JULIO CAMBA
LA RANA VIAJERA
CALPE MADRID-BARCELONA
1920
Papel fabricado especialmente por LA PAPELERA ESPAÑOLA
Sociedad Española de Artes Gráficas.--Fuencarral, 137, Madrid
ÍNDICE
_Mi nombre de charca_
ESPAÑA REENCONTRADA
I Psicología crematística
II El templo de la Eternidad
III Se enciende una estrella
IV Una nueva teoría del clima
V El tiempo y el espacio
VI La mujer, país exótico
VII Las casas
VIII Patriotismo de género ínfimo
IX La huelga de cuernos caídos
X Experiencias de un atropellado
XI La juerga heroica
XII Julio Antonio
XIII La piedra filosofal
XIV La peseta
XV Escultura Kodak
XVI Un admirador
XVII Literatura patológica
XVIII Una tempestad en una taza de te
XIX La taza de te
EN LA TIERRA DE LOS POLÍTICOS
I El viaje
II Los políticos
III La gracia gallega
IV La raza
V El idioma
VI El acento
VII Antoniño
VIII Un amigo de míster Borrow
IX El arado virgiliano
X Propiedad, abogadismo, política
XI El celta migratorio
XII Grandes hombres
XIII ¿Quién soy yo?
XIV El camino de Santiago
XV El botafumeiro
XVI Cabezas de cerdo
XVII La vieira
XVIII Opiniones políticas y literarias de la Rosario
EN EL PAÍS DE LA RULETA
I Los temas literarios
II El treinta y cuarenta
III Los bolsillos y el espíritu de propiedad
IV Un nuevo sistema planetario
V Rousseau y Anatole France
VI El jugador objetivo
EN EL RINCÓN DE LOS MILLONARIOS
I El hierro
II La reivindicación de los millonarios
III El hombre que se vendió brea a sí mismo
IV El vascuence
UNA NUEVA BATRACOMIOMAQUIA
I La guerra sobre el papel
II El pueblo de los gases lacrimantes
III Si los alemanes hubiesen ganado
IV El libro futuro
LOS MÉDICOS
I En defensa del resfriado
II El virtuosismo de la cirugía
III La viruela obligatoria
IV Croydon y Madrid
V Microbios a sueldo
VI Juventud, divino tesoro
ENTRE CABALLEROS
I Los desafíos y el médico
II Los desafíos y la técnica
III Los desafíos y el honor
LA POLÍTICA
I Cerebros artificiales para uso de diputados
II La industria electoral
III Una carta
IV El autor necesita un distrito
V España, emporio del parlamentarismo
VI Los ministros nuevos
VII Un artículo ministerial
VIII El engaño de las crisis
IX Acción política de los mariscos
X Arrasamientos
XI El Congreso, a cuarenta grados
XII Optimismo
LA ANTIPOLÍTICA
I El nuevo decorado del mundo
II Los proletarios de levita
III El sindicalismo como base de una nueva antropología
IV El bolchevismo, enfermedad infecciosa
V La magia del dinero
VI El delito de ser ruso
VII Los rusos políticos
VIII La tiranía del trabajo
IX Una policía filosófica
X Asesinos manuales y asesinos intelectuales
XI Ferrer
MI NOMBRE DE CHARCA...
_Hará siete u ocho años. El director de un periódico donde yo trabajaba
me metió algunos billetes en el bolsillo y me mandó a París. Mis
artículos de entonces, como los que más tarde escribí desde otras
capitales, tenían la pretensión de estudiar experimentalmente el
carácter nacional, pero el único sujeto de experimentación que había en
ellos era yo mismo. Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjeras
como una rana que estuviese en un frasco de alcohol. El lector puede
verme girar los ojos y estirar o encoger las patas a cada momento. Lo
que parecen críticas o comentarios no son más que reacciones contra el
ambiente extraño y hostil. Yo he ido a París, y a Londres, y a Berlín, y
a Nueva York con una ingenuidad y una buena fe de verdadero batracio. Y
si lo que quería mi director era observar el efecto directo de la
civilización europea sobre un español de nuestros días, ahí tiene el
resultado: una serie constante de movimientos absurdos y de actitudes
grotescas._
_Ahora el poeta vuelve a su tierra, es decir, la rana_ torna a la
charca. Pero, y sin que haya llegado a criar pelo, ya no es la misma
rana de antes. Con un poco de imaginación nos la podríamos representar
menos ingenua y algo más instruida--que no en balde se ha pasado tanto
tiempo en los laboratorios--, muy tiesa sobre sus zancas y hasta
provista de gafas. ¿Qué efecto le producirán las otras ranas a esta rana
que está transformada de tal modo? ¿Cómo encontrará su charca la rana
viajera, después de una ausencia de tantos años?
Mientras he estado en el extranjero, yo he tenido un punto de referencia
para juzgar los hombres y las cosas: España. Pero esto era únicamente
porque yo soy español y no porque España me parezca la medida ideal de
todos los valores. Ahora, y para hablar de España, me falta este punto
de referencia. Forzosamente haré comparaciones con otros países.
Y no sólo resultará que España no puede ser un modelo para las otras
gentes, sino que no sirve apenas para los mismos españoles. La rana
encontrará su charca muy poco confortable.
ESPAÑA REENCONTRADA
I
PSICOLOGÍA CREMATÍSTICA
La primera impresión que nos produce España es un poco confusa. Al
principio no reconocemos exactamente a nuestro país, no lo encontramos
del todo igual al recuerdo que teníamos de él. ¿Es que España ha
cambiado? Es, más bien, que la miramos desde otro punto de vista y con
unos ojos algo distintos a como la mirábamos antes. Los españoles, por
ejemplo, ¿qué duda cabe de que no han disminuido de estatura? Sin
embargo, ahora nos parecen pequeñísimos. Hombres muy pequeños, bigotes
muy anchos, voces muy roncas...
--¿Por qué están tan enfadados estos hombres tan pequeños?--me pregunta
un extranjero que ha sido compañero mío de viaje.
Yo le explico a duras penas que no se trata de un enfado momentáneo,
sino de una actitud general ante la vida. Mi compañero se esfuerza en
comprender.
--¡Ah, vamos!--exclama, por último--. Es que los españoles no tienen
dinero...
Y, aunque esta explicación de la psicología nacional me resulta
excesivamente americana, yo, obligado a hacer una síntesis, la acepto
sin grandes escrúpulos.
--Sí. Es eso, principalmente...
