con una ilustre compañía de actores españoles. Yo venía algo

mareado. Mi cabeza me producía una sensación extraña, como si no fuese

exactamente la mía, sino, más bien, una cabeza parecida, que alguien me

hubiese dado el encargo molesto de transportar hasta España. Juzgando

con esta cabeza, tomé por una gran actriz a una señora que hablaba

siempre de un modo muy enfático; pero ella me sacó pronto de mi error.

Si hablaba así, no era por ella, sino por las niñas, dos hijas suyas,

muy monas, por cierto. Las niñas estaban comenzando su carrera teatral,

y apenas si ponían en la compañía algo más que sus caras bonitas; pero

la madre, entre bastidores, ponía el énfasis.

La rana viajera · 第 2 / 9 段