--De modo que si nosotros metiésemos aquí algunos millones de dólares,
¿cree usted que sus compatriotas se calmarían?
--Yo creo que sí. Creo que estas voces ásperas se irían suavizando poco
a poco y que las mesas de los cafés no recibirían tantos puñetazos.
Creo, en fin, que cambiarían ustedes el alma española. Siempre,
naturalmente, que los millones no se quedaran todos en algunos bolsillos
particulares...
Hay muy poco dinero en España. Poco y malo. El primer tendero a quien le
doy un duro lo coge y lo arroja diferentes veces sobre el mostrador con
una violencia terrible. Yo hago votos para que, si no es de plata, sea,
por lo menos, de un metal muy sólido, porque, si no, el tendero me lo
romperá. La prueba resulta bien; pero al tendero no le basta. Con un ojo
escudriñador y terrible que parece salirse de su órbita examina
detenidamente las dos caras del duro. Luego vuelve a sacudirlo y, por
último, lo muerde. Lo muerde con tal furia que debe de mellarlo. Y el
duro triunfa.
España es el país del mundo en donde un duro tiene más importancia.
Claro que el gesto de coger un duro y echarlo a rodar despectivamente
sobre la mesa para que el camarero lo recoja es un gesto muy español;
pero ese gesto no le quita prestigio al duro, sino que se lo añade.
--He aquí un duro--parece decir el hombre que va a echarlo a rodar--.
¿Conciben ustedes nada más grande que un duro? Si yo no tuviera un alma
heroica y caballeresca, ante la cual carecen de poder las sugestiones de
la fortuna, yo depositaría este duro sobre la mesa tomando para ello
precauciones infinitas a fin de que no se rompiese, o bien se lo
entregaría al camarero en propia mano, religiosamente, como si se
tratara de un rito. Pero yo desprecio los bienes terrenales, y no me
preocupo del porvenir. ¿Ven ustedes este duro? Pues ahí va...
Y hecho esto, el hombre aguarda la vuelta, cuenta las perras gordas una
por una y se las guarda en un bolsillo profundo...
Poco dinero y malo. Hombres furiosos. Señoras gruesas, siempre
sofocadas, o por el calor o por los berrinches, que se abanican
constantemente. Muchos curas. Muchos militares... Grandes partidas de
dominó y de billar. Cuestiones de honor. Toros. Juergas. Broncas. Nubes
de limpiabotas, de vendedoras de décimos de la Lotería, de gitanas que
dicen la buenaventura, de músicos ambulantes, de ciegos, de cojos, de
paralíticos... Indudablemente, España no ha cambiado. Y es posible que
nosotros mismos no hayamos cambiado tampoco.
II
EL TEMPLO DE LA ETERNIDAD
Henos aquí en Madrid, en nuestra casa, como quien dice... Bernard Shaw,
para demostrar que en los _music-halls_ no se ha operado evolución
alguna, cuenta que una noche estaba en uno de ellos viendo a un
prestidigitador que hacía ejercicios con unas bolitas. Aburrido, Bernard
Shaw se fue a la calle, y diez años después volvió a entrar en el mismo
_music-hall_.
--El prestidigitador--añade Bernard Shaw--continuaba todavía allí
jugando ante la audiencia con las mismas bolas...
A mi vez, yo diré que una noche me despedí de unos amigos con los que
había estado cenando en un café de la Puerta del Sol. Creo que les dije
que iba a volver en seguida, y volví siete años más tarde; pero ¿qué son
siete años en un café de Madrid? Los amigos estaban todavía allí, y la
discusión continuaba. Las ideas eran las mismas, y la media tostada que
Fulánez mojaba en el café, dijérase también la misma media tostada que
siete años atrás y en mi propia presencia le había servido el camarero.
Uno de los amigos pretende leerme un drama. El amigo está igual, y del
drama no ha sido cambiada ni una sola coma.
--Va a estrenarse dentro de quince días--me dice mi amigo.
¡Lo mismo, exactamente lo mismo que hace siete años!
El camarero me llama por mi nombre:
--¡Hola, D. Julio! ¿Qué va usted a tomar?
Elijo una paella, como plato castizo, y del que me encontré privado
durante mucho tiempo.
--Esta paella--observa alguien que la conoce--es la misma de ayer.
A mí me parece que es la misma de hace siete años, con los mismos
cangrejos y todo.
--Y ¿qué?--les digo a mis amigos--. Habladme. Dadme noticias. Los
académicos, ¿son inmortales todavía? Pío Baroja, ¿sigue siendo un joven
escritor? Fulanito, ¿continúa con aquel hermoso porvenir ante él? Y la
Fulana y la Zutana y la Mengana, ¿es que son todavía unas jóvenes y
hermosas actrices? Habladme de política. La revolución supongo que,
igual que hace siete años, será una cosa inminente. España no tardará ni
seis meses en transformarse, dándole así la razón a los que, desde hace
medio siglo, vienen anunciando esta transformación tan rápida...
Todo está igual, y yo, que creía haberme modificado, yo me encuentro
también el mismo de antes. A medida que apuro este vaso de café recobro,
como si dijéramos, mi verdadera naturaleza. Una serie de cosas que yo
creía injertas en mí noto que se desvanecen y que se van. Yo soy como
aquel salvaje de Darwin que se había civilizado y que, al regresar a su
tribu, se volvió nuevamente salvaje, perdiendo en unas horas de contacto
con los suyos lo que había adquirido en diez años de esfuerzo. Y es que
este café de la Puerta del Sol representa la eternidad. París, Londres,
Berlín..., el espíritu europeo..., la guerra mundial... Todo eso es
transitorio, todo cambia y se transforma, mientras que este café
permanece inmutable, con los mismos divanes, con los mismos camareros,
con los mismos clientes, con el mismo _menu_, con las mismas ideas, con
el mismo humo, con los mismos dramas y con los mismos cangrejos.
III
SE ENCIENDE UNA ESTRELLA
Mi llegada a Madrid tuvo algo de bíblica. Coincidiendo con ella,
apareció en el cielo una estrella resplandeciente. ¡Una nueva estrella y
un nuevo microbio! ¡Para que luego digamos que en Madrid no se descubre
nada!
La estrella en cuestión fue encontrada por el señor Roso de Luna, quien
ya había encontrado otra algunos años atrás y nos la había presentado
familiarmente, como hubiera podido presentarnos una estrella de
_variétés_: «La modesta estrella que he tenido el honor de descubrir...»
¿Cómo se las arreglará el Sr. Roso de Luna para encontrar tantas
estrellas? Yo he hecho numerosos viajes y jamás me he tropezado con
ninguna. Bien es verdad que tampoco las he buscado, ignorando la
utilidad que pudieran reportarme.
El Sr. Roso de Luna encontró su estrella a las dos o las tres de la
madrugada, y se fue corriendo a la redacción de un periódico para que
los lectores de la primera edición tuvieran noticia del hallazgo. No sé
cuánto le habrá dado por la estrella el popular colega. Yo, en el caso
del Sr. Roso de Luna, me habría ido con ella a Nueva York y se la habría
ofrecido a Mr. Hearst para cualquiera de sus numerosos periódicos. Mr.
Hearst, que es un especialista en patriotismo, podría así añadirle una
estrella a la bandera americana, aunque tal vez prefiriese explotar el
nuevo astro para hacer anuncios luminosos. Y si la necesidad me apuraba,
entonces hubiese llevado mi estrella a la Embajada alemana de Madrid.
Esos alemanes lo utilizan todo y pagan espléndidamente.
Yo me he sentido muy halagado al ver que a mi llegada se encendía una
nueva estrella en el cielo de Madrid. Desgraciadamente, la nueva
estrella resultó algo semejante al nuevo microbio, que todos creíamos
español y que resultó proceder del centro de Europa. No acabamos de
descubrir nada por completo, ni en la región de lo infinitamente
pequeño, ni en la de lo infinitamente grande. Nuestros nuevos astros y
nuestros nuevos microbios son, poco más o menos, tan viejos como
nuestros nuevos políticos.
IV
UNA NUEVA TEORÍA DEL CLIMA
¿Qué tal le va a usted--me preguntan desde el extranjero--en ese hermoso
país del sol y del cielo azul?
Pues en este hermoso país del sol y del cielo azul nos pasamos la vida
tomando bromo-quinina para luchar contra el constipado. Madrid es uno de
los pueblos más fríos de Europa, y lo es por una razón muy sencilla: la
de que carece de aparatos de calefacción. En París, como en Berlín, y en
Londres como San Petersburgo, ha habido una época en que el clima era
sumamente frío; pero, poco a poco, ha ido transformándose
artificialmente el clima natural de esas ciudades. Claro que no se ha
calentado la atmósfera; ello ofrecía, de momento, dificultades
insuperables aun para la misma química alemana. Se han calentado, en
cambio, las viviendas, los establecimientos públicos, los tranvías y
coches, etc., etc. Hoy puede afirmarse que, mientras los madrileños
tiritan, los berlineses y los londinenses pasan sus inviernos a una
temperatura media de 17 grados. En la Friedrichstrasse y en Oxford
Street hará ahora, seguramente, más frío que en la calle de Alcalá;
pero no así en las casas de Oxford Street ni de la Friedrichstrasse. Y
como no es en la calle, sino en las casas, donde realmente se vive,
resulta que los madrileños son habitantes de un país frío, mientras que
los londinenses y los berlineses lo son de países cálidos.
Con estos datos como base, se podría fundar una teoría en contra de
aquella que estudia la influencia del medio natural sobre los hombres:
la teoría del medio artificial. Esta nueva teoría demostraría que el
carácter de cada país depende de sus aparatos de calefacción, y
semejante demostración tendría una gran importancia porque nos llevaría
a la conclusión siguiente: para acabar con las diferencias raciales que
separan a unos pueblos de otros, y que tanto han contribuido al origen
de la guerra europea, bastará que todo el mundo se caliente con el mismo
procedimiento de calefacción y que ponga sus casas a una idéntica
temperatura...
No tengo representación bastante para fundar la teoría que queda
esbozada, ni dispongo tampoco del tiempo necesario para ocuparme en un
asunto tan trascendental y tan poco lucrativo; pero que no me digan a mí
que España, por razón de su clima, será siempre lo que es ahora. Que no
me digan que en este país del sol y del cielo azul los hombres tendrán,
por los siglos de los siglos, una naturaleza perezosa, violenta e
incapaz de disciplina. Que no me digan, en fin, que el teatro de Ibsen
no será comprendido nunca aquí porque es el teatro de un país brumoso, y
que las leyes inglesas son tan inadaptables al carácter español como lo
son los impermeables ingleses al clima de España.
Porque España no es un país cálido nada más que durante unos cuantos
meses al año, y porque, desde que se han inventado los ventiladores
eléctricos y la calefacción central, no hay países cálidos ni países
fríos. El clima no existe ya como una determinante del carácter de los
hombres. Son, al contrario, los hombres quienes influyen sobre el clima.
Reconozcamos que, afortunadamente, Madrid comienza ya a preocuparse de
mejorar el suyo.
V
EL TIEMPO Y EL ESPACIO
Tengo un asunto urgente a ventilar con un amigo. Desde luego, el amigo
se opone a que lo ventilemos hoy.
--¿Le parece a usted que nos veamos mañana?
--Muy bien. ¿A qué hora?
--A cualquier hora. Después de almorzar, por ejemplo...
Yo le hago observar a mi amigo que eso no constituye una hora. Después
de almorzar es algo demasiado vago, demasiado elástico.
--¿A qué hora almuerza usted?--le pregunto.
--¿Que a qué hora almuerzo? Pues a la hora en que almuerza todo el
mundo: a la hora de almorzar...
--Pero ¿qué hora es la hora de almorzar para usted? ¿El mediodía? ¿La
una de la tarde? ¿Las dos...?
--Por ahí, por ahí...--dice mi amigo--. Yo almuerzo de una a dos. A
veces, me siento a la mesa cerca de las tres... De todos modos, a las
cuatro siempre estoy libre.
--Perfectamente. Entonces podríamos citarnos para las cuatro.
Mi amigo asiente.
--Claro que, si me retraso unos minutos--añade--, usted me esperará.
Quien dice a las cuatro, dice a las cuatro y cuarto o cuatro y media. En
fin, de cuatro a cinco yo estaré sin falta en el café. ¿Le parece a
usted?
Yo quiero puntualizar:
--Digamos a las cinco.
--¿A las cinco? Muy bien. A las cinco... Es decir, de cinco a cinco y
media... Uno no es un tren, ¡qué diablo! Supóngase usted que me rompo
una pierna...
--Pues citémonos para las cinco y media--propongo yo.
Entonces, a mi amigo se le ocurre una idea genial.
--¿Por qué no citarnos a la hora del aperitivo?--sugiere.
Hay una nueva discusión para fijar en términos de reloj la hora del
aperitivo. Por último, quedamos en reunirnos de siete a ocho. Al día
siguiente dan las ocho, y claro está, mi amigo no comparece. Llega a las
ocho y media echando el bofe, y el camarero le dice que yo me he
marchado.
--No hay derecho--exclama días después al encontrarme en la calle--. Me
hace usted fijar una hora, me hace usted correr, y resulta que no me
aguarda usted ni diez minutos. A las ocho y media en punto yo estaba en
el café.
Y lo más curioso es que la indignación de mi amigo es auténtica. Eso de
que dos hombres que se citan a las ocho tengan que reunirse a las ocho,
le parece algo completamente absurdo.
Lo lógico, para él, es que se vean media hora, tres cuartos de hora o
una hora después.
--Pero fíjese usted bien--le digo--. Una cita es una cosa que tiene que
estar tan limitada en el tiempo como en el espacio. ¿Qué diría usted si
habiéndose citado conmigo en Puerta del Sol, se enterase de que yo había
acudido a la cita en los Cuatro Caminos? Pues eso digo yo de usted
cuando, habiéndonos citado a las ocho, veo que usted comparece a las
ocho y media. De despreciar el tiempo, desprecie usted también el
espacio. Y de respetar el espacio, ¿por qué no guardarle también al
tiempo un poco de consideración?
--Pero con esa precisión, con esa exactitud, la vida sería
imposible--opina mi amigo.
¿Cómo explicarle que esa exactitud y esa precisión sirven, al contrario,
para simplificar la vida? ¿Cómo convencerle de que, acudiendo
puntualmente a las citas, se ahorra mucho tiempo para invertirlo en lo
que se quiera?
Imposible. El español no acude puntualmente a las citas, no porque
considere que el tiempo es una cosa preciosa, sino, al contrario, porque
el tiempo no tiene importancia para nadie en España. No somos
superiores, somos inferiores al tiempo. No estamos por encima, sino por
debajo, de la puntualidad.
VI
LA MUJER, PAÍS EXÓTICO
En España hay conversaciones de hombres y conversaciones de mujeres. Los
asuntos de iglesia, por ejemplo, son asuntos de mujeres. No es que el
español odie la iglesia. Al contrario. Cuando se casa busca una mujer de
sentimientos religiosos. Le parece que la mujer debe tener sentimientos
religiosos, así como debe tener también ojos bonitos. Los sentimientos
religiosos son sentimientos de mujer. Sin ellos, la mujer no sería
verdaderamente femenina. Con que la mujer tenga sentimientos religiosos
para su propio adorno y para la dignidad del hogar, el marido ya está
satisfecho, y se va tranquilamente al café, al teatro de _variétés_ y
hasta a un casino republicano...
La política, en cambio, es cosa de hombres. La mujer que habla de
política en un círculo de hombres pasa por un marimacho, y al hombre que
habla de política delante de una mujer se le considera poco menos que
como si le hubiera hablado de política al jilguero. Positivamente, la
política española es bastante aburrida. Con esto, sin embargo, de
considerarla un tema para hombres solos, lo será cada vez más. Los
mismos articulistas políticos tendrían que adoptar un estilo algo más
ameno el día en que nuestra política pudiera comentarse en presencia de
señoras.
Pero de las conversaciones de hombres, la más corriente es la que versa
acerca de las mujeres. En otras partes, apenas si los hombres hablan de
mujeres. La presencia constante de mujeres se lo impide. Ante ellas el
tema resulta inútil e impracticable. ¿Para qué se va a hablar de
mujeres? Mejor es hablar con ellas.
Los españoles, en cambio, hablan de mujeres como pudieran hablar de
viajes:
--Yo he conocido una mujer una vez...
Y viene una descripción que recuerda las descripciones de países
exóticos. Hay quien, al oír el relato, tiene una sensación así como la
de estar escuchando a un explorador que cuente sus aventuras en tierras
totalmente ignoradas...
Fuera de España, ni los hombres le dan tanta importancia a las mujeres,
ni las mujeres le dan tanta importancia a los hombres. Unos y otras han
averiguado que se necesitan mutuamente y han decidido ponerse de
acuerdo. Y un acuerdo así es el que se impone en España.
Porque mientras ese acuerdo no llegue a establecerse, no tan sólo será
la vida española una cosa inarmónica, sino que nadie tendrá aquí manera
de hacer nada. La mujer constituirá siempre para nosotros lo más
importante de todo.
VII
LAS CASAS
No se puede vivir en Madrid--me dice un amigo--. ¿Por qué no hace usted
un artículo contra las casas?
--Porque es imposible--le contesto--. ¿Cómo quiere usted que yo haga un
artículo contra las casas en un sitio donde no las hay?
Pero, bien mirado, si en Madrid hubiera casas, no se necesitaría
escribir contra ellas. Todos los defectos de las casas de Madrid se
condensan en uno solo: el de la escasez. Como no puede mudarse, el
inquilino tiene que transigir constantemente. Las casas madrileñas son
malas y son caras porque son pocas. Claro que el Gobierno podría
intervenir en este asunto; pero yo confío más en una nueva epidemia que
reduzca a un cincuenta por ciento la población de nuestra capital.
¡Las casas de Madrid! Hace tiempo que yo me lancé a buscar una, y no
recuerdo haber experimentado jamás mayores vejaciones.
--¿Hay calefacción?--le pregunté a la portera de un inmueble donde se
alquilaba un cuarto piso.
Esta hipótesis pareció ofender gravemente la dignidad de aquella mujer.
--No, señor--me contestó con orgullo--. Aquí estamos a la antigua
española...
Y, cuando yo llegaba ya a la esquina, después de haberme despedido, la
portera me hizo volver sobre mis pasos.
--¿Qué ocurre?--exclamé.
--Que ni _calefación_ ni tampoco cuarto de baño--me respondió.
Dicho lo cual, la buena señora me dejó plantado. En su cara se leía esa
satisfacción que produce siempre el hecho de darle una lección a alguna
persona impertinente.
Entonces me dediqué a explorar los barrios extremos, donde hay
edificaciones modernas. Tan modernas son estas edificaciones, que la
madera de que están construidas, todavía verde, se dilata con
voluptuosidad a los primeros efluvios de la primavera. Bajo el barniz de
muñeca se siente circular la savia, y uno--hombre urbano y
prosaico--teme que las puertas se le cubran de follaje y que los pájaros
vengan a hacer sus nidos en el pasillo. Todas estas casas tienen
ascensor, y todos estos ascensores tienen un letrero que dice: «No
funciona.» En una, sin embargo, el ascensor carecía de letrero, lo que
me hizo pensar muy mal del servicio.
--Esta casa es la que no funciona bien--me dije.
Y, dirigiéndome a la portera, la interrogué sobre el particular. Me
había equivocado. El ascensor marchaba admirablemente, y para
demostrármelo, la portera me aseguró que tres días antes, aquella
perfecta maquinaria había matado al inquilino del tercero.
--Por eso tenemos el piso libre--añadió.
La historia del piso no era muy seductora; pero un inquilino tiene que
estar en Madrid dispuesto a todo.
--¿Y cuánto renta el piso desocupado?--inquirí.
--Rentaba treinta duros; pero lo han subido a treinta y ocho. ¡Qué
quiere usted! Es un piso muy bueno y tiene un ascensor magnífico...
Decididamente, no nos queda más esperanza que la de una epidemia que
acabe con la mitad de los vecinos de Madrid. Claro que si esta epidemia
atacase tan sólo a los caseros, no se necesitaría que muriese tanta
gente.
VIII
PATRIOTISMO DE GÉNERO ÍNFIMO
Yo creo que una cupletista es algo mucho más patriótico que un diputado
o que un senador. En todos nuestros teatros del género ínfimo existe
algo así como un convencimiento vago, pero muy firme, de que la mujer es
una invención exclusivamente española. A las extranjeras no se les
reconoce categoría de mujeres. Son muy poco gordas, muy poco negras, muy
poco analfabetas. No tienen acento andaluz, ni mantones de Manila, ni
gracia gitana, ni nada...
--Soy española, ¡olé!--canta una cupletista.
Y para afirmar su españolismo, golpea fuertemente el tablado con un pie,
y se dedica, durante un año, a hacer flexión de riñones al compás de la
música. Luego dice dónde ha nacido, que es: o en el barrio de
Maravillas, o en las Vistillas, o en Triana, o en Granada. A veces, y al
son de la jota, una cupletista se declara aragonesa; pero ¿quién ha oído
de alguna que haya nacido en el distrito del Sr. Rahola? La España del
género ínfimo es muy limitada, y mi provincia, por ejemplo, la hermosa
provincia de Pontevedra, tan fecunda en navegantes, en políticos y en
cangrejos, no figura en ella...
--Soy española--insiste la cupletista.
Después, en versos más o menos congruentes, añade:
--¿De dónde iba a ser, si no? ¿Dónde hay este garbo, esta sal, estos
andares, estas hechuras?...
El público va inflamándose poco a poco en un sentimiento mixto de amor a
la patria y de entusiasmo por la cupletista.
--¡Viva España!--grita la chica al final.
--¡Viva!--contestan varias voces.
Pero no creo que nadie piense en Sagunto ni en Covadonga. Ya hemos dicho
en lo que consiste la España del género ínfimo: Maravillas, las
Vistillas, Triana, Granada... Si acaso, algo de Aragón. Y nunca Manresa,
ni Getafe, ni Santa Marta de Ortigueira, ni mil otros pueblos que pagan,
sin embargo, sus contribuciones al Estado y que cumplen la ley de
Quintas.
La señorita Mary-Focela ha introducido en este género de cuplés una
variación notable. Parece que sus versos eran éstos:
Lucho como una leona
al grito de ¡Viva España!
Y es que por mis venas corre
la sangre de _Malasaña_...
Sabíamos de cupletistas que luchaban contra gente extraña; sabíamos de
otras que luchaban con saña; pero eso de Malasaña es todo un hallazgo.
Lucho como una leona
al grito de ¡Viva España!
Y es que por mis venas corre
la sangre de Malasaña...
Me imagino a la señorita Mary-Focela moviendo las caderas en un gesto de
luchadora. El público, viéndola, ha debido también de sentir en sus
venas el flujo de una sangre heroica, capaz de todos los sacrificios.
¡Viva España! ¡Viva la gracia! ¡Viva Mary-Focela!...
IX
LA HUELGA DE CUERNOS CAÍDOS
Desengáñese usted--me decía un viejo aficionado--. Ya no hay toros...
El viejo aficionado, como todos los viejos aficionados, creía que los
toros se dividen en mansos y bravos, y que la especie de estos últimos
está extinguiéndose. Por mi parte, yo he adquirido el convencimiento de
que todos los toros son igualmente mansos, y de que si en la plaza
tratan, a veces, de matar a los toreros, es por la misma razón en virtud
de la cual los toreros tratan--también a veces--de matar a los toros:
para entretener al público. Días atrás estuve en una ganadería. Los
toros pacían por allí de una manera perfectamente bucólica, dejándose
acariciar de los vaqueros y de los visitantes.
--¿Y éstas son las fieras?--dije yo.
--¡Hombre!--me contestaron--. ¿Qué quiere usted que hagan aquí? Ya las
verá usted en la plaza...
Esto de suponer que el toro no desarrolla su verdadera naturaleza de
fiera mientras no llega a la plaza, es algo así como imaginarse que el
tigre tampoco desarrolla la suya hasta que lo llevan a un circo. Si en
el interior de África nos enseñaran unos tigres muy sociables, y si ante
nuestra estupefacción nos dijeran que esa sociabilidad era natural y que
esperásemos a ver a los tigres en Price, esta contestación nos parecería
bastante absurda. Pues igualmente absurda me pareció a mí la
contestación que me dieron en la ganadería sobre la ferocidad de los
toros.
No. El toro no es un animal más feroz que el torero. Es, al contrario,
una bestia pacífica que ama la naturaleza y que sigue un régimen
estrictamente vegetariano. Algunos se dejan lidiar, y el público los
llama bravos. Ahora, sin embargo, la mayoría parece que van a declararse
en huelga. Yo he visto recientemente un toro que, a los dos minutos, se
dio cuenta de que todo en la plaza estaba organizado en contra suya y
adoptó una actitud que pudiéramos llamar de cuernos caídos. Los toreros
corrían detrás de él enseñándole unas telas vistosas y llamándole con
sus voces más dulces; pero todo era en vano. A veces, el toro se paraba
un instante y parecía que iba a dejarse conquistar. Unos toreros le
sonreían con sonrisa tentadora. Otros procuraban excitar su orgullo...
El toro reflexionaba un rato. Luego hacía un movimiento de cabeza como
diciendo:
--¡No! ¡Nunca!... Este negocio no me conviene...
Y seguía su camino, insensible a todos los requerimientos.
Fue entonces cuando el viejo aficionado me dijo que ya no había toros:
--Ya no hay toros. Ya no hay emoción. ¡Vaya un veranito el que nos
espera!
Y yo, condolido, le di lo que consideraba un buen consejo.
--Váyase usted al Congreso--le dije--. Un viejo aficionado como usted no
lo pasará allí del todo mal.
X
EXPERIENCIAS DE UN ATROPELLADO
Un amigo mío ha sido atropellado por un automóvil.
--He tenido que pasarme quince días en cama--me decía este amigo,
contándome el percance--; pero ahora no les quedará más remedio que
darme una indemnización.
--¡Error profundo!--exclamé yo--. Lejos de valerte una indemnización, el
atropello te costará un ojo de la cara. Yo también he sido
atropellado--añadí con orgullo--, y gracias a que la cosa me cogió con
algún dinero. Si llego a encontrarme desprevenido, a estas horas me
tendrías aún gimiendo amargamente en el fondo de una mazmorra.
Y para convencerle, le conté al amigo mi experiencia personal. Fue en
Barcelona, hará cosa de unos dos años. Estaban conmigo Luis Bello,
Eugenio Xammar, Wenceslao Fernández Flórez, Gregorio Martínez Sierra y
Anselmo Miguel Nieto, cuando un automóvil me atropelló en la calle del
Conde del Asalto. El automóvil llevaba una velocidad justa para
atropellar a los transeúntes, pero que, con arreglo a las Ordenanzas
municipales, resultaba excesiva. Fui transportado a una farmacia, y
mientras me curaban, apareció el _chauffeur_, bastante indignado. El
_chauffeur_ pretendía que su automóvil no había chocado conmigo, sino al
contrario, que yo había chocado con su automóvil.
--Usted--gritaba--se ha echado encima de nosotros.
--Pero ¿con qué objeto?--le preguntaba yo.
A lo cual el _chauffeur_ hacía un gesto vago como diciendo:
--¡Lo ignoro! Seguramente sería algún objeto inconfesable...
En vano yo le hacía observar al _chauffeur_ que al atravesar la calle
del Conde del Asalto ni yo ni ninguno de mis amigos llevábamos exceso de
velocidad. El _chauffeur_ insistía, y los espectadores comenzaban a
sospechar que yo era un hombre cruel dedicado a atropellar por gusto
automóviles indefensos.
De la farmacia nos fuimos a la Casa de Socorro, y de la Casa de Socorro
a la Comisaría. Entablé mi reclamación y me fui a la cama, donde, a los
quince días, recibí una comunicación del Juzgado de Atarazanas.
--Por fin ha llegado la mía--pensé.
Pero, al leer la comunicación, sufrí un horrible desengaño. El juez me
citaba a las nueve de la mañana para ver el estado de mis heridas, y me
amenazaba, en caso de que yo no acudiese a la cita, con una multa, con
la prisión o con el castigo «a que hubiese lugar»... Yo soy un
trasnochador impenitente. Para hacerme levantar temprano se han ensayado
conmigo todos los procedimientos, desde el despertador de campana al
jarro de agua fría; pero el de la multa y el de la prisión eran
totalmente inéditos. ¿Qué iba a ser de mí si no me levantaba? Y todo
porque en un momento de distracción me había dejado atropellar por un
automóvil...
Le escribí al juez informándole de mis costumbres. «Además--le decía--,
¿para qué quiere usted ver mis heridas? Si están curadas, no vale la
pena de que usted las vea, y si no lo están, me será difícil abandonar
la cama para ir a enseñárselas a usted. En realidad de verdad, debo
comunicarle a usted que mis heridas son bastante leves, por lo cual
espero que no me tratará usted con excesivo rigor. Me he dejado
atropellar, lo reconozco; pero he procurado que me atropellasen lo menos
posible, y mi delito no tiene, por lo tanto, una gran importancia. En lo
sucesivo, haré todo cuanto esté en mis manos para que no vuelvan a
atropellarme.»
Ignoro si esta carta llegó a poder del juez, pero yo recibí una segunda
citación mucho más conminatoria que la primera. Me vi ya en presidio. Me
vi deshonrado para toda la vida, y huí abandonando cuanto tenía entre
manos.
Y luego de relatarle estos hechos al amigo que me los recordó, le dije:
--Desengáñate. Cuando en este país le atropellan a uno, no hay más
remedio que callarse. Si uno no se calla, los atropelladores, para
justificar el atropello, vuelven a atropellarle. A veces le atropellan a
uno los _chauffeurs_. A veces, los ministros. Si quieres que no te
atropellen, yo sólo veo un camino para ti: el de que te conviertas, a tu
vez, en atropellador.
XI
LA JUERGA HEROICA
Antes de la guerra europea no había _cabarets_ en Madrid ni parecía que
pudiese nunca llegar a haberlos. Cuando varios hombres coincidían de
madrugada en un mismo _restaurant_, solían lanzarse unos contra otros en
batallas más o menos descomunales. La juerga tenía entonces entre
nosotros un sentido heroico que la ennoblecía. Para tomarse una ración
de calamares pasadas las doce de la noche, hacía falta un ánimo sereno,
a más de un estómago excelente, y aunque algunos fisiólogos sostienen
que estas dos cosas van juntas y que el valor se deriva del buen
funcionamiento gástrico, yo sé de muchísimas personas que se han
acostado con hambre en Madrid, no por carecer de dinero, sino por
carecer de arrojo. Los dueños de _restaurants_ nocturnos veíanse
obligados a dividir sus establecimientos en una especie de
compartimientos estancos a fin de contener el ímpetu de los comensales.
Cada uno de aquellos compartimientos era algo así como una pequeña
fortaleza en donde el trasnochador se encontraba relativamente a salvo
de agresiones. El juerguista madrileño tenía que atrincherarse con la
elegida de su corazón. ¿Cómo concebir, en aquellos tiempos belicosos,
que llegase un día en el que los madrileños pudieran mezclarse en una
sala bien iluminada donde hubiese _weine, weibe und gesang_, esto es,
vino, mujeres y canciones?
Pero estalló la guerra, y a medida que se cerraban _cabarets_ en Europa,
comenzaron a abrirse _cabarets_ en Madrid. Es decir, que los españoles
dejamos de pelearnos precisamente cuando empezaba a pelearse todo el
resto de la Humanidad... Por aquel entonces llegué yo a Madrid, y una
noche, en un _restaurant_, me quedé asombrado al ver que los hombres no
se arrojaban unos a otros objetos de vidrio ni de porcelana. ¡Y eso que,
indudablemente, todos estaban allí de buen humor y todo el mundo tenía
ganas de divertirse!... Había en el _restaurant_ unas cuantas francesas
que, tratadas algo a fondo, resultaban ser de Zurich o de Rotterdam;
había otras mujeres que se declaraban vienesas, pero sin darle a esta
declaración un carácter irrevocable, porque si uno insistía, decían que
habían salido muy chicas de Viena, y que, «en realidad», eran de Dresde
o de Leipzig. Estas mujeres venían a constituir algo así como la resaca
de Europa. La guerra las había arrojado a estas playas pintorescas, y
aquí siguen, ya algo familiarizadas con las costumbres de los indígenas.
Y a estas mujeres--una docena escasa que forman la base de todos los
_cabarets_ que se inauguran en Madrid y que son siempre las mismas en el
espacio, ya que no puedan serlo en el tiempo--es a las que se debe esta
transformación radical que se ha operado en nuestras costumbres. Gracias
a ellas, uno puede entrar hoy de noche en cualquier café sin revólver,
llave inglesa ni bomba de mano. La menos parisiense, la menos vienesa,
la menos joven y la menos elegante de todas ellas, ha hecho más para
identificarnos con Europa que todos los profesores que han venido aquí
en viaje de propaganda. Y yo creo firmemente que sería cosa de
pensionarlas o, por lo menos, de darles una condecoración.
XII
JULIO ANTONIO
Las gentes que, en hace cosa de tres meses, desconocían a Julio Antonio
y que, hace cosa de un mes, le adoraban frenéticamente, van ahora a
contemplar sus bustos de la raza como irían a ver la obra de un clásico.
¡Pobre Julio Antonio! ¿Qué es lo que se estuvo esperando tanto tiempo
para hacer su consagración? ¿Una obra definitiva?... Yo tengo la
sensación de que se estuvo esperando más bien al dictamen médico. Años
atrás, Julio Antonio había hecho cosas tan buenas como la estatua
yacente, o tal vez mejores; pero, entonces, el artista no estaba aún
completamente desahuciado. Con un poco de dinero hubiera podido, quizás,
reponerse del todo y, un genio en buena salud, es siempre cosa
peligrosa. ¿Qué dirían los viejos escultores, cuyas manos se han
encallecido modelando levitas de barro, guerreras, fajines, gabanes de
pieles y otras prendas más o menos suntuarias? Y no hablemos de la
juventud. El caso de un muchacho que no sigue los cánones oficiales, ni
adula a los ministros y que triunfa por sus propios méritos, tiene,
forzosamente, que constituir para ella un ejemplo desmoralizador...
Llegó, sin embargo, para Julio Antonio el día del éxito, y fue un éxito
como no se recuerda otro. Las marquesas se mezclaban con las niñeras y
las criadas de servir, haciendo cola a la intemperie, durante horas y
horas, para ver aquella obra, de la que se contaban tantas maravillas.
Fue el Rey, fueron los ministros, fueron los académicos, fueron los
obispos y los generales.
Los periódicos por aquellos días hablaban de Julio Antonio con tanta
extensión como si se tratara del propio Belmonte. Todo eran plácemes,
sonrisas, invitaciones, encargos... Yo, en el caso de Julio Antonio, me
hubiese alarmado sobremanera.
--¿Tan malo estoy?--me hubiese dicho.
Y Julio Antonio, que realmente estaba muy malo, se murió. Probablemente
hubiese podido tirar todavía una temporada; pero, yo no sé si por
amabilidad o por buen gusto, se murió en plena apoteosis. ¡Hizo bien! De
no morirse, le habrían nombrado académico. Le habrían obligado a hacer
estatuas de filántropos repugnantes, de generales a caballo, de
políticos de levita. Hubiera tenido que modelar, con todo su parecido
vulgar y ramplón, la cara del hijo ilustre de cada ciudad, que,
generalmente, es el cacique de la misma. Hubiese tenido que cambiar su
amplio chambergo por una chistera, y su vida bohemia por una vida seria
y respetable, y su arte libre por el arte oficial. Hizo bien en morirse,
y, además, ¡hacía ya tanto tiempo que no se moría aquí nadie
románticamente!...
Pero, a los que vienen detrás, yo no les aconsejaría que siguiesen el
mismo procedimiento.
Se le organizó un banquete al que solo yo me negué a ir. «No
iré--dije--, y no porque yo sea un hombre de esos que vacilan mucho
antes de asistir a un banquete, sino, al contrario, porque no suelo
vacilar nunca. Me basta que un amigo estrene un drama cualquiera, que
publique una novela, o, simplemente, que sea nombrado ministro, para que
yo me apresure a acudir al inevitable banquete de homenaje; pero Julio
Antonio está en un caso muy distinto.
Si Julio Antonio hubiese hecho una estatua del conde de Romanones,
vestido de chistera y levita, un monumento a las víctimas del 8 de
diciembre o un grupo dedicado a los héroes del 13 de abril, yo le
banquetearía sin inconveniente ninguno. La tortilla sería tan mala como
de costumbre, y, sin embargo, yo me resignaría a comerla pensando que no
había desproporción alguna entre ella y el objeto en cuya conmemoración
se había confeccionado. Vería en el local a algún ministro más o menos
solemne, oiría leer cartas y telegramas de adhesión, escucharía
discursos llenos de lugares comunes y todo me parecería que se
deslizaba en una armonía perfecta y que era completamente natural. Pero
Julio Antonio no ha hecho una obra cualquiera. No ha hecho una cosa
pasable, una cosa mediana, ni una cosa buena, sino, muy probablemente,
una cosa genial. Y yo, que no tendría inconveniente alguno en
banquetearle si le considerase una ostra, y que quizás le banquetease
también aunque le supusiera algún talento, me niego terminantemente a
banquetearle después de haber visto esa maravillosa estatua yacente que
expone en el edificio de la Biblioteca Nacional. Es decir, que yo no le
rindo homenaje a Julio Antonio por la simple razón de que Julio Antonio
no es un imbécil; y esto, que quizás parezca un rasgo de humorismo, no
es, después de todo, ni más ni menos que lo que se viene haciendo en las
llamadas «esferas oficiales».
XIII
LA PIEDRA FILOSOFAL
Don Germán Botella, joven físico alicantino, asegura que ha encontrado
un procedimiento para obtener oro descomponiendo el mercurio, y nos
ofrece pruebas. ¿Por qué no nos ofrece algunos billetes de mil pesetas?
Repartiendo oro, el Sr. Botella nos podría convencer fácilmente de
cualquier cosa; pero, sobre todo, nos podría convencer de que tenía oro.
En cuanto a que el oro lo extrajese del mercurio o de alguna Embajada,
ello sería para nosotros perfectamente secundario.
Perdone el Sr. Botella esta observación de un profano, y no me desprecie
demasiado por ella. Si él considera el oro desde un punto de vista
puramente científico, tal vez no haya entre él y yo tanta diferencia
como pueda parecer a primera vista. Para mí, señor Botella, el oro es
también una teoría...
Pero el Sr. Botella debe prepararse a que la noticia de su
descubrimiento sea acogida con algún escepticismo. ¡Ahí es nada
encontrar oro en España! Al mismo tiempo que el Sr. Botella, hemos
estado buscándolo veinte millones de españoles y no hemos logrado aún
pasar de la calderilla. Lo hemos registrado todo sin éxito ninguno, y
aunque sabemos que el oro español está prodigiosamente escondido, se nos
hace un poco fuerte eso de creer que, para librarlo de nuestras
pesquisas, sus acaparadores lo hayan mezclado con mercurio.
Por lo demás, si el descubrimiento del Sr. Botella resultase cierto,
vendría a constituir, en cierto modo, una reivindicación para los
falsificadores, quienes cuando necesitan dinero no hacen dramas,
crónicas ni novelas, como los literatos, sino que hacen dinero. El señor
Botella necesitaba oro--con un fin económico o con un fin científico--,
y en vez de ponerse a hacer literatura, a hacer sillas o a hacer
chaquetas, se ha puesto directamente a hacer oro. Tome ejemplo el lector
español, y si no puede hacer oro, trate, por lo menos, de hacer
billetes.
Por mi parte, yo me alegraría mucho de que el descubrimiento del Sr.
Botella fuese realmente eficaz. Si se puede sacar oro de ese metal
extraño, frío y terapéutico que se llama mercurio, todo el mundo tendrá
oro próximamente. Por lo menos, todo el mundo tendrá oro en una
proporción equivalente a su cantidad de mercurio. Claro que entonces el
oro perderá casi toda su importancia; pero por eso precisamente es por
lo que yo, con una intención algo bolchevique, digo que me alegraría...
XIV
LA PESETA
¿Que ha subido el precio de los alquileres? ¿Que las patatas están por
las nubes? ¿Que el calzado cuesta un ojo de la cara?... Nada de eso. Es
que la peseta ha perdido su capacidad adquisitiva.
Teóricamente, las patatas están donde estaban; pero la peseta no puede
ya adquirirlas con tanta facilidad como antes. Antes se reunían quince o
veinte pesetas, se iba a una tienda y adquiríase en el acto un par de
zapatos bastante aceptables. Ahora, para realizar la misma empresa, se
necesitan sesenta pesetas, por lo menos. No es que el coste del calzado
haya aumentado, aunque tal crean los profanos en cuestiones económicas.
No. Es que la peseta ha perdido su capacidad adquisitiva.
Los profanos en cuestiones económicas pueden decir que esto es igual, y,
en efecto, es igual. Es igual prácticamente; pero, ¿y la teoría?
Por mi parte, cuando yo creía que los alquileres estaban muy caros, me
resignaba a vivir en un piso deficiente; pero desde que sé que los
alquileres no han sufrido aumento alguno de precio, mi resignación es
imposible. ¿Cómo voy a resignarme a pagar muy cara una casa que,
teóricamente, es muy barata? ¿Cómo voy a resignarme a que mis pesetas
hayan perdido su capacidad adquisitiva?
El caso es que, con una peseta, yo sigo adquiriendo diez perras gordas
siempre que quiero. La capacidad adquisitiva de las pesetas, con
respecto a las perras gordas, es la misma de siempre, y, con respecto a
las monedas extranjeras, es mucho mayor de lo que haya podido serlo
nunca. Con una peseta se adquieren hoy numerosos marcos, abundantes
coronas y liras a profusión. Patatas, en cambio, se adquieren
poquísimas. La peseta ha perdido su capacidad adquisitiva, pero
únicamente para las cosas, lo que equivale a afirmar que es todo el
dinero el que ha perdido capacidad de adquirir.
¡Y el partido socialista protesta!... Indudablemente, no existe en
nuestra política otro partido tan burgués. ¿De qué se trata, señores,
más que de que el dinero pierda su capacidad adquisitiva? Antes, con las
pesetas se compraban patatas. Ahora, con las patatas hay ya quien se
dedica a acaparar pesetas. Y, dentro de poco, en vez de pesetas, los
hombres utilizarán para sus transacciones patatas, chorizos, rodajas de
salchichón y cigarrillos de cincuenta.
XV
ESCULTURA KODAK
En cierta avenida del Retiro hay un grupo escultórico dedicado a D.
Ramón de Campoamor. El público, generalmente, lo contempla con
admiración, y esto es muy lógico. ¿Para qué son los monumentos más que
para admirarlos?
--¡Qué naturalidad!--le oí decir un día a una señora en presencia de
aquellas figuras--. ¡Parece que están hablando!
Y, en efecto, parece que están hablando. El artista ha dispuesto su
grupo como si fuera a hacer una instantánea al centésimo de segundo.
Aquí las personas mayores. Los niños delante y en pie. Esta cabeza un
poco más a la derecha... ¡Clik!...
Don Ramón aparece sentado en un banco sobre el cual ha dejado unos
guantes de mármol y una chistera del mismo material. Tiene unas botas de
cartera cuyo precio en mármol ignoro, pero que, en cabritilla o
tafilete, ha debido oscilar alrededor de las veinticinco pesetas. Estas
botas no han llevado nunca tapas ni medias suelas; conservan todos sus
botones, y, probablemente, son unas botas recién estrenadas. En cuanto
a la chistera, de mármol, como hemos dicho, es maciza, y seguramente no
pesa menos de treinta kilos. ¿Cómo se las arreglaría el poeta, ya
anciano y sin fuerzas, para saludar con un instrumento tan pesado?